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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Noviembre es el mes en que se funden dos años litúrgicos, acaba un periodo de formación y entramos en el tiempo de Adviento, un periodo que dura aproximadamente 4 semanas, y nos introduce en la celebración de la Navidad. La Liturgia del presente mes y parte del mensaje del Adviento, tienen como finalidad hacernos comprender que en cierta forma los cristianos no somos habitantes del mundo, pues somos hijos de un Dios cuyo Unigénito nos ha preparado una morada en su Reino. Cuando Jesús instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes, les dijo a sus discípulos: (JN. 14, 1-2).

   Jesús dice que en el cielo hay un lugar para todos sus discípulos.

   San Juan nos transmitió la oración sacerdotal de Jesús, un texto muy bello del que podemos extraer las siguientes palabras: (JN. 17, 20)

   Jesús oró por sus Apóstoles y, antes de entregarse a su Pasión y muerte, nuestro Hermano oró también apasionadamente por todos los que nos hemos convertido a Él después de conocer y aceptar la predicación de sus primeros seguidores, que ha llegado a nosotros durante el transcurso de los últimos 2000 años.

   ¿Qué pruebas necesitamos para creer que Jesús nos ama?

   ¿De quién podéis decir que os amó tanto que oró por vosotros muchos siglos antes de que fueseis concebidos?

   Los autores del Nuevo Testamento, predicaban el Reino de Dios, al mismo tiempo que preparaban a los primeros cristianos para dejarse asesinar cuando se desataban grandes persecuciones contra la Iglesia, pues deseaban que sus oyentes y lectores fueran lo suficientemente fuertes como para no renunciar a su fe. Los Mártires no son fanáticos, son hermanos nuestros que supieron dejarse sacrificar imitando a su Señor, en el momento en que no se podían demostrar las grandes convicciones cristianas sin que la resistencia humana y divina fuesen acrisoladas con el fuego del amor y las infernales llamas de la confusión que causa el desconocimiento de la Palabra de Dios. San Ignacio de Antioquía, un Obispo de quien muchos hermanos nuestros dicen que era un fanático, sólo fue un humilde siervo de Dios que quiso morir, pues sabía que ese hecho avivaría la fe de sus feligreses, los habitantes de Antioquía, quienes le vieron partir encadenado para ser devorado en el Coliseo romano con gran dolor e impotencia dibujados en su rostro.

   En términos generales, las personas nos caracterizamos porque a veces nos causa un gran miedo todo aquello que desconocemos. Esta es la causa por la cual a mucha gente le falta valor, ímpetu y coraje para entregarse al servicio de un Dios cuyo rostro sólo se dibuja en el alma de los más desfavorecidos de nuestro entorno social.

   Si queremos vivir eternamente junto a Dios, debemos servir a nuestro Padre celestial en nuestros hermanos los hombres. Esto queremos hacerlo para agradecerle a Dios el manantial de misericordia que ha derramado sobre nosotros. Si alguien nos pide un millón de dólares, obviamente le negamos esa cantidad de dinero en el caso de que la tengamos, exceptuando el caso de que la persona que nos ha formulado su petición sea muy querida por nosotros, pero, pese a nuestra conducta, nos hemos acostumbrado tanto a ser amados por Dios, que olvidamos el hecho por el cual deseamos agradecerle a Nuestro Padre su gran amor sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Vamos a abrir el Nuevo Testamento y a pedirle a San Pablo que nos diga cómo hemos de vivir los cristianos esperando que Jesús venga nuevamente a nuestro encuentro, si es que se puede decir que se separó de nosotros aquel que está en la Eucaristía, en los pobres y enfermos, en quienes lo aman, y en quienes lo buscan mirando en todos los sitios que se les ocurre, exceptuando su corazón. Yo os pido que no busquéis la recepción de los dones divinos en las Escrituras ni en el testimonio ejemplar de los Santos y de los cristianos que nos rodean, dado que esas dádivas divinas están en nuestro corazón, de hecho, Dios sólo espera que nos decidamos a producir frutos abundantes.

   San Juan nos transmitió estas palabras de Jesús: (Jn. 15, 16).

   (ROM. 7, 10). Todos recordamos los Mandamientos de la Ley de Dios, las diez reglas de oro que aprendimos antes de recibir a Jesús Sacramentado por primera vez, esas disposiciones divinas de las cuales San Pablo nos dice que son santas, justas y buenas. Nosotros reconocemos esta verdad que nos ha sido revelada mediante la Palabra de Dios.

   Sería realmente hermoso el hecho de que los jóvenes cristianos se dejaran guiar por el siguiente consejo que San Pablo le dio a su fiel amigo Timoteo: (1 TIM. 4, 12).

   San Pablo le pidió a su fiel amigo Timoteo que fuera un cristiano ejemplar a la hora de predicar la Palabra de Dios. Inmediatamente después de que Pablo le pidiera a Timoteo que fuese un predicador ejemplar, también le dijo que diese buen ejemplo con su conducta. Yo puedo pronunciarme con respecto a Nuestro Padre y Dios con palabras muy bellas, pero si mi conducta no fuera acorde con mi predicación, mis palabras no serían dignas de ser creídas por nadie.

   El amor, la fe, y el limpio proceder del que Pablo le habló a Timoteo, son aspectos fundamentales que han de caracterizarnos a todos los hijos de Dios. Que ningún cristiano se deje amedrentar por las dudas de muchos ateos, pues San Pablo nos dice con respecto de nuestra fe y a propósito de los citados temores: (2 COR. 4, 13).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   (MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.

   Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.

   Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

   Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).

   ¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?

   La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

   Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.

   La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

   Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo.

   Meditación de HB. 4, 14-16.

   El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.

   Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.

   Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.

   Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.

   Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.

   Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.

   Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.

   Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.

   -Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.

   -Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.

   -No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.

   -No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es nuestro ejemplo a imitar. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.

   Meditación de IS. 52, 13-53, 12.

   Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.

   ¿Quién es el Siervo de Yahveh?

   ¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?

   ¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?

   ¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?

   Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.

   (IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.

   (IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.

   El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.

   ¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.

   La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.

   San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).

   Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.

   (IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?

   ¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?

   Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).

   Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.

   ¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?

   (IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.

   Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.

   (IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.

   Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.

   (IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.

   (IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.

   Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.

   Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.

   (IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.

   El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La vida matrimonial.

   1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.

   Meditación de HB. 2, 9-11.

   Estimados hermanos y amigos.

   Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).

   Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.

   Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.

   Al  comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino  de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.

   -Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.

   -Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.

   Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.

   Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.

   ¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador  que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.

   La Alianza del arco iris.

   En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.

   La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.

   El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.

   (GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.

   He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?

   ¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).

   Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.

   (GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.

   Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.

   (GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.

   (GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.

   Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:

    1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.

    2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.

    El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.

   Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.

   Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).

   (GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.

   Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Si Dios está con nosotros, ¿a quién le temeremos? (Meditación de la II lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   2. Si Dios está con nosotros, ¿a quién le temeremos?

   Meditación de ROM. 8, 31B-34.

   El texto paulino que estamos reflexionando, es muy útil para quienes se creen indignos de alcanzar la salvación. El concepto del pecado interpretado positivamente nos enseña que podemos mejorar como personas y comunidades de fe porque hemos sido creados a la imagen y la semejanza de Dios, pero la interpretación negativa del mismo nos puede hacer sufrir inútilmente, pues, si Dios es la perfección del bien y se nos ha enseñado que somos simples pecadores, y nuestro amor es inferior al suyo, no seremos salvos por causa de nuestras obras, sino porque Nuestro Padre celestial nos ama (HCH. 16, 31). Si Dios permitió el sacrificio de su Unigénito para enseñarnos que nos ama, ¿qué no hará para concluir nuestra purificación y nuestra santificación? Dios se nos entrega plenamente, y nos pide lo mejor que tenemos, pero ello no ha de sumirnos en la tristeza, porque Nuestro Santo Padre jamás nos pedirá algo que vaya más allá de nuestra capacidad de actuar como buenos cristianos.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María (19 de marzo).

   El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Lectura introductoria: SAL. 89, 36-38.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Es una bendición para nosotros celebrar la solemnidad de San José en el tiempo de Cuaresma, pues, el padre adoptivo de Jesús, aparece ante nosotros, como un gran ejemplo de fidelidad a Dios, cuya conducta estamos llamados a imitar. Quizás nos sucede que la Cuaresma solo se reduce para nosotros a la práctica del ayuno, la abstinencia, algunos otros sacrificios, y, en algunos casos, a la vivencia de ciertas mortificaciones. El amor que San José les manifestó a Jesús y a Nuestra Santa Madre, nos recuerda cómo tenemos la posibilidad de aprovechar las enseñanzas que se desprenden de las lecturas bíblicas de las Misas del tiempo de Cuaresma, para que las apliquemos, a nuestra vida ordinaria.

