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Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.

   Lectura introductoria: LC. 2, 34.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.

   San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).

   San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.

   San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).

   Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.

   Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).

   A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.

   San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.

   San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).

   Oremos:

   Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.

   Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.

   Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.

   Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).

   Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.

   Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.

   Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.

   Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.

   Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.

   Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.

   Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.

   2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.

   3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).

   Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).

   ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?

   ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?

   Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.

   3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).

   3-2-1. Los pobres en la Biblia.

   Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.

   En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.

   Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.

   Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).

   ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?

   Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).

   Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).

   Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).

   Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).

   Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).

   Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).

   ¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).

   3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.

   Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.

   ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?

   Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).

   ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?

   Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).

   Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).

   Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).

   3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.

   Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).

   3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?

   Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.

   Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.

   Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.

   ¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.

   3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).

   Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.

   3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).

   Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.

   La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.

   Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.

   3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).

   Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.

   3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).

   San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
   2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
   3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
   4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
   5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
   6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?

   3-2.

   3-2-1.

   7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
   8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
   9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
   10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
   11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
   12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
   13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
   14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
   15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
   16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
   17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
   18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
   19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
   20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
   21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?

   3-2-2.

   22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
   23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
   24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
   25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
   26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
   27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
   28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
   29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?

   3-2-3.

   30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
   31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?

   3-2-4.

   32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
   33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
   34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
   35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
   36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
   37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
   38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
   39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?

   3-3.

   40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
   41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
   42. ¿En qué consiste tal justicia?
   43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?

   3-4.

   44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
   45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
   46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
   47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?

   3-5.

   48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
   49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
   50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?

   3-6.

   51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
   52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.

   Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.

   Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.

   Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.

   Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.

   Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.

   Tener fe, es vivir contra corriente.

   ¿Te sientes triste?  Desafía la tristeza con tu alegría.

   ¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.

   ¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?

   ¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?

   Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.

   Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.

   Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.

   ¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?

   ¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?

   ¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.

   Meditación de 1 COR. 15, 1-11.

   San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.

   Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.

   (LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.

   Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.

   ¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).

   Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en  que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.

   El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.

   ¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).

   ¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?

   ¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?

   ¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?

   Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.

joseportilloperez@gmail.com

El Hijo del hombre es Nuestro Rey. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

   Meditación.

   1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.

   ¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).

   Cuando rezamos el  Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).

   ¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?

   Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.

   Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.

   Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Aceptemos al verdadero Mesías. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Aceptemos al verdadero Mesías.

   Meditación de MC. 8, 27-35.

   1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.

   Estimados hermanos y amigos.

   (MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.

   Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.

   Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.

   Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.

   Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.

   2. ¿Quién es Jesús para nosotros?

   (MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Fue Jesús un revolucionario?

   ¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?

   ¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?

   No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.

   3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?

   (MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.

   4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.

   (DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.

   5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.

   (MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.

   Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.

   Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma  nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.

   Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.

   Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).

   Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.

   6. Llevemos nuestras cruces dignamente.

   (MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.

   Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.

   (MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.

   Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.

   Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.

   Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.

   Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

bendigamos a Dios, Nuestro Padre celestial. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   3. Bendigamos a Dios, Nuestro Padre celestial.

   Meditación de EF. 1, 3-6. 11-12.

   (EF. 1, 3). ¿En qué sentido nos ha colmado Dios de dones espirituales? El Espíritu Santo nos concede sus dones según los vamos necesitando, cuando sabe que no nos vamos a oponer a ejercitarlos.

   Dios nos concede sus dones espirituales -y los bienes materiales que nos da-, por medio de Jesucristo, porque Nuestro Señor vivió su Pasión, murió y resucitó, para perfeccionarnos, con tal que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.

   (EF. 1, 4). Antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -sin perjuicio de que prescindiéramos de su designio mediante el uso consciente de nuestra libertad de renegar de Él-, a que viviéramos en su presencia, no en nuestro estado actual de imperfección, sino en el estado glorioso, en que está Cristo Resucitado y glorificado.

   Si nos abstenemos de pecar para vivir en la presencia de Dios, hacemos lo correcto, porque ello es lo que deseamos hacer, si queremos consagrarnos al Dios Uno y Trino, -es decir, si queremos entregarle nuestra vida, para amoldarnos al cumplimiento de su voluntad-.

   (EF. 1, 4-5). Desde antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -no por nuestros méritos, sino porque es su voluntad amarnos incondicionalmente-, a ser sus hijos adoptivos, porque Jesús pagó en la cruz, el mal de que la humanidad ha sido causante, testigo y víctima al mismo tiempo.

   Dios no nos ha destinado a vivir sufriendo eternamente, pues San Pablo nos dice que, junto a Cristo, -y por medio de Nuestro Salvador-, nos ha destinado, a vivir, felizmente, en su presencia.

   (EF. 1, 6). Agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, con las palabras del Salmista, que leemos en SAL. 13, 4-6.

   Pidámosle al Señor que atienda nuestras oraciones, para que la adversidad que vivimos, no nos haga perder la fe.

   Que nunca les falte la luz a nuestros ojos, y que seamos capaces de interpretar todo lo que nos sucede, desde el punto de vista de la fe que profesamos.

