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Mi Dios, mi fe, mi vida. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Mi Dios, mi fe, mi vida.

   Los cristianos practicantes hemos optado en nuestra vida por seguir a Cristo. Al hablar de cristianos practicantes, no pretendo mencionar a quienes creen que cumplen con Dios sólo porque asisten a la Eucaristía dominical y después de salir del Templo no se toman la molestia de llevarles el Verbo de Dios a sus prójimos, pues me refiero a quienes vivimos para alabar a Dios, según decimos al celebrar la Liturgia de la Eucaristía, "por Cristo, con Él y en Él". Esta opción de vida que nos ha inspirado el Espíritu Santo hace que quienes no comprenden la forma según la cual nos entregamos a servir a Nuestro Padre y Dios se hagan muchas preguntas. Uno de esos interrogantes que inquieta a los no creyentes es el siguiente: Ya que la Iglesia no permite que los feligreses de la misma se expresen libremente con respecto a la contradicción de sus dogmas, ¿debemos considerar que Dios utiliza la fe para coartar nuestra libertad? Nuestro seguimiento con respecto a Jesucristo se fundamenta en que uno de nuestros principales objetivos consiste en convertirnos a través de la acción del Espíritu Santo en predicadores de la Palabra de Dios, así pues, con respecto a las creencias anticristianas, nos aplicamos las siguientes palabras que Dios le dirigió al predicador Jeremías en un momento en que el Profeta sufrió una gran crisis de fe: (JER. 15, 19). A pesar del significado literal de las palabras proféticas que hemos extraído de la Sagrada Biblia, cada día somos más los cristianos que optamos por respetar la libertad de quienes rechazan nuestras creencias, exceptuando las prácticas injustas que se llevan a cabo diariamente en nuestra sociedad.

   Deseamos ser transmisores de la Palabra de Dios porque queremos ser imitadores de Jesús de Nazaret, el enviado de Dios de quien San Juan escribió: (JN. 1, 1-2).

   Con respecto a la pregunta que estamos meditando, Dios nos propone que nos convirtamos a Él, pero no nos obliga a creer en su Palabra. Cuando Nuestro Padre celestial creó el Universo, creó al hombre libre, así pues, si Adán y Eva hubiesen estado sometidos a Nuestro Creador, hubieran carecido de libertad para alimentar la soberbia que les convirtió en los primeros que contradijeron al Todopoderoso, según palabras de Isaías: (IS. 55, 8).

   Si nos basamos en la creencia de que Dios no manipula la libertad que Él mismo nos concedió al crear el género humano, podemos comprender, en cierta forma, parte del significado teológico que le atribuimos a la adversidad que atañe a nuestra vida. Algunas cosas nos suceden para que aprendamos a ser fuertes, son sucesos que no podemos evitar, pero ¿pensamos que debemos reconocernos culpables de los sentimientos que nos causan hechos como las opiniones de nuestros familiares, amigos y jefes con respecto a nuestra forma de actuar?

    Es curioso constatar cómo teniendo un gran deseo de alcanzar la plenitud de la felicidad, muchos de nosotros corremos el riesgo de acabar consiguiendo justamente lo que más se contrapone a nuestras aspiraciones. Cuando el Profeta Jeremías era oprimido por sus enemigos, se dirigía a Dios en estos términos: (JER. 15, 15-16).

   Jeremías también exclamó en cierta ocasión: (JER. 20, 7. 9).

    A veces creo que Dios debe reírse mucho cuando queremos que manipule nuestra mala salud, que nos busque un buen trabajo y que de paso nos ponga algo de amor en nuestro camino, y no queremos serle dóciles ejercitando los dones y virtudes que Nuestro Padre nos ha concedido actuando consecuentemente para mejorar nuestra salud, alcanzarnos el éxito profesional y para que podamos aprender que la clave del amor radica en que es tan importante dar como recibir.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La importancia de la fe. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La importancia de la fe.

   Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".

   De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).

   En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".

   Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:

   1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.

   2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.

   Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).

   ¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?

   ¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?

   Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.

   ¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.

   Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.

   (HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.

