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Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad. (Meditación del Evangelio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad.

   Meditación de JN. 18, 33b 37.

   Dado que el Sanedrín carecía del poder necesario para condenar a Jesús a muerte, los enemigos del Señor, valiéndose del hecho de que Jesús dijo de Sí mismo cuando fue enjuiciado ante Caifás que es el Hijo del hombre profetizado por Daniel (MT. 26, 63-64), tomaron la decisión de acusarle ante Pilato de haberse proclamado rey, con tal de conseguir que el yerno de Tiberio César dictara la sentencia a muerte del Mesías. Aunque Pilato sabía que los líderes judíos le entregaron a Jesús por envidia, porque no era difícil deducir que Jesús no tenía aspiraciones de alcanzar poder, riquezas y prestigio, cedió al ser amenazado por el Sanedrín, y terminó mandando crucificar al Señor.

   En la meditación de la primera lectura correspondiente a este último Domingo del Año litúrgico (DN. 7, 13-14), hemos recordado que el Reino de Dios está fundado sobre el amor divino y humano, y sus miembros, el único privilegio que desean tener, consiste en servirse desinteresadamente, unos a otros. Los acusadores de Jesús cambiaron el significado de DN. 7, 13-14, para hacerle creer a Pilato, que Jesús se proclamó rey, no para actuar como el Hijo del hombre profetizado por Daniel, sino para actuar como enemigo de Roma. Este hecho me sugiere el pensamiento de que, al interpretar la Biblia erróneamente, podemos cometer errores graves.

   Las autoridades romanas hubieran combatido a cualquiera que se hubiera proclamado a Sí mismo como rey para hacerles la guerra, y hubieran ignorado a un mesías religioso sin aspiraciones mundanas, por no considerarlo peligroso. Recordemos que Pilato dejó escapar a muchos falsos mesías del pretorio cuando las autoridades religiosas de Israel le pidieron que les mandara ejecutar, así pues, el yerno de Tiberio César fue presionado, para que no librara a Jesús de la pena que sus enemigos quisieran que constituyera el fin de su vida.

   Jesús dijo ante Pilato que es Rey, pero que su Reino no es de este mundo. Pilato sabía que Jesús le fue entregado por causa de la envidia de los enemigos del Señor, no porque hubiera merecido ser juzgado. A pesar de ello, Pilato no tuvo fuerza para hacer justicia, evitando la muerte de Jesús, sino que sacrificó la vida del Profeta de Nazaret, con tal de asegurarse la conservación de su trabajo.

   ¿Mantenemos nuestra posición social por haber actuado contra los derechos de quienes son más débiles que nosotros?

   Si es doloroso reconocer que hemos vivido sin aceptar a Jesús como Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre, como verdad que nos hace libres, y como la vida eterna de la gracia que añoramos (JN. 14, 6), más doloroso es pensar que, aunque conocemos la Verdad de Dios, vivimos sin prestarle atención.

   ¿Qué es la verdad? Necesitamos aprovechar la riqueza que nos aporta el conocimiento de la diversidad de ideologías existentes en el mundo para enriquecernos. Debemos ser respetuosos con quienes no comparten nuestras opiniones, pero ello no puede hacernos pensar que la Verdad de Dios es relativa, porque, de serlo, no podemos distinguir entre lo que es bueno y malo, y la justicia se convierte en cualquier cosa que nos beneficie.

   La verdad no es cualquier cosa con la que esté de acuerdo la mayoría de la gente que nos rodea o que nos ayude a escalar una posición social mejor que la que mantenemos en la actualidad.

   En un mundo en que hay tantas verdades, aún resuenan las siguientes palabras de Jesús: (JN. 8, 31-32).

   Al concluir el presente Año litúrgico, es positivo para nosotros pensar si tenemos más fe en Dios que cuando empezamos a vivir el tiempo de Adviento. Aprovechemos la celebración del Año de la Fe que estamos conmemorando, para pensar si estamos esforzándonos en aumentar nuestro conocimiento de Dios, para que el Espíritu Santo pueda aumentarnos la fe que tenemos, en el Dios Uno y Trino.

   Siempre que lo deseemos, Dios nos dará la oportunidad de conocerlo, aceptarlo y amarlo. Este es el último Domingo del presente año litúrgico, pero, el próximo Domingo, al iniciar el ciclo C de la Liturgia de la Iglesia, -en que meditaremos el Evangelio de San Lucas-, el Señor se nos seguirá manifestando, y nos corresponderá a nosotros, decidir si amoldamos nuestra vida, al cumplimiento de su voluntad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El Hijo del hombre es Nuestro Rey. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

   Meditación.

   1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.

   ¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).

   Cuando rezamos el  Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).

   ¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?

   Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.

   Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.

   Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

    Meditación.

   Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.

   Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.

   Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.

   San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).

   Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.

   Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).

   Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).

   El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.

   A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.

   Meditación de HEB. 5, 1-6.

   Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.

   Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.

   Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.

   Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.

   Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.

   Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.

   Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación del capítulo 11 del libro de los Números. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

    Meditación.

   Meditación del capítulo 11 del libro de los Números.

