3. Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad.
Meditación de JN. 18, 33b 37.
Dado que el Sanedrín carecía del poder necesario para condenar a Jesús a muerte, los enemigos del Señor, valiéndose del hecho de que Jesús dijo de Sí mismo cuando fue enjuiciado ante Caifás que es el Hijo del hombre profetizado por Daniel (MT. 26, 63-64), tomaron la decisión de acusarle ante Pilato de haberse proclamado rey, con tal de conseguir que el yerno de Tiberio César dictara la sentencia a muerte del Mesías. Aunque Pilato sabía que los líderes judíos le entregaron a Jesús por envidia, porque no era difícil deducir que Jesús no tenía aspiraciones de alcanzar poder, riquezas y prestigio, cedió al ser amenazado por el Sanedrín, y terminó mandando crucificar al Señor.
En la meditación de la primera lectura correspondiente a este último Domingo del Año litúrgico (DN. 7, 13-14), hemos recordado que el Reino de Dios está fundado sobre el amor divino y humano, y sus miembros, el único privilegio que desean tener, consiste en servirse desinteresadamente, unos a otros. Los acusadores de Jesús cambiaron el significado de DN. 7, 13-14, para hacerle creer a Pilato, que Jesús se proclamó rey, no para actuar como el Hijo del hombre profetizado por Daniel, sino para actuar como enemigo de Roma. Este hecho me sugiere el pensamiento de que, al interpretar la Biblia erróneamente, podemos cometer errores graves.
Las autoridades romanas hubieran combatido a cualquiera que se hubiera proclamado a Sí mismo como rey para hacerles la guerra, y hubieran ignorado a un mesías religioso sin aspiraciones mundanas, por no considerarlo peligroso. Recordemos que Pilato dejó escapar a muchos falsos mesías del pretorio cuando las autoridades religiosas de Israel le pidieron que les mandara ejecutar, así pues, el yerno de Tiberio César fue presionado, para que no librara a Jesús de la pena que sus enemigos quisieran que constituyera el fin de su vida.
Jesús dijo ante Pilato que es Rey, pero que su Reino no es de este mundo. Pilato sabía que Jesús le fue entregado por causa de la envidia de los enemigos del Señor, no porque hubiera merecido ser juzgado. A pesar de ello, Pilato no tuvo fuerza para hacer justicia, evitando la muerte de Jesús, sino que sacrificó la vida del Profeta de Nazaret, con tal de asegurarse la conservación de su trabajo.
¿Mantenemos nuestra posición social por haber actuado contra los derechos de quienes son más débiles que nosotros?
Si es doloroso reconocer que hemos vivido sin aceptar a Jesús como Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre, como verdad que nos hace libres, y como la vida eterna de la gracia que añoramos (JN. 14, 6), más doloroso es pensar que, aunque conocemos la Verdad de Dios, vivimos sin prestarle atención.
¿Qué es la verdad? Necesitamos aprovechar la riqueza que nos aporta el conocimiento de la diversidad de ideologías existentes en el mundo para enriquecernos. Debemos ser respetuosos con quienes no comparten nuestras opiniones, pero ello no puede hacernos pensar que la Verdad de Dios es relativa, porque, de serlo, no podemos distinguir entre lo que es bueno y malo, y la justicia se convierte en cualquier cosa que nos beneficie.
La verdad no es cualquier cosa con la que esté de acuerdo la mayoría de la gente que nos rodea o que nos ayude a escalar una posición social mejor que la que mantenemos en la actualidad.
En un mundo en que hay tantas verdades, aún resuenan las siguientes palabras de Jesús: (JN. 8, 31-32).
Al concluir el presente Año litúrgico, es positivo para nosotros pensar si tenemos más fe en Dios que cuando empezamos a vivir el tiempo de Adviento. Aprovechemos la celebración del Año de la Fe que estamos conmemorando, para pensar si estamos esforzándonos en aumentar nuestro conocimiento de Dios, para que el Espíritu Santo pueda aumentarnos la fe que tenemos, en el Dios Uno y Trino.
Siempre que lo deseemos, Dios nos dará la oportunidad de conocerlo, aceptarlo y amarlo. Este es el último Domingo del presente año litúrgico, pero, el próximo Domingo, al iniciar el ciclo C de la Liturgia de la Iglesia, -en que meditaremos el Evangelio de San Lucas-, el Señor se nos seguirá manifestando, y nos corresponderá a nosotros, decidir si amoldamos nuestra vida, al cumplimiento de su voluntad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa. (Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe.
Ejercicio de lectio divina de JN. 9, 1-41.
Lectura introductoria: EF. 5, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
en el Evangelio que meditamos el presente Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Dado que hasta muchos de los que decimos que somos cristianos no siempre actuamos como seguidores de Jesús, podemos equipararnos al citado ciego, quien vivía para pedir limosna, y resignado a vivir aislado, en un camino lleno de viandantes. También nosotros vivimos sumidos en una rutina acorde a nuestra condición actual de trabajadores o desempleados, jubilados y/o enfermos, y, cuando Jesús nos llama a ser sus seguidores, sentimos que nos saca de las tinieblas de la carencia de fe, para conducirnos a su Reino de amor y luz.
Si el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A Jesús nos dio a conocer el don de Dios y el agua viva (JN. 4, 10 y 14), en esta ocasión, el Señor nos iluminará con su luz, para que comprendamos que su visión respecto de lo que acontece en el mundo, es diferente a nuestros puntos de vista. A modo de ejemplo, mientras que los discípulos del Mesías deseaban saber quién tenía la culpa de que aquél mendigo estuviera ciego, a Jesús, más que buscar culpàs y examinar a posibles culpables, le interesaba lograr que aquel ciego fuera un creyente más de la futura Iglesia naciente. Así como el Señor nos enseñó a rechazar la violencia y a amar a los violentos para que se dejen influir por Él (MT. 5, 39), no nos corresponde a nosotros discriminar a nadie por ninguna causa (MT. 7, 1-2).
Jesús les dijo a sus discípulos que el mendigo no estaba ciego por causa de sus pecados ni de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley por parte de sus antepasados, sino que Dios lo eligió para manifestar en él el poder de sus obras. Como buenos moralistas, los judíos creían que la existencia de las enfermedades era justificada por los pecados de quienes las padecían o de los antepasados de los tales, pero Jesús les aportó a sus discípulos una nueva enseñanza referente a este tema, ya que el Señor, aunque desprecia el mal en todas las formas que se manifiesta, ama a los hombres incondicionalmente.
¿Qué creemos en la actualidad respecto del origen de las enfermedades? Los predicadores del Evangelio podemos tener la tentación de hacerles creer a los enfermos que Dios tiene predestinado un día para sanarlos, pero ello es un error, en el sentido de que se nos puede hacer la siguiente pregunta: Si Dios es Todopoderoso y desprecia el mal, ¿cómo es posible que no sane instantáneamente a quienes padecen enfermedades? Aunque podemos responder la citada pregunta afirmando que podemos obtener lecciones muy valiosas de las diversas enfermedades que padecemos, nada podemos decir para justificar el dolor de quienes sufren enfermedades graves, lo cual significa que, aun teniendo la pretensión de justificar a Dios por no restablecernos la salud inmediatamente a los enfermos, lo dejamos como al peor de los tiranos, pues, aunque tiene el poder necesario para socorrernos, nos vuelve la espalda.
Los prodigios que hizo Jesús para sanar a los enfermos, requería de los tales el deseo de obtener la curación, pero, dado que el ciego del Evangelio que estamos considerando no sabía lo que era poder ver, el Señor hizo una excepción con él, y le untó lodo en los ojos, añadiéndole más oscuridad a su oscuridad. A partir de aquél momento, si el ciego quería ver, no tenía nada más que hacer, que obedecer la instrucción que le dio Jesús, de lavarse los ojos en la piscina de Siloé.
¿Qué hacemos nosotros cuando creemos que la manera de actuar de Dios respecto de nuestro dolor le aporta más oscuridad a nuestras tinieblas?
Así como los vecinos del que fue ciego se hicieron muchas preguntas cuando el mendigo pudo ver, quienes hemos empezado a actuar como cristianos a partir de los años de la adolescencia o de la edad adulta, si hemos seguido a Jesús fielmente, nos hemos percatado de que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, también se han interrogado con respecto a nuestra nueva manera de pensar y actuar. Recuerdo que el instructor de un curso de Marketing en el que participé hace años, nos dijo a mis compañeros y a mí: "Lo difícil para vosotros no es atraer clientes, sino mantenerlos." De igual manera, lo difícil para nosotros no es tomar la decisión de ser seguidores de Jesús en unos ejercicios espirituales, sino actuar como tales todos los días de nuestras vidas, y aún esta dificultad se agraba más, cuando vivimos circunstancias que consideramos adversas, en las que no sentimos cómo se nos manifiesta Dios.
El Espíritu Santo es el don de Dios y Jesús es el surtidor de agua capaz de saciar nuestra sed de amor y justicia (JN. 4, 10 y 14), pero, según somos saciados, se espera de nosotros que vivamos como seguidores de Jesús, lo cual, según nuestra apertura mental y la manera que tengamos de afrontar las dificultades que vivamos, puede atraernos grandes satisfacciones, y no menos grandes dificultades.
Oremos:
Los Evangelios dominicales del tiempo de Cuaresma del Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, nos hacen reflexionar sobre el proceso de nuestra conversión al Evangelio. El Domingo I del presente tiempo litúrgico (MT. 4, 1-11), Jesús nos enseñó a valorar el artruismo frente al deseo de poder y el afán de riquezas. La autoridad es útil cuando se ejerce en beneficio de los subordinados, y el deseo desmedido de riquezas se debilita por medio del ejercicio de la generosidad. ¿Qué ganaremos al impedir que nos cieguen los deseos de alcanzar poder, riquezas y prestigio? Este es el precio que tenemos que pagar, si realmente deseamo ser transfigurados y configurados a imagen y semejanza de Jesús, según recordamos este hecho el Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9).
El Domingo III de Cuaresma empezamos a considerar los Evangelios cuya meditación nos ayuda a disponernos a recibir el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia (JN. 4, 5-42). Los antiguos cristianos se disponían a ser martirizados pensando que ese era el precio que pagaban para concluir su asimilación a Jesús. Es por eso que el Domingo anterior Jesús se nos dio a conocer como surtidor de agua bautismal que nos hace alcanzar la vida eterna (JN. 4, 14), hoy se nos da a conocer como luz del mundo (JN. 9, 1-41), y el próximo Domingo se nos dará a conocer como Resurrección de los muertos (JN. 11, 1-45).
Según las perícopas evangélicas citadas, se nos insta a considerar el hecho de alcanzar la meta de pensar, sentir, amar y actuar, como lo hacía Jesús, y como lo haría el Hijo de Dios y María, si viviera nuestras circunstancias vitales. Para que ello nos sea posible, se nos invita a vislumbrar nuestras vidas y los acaeceres de la humanidad, desde el punto de vista de Jesús. En nuestro tiempo, el hecho de que renunciemos a nuestra manera de pensar es una barbaridad para los occidentales, pero para los antiguos cristianos era un gran logro el hecho de renunciar a su manera de pensar y proceder, con tal de adoptar la manera de pensar, sentir, amar y actuar de Jesús. Nos será útil tener este hecho en cuenta, con el fin de poder comprender los tres textos evangélicos correspondientes a los Domingos III, IV y V del tiempo de Cuaresma del Ciclo A, los cuales no han de ser interpretados partiendo de nuestra óptica, sino desde el punto de vista de San Juan, -el autor de los mismos-, y de sus lectores inmediatos.
A la luz que nos aporta la consideración de los citados textos evangélicos, examinemos nuestra conversión al Evangelio de salvación, hablando con el Espíritu Santo, quien nos ayudará a terminar fortalecidos, el camino que nos conducirá, a la Pascua de Resurrección.
2. Leemos atentamente JN. 9, 1-41, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 9, 1-41.
3-1. Jesús vio al pasar un ciego de nacimiento (JN. 9, 1).
Contemplemos a Jesús rodeado de creyentes y curiosos que estaban atentos a sus palabras y a sus obras. El Señor no se centraba exclusivamente en quienes le rodeaban, pues se percató de la presencia del ciego, cuya misión en la vida consistía en pedir limosna para poder subsistir. San Lucas nos habla en su Evangelio del rico banqueteador (epulón), quien hizo de sus días una acumulación de celebraciones, y no se quiso interesar en ayudarle al pobre Lázaro, cuyas heridas eran lamidas por perros salvajes (LC. 16, 19-21). Si Lázaro mendigaba a la puerta del rico las miajas de pan que epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos, ¿es creíble que el banqueteador ignorara la dramática situación del pobre? Quizás muchos de nosotros también ignoramos a muchos pobres, presos y enfermos que hay en nuestro ambiente, aunque no los vemos porque vivimos encerrados en nuestra rutina. Jesús nos insta a que seamos observadores, con el fin de que podamos ayudar a tales almas sufrientes, en conformidad con nuestras siempre escasas y al mismo tiempo benditas posibilidades.
3-2. ¿Contradice la existencia del mal la existencia de Dios? (JN. 9, 2-3).