   (HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).

   De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).

   Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).

   ¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.

   ¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).

   ¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).

   Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.

   San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).

   Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.

   (ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).

   San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).

   ¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).

   Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).

   Dios le dijo a su Profeta:

   1. Conviértete a mí.

   2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.

   3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.

   4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:

   Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte,   apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).

   Meditación.

   1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.

   2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.

   En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios.    San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.

   Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.

   ¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?

   Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.

   A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI

   Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos.    Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.

   ¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?

   3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.

   4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.

   Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación.

   1. Pronto interrumpiremos la conmemoración de las ferias del Tiempo Ordinario de este año para comenzar el tiempo de Cuaresma. Al igual que el Adviento, las semanas que preceden al Triduo de Pascua y a la Pascua, nos evocan nuestra conversión. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice que, al estar íntimamente vinculados a Dios, somos el centro del universo. Esta realidad tan atractiva, significa una gran responsabilidad para nosotros, pues nos hace constatar que Nuestro Padre común nos ha dotado de una libertad, que debemos aprovechar convenientemente, para crecer como personas cristianas, como gente de este mundo, a pesar de que somos peregrinos que caminamos hacia un mundo nuevo, que nos estamos creando, con nuestras obras, palabras, y, oraciones.

   Nuestro origen humano es indiscutible, pero, al comparar nuestra fragilidad con la omnipotencia de Dios, David le preguntó a Nuestro Criador: (SAL. 5, 4). Estamos tan acostumbrados a tener a Dios como a un Padre olvidado, y estamos tan sumidos en el progreso material de la sociedad en que vivimos, que, con la excepción de que suframos carencias temporales o de que enfermemos gravemente, no nos acordamos de nuestra debilidad, no porque nuestra fe suple nuestros defectos, sino porque no nos sentimos necesitados de Dios. Vivimos en un mundo que se está pluralizando, y, la Filosofía y la Psicología, al no poder estar dirigidas a instruirnos en una creencia generalizada, están siendo utilizadas para fomentar el amor que debemos sentir por nosotros mismos, por lo que, lamentablemente, en la sociedad cuyo afán competitivo es ilimitado, nos estamos olvidando de nuestros prójimos los hombres. Jesús nos dice que somos la sal y la luz de la gran ciudad del mundo, pero no somos felices, porque, no podemos darle sabor y luminosidad a nuestra vida, si vivimos aislados, paradójicamente, en una sociedad que dispone de muchos medios para comunicarnos con nuestros prójimos.

   2. Somos muchos los católicos que nos hemos acostumbrado a asistir a la celebración de la Eucaristía semanal de los Domingos, pero, lamentablemente, no todos conocemos a Jesús. A pesar de que el pasado Domingo meditamos las Bienaventuranzas, estoy completamente seguro de que, muchos católicos no saben en qué capítulo de San Mateo o de San Lucas se encuentran las citadas máximas de Nuestro Maestro.

   ¿Qué diría Jesús si volviera hoy en su Parusía y viera que la Eucaristía sólo es un acto rutinario para nosotros?

   ¿Por qué somos cristianos si no sabemos lo que Dios quiere de nosotros?

   Un cristiano que no conoce sus creencias es semejante a un científico que desconoce su trabajo.

   3. Paralelamente a nuestros ciclos formativos, es muy importante que ejercitemos los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo, participando, por ejemplo, en diversas actividades que se pueden programar en nuestras comunidades físicas yo virtuales. Pueden constituirse grupos de oración para rezar el Santo Rosario una vez a la semana, se pueden crear grupos de Catequesis o de Liturgia, se pueden crear asociaciones para recabar fondos económicos para realizar actividades en países subdesarrollados, etcétera. Yo he sido catequista de niños, adolescentes y adultos, y, desde hace más de tres años, evangelizo a través de la red, y me dedico a escuchar a quienes se sienten tristes, a través de la cuenta de Skype:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
y os puedo asegurar que Dios me ha dado frutos como para superar miles de veces las buenas obras que he realizado. Estas actividades nos instan a olvidar el egoísmo, y nos enseñan a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos, y, a Nuestro Padre común.