   Nuestro Santo pudo sentirse engañado y traicionado por su prometida, cuando supo que, su futura esposa, estaba embarazada, y que, el Hijo de María, no era fruto del amor que ambos se profesaban. Si al finalizar de leer y rezar el presente trabajo, aprendemos a no actuar impulsados por el odio a aquellos de quienes creemos -o estamos seguros- de que nos han hecho daño, habremos dado un gran paso en el terreno de nuestra conversión.

   Cuando San José supo que María estaba embarazada, pudo denunciarla para que fuera lapidada, y, en lugar de rechazarla, la envió a casa de los padres de San Juan Bautista, con tal de romper con su prometida secretamente, para que no fuera asesinada. Antes de tener la certeza de que el fruto del vientre de María procedía de Dios, José actuó impulsado por su amor a María, negándose a denunciarla, para que no fuera asesinada. Oremos para que tal experiencia de San José nos sea útil, para que no marginemos a nadie, por no compartir nuestras creencias, ni por no pertenecer, a nuestro status social.

   San José es el Patrón de la Iglesia Católica, de la buena muerte, y de los seminaristas. Pidámosle a San José que interceda ante Nuestro Padre celestial, no solo por la Iglesia, sino por toda la humanidad.

   Oremos para que los padres cristianos vean en San José un modelo a seguir, y para que no tengan dificultades que les impidan criar y educar a sus hijos.

   Oremos:

   José tenía trabajo, y un gran deseo de formar una familia. Es por ello que decidió casarse con María.

   ¿Qué razones tenemos para sentirnos felices y esforzarnos para seguir progresando en el campo espiritual y al nivel material?

   La vida gira inesperadamente y necesitamos reaccionar adecuadamente a las circunstancias que nos ocurren. José se encontró con que su prometida estaba embarazada, y él estaba seguro de que, el Hijo de María, no era suyo.

   ¿Qué personas -o situaciones- atentan contra nuestra felicidad?

   Aunque muchos serían los que le aconsejaron a José que no se casara con su prometida, creyendo que María había cometido adulterio contra su futuro marido, José obvió el precepto legal según el cual hubiera podido denunciarla para que fuera lapidada (LV. 20, 10), y decidió seguirla amando. He aquí un caso de cómo el amor prima sobre la justicia.

   ¿Somos capaces de superar los rencores que pueden enturbiarnos la felicidad?

   Aunque Jesús no fue hijo natural de José, el Patrón de la Iglesia Universal, se convirtió en modelo de padre. José crió y educó a Jesús, e incluso se hizo emigrante, para proteger la vida, de Aquel a quien llegó a amar, como si hubiera sido, su propio descendiente. José sabía que, aquel que comparte su pan con un niño, lo cría, lo educa, y comparte sus juegos, puede tenerlo por hijo.

   2. Leemos atentamente MT. 1, 16. 18-21. 24, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   3-1. Si San José no fue padre carnal de Jesús, ¿por qué se nos informa en la Biblia de que el Señor fue descendiente de dicho Santo? (MT. 1, 16).

   San Mateo, por medio de su genealogía de Jesús (MT. 1, 1-17), nos da a conocer, el linaje real y legal, de Jesús. Dicho linaje, va desde Abraham hasta José, para demostrar que, el Mesías, es ascendiente, de los Patriarcas de Israel. Dado que Jesús no es Hijo carnal de José, el primer Evangelista, nos dice que dicho Santo es esposo de María, pero no llega a afirmar, que es padre de Jesús, porque, Nuestro Salvador, es Hijo de Dios.

   En el tiempo que vivió Jesús, las mujeres no tenían la misma independencia que los hombres. Aunque José era descendiente del Rey David, si José no lo hubiera aceptado como Hijo carnal, el Señor hubiera carecido de linaje legalmente. Jesús es hijo de José a nivel legal.

   3-2. La grandeza del amor de San José (MT. 1, 18).

   Imaginemos que nos sentimos engañados y traicionados por quienes más amamos. ¿Cómo reaccionaríamos ante tales situaciones?

   San Mateo nos dice que José y María eran novios (estaban desposados), y que María se encontró encinta, por obra del Espíritu Santo.

   ¿Cómo podría José creer que su prometida no le había sido infiel, o que alguien la había forzado a mantener relaciones sexuales? José podría haber denunciado a su prometida para que hubiera sido apedreada por su supuesta infidelidad, pero prefirió enviarla a casa de los padres de San Juan Bautista, para terminar su relación con ella, y evitarle la muerte. Quizás todos conocemos casos de desconfianza y rencor en que quienes tienen tales sentimientos les hacen todo el daño que pueden imaginar a quienes les han hecho sufrir o piensan que les han herido, pero José no era así, y por ello se convirtió en un buen ejemplo para ser imitado por nosotros en el tiempo de Cuaresma, ya que, en las semanas previas a la Semana Santa, se nos insta a hacer un gran esfuerzo, para mejorar nuestra personalidad.

   3-3. ¿Cómo eran las bodas de los judíos?

   Los hombres que querían casarse en el tiempo de Jesús, debían dar los tres siguientes pasos:

   1. Después de encontrar a las mujeres con quienes se querían casar, debían propiciar un encuentro entre las dos familias, para que aceptaran las uniones. En tales encuentros, se fijaban las fechas de los anuncios públicos de los desposorios, conocidos actualmente, como noviazgos.

   2. Cuando se daban a conocer públicamente los desposorios, las parejas podían vivir juntas, e incluso mantener relaciones sexuales. Este dato dificulta la creencia en la virginidad de María, y da pie a que mucha gente crea, que Jesús fue hijo carnal de José. Los noviazgos solo podían ser disueltos por la muerte, el divorcio, o la fornicación por parte de las mujeres.

   3. Transcurrido un plazo de entre seis meses y un año a partir de los desposorios, cuando los hombres acondicionaban sus hogares, se celebraban los enlaces conyugales.

   3-4. ¿Por qué es importante el nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?

   En la biblia se nos enseña que somos descendientes de Adán. Como nuestro ancestro común cometió el llamado pecado de origen, tal gesto de desobediencia, también nos afecta a nosotros, por ser descendientes de un pecador. El Nacimiento virginal de Jesús es importante para los cristianos, porque, nadie ni nada que esté relacionado con el pecado, puede pertenecerle a Dios, así pues, si el Señor no hubiera estado caracterizado por la plenitud de la pureza, su sacrificio en la cruz, hubiera carecido de validez, ante Nuestro Padre común.

   Jesús nació de una mujer, pero fue liberado del efecto del pecado humano. Dado que no es posible que Jesús al ser Dios tenga vinculación alguna con el pecado, la Iglesia Católica enseña que, María, por medio de una gracia especialísima de Dios, fue librada de nuestra condición pecadora, para que pudiera dar a luz a Nuestro Redentor.

   En la biblia leemos, con respecto a Jesús, el texto de HEB. 4, 15.

   Jesús murió para librarnos de nuestra condición pecadora. Vivamos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino, y evitemos pecar, para empezar a sentir, que somos salvos (COL. 2, 13-14).

   Hablémosle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades, porque Él ha vivido circunstancias análogas a las nuestras y aún más dolorosas que las que muchos estamos pasando, y tiene la capacidad necesaria, para aprovechar las mismas, para purificarnos, y santificarnos.

   3-5. San José tomó la mejor decisión (MT. 1, 19).

   Dado que José se encontró con que María estaba embarazada, y él no era el padre de su Hijo, pensó en separarse de ella secretamente, con tal de no denunciarla, para que fuera asesinada, públicamente. José era reacio a casarse con María cuando supo del estado de gestación de su prometida. Existen casos en que sentimos que Dios nos impulsa a recorrer caminos que no queremos transitar, de los cuales, con el paso del tiempo, descubrimos que son las mejores sendas, que pudimos recorrer, para llegar a alcanzar, la felicidad que añorábamos. Recordemos que, cuando nuestras decisiones afecten a otros, podemos apelar a la sabiduría de dios, con tal de no llevar a cabo actos, de los que, algún día, quizás nos podamos arrepentir.