   (NM. 11, 1-3). ¿Cómo se explica el hecho de que se encendiera la ira de Dios contra su pueblo? Muchos predicadores, al constatar que la fe cristiana se extingue en su entorno, les transmiten a sus oyentes y/o lectores una idea considerada absurda por muchos creyentes: "Dios no castiga a nadie". Tales predicadores utilizan la citada idea porque, al extinguirse prácticamente la creencia en el infierno en su entorno, temen ser tratados como líderes sectarios, y, en consecuencia, temen que se les rechace.

   En la Biblia se nos demuestra claramente que Dios nos castiga aunque por fe vemos que ello no es lógico, así pues, Jesús, Nuestro Redentor, el Señor que murió por amor a sus hermanos los hombres de todos los tiempos, le dijo a San Juan Apóstol y Evangelista, que les escribiera a los cristianos de Laodicea: (AP. 3, 19).

   En el fragmento del libro de los Números que recordamos al iniciar esta meditación, vimos un claro ejemplo del ejercicio de la justicia de Dios con respecto a los carentes de fe. Los hebreos habían visto muchas demostraciones del poder de Dios en favor de ellos, pero, aún así, no podían creer en el Todopoderoso. Dios hizo que parte del campamento de su pueblo fuera consumido por el fuego, con el fin de demostrarles a los hebreos que ellos vivían porque quería que conquistaran la tierra que les prometió a los Patriarcas que les daría tanto a ellos como a sus descendientes.

   Por su parte, Moisés, como buen predicador de justicia, volvió, una vez más, a interceder ante Dios, en favor de su pueblo rebelde. Dios ha querido que, tanto los judíos como los cristianos, intercedamos por quienes incumplen la Ley divina, con el fin de que el citado hecho nos haga desear vivir constatando el aumento de la familia de Nuestro creador.

   (NM. 11, 4). Lógicamente, si Dios extinguió el fuego que comenzó a arrasar el campamento de los hebreos, ellos, por su parte, al recordar la gran cantidad de prodigios que el Todopoderoso hizo en el pasado en su beneficio, en vez de desesperarse por causa de su deseo de comer carne, deberían haber supuesto que el mismo Dios solventaría su problema, en el tiempo que lo considerara oportuno.

   Si somos capaces de comprender lo que debían haber hecho los hebreos cuando desearon comer carne en el desierto, también deberíamos comprender que, cuando tengamos problemas que no podamos resolver por nuestros propios medios, deberemos esperar a que Dios solvente los mismos, ya que no debemos creer, bajo ninguna circunstancia, que Nuestro Padre común nos ha desamparado.

   Quizás puede decirse con respecto a los hebreos: "Es comprensible el hecho de que los hermanos de raza de Moisés desearan comer carne, dado que estuvieron siendo alimentados con el maná celestial durante cuarenta años". A raíz de esta meditación, debemos preguntarnos: ¿Es creíble el hecho de que los hebreos sobrevivieran a un período de hambre de cuatro décadas? Al responder negativamente la pregunta que nos hemos hecho bajo la lógica más elemental, debemos preguntarnos;: ¿Era el maná suficiente para satisfacer el hambre de los hebreos? (ÉX. 16, 4). Según el Dios de quien San Pablo escribió en TT. 1, 2 que no puede mentir, los hebreos, -exceptuando los sábados, dado que los viernes habían de recoger una ración doble-, debían recoger su ración diaria de maná, pues el citado alimento les había de servir para satisfacer su hambre.

   También con respecto a nosotros, se puede decir:

   -La pobre ana no puede soportar la rebeldía de sus hijos.

   -María está desesperada porque su enfermedad la está matando...

   A pesar de ello, no hemos de olvidar los versículos bíblicos que recordamos con mucha frecuencia los lectores de Padre nuestro: (1 COR. 10, 13).

   Con respecto a los pobres, les es aplicable el siguiente fragmento del Deuteronomio: (DT. 8, 1-6; 11, 5-15). Los hebreos le dijeron a Moisés que en Egipto comían gratuitamente, pero, ¿eran verdaderas esas palabras? Los hebreos no fueron alimentados en Egipto gratuitamente, pues se les proporcionaba comida para que pudieran realizar su trabajo. A veces debemos distinguir a quienes nos quieren como amigos y a quienes sólo piensan en nosotros únicamente para que los beneficiemos. De igual manera, se engañan a sí mismos quienes afirman que el alcohol o el tabaco los sacan de su rutina, pues, a largo plazo, esos vicios acaban siendo perjudiciales, tanto para ellos como para sus familiares.

   Por causa de ciertos problemas que he tenido a la hora de predicar, comprendo perfectamente lo que le sucedía a Moisés cuando se sentía impotente al no poder solventar todos los problemas que el pueblo le planteaba. Durante los años que he predicado tanto presencialmente en algunas iglesias como en la red, cuando mis reflexiones han gustado, pocos han sido los que me han felicitado, pero me asaltan grandes cantidades de personas reclamándome que justifique las leyendas negras de la historia de la Iglesia, que les dé la solución más económica y rápida para divorciarse, que les explique de una forma convincente para ellos por qué la Iglesia no desea que sus hijos mantengan relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial... En general, pocos son los que reconocen la labor que la Iglesia hace en el mundo a pesar de los errores que algunos de sus hijos han cometido desde la fundación de la misma hasta nuestros tiempos actuales, pero son muchos los que, al recordar esos errores, nos satanizan a todos los católicos, como si nosotros hubiéramos inventado las formas más refinadas de practicar el mal.