   4. La formación y la acción cristianas carecen de sentido si no se basan en la oración, de la misma forma que, las Bienaventuranzas, carecen de sentido, al no ser explicadas por el sermón del monte. Orar es hablar con Dios como lo hacemos con quienes se sientan con nosotros en nuestro hogar, una experiencia inolvidable e inexplicable, que sólo puede ser comprendida, por quienes la viven.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Por qué seguimos los católicos a Jesús? (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   ¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?

   La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.

   La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.

   Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.

   Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.

   ¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).

   Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?

   Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.

   Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.

  ¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
   ¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.

   Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.

   Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.

   ¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   1. Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos.

   Estimados hermanos y amigos:

   Aunque la primera lectura correspondiente a la Solemnidad que estamos celebrando sólo abarca los versículos 9-15 y 20 del capítulo 3 del primer libro de la Biblia, he creído necesario comentar los primeros veinte versículos, para así poder reflexionar mejor, sobre el papel que desempeña Nuestra Santa Madre, en la redención de la humanidad.

   ¿Con qué finalidad creó Dios a la humanidad? Dios creó el universo, y vio que estaba bien, -es decir, que su obra existía, de acuerdo con el propósito con que la creó- (GN. 1, 31). Dios no creó el universo casualmente, sino que lo hizo con el propósito de contribuir a la creación de un Reino, en que habitaran el amor, la paz y la armonía.

   Dios creó ángeles para que nos sirvieran a Él y a los hombres (HEB. 1, 7. 14). Dios no hizo de los ángeles esclavos, sino que los dotó de la libertad necesaria para que eligieran servirlo, o rechazarlo. En el libro de Job, vemos cómo se alegraron los ángeles, cuando Nuestro Santo Padre creó la tierra (JOB. 38, 4-7).

   De la misma manera que muchos hombres rechazan a Dios, también hubo ángeles que se revelaron contra Nuestro Padre común (AP. 12, 3-4).

   Al igual que los ángeles, los hombres también fueron creados para servir y glorificar a Dios. Esta es la causa por la que en la Biblia se describe la creación del género humano, y Dios hace que los hombres dominen la tierra, haciéndoles conocer el amor con que les ama, haciéndolos copartícipes con Cristo de su futuro Reino mesiánico (GN. 1, 26-28).

   Aunque Dios le concedió al hombre poder sobre la creación, le impuso una prueba, para que le mostrara lealtad. Tal prueba consistía en que el hombre le permaneciera fiel, no haciendo de la soberbia su propia divinidad (GN. 2, 16-17).

   Adán y Eva fueron creados en estado puro, -es decir, nuestros primeros padres, no estaban marcados por la mácula del pecado- (GN. 2, 25). Tal desnudez, ha de ser entendida en el sentido de que ambos eran inocentes, pues no habían pecado.

   Adán y Eva tenían que cuidar el jardín en que Dios los puso mientras probaba su fidelidad a Él, pero, ¿hasta cuándo se prolongó la buena relación existente entre la Suma Divinidad y nuestros primeros padres?

   (GN. 3, 1). La serpiente es un símbolo del Demonio o Satanás. Tal como vimos anteriormente, Dios les prohibió a Adán y a Eva que se alimentaran del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y no de los frutos del resto de los árboles del Edén. Notemos cómo Satanás utilizó una pregunta engañosa con el doble propósito de granjearse la confianza de Eva, y de empezar a hacerla sentirse mal, por vivir sometida a Dios.

   ¿Por qué engañó el Diablo a Eva, en lugar de llevarse a Adán a su terreno? Los hebreos consideraban que los hombres eran superiores a las mujeres en todos los aspectos. Esta es la razón por la que, el autor del texto sagrado, culpó a Eva, de que el pecado y el sufrimiento, entraran en el mundo (GN. 3, 2-5).

   ¿Por qué quiso el Demonio engañar a Adán y a Eva? Al revelarse contra Dios, Satanás, -a pesar de que sabía -y no ignora- que tiene la guerra contra Dios perdida, tiene el empeño de enemistar a los hombres con la Suma Divinidad. Esta es la razón por la que el Demonio le dijo a Eva que ni Adán ni ella necesitaban vivir sujetos a Dios, sino que debían aspirar a hacer con sus vidas lo que quisieran.

