Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).
2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.
Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).
Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).
3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.
¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.
Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.
Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).
Meditación.
1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.
2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.
En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios. San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.
Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.
¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?
Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.
A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI
Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos. Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.
¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?
3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.
4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.
Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.
2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.
En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios. San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.
Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.
¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?
Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.
A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI
Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos. Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.
¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?
3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.
4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.
Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.
Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.
En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.
En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.
En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.
En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.
No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.
Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.
El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.
Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.
El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.
Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.
Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.
Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.
Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.
Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.
No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.
El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.
El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.
Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.
2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 12-15.
3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).
Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.
Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.
3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).
San Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.
Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).
Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.
Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.
3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).
Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?
¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?
¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?
¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?
¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?
3-2.
¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?
¿Pecamos cuando somos tentados?
¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?
¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?
¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?
¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?
¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?
3-3.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?
¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?
¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?
¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.
Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.
8. Oración final.
Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.
Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.
En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.
En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.
En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.
En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.
No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.
Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.
El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.
Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.
El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.
Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.
Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.
Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.
Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.
Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.
No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.
El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.
El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.
Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.
2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 12-15.
3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).
Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.
Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.
3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).
San Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.
Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).
Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.
Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.
3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).
Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?
¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?
¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?
¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?
¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?
3-2.
¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?
¿Pecamos cuando somos tentados?
¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?
¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?
¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?
¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?
¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?
3-3.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?
¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?
¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?
¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.
Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.
8. Oración final.
Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.
Meditación de MC. 1, 12-13.
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).
Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.
Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.
El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.
Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.
En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).
Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.
Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.
El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.
Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.
Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.
En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.
Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.
En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.
A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).
A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.
San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.
El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.
Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.
Meditación de MC. 1, 12-13.
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).
Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.
Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.
El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.
Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.
En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).
Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.
Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.
El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.
Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.
Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.
En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.
Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.
En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.
A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).
A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.
San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.
El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.
Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Meditación.
1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.
2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.
3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.
4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.
5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.
6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.
7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.
Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.
Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.
Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.
8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).
Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.
2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.
3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.
4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.
5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.
6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.
7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.
Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.
Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.
Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.
8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).
Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Dios quiere lo mejor de sus hijos. (Meditación de la I lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Meditación.
1. San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, fue encarcelado por causa de su deber de conciencia de recordarle al Tetrarca de Galilea que estaba cometiendo adulterio al tener como esposa a la mujer de su hermano Filipo (MT. 14, 3-5). El hijo de Zacarías sabía perfectamente que el hecho de reprobar la relación de Herodes con su cuñada podía ser muy problemático para él, pero el hijo de Elisabeth antepuso el cumplimiento de la voluntad de 'dios a su deseo de vivir. Juan podría haber evitado que lo encarcelaran y posteriormente le cortaran la cabeza argumentando que si vivía y seguía bautizando a muchos de sus oyentes cumplía la voluntad de Dios, pero, el hecho de obedecer a su fe y dejarse asesinar, causó un gran impacto entre los creyentes, de forma que Jesús sustituyó a Juan como predicador, y el Profeta murió sabiendo que, el sacrificio de su vida, sería, para la gente sencilla de Israel, más fructífero que sus muchos bautismos, porque él sabía perfectamente que Dios no nos pide algo de dinero para los pobres ni unos minutos para asistir a la Eucaristía dominical, sino toda nuestra riqueza material y espiritual, y todo el tiempo de que disponemos para servirlo en nosotros, en nuestros familiares y amigos, y en los que carecen de dones terrenos y celestiales. Juan no se conformó con predicar y renunciar a tener un trabajo y una familia, así pues, como todo el pueblo no se convirtió a Dios al oír sus palabras, quiso arriesgarse a morir, con tal de que aquel hecho tuviera una gran repercusión que aumentara el número de seguidores de Jesús.
2. Juan era muy humilde. Él sabía muy bien que no tenía ninguna razón por la que considerarse superior a sus contemporáneos en ningún aspecto, así pues, el hijo de Zacarías era consciente de la misión que Dios le encomendó, y de cuál era su posición social. Juan les decía a sus oyentes, las palabras expuestas en LC. 3, 16. Juan no predicaba para ser alabado, sino para cumplir la misión por la que Dios cumplió el sueño de sus padres al concederles la paternidad del Precursor del Mesías. El autor del Apocalipsis nos dice en su Evangelio, las palabras contenidas en JN. 1, 6-8. Más adelante, cuando el Mesías comenzó su misión como predicador, el Bautista dijo de él, las palabras contenidas en JN. 3, 30-33.