   Recordemos unas palabras que Dios le dijo a Jeremías: (JER. 15, 19).

   A Moisés le sucedió justo lo contrario que Dios le dijo a Jeremías que hiciera, es decir, la presión que sus hermanos de raza ejercieron brutalmente sobre él, acabó por desesperarlo.

   Recordemos que el hecho de ser incapaz de mantener la fe ante la presión que los hebreos ejercieron sobre el Profeta que Dios designó para que les concediera la libertad en su nombre, le costó a Moisés la imposibilidad de entrar en la Tierra prometida. Yo pienso que Moisés no entró en la tierra prometida por haber perdido la fe, sino porque Dios decidió que Josué ocupara su puesto, para que el citado Profeta pudiera morir, y descansar así de sus trabajos, pero, no obstante, la experiencia de Moisés nos enseña a no bajar la guardia nunca jamás en la vivencia de nuestra fe (ÉX. 17, 1-7. NM. 20, 10-13).

   Si los predicadores nos gloriamos cuando conseguimos inculcarle nuestra fe a alguna persona, debemos ser humildes, y, si hemos fracasado en alguna ocasión en nuestros intentos de evangelizar a alguien, tenemos que reconocer nuestro fracaso, pues no sabemos si el mismo se debe a nuestra incapacidad para predicar, o si ha sido causado porque nuestro oyente aún no está destinado a tener fe en el tiempo en que le predicamos, o si el mismo rechaza nuestras creencias. Con respecto a mí, si en la red soy muy querido después de haber batallado durante varios años incluso con católicos que me han considerado pecador imperdonable por predicar en un medio difusor de imágenes pornográficas (Internet), como ya os he dicho en otras ocasiones, fracasé estrepitosamente en una pequeña Iglesia española, en la que trabajé durante unos tres años aproximadamente, así pues, fui un fracaso tanto como catequista como ayudante de las mujeres que se veían forzadas a ejercer de catequistas sin fe ni vocación, con tal de que sus hijos pudieran recibir a Jesús por primera vez. Aunque durante algún tiempo me sentí culpable del citado fracaso, esa herida se me cerró, porque, suponiendo que yo fuera un fracaso como predicador, el hecho de temer que dicho templo sea cerrado, me hace constatar que ni los sacerdotes que han pasado por mi pueblo durante varias décadas, han podido crear una comunidad parroquial activa. Actualmente, sólo asisten a las celebraciones eucarísticas unas cinco o seis personas, y el templo permanece cerrado el resto de la semana.

   La parte positiva de aquel fracaso, fue que se me planteó la posibilidad de que mi pueblo me hiciera perder totalmente la fe, aunque, gracias a Dios, no sólo no perdí la citada virtud teologal, sino que se me fortaleció la misma.

   (NM. 11, 16-17). Como sabéis, no todas las denominaciones cristianas creen que el Espíritu Santo es una Persona. Algunos de nuestros hermanos separados creen que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no es más que la fuerza física de Dios. Para afianzar a sus adeptos en esta creencia, dichos cristianos dicen que, si el Espíritu que fortalecía a Moisés se dividió en partes proporcionales entre el citado Profeta y los setenta ancianos de Israel, ello demuestra que el Paráclito es una fuerza física, dado que, de ser una Persona, no se podría "trocear" para ser repartida entre los citados siervos del Altísimo. Lo que nos dice Moisés, el autor del libro de los Números, es que Dios dividió proporcionalmente el poder que  Moisés recibió del Paráclito entre el citado Profeta y dichos ancianos, con el fin de que el hermano de Aarón y de Myriam no soportara todo el peso de los problemas de su pueblo (NM. 11, 18-34).

   A pesar de que Moisés había visto cómo Dios separó las aguas del mar Rojo para que su pueblo no fuera alcanzado por el ejército de Ramsés II, le costaba un gran esfuerzo el hecho de creer que Dios podía alimentar a su pueblo durante un mes. Este hecho nos da la oportunidad de examinar nuestra fe, pues puede suceder que creamos que la misma es más grande de lo que es realmente.

   Josué se alarmó cuando vio que los dos ancianos designados para formar parte del grupo de los setenta profetas profetizaban por su propia cuenta. Yo, como predicador, tengo que poner todos los medios que estén en mis manos al servicio de quienes deseen predicar el Evangelio, y no debo trabajar para que vosotros me consideréis el único predicador predilecto de Dios, como si no hubiera más cristianos y mucho más aptos que yo para predicar el Evangelio. Seamos humildes, mejoremos nuestro conocimiento de Dios, y reconozcamos nuestras limitaciones, potenciando el hecho de que haya más gente apta para dar a conocer nuestra fe, pues no debemos creernos dueños de la verdad.