   Se nos ha enseñado que la rebeldía de nuestros ancestros se nos ha contagiado, porque, ¿quién no ha decidido en alguna ocasión prescindir de Dios, sabiendo que ello es caer en el pecado, no porque Dios es autoritario, sino porque sabe que sin Él no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   (GN. 3, 6). ¿Imitamos la conducta de Eva?

   ¿Creemos que es bueno para nosotros prescindir de Dios en nuestra vida?

   ¿Nos vemos como dioses, o consideramos como dioses los bienes que sólo tienen la finalidad de estar a nuestra disposición para facilitarnos la vida?

   ¿Creemos que la verdadera sabiduría radica en prescindir del amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres?

   Además de no vivir como buenos cristianos, ¿hacemos lo posible para que nuestros prójimos pierdan la fe?

   Eva le dio a comer a Adán del fruto prohibido, y él aceptó dicho alimento por sí mismo, pues no lo hizo coaccionado por su mujer, aunque la idea de que Eva engatusó a Adán, ha hecho que muchas denominaciones cristianas consideren que los hombres son superiores a las mujeres, las cuales viven relegadas a la realización de la tarea de servir a sus familiares, sin voz ni voto en la toma de decisiones, que sólo corresponde a los hombres.

   ¿Qué sucedió cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios? Adán y Eva perdieron la inmortalidad, la munidad, -es decir, podían enfermarse-, y adquirieron la conciencia de la responsabilidad del acto que habían llevado a cabo (GN. 3, 7).

   Adán y Eva no se avergonzaron por causa de su desnudez física -la cual se describe en GN. 2, 25 simbolizando su inocencia tal como vimos anteriormente-, sino por causa de su inferioridad con respecto a Dios. El sentimiento debía ser en parte de vergüenza, y en parte de impotencia, por causa de su nueva y frágil condición humana.

   La desobediencia de nuestros primeros padres, si bien les hizo tener la experiencia del mal, -la cual les era desconocida-, no les fue necesaria, ya que, después de que hubiera terminado el tiempo en que tenían que demostrarle su fidelidad a Yahveh, hubieran vivido en la presencia de Dios, libres de todo padecimiento.

   ¿Cómo reaccionaron Adán y Eva ante Dios, después de comer del fruto prohibido? (GN. 3, 8-12). Imaginemos, por un momento, que Dios se pasea por el mundo, y que podemos sentir su presencia, tal como lo hicieron Adán y Eva, antes de desobedecer al Altísimo.

   ¿Cómo debieron sentirse Adán y Eva para esconderse de Dios, sabiendo que nadie ni nada puede ocultársele a Nuestro Creador? Dios llamó a Adán con la familiaridad de siempre. "¿Dónde estás?", -le preguntó-. ¿Por qué no vienes a recibirme como siempre? ¿Qué ha sido de la alegría con que siempre que nos vemos celebramos nuestra vinculación?

   Adán le replicó a Yahveh: Me he escondido de Ti porque no tengo valor en tu presencia.

   Dios sabía lo que había hecho Adán, pero intentó que el hombre le declarara su pecado, para probar su confianza. El hecho de que Yahveh fuera quien descubriera la desobediencia de Adán, fue otro motivo que lastimó a Nuestro Santo Padre.

   ¿Somos capaces de confesar nuestros pecados si hemos incumplido la Ley de Dios, o, tal como Adán culpó a su mujer de su desobediencia a Dios, buscamos excusas para justificar nuestros múltiples incumplimientos de los Mandamientos de Nuestro Creador?

   (GN. 3, 13-15). La condena de la serpiente, es la condena simbólica que le espera al diablo, cuando el mundo sea el Reino de Dios.

   El texto de GN. 3, 15, es llamado "Protoevangelio", por contener un anuncio de la obra salvadora que realizó Jesús que se nos relata en los Evangelios, y, además, es el fragmento bíblico, en que se inspiran todos los dogmas marianos.