3. A pesar de que la voluntad de Juan parecía inquebrantable, el trato cruel que recibió en la cárcel, y el extraño comienzo que tuvo Jesús con respecto a la forma de comunicarse como Verbo o Palabra de Dios a sus oyentes, probablemente le provocó al citado Profeta una crisis de fe. Él sabía que los Profetas habían hablado muchas veces de la condenación de los pecadores, pero Jesús, a pesar de que según se acercaba el día de su martirio utilizó en algunas ocasiones el estilo del hijo de Elisabeth, sólo pasaba su tiempo hablando de las bondades de Dios, alimentando a los pobres, curando a los enfermos, y consolando a los afligidos. Muchos autores sostienen que la crisis de fe de Juan no existió como tal, sino que fue una excusa que utilizó para hacer que algunos de sus seguidores se adhirieran a los discípulos de Jesús, pues, probablemente, dicho Profeta sabía que sus días en este mundo estaban contados.
Nosotros, al tener una gran variedad de Mesías a los que aferrarnos, quizá nos hemos cuestionado como pudo hacerlo Juan en su prisión, en los siguientes términos, extraídos de MT. 11, 3).
Jesús les dijo a los seguidores de Juan, las palabras escritas en MT. 11, 4-5. Las enfermedades mencionadas por Jesús tienen su significado espiritual, así pues, la ceguera se interpreta como la cerrazón de nuestro corazón a aceptar las realidades de Dios al confrontar las mismas con nuestra forma de pensar y actuar, la enfermedad de los cojos nos insta a que caminemos impartiendo la justicia divina porque todos tenemos los mismos deberes y derechos ante Dios, la lepra puede interpretarse como la incomunicación que nos está victimizando en aras de alcanzar una perfección que puede ser calificada como imperfecta porque cada día vivimos más aislados, la enfermedad de los sordos puede interpretarse como nuestro deseo de no escuchar lo que Dios tiene que comunicarnos a través de la Biblia y sus miles de predicadores, y, la resurrección de los muertos, se puede interpretar como el fin de las miserias que azotan a la humanidad, la resolución de todos nuestros problemas. Llama la atención el hecho de que Jesús no les dice a los discípulos de Juan que procurará que no les falten a los pobres los recursos necesarios para vivir, así pues, Él les comunica el Evangelio, se les da como Palabra de Dios hecha hombre, transformada en carne, un término que, al traducirlo de las versiones más antiguas del texto sagrado, se traduce como miseria, porque sabe que ello les bastará para que su fe provea sus necesidades, cuando Dios lo juzgue oportuno.
4. Por su sacrificio y constancia en el cumplimiento de su deber, Juan Bautista, mereció el siguiente elogio de Jesús, escrito en MT. 11, 11. Juan Bautista es el mayor de los hombres según la óptica de Dios, pero a la vez es el más humilde de los siervos de Yahveh, porque no estimó su vida, ante la posibilidad de llevar a cabo su trabajo de predicador.
5. A pesar de la diferencia existente entre la forma de predicar del Bautista y de Jesús, al leer los Evangelios, podemos percatarnos de que, mientras el Bautista predicaba en el desierto y sus oyentes tenían que ir a buscarlo para aprender sus enseñanzas, Jesús buscaba a la gente, exceptuando aquellas ocasiones en que tenía que interrumpir la apresurada instrucción espiritual de los futuros Apóstoles, porque la gente lo seguía, así pues, en muchas ocasiones, el Maestro tenía que embarcarse con sus más fieles amigos para que la gente le dejara inculcarle su sabiduría a sus más fieles seguidores.