   3-6. La voz del ángel (MT. 1, 20).

   ¿Vio José en sus sueños un ángel que le dijo la verdad de lo que sucedió con María, o se produjo en su mente una visión causada por su deseo de estar junto a la mujer que amaba? La fe en el ángel de su visión, impulsó a José a casarse con María, y, el amor que sentía por su prometida, le ayudó a creer, en la voz del ángel, que le dijo, que aceptara en su casa, a la mujer que amaba.

   3-7. Jesús es dios y Hombre verdadero.

   el ángel del Señor le dijo a José que el Hijo de María fue concebido por obra del Espíritu Santo. Jesús es Dios y Hombre verdadero. Jesús se hizo Hombre, y se sometió a nuestras limitaciones, con tal de poder morir y resucitar, y obtenernos la salvación.

   3-8. ¿Por qué vino Jesús al mundo? (MT. 1, 21).

   Aunque cuando conocemos a dios somos libres para elegir si queremos ser salvos, no podemos salvarnos por nuestros medios humanos. Jesús vino al mundo para salvarnos, porque ello es imposible para nosotros. No podemos exterminar nuestra condición pecadora. Aunque seamos muy buenos, no podemos salvarnos, porque Dios ha dispuesto que solo se nos conceda la salvación, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, con tal de demostrarnos que nos ama infinitamente. Démosle gracias a Jesús porque murió para salvarnos, y permitámosle que tome el control de nuestra vida, así pues, imitemos su conducta.

   3-9. No nos dejemos influenciar por el qué dirán cuando tengamos que cumplir la voluntad de Dios (MT. 1, 24).

   Si José se hubiera separado de su prometida secretamente, o si la hubiera denunciado para que la lapidaran por haber cometido adulterio contra su persona, se hubiera sentido muy avergonzado, pero, al casarse con ella, como si Jesús hubiera sido su Hijo, debió pasarlo mucho peor, al tener que hacer frente, a las burlas de familiares y vecinos. José actuó contra la voluntad de quienes no estaban de acuerdo con la decisión que tomó, porque sabía que Dios lo impulsaba a hacer lo que era correcto a sus ojos.

   Oremos para no dejar de hacer lo que es correcto con tal de evitar cuchicheos y burlas de quienes no comparten nuestra decisión de cumplir la voluntad de Nuestro Padre celestial. Apliquémonos el siguiente versículo de los Hechos de los Apóstoles: HCH. 5, 29.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué se nos dice en la biblia que Jesús es descendiente de San José?
   2. ¿Por qué demostró San Mateo en su Evangelio que Jesús es descendiente de Abraham?
   3. ¿Por qué no escribió San Mateo en su obra que San José es padre de Jesús?
   4. ¿Por qué necesitó Jesús de un padre terrenal?

   3-2.

   5. ¿Cómo reaccionaríamos si nos sintiéramos engañados y/o traicionados?
   6. ¿Cómo nos convendría reaccionar ante tales situaciones?
   7. ¿Por qué no denunció José a María para que hubiera sido apedreada por haberle sido infiel?
   8. ¿Por qué se nos insta a imitar la conducta de José durante todos los años que vivimos, y, especialmente, en el tiempo de cuaresma?

   3-3.

   9. ¿Cómo se organizaban las bodas en el tiempo que vivió Jesús en Israel?
   10. ¿Qué eran los desposorios?
   11. ¿Qué condiciones debían darse para que pudieran disolverse los desposorios?

   3-4.

   12. ¿Por qué es importante el Nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?
   13. ¿Por qué enseña la Iglesia Católica inspirándose en la doctrina de San Pablo que hemos heredado el pecado de nuestros primeros padres?
   14. ¿Por qué no hubiera podido ser aceptado el sacrificio de Jesús en la cruz por Nuestro Santo Padre, si el Mesías hubiera sido pecador?
   15. ¿Por qué celebramos los católicos la Inmaculada Concepción de María el ocho de diciembre?
   16. ¿Por qué podemos hablarle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades?

   3-5.

   17. ¿Por qué pensó José en separarse de María cuando supo que su prometida estaba embarazada?
   18. ¿Por qué deseamos recorrer los caminos por los que sentimos que el Señor nos lleva aunque en un principio ello nos resulte desagradable?
   19. ¿Qué haremos cuando nuestras decisiones afecten a otros? ¿Por qué?

   3-6.

   20. ¿Por qué creyó José el anuncio que le hizo el ángel que vio en sueños?

   3-7.

   21. ¿Por qué es Jesús Dios y Hombre verdadero?
   22. ¿Por qué se hizo Jesús Hombre, y asumió nuestras limitaciones?

   3-8.

   23. ¿Por qué vino Jesús al mundo?
   24. ¿Por qué no podemos salvarnos por nuestros medios, si tenemos libertad para elegir si deseamos ser salvos?
   25. ¿Por qué solo se nos concede la salvación por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús?

   3-9.

   26. ¿Por qué se nos insta en la Biblia a obedecer a Dios antes que a los hombres?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos LC. 1, 26-38.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San José con el corazón henchido de ilusión, pensando en casarse con la mujer que amaba. Pensemos en los novios que hacen muchos preparativos para celebrar sus enlaces conyugales, para que nos sea posible, hacer este ejercicio, de contemplación.

   Visualicemos a José, pensando si su prometida le había sido infiel, o si había sido violada. Esta imagen puede enseñarnos que Dios se aprovecha de nuestras situaciones dolorosas, para purificarnos, y santificarnos.

   Contemplemos a José feliz, porque tomó la decisión correcta, tanto porque ello le fue indicado por el ángel de su sueño, como porque ello era lo que deseaba.

   Contemplémonos con nuestras dudas de fe, porque nos negamos a ser instruidos en el conocimiento de la biblia y de la doctrina de la Iglesia, y, cuando se nos interroga sobre nuestras creencias, no sabemos qué responder, y probablemente resultamos ser muy susceptibles, a las críticas de quienes no comparten, nuestro modo de pensar.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Comprometámonos a esforzarnos en eliminar los sentimientos de rencor y desconfianza que atentan contra nuestra felicidad.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre y Dios mío:

   Hazme coherente con la fe que profeso, y hazme valiente para vivir inspirado en la misma, tal como lo hizo San José, cuando aceptó la paternidad de Jesús, a pesar de las humillaciones que, probablemente, ello le supuso. Que así sea.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 128.

   Nota: Dado que LC. 2, 41A-51A es otro Evangelio que se puede utilizar en esta solemnidad, remito a mis lectores a leer el ejercicio de lectio divina de LC. 2, 41-52, correspondiente a la fiesta de la Sagrada Familia del Ciclo C.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor. (Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor.

   1. ¿En qué contexto sucedió la Transfiguración del Señor?

   Entre los Apóstoles de Nuestro Señor, existía el anhelo de que uno de ellos debía ser considerado como el superior de entre sus compañeros. Veamos unos ejemplos de ello.

   Después de que Jesús descendió del monte Tabor, y curó a un joven endemoniado, aconteció el siguiente hecho: (MC. 9, 33-37).

   Durante la celebración de la última Cena de Jesús con sus futuros Apóstoles, también acaeció lo siguiente: (LC. 22, 24-27).

   Para solucionar las discrepancias entre sus Apóstoles, Nuestro Salvador instituyó el Papado, e instituyó a San Pedro, como su primer representante en la tierra (MT. 16, 13-20).

   Meditemos el texto de San Mateo que acabamos de recordar.

   A pesar de que Jesús había convivido mucho tiempo con sus futuros Apóstoles, solo le había revelado su identidad de Mesías abiertamente a la samaritana de Sicar, -cuya conversión recordaremos el próximo Domingo III de Cuaresma del Ciclo A-, en los siguientes términos: (JN. 4, 25-26).

   Cuando Jesús hizo que San Pedro fuera su primer sucesor, le dijo que sus enemigos (el hades, el infierno) no exterminarían la fundación de la institución que sería su Reino, la cual nació el día de Pentecostés, cuando sus seguidores más allegados fueron llenos de los dones del Espíritu Santo.

   Aparecen dos símbolos en el versículo 19 de MT. 16 que estamos meditando, los cuales son; las llaves, y el poder de atar y desatar del Papa. Las llaves significan la potestad que el Vicario de Cristo tiene de decidir quiénes son hijos de la Iglesia y quiénes deben ser expulsados de la misma, y, el poder de atar (permitir) y desatar (prohibir), es la potestad que el Papa tiene de regir la Iglesia, en nombre y representación de Jesucristo, Nuestro Señor.