Querer interpretar la Biblia como si hubiera sido escrita partiendo de nuestra mentalidad occidental, se reduce a polemizar para perder el tiempo. Si la biblioteca contenedora de la Palabra de Dios fue escrita partiendo de la mentalidad de los judíos, quienes no adoptaron concepciones filosóficas hasta el siglo XV de la era cristiana, la Biblia ha de ser interpretada partiendo de la antigua cultura de los tales. ¿Cómo podemos interpretar el polémico texto de ROM. 5, 12? Aunque en la actualidad pensamos que cada cual ha de ser juzgado en atención a su manera de proceder y lo que hagan los demás no ha de asegurarle la salvación ni perjudicarle respecto de la consecución de la misma, los hermanos de raza de Jesús pensaban que, por ser miembros del pueblo de Dios, las buenas obras de un sólo hombre tenían que beneficiarlos a todos, y los pecados de un sólo hombre tenían que influir negativamente en todos, porque consideraban, al contrario que lo hacemos algunos cristianos, que Dios antepone su justicia a su amor. Esta explicación nos hace comprender la razón por la que Dios mandaba en el Antiguo Testamento matar sin escrúpulos, y por qué Él mismo llevaba a cabo grandes matanzas, en ocasiones, hasta contra los hijos de su pueblo, simplemente, porque le desobedecían. El concepto del Dios egoísta que condiciona el amor que les manifiesta a sus fieles al cumplimiento de sus deseos por parte de los tales, también ha sido -y sigue siendo- utilizado por muchos líderes religiosos cristianos.
¿Cómo se justifica a Dios por haber salbado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?? (MT. 2, 16). Para nosotros, el hecho de que Dios permitiera el sacrificio de tales niños pequeños constituye una gran crueldad, pero para los antiguos cristianos, quienes fueron lectores inmediatos del Evangelio de San Mateo, el hecho de imitar a los pequeñines de Belén, muriendo por Jesús si tenían que ser martirizados, era un gran honor. Los primeros cristianos no se plantearon el hecho de que Dios hubiera podido salvar a los pequeñines de Belén haciendo un insignificante esfuerzo, como pensamos que podría haberlo hecho en la actualidad.
¿Qué pensaba Jesús respecto del mal? Mientras que los judíos creían que quienes sufrían eran castigados por sus pecados o por las transgresiones en el cumplimiento de su Ley de los antepasados de los tales, Jesús no compartió tal punto de vista. En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús afirma que las enfermedades no son enviadas por Dios, ni son queridas por Nuestro Padre común, ni son castigos consecuentes de los pecados de nadie, pues se reducen a oportunidades de que Dios demuestre el poder que tiene para curarlas, y el amor con que acoge a sus hijos. En una ocasión en que Pilato les hizo sacrificios humanos a sus dioses y se derrumbó una torre aplastando a dieciocho personas (LC. 13, 1-5), Jesús aclaró que tales hechos no fueron enviados por Dios ni fueron causados por los pecados de nadie, y dijo que todos estamos expuestos a sufrir accidentes y a vivir situaciones dramáticas y catastróficas. Jesús no explicó cuál es el origen del mal, pero dejó muy claro que Dios no es la causa originaria del mismo, porque Él es amor (1 JN. 4, 16), y no quiere herir a sus hijos.
La frase referente a los pajaritos que no mueren sin que Dios lo permita de MT. 10, 29, es una incorrecta traducción bíblica que provoca un gran malentendido, ya que el texto original afirma que ningún pajarito cae sin que Dios lo acompañe, indicando que Nuestro Padre común no nos evita el sufrimiento por cuanto nos es útil si lo afrontamos correctamente y con fe en Él, y que nos acompaña en todas nuestras circunstancias vitales.
¿Qué pensamos los cristianos respecto del mal? Ya que es difícil encontrar una denominación cristiana en la que no haya líderes religiosos que no utilicen la imagen del Dios caprichoso, egoísta y sin escrúpulos del Antiguo Testamento para ganar poder infundiéndoles miedo a sus seguidores, y la mayoría de cristianos desconocen la biblia, entre nosotros está más presente la imagen del Dios sin escrúpulos del Antiguo Testamento, que la imagen del Padre misericordioso predicado por Jesús, quien cuando le dijo al Padre en el huerto de los Olivos que se hiciera su voluntad y no la suya (LC. 22, 42), no se disponía a ser derrotado definitivamente por la muerte, sino a morir para resucitar, para demostrarnos el amor de Nuestro Padre celestial.
En la biblia se vincula el origen del mal con el pecado de Adán y Eva, cuya desobediencia a Dios los privó de sus dones preternaturales, cosa que también nos ha afectado a sus descendientes, pues, como recordamos anteriormente, para los judíos, el bien que haga un miembro de su pueblo, y el mal que haga otro, han de afectarlos a todos, positiva o negativamente. Anteriormente al tiempo de la cautividad babilónica, los judíos creían que Dios los premiaba al cumplir su Ley, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, así pues, cuanto mejor era su posición social, se creían más beneficiados por Yahveh y, cuanto más pobres eran o sufrían por otras causas, creían que eran castigados por la Divinidad. A partir del citado tiempo de la cautividad, cuando los judíos empezaron a pensar en la posibilidad de alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida, empezaron a asociar la superación del mal con la dicha eterna, cosa que les concedía a los desposeídos de Israel la posibilidad de empezar a sentirse amparados por Yahveh. Esta creencia aún no era plenamente aceptada cuando nació Jesús, lo cuál sirvió para que el Mesías se rodeara de pastores el mismo día de su Natividad (LC. 2, 8-20). Dado que las dos creencias estaban en vigor en Israel, había legalistas que valoraban a las personas en atención a su cumplimiento de la Ley y a su posición en la alta sociedad que supuestamente les era concedida por Dios como premio por cumplir su voluntad, y rechazaban a quienes pertenecían a la clase baja considerándoles pecadores reprobados por Dios, y Profetas que pensaban que Yahveh es el Dios de los desposeídos de la tierra.
Si Dios tiene poder para sanarnos a los enfermos, ¿por qué no nos restablece la salud apenas enfermamos, o no nos evita las enfermedades? Aunque el dolor nos aporta enseñanzas útiles, no encontramos otra respuesta que justifique el hecho de por qué Dios deja que pase el tiempo, sin exterminar el padecimiento de la humanidad, y, como dije anteriormente, cuanto se diga al respecto, hará que muchos crean que Nuestro Padre común es un tirano. A pesar de ello, no nos preguntemos por qué enfermamos porque eso no podremos saberlo hasta que Dios nos lo diga personalmente al final de los tiempos, pero preguntémonos para qué enfermamos, para aprender grandes lecciones de la vivencia de nuestras enfermedades.
3-3. Hagamos las obras de Jesús (JN. 9, 4).
En la simbología del texto evangélico que estamos considerando, el día es el tiempo en que Jesús está con nosotros, y la noche es el tiempo en que nuestra fe es probada por las dificultades que nos caracterizan. Cuando nuestra fe es fuerte y estable, podemos laborar en la viña del Señor, pero, cuando se nos debilita, no podemos actuar como los discípulos de Jesús que Dios desea que lleguemos a ser, desde la eternidad.
¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo? Tales obras mesiánicas, son las siguientes:
1. Alimentar a los hambrientos.
2. Dar de beber a los sedientos.
3. Acoger a los forasteros.
4. Vestir a los carentes de ropa.
5. Visitar a los enfermos.
6. Visitar a los presos (MT. 25, 35-36).
Las citadas obras de misericordia sólo son ejemplos de lo que podemos hacer con quienes tienen carencias espirituales y materiales, así pues, no es posible citar aquí todas las obras benéficas que podemos llevar a cabo, para ayudar a quienes nos necesitan.
3-4. Jesús es la luz del mundo, porque está en el mundo (JN. 9, 5).
Antes de redimir a la humanidad, Jesús estaba con sus discípulos, y llegó a ser para los tales la luz del mundo. Después de que aconteciera su Resurrección de entre los muertos, Jesús siguió siendo la luz del mundo para quienes llegaron a ser sus Apóstoles, y, después de que aconteciera la Ascensión de Cristo Resucitado al cielo, el Señor sigue siendo la luz del mundo, para quienes lo buscamos en la biblia, en los documentos de la Iglesia -o la Congregación- a la que pertenecemos, y en los elocuentes discursos de sus predicadores, y las bondadosas obras de quienes laboran en la viña del Señor, haciendo el bien constantemente.
3-5. Jesús untó con lodo los ojos del ciego (JN. 9, 6).
Porque nadie valora aquello de lo que carece y no sabe lo que significa, a pesar de que Jesús exigía la manifestación de la voluntad de quienes querían ser receptores de sus prodigios, hizo una excepción con el ciego, quien no sabía lo que significaba ver la luz, y le untó lodo en los ojos, que hizo con tierra y su saliva. Aunque lo que os voy a decir a los occidentales nos parece absurdo,Jesús cometió un grave pecado según los fariseos, pues, al mezclar su saliva con tierra para iniciar la curación del ciego, hizo barro como si se dispusiera a hacer ladrillos, lo cual no estaba permitido en Sábado.
Los judíos creían que la saliva era un remedio curativo de la vista y de otras enfermedades, y también era transmisora de la propia energía vital. El barro estaba recomendado para curar tumores y la inflamación de los ojos. Al untar su barro en los ojos del ciego, Jesús recordó la vivificación del hombre por parte del Espíritu Santo (GN. 2, 7), y le presentó al ciego la imagen del nuevo hombre redimido, que los cristianos deseamos llegar a ser.
3-6. El estanque de Siloé (JN. 9, 7).
Aunque Jesús tomó la iniciativa a la hora de iniciar la curación del ciego, quiso saber si el mismo deseaba ver. Si el ciego quería ver, sólo tenía que labarse los ojos en el estanque de Siloé, no porque las aguas del mismo eran milagrosas, sino porque esa fue la prueba que el Señor le impuso, para que le demostrara si realmente deseaba poder ver.
San Juan es el Evangelista de las ironías. Así como el paralítico que aparece al principio de JN. 5 no pudo obtener por sí mismo la curación en la piscina de la Ley, y pudo caminar gracias al Mesías, el ciego tenía que ser curado en la piscina de el Enviado. La religiosidad basada en el constante cumplimiento de normas nos amarga el alma, pero la fe en el amor que Dios nos manifiesta, nos hace libres de nuestras cadenas, y nos concede la salvación.
Apenas el ciego se lavó los ojos, empezó a ver, y también empezó a tener problemas, tal como nos ha sucedido a muchos, a partir del momento en que nos hemos manifestado ante nuestros conocidos, como discípulos de Jesús.
La curación del ciego en la piscina de Siloé es semejante al Bautismo, aunque se diferencia del citado Sacramento, en que el ciego fue curado sin tener fe en Jesús.
3-7. La reacción de los conocidos del que dejó de ser ciego por su visión del citado hecho (JN. 9, 8-12).
Para sorpresa del que dejó de ser ciego, mientras disfrutaba del descubrimiento que supuso para él ver el mundo exterior, sus vecinos se mostraron escépticos ante el prodigio que Jesús realizó en el antiguo enfermo, así pues, apenas lo vieron caminar con gran soltura, empezaron a preguntarse: ¿No es éste el ciego que tantos años llevamos viendo pidiendo limosna? Mientras que los citados personajes pensaban si el antiguo ciego era el mendigo a quien ellos conocían u otro personaje que se parecía a él como si ambos fueran jemelos, el antiguo enfermo se esforzaba en dar a conocer el prodigio que Jesús llevó a cabo en su favor. Sus vecinos le preguntaron cómo pudo ver, y él respondió que veía gracias a Jesús. Los judíos querían ver al Señor, pero el nuevo Mesías desapareció de aquel escenario discretamente, para evitar promocionarse como milagrero.
Muchos nuevos conversos hemos vivido una situación similar a la del antiguo ciego, en el sentido de que se nos ha interrogado hasta la extenuación sobre nuestra nueva forma de pensar, sentir, amar y actuar.
3-8. La confusión de los fariseos (JN. 9, 13-16).
Dado que los fariseos eran enemigos jurados de Jesús porque el Señor no hizo coincidir plenamente su doctrina con la de los miembros de la citada escuela de pensamiento, se aprovecharon del hecho de que el Mesías hizo el citado prodigio en Sábado, para tener una excusa más por la que condenarlo a muerte. Independientemente de que Jesús hiciera el lodo con que inició la curación del ciego para recordarles a sus enemigos que no tenía la intención de cesar en el cumplimiento de la voluntad divina, los fariseos vieron este hecho como una provocación, a la que se prepararon a responderle, en primer lugar, intentando que el ex ciego les dijera que nunca había sido invidente por lo que había engañado a sus convecinos, y que Jesús le dio dinero para que le permitiera usarlo para llevar a cabo un prodigio falso.
Mientras que la creencia del ciego en Jesús se iba fortaleciendo, los fariseos disentían entre ellos, unos pensando que Jesús no procedía de Dios por incumplir su precepto de curar en sábado, y otros no sabían cómo un pecador pudo curar a un ciego. Es triste el hecho de que gente incauta deposite su fe en personajes que sólo piensan en ser cada día más poderosos, ricos y prestigiosos, a costa de aplastar a quien sea, con tal de alcanzar su ambicionada meta.
3-9. La fe del ex ciego se fortaleció, a pesar de la presión que los fariseos ejercieron contra él, para que hablara mal de Jesús (JN. 9, 17).
