Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).
2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.
Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).
Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).
3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.
¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.
Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.
Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo A.
Meditación.
1. Una de las enseñanzas principales que nos inculca la Iglesia en el tiempo de Pascua consiste en concienciarnos de que estamos estrechamente relacionados con la Santísima Trinidad, y que el citado vínculo que nos une es el Sacramento del Bautismo. La Iglesia Católica bautiza a sus fieles en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (MT. 28, 19), así pues, marcando la diferencia con respecto al bautismo de Juan que acercaba a los pecadores a Dios obteniéndoles el perdón de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Israel (MC. 1, 4-5), el Sacramento con que iniciamos nuestra vida cristiana, nos obtiene la filiación divina. El Dios Trinidad no está aislado, así pues, el hecho de que tres Personas sean una misma Deidad, nos induce a pensar en un Dios que constituye por Sí mismo una Familia, de la que somos miembros, porque hemos recibido el Sacramento del Bautismo. La Iglesia desea que tanto los niños que son bautizados con uso de razón como los adultos que reciben este Sacramento sean conscientes del compromiso que ello significa para los tales de convertir el cumplimiento de la voluntad de Dios en la principal meta que han de alcanzar durante su vida terrena. Dios no nos pide a los bautizados que hagamos obras extraordinarias ni que seamos perfectos simplemente porque ello escapa a nuestras posibilidades, pero quiere que hagamos rendir los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, mejorando como personas cristianas, sirviendo a nuestros prójimos, y adorando a la Santísima Trinidad.
El Sacramento sobre el que estamos meditando es un don divino, por cuanto, al recibirlo, le pedimos a Nuestro Padre común que nos libre de nuestras imperfecciones y nos perdone las transgresiones en el cumplimiento de su Ley que llevamos a cabo, así pues, en los casos en que se bautizan niños pequeños, es conveniente que los padres y padrinos de los mismos, en nombre de los niños, asuman el compromiso de hacer de ellos fieles discípulos de Jesús. A través del Bautismo le pedimos a Dios que nos perdone, y que nos cure de nuestras enfermedades, y, Nuestro Padre común, nos inicia en el camino de la santificación, y nos concede la vida eterna. La Iglesia desea que todos los que han sido bautizados sean conscientes de que el Bautismo es un don divino, pero no hemos de olvidar que este Sacramento también es un compromiso, así pues, si por este Sacramento de iniciación cristiana Dios nos libra del castigo que merecemos por transgredir su Ley, de las enfermedades que padecemos y de la muerte eterna, no debemos olvidar que es de bien nacidos el ser agradecidos, es decir, que hemos de agradecerle a Nuestro Padre común el amor que nos ha manifestado al hacernos hijos suyos, y al permitir que Jesús fuera crucificado para demostrarnos su gran amor.
2. La primera lectura de hoy es un fragmento del primer canto del siervo de Dios que se nos transmite en el libro de Isaías. Nuestro Padre común habló con Jesús, y también se nos manifiesta a quienes le servimos en las personas de nuestros prójimos. El Señor sostiene a su siervo. Dios quiere que admiremos a su siervo, a quien Él sostiene, el elegido en quien se complace. Sabemos que Dios nos sostiene porque vivimos y cumplimos su voluntad ya que desea que seamos seguidores de Jesús. Todos sabemos lo que nos sucedería en un instante si Nuestro Padre común no quisiera mantenernos vivos, y que aumenta en nosotros el deseo de vivir y obtener su perfección, a través de los acontecimientos que conforman nuestras vidas.
Dios se complace en nosotros, así pues, a Él no le incumben nuestros fracasos, se olvida de las veces que le desobedecemos, y se gloría eternamente cuando hacemos lo que quiere que hagamos para santificarnos a nosotros y a quienes favorecemos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Dios ha puesto su Espíritu sobre nosotros para que impartamos su justicia con equidad. Hemos superado etapas difíciles en el transcurso de nuestras vidas. Tenemos en nuestros corazones una fuerza inmensa que nos impulsa a lograr las metas que nos proponemos alcanzar, y, cuando nos esforzamos para conseguir lo que nos proponemos, ese amor de Dios que opera en nuestro espíritu misteriosamente, lima las asperezas del monte de nuestras dificultades. Esto lo sabéis muy bien quienes, sin necesidad de llevar a cabo vuestras actividades pastorales, os habéis puesto al servicio de Dios sin pedirle a Nuestro Padre común nada a cambio de vuestra generosidad, a pesar de que os recompensará por ello a su debido tiempo.
Los siervos de Dios no gritamos, no exigimos que nadie se una a nosotros, no forzamos a nadie a que se una a Jesús, porque somos humildes, y sabemos que actuamos como creyentes que el Espíritu utiliza eficazmente para reunir a los hijos del Señor.