   Aprovecho la ocasión que me brinda esta meditación para pedirles a los sacerdotes que no permiten que ningún laico les ayude a realizar su trabajo ni dejan que los mismos participen en las celebraciones eucarísticas leyendo la Palabra de Dios que cambien de actitud, pues es conveniente que el mundo vea que la religión nos compete a todos, independientemente de que seamos religiosos o laicos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   El autor del libro de la Sabiduría nos habla minuciosamente en la primera lectura de la forma según la cual la increencia de la gente ha dado pie a que muchos cristianos de todos los tiempos hayan sido asesinados por la incomprensión y muchas injusticias como lo es el afán de poder. Sin llegar al extremo de entregar la vida a través del sometimiento voluntario por nuestra parte a la pena capital, somos muchos los discípulos de Jesús que día a día sufrimos el agravio de quienes en muchas ocasiones involuntariamente hieren nuestra sensibilidad. Para poder vivir concordemente con quienes no aceptan nuestras creencias, debemos asimilar que vivimos en una sociedad con cierta tendencia a hacerse pluralista, es decir, con un gran afán de dar cabida en su seno a una gran diversidad de personas con diferentes creencias que se caracterizan porque comparten comúnmente una serie de derechos y deberes por cuya existencia no podemos decir que somos miembros constituyentes de pequeñas o grandes sociedades o comunidades aisladas en el ámbito pluralista que nos caracteriza actualmente. Por otra parte, no debemos sentirnos acosados si los ateos y otros que tienen una ideología que difiere de nuestra fe universalista nos interrogan con respecto a nuestra forma de actuar y pensar, por consiguiente, imaginaos cuánta pena no sentirán con respecto a nosotros quienes creen que nuestros Sacramentos son ritos estériles y que la vida eterna sólo es para nosotros una especie de antidepresivo que nos ayuda en ciertos momentos a soportar las contrariedades que atañen a nuestra vida. Cuando yo tenía 17 años y empecé a prepararme seriamente para testimoniar mi fe, mi familia se escandalizaba de mí no con la idea de ridiculizarme para que desistiera de mi pretensión, sino porque mis seres queridos carecen de mi fe y creen que mi actividad evangélica carece de sentido.

   La Santa Sede y los Episcopados están contribuyendo involuntariamente al aumento del rechazo de nuestra fe por parte de muchos hermanos nuestros que dicen ser católicos pero que no soportan los largos periodos de Catequesis durante los cuales deben ser instruidos para que sus hijos reciban la primera Comunión. Nuestros pastores me dan la impresión de que quieren enfrentarse a las ópticas no católicas ampliando los periodos catequéticos basándose en la doctrina tradicionalista que la Iglesia siempre ha defendido, un sistema catequético que desgraciadamente carece de fundamentos en ciertos aspectos para satisfacer las necesidades espirituales de la gente de nuestro tiempo que no lo comprende.

   No debe extrañarnos el hecho de que el mundo no comprenda nuestra forma de proceder, así pues, es difícil encontrar a alguna persona que ignore las recomendaciones que Jesús nos hace con respecto a los pobres en los Evangelios, y nosotros, nos dedicamos a orar, tomamos la parte de la Biblia que más nos satisface en determinados momentos, presumimos de ser hombres y mujeres de fe cuando procesionamos nuestras imágenes sagradas, y el trabajo que muy pocos de entre nosotros hacen con los carentes de dádivas espirituales y materiales es desconocido entre otras cosas porque no contribuimos económicamente a extender y ampliar el magnífico proyecto del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Si nuestro ideal no va más allá de formar una familia, tener un buen coche y algún dinero para aliviar nuestras penas teniendo medios para vivir un rato de ocio, el ideal del Reino consiste en la creación de una sociedad universalista en la cual no existen diferencias marginales de ningún tipo.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

A Dios le importa más nuestra manera de ser que nuestra apariencia física. (Meditación de la primera lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   1. A Dios le importa más nuestra manera de ser que nuestra apariencia física.

   Meditación de 1 SAM. 16, 1B. 6-7. 10-13A.

   En nuestras sociedades, los personajes más importantes destacan por su poder, sus riquezas y su prestigio, pero para Dios, los hombres y mujeres más destacables, son aquellos que cumplen su voluntad. Nuestra apariencia física es muy importante, pero no le dice a nadie nada respecto de la fe que profesamos ni de nuestros valores. ¿Nos ocupamos en fortalecer nuestro espíritu tal como lo hacemos en tener un buen status social y en cuidar nuestro cuerpo?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos. (Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos.

   Introducción.

   Dado que durante el tiempo de Cuaresma estudiamos concienzudamente el pecado, sus efectos y consecuencias, al iniciar este tiempo de oración, ayuno y penitencia, la Iglesia nos invita a estudiar profundamente las tentaciones que vivió Jesús, por cuanto las mismas son un bosquejo de las tentaciones que tenemos que vencer a lo largo de nuestras vidas en el mundo no cristiano en que vivimos, en el que necesitamos poder, riquezas y prestigio para triunfar, en conformidad con nuestros criterios humanos.

   ¿Qué son las tentaciones? Según el Diccionario de la R. A. E., éstos son los significados del término tentación:

   ""Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.

   Solicitación al pecado inducida por el demonio".

   Veamos unos ejemplos del primer significado de la palabra tentación.

   Después de percatarse de las dificultades existentes para encontrar trabajo en este tiempo de crisis, un adolescente toma la decisión de dejar sus estudios, pensando que los tales nunca le servirán para nada.

   Jorge y Ana se conocieron hace tres meses y han decidido convivir como pareja, para averiguar si pueden encontrar la felicidad juntos. Dado que han iniciado su relación sin conocerse, y no saben que es frecuente el hecho de que no tengan la misma forma de pensar y actuar, cuando les surgen oportunidades de discutir, en vez de solventar sus problemas, toman la decisión de separarse, perdiendo, tal vez, una gran oportunidad de ser muy dichosos, después de formarse convenientemente para amarse, servirse, y casarse.