Mientras que los fariseos no sabían cómo acabar con el Ministerio público de Jesús y tenían que conseguir que el ex ciego desprestigiara al nuevo Mesías, el recién curado se atrevió a afirmar que el Hijo de Dios y María es un Profeta, con gran seguridad. ¿Tenemos nosotros esa seguridad cuando tenemos la oportunidad de dar esperanza de la fe que profesamos? (1 PE. 3, 15).
3-10. Los padres del ex ciego (JN. 9, 18-23).
Los judíos tenían que demostrar como diera lugar que el ex ciego fingió su enfermedad a fin de que Jesús llevara a cabo el falso prodigio de su curación. Los padres del recién sanado les dijeron que efectivamente su hijo había sido ciego, pero que no sabían cómo había empezado a ver, ni quién había hecho semejante prodigio tan inesperado. ¿Por qué se expresaron los padres del ex ciego en esos términos? Los fariseos habían tomado la decisión de expulsar de la Sinagoga a todos los que aceptaran a Jesús como Cristo -o Mesías-, lo cual tenía serias consecuencias. Los padres del ciego podrían haber recibido el castigo de estar entre una semana y un mes sin participar en la oración común. Otra de las excomuniones temporales, consistía en obligar a los expulsados de la Sinagoga a vestirse de luto durante un mes, sentarse en el suelo, dejarse crecer el cabello y la barba, privarse de baños y ungüentos, y no asistir a la oración común. La tercera expulsión era de carácter indefinido, y el pueblo tenía prohibido dirigirles la palabra a los excomulgados, a quienes se les podía confiscar todos sus bienes, e incluso se les podía desterrar del país. Bajo esta perspectiva, comprendemos la tibieza de los padres del ex ciego, que no apoyaron a su hijo, e hicieron un gran esfuerzo para no hablar contra Jesús, arriesgándose a sufrir, con mucha suerte, la primera o la segunda expulsión de la Sinagoga anteriormente citadas, lo cual los hubiera deshonrado de por vida ante su pueblo. A pesar de lo dicho, Jesús no se les hizo el encontradizo a los padres del ex ciego como lo hizo con el hijo de los tales, por causa de la tibieza que manifestaron ante los fariseos. ¿Comprendemos por qué para los padres del ex ciego era más importante conservar su status que la curación de su hijo ciego? Este hecho me recuerda a los gerasenos que aparecen en MC. 5, 1-20, a quienes les importaron más los cerdos que los demonios arrojaron al mar, que la liberación de su convecino de las garras de los espíritus malignos.
3-11. Los fariseos siguieron acosando al ex ciego para lograr su propósito de desenmascarar a Jesús (JN. 9, 24-27).
No era la primera vez que el ex ciego escuchaba las mismas preguntas de los fariseos, pero él, aunque no conocía a Jesús, sabía que el Señor lo curó, y que gracias a ello, llevó a cabo una gran transformación en su vida, que deseaba narrarles a todos sus conocidos.
Aunque no nos sepamos la Biblia de memoria para lograr ser predicadores intachables, podemos hablarles de Cristo a quienes estén dispuestos a escucharnos, dando testimonio de la fe que profesamos. Si les decimos a nuestros oyentes cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, muchos de los tales desearán abrazar la fe que profesamos.
3-12. El ex ciego fue expulsado de la Sinagoga (JN. 9, 28-34).
La fe del recién convertido fue probada con gran dureza por los fariseos, quienes lo acosaron y terminaron expulsándolo de la Sinagoga. Los cristianos podemos estar expuestos a tener muchos problemas por seguir a Jesús, e incluso podemos perder relaciones, propiedades e incluso la vida, pero la vida eterna de gracia que Jesús nos da, nadie nos la puede arrebatar.
Los fariseos, a pesar de su gran formación religiosa, desconocían el origen de Jesús, pero el ex ciego sabía que el Mesías lo había curado. El hombre carente de formación religiosa porque vivió para mendigar para subsistir, mostró una fe superior a la de aquellos intérpretes de la Ley sedientos de poder, riquezas y prestigio. La instrucción religiosa es muy importante para quienes desean tener fe en Dios, pero, la fe y la formación, no siempre están relacionadas.
Para los fariseos, Jesús era pecador, porque no se amoldaba al cumplimiento de su voluntad, pero, para el ciego, ¿cómo era posible que Jesús pudiera hacer semejante prodigio, siendo enemigo de Dios? Con respecto a nosotros, si nuestra fe además de ser intelectualizada fuera práctica, tendríamos una creencia en Dios tan grande como la manifestada por el ex ciego, al final del presente Evangelio.
3-13. ¿Creemos en el Hijo del hombre? (JN. 9, 35-38).
Jesús, por llevar años bajo la presión que ejercían sobre Él las autoridades religioso-políticas, quienes en lugar de amenazarlo con excomulgarlo, se disponían a quitarle la vida, sabía lo que sentía el recién curado al haber sido excomulgado injustamente de la Sinagoga, y se le hizo el encontradizo para consolarlo, y, si le era posible, unirlo a su comunidad de fe.
Oremos y trabajemos para emular a Jesús, a la hora de hacernos los encontradizos con quienes sufren por cualquier motivo, con el fin de poder ayudarlos, en conformidad con nuestras siempre escasas y benditas posibilidades.
Cuando el ex ciego aceptó a Jesús como Mesías, además de haber recuperado la vista física, alcanzó la visión espiritual de Jesús.
3-14. El juicio de Jesús sobre el mundo que rechaza al Hijo del hombre y a sus hermanos en la fe (JN. 9, 39-41).
Jesús vino al mundo para hacer que los que no ven a Dios lo vean, y para ver cómo quienes desean manipular a Yahveh para obligarlo a hacer su voluntad, no dejan de ser ciegos espirituales. El pecado de los fariseos consistió en no reconocer al Mesías de Dios. Ello no es pecado para los carentes de instrucción religiosa, pero es el pecado de la ignorancia voluntaria, para quienes conocen la voluntad de Nuestro Padre común.
3-15. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-16. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 9, 1-41 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué no ignoró Jesús al ciego de nacimiento centrándose exclusivamente en los creyentes y en los curiosos que lo rodeaban?
2. ¿Cuál era la misión vital del ciego de nacimiento?
3. ¿Por qué no es creíble el hecho de que el rico epulón ignorara la dramática situación del pobre Lázaro?
4. ¿Ignoramos a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
5. ¿Qé hacemos para ayudar a quienes sufren por cualquier motivo?
6. ¿Qé podemos hacer para mejorar la calidad de los servicios que les prestamos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
3-2.
7. ¿Por qué ha de ser interpretada la biblia partiendo de la mentalidad de sus autores y de los lectores inmediatos de la misma?
8. ¿Antepone Dios su justicia a su amor?
9. ¿Antepone Dios su amor a su justicia, o es al mismo tiempo un Padre misericordioso y un Juez justo?
10. ¿Por qué mandaba Dios asesinar en el Antiguo Testamento, y en ciertos casos Él mismo cometió grandes crímenes?
11. ¿Se nos predica a Dios como Padre misericordioso, o como Juez egoísta y tirano, que nos ama bajo la condición indispensable de que cumplamos su voluntad, aunque no la comprendamos?
12. ¿Intentamos comprender la voluntad de Dios, o tenemos que cumplirla aunque no la comprendamos para evitar pecar?
13. ¿Cómo se justifica a Dios por haber salvado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?
14. ¿Por qué constituye para nosotros una crueldad el hecho de que Dios no impidiera el asesinato de los pequeños niños de Belén al mismo tiempo que salvó la vida de su Unigénito?
15. ¿Por qué era para los primeros cristianos un honor el hecho de imitar a los Santos Inocentes a la hora de morir por su fe en Jesús?
16. ¿Cuál era la causa por la que los judíos creían que muchos de ellos tenían que sufrir?
17. ¿Qué significan las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
18. ¿Creemos que Dios nos envía las causas por las que sufrimos? ¿Por qué?
19. ¿Quiere Dios que suframos?
20. ¿Cómo es posible que Dios, si es Nuestro Padre bueno y nos ama, desee que suframos?
21. ¿Cómo es posible que Dios no encuentre un medio para adaptarnos al cumplimiento de su voluntad más eficaz que los problemas que tenemos?
22. ¿Quiénes han cometido los pecados por cuyas consecuencias muchos no estamos totalmente sanos?
23. ¿Qué son las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
24. ¿Por qué no nos evita Dios las circunstancias adversas que vivimos si es Todopoderoso?
25. ¿Por qué no es Dios el origen del mal según la óptica de Jesús?
26. ¿Cuál es la traducción correcta de MT. 10, 29?
27. ¿Cuál es el malentendido generado por la traducción incorrecta del citado versículo mateano?
28. ¿Cómo hemos de interpretar correctamente el citado texto bíblico?
29. ¿Por qué está más presente entre los cristianos la imagen del Dios terrible y justiciero que la imagen del Padre misericordioso?
30. ¿Qué pretendió Jesús por medio de su Pasión y posterior muerte?
31. ¿Por qué se vincula en la biblia el origen del mal con el pecado original de Adán y Eva?
32. ¿Qué consecuencias tuvo el pecado original para Adán, Eva y sus descendientes de todos los tiempos? ¿Por qué?
33. ¿Cómo creían los judíos que Dios los premiaba por cumplir su voluntad antes de que aconteciera la cautividad babilónica?
34. ¿Por qué empezaron a pensar algunos judíos durante el tiempo de la citada cautividad que Dios premiaría a sus hijos con la plenitud de la dicha más allá de esta vida marcada por situaciones adversas?
35. ¿Por qué podían sentirse quienes sufrían en Israel amados por Dios si pensaban en alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida?
36. ¿Por qué se rodeó Jesús de pastores el día de su Natividad?
37. ¿Puede ser Yahveh al mismo tiempo el Dios de los pobres y de los ricos? ¿Por qué?
38. ¿Por qué no podemos preguntarnos por qué enfermamos, pero sí debemos preguntarnos para qué enfermamos?
39. ¿Cuándo conoceremos el para qué de nuestras enfermedades? ¿Quién nos informará con respecto a ello?
3-3.
40. ¿Qué significan el día y la noche en la simbología joánica?
41. ¿Por qué no podemos servir a Dios cuando nuestra fe es puesta a prueba de la misma manera que cuando la misma es fuerte y estable?
42. ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo?
43. ¿Es posible enumerar todas las obras de misericordia que podemos hacer? ¿Por qué?
3-4.
44. ¿Cómo llegó Jesús a ser la luz del mundo para sus discípulos antes de redimir a la humanidad?
45. ¿Cómo fue Jesús la luz del mundo para sus Apóstoles durante el tiempo pascual en que concluyó su formación espiritual?
46. ¿Cómo es Jesús la luz del mundo para quienes creemos en Él desde que aconteció su Ascensión al cielo?
3-5.
47. Antes de llevar a cabo sus prodigios, Jesús se aseguraba de que quienes iba a beneficiar querían recibir las dádivas que les iba a conceder, pero, ¿por qué hizo una excepción con el ciego de nacimiento que aparece en el Evangelio de hoy?
48. ¿Con qué hizo Jesús el lodo que untó en los ojos del ciego de nacimiento?
49. ¿Por qué cometió Jesús un gran pecado al hacer barro desde la óptica de los fariseos?
50. ¿Qué creían de la saliva y del lodo los judíos?
51. ¿Qué recordó Jesús al untar barro en los ojos del ciego?
52. ¿Qué le presentó Jesús al ciego cuando le untó el barro en los ojos?
3-6.
53. ¿Cómo probó Jesús al ciego de nacimiento para que se demostrase a sí mismo si realmente quería ver?
54. ¿Qué tenía que hacer el ciego si quería ver?
55. ¿Por qué tenía que lavarse el ciego los ojos en el estanque de Siloé si quería ver?
56. ¿Por qué no pudo ser curado el paralítico de JN. 5 en la piscina de la Ley sin ser ayudado por Jesús?
57. ¿Qué efecto tiene en nosotros la religiosidad basada en el cumplimiento constante de normas?
58. ¿Qué hace en nosotros la fe en el amor que Dios nos manifiesta?
59. ¿Qué le sucedió al ciego apenas tuvo los ojos limpios de lodo?
60. ¿En qué se diferencia la curación del ciego de nacimiento del Sacramento del Bautismo?
3-7.
61. ¿Por qué los vecinos del ex ciego se mostraron escépticos ante el prodigio que realizó Jesús?
62. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un conocido nuestro del que sabemos que lleva mucho tiempo padeciendo una enfermedad nos dijera que Jesús lo ha curado?
63. ¿Por qué desapareció Jesús de la escena evangélica cuando los vecinos del ex ciego dudaron respecto del prodigio que llevó a cabo?
64. ¿Podemos creer en los prodigios que hizo Jesús sin haber podido constatarlos?
65. ¿Cómo actuamos cuando se nos interroga respecto de nuestra profesión de fe?
66. Si no se nos interroga respecto a la vivencia de la fe que profesamos, tendríamos que revisar nuestra manera de pensar y nuestro modo de proceder en la viña del Señor.
3-8.
67. ¿Por qué eran los fariseos enemigos jurados de Jesús?
68. ¿Tenemos los cristianos la pretensión de adaptar al Señor a la consecución de nuestras metas tal como quisieron hacerlo los fariseos?