6. San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos dice que, cuando Jesús supo que el Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, desestimando la posibilidad de establecerse entre sus vecinos de Nazaret, el pueblo en que vivió durante muchos años junto a María y José. Vivimos en un entorno social en que muchas veces no se comprende la forma de actuar de la gente que, en virtud de su forma de ser, marca la diferencia de alguna forma. Jesús se expresó en los siguientes términos en la Sinagoga de Nazaret: MC. 6, 4). Yo creo que los hombres más íntegros y llenos de fortaleza son tan respetados en su trabajo como en su casa, pero el respeto que podemos recibir de nuestros conocidos no siempre depende de nosotros. Jesús se apartaba de quienes no querían escucharle predicar, pero, al mismo tiempo, se convertía en el más fiel compañero de quienes veían en Él a un predicador, a un Hermano capaz de alimentarles, a un Maestro de espiritualidad, o a un médico capaz de curar sus enfermedades. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de ver a mucha gente capacitada para realizar sus actividades haciendo que se muevan quienes le rodean constantemente.
7. San Mateo, en el Evangelio correspondiente a este Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos dice que Jesús es la luz que ilumina a quienes están dispuestos a aceptar su doctrina. ¿Recordáis lo que le dijo el Maestro a Pedro durante la última Cena cuando éste no quiso que Jesús le lavara los pies? (JN. 13, 8), así pues, si no aprendemos lo que Jesús nos transmite en sus sermones, si no nos dejamos alimentar por el Señor, y no nos dejamos sanar por el Hijo de María, ¿de qué nos aprovecha fingir que somos discípulos de Jesús? No podemos hacer nada frente a Dios porque somos muy limitados con respecto a nuestro Criador, pero esa es, pues, la causa por la que Él desea ardientemente que nos dejemos redimir acogiendo con humildad y alegría los dones que nos concede por obra y gracia del Espíritu Santo. Abramos los oídos de los sordos, tranquilicemos las mentes inquietas, abramos los ojos de los ciegos, que hablen los mudos, y que salten los cojos, porque está por llegar el exterminio de nuestras miserias, y, por la fe, nuestro Padre y Dios se nos está manifestando, por lo que somos miembros de su Reino, y porque la Providencia divina nos hará superar los estados adversos que vivimos. "Convertíos -nos dice San Mateo en el Evangelio de hoy-, porque ya está cerca el reino de Dios" (MT. 4, 17).
Isaías nos habla del Reino de Dios: (IS. 35, 2b-4a).
8. Jesús les dijo a Simón y a Andrés, las palabras expuestas en MT. 4, 19. A pesar de que aquellos pescadores eran pobres, no debemos ignorar el mérito que tuvieron al dejar todo lo que tenían para seguir al Maestro. Jesús no logró la conversión de ellos instantáneamente, así pues, hizo que sus discípulos creyeran en Él a través de muchas de sus vivencias.
Pedro y Andrés eran pobres, pero no tanto como lo somos nosotros, cuando ni siquiera somos capaces de detener a Cristo que pasa por nuestra vida, de la misma forma que los discípulos de Emaús retuvieron a su Maestro de espiritualidad, sin ni siquiera sospechar que era el Mesías quien les instruía en la interpretación de las Escrituras (LC. 24, 29).
El caso de Santiago y Juan ilustra perfectamente la forma en que debemos abandonarnos en los brazos de Dios (MT. 4, 22).
9. Jesús les dijo a Andrés y a Pedro las siguientes palabras, expuestas en MT. 4, 19. Unámonos al Mesías, convirtámonos en pescadores de hombres, y ganemos almas para el Señor, porque "El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (MC. 1, 15).
10. En la segunda lectura de hoy (1 COR. 1, 10-13. 17), San Pablo describe brevemente la forma en que los cristianos de Corinto estaban divididos, de forma que cada cual adaptaba la enseñanza de los predicadores que les enviaba el Señor a sus necesidades. La desunión es uno de los mayores problemas que tenemos los cristianos de hoy, y, por tanto, una de las mayores dificultades que tenemos para aumentar el número de hijos de la Iglesia. A pesar de las divisiones que nos caracterizan, hemos de buscar los puntos doctrinales que nos son comunes, para fomentar nuestra relación fraternal, y para que nuestros desacuerdos no les cierren las puertas de los templos a quienes quieren acercarse a nosotros, para que les demos a conocer el Evangelio (COL. 1, 23).