   ¿Es pecaminoso el hecho de tener tentaciones? Las tentaciones por sí mismas no son malas, aunque sí puede serlo el hecho de no rechazar enérgicamente muchas de ellas. No olvidemos que todas las tentaciones que nos inducen a hacer lo que no debemos no tienen que ser consideradas como pecaminosas, dado que no concebimos las tales con el pensamiento de hacer el mal. Un ejemplo de ello es el deseo que muchos enfermos de depresión sienten de aislarse del mundo e incluso de ni siquiera levantarse de la cama, porque no le encuentran un motivo a sus vidas que les fortalezca para vencer sus dificultades.

   Independientemente de que surjan en nuestra mente pensamientos que nos induzcan a pecar o que, aunque no sean concebidos con el propósito de contradecir la voluntad de Nuestro Padre común, nos hieran de alguna manera, debemos encontrar la forma de vencer dichas tentaciones. Recordemos que tenemos tentaciones porque carecemos de la perfección de Dios. Vistas de un modo positivo, las tentaciones pueden ser concebidas como las oportunidades que necesitamos para superarnos, aunque fallemos muchas veces en nuestro empeño de superar a nuestros más brutales adversarios, -es decir, a nosotros mismos-, cuando perdemos el tiempo pensando que no podemos vencer dichas tentaciones, porque no sabemos cómo hacerlo adecuadamente, cuando nos encasillamos mentalmente pensando que es mejor sucumbir ante las mismas aunque estamos totalmente seguros de que no sabemos hacerlo, porque estamos seguros de que no las vamos a vencer, aunque no nos esforzamos en poner a prueba nuestra resistencia a dichos pensamientos, etcétera.

   Cuando San Pablo reprendió a los cristianos de Corinto, porque celebraban la Eucaristía en las casas de los creyentes ricos, los cuales participaban en los banquetes en que concluían dichas celebraciones en aquel tiempo, de los que apenas podían participar sus hermanos pobres, los cuales permanecían en los patios de dichas casas avergonzados, esperando tener la dicha de ser alimentados con las sobras de los adinerados, les dijo a sus lectores de dicha ciudad: (1 COR. 11, 18-19).

   De la misma manera que los estudiantes ponen a prueba los conocimientos de las materias que estudian cuando son examinados por sus profesores, nosotros, por medio de las tentaciones características de nuestras vidas, tenemos la oportunidad de demostrarnos tanto a quienes nos rodean como a nosotros mismos, quiénes somos realmente. Sé que no siempre es fácil vencer las tentaciones que  tenemos, pero, cuanto mayores son las dificultades que las mismas nos presentan y las superamos, más grande es el mérito que tenemos al lograr nuestro objetivo de mejorar como personas cristianas.

   San Pablo, durante el tiempo de su primer encarcelamiento, les escribió a los cristianos de Filipo: (FLP. 4, 13). ¿De qué manera fortaleció Nuestro Señor Jesucristo a San Pablo, para que el citado Apóstol pudiera soportar sus largos años de encarcelamiento? Cuando el citado siervo de Cristo llegó a Roma, alquiló una casa en la que les predicaba a quienes le visitaban. Nuestro admirable Santo, vivía encadenado a soldados, los cuales eran reemplazados cada dos horas, y tenían la misión de responder del preso a quien vigilaban estrechamente con sus vidas. San Pablo soportó esa situación heroicamente, recordando las promesas divinas, predicando la Palabra de Dios, y dedicándole tiempo a la oración.

   Nuestro Señor le hizo soportable el tiempo de su prisión a San Pablo haciéndosele presente espiritualmente, por consiguiente, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 56, 9-12).

   San Pablo fue librado de la condena que por causa de la acusación que cayó sobre él podría haber sufrido, la cual provocó su primer encarcelamiento, porque el pretor Afranio Burro, -amigo de Séneca, y maestro de Nerón-, falló en favor de su causa.

   ¿Cómo nos ayuda Dios cuando sufrimos por cualquier causa? Cuando somos atribulados, puede sucedernos que Dios nos ayude a solventar las dificultades que causan nuestro padecimiento, de la misma forma que también puede suceder que, aunque tengamos que vivir ciertas dificultades durante muchos años, podemos ver en las mismas la mano de Dios, haciéndonoslas soportables, tal como le sucedió a San Pablo, tanto durante los años que se prolongó su ministerio, como en las dos ocasiones en que fue encarcelado.

   1. Las tentaciones de Jesús.

   En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos: (HEB. 4, 14-15). Analicemos las palabras con que finaliza el texto de la Epístola a los Hebreos que acabamos de recordar, dado que las mismas son muy importantes para que las tengan muy presentes aquellos hermanos nuestros que se amparan en la falsa creencia de que son inútiles. Nuestro Señor no pecó jamás, pero pasó por las mismas pruebas que pasamos nosotros durante los años que se prolongan nuestras vidas, es decir, Nuestro Salvador fue tentado, así pues, dado que Jesús pasó por circunstancias semejantes a las nuestras y por ello comprende la debilidad que nos caracteriza, es un Sumo Sacerdote capacitado para amarnos, comprendernos y perdonarnos.