69. ¿Somos conscientes de que es necesario que nos adaptemos al cumplimiento de la voluntad de Dios para poder alcanzar la plenitud de la felicidad, porque Él es más perfecto que nosotros?
70. ¿De qué se aprovecharon los fariseos para tener una excusa más por la que condenar a Jesús a muerte?
71. ¿Por qué se sintieron los fariseos provocados por Jesús?
72. ¿Cómo empezaron los fariseos a trabajar para responder a la provocación de Jesús?
73. ¿Por qué se fortalecía la fe del antiguo ciego en Jesús, mientras que los fariseos aumentaban su odio al Mesías?
74. ¿Por qué disentían los fariseos respecto a la Persona y el prodigio que realizó Jesús?
75. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso honrado de otro que se aprovecha de los incautos para enriquecerse a nivel material?
3-9.
76. ¿Por qué era importante para los fariseos conseguir que el antiguo ciego hablara en contra de Jesús?
77. ¿Profesamos nuestra fe con esperanza y seguridad, tal como el ex ciego dijo de Jesús que es un Profeta?
3-10.
78. ¿Por qué causa interrogaron los fariseos a los padres del antiguo ciego?
79. ¿Por qué los padres del ex ciego no hablaron ni a favor ni en contra de Jesús?
80. ¿Por qué pensaron los fariseos en expulsar de la Sinagoga a los seguidores de Jesús?
81. ¿Qué tres castigos podían recibir los expulsados de la Sinagoga?
82. ¿Por qué no se les hizo el encontradizo Jesús a los padres del ex ciego?
83. ¿Comprendemos por qué muchos se niegan a salir de las denominaciones religiosas cuyos líderes los distanciaron de sus familiares?
3-11.
84. ¿Por qué no dejó de creer en Jesús el ex ciego a pesar de la presión constante que los fariseos ejercieron sobre él?
85. ¿Somos capaces de mantener nuestra fe viva y de predicarla con nuestras palabras y obras cuando sentimos que somos los únicos seguidores de Jesús de nuestro entorno social?
86. ¿Cómo podemos predicar la Palabra de Dios aunque no nos sepamos la biblia de memoria?
3-12.
87. ¿Qué vida no nos será quitada si no dejamos de profesar nuestra fe, aunque ello tenga consecuencias difíciles de afrontar para nosotros?
88. ¿Cómo es posible que los fariseos desconocieran a Jesús, y que el ex ciego, a pesar de no conocer al Señor, supiera que el nuevo Mesías es un Profeta?
89. ¿Por qué no siempre están relacionadas la fe y la instrucción religiosa que recibimos?
90. ¿En qué se diferencian la fe intelectualizada y la fe práctica?
91. ¿Por qué necesitamos que nuestra fe sea intelectualizada y práctica para lograr llegar a ser los discípulos de Jesús en los que Nuestro Padre común piensa desde la eternidad?
3-13.
92. ¿Por qué sabía Jesús lo que sentía el ex ciego por haber sido expulsado de la Sinagoga?
93. ¿Cómo tratamos a los excomulgados por nuestra Iglesia -o Congregación-?
94. ¿Para qué se le hizo Jesús el encontradizo al recién curado?
95. ¿Tratamos de igual manera a quienes les predicamos la Palabra de Dios independientemente de que se unan a nuestra Iglesia?
96. ¿Por qué son buenas las posibilidades que tenemos para ayudar a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, aunque no podamos darles todo lo que precisan?
97. ¿Qué le sucedió al ex ciego cuando aceptó a Jesús como Mesías?
98. El Evangelio que meditamos en el presente trabajo, fue escrito para ser meditado por cristianos que tuvieron que sobrevivir a persecuciones, que no debían hacerles perder la fe, que muchos de ellos conservaron, como el mejor de los tesoros. Oremos para que jamás ningún cristiano se sienta presionado por los no creyentes, y para que los cristianos, cuando seamos mayoría absoluta, sepamos respetar a quienes tienen creencias distintas a las nuestras.
3-14.
99. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
100. ¿En qué consistió el pecado de los fariseos, el cual no es pecado para quienes desconocen al Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos EF. 5, 8-21, un texto en el que San Pablo nos insta a vivir siendo iluminados por Cristo Resucitado.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 9, 1-41.
Adoptemos el compromiso de dejarnos iluminar por Cristo Resucitado, y de ser luz, para quienes quieran conocer al Dios Uno y Trino.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Inspírame tu gran amor, la fe que necesito para ser el discípulo tuyo que quieres que sea, y la esperanza cierta de poder vivir para siempre en tu presencia.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe.
Ejercicio de lectio divina de JN. 9, 1-41.
Lectura introductoria: EF. 5, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
en el Evangelio que meditamos el presente Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Dado que hasta muchos de los que decimos que somos cristianos no siempre actuamos como seguidores de Jesús, podemos equipararnos al citado ciego, quien vivía para pedir limosna, y resignado a vivir aislado, en un camino lleno de viandantes. También nosotros vivimos sumidos en una rutina acorde a nuestra condición actual de trabajadores o desempleados, jubilados y/o enfermos, y, cuando Jesús nos llama a ser sus seguidores, sentimos que nos saca de las tinieblas de la carencia de fe, para conducirnos a su Reino de amor y luz.
Si el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A Jesús nos dio a conocer el don de Dios y el agua viva (JN. 4, 10 y 14), en esta ocasión, el Señor nos iluminará con su luz, para que comprendamos que su visión respecto de lo que acontece en el mundo, es diferente a nuestros puntos de vista. A modo de ejemplo, mientras que los discípulos del Mesías deseaban saber quién tenía la culpa de que aquél mendigo estuviera ciego, a Jesús, más que buscar culpàs y examinar a posibles culpables, le interesaba lograr que aquel ciego fuera un creyente más de la futura Iglesia naciente. Así como el Señor nos enseñó a rechazar la violencia y a amar a los violentos para que se dejen influir por Él (MT. 5, 39), no nos corresponde a nosotros discriminar a nadie por ninguna causa (MT. 7, 1-2).
Jesús les dijo a sus discípulos que el mendigo no estaba ciego por causa de sus pecados ni de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley por parte de sus antepasados, sino que Dios lo eligió para manifestar en él el poder de sus obras. Como buenos moralistas, los judíos creían que la existencia de las enfermedades era justificada por los pecados de quienes las padecían o de los antepasados de los tales, pero Jesús les aportó a sus discípulos una nueva enseñanza referente a este tema, ya que el Señor, aunque desprecia el mal en todas las formas que se manifiesta, ama a los hombres incondicionalmente.
¿Qué creemos en la actualidad respecto del origen de las enfermedades? Los predicadores del Evangelio podemos tener la tentación de hacerles creer a los enfermos que Dios tiene predestinado un día para sanarlos, pero ello es un error, en el sentido de que se nos puede hacer la siguiente pregunta: Si Dios es Todopoderoso y desprecia el mal, ¿cómo es posible que no sane instantáneamente a quienes padecen enfermedades? Aunque podemos responder la citada pregunta afirmando que podemos obtener lecciones muy valiosas de las diversas enfermedades que padecemos, nada podemos decir para justificar el dolor de quienes sufren enfermedades graves, lo cual significa que, aun teniendo la pretensión de justificar a Dios por no restablecernos la salud inmediatamente a los enfermos, lo dejamos como al peor de los tiranos, pues, aunque tiene el poder necesario para socorrernos, nos vuelve la espalda.
Los prodigios que hizo Jesús para sanar a los enfermos, requería de los tales el deseo de obtener la curación, pero, dado que el ciego del Evangelio que estamos considerando no sabía lo que era poder ver, el Señor hizo una excepción con él, y le untó lodo en los ojos, añadiéndole más oscuridad a su oscuridad. A partir de aquél momento, si el ciego quería ver, no tenía nada más que hacer, que obedecer la instrucción que le dio Jesús, de lavarse los ojos en la piscina de Siloé.
¿Qué hacemos nosotros cuando creemos que la manera de actuar de Dios respecto de nuestro dolor le aporta más oscuridad a nuestras tinieblas?
Así como los vecinos del que fue ciego se hicieron muchas preguntas cuando el mendigo pudo ver, quienes hemos empezado a actuar como cristianos a partir de los años de la adolescencia o de la edad adulta, si hemos seguido a Jesús fielmente, nos hemos percatado de que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, también se han interrogado con respecto a nuestra nueva manera de pensar y actuar. Recuerdo que el instructor de un curso de Marketing en el que participé hace años, nos dijo a mis compañeros y a mí: "Lo difícil para vosotros no es atraer clientes, sino mantenerlos." De igual manera, lo difícil para nosotros no es tomar la decisión de ser seguidores de Jesús en unos ejercicios espirituales, sino actuar como tales todos los días de nuestras vidas, y aún esta dificultad se agraba más, cuando vivimos circunstancias que consideramos adversas, en las que no sentimos cómo se nos manifiesta Dios.
El Espíritu Santo es el don de Dios y Jesús es el surtidor de agua capaz de saciar nuestra sed de amor y justicia (JN. 4, 10 y 14), pero, según somos saciados, se espera de nosotros que vivamos como seguidores de Jesús, lo cual, según nuestra apertura mental y la manera que tengamos de afrontar las dificultades que vivamos, puede atraernos grandes satisfacciones, y no menos grandes dificultades.
Oremos:
Los Evangelios dominicales del tiempo de Cuaresma del Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, nos hacen reflexionar sobre el proceso de nuestra conversión al Evangelio. El Domingo I del presente tiempo litúrgico (MT. 4, 1-11), Jesús nos enseñó a valorar el artruismo frente al deseo de poder y el afán de riquezas. La autoridad es útil cuando se ejerce en beneficio de los subordinados, y el deseo desmedido de riquezas se debilita por medio del ejercicio de la generosidad. ¿Qué ganaremos al impedir que nos cieguen los deseos de alcanzar poder, riquezas y prestigio? Este es el precio que tenemos que pagar, si realmente deseamo ser transfigurados y configurados a imagen y semejanza de Jesús, según recordamos este hecho el Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9).
El Domingo III de Cuaresma empezamos a considerar los Evangelios cuya meditación nos ayuda a disponernos a recibir el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia (JN. 4, 5-42). Los antiguos cristianos se disponían a ser martirizados pensando que ese era el precio que pagaban para concluir su asimilación a Jesús. Es por eso que el Domingo anterior Jesús se nos dio a conocer como surtidor de agua bautismal que nos hace alcanzar la vida eterna (JN. 4, 14), hoy se nos da a conocer como luz del mundo (JN. 9, 1-41), y el próximo Domingo se nos dará a conocer como Resurrección de los muertos (JN. 11, 1-45).
Según las perícopas evangélicas citadas, se nos insta a considerar el hecho de alcanzar la meta de pensar, sentir, amar y actuar, como lo hacía Jesús, y como lo haría el Hijo de Dios y María, si viviera nuestras circunstancias vitales. Para que ello nos sea posible, se nos invita a vislumbrar nuestras vidas y los acaeceres de la humanidad, desde el punto de vista de Jesús. En nuestro tiempo, el hecho de que renunciemos a nuestra manera de pensar es una barbaridad para los occidentales, pero para los antiguos cristianos era un gran logro el hecho de renunciar a su manera de pensar y proceder, con tal de adoptar la manera de pensar, sentir, amar y actuar de Jesús. Nos será útil tener este hecho en cuenta, con el fin de poder comprender los tres textos evangélicos correspondientes a los Domingos III, IV y V del tiempo de Cuaresma del Ciclo A, los cuales no han de ser interpretados partiendo de nuestra óptica, sino desde el punto de vista de San Juan, -el autor de los mismos-, y de sus lectores inmediatos.
A la luz que nos aporta la consideración de los citados textos evangélicos, examinemos nuestra conversión al Evangelio de salvación, hablando con el Espíritu Santo, quien nos ayudará a terminar fortalecidos, el camino que nos conducirá, a la Pascua de Resurrección.
2. Leemos atentamente JN. 9, 1-41, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 9, 1-41.
3-1. Jesús vio al pasar un ciego de nacimiento (JN. 9, 1).
Contemplemos a Jesús rodeado de creyentes y curiosos que estaban atentos a sus palabras y a sus obras. El Señor no se centraba exclusivamente en quienes le rodeaban, pues se percató de la presencia del ciego, cuya misión en la vida consistía en pedir limosna para poder subsistir. San Lucas nos habla en su Evangelio del rico banqueteador (epulón), quien hizo de sus días una acumulación de celebraciones, y no se quiso interesar en ayudarle al pobre Lázaro, cuyas heridas eran lamidas por perros salvajes (LC. 16, 19-21). Si Lázaro mendigaba a la puerta del rico las miajas de pan que epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos, ¿es creíble que el banqueteador ignorara la dramática situación del pobre? Quizás muchos de nosotros también ignoramos a muchos pobres, presos y enfermos que hay en nuestro ambiente, aunque no los vemos porque vivimos encerrados en nuestra rutina. Jesús nos insta a que seamos observadores, con el fin de que podamos ayudar a tales almas sufrientes, en conformidad con nuestras siempre escasas y al mismo tiempo benditas posibilidades.
3-2. ¿Contradice la existencia del mal la existencia de Dios? (JN. 9, 2-3).