   Dios le dijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer". Dado que Eva desobedeció a Dios, ella no puede ser nuestro ejemplo de fe a imitar, así pues, este es el hecho por el que la Madre de Jesús, es la nueva Eva, que es Madre espiritual de los católicos.

   La mujer de la que se habla en GN. 3, 15, no sólo es Nuestra Santa Madre, sino que también es la Iglesia redimida por Cristo, que está representada por Nuestra Señora.

   La enemistad existente entre la mujer y la serpiente, es la enemistad existente entre Dios y el mundo que le rechaza.

   El linaje de la mujer, son los hijos de la Iglesia, y, el linaje de la serpiente, son los aliados del Demonio.

   El hecho de que el linaje de la mujer le pisará la cabeza al linaje de la serpiente, significa que, aunque Jesús fue víctima del linaje de Satanás, el Señor, al resucitar de entre los muertos, venció al Demonio. La derrota de Jesús fue breve, si es comparada con los siglos sin término que se prolonga su glorificación.

   Si el texto de GN. 3, 15 se refiere a la descendencia de la mujer, -a Jesús, Hijo de María Santísima-, ¿por qué es utilizado para promover los dogmas marianos? Eva, -la primera mujer que fue creada por Dios-, tenía que haber sido un modelo de fe a imitar para toda la humanidad, pero ella decidió desobedecer a Yahveh, lo cual exigía que fuera otra mujer la que ocupara su lugar, que hubiera nacido con el privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, que la Iglesia junto a San Pablo (ROM. 5, 12), enseña que todos contraímos, a partir del momento en que fuimos concebidos.

   Al leer la Biblia, nos percatamos de que nadie ni nada que esté relacionado con Dios, puede estar marcado por la mácula del pecado, así pues, recordemos lo escrupulosa que era la Ley mosaica con respecto a la pureza, y que, para que el sacrificio de la Redención de la humanidad fuese válido, tenía que ser llevado a cabo por Nuestro Salvador, una víctima pura, que jamás desobedeció a Dios. Por último, recordemos que, si queremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, tenemos que vivir un proceso de purificación, con el propósito de ser santificados.

   Hoy celebramos el hecho de que Nuestra Santa Madre nació libre de padecer los efectos de la mácula del pecado original. Nosotros no podemos redimirnos por nuestros medios. Lo que somos, y lo que seremos cuando nuestro mundo sea el Reino de Dios, se lo debemos a Nuestro Santo Padre. Vivimos intentando cumplir la voluntad divina, para agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que nuestras obras de seres imperfectos, no pueden compararse con la suma perfección de Nuestro Creador. Seremos salvos porque Dios nos ama, no por nuestros méritos.

   Si Nuestra Santa Madre nunca desobedeció a Dios, ello significa que le consagró su virginidad a Yahveh. La relación mantenida entre el Señor y quienes creen en Él, es comparada con una relación matrimonial. Esta es la razón por la que, cuando nuestra tierra sea el Reino de Dios, la humanidad redimida se entregará a su Señor, tal como lo hace una virgen al que será su marido.

   Por ser Madre de Dios, y por el dolor que sufrió durante las horas que se prolongó la Pasión de Nuestro Salvador, las cuales antecedieron a su Resurrección, creemos que Santa María es la Corredentora de la humanidad, lo cual justifica el papel que le atribuimos, al interpretar los símbolos de GN. 3, 15.

   Si Nuestra Santa Madre pudo corredimir a la humanidad en virtud de los méritos de Nuestro Salvador y de su pureza virginal, es lógico creer que fue asunta al cielo en cuerpo y alma, porque, al no estar marcada por la mácula del pecado original, no tiene que padecer la muerte, de la que San Pablo enseña que es el precio que pagamos, por haber nacido padeciendo los efectos de la desobediencia original (ROM. 6, 23A), y por causa de nuestros pecados personales.