   ¿Cómo pudo Jesús evitar el hecho de ceder ante las tentaciones del demonio? ¿Sucedió ello porque el Mesías se valió del poder de su Divinidad para superar las mismas, o logró Nuestro Señor su propósito por causa de su amor a Dios y de su perfección? Para hallar una respuesta a la pregunta que nos hemos planteado, nos es necesario recordar el pecado de nuestros ancestros. Dado que, al comer del fruto prohibido, nuestros padres renunciaron a una vida semiperfecta, era necesario que esa desobediencia fuese corregida, no por medio de un sacrificio cualquiera, sino por la ofrenda de una víctima sumamente perfecta, porque, aunque Nuestro Santo Padre nos ama muy a pesar de nuestra imperfección, no está relacionado con el pecado de los hombres. Si los hebreos, durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación a través del desierto camino de la tierra prometida, no superaron las tentaciones a las que hubieron de enfrentarse, fue necesario que Jesús superara las tentaciones de la humanidad con sus tres tentaciones tipológicas en las que se resumen las tentaciones de la humanidad, para que comprendiéramos el valor y la necesidad de aplicar las siguientes palabras de Nuestro Salvador a nuestras vidas: (MC. 11, 24).

   Por otra parte, en la profecía de Habacuc, leemos: (HAB. 2, 4).

   Dado que no siempre nos es fácil superar las tentaciones que nos caracterizan, en la Biblia se nos insta a confiar en Dios, imitando la fe inquebrantable de Nuestro Redentor (SAL. 37, 5-6).

   Si las tentaciones son pruebas que debemos vencer para superarnos, ¿debemos pensar que Dios es el tentador que nos impone dichas pruebas? (ST. 1, 13).

   Si Dios no nos induce a pecar, ¿quién nos hace sucumbir bajo nuestra humana fragilidad, para que acabemos pecando una y otra vez? (ST. 1, 14-15).

   Jesús superó las tentaciones a que fue sometido por el demonio, porque no actuaba como quienes se dejan arrastrar por las pasiones de que Santiago habla en su Epístola Universal.

   Las tentaciones a que fue sometido Jesús, se narran en los siguientes pasajes bíblicos: MT. 4, 1-11; MC. 1, 11-12, y LC. 4, 1-13. Dado que este año meditamos la gran mayoría de los domingos el Evangelio de San Mateo, estudiaremos dichas tentaciones, siguiendo el orden en que las expone dicho Evangelista.

   1-1. La primera tentación de Jesús. La autosuficiencia excesiva.

   (MT. 4, 3). ¿Por qué le dijo el demonio a Jesús que se alimentara? San Mateo responde esta pregunta, en los términos que siguen: (MT. 4, 1-2).

   ¿Cómo pudo sobrevivir Jesús cuarenta días sin alimentarse? En términos humanos, en el caso de que Jesús tuviera esta vivencia, y la misma no haya sido una invención de los hijos de la Iglesia Madre de Jerusalén, para ilustrar las tentaciones a que Jesús hubo de enfrentarse durante los años que se prolongó su Ministerio público, a menos que no utilizara su poder divino para soportar el hambre, no tenemos más remedio que aceptar el hecho de que el Mesías tuvo que alimentarse de hierbas, con tal de poder sobrevivir a su larga estancia apartado del mundo.

   Hay un detalle en el texto de San Mateo que estamos meditando que no debemos olvidar. En el versículo 1, se nos dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En cuanto se hizo Hombre, Nuestro Señor, por medio de sus vivencias de Persona humana, tenía que demostrarnos que, a pesar de nuestra fragilidad, -la debilidad que Él experimentó hasta el extremo de la muerte-, estamos capacitados, para cumplir la voluntad de nuestro Padre común, en conformidad con nuestras posibilidades.

   ¿Cuál es el significado de la tentación que estamos considerando? Después de pasar cuarenta días sin comer -o mal alimentado-, Nuestro Señor debía ser víctima de los dolores angustiosos que causa el hambre en el Tercer Mundo. Ante la propuesta que le hizo el demonio, Jesús debió haberse interrogado en los siguientes términos: ¿Debo esperar que Dios me alimente, o tengo que sustentarme por mi medio? ¿Por qué le voy a pedir a Dios que haga algo que puedo hacer por mí mismo?

   Ante tan desesperado dilema por causa de los dolores que debía producirle el hambre, Jesús decidió confiar en Dios, recordando que, muchas veces, la autosuficiencia excesiva, -el amor propio desmedido-, nos aleja de la presencia de Nuestro Creador. No pretendo decir que los desempleados dejen de buscar trabajo y que esperen que Dios les lleve el pan a sus hogares, sino que, aunque nuestra forma de proceder nos conduzca a actuar inadecuadamente, que nunca vivamos al margen de nuestro Santo Padre.

   Jesús, al rechazar la citada tentación, nos recordó que, si tenemos fe en el Dios Uno y Trino, debemos alimentarnos de su Palabra, al mismo tiempo que consumimos alimentos físicos para poder vivir (MT. 4, 4).

   1-2. La segunda tentación de Jesús. El empeño humano de probar la fidelidad de Dios.