11. Los futuros Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Jesús. Muchos cristianos dejan sus redes y se convierten en religiosos contemplativos, de forma que se dedican a orar exclusivamente, para apresurar la instauración del Reino de Dios entre los hombres. La gran mayoría de los cristianos tenemos que convertirnos al Señor desde nuestras redes, desde la barca en que vivimos, desde nuestro estado actual, de manera que ninguna cosa sea para nosotros más importante que el Reino de Dios y su justicia, así pues, nuestro Señor nos dice, las palabras expuestas en MT. 6, 33. Jesús no pretende decirnos que hemos de olvidar las metas que deseamos alcanzar, sino que nuestras prioridades han de ser inferiores a la imitación de Cristo que ha de caracterizar nuestra existencia.
joseportilloperez@gmail.com
1. San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, fue encarcelado por causa de su deber de conciencia de recordarle al Tetrarca de Galilea que estaba cometiendo adulterio al tener como esposa a la mujer de su hermano Filipo (MT. 14, 3-5). El hijo de Zacarías sabía perfectamente que el hecho de reprobar la relación de Herodes con su cuñada podía ser muy problemático para él, pero el hijo de Elisabeth antepuso el cumplimiento de la voluntad de 'dios a su deseo de vivir. Juan podría haber evitado que lo encarcelaran y posteriormente le cortaran la cabeza argumentando que si vivía y seguía bautizando a muchos de sus oyentes cumplía la voluntad de Dios, pero, el hecho de obedecer a su fe y dejarse asesinar, causó un gran impacto entre los creyentes, de forma que Jesús sustituyó a Juan como predicador, y el Profeta murió sabiendo que, el sacrificio de su vida, sería, para la gente sencilla de Israel, más fructífero que sus muchos bautismos, porque él sabía perfectamente que Dios no nos pide algo de dinero para los pobres ni unos minutos para asistir a la Eucaristía dominical, sino toda nuestra riqueza material y espiritual, y todo el tiempo de que disponemos para servirlo en nosotros, en nuestros familiares y amigos, y en los que carecen de dones terrenos y celestiales. Juan no se conformó con predicar y renunciar a tener un trabajo y una familia, así pues, como todo el pueblo no se convirtió a Dios al oír sus palabras, quiso arriesgarse a morir, con tal de que aquel hecho tuviera una gran repercusión que aumentara el número de seguidores de Jesús.
2. Juan era muy humilde. Él sabía muy bien que no tenía ninguna razón por la que considerarse superior a sus contemporáneos en ningún aspecto, así pues, el hijo de Zacarías era consciente de la misión que Dios le encomendó, y de cuál era su posición social. Juan les decía a sus oyentes, las palabras expuestas en LC. 3, 16. Juan no predicaba para ser alabado, sino para cumplir la misión por la que Dios cumplió el sueño de sus padres al concederles la paternidad del Precursor del Mesías. El autor del Apocalipsis nos dice en su Evangelio, las palabras contenidas en JN. 1, 6-8. Más adelante, cuando el Mesías comenzó su misión como predicador, el Bautista dijo de él, las palabras contenidas en JN. 3, 30-33.
3. A pesar de que la voluntad de Juan parecía inquebrantable, el trato cruel que recibió en la cárcel, y el extraño comienzo que tuvo Jesús con respecto a la forma de comunicarse como Verbo o Palabra de Dios a sus oyentes, probablemente le provocó al citado Profeta una crisis de fe. Él sabía que los Profetas habían hablado muchas veces de la condenación de los pecadores, pero Jesús, a pesar de que según se acercaba el día de su martirio utilizó en algunas ocasiones el estilo del hijo de Elisabeth, sólo pasaba su tiempo hablando de las bondades de Dios, alimentando a los pobres, curando a los enfermos, y consolando a los afligidos. Muchos autores sostienen que la crisis de fe de Juan no existió como tal, sino que fue una excusa que utilizó para hacer que algunos de sus seguidores se adhirieran a los discípulos de Jesús, pues, probablemente, dicho Profeta sabía que sus días en este mundo estaban contados.