   Y si Dios lo quiere, llegará el día en que sea proclamado el quinto dogma mariano, para que ello contribuya a fortalecer nuestra fe y a aumentar los hijos de nuestra Santa Madre la Iglesia, para que quede demostrado que, por ser nuestra Corredentora, María Santísima es, ante el Señor Nuestro Dios, la Abogada que necesitamos, y la Medianera de todas las gracias, por cuanto le pide al Señor todos los bienes que nos concede, por lo cuál nos regocijamos, porque, de alguna manera, -en términos espirituales-, las dádivas que recibimos de Dios, están en las manos de Nuestra Santa Madre.

   (GN. 3, 16). Este es el versículo bíblico cuya interpretación ha sometido a muchas mujeres a los hombres, por creer los tales que ellas son las responsables de que existan el mal y el dolor, por ser descendientes de Eva. Sé que esta creencia es discutible, pero me la han confirmado líderes de diferentes sectas y denominaciones cristianas.

   Por su parte, el hombre fue castigado, por escuchar la voz de la mujer que lo indujo a pecar, en lugar de obedecer la instrucción divina, que le fue dada, en espera de la conclusión de la prueba de fidelidad, a la que Yahveh lo sometió (GN. 3, 17-20).

   El texto que hemos meditado, termina afirmando dos cosas:

   1. Adán le puso nombre a su mujer, cumpliendo el anuncio que Dios le hizo a Eva, de que debía vivir sometida a su esposo, pues, para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona, significaba tener poder sobre la misma.

   2. Si Eva es la madre de la humanidad porque somos sus descendientes, María de Nazaret, es Nuestra Madre espiritual.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Miércoles de Ceniza.

    Meditación.

   1. A partir del segundo Domingo del tiempo ordinario empecé a preparar las meditaciones de Cuaresma junto a todos los hermanos y amigos para editar los boletines de Padre nuestro. Hoy es el gran día tan esperado en el que empezamos a vivir el tiempo de Cuaresma. Este Miércoles es el primero de los 40 días durante los que nos preparamos espiritualmente para celebrar el Misterio Pascual. Dispongámonos a acompañar a Jesús en su última peregrinación a Jerusalén para que Nuestro Señor no se sienta sólo durante las horas en que se prolongará su Pasión.

   2. Uno de los aspectos más relevantes de este periodo litúrgico es la recepción por nuestra parte del Sacramento de la Reconciliación -o Penitencia- Dios no tiene nada que perdonarnos porque nos ama y, quienes saben amar, no tienen necesidad de ejercitar la virtud del perdón. Quienes anteponen la caridad a su amor propio son incapaces de ofenderse, pero ello no significa que esas personas estén incapacitadas para no sucumbir ante los estados adversos que viven. Si somos conscientes de que lo más lógico que podemos hacer es equivocarnos según decía Madre Teresa de Calcuta, deberíamos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimos. La extrema aplicación de la penitencia a nuestras vidas puede convertirse en una barrera sicológica insalvable. San Pablo decía las siguientes palabras, que encontramos en ROM. 7, 15.

   Hace varios años conocí a un chico de catorce años que ignoraba la diferencia que existe entre pensar y consumar los inocuos deseos que pueden oscurecer nuestra mente cuando estamos airados. El pobrecillo Juan, cuanto más deseaba ser paciente, más pensamientos iracundos albergaba ya no contra sus prójimos, sino respecto de sí mismo. Mi amigo Juan vive sedado, su siquiatra cree que jamás podrá dejar de consumir tranquilizantes que le han causado pequeñas deformaciones en el cuerpo y lo debilitan de tal forma que no puede caminar si no es ayudado por sus familiares, simplemente por haber concebido en su pubertad la penitencia como una carga insuperable. Juan decía:

   "Si el demonio me induce a pecar, ¿cómo podré resistir mis tentaciones?

   ¿De qué me sirve aspirar a la Santidad si el demonio no deja de asfixiarme?

   ¿Peco al pensar que no siento que Dios me libra de las garras del diablo?".