   Una vez hubo instituido Nuestro Señor el Papado, les recordó a sus Apóstoles su futura Pasión, muerte y Resurrección. En este relato, el Apóstol que debía haberles dado ejemplo de fe a sus compañeros, se mostró como el más débil. Dado que el citado Apóstol se llevó al Señor a parte para persuadirlo de su intento de sacrificarse, Jesús le reprendió ante sus compañeros duramente, a fin de que los tales no recelaran del que debían considerar el principal miembro del Colegio Apostólico. Aunque muchos traductores de la Biblia han hecho llamar a San Pedro Satanás por parte de Jesús, la traducción original del texto que vamos a recordar, se limita a hacer que San Pedro recuerde que el cumplimiento de la misión de Nuestro Redentor, era ineludible (MT. 16, 21-28).

   Dado que, en vez de analizar profundamente los textos en que se sitúa el contexto en que aconteció la Transfiguración del Señor, solo estamos considerando los aspectos más destacables de los mismos, en el caso que nos ocupa, debemos recordar que Nuestro Señor no nos prometió jamás ninguna vida fácil o regalada en este mundo, y, especialmente a los predicadores, nos prometió una vida plagada de dificultades.

   El final del texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 y MC. 9, 1 se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto.

   2. La Transfiguración del Señor.

   (LC. 9, 29-30. MT. 17, 2). ¿Por qué los Apóstoles Pedro, y los hermanos Juan y Santiago, fueron los que acompañaron a Jesús en momentos muy destacables de su Ministerio público? Ello sucedió porque tales amigos de Jesús debían tener un conocimiento de la Palabra de Dios y un acercamiento al Hijo de Yahveh que no caracterizaba tanto a sus compañeros como a ellos.

   La blancura de los vestidos de Jesús transfigurado, significa la pureza de Nuestro Salvador, y la limpieza interior que anhelamos, con tal de poder ser buenos imitadores del Hijo de Dios y de María de Nazaret.

   El resplandor del rostro de Jesús, significa que aún nos queda un largo camino que recorrer en términos espirituales, para que podamos estar listos para ser glorificados con Nuestro Salvador.

   Al redactar brevemente su recuerdo de la Transfiguración del Señor, San Pedro afirmó haber visto la Majestad del Redentor de la humanidad (2 PE. 1, 16).

   Sabemos que los Apóstoles tenían dificultades para comprender la razón por la que Jesús quería sacrificarse, así pues, ¿por qué debía el Mesías, -el Hijo del Dios Todopoderoso-, entregar su vida, en beneficio de los pecadores, de quienes los judíos creían que no merecían ninguna consideración? Dado que Jesús no consiguió inculcarles a sus compañeros el valor de su entrega sacrificial, hasta que resucitó de entre los muertos, y el Espíritu Santo iluminó su entendimiento, Nuestro Señor quiso que, los más allegados a Sí de sus Apóstoles, tuvieran la dicha de contemplarlo tal como sería después de vencer la muerte.

   (MT. 17, 3). Moisés era representante de quienes creían que se salvaban por causa de su estricto cumplimiento de la Ley (DT. 10, 12-13).

   Elías representaba, en el relato de la Transfiguración del Señor, a quienes serán salvos por su fe. Dado que los creyentes seremos vivificados al final de los tiempos, aunque fallezcamos, a este respecto, el hecho de que Elías fue ascendido al cielo sin experimentar la muerte, debe hacernos creer que nuestra fe es cierta. Veamos cómo, ante los ojos de Eliseo, -siervo de Elías-, el citado profeta fue ascendido a la presencia de Dios (2 RE. 2, 1-15).

   ¿DE qué hablaron los dos Profetas más relevantes del Antiguo Testamento con Nuestro Señor? (LC. 9, 31-32). Es importante constatar que Jesús, Moisés y Elías, no hablaban de la muerte de Jesús, como si la misma fuese una tragedia sin sentido, sino que meditaban la partida de Nuestro Redentor de este mundo a la presencia de Nuestro Padre común. Tales Profetas debieron confortar a Jesús, pues faltaba aproximadamente un año para que el Hijo del carpintero nazareno experimentara su Pasión, muerte y Resurrección. Jesús sabía que con su Resurrección nos iba a demostrar que la puerta del cielo está abierta para todos nosotros, pero, para lograr su objetivo, tenía que humillarse, hasta experimentar la muerte (FLP. 2, 5-11).

   ¿Cómo contemplaron los Santos Pedro, Juan y Santiago la escena de la Transfiguración del Señor? (LC. 9, 32). El estado de sopor que experimentaron los Apóstoles de Jesús, es perfectamente comprensible. Por una parte, ellos conocían las consecuencias expuestas en el Antiguo Testamento que vivirían quienes vieran a Dios sin haber superado su condición de pecadores. Dado que Yahveh no está relacionado con el pecado, su justicia ha de ejecutar inmisericordemente a los pecadores que se le acerquen sin estar completamente purificados. A pesar de este hecho tan conocido, los tres amigos del Señor debieron asombrarse, al constarles que, al estar delante de quien sabían que era el Mesías de Dios, -el Unigénito de Dios, el mismo Dios-, en vez de ser exterminados instantáneamente, sintieron una dicha inexplicable.

   (LC. 9, 33). Ilustremos con un ejemplo lo que le sucedió a San Pedro en el monte Tabor. Imaginemos el caso de un cristiano a quien le ha salido mal en la vida la gran mayoría de actividades que ha emprendido, y que vive aislado. Al vivir intensamente unos ejercicios espirituales durante tres días, descubre que muchos de sus conceptos son erróneos. Al final de dicha vivencia, el protagonista de esta historia que resumo mucho, siente que no quiere abandonar la casa de espiritualidad en que ha descubierto que la felicidad existe realmente. Después de decirle lo que le sucede al director de los ejercicios que le han revitalizado el alma, éste le dice que es natural que tenga miedo de enfrentarse con sus problemas actuales y los recuerdos amargos del pasado, y le recuerda que los ejercicios espirituales tienen la misión de fortalecer a los creyentes, para que éstos sean fuertes para enfrentarse a sus dificultades, para que, a través de las mismas, maduren la fe y la caridad cristianas en sus corazones, para que sean aptos para vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Pedro fue uno de los primeros seguidores de Nuestro Señor, y, por tanto, uno de los primeros creyentes en tener problemas por causa del Evangelio. Jesús sacaba de la gran mayoría de problemas que vivían a sus Apóstoles, pero, a pesar de ello, el hecho de seguir a Jesús, comportaba algo más que satisfacciones, lo cual, más que agradable, era angustioso muchas veces. Después de pasar años siguiendo a Jesús sin comprenderle plenamente, San Pedro encontró un poco de tranquilidad entre el aturdimiento que vivió en la presencia de Jesús transfigurado, de Moisés y de Elías. Aunque el citado Apóstol aún tenía que engrandecer su fe y practicar las virtudes que le concedió el Espíritu Santo, sintió el deseo de quedarse para siempre en el Tabor, más allá de los sufrimientos que, a fuerza de convivir con ellos, se hacen familiares, pero cuyo peso quizás no disminuye nunca, aunque a veces creemos que ello no es cierto.

   (LC. 9, 34-35). Dios Padre, que se hizo presente en la Transfiguración del Señor, no permitió que su justicia se ejecutara contra aquellos hombres que luchaban incesantemente para ser purificados. El Padre Santo de los judíos, cristianos y musulmanes, les dijo a aquellos hombres que escucharan a su Hijo, pues Él es el Camino que nos conduce a su presencia, la Verdad que nos santifica y nos hace libres, y la Vida de gracia que anhelamos (JN. 14, 6).

   Jesús se fortaleció después de vivir su Transfiguración para llevar a cabo su misión redentora (LC. 9, 51). Jesús sabía el dolor que le iba a costar nuestra salvación. Para poder cumplir su misión, Nuestro Señor se empobreció totalmente (LC. 9, 57-58).

   Al meditar la Transfiguración del Mesías, aceptemos el hecho de ser transfigurados y configurados a la imagen y semejanza de nuestro Salvador (ROM. 12, 2. 1 JN. 1, 1-3).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Adán y Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. Adán y Cristo.

   Meditación de ROM. 5, 12-19.

   ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.