   (MT. 4, 5-7). Por medio de la tentación que estamos considerando, el demonio le dijo a Jesús: "Haz lo que quieras, porque Dios está contigo". Existe, desde hace siglos, una peligrosa costumbre, que consiste en interpretar la Biblia, no en conformidad con la voluntad de Dios, sino de acuerdo a los deseos de muchos lectores de la misma. Hay pasajes en la Biblia que, si se interpretan literalmente, pueden ser textos letales para quienes los interpretan inadecuadamente. Desgraciadamente, muchos piensan que, sus interpretaciones bíblicas, les son inspiradas por el Espíritu Santo, lo cual solo les sirve, para hacer, las obras que no deberían llevar a cabo jamás, bajo ningún concepto.

   Hay entre nosotros quienes piensan: "Nosotros vivimos y dejamos que los demás vivan. No pecamos porque no robamos ni matamos". Es verdad que quienes así piensan no cometen los pecados más graves, pero, al no dejarse purificar y santificar por la Palabra de Dios, se pierden la dicha de sentirse aceptos por Nuestro Padre común.

   El demonio fue muy astuto cuando sometió a Jesús a la tentación que estamos considerando, pues, al citar el Sal. 91, 11-12, se saltó la parte del citado texto, referente a que los ángeles le guardarían en todos sus caminos, así pues, dichas palabras son un gran consuelo para quienes vivimos por la fe que profesamos.

   1-3. La tercera tentación de Jesús. Cambiar la fe y obediencia a Dios por la posesión del poder, la fama y el prestigio, que son tan necesarios para triunfar en este mundo.

   (MT. 4, 8-10). Dado que el demonio había fallado en sus dos intentos anteriores de conquistar el corazón de Jesús, proponiéndole en el primer caso que tuviera una existencia fácil y vacía, y, en el segundo, que se ganara el corazón de los hombres, haciéndose para los tales un ídolo y por consiguiente que rechazara a Dios actuando al margen del Padre y del Espíritu Santo, Satanás atacó a Jesús con toda la agresividad y astucia que fue capaz de concentrar en sí mismo, proponiéndole, abiertamente, que le adorara a él, y renegara de Dios, a cambio de cederle su dominio sobre la tierra. Lo que parecía una excelente oportunidad para Jesús de acabar con la miseria que afligía la humanidad, solo era un imperdonable acto de idolatría, pues, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 97, 1).

   ¿Qué significa el hecho de que Dios es Rey? Esta realidad le recordó a Jesús que el demonio mentía al intentar hacerle creer, -en vano, por supuesto-, que él era el soberano de la tierra.

   Si Dios no ha solventado los problemas de la humanidad, ello sucede porque aún no ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados, purificados y santificados, así pues, este hecho no ha de instarnos a ser idólatras, sino, al contrario, ha de entusiasmarnos la idea de vivir en base a la fe que profesamos.

   La Palabra de Dios tiene que fortalecernos para que  podamos resistir las tentaciones que, al convertirse en obras, impiden que seamos aptos para vivir en la presencia de Dios, a no ser que corrijamos nuestra conducta.

   San Pablo les escribió a los cristianos de Éfeso: (EF. 6, 10-17).

   2. ¿Cómo debemos reaccionar los cristianos cuando seamos tentados?

   Como he demostrado en esta meditación, necesitamos ser tentados, con el fin de que seamos probados. El caso de que no superemos esas pruebas, lo único que significa, es que no debemos de dejar de esforzarnos para seguir perfeccionándonos, así pues, solo porque somos humanos, estamos destinados a fallar muchas veces en el periodo de nuestra superación, porque no somos perfectos. Recordemos que Dios probó la fe de Abraham, cuando le mandó que sacrificara a su hijo Isaac (GN. 22, 1-2).

   Sabemos que, aunque Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios no permitió que asesinara al depositario de la promesa de hacerle descendiente de una muchedumbre incontable.

   San Pablo indicó en su segunda Carta a los cristianos de Corinto que tenía derecho a enorgullecerse por causa de ciertas revelaciones que le hizo el mismo Dios. También dijo en la citada carta que tenía un aguijón, -el cual no sabemos si era un vicio, una enfermedad u otro problema-, del cual le pidió a Dios que lo librara, porque se le hacía difícil el hecho de soportarlo. Dios le indicó al citado Santo que no lo iba a librar del citado aguijón, sino que, amparándose en su gracia, tendría que sobrevivir con él, el tiempo que le fuera necesario, en conformidad con su crecimiento espiritual (2 COR. 12, 7-10).

   ¿Creemos que en nuestra debilidad se muestra perfecta la fuerza de Dios? ¿Cómo es posible este hecho, si no cesamos de equivocarnos cuando tomamos decisiones, y, en el caso de estar enfermos, tenemos la sensación de no saber sobrellevar como buenos cristianos nuestros padecimientos? Si nos encontramos en esta situación de desconfianza tanto en Dios como en nosotros, nos es conveniente aplicarnos las palabras del Apóstol San Pablo, contenidas en ROM. 8, 38-39.

   A pesar de que San Pablo sabía que era inferior a Nuestro Señor, no dudó en confiarse a Cristo, para que el Salvador del mundo le hiciera instrumento de la salvación de sus oyentes y lectores (GÁL. 2, 20).