   3. Si desestimamos el Sacramento de la Reconciliación, nos oponemos a alcanzar un mayor estado de perfección personal. Si desestimar la penitencia equivale para nosotros a vivir mediocremente, abusar de los actos de petición de perdón significa disminuir nuestras posibilidades de constatar que Nuestro Padre y Dios no nos ha abandonado. Personalmente pienso que Dios no quiere ser una necesidad vital para nosotros, sino un miembro más de nuestra familia, una fuente de dones y virtudes que se nos da, por cuanto Él es la personificación del amor. No tengamos prisa pensando que necesitamos superar rápidamente nuestros defectos simplemente porque se acerca la Semana Santa, así pues, si nos superamos un poco respecto de nuestras debilidades, habremos logrado dar un paso más para alcanzar la tan ansiada meta de nuestra santificación. Quienes haremos actos de reconciliación durante este periodo litúrgico, le pediremos a Dios que nos enseñe a perdonarnos a nosotros, y a no sentirnos ofendidos ni heridos ante los comportamientos de nuestros prójimos que no podemos aceptar. El Sacramento de la Reconciliación tiene un sentido muy amplio si lo vemos como medio de conocer la profundidad de nuestro corazón con la intención de detectar nuestros defectos y la forma de superar los mismos, y también es de gran provecho si a través del citado rito nos acercamos a aquellos de nuestros seres conocidos a quienes desestimamos porque son más pobres que nosotros o porque han abrazado un estado de vida escandaloso para nosotros porque desconocemos la citada forma de existencia. Para que nuestros hermanos los hombres nos comprendan y respeten, tenemos que comprenderlos y respetarlos a ellos. A pesar de que los cristianos no podemos apoyar las diversas prácticas injustas existentes, tenemos que abrirnos a quienes no comparten nuestras creencias, para que ellos se acerquen a nosotros con confianza y siendo conscientes de que somos maestros del arte de amar, pues es necesario que se nos conozca por predicar el Evangelio mediante el ejemplo que les damos a quienes nos conocen de convertir en obras las palabras de Nuestro Hermano y Señor Jesús.

   No podemos hacer penitencia sin ser absorbidos por el hastío ignorando que la práctica de la caridad empieza por nosotros mismos y se extiende a nuestros prójimos. No hacemos penitencia porque nuestra naturaleza es pecadora por antonomasia, pues intentamos reconciliarnos con nosotros y nuestros prójimos en aras de alcanzar un estado de perfección más satisfactorio (2 COR. 5, 20).

   Vamos a pedirle a Nuestro Santo Padre que el tiempo de Cuaresma nos sirva para profundizar la relación que mantenemos con Él, y para fomentar el vínculo que nos une a la Trinidad Beatísima.

   Intentemos no conformarnos creyendo que cumplimos con Dios porque asistimos a la celebración de la Eucaristía dominical, olvidando así nuestros deberes cristianos.

   Nuestro Santo Padre nos creó a su imagen y semejanza para que seamos como Él, así pues, atendamos las siguientes exhortaciones bíblicas: (MT. 5, 48: 1 PE. 1, 16).

   (EF. 1, 3). Nosotros podemos asemejarnos a Dios en su conducta amorosa si nos decidimos a imitar a Jesús de Nazaret (2 COR. 5, 21).

   Cristo no sólo asumió nuestra condición humana, pues Él también quiso dejarse marcar por nuestra debilidad (FLP. 2, 7).

   ¿Por qué se sometió Nuestro Hermano Jesús al dolor? Jesús hubiera podido purificarnos sin dolor, pero nuestro amor a la vida fácil y vacía nos incita a vencer la adversidad para concienciarnos del valor de los dones y virtudes que Dios nos ha dado para que seamos felices según nuestras posibilidades.

   4. Los buenos penitentes no pueden manifestarse a Dios, a ellos y al mundo mediante el ejercicio de sus actos de penitencia, si no hacen de la oración un elemento esencial de sus vidas. Cuanto más nos relacionamos con nuestros seres queridos, más estrechos se hacen los lazos que nos vinculan a ellos, así pues, si Dios es el más amado de nuestros prójimos, ¿cómo prescindiremos de orar si la oración consiste en hablar con Dios?