   El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.

   Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.

   Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación del Evangelio del Miércoles de Ceniza.

   Meditación.

   Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Os deseo que el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, os sea provechoso, a fin de que logréis mantener una mejor relación, tanto con Dios, como con vuestros prójimos, y con vosotros mismos.

   Muchos hermanos en la fe nuestros, ven la Cuaresma como una sucesión de sacrificios y prácticas de oración que les cansan mucho. Para muchos de ellos, la llegada del tiempo de Pascua, significa el fin de las prácticas penitenciales, y el retorno a sus quehaceres ordinarios, de tal manera, que no parecen demostrar que el Espíritu Santo, ha realizado ningún cambio en su vida.

   Aunque una de las razones por las que vivimos la Cuaresma, consiste en prepararnos a conmemorar la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, ello no significa que debemos permanecer tristes durante las más de cinco semanas que anteceden a la Semana Santa. Muchos cristianos estamos marcados por la vivencia del sufrimiento, y, en la medida que nos sea posible, aprenderemos a sobreponernos al efecto que producen en nuestras vidas nuestra visión de las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, porque las mismas tienen el propósito de hacer de nosotros mejores seguidores de Jesús. La Pasión y muerte de Nuestro Señor, nos produce tristeza, porque somos sensibles al sufrimiento, y porque mantenemos la creencia de que el Unigénito de Dios murió para demostrarnos el amor que nos manifiesta constantemente el Dios Uno y Trino.

   San Pablo, nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 4). ¿Por qué desea Dios que estemos alegres, si nuestra salud no es buena, si tenemos problemas familiares, y/o si no encontramos trabajo? San Pablo responde la pregunta que nos hemos planteado, con las siguientes palabras: (1 COR. 10, 13). Independientemente de que tengamos que superar tentaciones, o dificultades de diversa índole, nunca nos sucederá nada que no podamos sobrellevar, porque Dios está con nosotros. Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28).

   ¿Permitiremos que la creencia de que no podemos superar nuestras dificultades actuales extinga la fe que profesamos de nuestros corazones? (ROM. 8, 35). Nada que nos suceda será la causa de que Dios deje de amarnos, pero, nuestra visión pesimista de la vida, puede separarnos de Nuestro Padre común, si nos impide creer en Él.

   (ROM. 8, 37). ¿Creemos que Dios nos ayudará a superar nuestras dificultades actuales? El hecho de que sea difícil para nosotros creer en Dios, y de que, a pesar de ello, nos empeñemos en creer en Él, no significa que somos pecadores irremisibles, sino que tenemos un gran mérito, al luchar contra nuestra aparente imposibilidad de tener fe en Nuestro Padre común.

   San Pablo, en su Carta a los cristianos de Roma, expuso la dificultad que le suponía el hecho de evitar la comisión de pecados (ROM. 7, 15. 19).

   A pesar de nuestras humanas imperfecciones, aprovecharemos, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino todos los años que vivamos, para aumentar la fe que tenemos en Dios. San Pablo nos insta a vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad de Dios, cuando nos dice: (ROM. 6, 17).

   Obviamente, aún no tenemos toda la fe en Dios que se supone que nos caracteriza, ni somos los cristianos que deseamos ser. Esta es la razón por la que, durante los años que se prolonguen nuestras vidas, tenemos tres cosas que hacer, para creer más en Dios, y, consecuentemente, ser mejores cristianos.

   De la misma forma que cualquier profesional debe conocer su trabajo para desempeñarlo adecuadamente, los cristianos tenemos que conocer a Dios, y, cuanto mayores sean nuestras cuitas, más necesitamos acercarnos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Recordemos cómo oraba el Profeta Jeremías en medio de sus dificultades (JER. 15, 26). Jeremías llegó a sentirse tan desesperado por causa de sus padecimientos, que llegó a desear haber sido abortado por su madre, con tal de no soportar su angustia (JER. 20, 17-18). A pesar de la angustia que lo embargaba, el Profeta no dejó de confiar en Yahveh (JER. 20, 7-9).

   La Palabra de Dios es el bálsamo que nos fortalece en las tribulaciones que vivimos, y, gracias al conocimiento de la misma, tenemos fe en Nuestro Padre celestial.

   La fe es una de las virtudes llamadas "teologales", porque procede de Dios, y nos encamina a la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tal virtud, al mismo tiempo que es una responsabilidad, porque nos exige que seamos buenos seguidores de Jesús, es el gozo de saber que todo lo que nos sucede tiene sentido, aunque tardemos años en descubrir esta realidad.

   San Pedro nos anima a vivir inspirados en la fe que profesamos (1 PE. 5, 10).

   ¿Cómo podremos superar nuestras dificultades sin perder la fe en Dios, si no encontramos hermanos en la fe con quienes compartir nuestros sentimientos? Dado que los cristianos practicantes estamos dispersos por el mundo, con tal de no perder la fe, oraremos unos por otros, y, el Espíritu Santo, nos fortalecerá a todos. Esta es la causa por la que San Pedro, -sabiendo lo difícil que es mantener la fe en tiempos difíciles-, escribió, en su primera Epístola: (1 PE. 5, 8-9)

   ¿Que es la fe? (HEB. 11, 1).

   Tenemos fe en que algún día viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento, y en que, durante los años que vivamos, Nuestro Santo Padre, nos ayudará a vencer muchos obstáculos, y a sobrellevar pacientemente las vicisitudes que hayamos de vivir durante mucho tiempo.

   El conocimiento de la Palabra de Dios, nos hace poner en práctica todo lo que aprendemos, a lo largo de nuestros años de formación espiritual. En la Biblia se nos enseña a no guardarnos la fe en el corazón como si fuera una importante suma de dinero que escondemos celosamente, pues, cuanto más la ejercitemos y compartamos, más se nos aumentará.

   Recordemos las siguientes palabras de San Pedro: (1 PE. 4, 8-10).

   Por su parte, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, nos demuestra que, la fe sin la práctica de la caridad, no es más que una mera ilusión (ST. 2, 8. 15-18. 20. 24). Mientras que la fe sin obras no es demostrable, porque no existe, y quienes creen poseerla la tienen escondida en su interior, es posible demostrar que hacemos el bien, tanto por amor a Dios, como por amor a nuestros prójimos los hombres.

   Nuestras vidas de fe y acción cristianas, no se desarrollan plenamente, si no oramos. ¿Es posible tener fe en Dios sin orar? Quien no ora, no cree en Dios. Imaginemos que vivimos con nuestros familiares, y, a pesar de ello, no les dirigimos la palabra. ¿Cómo podrán saber nuestros seres queridos que les amamos, si no se lo manifestamos? Naturalmente, Dios conoce nuestros sentimientos, pero necesitamos hablar con Él, porque, si no le hablamos, no le creemos, y, si no le creemos, carecemos de fe, y, por lo tanto, somos incapaces de hacer el bien, como nos corresponde a los cristianos.

   Recordemos las siguientes palabras del primer Obispo de Jerusalén: (ST. 5, 16).

   A través de la meditación del texto evangélico correspondiente al inicio de la Cuaresma, veremos cómo podemos tener fe, actuar como buenos cristianos, y orar, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   1. La relación que mantenemos con nuestros prójimos.

   Meditación de MT. 6, 1-4.

   1-1. Observemos una moral adulta.

   (MT. 6, 1). En la Biblia, la palabra "justicia", tiene dos acepciones, la primera de las cuales es sinónimo de fe, y, la segunda, se refiere al hecho de hacer el bien, y de practicar la equidad.

   (MT. 6, 1a). Muchos padres tienen la costumbre de motivar a sus hijos para que estudien, ofreciéndoles recompensas, si se esfuerzan a la hora de formarse. Igualmente, muchos profesores tienen la costumbre de alabar excesivamente a sus alumnos más aventajados. Vivimos en una sociedad en la que no somos valorados en virtud de la bondad o maldad que nos caracteriza, sino en atención al poder, la riqueza y la fama que tenemos. Siempre se nos ha dicho que Dios castiga a los malos y premia a los buenos, para que adquiramos la costumbre de vivir en sociedad, beneficiándonos unos a otros, así pues, en la Biblia, leemos: (DT. 30, 19). Para los hebreos, el hecho de escoger la vida, significaba cumplir la voluntad de Dios, con tal de ser alcanzados por las promesas divinas. Para nosotros, el hecho de escoger la vida, significa que nos comprometemos a amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, para que, la vida sobrenatural de la gracia, nos transforme, para que seamos aptos, para vivir, en la presencia de Dios.

