Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Meditación.
1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.
Estimados hermanos y amigos:
En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.
¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).
Cuando rezamos el Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).
¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?
¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?
Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.
¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.
Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.
Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Reportaje.
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...
Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
(1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.
(1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.
(1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).
Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.
¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.
Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.
(1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).
(1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).
(1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344; 2350).
En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.
La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.
San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).
San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.
Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.
Obligaciones de los cónyuges.
(CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).
Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.
Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.
(EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
casados,
castidad,
celibato,
cónyuges,
Corintios,
discusiones,
divorcio,
familia,
fe,
masturbación,
matrimonio,
oración,
Pablo,
pecado,
problemas,
religiosos,
ruptura,
sexualidad,
solteros,
valores
Jesús no rehuyó el dolor. (Meditación del Evangelio del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
3. Jesús no rehuyó el dolor.
Meditación de MC. 9, 30-37.
(MC. 9, 30-31). Si reflexionamos sobre la dedicación de Jesús a la Evangelización y a la realización de obras benéficas, no podemos dejar de sentir una gran admiración. Jesús adoctrinaba a las multitudes durante el día, instruía a sus discípulos cuando no enseñaba a las multitudes y durante las noches, y oraba cuando sus amigos dormían sintiendo tanto amor hacia Nuestro Santo Padre y sus hijos los hombres, que llegó a pasar muchas noches sin dormir para poder comunicarse con el Padre, sin que ningún asunto interrumpiera su conversación.
El tiempo de orar era sagrado para Jesús. Dado que el Señor pensaba que la predicación del Evangelio y la realización de obras benéficas eran inaplazables, oró durante las noches, sacrificando horas de sueño, para deleitarse en la presencia de Nuestro Padre común.
¿Somos conscientes de que Dios escucha nuestras oraciones?
¿Oramos impulsados por el amor y la fe que sentimos con respecto a Dios y a sus Santos, o pronunciamos palabras mecánicamente, haciendo de la oración una pesada rutina?
¿Utilizamos oraciones conocidas para dirigirnos a Dios en nuestros ratos de contemplación, y le hablamos con nuestras propias palabras?
Jesús se esforzaba en hacerse entender por sus oyentes cuando les predicaba el Evangelio, pues sabía que, cuanto menor es el conocimiento de Dios que tenemos, mayor es el riesgo que corremos de no creer en Él, pero Nuestro Salvador también era consciente de que tenía que ocuparse seriamente de la formación de sus discípulos, pues, cuando aconteciera su Ascensión al cielo, cuarenta días después de su Resurrección, ellos serían los continuadores de su obra evangelizadora y salvadora.
Nos es imposible tener una gran fe apenas conocemos al Señor. Nuestra experiencia nos recuerda que no podemos alcanzar un notable crecimiento espiritual en poco tiempo. Pensemos que, si los discípulos que convivían con Jesús, le oían predicarles a las multitudes constantemente, y tenían su propio ciclo formativo, necesitaban dejar su actividad evangelizadora ocasionalmente, para retirarse del mundo, para que ninguna distracción les impidiera crecer espiritualmente, para posteriormente poder sentirse capacitados por el Espíritu Santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre celestial, ¿cuán grande será nuestra necesidad de alternar nuestras relaciones familiares, el tiempo que le dedicamos al trabajo, a nuestros amigos y a las actividades de ocio que desempeñamos, y el tiempo que necesitamos tener para crecer espiritualmente, si consideramos que no nos dedicamos a meditar la Palabra de Dios, con el deseo de ser mejores cristianos, el tiempo que necesitamos hacerlo?
(MC. 9, 32). Los discípulos de Jesús no entendían la razón por la que el Maestro observaba una conducta suicida, pues ello no era realista desde su punto de vista humano, y carecía totalmente de lógica, si consideraban que, ya que el Señor estaba dotado con el poder de Dios, no tenía sentido, el hecho de que el Mesías se dejara asesinar.
¿Estaban incapacitados los discípulos de Jesús para comprender la conducta de Nuestro Maestro, o no les convenía comprender a Nuestro Salvador, porque tenían pretensiones muy diferentes a las de Jesús?