Los siervos de Dios no crecemos arrebatándoles la felicidad a quienes son más débiles y sufren más de lo que hayamos podido adolecernos nunca por ninguna circunstancia dramática. Somos buenos luchadores en conformidad con la fe que profesamos, y, en virtud de ello, sólo descansaremos cuando hayamos logrado que toda la humanidad se haya convertido al Evangelio.
El Señor nos ha llamado, nos ha cogido de la mano, y nos ha destinado a ser diferentes a nuestros prójimos, porque somos aptos para cumplir la misión que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Debemos abrir los ojos de aquellos ciegos que cometen errores, tenemos que ayudar a sacar de la cárcel del mal a quienes no saben amar ni ser amados, y tenemos que hacer que los enfermos se levanten y caminen impulsados por nuestras palabras curativas y esperanzadoras. ¡Devolvamos al camino de Dios a quienes cayeron en el abismo!
3. La Iglesia desea que los niños sean bautizados a su edad más temprana para que no fallezcan sin haber sido ungidos -o marcados- como discípulos de Jesús. Sabemos perfectamente que con el gesto de bautizar a los niños no se pretende evitar que los mismos sean víctimas de las desgracias que temen muchos supersticiosos, víctimas del desconocimiento de la doctrina de la Iglesia y de la Palabra de Dios contenida en la Biblia, así pues, al bautizar a los mismos se pretende que no perezcan sin ser hijos de Nuestro Padre común. La Iglesia entiende que, cuando los niños empiezan a tener uso de razón, han de ir asimilando las verdades fundamentales de nuestra fe, así pues, son muchos los padres que, según los niños pequeños empiezan a pronunciar algunas palabras, les enseñan algunas oraciones sencillas, para que se familiaricen con Dios.
4. Estamos acostumbrados a hablar de Dios pensando en Nuestro Padre común, y a hablar del Hijo de Dios, cuando pensamos en Jesús. ¿Hablamos del Espíritu Santo? El Paráclito -o Defensor- es el amor que emana del Padre y del Hijo, y el Hijo es la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo. ¿Nos acordamos durante todo el año del Espíritu Santo, o sólo tenemos presente el amor de Dios en la fiesta de Pentecostés? Dios es Nuestro Creador y Jesús es Nuestro Redentor, pero, el Espíritu Santo, es la fuente de la que recibimos los dones y virtudes que hemos obtenido de la Santísima Trinidad. Propongámonos abarcar a Dios como Trinidad Beatísima, como Familia íntimamente unida, y no como dos Personas aisladas, sin el amor -el Espíritu- que proceda de las mismas, que haga de su íntima unión un lazo que una en torno a Sí a toda la humanidad.
5. Soy testigo de que muchos catequistas de niños y adultos lo pasan mal a la hora de transmitirles a sus oyentes la fe de la Iglesia. Los catequistas que tienen que inculcarles la doctrina de la Iglesia y la Palabra de Dios a los niños de primera Comunión lo pasan mal si pretenden enseñar a los niños el menor rato posible y hacer que se aprendan el temario que han de estudiar forzándolos a leer mucho, sin que comprendan nada al estar agobiados. Si no estamos dispuestos a aceptar a Dios, de nada les servirá su esfuerzo a quienes quieran enseñar las verdades fundamentales de nuestra fe a la fuerza.
6. Los Sacramentos sólo son motivos celebrativos para muchos de nuestros hermanos. El Bautismo sólo es para muchos la celebración con que uno de sus hijos inicia su vida. La primera Comunión sólo es para ellos un motivo que les induce a gastar grandes cantidades de dinero, aunque les ayuda a amar más a sus descendientes, pues meditan sobre lo bueno y adverso que ha sucedido en la vida de su prole. El Matrimonio es para ellos la comunicación pública de que son honrados porque se han casado ante sus seres queridos y la Iglesia, indicando -o pretendiendo- hacer saber que han cumplido todas las prescripciones que se puedan imaginar. ¿Por qué será que el blanco en los trajes de novia no indica pureza y sólo constituye un color marcado por una moda que se está extinguiendo?
Yo imagino que cuando mis padres me bautizaron debí llorar apenas sentí el agua sobre mi cabeza que previamente había sido calentada para evitarme una desagradable sensación de frío. Me bautizaron, según consta en el registro de bautismos de la Iglesia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), el 19 de marzo del año 1977, día en que se celebró a San José, padre adoptivo de Jesús. Durante muchos años no sentí la presencia de Dios en mi vida, pero el Señor ha hecho de mí un seguidor de Jesús, y os aseguro que no estoy arrepentido de que mis padres y padrinos me presentaran ante el Señor sin interrogarme.
Notas:
1. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas de los Ciclos A, B y C de la presente fiesta, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor, del Ciclo C.
2. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas optativas de los Ciclos A y B, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Una de las enseñanzas principales que nos inculca la Iglesia en el tiempo de Pascua consiste en concienciarnos de que estamos estrechamente relacionados con la Santísima Trinidad, y que el citado vínculo que nos une es el Sacramento del Bautismo. La Iglesia Católica bautiza a sus fieles en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (MT. 28, 19), así pues, marcando la diferencia con respecto al bautismo de Juan que acercaba a los pecadores a Dios obteniéndoles el perdón de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Israel (MC. 1, 4-5), el Sacramento con que iniciamos nuestra vida cristiana, nos obtiene la filiación divina. El Dios Trinidad no está aislado, así pues, el hecho de que tres Personas sean una misma Deidad, nos induce a pensar en un Dios que constituye por Sí mismo una Familia, de la que somos miembros, porque hemos recibido el Sacramento del Bautismo. La Iglesia desea que tanto los niños que son bautizados con uso de razón como los adultos que reciben este Sacramento sean conscientes del compromiso que ello significa para los tales de convertir el cumplimiento de la voluntad de Dios en la principal meta que han de alcanzar durante su vida terrena. Dios no nos pide a los bautizados que hagamos obras extraordinarias ni que seamos perfectos simplemente porque ello escapa a nuestras posibilidades, pero quiere que hagamos rendir los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, mejorando como personas cristianas, sirviendo a nuestros prójimos, y adorando a la Santísima Trinidad.
El Sacramento sobre el que estamos meditando es un don divino, por cuanto, al recibirlo, le pedimos a Nuestro Padre común que nos libre de nuestras imperfecciones y nos perdone las transgresiones en el cumplimiento de su Ley que llevamos a cabo, así pues, en los casos en que se bautizan niños pequeños, es conveniente que los padres y padrinos de los mismos, en nombre de los niños, asuman el compromiso de hacer de ellos fieles discípulos de Jesús. A través del Bautismo le pedimos a Dios que nos perdone, y que nos cure de nuestras enfermedades, y, Nuestro Padre común, nos inicia en el camino de la santificación, y nos concede la vida eterna. La Iglesia desea que todos los que han sido bautizados sean conscientes de que el Bautismo es un don divino, pero no hemos de olvidar que este Sacramento también es un compromiso, así pues, si por este Sacramento de iniciación cristiana Dios nos libra del castigo que merecemos por transgredir su Ley, de las enfermedades que padecemos y de la muerte eterna, no debemos olvidar que es de bien nacidos el ser agradecidos, es decir, que hemos de agradecerle a Nuestro Padre común el amor que nos ha manifestado al hacernos hijos suyos, y al permitir que Jesús fuera crucificado para demostrarnos su gran amor.
2. La primera lectura de hoy es un fragmento del primer canto del siervo de Dios que se nos transmite en el libro de Isaías. Nuestro Padre común habló con Jesús, y también se nos manifiesta a quienes le servimos en las personas de nuestros prójimos. El Señor sostiene a su siervo. Dios quiere que admiremos a su siervo, a quien Él sostiene, el elegido en quien se complace. Sabemos que Dios nos sostiene porque vivimos y cumplimos su voluntad ya que desea que seamos seguidores de Jesús. Todos sabemos lo que nos sucedería en un instante si Nuestro Padre común no quisiera mantenernos vivos, y que aumenta en nosotros el deseo de vivir y obtener su perfección, a través de los acontecimientos que conforman nuestras vidas.
Dios se complace en nosotros, así pues, a Él no le incumben nuestros fracasos, se olvida de las veces que le desobedecemos, y se gloría eternamente cuando hacemos lo que quiere que hagamos para santificarnos a nosotros y a quienes favorecemos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Dios ha puesto su Espíritu sobre nosotros para que impartamos su justicia con equidad. Hemos superado etapas difíciles en el transcurso de nuestras vidas. Tenemos en nuestros corazones una fuerza inmensa que nos impulsa a lograr las metas que nos proponemos alcanzar, y, cuando nos esforzamos para conseguir lo que nos proponemos, ese amor de Dios que opera en nuestro espíritu misteriosamente, lima las asperezas del monte de nuestras dificultades. Esto lo sabéis muy bien quienes, sin necesidad de llevar a cabo vuestras actividades pastorales, os habéis puesto al servicio de Dios sin pedirle a Nuestro Padre común nada a cambio de vuestra generosidad, a pesar de que os recompensará por ello a su debido tiempo.
Los siervos de Dios no gritamos, no exigimos que nadie se una a nosotros, no forzamos a nadie a que se una a Jesús, porque somos humildes, y sabemos que actuamos como creyentes que el Espíritu utiliza eficazmente para reunir a los hijos del Señor.