   Aunque el hecho de hacer el bien nos dispone a ser receptores de las bendiciones divinas, evitemos la posibilidad de practicar la justicia para ser recompensados, y hagámoslo por la satisfacción de hacer el bien, para poder ser imitadores de Dios.

   Jesús nos dice que, cuando hacemos el bien, o buscamos ser recompensados por quienes alaban nuestra bondad, o buscamos ser premiados por Dios. Si damos una limosna, no para beneficiar a un hermano carente de dádivas materiales, sino para figurar en una lista de benefactores, que estará a la vista de cientos o miles de personas, que sabrán de nuestra bondad, no estamos buscando una recompensa divina, sino un galardón humano. Hay ocasiones en que practicamos la justicia, y es inevitable el hecho de que se nos vea, tal como me sucedió un día en que, cuando estaba cruzando una carretera, un señor mayor que tenía una bicicleta tropezó conmigo, y lo sujeté, para evitar que se cayera. En tales casos en que es inevitable que se nos vea hacer el bien, no buscamos la recompensa humana, aunque la obtengamos, y sirvamos de testimonio, para que, quienes nos observen, comprendan que es posible vivir, según la voluntad de Nuestro Dios.

   No podemos desear ser recompensados tanto por Dios como por los hombres al mismo tiempo, porque hay situaciones en que, la forma de proceder de los hombres, dista de la manera de actuar de Dios. Esta es la causa por la que Nuestro Señor nos instruye, en los siguientes términos: (MT. 6, 1b). En el texto que estamos considerando, Jesús no tuvo la pretensión de hablar mal de los fariseos, -los legalistas que necesitaban la constante aprobación de todos los actos que llevaban a cabo por parte de los hombres-, aunque lo hizo indirectamente, ya que, todo aquello que nos dice que no debe hacerse, era precisamente lo que hacían los tales.

   Aunque San Mateo escribió su Evangelio en arameo, dicha obra fue traducida al griego. La versión de la citada obra en arameo no se conserva. Para los griegos,, los hipócritas, eran quienes representaban papeles teatrales que no estaban relacionados con su personalidad. Entre nosotros, una persona hipócrita, se conoce por el fingimiento, por ejemplo, de una bondad que no la caracteriza.

   Muchos son los que hacen el bien para ser recompensados, porque, si no se les reconocen sus virtudes y bondad constantemente, sufren mucho, porque, al depender su estimación personal de lo que los demás creen de sí mismos, no se percatan de que practican la justicia, no por amor a Dios y a sus prójimos, sino para satisfacer su necesidad de ser reconocidos. Un clásico ejemplo de ello, son las madres crucificadas.

   San Mateo nos expone varios ejemplos de acciones realizadas por gente hipócrita en su Evangelio (MT. 6, 5, 16; 7, 3-5; 15, 7-9; 16, 1-, 15-22; 23, 13-15, 25-31).

   Los hipócritas no heredarán el Reino de Dios (MT. 24, 45-51).

   1-2. Practiquemos la justicia buscando como recompensa la satisfacción de hacer el bien.

   (MT. 6, 2). Jesús nos dice que, cuando practiquemos la justicia, no presumamos de nuestra bondad buscando ser recompensados por el aplauso de los hombres, pues, si no buscamos la aprobación divina, no la obtendremos, y tendremos que conformarnos con la aprobación humana, que es, en definitiva, la que nos interesa lograr.

   San Pablo nos indica cómo podemos servir desinteresadamente a nuestros prójimos los hombres, en los siguientes términos: (FLP. 2, 1-4). Naturalmente, no siempre podemos considerar que las prioridades de nuestros prójimos son más urgentes que las nuestras, pero, si nos lo propusiéramos, podríamos exterminar la carencia de dádivas materiales de la humanidad.

   1-3. Practiquemos la justicia por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres.

   (MT. 6, 3-4). Hagamos el bien en secreto, y Dios nos recompensará públicamente, pero lo hará en silencio, de manera que, sólo nuestros hermanos en la fe, se percatarán de que el Señor nos beneficia, aunque no sepan por qué lo hace (2 COR. 9, 6-11).

   2. La relación que mantenemos con Dios.

   La oración.

   Meditación de MT. 6, 5-6.

   Los versículos del primer Evangelio que estamos meditando, me recuerdan la actitud de una señora que quiso hacerles promesas a diferentes imágenes de Jesús y a diversos Santos de asistir con su descendiente a sus procesiones, si su hijo se recuperaba de la enfermedad que padecía. Por su parte, el hijo, viendo que su madre no vivía como cristiana practicante, y que cumplía sus promesas buscando el aplauso de los hombres, -quienes supuestamente debían alabarla por su bondad de madre crucificada-, se negó a asistir a dichos actos litúrgicos, cosa que su madre aún le reprocha, -a pesar de que han pasado muchos años desde que hizo tales promesas-, porque le impidió ser estimada por la gente, y seguir alimentando el cumplimiento de promesas que, más que estar relacionadas con la fe, son causas de superstición, ya que, el hecho de no cumplir las mismas, -según la creencia de muchos católicos cuya fe no está bien formada-, es causa de recepción de un castigo divino.

   Desgraciadamente, la fe de muchos católicos está relacionada con la superstición, porque los tales, o no han podido, o no han querido adquirir una buena formación religiosa. Quienes predicamos el Evangelio, debemos hacer un buen examen de conciencia, para averiguar si somos responsables de la deformación de la fe, que afecta a muchos de nuestros hermanos, de entre los cuales, muchos, -una vez perdido el miedo a la condenación en el infierno-, han dejado de creer en Dios, porque se les ha inculcado la idea de que nuestra fe es una carga, y no un motivo de dicha.

   Si participamos en actos litúrgicos buscando el reconocimiento social, y no lo hacemos para alabar al Dios Uno y Trino, tendremos que conformarnos con la recepción del aplauso de los hombres, el cual, -por cierto-, es el único premio que nos interesa recibir.

   De la misma forma que Jesús nos insta a practicar la caridad y a hacer penitencia en secreto, nos pide que oremos ocupándonos en cultivar la fe que profesamos. Si no oramos tal como hablamos con nuestros familiares, hemos de dar por supuesto que no tenemos fe en Dios.

   San Pablo, nos dice: (EF. 6, 14-18. 1 TIM. 2, 1-4).

   3. La relación que mantenemos con nosotros.

   ¿Qué pensamos de nosotros?

   Meditación de MT. 6, 16-18.

   La práctica del ayuno puede estar causada por el hecho de pedirle a Dios perdón por haber pecado, o por el hecho de pedirle dádivas, ora para quienes ayunan, ora para sus seres queridos.

   Las prácticas penitenciales pueden ser las más tentadoras que se pueden realizar para atraer la aprobación de los hombres, porque no suponen desprendimiento de dinero en beneficio de los pobres, ni inversión de un tiempo determinado en la asistencia a los actos de culto públicos.

   Supongamos el caso de una señora que pasa toda una noche en un hospital, esperando que uno de sus familiares que está enfermo, sea dado de alta al día siguiente. Al amanecer, la buena señora padece los efectos del sueño, y presume ante sus familiares y amigos porque, si ella no fuera tan buena, dicho enfermo hubiera pasado la noche sólo. Tanto al hacer el bien, al orar, o al hacer penitencia, no necesitamos demostrar que estamos haciendo esfuerzos sobrehumanos, a fin de lograr alcanzar los propósitos que nos proponemos. Jesús nos dice que, cuando hagamos penitencia, nos perfumemos y nos lavemos la cara (el aceite es utilizado en la elaboración de Ungüentos), porque nadie va a sentir lástima de nuestro estado, si nos ve con la cara sucia, fingiendo una tristeza que no tenemos, o quejándonos porque tenemos hambre, porque toca ayunar.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser mejores cristianos.

   Comprometámonos a aprovechar, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino toda nuestra vida, para mejorar nuestras relaciones, con Dios, con nuestros prójimos los hombres, y, con nosotros mismos.

   Nota: Es lógico suponer que si beneficiamos a nuestros prójimos podemos ser recompensados si los mismos son agradecidos, pero el hecho de hacer depender nuestra estimación personal de la imagen que los tales tienen de nosotros, es doloroso y conflictivo, ya que nadie nos va a permitir que lo sobreprotejamos hasta eliminar su libertad, y convertirlo en objeto, a no ser que se sienta cómodo, y carezca de la voluntad necesaria, para ser autónomo.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre el ayuno. (Miércoles de Ceniza).