   Que el Señor nos libre de la muerte física, y de la muerte que supone la ignorancia de su conocimiento.

   Que el Señor nos socorra, para fortalecer nuestra fe, eliminar a los adversarios que son nuestros problemas, y para que los no creyentes puedan abrazar la fe que profesamos, al ver cómo mejora nuestra calidad de vida.

   Confiemos en la lealtad del Señor.

   Regocijémonos, mientras esperamos que el Señor cumpla la promesa de conducirnos a su presencia, limpios de nuestros pecados, y libres de los problemas que nos afligen.

   ¡Alabemos al Señor por el bien que nos ha hecho, y no dejará jamás de hacernos!.

   (EF. 1, 11). Los cristianos hemos sido destinados por Dios a ser coherederos de Cristo de la felicidad que Dios nos tiene reservada.

   Dios no procede jamás sin pensar lo que ha de hacer, pues siempre actúa en conformidad con el plan que trazó desde la eternidad, para hacernos felices, viviendo en su presencia.

   (EF. 1, 12). San Pablo hace referencia a sus hermanos de raza, de quienes espera que acepten a Nuestro Salvador, para que puedan vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   Nos es preciso meditar un versículo más del texto de San Pablo que estamos considerando, para recordar que no sólo los hebreos fueron destinados a vivir en la presencia de Dios, pues la esperanza de salvación, también es para los paganos, para toda la humanidad (EF. 1, 13). Por haber sido vinculados a Cristo espiritualmente, hemos sido marcados por el Espíritu Santo, para que, por la recepción de sus dones, y el ejercicio de los mismos, podamos alcanzar la salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?

   Meditación de ROM. 8, 8-11.

   En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.

   Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros. (Meditación de la primera lectura optativa de los Ciclos A y B de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros.

   Meditación de IS. 55, 1-11, primera lectura optativa de los Ciclos A y B.

   La comida cuesta dinero, no dura mucho tiempo, y satisface nuestras necesidades físicas. Dios desea ofrecernos un alimento por el que no tendremos que pagar dinero, cuya duración es eterna, y nos nutrirá espiritualmente. ¿Cómo podemos obtener tan preciado alimento? Vamos al encuentro del Señor (IS. 55, 1), escuchemos su Palabra para aplicarla posteriormente a nuestras vidas (IS. 55, 2), y busquemos y clamemos a Dios, por medio de la oración (IS. 55, 6). La salvación divina es gratuita, pero necesitamos recibirla vehementemente.

   Dios pactó con David darle a su pueblo prosperidad y evitarle las amenazas de otras naciones y las guerras, pero el pacto fue incumplido por los hombres. A pesar de esto, Dios perdona y siempre está dispuesto a renovar la promesa de salvar a su pueblo. No nos apartemos del cumplimiento de la voluntad divina aunque cometamos errores, porque Dios jamás se cansará de esperarnos para que cumplamos su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad.

   Dios no quiere apartarse de nosotros, pero a menudo nos separamos de Él o construimos muros que se interponen entre Nuestro Santo Padre y nosotros. No esperemos que se nos debilite la fe o a tener graves dificultades para relacionarnos con Nuestro Padre común, porque entonces tener fe en la Santísima Trinidad será muy difícil para nosotros, por causa de la visión que tendremos de las circunstancias que consideremos adversas. Relacionémonos con Dios antes de que sea demasiado tarde para ello.

   No podemos adaptar a Dios al cumplimiento de nuestra voluntad, porque su amor, su sabiduría y su poder nos superan. Dado que somos más imperfectos que Dios, si queremos alcanzar la plenitud de la dicha, somos nosotros quienes necesitamos cumplir la voluntad divina.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Navidad social termina en algunos países al concluir la celebración del Año Nuevo, y, en otros, después de la celebración de la Epifanía del Señor. La Iglesia concluye las celebraciones navideñas el Domingo siguiente a la Epifanía, día en que celebra el Bautismo de Nuestro Salvador.

   Mientras que en los países que celebramos la Epifanía del Señor, los niños pasan este día jugando con sus nuevos juguetes, los adultos tenemos la costumbre de hacer un balance de cómo hemos pasado la Navidad.

   Quizás podemos caer en el error de acusar a la sociedad en que vivimos de ser materialista a la hora de celebrar la Navidad, y no pensamos que, en vez de juzgar a la gente, debemos pensar si estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, porque, mientras es muy fácil sacar a relucir los errores de quienes nos rodean, no nos gusta pensar en los defectos que nos caracterizan.

   Durante la celebración de la Misa de media noche de Navidad, recordamos las siguientes palabras de San Pablo: (TT. 2, 11).

   ¿Creemos sinceramente que Jesús vino al mundo hace veinte siglos a salvarnos de la condenación merecida por los pecados de la humanidad, -que es la muerte-, y para hacernos plenamente felices viviendo en un mundo sin carencias, en la presencia de Nuestro Santo Padre?