   ¿Es difícil orar para nosotros? Si nos sucede esto, entendamos que en el caso de que no tengamos fe, sólo usamos a Dios para que nos ayude cuando necesitamos de sus gracias divinas para superar nuestra adversidad. Dios no es el padre oprimido por un adolescente porque no puede darle a su hijo el dinero que le pide, de hecho, Nuestro Santo Padre es el más grande de los amores, pero no por ello se deja manipular por nuestro egoísmo.

   (1 JN. 4, 8). Esta realidad no significa que ese amor no se convertirá en exigencia cuando Nuestro Santo Padre crea oportuno el hecho de hacernos ver que nuestra forma de expresarnos o de proceder en un determinado momento es incorrecta. A Dios no le gusta ser severo cuando nos estancamos en nuestros defectos negándonos a superar los citados estados, pero el amor "encuentra su gozo en la verdad" (1 COR. 13, 6).

   Todos tenemos una forma de orar que se adecua a nuestro carácter, así pues, mientras que algunos de nuestros hermanos se sienten muy motivados a elevar sus plegarias al cielo ante las imágenes religiosas de su devoción, otros nos sentimos más inspirados para orar en grupos de Liturgia y oración o cuando estamos a solas en estado de contemplación. A Dios no le incumbe nuestra forma de orar como la sinceridad de los pensamientos, gestos, palabras u obras con que le formulamos nuestras peticiones y le agradecemos la infinitud del manantial de misericordia que derrama constantemente sobre nosotros. Seguramente sufriremos mucho cuando contemplemos a Jesús durante las horas de su Pasión y muerte en la conmemoración del Santo Triduo Pascual, pero nos es necesario que Jesús sufra nuestra adversidad y mucho más para que no sintamos que somos cobardes cuando tengamos que demostrarnos a nosotros y al mundo nuestra fe enfrentándonos al dolor que nos caracteriza.

   Jesús nos dice en el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística que nuestras oraciones sean sinceras intenciones de petición y de acción de gracias que brotan de nuestro corazón como ríos de agua viva. Jesús es nuestro gran modelo de fervoroso Hijo de Dios que se dedicaba a orar durante muchas horas y, nosotros, los que deseamos imitarlo, leemos llenos de asombro y emoción las palabras del Evangelio del Apóstol y Evangelista Juan: (JN. 7, 37-38).

   No creamos que Dios nos va a conceder todo lo que le vamos a pedir simplemente porque oramos durante muchas horas. Si Nuestro Padre sabe que le pedimos dádivas que no nos convienen, nos será imposible agotar su paciencia con nuestros ruegos. No tengamos miedo a elevar nuestras peticiones a Dios cuando oramos (MT. 7, 7. 6, 8).

   No  nos quejemos de nuestro sufrimiento purificador. No nos sirve de nada lamentarnos porque atravesamos una situación difícil.

   ¿Dónde está nuestra fe? No puedo evitar pensar en lo que es el amor cristiano cuando veo a muchos padres presumir de los cuidados con que aman a sus hijos discapacitados y se lamentan de la cruz que Dios les ha echado encima. Pocos meses antes de que mi hermana Lucía muriera con parálisis cerebral, epilepsia y otras enfermedades, yo la tuve entre mis brazos. Su cuerpo temblaba, y su vida era vencida por la muerte muy lentamente. Yo no me hacía pasar por santo porque abrazaba su cuerpo que era abandonado por la vida lentamente, estaba con ella hasta el fin de su existencia. Yo era un niño de once años que tuve que aprender en aquellas circunstancias la diferencia que existe entre el amor verdadero y la hipocresía. Por cierto, os digo que en aquel tiempo no me vi en la necesidad de reunir a todos mis vecinos para que se jactaran viéndome llorar como un hipócrita.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

el Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II después de Navidad).

   Meditación.

   2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.

   Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.

   Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).

   (EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.

   1. Somos hijos adoptivos de Dios.

   2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.

   3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.

   4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.

   5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.

   6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.

   Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.

   Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.

   (EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.

   (EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.

   (EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.

   (EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com