    Estudio bíblico sobre el ayuno.

   Las prácticas cuaresmales.

   Estimados hermanos y amigos:

   Un año más nos vamos a disponer a preparar la celebración de la Semana Santa y la Pascua de Resurrección a través de las prácticas cuaresmales.

   El ayuno de carne y de productos lácteos es un símbolo de la abstención de hacer el mal.

   La oración es la consecuencia directa de creer en Dios, así pues, sólo si hablamos con Nuestro Padre común, y creemos que Él nos habla a través de la Biblia, las circunstancias relativas a nuestras vidas y sus predicadores, podemos entender que tenemos fe. Quienes dicen que tienen fe, pero no oran, no creen en Dios firmemente, así pues, aunque la fe de los que oramos no es completa porque ello nos lo impide nuestra humana imperfección, si nuestra creencia es tan débil que ni siquiera nos crea la necesidad de hablar con Nuestro Creador, ¿qué frutos podemos esperar de dicha fe?

   Por otra parte, aunque durante los próximos cuarenta días muchos de nuestros hermanos se mortificarán pretendiendo de esa forma corregir su humana imperfección, por el aumento de su fe, y su bienestar psíquico y físico, deberían buscar formas alternativas de corregir sus defectos en el caso de que ello les sea posible, pues el hecho de sufrir por sufrir nunca ha sido útil para nadie.

   El ayuno.

   "Llamamos "ayuno" a la abstinencia de alimentos y/o bebidas que es prolongado durante un espacio de tiempo mayor al habitual. Durante el transcurso de la Historia, las religiones que en mayor o menor medida han estado caracterizadas por la práctica del ayuno son: el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam, el Confucianismo, el Hinduismo, el Taoísmo y el Jainismo. Algunos budistas tibetanos también practican el ayuno, a pesar de que en dicha religión se modera el consumo de los alimentos, sin que los adeptos de la misma se vean obligados a ayunar por causa de ningún rito cultual. En un principio, el ayuno fue concebido como uno de los numerosos actos cultuales en que las actividades físicas se suspendían total o parcialmente, de forma que quienes lo practicaban, simbólicamente, meditaban sobre lo que llegarían a ser cuando murieran, o en lo que fueron antes de nacer. Esta práctica también estaba relacionada con los ritos de fertilidad que conformaban muchas ceremonias primitivas que se celebraban en los equinoccios de  primavera y otoño y se prolongaron durante siglos. Muchos investigadores consideran que el consumo de pan ácimo que hacían los judíos durante sus ayunos pascuales y la conservación de la citada práctica por los cristianos en el tiempo preparatorio de la Pascua (la Cuaresma) como una imitación de las prácticas primitivas del citado sacrificio ritual y penitencial. El ayuno también se ha practicado a lo largo de la Historia con el fin de alejar las catástrofes o para pedirle a Dios que les conceda favores a sus penitentes, a los familiares o a los amigos queridos de los mismos, así pues, muchos cristianos ayunan con la finalidad de obtener de Nuestro Padre común el perdón de sus pecados.

   Los judíos han guardado el ayuno añadiéndole al mismo un sentido purificador, desde que Moisés lo prescribió por inspiración divina, para que sus hermanos de fe lo practicaran en la celebración anual de Yom Kipur (Día de la Expiación). En dicha celebración, los judíos no podían consumir alimentos ni bebidas.

   Actualmente, los musulmanes han de ayunar con sentido expiatorio durante el mes del Ramadán todos los días del mismo, hasta la puesta del sol.

   Durante los dos primeros siglos de vida del Cristianismo, la Iglesia concibió el ayuno como acto de expiación y purificación, de forma que lo practicaban voluntariamente quienes querían recibir el Bautismo, la Eucaristía y las órdenes sagradas. Con el transcurso del tiempo, los citados ayunos fueron obligatorios para todos los creyentes, al mismo tiempo que aparecieron nuevas prácticas que les obligaban a abstenerse de ingerir alimentos y bebidas. Si hasta el siglo VI el ayuno cuaresmal se prolongaba durante las cuarenta horas originales (el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro), la citada práctica se prolongó durante la cuarentena que antecede a la Pascua, para que, a través del ejercicio de la penitencia, los creyentes desearan ardientemente ser purificados de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina. Durante la conmemoración de los cuarenta días que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, los cristianos sólo podían alimentarse una vez diariamente.

   A pesar de que esta práctica ha estado muy arraigada en el Judaísmo y el Cristianismo, algunos autores bíblicos y cristianos no han dudado en afirmar que no convirtamos el ejercicio del ayuno en una formalidad vacía, ya que ello no nos impide el hecho de vivir al margen de la Ley de Dios.

   Actualmente, la Iglesia Católica insta a sus fieles que tienen más de ventiún años y no son mayores de sesenta y uno a que ayunen selectivamente, de forma que no se abstengan totalmente de consumir alimentos y bebidas, exceptuando la hora que antecede a la Comunión. A pesar de la reducción del ejercicio de dicha práctica, la Iglesia les recomienda a los citados creyentes que ayunen el Miércoles de ceniza (el primer día de la Cuaresma) y el Viernes Santo (con el fin de conmemorar la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret, para que comprendan que el Hijo de María padeció a manos de sus persecutores y que murió por causa de la maldad de la humanidad, y para que deseen ser purificados de ese mal y de otros pecados que hayan cometido).

   Es curioso comprobar que, a pesar del arraigo que el ayuno ha tenido en el Judaísmo y el Cristianismo, el Hijo del carpintero nazareno no estableció ningún ayuno para que lo practicaran sus Apóstoles ni sus discípulos. Jesús les dice a los amantes de las prácticas religiosas superficiales, las palabras que leemos en MC. 2, 19-20. Voy a contaros una anécdota simpática que ilustra perfectamente lo que pienso que Jesús quiso decirnos al comparar nuestra existencia con un banquete de bodas, en el que Nuestro Señor  es el novio que sacia de alimentos a sus invitados, es decir, que colma todas sus aspiraciones. Durante muchos años he tenido un problema de exceso de peso, Así pues, cuando tenía 23 años (actualmente, en el año 2006, tengo 29), llegué a pesar 108 kilos. Como por causa del comienzo de mi actividad de vendedor del cupón de la ONCE, tenía que recorrer varios kilómetros a pie todos los días, y tenía que permanecer más de 17 horas de pie, no tardé mucho tiempo en empezar a trabajar para reducir mi peso excesivo. A pesar de que mi peso ha bajado 36 kilos, siempre que voy a mi pueblo, quienes pasaron hambre durante los años que se prolongó la Guerra Civil Española, me dicen que me alimente bien, por si me toca vivir un nuevo periodo de carestía.

   Los psicoanalistas afirman que quienes sufren depresión necesitan sufrir constantemente, pero la Psicología moderna no comparte este principio, así pues, la mejor forma que tenemos de solucionar muchos de nuestros problemas (aquellos que nos causamos nosotros), consiste en enfrentarnos a ellos. No me opongo al hecho de que oremos para pedirle a Nuestro Padre común que nos ayude a vencer los obstáculos que impiden nuestra consecución de la felicidad, pero pienso que no tiene sentido el hecho de ayunar ni lacerarnos con tal de que Dios se apiade de nosotros y haga lo que no nos sentimos capaces de hacer, unas veces porque efectivamente ello escapa a nuestras posibilidades, y otras veces porque somos nihilistas, y nos es más fácil quejarnos para que Dios siga alimentando nuestra pereza, que esforzarnos para alcanzar nuestras metas.

   El ayuno es una práctica judeocristiana utilizada para pedirle mercedes a Dios.  Muchos cristianos creemos que esta práctica no tiene sentido porque Nuestro Padre celestial no necesita vernos sufrir para concedernos lo que le pedimos, pues Él sabe en qué momento debe otorgarnos los dones que necesitamos. Estoy cansado de ver a miles de penitentes que llevan a cabo actos carentes de toda lógica con el fin de convencer a Dios para que les conceda lo que quieren de Él, ya que todos los que tenemos conocimientos bíblicos sabemos perfectamente que nos es imposible sobornar a Nuestro Padre común, o llevarnos a Dios a nuestro terreno por las malas.