¿Radicaría la dificultad que los discípulos tenían para entender la manera de actuar de Jesús en que, en vez de tener el deseo de alcanzar la mayor glorificación por medio del mayor sufrimiento para sí mismos y sus seguidores, estaban obstinados en alcanzar poder, riquezas y prestigio, valiéndose de Nuestro Redentor y del Evangelio, como medios para ver realizados sus sueños?
Muchas veces me sucede que, cuando algunos amigos me tienen confianza, me dicen quedamente que no debo dedicarme a la difusión de la Palabra de Dios tal como lo hago, porque nadie me agradece esta actividad que realizo, y porque ello no me reporta ninguna ganancia económica. En algunas ocasiones, quienes saben de las horas que invierto en estudiar y orar para escribir las meditaciones dominicales de Padre nuestro, me presionan para que no le dedique tanto tiempo a la Evangelización, diciéndome que, algún día, me arrepentiré de haber perdido tantas horas.
Jesús no nos prometió a sus seguidores que nos iban a sobrar las riquezas, las comodidades y los placeres en este mundo, pero, en cambio, nos aseguró que nunca nos faltarían dificultades que superar. Vivimos en una sociedad utilitarista en que para mucha gente carece de sentido el hecho de esforzarnos para realizar actividades que no nos aportan beneficios materiales.
¿Por qué los discípulos no le preguntaban a Jesús sobre el significado de sus palabras? Los amigos de Jesús recordaban cómo Jesús reprendió a Pedro en la ocasión en que les anunció su Pasión, su muerte y su Resurrección por primera vez, y no querían ser reprendidos seriamente otra vez, porque el Señor parecía estar muy seguro de lo que quería hacer, por más que no contaba con la aprobación de sus amigos para realizar su propósito, porque todos lo amaban demasiado, como para resignarse a perderlo, ya que no podían imaginarse que iba a resucitar de entre los muertos.
Los amigos de Jesús tenían miedo al pensar en lo que podría sucederles si el Señor moría. Esta es la razón por la que no comentaban sus profecías, porque, dado que no creían que el Maestro resucitaría de entre los muertos, no sabían qué sería de sus vidas, pues, en el mejor de los casos en que no fueran perseguidos, nunca podrían evitar la sensación de fracaso al volver a realizar sus actividades cotidianas, teniendo en cuenta que habían trabajado para lograr alcanzar un gran ideal, a pesar de que se obstinaban en reducir el mismo a la constitución de un Reino, en que ellos ocuparían cargos de máxima importancia, lo cual sería sumamente beneficioso para los citados seguidores de Jesús (MC. 9, 33-34).
Jesús les recordó a sus amigos lo que le iba a suceder en Jerusalén, los dejó solos para que meditaran, y ellos discutieron entre sí, para ver quién tendría la suerte de asumir la responsabilidad de ser el nuevo líder de la comunidad que fue fundada por Jesús.
¿A quién le importaba la grandeza de hacer el bien, si la comparaba con el poder que podría obtener, si utilizara la Evangelización y la realización de obras benéficas, para conseguir poder, riquezas y prestigio? Jesús intentó que sus amigos le dijeran sobre qué habían discutido, pero ellos guardaron silencio, quizás porque no quisieron discutir con Él sobre las diferencias existentes entre sus puntos de vista, porque lo amaban, ya que lo veían fanatizado con la idea de suicidarse inútilmente al ponerse a disposición de sus enemigos, o quizás porque se sintieron avergonzados, porque, aunque Jesús quería morir contra toda lógica humana, mientras que pensaba en el ideal de hacer de la humanidad una familia, ellos actuaban como enemigos, pues aún no aprendieron a amarse y respetarse como hermanos, y estaban muy lejos de hacerlo.
Si estimamos a Jesús, pero no nos decidimos a renunciar a nuestra condición egoísta, tenemos que constatar que, al comparar los motivos que impulsaron a Jesús a redimirnos con los ideales que caracterizan nuestra existencia, no podemos evitar sentir cierta sensación de tristeza. La evitación del pecado es semejante al tratamiento de una enfermedad. Tal como muchos enfermos tienen que soportar el dolor que les producen las inyecciones de morfina para sentir que se les reduce el dolor que sienten el cual es causado por sus enfermedades, la renuncia al pecado entraña muchas dificultades, pero nos aporta el beneficio de sentir que Dios nos purifica y santifica, y nos dispone a vivir en la presencia de Nuestro Padre común, según lo aceptamos, nos adaptamos al cumplimiento de su voluntad, y nos disponemos a amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a aquellos que nos han herido, a quienes, con el lento paso del tiempo, queremos aprender a no guardarles rencor.