Querer interpretar la Biblia como si hubiera sido escrita partiendo de nuestra mentalidad occidental, se reduce a polemizar para perder el tiempo. Si la biblioteca contenedora de la Palabra de Dios fue escrita partiendo de la mentalidad de los judíos, quienes no adoptaron concepciones filosóficas hasta el siglo XV de la era cristiana, la Biblia ha de ser interpretada partiendo de la antigua cultura de los tales. ¿Cómo podemos interpretar el polémico texto de ROM. 5, 12? Aunque en la actualidad pensamos que cada cual ha de ser juzgado en atención a su manera de proceder y lo que hagan los demás no ha de asegurarle la salvación ni perjudicarle respecto de la consecución de la misma, los hermanos de raza de Jesús pensaban que, por ser miembros del pueblo de Dios, las buenas obras de un sólo hombre tenían que beneficiarlos a todos, y los pecados de un sólo hombre tenían que influir negativamente en todos, porque consideraban, al contrario que lo hacemos algunos cristianos, que Dios antepone su justicia a su amor. Esta explicación nos hace comprender la razón por la que Dios mandaba en el Antiguo Testamento matar sin escrúpulos, y por qué Él mismo llevaba a cabo grandes matanzas, en ocasiones, hasta contra los hijos de su pueblo, simplemente, porque le desobedecían. El concepto del Dios egoísta que condiciona el amor que les manifiesta a sus fieles al cumplimiento de sus deseos por parte de los tales, también ha sido -y sigue siendo- utilizado por muchos líderes religiosos cristianos.
¿Cómo se justifica a Dios por haber salbado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?? (MT. 2, 16). Para nosotros, el hecho de que Dios permitiera el sacrificio de tales niños pequeños constituye una gran crueldad, pero para los antiguos cristianos, quienes fueron lectores inmediatos del Evangelio de San Mateo, el hecho de imitar a los pequeñines de Belén, muriendo por Jesús si tenían que ser martirizados, era un gran honor. Los primeros cristianos no se plantearon el hecho de que Dios hubiera podido salvar a los pequeñines de Belén haciendo un insignificante esfuerzo, como pensamos que podría haberlo hecho en la actualidad.
¿Qué pensaba Jesús respecto del mal? Mientras que los judíos creían que quienes sufrían eran castigados por sus pecados o por las transgresiones en el cumplimiento de su Ley de los antepasados de los tales, Jesús no compartió tal punto de vista. En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús afirma que las enfermedades no son enviadas por Dios, ni son queridas por Nuestro Padre común, ni son castigos consecuentes de los pecados de nadie, pues se reducen a oportunidades de que Dios demuestre el poder que tiene para curarlas, y el amor con que acoge a sus hijos. En una ocasión en que Pilato les hizo sacrificios humanos a sus dioses y se derrumbó una torre aplastando a dieciocho personas (LC. 13, 1-5), Jesús aclaró que tales hechos no fueron enviados por Dios ni fueron causados por los pecados de nadie, y dijo que todos estamos expuestos a sufrir accidentes y a vivir situaciones dramáticas y catastróficas. Jesús no explicó cuál es el origen del mal, pero dejó muy claro que Dios no es la causa originaria del mismo, porque Él es amor (1 JN. 4, 16), y no quiere herir a sus hijos.
La frase referente a los pajaritos que no mueren sin que Dios lo permita de MT. 10, 29, es una incorrecta traducción bíblica que provoca un gran malentendido, ya que el texto original afirma que ningún pajarito cae sin que Dios lo acompañe, indicando que Nuestro Padre común no nos evita el sufrimiento por cuanto nos es útil si lo afrontamos correctamente y con fe en Él, y que nos acompaña en todas nuestras circunstancias vitales.
¿Qué pensamos los cristianos respecto del mal? Ya que es difícil encontrar una denominación cristiana en la que no haya líderes religiosos que no utilicen la imagen del Dios caprichoso, egoísta y sin escrúpulos del Antiguo Testamento para ganar poder infundiéndoles miedo a sus seguidores, y la mayoría de cristianos desconocen la biblia, entre nosotros está más presente la imagen del Dios sin escrúpulos del Antiguo Testamento, que la imagen del Padre misericordioso predicado por Jesús, quien cuando le dijo al Padre en el huerto de los Olivos que se hiciera su voluntad y no la suya (LC. 22, 42), no se disponía a ser derrotado definitivamente por la muerte, sino a morir para resucitar, para demostrarnos el amor de Nuestro Padre celestial.
En la biblia se vincula el origen del mal con el pecado de Adán y Eva, cuya desobediencia a Dios los privó de sus dones preternaturales, cosa que también nos ha afectado a sus descendientes, pues, como recordamos anteriormente, para los judíos, el bien que haga un miembro de su pueblo, y el mal que haga otro, han de afectarlos a todos, positiva o negativamente. Anteriormente al tiempo de la cautividad babilónica, los judíos creían que Dios los premiaba al cumplir su Ley, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, así pues, cuanto mejor era su posición social, se creían más beneficiados por Yahveh y, cuanto más pobres eran o sufrían por otras causas, creían que eran castigados por la Divinidad. A partir del citado tiempo de la cautividad, cuando los judíos empezaron a pensar en la posibilidad de alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida, empezaron a asociar la superación del mal con la dicha eterna, cosa que les concedía a los desposeídos de Israel la posibilidad de empezar a sentirse amparados por Yahveh. Esta creencia aún no era plenamente aceptada cuando nació Jesús, lo cuál sirvió para que el Mesías se rodeara de pastores el mismo día de su Natividad (LC. 2, 8-20). Dado que las dos creencias estaban en vigor en Israel, había legalistas que valoraban a las personas en atención a su cumplimiento de la Ley y a su posición en la alta sociedad que supuestamente les era concedida por Dios como premio por cumplir su voluntad, y rechazaban a quienes pertenecían a la clase baja considerándoles pecadores reprobados por Dios, y Profetas que pensaban que Yahveh es el Dios de los desposeídos de la tierra.
Si Dios tiene poder para sanarnos a los enfermos, ¿por qué no nos restablece la salud apenas enfermamos, o no nos evita las enfermedades? Aunque el dolor nos aporta enseñanzas útiles, no encontramos otra respuesta que justifique el hecho de por qué Dios deja que pase el tiempo, sin exterminar el padecimiento de la humanidad, y, como dije anteriormente, cuanto se diga al respecto, hará que muchos crean que Nuestro Padre común es un tirano. A pesar de ello, no nos preguntemos por qué enfermamos porque eso no podremos saberlo hasta que Dios nos lo diga personalmente al final de los tiempos, pero preguntémonos para qué enfermamos, para aprender grandes lecciones de la vivencia de nuestras enfermedades.
3-3. Hagamos las obras de Jesús (JN. 9, 4).
En la simbología del texto evangélico que estamos considerando, el día es el tiempo en que Jesús está con nosotros, y la noche es el tiempo en que nuestra fe es probada por las dificultades que nos caracterizan. Cuando nuestra fe es fuerte y estable, podemos laborar en la viña del Señor, pero, cuando se nos debilita, no podemos actuar como los discípulos de Jesús que Dios desea que lleguemos a ser, desde la eternidad.
¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo? Tales obras mesiánicas, son las siguientes:
1. Alimentar a los hambrientos.
2. Dar de beber a los sedientos.
3. Acoger a los forasteros.
4. Vestir a los carentes de ropa.
5. Visitar a los enfermos.
6. Visitar a los presos (MT. 25, 35-36).
Las citadas obras de misericordia sólo son ejemplos de lo que podemos hacer con quienes tienen carencias espirituales y materiales, así pues, no es posible citar aquí todas las obras benéficas que podemos llevar a cabo, para ayudar a quienes nos necesitan.
3-4. Jesús es la luz del mundo, porque está en el mundo (JN. 9, 5).
Antes de redimir a la humanidad, Jesús estaba con sus discípulos, y llegó a ser para los tales la luz del mundo. Después de que aconteciera su Resurrección de entre los muertos, Jesús siguió siendo la luz del mundo para quienes llegaron a ser sus Apóstoles, y, después de que aconteciera la Ascensión de Cristo Resucitado al cielo, el Señor sigue siendo la luz del mundo, para quienes lo buscamos en la biblia, en los documentos de la Iglesia -o la Congregación- a la que pertenecemos, y en los elocuentes discursos de sus predicadores, y las bondadosas obras de quienes laboran en la viña del Señor, haciendo el bien constantemente.
3-5. Jesús untó con lodo los ojos del ciego (JN. 9, 6).
Porque nadie valora aquello de lo que carece y no sabe lo que significa, a pesar de que Jesús exigía la manifestación de la voluntad de quienes querían ser receptores de sus prodigios, hizo una excepción con el ciego, quien no sabía lo que significaba ver la luz, y le untó lodo en los ojos, que hizo con tierra y su saliva. Aunque lo que os voy a decir a los occidentales nos parece absurdo,Jesús cometió un grave pecado según los fariseos, pues, al mezclar su saliva con tierra para iniciar la curación del ciego, hizo barro como si se dispusiera a hacer ladrillos, lo cual no estaba permitido en Sábado.
Los judíos creían que la saliva era un remedio curativo de la vista y de otras enfermedades, y también era transmisora de la propia energía vital. El barro estaba recomendado para curar tumores y la inflamación de los ojos. Al untar su barro en los ojos del ciego, Jesús recordó la vivificación del hombre por parte del Espíritu Santo (GN. 2, 7), y le presentó al ciego la imagen del nuevo hombre redimido, que los cristianos deseamos llegar a ser.
3-6. El estanque de Siloé (JN. 9, 7).
Aunque Jesús tomó la iniciativa a la hora de iniciar la curación del ciego, quiso saber si el mismo deseaba ver. Si el ciego quería ver, sólo tenía que labarse los ojos en el estanque de Siloé, no porque las aguas del mismo eran milagrosas, sino porque esa fue la prueba que el Señor le impuso, para que le demostrara si realmente deseaba poder ver.
San Juan es el Evangelista de las ironías. Así como el paralítico que aparece al principio de JN. 5 no pudo obtener por sí mismo la curación en la piscina de la Ley, y pudo caminar gracias al Mesías, el ciego tenía que ser curado en la piscina de el Enviado. La religiosidad basada en el constante cumplimiento de normas nos amarga el alma, pero la fe en el amor que Dios nos manifiesta, nos hace libres de nuestras cadenas, y nos concede la salvación.
Apenas el ciego se lavó los ojos, empezó a ver, y también empezó a tener problemas, tal como nos ha sucedido a muchos, a partir del momento en que nos hemos manifestado ante nuestros conocidos, como discípulos de Jesús.
La curación del ciego en la piscina de Siloé es semejante al Bautismo, aunque se diferencia del citado Sacramento, en que el ciego fue curado sin tener fe en Jesús.
3-7. La reacción de los conocidos del que dejó de ser ciego por su visión del citado hecho (JN. 9, 8-12).
Para sorpresa del que dejó de ser ciego, mientras disfrutaba del descubrimiento que supuso para él ver el mundo exterior, sus vecinos se mostraron escépticos ante el prodigio que Jesús realizó en el antiguo enfermo, así pues, apenas lo vieron caminar con gran soltura, empezaron a preguntarse: ¿No es éste el ciego que tantos años llevamos viendo pidiendo limosna? Mientras que los citados personajes pensaban si el antiguo ciego era el mendigo a quien ellos conocían u otro personaje que se parecía a él como si ambos fueran jemelos, el antiguo enfermo se esforzaba en dar a conocer el prodigio que Jesús llevó a cabo en su favor. Sus vecinos le preguntaron cómo pudo ver, y él respondió que veía gracias a Jesús. Los judíos querían ver al Señor, pero el nuevo Mesías desapareció de aquel escenario discretamente, para evitar promocionarse como milagrero.
Muchos nuevos conversos hemos vivido una situación similar a la del antiguo ciego, en el sentido de que se nos ha interrogado hasta la extenuación sobre nuestra nueva forma de pensar, sentir, amar y actuar.
3-8. La confusión de los fariseos (JN. 9, 13-16).
Dado que los fariseos eran enemigos jurados de Jesús porque el Señor no hizo coincidir plenamente su doctrina con la de los miembros de la citada escuela de pensamiento, se aprovecharon del hecho de que el Mesías hizo el citado prodigio en Sábado, para tener una excusa más por la que condenarlo a muerte. Independientemente de que Jesús hiciera el lodo con que inició la curación del ciego para recordarles a sus enemigos que no tenía la intención de cesar en el cumplimiento de la voluntad divina, los fariseos vieron este hecho como una provocación, a la que se prepararon a responderle, en primer lugar, intentando que el ex ciego les dijera que nunca había sido invidente por lo que había engañado a sus convecinos, y que Jesús le dio dinero para que le permitiera usarlo para llevar a cabo un prodigio falso.
Mientras que la creencia del ciego en Jesús se iba fortaleciendo, los fariseos disentían entre ellos, unos pensando que Jesús no procedía de Dios por incumplir su precepto de curar en sábado, y otros no sabían cómo un pecador pudo curar a un ciego. Es triste el hecho de que gente incauta deposite su fe en personajes que sólo piensan en ser cada día más poderosos, ricos y prestigiosos, a costa de aplastar a quien sea, con tal de alcanzar su ambicionada meta.
3-9. La fe del ex ciego se fortaleció, a pesar de la presión que los fariseos ejercieron contra él, para que hablara mal de Jesús (JN. 9, 17).