   Al mismo tiempo que los hebreos probaron la fidelidad de Yahveh en su peregrinación a través del desierto, Dios probó la fe de su pueblo, por medio de las dificultades que le hizo vivir (NM. 20, 1-13).

   San Pablo nos insta a evitar las tentaciones que nos inducen a incumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Veamos unos ejemplos de ello.

   En la Iglesia de Corinto, había fieles que, aunque estaban casados, querían evitar el hecho de mantener relaciones maritales, con el fin de dedicarse al servicio de Dios. San Pablo, previendo más allá del deseo de sus creyentes discípulos, la posibilidad de que, tanto los tales como sus cónyuges, pudieran caer en el pecado de fornicación, les indicó a sus lectores: (1 COR. 7, 5).

   San Pablo velaba por la fe de sus oyentes y lectores de Corinto, porque no quería que ninguno de ellos incumpliera la voluntad de Dios (2 COR. 11, 2-3).

   Es importante que, a pesar de las dificultades que tengamos, nunca dejemos de creer en Dios, por consiguiente, San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (1 TES. 3, 4-5).

   En el ambiente de no creyentes en que la mayoría de los cristianos vivimos, se nos presentan muchas oportunidades de renegar de Dios (1 JN. 2, 15-17).

   Creo necesario interrumpir la meditación en que estamos ocupados, para hacer una breve aclaración sobre las palabras de San Juan que acabamos de recordar. Para comprender el citado texto, nos es necesario recordar, que, el mismo, fue escrito en un tiempo, en que los cristianos eran ferozmente perseguidos, lo cual hacía que los tales se distinguieran del mundo, por causa de la opresión que padecían. En aquel tiempo, formar parte del mundo, significaba renunciar al Dios de los cristianos, y, por tanto, a su Iglesia. Actualmente, quienes no estamos siendo perseguidos, no debemos odiar este mundo, pero sí debemos rechazar todo lo que se opone a Nuestro Dios Uno y Trino. Debemos amar el mundo en que vivimos, no solo porque somos sus hijos, sino porque tenemos el deber de contribuir, con nuestras palabras y obras, a la salvación de nuestros hermanos, independientemente de que los tales sean creyentes en Dios, pues, por esta causa, lleva la Iglesia a acabo, su obra de Evangelización.

   La fuente más poderosa de tentaciones a la que debemos enfrentarnos, somos nosotros mismos (ST. 1, 14).

   No temamos el hecho de ser tentados, pues, San Pablo, nos instruye: (1 COR. 10, 13).

   Somos débiles para superar nuestras tentaciones, por consiguiente, en nosotros se cumplen las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando, en la noche en que Judas le entregó a sus enemigos, les encontró durmiendo, cuando les pidió que oraran, con tal de no caer en tentación: (MT. 26, 41).

   En quienes, aunque fallen en su crecimiento espiritual, se mantienen fieles al Señor, se cumple esta promesa magnífica: (AP. 3, 10-12).

   No dejemos de orar, para que Dios no permita que pasemos por la prueba de caer en la tentación que nos aparta de Él.

   Jesucristo, -el Sembrador de la Palabra de Dios en nuestros corazones-, nos dice: (MT. 13, 20-21).

   Con tal de que evitemos el hecho de caer en la tentación de pecar, muchos predicadores nos dicen que no nos relacionemos con quienes incumplen la voluntad de Dios. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a este hecho? El Apóstol nos dice que todos los hijos de la Iglesia deben ser puros (1 COR. 5, 6-11).

   Concluyamos esta meditación, aplicándonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 TES. 5, 8).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.

   Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.

   Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.

   Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.

   Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.

   Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.

   Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.

   Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.

   Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.

   Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.

   Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.

   Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.

   Oremos:

Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:

   Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.

   Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.

   Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.

   El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.

   Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?

   Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.

   Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.

   Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.

   2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 4, 1-11.

   3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?

   Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.

   En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).

   Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.

   Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.

   ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).

   Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.

   Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.

   Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.

   3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?

   1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.

   El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.

   2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.

   3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.

   3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).

   Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.

   Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.

   ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.

   Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.

   3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).

   Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.

   3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).

   Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.

   Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.

   Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.

   Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:

   "Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."

   Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.

   Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.

   El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.

   No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.

   No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.

   No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.

   Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.

   3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).

   El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.

   Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.

   ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?

   ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?

   Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.

   Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.

   3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).

   Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.

   ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?

   Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.

   ¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?

   ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.

   Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.

   3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).

   Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quién es el demonio?
   2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
   3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
   4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
   5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
   6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
   7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
   8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
   9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
   10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
   11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
   12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
   13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
   14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
   15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
   16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
   17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
   18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
   19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
   20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
   21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
   22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
   23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
   24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
   25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
   26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
   27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?

   3-2.

   28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
   29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
   30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
   31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
   32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
   33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
   34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?

   3-3.

   35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
   36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
   37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
   38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
   39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
   40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?

   3-4.

   41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
   42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
   43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
   44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
   45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
   46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
   47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?

   3-5.

   48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
   49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
   50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
   51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
   52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
   53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
   54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
   55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
   56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
   57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
   58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
   59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
   60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
   61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?

   3-6.

   62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
   63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
   64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
   65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
   66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
   67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
   68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?

   3-7.

   69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
   70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
   71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
   72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?

   3-8.

   73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
   74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.

   Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?

   Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.

   ¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?

   Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?

   ¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?

   Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com