No hagamos distinción entre las aspiraciones de Cristo y las nuestras. Ello será posible para nosotros, si renunciamos a todo cuanto nos separa de Dios, y hacemos nuestras las pretensiones de Nuestro Salvador. San Pablo nos demuestra que es posible hacer lo que os indico en este párrafo, en los siguientes términos: (FLP. 3, 10-11).
(MC. 9, 35-37). Los niños, por causa de su indefensión, eran considerados por los judíos como poco superiores a los esclavos, e inferiores a las mujeres. Jesús abrazó a un niño para ejemplificarles a sus amigos la necesidad existente de que contemplaran la posibilidad de dedicarse a servir a los más humildes, pero ellos solo pudieron comprender y aceptar las palabras de Nuestro Señor plenamente, cuando el Mesías resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, y recibieron el Espíritu Santo.
¿Qué podremos ganar si servimos a aquellos que no cuentan para el mundo?
¿Nos bastará la satisfacción de hacer el bien para sentirnos compensados si decidimos cumplir la voluntad de Dios, o hemos tomado la resolución firme de no hacer nada por los que sufren, si no nos compensan con dinero debidamente por ello?
Gracias a Dios, en nuestro tiempo, los niños tienen derechos reconocidos en muchos países. Nosotros, además de tratarlos como merecen, debemos poner la catequesis infantil y juvenil, a la altura que debe ser tenida la instrucción de los adultos. Todos tenemos derecho a conocer la Palabra de Dios. Los niños y los que sufren por cualquier causa, tienen derecho a sentirse amados, protegidos, y capacitados para superar grandes dificultades, sin sentirse desamparados.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que nos ayude a aceptarlo, con la misma sinceridad que los niños confían en sus padres, de quienes solo esperan amor, comprensión, y la educación que hará de ellos los hombres y mujeres del futuro, que, en el caso de ser cristianos, deberán estar preparados, para contribuir a hacer de nuestra tierra, el Reino de amor y paz, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes les pido que os colmen de bendiciones, y os concedan la plenitud de la felicidad. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 9, 30-37.
(MC. 9, 30-31). Si reflexionamos sobre la dedicación de Jesús a la Evangelización y a la realización de obras benéficas, no podemos dejar de sentir una gran admiración. Jesús adoctrinaba a las multitudes durante el día, instruía a sus discípulos cuando no enseñaba a las multitudes y durante las noches, y oraba cuando sus amigos dormían sintiendo tanto amor hacia Nuestro Santo Padre y sus hijos los hombres, que llegó a pasar muchas noches sin dormir para poder comunicarse con el Padre, sin que ningún asunto interrumpiera su conversación.
El tiempo de orar era sagrado para Jesús. Dado que el Señor pensaba que la predicación del Evangelio y la realización de obras benéficas eran inaplazables, oró durante las noches, sacrificando horas de sueño, para deleitarse en la presencia de Nuestro Padre común.
¿Somos conscientes de que Dios escucha nuestras oraciones?
¿Oramos impulsados por el amor y la fe que sentimos con respecto a Dios y a sus Santos, o pronunciamos palabras mecánicamente, haciendo de la oración una pesada rutina?
¿Utilizamos oraciones conocidas para dirigirnos a Dios en nuestros ratos de contemplación, y le hablamos con nuestras propias palabras?
Jesús se esforzaba en hacerse entender por sus oyentes cuando les predicaba el Evangelio, pues sabía que, cuanto menor es el conocimiento de Dios que tenemos, mayor es el riesgo que corremos de no creer en Él, pero Nuestro Salvador también era consciente de que tenía que ocuparse seriamente de la formación de sus discípulos, pues, cuando aconteciera su Ascensión al cielo, cuarenta días después de su Resurrección, ellos serían los continuadores de su obra evangelizadora y salvadora.