Mientras que los fariseos no sabían cómo acabar con el Ministerio público de Jesús y tenían que conseguir que el ex ciego desprestigiara al nuevo Mesías, el recién curado se atrevió a afirmar que el Hijo de Dios y María es un Profeta, con gran seguridad. ¿Tenemos nosotros esa seguridad cuando tenemos la oportunidad de dar esperanza de la fe que profesamos? (1 PE. 3, 15).
3-10. Los padres del ex ciego (JN. 9, 18-23).
Los judíos tenían que demostrar como diera lugar que el ex ciego fingió su enfermedad a fin de que Jesús llevara a cabo el falso prodigio de su curación. Los padres del recién sanado les dijeron que efectivamente su hijo había sido ciego, pero que no sabían cómo había empezado a ver, ni quién había hecho semejante prodigio tan inesperado. ¿Por qué se expresaron los padres del ex ciego en esos términos? Los fariseos habían tomado la decisión de expulsar de la Sinagoga a todos los que aceptaran a Jesús como Cristo -o Mesías-, lo cual tenía serias consecuencias. Los padres del ciego podrían haber recibido el castigo de estar entre una semana y un mes sin participar en la oración común. Otra de las excomuniones temporales, consistía en obligar a los expulsados de la Sinagoga a vestirse de luto durante un mes, sentarse en el suelo, dejarse crecer el cabello y la barba, privarse de baños y ungüentos, y no asistir a la oración común. La tercera expulsión era de carácter indefinido, y el pueblo tenía prohibido dirigirles la palabra a los excomulgados, a quienes se les podía confiscar todos sus bienes, e incluso se les podía desterrar del país. Bajo esta perspectiva, comprendemos la tibieza de los padres del ex ciego, que no apoyaron a su hijo, e hicieron un gran esfuerzo para no hablar contra Jesús, arriesgándose a sufrir, con mucha suerte, la primera o la segunda expulsión de la Sinagoga anteriormente citadas, lo cual los hubiera deshonrado de por vida ante su pueblo. A pesar de lo dicho, Jesús no se les hizo el encontradizo a los padres del ex ciego como lo hizo con el hijo de los tales, por causa de la tibieza que manifestaron ante los fariseos. ¿Comprendemos por qué para los padres del ex ciego era más importante conservar su status que la curación de su hijo ciego? Este hecho me recuerda a los gerasenos que aparecen en MC. 5, 1-20, a quienes les importaron más los cerdos que los demonios arrojaron al mar, que la liberación de su convecino de las garras de los espíritus malignos.
3-11. Los fariseos siguieron acosando al ex ciego para lograr su propósito de desenmascarar a Jesús (JN. 9, 24-27).
No era la primera vez que el ex ciego escuchaba las mismas preguntas de los fariseos, pero él, aunque no conocía a Jesús, sabía que el Señor lo curó, y que gracias a ello, llevó a cabo una gran transformación en su vida, que deseaba narrarles a todos sus conocidos.
Aunque no nos sepamos la Biblia de memoria para lograr ser predicadores intachables, podemos hablarles de Cristo a quienes estén dispuestos a escucharnos, dando testimonio de la fe que profesamos. Si les decimos a nuestros oyentes cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, muchos de los tales desearán abrazar la fe que profesamos.
3-12. El ex ciego fue expulsado de la Sinagoga (JN. 9, 28-34).
La fe del recién convertido fue probada con gran dureza por los fariseos, quienes lo acosaron y terminaron expulsándolo de la Sinagoga. Los cristianos podemos estar expuestos a tener muchos problemas por seguir a Jesús, e incluso podemos perder relaciones, propiedades e incluso la vida, pero la vida eterna de gracia que Jesús nos da, nadie nos la puede arrebatar.
Los fariseos, a pesar de su gran formación religiosa, desconocían el origen de Jesús, pero el ex ciego sabía que el Mesías lo había curado. El hombre carente de formación religiosa porque vivió para mendigar para subsistir, mostró una fe superior a la de aquellos intérpretes de la Ley sedientos de poder, riquezas y prestigio. La instrucción religiosa es muy importante para quienes desean tener fe en Dios, pero, la fe y la formación, no siempre están relacionadas.
Para los fariseos, Jesús era pecador, porque no se amoldaba al cumplimiento de su voluntad, pero, para el ciego, ¿cómo era posible que Jesús pudiera hacer semejante prodigio, siendo enemigo de Dios? Con respecto a nosotros, si nuestra fe además de ser intelectualizada fuera práctica, tendríamos una creencia en Dios tan grande como la manifestada por el ex ciego, al final del presente Evangelio.
3-13. ¿Creemos en el Hijo del hombre? (JN. 9, 35-38).
Jesús, por llevar años bajo la presión que ejercían sobre Él las autoridades religioso-políticas, quienes en lugar de amenazarlo con excomulgarlo, se disponían a quitarle la vida, sabía lo que sentía el recién curado al haber sido excomulgado injustamente de la Sinagoga, y se le hizo el encontradizo para consolarlo, y, si le era posible, unirlo a su comunidad de fe.
Oremos y trabajemos para emular a Jesús, a la hora de hacernos los encontradizos con quienes sufren por cualquier motivo, con el fin de poder ayudarlos, en conformidad con nuestras siempre escasas y benditas posibilidades.
Cuando el ex ciego aceptó a Jesús como Mesías, además de haber recuperado la vista física, alcanzó la visión espiritual de Jesús.
3-14. El juicio de Jesús sobre el mundo que rechaza al Hijo del hombre y a sus hermanos en la fe (JN. 9, 39-41).
Jesús vino al mundo para hacer que los que no ven a Dios lo vean, y para ver cómo quienes desean manipular a Yahveh para obligarlo a hacer su voluntad, no dejan de ser ciegos espirituales. El pecado de los fariseos consistió en no reconocer al Mesías de Dios. Ello no es pecado para los carentes de instrucción religiosa, pero es el pecado de la ignorancia voluntaria, para quienes conocen la voluntad de Nuestro Padre común.
3-15. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-16. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 9, 1-41 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué no ignoró Jesús al ciego de nacimiento centrándose exclusivamente en los creyentes y en los curiosos que lo rodeaban?
2. ¿Cuál era la misión vital del ciego de nacimiento?
3. ¿Por qué no es creíble el hecho de que el rico epulón ignorara la dramática situación del pobre Lázaro?
4. ¿Ignoramos a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
5. ¿Qé hacemos para ayudar a quienes sufren por cualquier motivo?
6. ¿Qé podemos hacer para mejorar la calidad de los servicios que les prestamos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
3-2.
7. ¿Por qué ha de ser interpretada la biblia partiendo de la mentalidad de sus autores y de los lectores inmediatos de la misma?
8. ¿Antepone Dios su justicia a su amor?
9. ¿Antepone Dios su amor a su justicia, o es al mismo tiempo un Padre misericordioso y un Juez justo?
10. ¿Por qué mandaba Dios asesinar en el Antiguo Testamento, y en ciertos casos Él mismo cometió grandes crímenes?
11. ¿Se nos predica a Dios como Padre misericordioso, o como Juez egoísta y tirano, que nos ama bajo la condición indispensable de que cumplamos su voluntad, aunque no la comprendamos?
12. ¿Intentamos comprender la voluntad de Dios, o tenemos que cumplirla aunque no la comprendamos para evitar pecar?
13. ¿Cómo se justifica a Dios por haber salvado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?
14. ¿Por qué constituye para nosotros una crueldad el hecho de que Dios no impidiera el asesinato de los pequeños niños de Belén al mismo tiempo que salvó la vida de su Unigénito?
15. ¿Por qué era para los primeros cristianos un honor el hecho de imitar a los Santos Inocentes a la hora de morir por su fe en Jesús?
16. ¿Cuál era la causa por la que los judíos creían que muchos de ellos tenían que sufrir?
17. ¿Qué significan las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
18. ¿Creemos que Dios nos envía las causas por las que sufrimos? ¿Por qué?
19. ¿Quiere Dios que suframos?
20. ¿Cómo es posible que Dios, si es Nuestro Padre bueno y nos ama, desee que suframos?
21. ¿Cómo es posible que Dios no encuentre un medio para adaptarnos al cumplimiento de su voluntad más eficaz que los problemas que tenemos?
22. ¿Quiénes han cometido los pecados por cuyas consecuencias muchos no estamos totalmente sanos?
23. ¿Qué son las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
24. ¿Por qué no nos evita Dios las circunstancias adversas que vivimos si es Todopoderoso?
25. ¿Por qué no es Dios el origen del mal según la óptica de Jesús?
26. ¿Cuál es la traducción correcta de MT. 10, 29?
27. ¿Cuál es el malentendido generado por la traducción incorrecta del citado versículo mateano?
28. ¿Cómo hemos de interpretar correctamente el citado texto bíblico?
29. ¿Por qué está más presente entre los cristianos la imagen del Dios terrible y justiciero que la imagen del Padre misericordioso?
30. ¿Qué pretendió Jesús por medio de su Pasión y posterior muerte?
31. ¿Por qué se vincula en la biblia el origen del mal con el pecado original de Adán y Eva?
32. ¿Qué consecuencias tuvo el pecado original para Adán, Eva y sus descendientes de todos los tiempos? ¿Por qué?
33. ¿Cómo creían los judíos que Dios los premiaba por cumplir su voluntad antes de que aconteciera la cautividad babilónica?
34. ¿Por qué empezaron a pensar algunos judíos durante el tiempo de la citada cautividad que Dios premiaría a sus hijos con la plenitud de la dicha más allá de esta vida marcada por situaciones adversas?
35. ¿Por qué podían sentirse quienes sufrían en Israel amados por Dios si pensaban en alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida?
36. ¿Por qué se rodeó Jesús de pastores el día de su Natividad?
37. ¿Puede ser Yahveh al mismo tiempo el Dios de los pobres y de los ricos? ¿Por qué?
38. ¿Por qué no podemos preguntarnos por qué enfermamos, pero sí debemos preguntarnos para qué enfermamos?
39. ¿Cuándo conoceremos el para qué de nuestras enfermedades? ¿Quién nos informará con respecto a ello?
3-3.
40. ¿Qué significan el día y la noche en la simbología joánica?
41. ¿Por qué no podemos servir a Dios cuando nuestra fe es puesta a prueba de la misma manera que cuando la misma es fuerte y estable?
42. ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo?
43. ¿Es posible enumerar todas las obras de misericordia que podemos hacer? ¿Por qué?
3-4.
44. ¿Cómo llegó Jesús a ser la luz del mundo para sus discípulos antes de redimir a la humanidad?
45. ¿Cómo fue Jesús la luz del mundo para sus Apóstoles durante el tiempo pascual en que concluyó su formación espiritual?
46. ¿Cómo es Jesús la luz del mundo para quienes creemos en Él desde que aconteció su Ascensión al cielo?
3-5.
47. Antes de llevar a cabo sus prodigios, Jesús se aseguraba de que quienes iba a beneficiar querían recibir las dádivas que les iba a conceder, pero, ¿por qué hizo una excepción con el ciego de nacimiento que aparece en el Evangelio de hoy?
48. ¿Con qué hizo Jesús el lodo que untó en los ojos del ciego de nacimiento?
49. ¿Por qué cometió Jesús un gran pecado al hacer barro desde la óptica de los fariseos?
50. ¿Qué creían de la saliva y del lodo los judíos?
51. ¿Qué recordó Jesús al untar barro en los ojos del ciego?
52. ¿Qué le presentó Jesús al ciego cuando le untó el barro en los ojos?
3-6.
53. ¿Cómo probó Jesús al ciego de nacimiento para que se demostrase a sí mismo si realmente quería ver?
54. ¿Qué tenía que hacer el ciego si quería ver?
55. ¿Por qué tenía que lavarse el ciego los ojos en el estanque de Siloé si quería ver?
56. ¿Por qué no pudo ser curado el paralítico de JN. 5 en la piscina de la Ley sin ser ayudado por Jesús?
57. ¿Qué efecto tiene en nosotros la religiosidad basada en el cumplimiento constante de normas?
58. ¿Qué hace en nosotros la fe en el amor que Dios nos manifiesta?
59. ¿Qué le sucedió al ciego apenas tuvo los ojos limpios de lodo?
60. ¿En qué se diferencia la curación del ciego de nacimiento del Sacramento del Bautismo?
3-7.
61. ¿Por qué los vecinos del ex ciego se mostraron escépticos ante el prodigio que realizó Jesús?
62. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un conocido nuestro del que sabemos que lleva mucho tiempo padeciendo una enfermedad nos dijera que Jesús lo ha curado?
63. ¿Por qué desapareció Jesús de la escena evangélica cuando los vecinos del ex ciego dudaron respecto del prodigio que llevó a cabo?
64. ¿Podemos creer en los prodigios que hizo Jesús sin haber podido constatarlos?
65. ¿Cómo actuamos cuando se nos interroga respecto de nuestra profesión de fe?
66. Si no se nos interroga respecto a la vivencia de la fe que profesamos, tendríamos que revisar nuestra manera de pensar y nuestro modo de proceder en la viña del Señor.
3-8.
67. ¿Por qué eran los fariseos enemigos jurados de Jesús?