   Aunque hemos pasado muchos años sin ponernos a disposición de Dios para que cumpla su voluntad por nuestro medio, aún estamos a tiempo para confiar en Él, exceptuando el caso de que nuestra fe no sea más que una representación teatral, procedente de una tradición que, si no es desconocida, no es aceptada como portadora de una gran verdad de fe.

   ¿Sentimos que las celebraciones navideñas nos han servido para adoptar el compromiso de ser mejores cristianos, o, una vez más, al concluir los días festivos de diciembre y enero, vamos a sumirnos en la rutina que nos impide ser felices?

   Si queremos que la Navidad se prolongue durante todos los días de nuestras vidas, necesitamos convertirnos al Evangelio. Sé que para mucha gente, las palabras "conversión" y "penitencia", suenan a sacrificios pesados e inútiles, a horas perdidas pensando en lo que para quienes no comparten nuestra fe no tiene remedio, y a la pérdida del tiempo que podemos aprovechar para hacer cosas agradables y constructivas.

   Para sentirnos motivados a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, necesitamos tener fe en Él, pues, el autor de la Carta bíblica a los Hebreos, nos instruye, en los siguientes términos: (HEB. 11, 6).

   Hace años, le escuché el siguiente comentario, a un famoso personaje, que vi en un programa de televisión: "El Catolicismo es la religión más facilona del mundo. Cometes un pecado, dices que te arrepientes, te confiesas, rezas un Padre nuestro, y ya puedes salir de la Iglesia, para hacer cosas peores, porque, mientras digas que te arrepientes, te están perdonando".

   ¿Es cierto que Dios nos perdona para que sigamos pecando? En la Epístola a los Hebreos, leemos: (HB. 10, 38).

   Si a Dios no le agrada nuestra inconstancia en la vivencia de la fe que decimos que profesamos, ¿pensamos que nos perdonará nuestros pecados independientemente de las veces que nos confesemos, si sabe que no tenemos la intención de cambiar de conducta?

   ¿Qué quiere Dios de nosotros? (HB. 13, 15-16).

   ¿Es para nosotros hacer el bien un sacrificio? Si leemos los versículos bíblicos anteriores al texto que estamos considerando brevemente, vemos que el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que convirtamos nuestras vidas en un sacrificio a Dios imitando la conducta de Nuestro Salvador, lo cual no significa que hacer el bien es un sacrificio, pues, si lo hacemos con amor, nuestras buenas obras se convierten en oportunidades de gozarnos, porque Dios nos concede el honor de ser nosotros quienes lo sirvamos en nuestros prójimos.

   Quizás pensamos que no somos mejores cristianos porque nos abruman las dificultades que caracterizan nuestras vidas, las cuales deben ser un camino para acercarnos a Dios, así pues, no debemos olvidar que Jesús padeció mucho en Palestina, según se nos informa en el siguiente texto: (HB. 2, 18).

   El arrepentimiento de nuestros pecados, no consiste en sentir repugnancia únicamente del mal que hemos hecho para seguir actuando en contra del cumplimiento de la voluntad de Dios después de confesarnos. El arrepentimiento cristiano está relacionado con el hecho de adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestras vidas, porque, cuanto mayor sea nuestro nivel de purificación, sentiremos que estaremos más cerca de Nuestro Padre común, quien es la fuente de la felicidad que añoramos.

   La penitencia cristiana no debe reducirse a una serie de actos marcados por la tristeza, porque a Dios no le gusta que tengamos caras largas, sino que nos formemos espiritualmente, para que, al adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, cada día nos encuentre más dispuestos, a vivir en su presencia.

   DE nada nos sirve ofrecerle sacrificios a Dios para que nos perdone nuestros pecados, si no estamos dispuestos a convertirnos a su Evangelio de salvación. La conversión al Señor Nuestro Dios, es un proceso gradual que se prolonga durante todos los días que vivimos, que no debe ser visto como una cadena interminable de sacrificios, sino como una oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, que no debemos desaprovechar.

   Si creyéramos sinceramente en Dios, al arrepentirnos de los pecados que cometemos, no pensaríamos en nuestra condenación, sino en la ofensa que las citadas obras significan para el Dios Uno y Trino, que es la fuente de la pureza. El arrepentimiento es causa de vergüenza y tristeza, porque no es fácil reconocer el mal que se hace, y porque vemos que no podemos compararnos a Dios, pero, a pesar de ello, dicha tristeza debe ser utilizada constructivamente en orden a nuestro crecimiento espiritual, no para quitarnos el valor personal que tenemos, sino para adaptarnos más y mejor, al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues, recordemos las siguientes palabras de San Pablo: (2 COR. 7, 10).

   No soy contrario al hecho de celebrar la Navidad social, pues pienso que ello debe fortalecer las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. La Iglesia nos dice que el hecho de hacer fiestas no es perjudicial, siempre que no invirtamos en ocio el dinero que tenemos para convivir con nuestros familiares, socorrer a los pobres, y contribuir al sostenimiento de las obras de la fundación de Cristo.

   Si nos disponemos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, daremos un importante paso para alcanzar la plenitud de la felicidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com