Nos es imposible tener una gran fe apenas conocemos al Señor. Nuestra experiencia nos recuerda que no podemos alcanzar un notable crecimiento espiritual en poco tiempo. Pensemos que, si los discípulos que convivían con Jesús, le oían predicarles a las multitudes constantemente, y tenían su propio ciclo formativo, necesitaban dejar su actividad evangelizadora ocasionalmente, para retirarse del mundo, para que ninguna distracción les impidiera crecer espiritualmente, para posteriormente poder sentirse capacitados por el Espíritu Santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre celestial, ¿cuán grande será nuestra necesidad de alternar nuestras relaciones familiares, el tiempo que le dedicamos al trabajo, a nuestros amigos y a las actividades de ocio que desempeñamos, y el tiempo que necesitamos tener para crecer espiritualmente, si consideramos que no nos dedicamos a meditar la Palabra de Dios, con el deseo de ser mejores cristianos, el tiempo que necesitamos hacerlo?
(MC. 9, 32). Los discípulos de Jesús no entendían la razón por la que el Maestro observaba una conducta suicida, pues ello no era realista desde su punto de vista humano, y carecía totalmente de lógica, si consideraban que, ya que el Señor estaba dotado con el poder de Dios, no tenía sentido, el hecho de que el Mesías se dejara asesinar.
¿Estaban incapacitados los discípulos de Jesús para comprender la conducta de Nuestro Maestro, o no les convenía comprender a Nuestro Salvador, porque tenían pretensiones muy diferentes a las de Jesús?
¿Radicaría la dificultad que los discípulos tenían para entender la manera de actuar de Jesús en que, en vez de tener el deseo de alcanzar la mayor glorificación por medio del mayor sufrimiento para sí mismos y sus seguidores, estaban obstinados en alcanzar poder, riquezas y prestigio, valiéndose de Nuestro Redentor y del Evangelio, como medios para ver realizados sus sueños?
Muchas veces me sucede que, cuando algunos amigos me tienen confianza, me dicen quedamente que no debo dedicarme a la difusión de la Palabra de Dios tal como lo hago, porque nadie me agradece esta actividad que realizo, y porque ello no me reporta ninguna ganancia económica. En algunas ocasiones, quienes saben de las horas que invierto en estudiar y orar para escribir las meditaciones dominicales de Padre nuestro, me presionan para que no le dedique tanto tiempo a la Evangelización, diciéndome que, algún día, me arrepentiré de haber perdido tantas horas.
Jesús no nos prometió a sus seguidores que nos iban a sobrar las riquezas, las comodidades y los placeres en este mundo, pero, en cambio, nos aseguró que nunca nos faltarían dificultades que superar. Vivimos en una sociedad utilitarista en que para mucha gente carece de sentido el hecho de esforzarnos para realizar actividades que no nos aportan beneficios materiales.
¿Por qué los discípulos no le preguntaban a Jesús sobre el significado de sus palabras? Los amigos de Jesús recordaban cómo Jesús reprendió a Pedro en la ocasión en que les anunció su Pasión, su muerte y su Resurrección por primera vez, y no querían ser reprendidos seriamente otra vez, porque el Señor parecía estar muy seguro de lo que quería hacer, por más que no contaba con la aprobación de sus amigos para realizar su propósito, porque todos lo amaban demasiado, como para resignarse a perderlo, ya que no podían imaginarse que iba a resucitar de entre los muertos.
Los amigos de Jesús tenían miedo al pensar en lo que podría sucederles si el Señor moría. Esta es la razón por la que no comentaban sus profecías, porque, dado que no creían que el Maestro resucitaría de entre los muertos, no sabían qué sería de sus vidas, pues, en el mejor de los casos en que no fueran perseguidos, nunca podrían evitar la sensación de fracaso al volver a realizar sus actividades cotidianas, teniendo en cuenta que habían trabajado para lograr alcanzar un gran ideal, a pesar de que se obstinaban en reducir el mismo a la constitución de un Reino, en que ellos ocuparían cargos de máxima importancia, lo cual sería sumamente beneficioso para los citados seguidores de Jesús (MC. 9, 33-34).
Jesús les recordó a sus amigos lo que le iba a suceder en Jerusalén, los dejó solos para que meditaran, y ellos discutieron entre sí, para ver quién tendría la suerte de asumir la responsabilidad de ser el nuevo líder de la comunidad que fue fundada por Jesús.