68. ¿Tenemos los cristianos la pretensión de adaptar al Señor a la consecución de nuestras metas tal como quisieron hacerlo los fariseos?
69. ¿Somos conscientes de que es necesario que nos adaptemos al cumplimiento de la voluntad de Dios para poder alcanzar la plenitud de la felicidad, porque Él es más perfecto que nosotros?
70. ¿De qué se aprovecharon los fariseos para tener una excusa más por la que condenar a Jesús a muerte?
71. ¿Por qué se sintieron los fariseos provocados por Jesús?
72. ¿Cómo empezaron los fariseos a trabajar para responder a la provocación de Jesús?
73. ¿Por qué se fortalecía la fe del antiguo ciego en Jesús, mientras que los fariseos aumentaban su odio al Mesías?
74. ¿Por qué disentían los fariseos respecto a la Persona y el prodigio que realizó Jesús?
75. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso honrado de otro que se aprovecha de los incautos para enriquecerse a nivel material?
3-9.
76. ¿Por qué era importante para los fariseos conseguir que el antiguo ciego hablara en contra de Jesús?
77. ¿Profesamos nuestra fe con esperanza y seguridad, tal como el ex ciego dijo de Jesús que es un Profeta?
3-10.
78. ¿Por qué causa interrogaron los fariseos a los padres del antiguo ciego?
79. ¿Por qué los padres del ex ciego no hablaron ni a favor ni en contra de Jesús?
80. ¿Por qué pensaron los fariseos en expulsar de la Sinagoga a los seguidores de Jesús?
81. ¿Qué tres castigos podían recibir los expulsados de la Sinagoga?
82. ¿Por qué no se les hizo el encontradizo Jesús a los padres del ex ciego?
83. ¿Comprendemos por qué muchos se niegan a salir de las denominaciones religiosas cuyos líderes los distanciaron de sus familiares?
3-11.
84. ¿Por qué no dejó de creer en Jesús el ex ciego a pesar de la presión constante que los fariseos ejercieron sobre él?
85. ¿Somos capaces de mantener nuestra fe viva y de predicarla con nuestras palabras y obras cuando sentimos que somos los únicos seguidores de Jesús de nuestro entorno social?
86. ¿Cómo podemos predicar la Palabra de Dios aunque no nos sepamos la biblia de memoria?
3-12.
87. ¿Qué vida no nos será quitada si no dejamos de profesar nuestra fe, aunque ello tenga consecuencias difíciles de afrontar para nosotros?
88. ¿Cómo es posible que los fariseos desconocieran a Jesús, y que el ex ciego, a pesar de no conocer al Señor, supiera que el nuevo Mesías es un Profeta?
89. ¿Por qué no siempre están relacionadas la fe y la instrucción religiosa que recibimos?
90. ¿En qué se diferencian la fe intelectualizada y la fe práctica?
91. ¿Por qué necesitamos que nuestra fe sea intelectualizada y práctica para lograr llegar a ser los discípulos de Jesús en los que Nuestro Padre común piensa desde la eternidad?
3-13.
92. ¿Por qué sabía Jesús lo que sentía el ex ciego por haber sido expulsado de la Sinagoga?
93. ¿Cómo tratamos a los excomulgados por nuestra Iglesia -o Congregación-?
94. ¿Para qué se le hizo Jesús el encontradizo al recién curado?
95. ¿Tratamos de igual manera a quienes les predicamos la Palabra de Dios independientemente de que se unan a nuestra Iglesia?
96. ¿Por qué son buenas las posibilidades que tenemos para ayudar a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, aunque no podamos darles todo lo que precisan?
97. ¿Qué le sucedió al ex ciego cuando aceptó a Jesús como Mesías?
98. El Evangelio que meditamos en el presente trabajo, fue escrito para ser meditado por cristianos que tuvieron que sobrevivir a persecuciones, que no debían hacerles perder la fe, que muchos de ellos conservaron, como el mejor de los tesoros. Oremos para que jamás ningún cristiano se sienta presionado por los no creyentes, y para que los cristianos, cuando seamos mayoría absoluta, sepamos respetar a quienes tienen creencias distintas a las nuestras.
3-14.
99. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
100. ¿En qué consistió el pecado de los fariseos, el cual no es pecado para quienes desconocen al Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos EF. 5, 8-21, un texto en el que San Pablo nos insta a vivir siendo iluminados por Cristo Resucitado.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 9, 1-41.
Adoptemos el compromiso de dejarnos iluminar por Cristo Resucitado, y de ser luz, para quienes quieran conocer al Dios Uno y Trino.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Inspírame tu gran amor, la fe que necesito para ser el discípulo tuyo que quieres que sea, y la esperanza cierta de poder vivir para siempre en tu presencia.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
La humildad de San Juan Bautista, y el Bautismo de Jesús. (Meditación del Evangelio de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
5. La humildad de San Juan Bautista, y el Bautismo de Jesús.
Meditación del Evangelio optativo de los Ciclos A y B, y del Evangelio del Ciclo C.
Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
¿Por qué llegaron a pensar muchos judíos que San Juan el Bautista era el Mesías -o Ungido- por Dios cuya venida esperaban fervientemente? Para responder esta pregunta, podemos recurrir a los primeros versículos del capítulo tres del tercer Evangelio, donde descubrimos que Dios no se les manifestó a las principales autoridades de Roma y Palestina, sino al hijo del sacerdote Zacarías, por causa de su humildad (LC. 3, 1-2).
La misión del Bautista está profetizada en la Profecía de Isaías, y consiste en la preparación del camino del Mesías, disponiendo a los hombres a acoger su Palabra, y a recibir el Bautismo que los hacía hijos de Dios, por medio de la recepción de un bautismo, que los comprometía a renunciar al pecado, y a vivir adaptándose, al cumplimiento de la voluntad de Yahveh (LC. 3, 3-6).
San Juan afirmaba que Dios premiaría a quienes se adaptaran al cumplimiento de sus deseos, y que condenaría a quienes le desobedecieran. Para el Bautista, no eran hijos de Abraham todos sus hermanos de raza, sino solo aquellos que cumplían la voluntad de Yahveh (LC. 3, 7-9).
¿Cómo podían los judíos cumplir la voluntad de Dios, expresada en la predicación del Bautista? San Lucas nos ofrece ejemplos de cómo el último de los Profetas instaba a sus oyentes a vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad divina. Quienes quisieran ser fieles miembros del pueblo de Yahveh, debían ser solidarios con los pobres, -a quienes debían darles la mitad de su dinero, pertenencias y alimentos-, debían evitar la comisión de fraudes, y, bajo ningún concepto, debían aprovecharse de los más débiles y marginados de la sociedad, para beneficiarse a costa de los tales (LC. 3, 10-14).
Dado que los más marginados de Palestina encontraron consuelo en la predicación del Bautista, pensaron que el hijo de Isabel era el Mesías esperado. El Bautista, en lugar de aprovecharse de su popularidad para enriquecerse, no dudó en decir que no era el Mesías a quien sus oyentes aguardaban, dado que, mientras él solo los bautizaba con agua, debían esperar a quien estaba en medio de ellos aunque no lo conocían, porque tenía el poder de bautizarlos con Espíritu Santo y fuego, -es decir, podía revestirlos con el poder de Dios, y purificarlos plenamente de sus pecados-.
Sería interesante pensar si nos parecemos a San Juan Bautista, en que, la fuerza de nuestra predicación, y el ejemplo de la vivencia de la profesión de nuestra fe, hace que, quienes nos conocen, deseen creer en Jesús, y seguirlo.
Imaginemos a Jesús en la cola de los pecadores que eran bautizados por San Juan, aguardando su turno de recibir el bautismo de dicho Profeta. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo mientras oraba, después de ser bautizado. De la misma manera que Nuestro Señor fue visitado por pastores muy pobres en el establo en que nació, no fue ungido entre los miembros de la realeza como muchos de sus hermanos de raza esperaban que sucediera, sino entre una multitud de pecadores, compuesta por pobres, enfermos, publicanos y soldados romanos, para quienes, la consecución de bienes materiales, no constituía la plena consecución de la felicidad.
El cielo se abrió antes de que el Espíritu Santo descendiera sobre Jesús. Este hecho es muy significativo. Recordemos que, cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal, les fue impedido por Dios, el acceso al mismo (GN. 3, 22-24). Una de las razones por las que el Bautista fue considerado por muchos judíos como si hubiera sido el Mesías, se basó en la creencia de que el cielo llevaba más de cuatro siglos cerrado, pues ese era el tiempo que hacía, desde que no aparecía en Israel, ningún gran profeta, que hablara en nombre de Yahveh, y denunciara las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, en contra de los pobres de Yahveh.
El hecho de que el cielo se abrió cuando Jesús estaba en oración, es digno de tener en cuenta, porque muchas veces, -cuando sufrimos-, queremos que el cielo se nos abra, para que Dios nos dé a conocer, las respuestas que anhelamos. De la misma manera que Jesús vivió durante treinta años como cualquiera de sus hermanos de raza antes de ser ungido como Mesías, antes de conocer el designio de Dios sobre la humanidad y nosotros, tenemos que estudiar su Palabra, poner en práctica cuanto aprendemos ejercitando la caridad, y orar mucho.
El Espíritu Santo bajó sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, demostrándole al Mesías, que, Nuestro Santo Padre, estaba de acuerdo con el cumplimiento de la misión que le encomendó. Ojalá nosotros fuéramos fieles discípulos del Señor, y tuviéramos la sensación de que Dios se siente feliz al ver cómo hemos sido inmiscuidos en el cumplimiento de la misión de salvar a la humanidad.
¿Para qué sirve el Sacramento del Bautismo? (CIC. n. 1229). Meditemos brevemente sobre la importancia de los elementos citados en el CIC., a la luz de la Palabra de Dios contenida en la Biblia -o Sagrada Escritura-.
El anuncio de la Palabra.
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, el texto que leemos en ROM. 10, 13-15. Aunque según la fe que profesamos quienes no forman parte de la Iglesia Católica no tienen por qué estar privados del hecho de ser salvos, los católicos, al mantener la creencia de que el conocimiento de Dios es esencial para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, tenemos el deber de predicarles la Palabra de Dios a quienes quieran conocer a Nuestro Padre común, con el fin de que sea aumentado el número de hijos de la Iglesia, nuestros nuevos hermanos con quienes hemos de compartir las creencias que mantenemos firmemente, pues las tales son la mayor riqueza que tenemos.
San Pablo nos ha hecho meditar sobre la siguiente pregunta: ¿Cómo va a proclamarse el Evangelio, si no existen los evangelizadores? Esta pregunta que puede parecernos triste al considerar que tal como está el mundo actualmente es muy difícil el hecho de que haya gente verdaderamente interesada en conocer la Palabra de Dios, debe ser respondida desde el interior de nuestros corazones, y, la respuesta a esta pregunta, podría actuar en nuestro interior como un rayo de luz en medio de la oscuridad de la noche. De la misma manera que quienes padecen depresión deben actuar para aliviar sus síntomas depresógenos en la medida que ello les sea posible en lugar de estar permanentemente pensando en sus problemas, nosotros, en lugar de decir que los religiosos son los únicos responsables de la predicación del Evangelio, y en vez de dejarles ese trabajo a otros cristianos, podríamos considerar la posibilidad de predicar el Evangelio, dado que seríamos los primeros beneficiados de ese trabajo, ya que tendríamos la obligación de conocer en profundidad la Palabra de Dios, ora para responder las preguntas de nuestros oyentes, ora para fortalecer nuestra fe, que no siempre está a la altura de la superación de las circunstancias que podemos vivir cuando menos las esperamos.
Recordemos cómo San Pablo exhortó al joven Obispo Timoteo para que predicara la Palabra de Dios, aun cuando la misma no fuera acogida debidamente entre sus oyentes (2 TIM. 4, 2).
San Pablo nos pregunta: ¿Cómo va a creer el mundo en Dios, si no ha oído el mensaje de salvación? Si la gente que os rodea no cree en Dios, ¿cómo va a ser invocado Nuestro Padre común? Es necesario que aprendamos a invocar a Dios, con el fin de que comprobemos cómo se cumple en nosotros el siguiente extracto de los Salmos, expuesto en el SAL. 4, 4.
La acogida del Evangelio que lleva a la conversión.
Si quienes hemos sido bautizados tenemos el deber de predicar el Evangelio, quienes desean recibir el citado Sacramento, tienen el deber de acoger la Palabra de Dios, en cuya existencia no sólo han de creer de palabra, pues han de aceptar la Buena Nueva de nuestra salvación, hasta tener el deseo de adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas. El Catolicismo se diferencia de otras denominaciones cristianas en que no les exige a quienes desean bautizarse un gran conocimiento de la Palabra de Dios, pues entiende que, conforme meditamos las Sagradas Escrituras diariamente, el Espíritu Santo se encarga de acrecentarnos la necesidad de conocer más y mejor a la Santísima Trinidad (PR. 2, 1-9).
La profesión de fe.
Si quienes desean bautizarse aceptan el Evangelio hasta llegar a desear acatar el cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas, los tales tienen que profesar su fe, no sólo recitando el Credo en las celebraciones eucarísticas, sino viviendo como verdaderos hijos de Dios en un mundo marcado por la carencia de fe en Nuestro Padre común. Es necesario que ningún catecúmeno tenga mucha prisa para ser bautizado, pues es importante que nuestros futuros hermanos conozcan la fe que profesamos suficientemente como para no renegar de la misma una vez que concluya su periodo formativo actual.