   A Dios no le sirven nuestros ayunos, pero Jesús aprovecha la existencia de esa práctica para purificar nuestras intenciones, y para convencernos de que no seamos hipócritas, según vemos al reflexionar sobre el modo en que hemos de darles limosna a los carentes de dádivas materiales (MT. 6, 16-18)".

   Dado que los cristianos católicos no nos ponemos de acuerdo con respecto a la cuestión del ayuno, veamos qué nos dice la Biblia al respecto de esta práctica.

   Veamos dos fragmentos de la prescripción legal -y por tanto obligatoria- de lo que se cree que era el ayuno del día de la Expiación: (LV. 16, 29-31). En el capítulo 23 del Levítico, se dice con respecto al citado día de la Expiación: (LV. 23, 29-32). El ejercicio penitencial empezaba en la tarde del día nueve del mes séptimo, y terminaba en la tarde del día siguiente, ya que los judíos finalizaban el día a la puesta del sol, es decir, no  consideraban que el día empezaba al amanecer, tal como nosotros lo hacemos actualmente. ¿Para qué les servía a los judíos el citado ayuno? Los hermanos de raza de Nuestro señor sentían dolor por sus pecados en el citado día, porque les era necesario reconocer el estado en que estaban sumidos por causa de los pecados que habían cometido, para de esa forma tener presente la necesidad que tenían de que se les redimiera o eximiera de sus culpas.

   Dios no desea que vivamos encerrados en el dramático pensamiento de que somos pecadores irremisibles, dado que ello perjudicaría nuestra relación con Él y nos destruiría psicológicamente. A pesar de esta realidad, nos es necesario recordar en algunas ocasiones que hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Nuestro Padre común, con el fin de que valoremos todos los bienes que Nuestro Creador nos ha concedido.

   Aunque el único ayuno obligatorio según la Ley de Israel era el de el día de la Expiación, los descendientes de Abraham ayunaban voluntariamente en otras ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

   Cuando Moisés subió al monte Sinaí para que Dios le entregara las dos tablas de la Ley, y el pueblo le esperaba junto a su hermano Aarón, sucedió lo expuesto en ÉX. 34, 28.

   Cuando transcurrieron veinte años desde que los filisteos les devolvieron el Arca de la Alianza a los judíos, aconteció el siguiente suceso: (1 SAM. 7, 3 y 6)

   El profeta Joel aclaró en su Profecía inspirada que quienes ayunen han de hacer penitencia sinceramente, y no han de actuar como hipócritas que quieren galantear por causa de su falsa fe (JL. 2, 12-13). El texto profético que estamos recordando nos hace pensar a muchos cristianos que el ayuno que Dios nos pide no consiste en la privación de alimentos, sino en la abstención de hacer el mal, según nos apoya la profecía de Isaías, un texto en el que se recogen las palabras de Dios a uno de sus Hagiógrafos (IS. 58, 1-10).

   Desgraciadamente, entre los católicos, muchos tienen la costumbre de afligir su alma, pero no hacen penitencia indicando de esa forma que son conscientes de su estado de pecado y debilidad y de que se convierten a Dios para someterse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, pues únicamente se esfuerzan, como dice el texto de Isaías que acabamos de considerar, para conseguir que Dios actúe para darles gusto. Durante los días de Semana Santa, muchos de nuestros hermanos saldrán a las calles de los pueblos y ciudades en que viven vestidos de penitentes dándole a conocer a todo el mundo el impresionante esfuerzo que harán para cumplir promesas que les han hecho a las imágenes, no para alabar a Dios, sino para ver cumplidos sus deseos, así pues, si los Santos cumplen sus deseos, los considerarán dignos de su devoción, pero, si no ven que las cosas se hacen según su gusto, se preguntarán:

   ¿Por qué es Dios tan desconsiderado con nosotros?

   Sé que muchos actúan de esa forma por ignorancia, pero otros lo hacen conscientemente, porque, a pesar de que conocen las Escrituras Sagradas, sólo se acogen a las cosas que les convienen.

   Cuando los judíos regresaron a su país después de que concluyera el tiempo de su cautividad en Babilonia, el pueblo de Judá llegó a ayunar hasta cuatro veces al año, no para recordar que fue hecho cautivo en el pasado porque desobedeció a Dios, sino que Yahveh  lo maltrató. ¿Podía Dios permitir esa situación? ¿Quiere Dios que pensemos en nuestros problemas y que paralicemos nuestras vidas pensando únicamente en el sufrimiento que nos caracteriza? Dios le inspiró a Zacarías las siguientes palabras: (ZAC. 8, 19).

   Según los ejemplos bíblicos citados en esta meditación y otros existentes en el Antiguo Testamento, ¿debemos los cristianos practicar el ayuno? Jesús, sus Apóstoles y discípulos, practicaron el ayuno del día de la Expiación, porque eran judíos, y, como tales, estaban bajo la Ley de Moisés, y, aunque Nuestro Señor no instituyó ninguna nueva norma sobre el ayuno, ni dijo de dicha práctica que era obligatoria ni que tampoco era necesario llevarla a cabo, en la Biblia vemos que algunos de sus seguidores ayunaban voluntariamente, así pues, San Lucas nos cuenta en sus Hechos -o Actas- de los Apóstoles cómo San Pablo y sus compañeros ayunaban cuando el Espíritu Santo les pidió que apartaran a Saulo y a Bernabé, con el fin de que ambos iniciaran el primer viaje misional (HCH. 13, 1-3). También podemos ver cómo Pablo y otros creyentes ayunaron en la comunidad que dicho Santo fundó en Listra, en la cuál eligieron ancianos para que cuidaran la fe de quienes a ellos les fueron encomendados (HCH. 14, 23).

   Jesús dijo con respecto al ayuno, las palabras que leemos en LC. 5, 34-35. Dado que tanto los discípulos de los fariseos como los de San Juan el Bautista ayunaban voluntariamente para hacer penitencia, los enemigos de Jesús querían saber por qué el Mesías no instaba a sus seguidores a que hicieran lo mismo. Jesús les respondió que sus seguidores no tendrían que afligirse mientras estuvieran con Él, dado que sufrirían mucho cuando Nuestro Señor muriera, se lamentarían mientras no recibieran el Espíritu Santo, y sufrirían mucho aquellos que estuvieran destinados a tener una fe lo suficientemente grande como para resistir el martirio. Nosotros, al igual que los creyentes de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, cuando somos atribulados por causa de enfermedades y otros problemas, afligimos nuestra alma con ayunos si creemos que esta práctica es útil, y oramos, con el fin de que nuestra fe se fortalezca, para que podamos resistir las pruebas a las que tenemos que sobrevivir.

   ¿Por qué los cristianos no celebramos el día de la Expiación? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Carta a los hebreos, en un fragmento de la misma que nos hace deducir que el sacrificio de Jesús es el pacto (el Nuevo Testamento) que anuló los sacrificios de la antigua Ley de Israel (HEB. 9, 27-28).

   Aunque Jesús no dijo nunca que sus seguidores hemos de ayunar, hemos de tener presente el siguiente fragmento evangélico, que aconteció cuando el Mesías fue bautizado: (MT. 4, 1-2).

   ¿Por qué ayunó Jesús? De la misma manera que cuando estamos preocupados, nos encontramos enfermos o necesitamos perder mucho peso en poco tiempo ayunamos, Jesús ayunó para comunicarse con Dios, pues tenía que prepararse a iniciar su difícil Ministerio público, para desmentir a quienes no creen en la fuerza del amor divino y humano, según el siguiente texto: (JOB. 2, 4), para santificar el nombre del Dios de quien la serpiente le dijo a Eva que era un mentiroso, al desmentir las palabras de Dios expuestas en GN. 2, 17, según los siguientes versículos del Génesis, que contienen unas palabras que el demonio le dijo a Eva (GN. 3, 4-5), y para salvar a la humanidad de los efectos del pecado: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (ROM. 6, 23).

   Conclusión.

   Dios no nos obliga a que ayunemos ni nos impide que lo hagamos, así pues, el hecho de que ayunemos depende de si nuestra conciencia nos obliga a ello, o de si utilizamos dicha práctica para mortificarnos creyendo que ello es provechoso, o para perder unos kilos cuando se acerca el verano, y llevar a cabo un acto teatral durante la Semana Santa, fingiendo que lloramos por unos pecados de cuyo alcance no somos -o no queremos ser- plenamente conscientes, si es que los hemos cometido.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com