Nosotros, al tener una gran variedad de Mesías a los que aferrarnos, quizá nos hemos cuestionado como pudo hacerlo Juan en su prisión, en los siguientes términos, extraídos de MT. 11, 3).
Jesús les dijo a los seguidores de Juan, las palabras escritas en MT. 11, 4-5. Las enfermedades mencionadas por Jesús tienen su significado espiritual, así pues, la ceguera se interpreta como la cerrazón de nuestro corazón a aceptar las realidades de Dios al confrontar las mismas con nuestra forma de pensar y actuar, la enfermedad de los cojos nos insta a que caminemos impartiendo la justicia divina porque todos tenemos los mismos deberes y derechos ante Dios, la lepra puede interpretarse como la incomunicación que nos está victimizando en aras de alcanzar una perfección que puede ser calificada como imperfecta porque cada día vivimos más aislados, la enfermedad de los sordos puede interpretarse como nuestro deseo de no escuchar lo que Dios tiene que comunicarnos a través de la Biblia y sus miles de predicadores, y, la resurrección de los muertos, se puede interpretar como el fin de las miserias que azotan a la humanidad, la resolución de todos nuestros problemas. Llama la atención el hecho de que Jesús no les dice a los discípulos de Juan que procurará que no les falten a los pobres los recursos necesarios para vivir, así pues, Él les comunica el Evangelio, se les da como Palabra de Dios hecha hombre, transformada en carne, un término que, al traducirlo de las versiones más antiguas del texto sagrado, se traduce como miseria, porque sabe que ello les bastará para que su fe provea sus necesidades, cuando Dios lo juzgue oportuno.
4. Por su sacrificio y constancia en el cumplimiento de su deber, Juan Bautista, mereció el siguiente elogio de Jesús, escrito en MT. 11, 11. Juan Bautista es el mayor de los hombres según la óptica de Dios, pero a la vez es el más humilde de los siervos de Yahveh, porque no estimó su vida, ante la posibilidad de llevar a cabo su trabajo de predicador.
5. A pesar de la diferencia existente entre la forma de predicar del Bautista y de Jesús, al leer los Evangelios, podemos percatarnos de que, mientras el Bautista predicaba en el desierto y sus oyentes tenían que ir a buscarlo para aprender sus enseñanzas, Jesús buscaba a la gente, exceptuando aquellas ocasiones en que tenía que interrumpir la apresurada instrucción espiritual de los futuros Apóstoles, porque la gente lo seguía, así pues, en muchas ocasiones, el Maestro tenía que embarcarse con sus más fieles amigos para que la gente le dejara inculcarle su sabiduría a sus más fieles seguidores.
6. San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos dice que, cuando Jesús supo que el Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, desestimando la posibilidad de establecerse entre sus vecinos de Nazaret, el pueblo en que vivió durante muchos años junto a María y José. Vivimos en un entorno social en que muchas veces no se comprende la forma de actuar de la gente que, en virtud de su forma de ser, marca la diferencia de alguna forma. Jesús se expresó en los siguientes términos en la Sinagoga de Nazaret: MC. 6, 4). Yo creo que los hombres más íntegros y llenos de fortaleza son tan respetados en su trabajo como en su casa, pero el respeto que podemos recibir de nuestros conocidos no siempre depende de nosotros. Jesús se apartaba de quienes no querían escucharle predicar, pero, al mismo tiempo, se convertía en el más fiel compañero de quienes veían en Él a un predicador, a un Hermano capaz de alimentarles, a un Maestro de espiritualidad, o a un médico capaz de curar sus enfermedades. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de ver a mucha gente capacitada para realizar sus actividades haciendo que se muevan quienes le rodean constantemente.
