Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
joseportilloperez@gmail.com
2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
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La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Reportaje.
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
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Permanezcamos unidos. (Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Permanezcamos unidos.
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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