La preparación del Bautismo no debe consistir únicamente en la asistencia a una serie de charlas monótonas, sino en la puesta a prueba del conocimiento, los dones y virtudes de los catecúmenos, con el fin de que los mismos se bauticen teniendo bastante conocimiento de lo que es la vida cristiana, pues demasiados supuestos seguidores de Jesús hay en el mundo que adaptan la fe a sus intereses, no aman a sus prójimos los hombres, y sólo se acuerdan de Dios cuando les interesa ver milagros.
El Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, y el acceso a la comunión eucarística.
Una vez que los catecúmenos comprenden lo que comporta el hecho de abrazar nuestra fe universal, y aceptan el hecho de cumplir la voluntad de Dios en sus vidas, ya están dispuestos a ser bautizados, no sabiendo que han de olvidarse de Dios el día siguiente a la recepción de este Sacramento de iniciación cristiana, sino que el mismo es su acceso a la Iglesia, de la cual han de recibir toda la formación que necesiten para vivir como cristianos religiosos o laicos, pues todos los hijos de Dios tenemos una vocación relacionada con la salvación del mundo.
¿Para qué sirve el Bautismo?
-El Bautismo significa que nos hemos formado convenientemente para ser hijos de Dios y miembros activos de la Iglesia.
-El Bautismo significa que es posible creer en Dios a pesar de que el mundo está marcado por la desconfianza tanto en Dios como en los hombres.
-El Bautismo significa que existe la posibilidad de aplicar nuestros conocimientos recibidos de Dios y obtenidos por los científicos para solventar nuestras dificultades.
-El Bautismo significa que, independientemente del odio que pueda caracterizar determinados ambientes, es posible el hecho de que los hombres nos amemos, más allá de las diferencias que nos separan.
-El Bautismo significa que, en este mundo en que muchos no nos conocemos, tenemos la posibilidad de vivir como hermanos.
-El Bautismo significa que, en este día en que acabamos la Navidad y comenzamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, no vamos a olvidar los sentimientos que hemos experimentado ni todo lo bueno que hemos recordado y aprendido, y que vamos a intentar vivir inspirados por ese conocimiento de Dios y sus hijos los hombres, con el fin de crear una sociedad mundial más justa y equitativa. Amén.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
5. La humildad de San Juan Bautista, y el Bautismo de Jesús.
Meditación del Evangelio optativo de los Ciclos A y B, y del Evangelio del Ciclo C.
Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
¿Por qué llegaron a pensar muchos judíos que San Juan el Bautista era el Mesías -o Ungido- por Dios cuya venida esperaban fervientemente? Para responder esta pregunta, podemos recurrir a los primeros versículos del capítulo tres del tercer Evangelio, donde descubrimos que Dios no se les manifestó a las principales autoridades de Roma y Palestina, sino al hijo del sacerdote Zacarías, por causa de su humildad (LC. 3, 1-2).
La misión del Bautista está profetizada en la Profecía de Isaías, y consiste en la preparación del camino del Mesías, disponiendo a los hombres a acoger su Palabra, y a recibir el Bautismo que los hacía hijos de Dios, por medio de la recepción de un bautismo, que los comprometía a renunciar al pecado, y a vivir adaptándose, al cumplimiento de la voluntad de Yahveh (LC. 3, 3-6).
San Juan afirmaba que Dios premiaría a quienes se adaptaran al cumplimiento de sus deseos, y que condenaría a quienes le desobedecieran. Para el Bautista, no eran hijos de Abraham todos sus hermanos de raza, sino solo aquellos que cumplían la voluntad de Yahveh (LC. 3, 7-9).
¿Cómo podían los judíos cumplir la voluntad de Dios, expresada en la predicación del Bautista? San Lucas nos ofrece ejemplos de cómo el último de los Profetas instaba a sus oyentes a vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad divina. Quienes quisieran ser fieles miembros del pueblo de Yahveh, debían ser solidarios con los pobres, -a quienes debían darles la mitad de su dinero, pertenencias y alimentos-, debían evitar la comisión de fraudes, y, bajo ningún concepto, debían aprovecharse de los más débiles y marginados de la sociedad, para beneficiarse a costa de los tales (LC. 3, 10-14).
Dado que los más marginados de Palestina encontraron consuelo en la predicación del Bautista, pensaron que el hijo de Isabel era el Mesías esperado. El Bautista, en lugar de aprovecharse de su popularidad para enriquecerse, no dudó en decir que no era el Mesías a quien sus oyentes aguardaban, dado que, mientras él solo los bautizaba con agua, debían esperar a quien estaba en medio de ellos aunque no lo conocían, porque tenía el poder de bautizarlos con Espíritu Santo y fuego, -es decir, podía revestirlos con el poder de Dios, y purificarlos plenamente de sus pecados-.
Sería interesante pensar si nos parecemos a San Juan Bautista, en que, la fuerza de nuestra predicación, y el ejemplo de la vivencia de la profesión de nuestra fe, hace que, quienes nos conocen, deseen creer en Jesús, y seguirlo.
Imaginemos a Jesús en la cola de los pecadores que eran bautizados por San Juan, aguardando su turno de recibir el bautismo de dicho Profeta. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo mientras oraba, después de ser bautizado. De la misma manera que Nuestro Señor fue visitado por pastores muy pobres en el establo en que nació, no fue ungido entre los miembros de la realeza como muchos de sus hermanos de raza esperaban que sucediera, sino entre una multitud de pecadores, compuesta por pobres, enfermos, publicanos y soldados romanos, para quienes, la consecución de bienes materiales, no constituía la plena consecución de la felicidad.
El cielo se abrió antes de que el Espíritu Santo descendiera sobre Jesús. Este hecho es muy significativo. Recordemos que, cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal, les fue impedido por Dios, el acceso al mismo (GN. 3, 22-24). Una de las razones por las que el Bautista fue considerado por muchos judíos como si hubiera sido el Mesías, se basó en la creencia de que el cielo llevaba más de cuatro siglos cerrado, pues ese era el tiempo que hacía, desde que no aparecía en Israel, ningún gran profeta, que hablara en nombre de Yahveh, y denunciara las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, en contra de los pobres de Yahveh.
El hecho de que el cielo se abrió cuando Jesús estaba en oración, es digno de tener en cuenta, porque muchas veces, -cuando sufrimos-, queremos que el cielo se nos abra, para que Dios nos dé a conocer, las respuestas que anhelamos. De la misma manera que Jesús vivió durante treinta años como cualquiera de sus hermanos de raza antes de ser ungido como Mesías, antes de conocer el designio de Dios sobre la humanidad y nosotros, tenemos que estudiar su Palabra, poner en práctica cuanto aprendemos ejercitando la caridad, y orar mucho.
El Espíritu Santo bajó sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, demostrándole al Mesías, que, Nuestro Santo Padre, estaba de acuerdo con el cumplimiento de la misión que le encomendó. Ojalá nosotros fuéramos fieles discípulos del Señor, y tuviéramos la sensación de que Dios se siente feliz al ver cómo hemos sido inmiscuidos en el cumplimiento de la misión de salvar a la humanidad.
¿Para qué sirve el Sacramento del Bautismo? (CIC. n. 1229). Meditemos brevemente sobre la importancia de los elementos citados en el CIC., a la luz de la Palabra de Dios contenida en la Biblia -o Sagrada Escritura-.
El anuncio de la Palabra.
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, el texto que leemos en ROM. 10, 13-15. Aunque según la fe que profesamos quienes no forman parte de la Iglesia Católica no tienen por qué estar privados del hecho de ser salvos, los católicos, al mantener la creencia de que el conocimiento de Dios es esencial para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, tenemos el deber de predicarles la Palabra de Dios a quienes quieran conocer a Nuestro Padre común, con el fin de que sea aumentado el número de hijos de la Iglesia, nuestros nuevos hermanos con quienes hemos de compartir las creencias que mantenemos firmemente, pues las tales son la mayor riqueza que tenemos.
San Pablo nos ha hecho meditar sobre la siguiente pregunta: ¿Cómo va a proclamarse el Evangelio, si no existen los evangelizadores? Esta pregunta que puede parecernos triste al considerar que tal como está el mundo actualmente es muy difícil el hecho de que haya gente verdaderamente interesada en conocer la Palabra de Dios, debe ser respondida desde el interior de nuestros corazones, y, la respuesta a esta pregunta, podría actuar en nuestro interior como un rayo de luz en medio de la oscuridad de la noche. De la misma manera que quienes padecen depresión deben actuar para aliviar sus síntomas depresógenos en la medida que ello les sea posible en lugar de estar permanentemente pensando en sus problemas, nosotros, en lugar de decir que los religiosos son los únicos responsables de la predicación del Evangelio, y en vez de dejarles ese trabajo a otros cristianos, podríamos considerar la posibilidad de predicar el Evangelio, dado que seríamos los primeros beneficiados de ese trabajo, ya que tendríamos la obligación de conocer en profundidad la Palabra de Dios, ora para responder las preguntas de nuestros oyentes, ora para fortalecer nuestra fe, que no siempre está a la altura de la superación de las circunstancias que podemos vivir cuando menos las esperamos.
Recordemos cómo San Pablo exhortó al joven Obispo Timoteo para que predicara la Palabra de Dios, aun cuando la misma no fuera acogida debidamente entre sus oyentes (2 TIM. 4, 2).
San Pablo nos pregunta: ¿Cómo va a creer el mundo en Dios, si no ha oído el mensaje de salvación? Si la gente que os rodea no cree en Dios, ¿cómo va a ser invocado Nuestro Padre común? Es necesario que aprendamos a invocar a Dios, con el fin de que comprobemos cómo se cumple en nosotros el siguiente extracto de los Salmos, expuesto en el SAL. 4, 4.
La acogida del Evangelio que lleva a la conversión.
Si quienes hemos sido bautizados tenemos el deber de predicar el Evangelio, quienes desean recibir el citado Sacramento, tienen el deber de acoger la Palabra de Dios, en cuya existencia no sólo han de creer de palabra, pues han de aceptar la Buena Nueva de nuestra salvación, hasta tener el deseo de adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas. El Catolicismo se diferencia de otras denominaciones cristianas en que no les exige a quienes desean bautizarse un gran conocimiento de la Palabra de Dios, pues entiende que, conforme meditamos las Sagradas Escrituras diariamente, el Espíritu Santo se encarga de acrecentarnos la necesidad de conocer más y mejor a la Santísima Trinidad (PR. 2, 1-9).
La profesión de fe.
Si quienes desean bautizarse aceptan el Evangelio hasta llegar a desear acatar el cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas, los tales tienen que profesar su fe, no sólo recitando el Credo en las celebraciones eucarísticas, sino viviendo como verdaderos hijos de Dios en un mundo marcado por la carencia de fe en Nuestro Padre común. Es necesario que ningún catecúmeno tenga mucha prisa para ser bautizado, pues es importante que nuestros futuros hermanos conozcan la fe que profesamos suficientemente como para no renegar de la misma una vez que concluya su periodo formativo actual.
La preparación del Bautismo no debe consistir únicamente en la asistencia a una serie de charlas monótonas, sino en la puesta a prueba del conocimiento, los dones y virtudes de los catecúmenos, con el fin de que los mismos se bauticen teniendo bastante conocimiento de lo que es la vida cristiana, pues demasiados supuestos seguidores de Jesús hay en el mundo que adaptan la fe a sus intereses, no aman a sus prójimos los hombres, y sólo se acuerdan de Dios cuando les interesa ver milagros.
El Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, y el acceso a la comunión eucarística.
Una vez que los catecúmenos comprenden lo que comporta el hecho de abrazar nuestra fe universal, y aceptan el hecho de cumplir la voluntad de Dios en sus vidas, ya están dispuestos a ser bautizados, no sabiendo que han de olvidarse de Dios el día siguiente a la recepción de este Sacramento de iniciación cristiana, sino que el mismo es su acceso a la Iglesia, de la cual han de recibir toda la formación que necesiten para vivir como cristianos religiosos o laicos, pues todos los hijos de Dios tenemos una vocación relacionada con la salvación del mundo.
¿Para qué sirve el Bautismo?
-El Bautismo significa que nos hemos formado convenientemente para ser hijos de Dios y miembros activos de la Iglesia.
-El Bautismo significa que es posible creer en Dios a pesar de que el mundo está marcado por la desconfianza tanto en Dios como en los hombres.
-El Bautismo significa que existe la posibilidad de aplicar nuestros conocimientos recibidos de Dios y obtenidos por los científicos para solventar nuestras dificultades.
-El Bautismo significa que, independientemente del odio que pueda caracterizar determinados ambientes, es posible el hecho de que los hombres nos amemos, más allá de las diferencias que nos separan.
-El Bautismo significa que, en este mundo en que muchos no nos conocemos, tenemos la posibilidad de vivir como hermanos.
-El Bautismo significa que, en este día en que acabamos la Navidad y comenzamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, no vamos a olvidar los sentimientos que hemos experimentado ni todo lo bueno que hemos recordado y aprendido, y que vamos a intentar vivir inspirados por ese conocimiento de Dios y sus hijos los hombres, con el fin de crear una sociedad mundial más justa y equitativa. Amén.
José Portillo Pérez.
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