7. San Mateo, en el Evangelio correspondiente a este Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos dice que Jesús es la luz que ilumina a quienes están dispuestos a aceptar su doctrina. ¿Recordáis lo que le dijo el Maestro a Pedro durante la última Cena cuando éste no quiso que Jesús le lavara los pies? (JN. 13, 8), así pues, si no aprendemos lo que Jesús nos transmite en sus sermones, si no nos dejamos alimentar por el Señor, y no nos dejamos sanar por el Hijo de María, ¿de qué nos aprovecha fingir que somos discípulos de Jesús? No podemos hacer nada frente a Dios porque somos muy limitados con respecto a nuestro Criador, pero esa es, pues, la causa por la que Él desea ardientemente que nos dejemos redimir acogiendo con humildad y alegría los dones que nos concede por obra y gracia del Espíritu Santo. Abramos los oídos de los sordos, tranquilicemos las mentes inquietas, abramos los ojos de los ciegos, que hablen los mudos, y que salten los cojos, porque está por llegar el exterminio de nuestras miserias, y, por la fe, nuestro Padre y Dios se nos está manifestando, por lo que somos miembros de su Reino, y porque la Providencia divina nos hará superar los estados adversos que vivimos. "Convertíos -nos dice San Mateo en el Evangelio de hoy-, porque ya está cerca el reino de Dios" (MT. 4, 17).
Isaías nos habla del Reino de Dios: (IS. 35, 2b-4a).
8. Jesús les dijo a Simón y a Andrés, las palabras expuestas en MT. 4, 19. A pesar de que aquellos pescadores eran pobres, no debemos ignorar el mérito que tuvieron al dejar todo lo que tenían para seguir al Maestro. Jesús no logró la conversión de ellos instantáneamente, así pues, hizo que sus discípulos creyeran en Él a través de muchas de sus vivencias.
Pedro y Andrés eran pobres, pero no tanto como lo somos nosotros, cuando ni siquiera somos capaces de detener a Cristo que pasa por nuestra vida, de la misma forma que los discípulos de Emaús retuvieron a su Maestro de espiritualidad, sin ni siquiera sospechar que era el Mesías quien les instruía en la interpretación de las Escrituras (LC. 24, 29).
El caso de Santiago y Juan ilustra perfectamente la forma en que debemos abandonarnos en los brazos de Dios (MT. 4, 22).
9. Jesús les dijo a Andrés y a Pedro las siguientes palabras, expuestas en MT. 4, 19. Unámonos al Mesías, convirtámonos en pescadores de hombres, y ganemos almas para el Señor, porque "El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (MC. 1, 15).
10. En la segunda lectura de hoy (1 COR. 1, 10-13. 17), San Pablo describe brevemente la forma en que los cristianos de Corinto estaban divididos, de forma que cada cual adaptaba la enseñanza de los predicadores que les enviaba el Señor a sus necesidades. La desunión es uno de los mayores problemas que tenemos los cristianos de hoy, y, por tanto, una de las mayores dificultades que tenemos para aumentar el número de hijos de la Iglesia. A pesar de las divisiones que nos caracterizan, hemos de buscar los puntos doctrinales que nos son comunes, para fomentar nuestra relación fraternal, y para que nuestros desacuerdos no les cierren las puertas de los templos a quienes quieren acercarse a nosotros, para que les demos a conocer el Evangelio (COL. 1, 23).
11. Los futuros Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Jesús. Muchos cristianos dejan sus redes y se convierten en religiosos contemplativos, de forma que se dedican a orar exclusivamente, para apresurar la instauración del Reino de Dios entre los hombres. La gran mayoría de los cristianos tenemos que convertirnos al Señor desde nuestras redes, desde la barca en que vivimos, desde nuestro estado actual, de manera que ninguna cosa sea para nosotros más importante que el Reino de Dios y su justicia, así pues, nuestro Señor nos dice, las palabras expuestas en MT. 6, 33. Jesús no pretende decirnos que hemos de olvidar las metas que deseamos alcanzar, sino que nuestras prioridades han de ser inferiores a la imitación de Cristo que ha de caracterizar nuestra existencia.
joseportilloperez@gmail.com
Examen de conciencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Examen de conciencia.
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico del Evangelio de la conversión del ciego de nacimiento. (Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico de la conversión del ciego de nacimiento.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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