Los siervos de Dios no crecemos arrebatándoles la felicidad a quienes son más débiles y sufren más de lo que hayamos podido adolecernos nunca por ninguna circunstancia dramática. Somos buenos luchadores en conformidad con la fe que profesamos, y, en virtud de ello, sólo descansaremos cuando hayamos logrado que toda la humanidad se haya convertido al Evangelio.
El Señor nos ha llamado, nos ha cogido de la mano, y nos ha destinado a ser diferentes a nuestros prójimos, porque somos aptos para cumplir la misión que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Debemos abrir los ojos de aquellos ciegos que cometen errores, tenemos que ayudar a sacar de la cárcel del mal a quienes no saben amar ni ser amados, y tenemos que hacer que los enfermos se levanten y caminen impulsados por nuestras palabras curativas y esperanzadoras. ¡Devolvamos al camino de Dios a quienes cayeron en el abismo!
3. La Iglesia desea que los niños sean bautizados a su edad más temprana para que no fallezcan sin haber sido ungidos -o marcados- como discípulos de Jesús. Sabemos perfectamente que con el gesto de bautizar a los niños no se pretende evitar que los mismos sean víctimas de las desgracias que temen muchos supersticiosos, víctimas del desconocimiento de la doctrina de la Iglesia y de la Palabra de Dios contenida en la Biblia, así pues, al bautizar a los mismos se pretende que no perezcan sin ser hijos de Nuestro Padre común. La Iglesia entiende que, cuando los niños empiezan a tener uso de razón, han de ir asimilando las verdades fundamentales de nuestra fe, así pues, son muchos los padres que, según los niños pequeños empiezan a pronunciar algunas palabras, les enseñan algunas oraciones sencillas, para que se familiaricen con Dios.
4. Estamos acostumbrados a hablar de Dios pensando en Nuestro Padre común, y a hablar del Hijo de Dios, cuando pensamos en Jesús. ¿Hablamos del Espíritu Santo? El Paráclito -o Defensor- es el amor que emana del Padre y del Hijo, y el Hijo es la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo. ¿Nos acordamos durante todo el año del Espíritu Santo, o sólo tenemos presente el amor de Dios en la fiesta de Pentecostés? Dios es Nuestro Creador y Jesús es Nuestro Redentor, pero, el Espíritu Santo, es la fuente de la que recibimos los dones y virtudes que hemos obtenido de la Santísima Trinidad. Propongámonos abarcar a Dios como Trinidad Beatísima, como Familia íntimamente unida, y no como dos Personas aisladas, sin el amor -el Espíritu- que proceda de las mismas, que haga de su íntima unión un lazo que una en torno a Sí a toda la humanidad.
5. Soy testigo de que muchos catequistas de niños y adultos lo pasan mal a la hora de transmitirles a sus oyentes la fe de la Iglesia. Los catequistas que tienen que inculcarles la doctrina de la Iglesia y la Palabra de Dios a los niños de primera Comunión lo pasan mal si pretenden enseñar a los niños el menor rato posible y hacer que se aprendan el temario que han de estudiar forzándolos a leer mucho, sin que comprendan nada al estar agobiados. Si no estamos dispuestos a aceptar a Dios, de nada les servirá su esfuerzo a quienes quieran enseñar las verdades fundamentales de nuestra fe a la fuerza.
6. Los Sacramentos sólo son motivos celebrativos para muchos de nuestros hermanos. El Bautismo sólo es para muchos la celebración con que uno de sus hijos inicia su vida. La primera Comunión sólo es para ellos un motivo que les induce a gastar grandes cantidades de dinero, aunque les ayuda a amar más a sus descendientes, pues meditan sobre lo bueno y adverso que ha sucedido en la vida de su prole. El Matrimonio es para ellos la comunicación pública de que son honrados porque se han casado ante sus seres queridos y la Iglesia, indicando -o pretendiendo- hacer saber que han cumplido todas las prescripciones que se puedan imaginar. ¿Por qué será que el blanco en los trajes de novia no indica pureza y sólo constituye un color marcado por una moda que se está extinguiendo?
Yo imagino que cuando mis padres me bautizaron debí llorar apenas sentí el agua sobre mi cabeza que previamente había sido calentada para evitarme una desagradable sensación de frío. Me bautizaron, según consta en el registro de bautismos de la Iglesia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), el 19 de marzo del año 1977, día en que se celebró a San José, padre adoptivo de Jesús. Durante muchos años no sentí la presencia de Dios en mi vida, pero el Señor ha hecho de mí un seguidor de Jesús, y os aseguro que no estoy arrepentido de que mis padres y padrinos me presentaran ante el Señor sin interrogarme.
Notas:
1. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas de los Ciclos A, B y C de la presente fiesta, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor, del Ciclo C.
2. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas optativas de los Ciclos A y B, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
José Portillo Pérez.
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