¿A quién le importaba la grandeza de hacer el bien, si la comparaba con el poder que podría obtener, si utilizara la Evangelización y la realización de obras benéficas, para conseguir poder, riquezas y prestigio? Jesús intentó que sus amigos le dijeran sobre qué habían discutido, pero ellos guardaron silencio, quizás porque no quisieron discutir con Él sobre las diferencias existentes entre sus puntos de vista, porque lo amaban, ya que lo veían fanatizado con la idea de suicidarse inútilmente al ponerse a disposición de sus enemigos, o quizás porque se sintieron avergonzados, porque, aunque Jesús quería morir contra toda lógica humana, mientras que pensaba en el ideal de hacer de la humanidad una familia, ellos actuaban como enemigos, pues aún no aprendieron a amarse y respetarse como hermanos, y estaban muy lejos de hacerlo.
Si estimamos a Jesús, pero no nos decidimos a renunciar a nuestra condición egoísta, tenemos que constatar que, al comparar los motivos que impulsaron a Jesús a redimirnos con los ideales que caracterizan nuestra existencia, no podemos evitar sentir cierta sensación de tristeza. La evitación del pecado es semejante al tratamiento de una enfermedad. Tal como muchos enfermos tienen que soportar el dolor que les producen las inyecciones de morfina para sentir que se les reduce el dolor que sienten el cual es causado por sus enfermedades, la renuncia al pecado entraña muchas dificultades, pero nos aporta el beneficio de sentir que Dios nos purifica y santifica, y nos dispone a vivir en la presencia de Nuestro Padre común, según lo aceptamos, nos adaptamos al cumplimiento de su voluntad, y nos disponemos a amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a aquellos que nos han herido, a quienes, con el lento paso del tiempo, queremos aprender a no guardarles rencor.
No hagamos distinción entre las aspiraciones de Cristo y las nuestras. Ello será posible para nosotros, si renunciamos a todo cuanto nos separa de Dios, y hacemos nuestras las pretensiones de Nuestro Salvador. San Pablo nos demuestra que es posible hacer lo que os indico en este párrafo, en los siguientes términos: (FLP. 3, 10-11).
(MC. 9, 35-37). Los niños, por causa de su indefensión, eran considerados por los judíos como poco superiores a los esclavos, e inferiores a las mujeres. Jesús abrazó a un niño para ejemplificarles a sus amigos la necesidad existente de que contemplaran la posibilidad de dedicarse a servir a los más humildes, pero ellos solo pudieron comprender y aceptar las palabras de Nuestro Señor plenamente, cuando el Mesías resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, y recibieron el Espíritu Santo.
¿Qué podremos ganar si servimos a aquellos que no cuentan para el mundo?
¿Nos bastará la satisfacción de hacer el bien para sentirnos compensados si decidimos cumplir la voluntad de Dios, o hemos tomado la resolución firme de no hacer nada por los que sufren, si no nos compensan con dinero debidamente por ello?
Gracias a Dios, en nuestro tiempo, los niños tienen derechos reconocidos en muchos países. Nosotros, además de tratarlos como merecen, debemos poner la catequesis infantil y juvenil, a la altura que debe ser tenida la instrucción de los adultos. Todos tenemos derecho a conocer la Palabra de Dios. Los niños y los que sufren por cualquier causa, tienen derecho a sentirse amados, protegidos, y capacitados para superar grandes dificultades, sin sentirse desamparados.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que nos ayude a aceptarlo, con la misma sinceridad que los niños confían en sus padres, de quienes solo esperan amor, comprensión, y la educación que hará de ellos los hombres y mujeres del futuro, que, en el caso de ser cristianos, deberán estar preparados, para contribuir a hacer de nuestra tierra, el Reino de amor y paz, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes les pido que os colmen de bendiciones, y os concedan la plenitud de la felicidad. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
acompañar,
amigos,
amor,
Ascensión,
beneficencia,
confianza,
crecimiento,
discípulos,
esperanza,
espiritual,
Evangelización,
experiencia,
familia,
fe,
oración,
predicar,
Resurrección,
servir,
trabajo
La Familia de Jesús y la virginidad de María. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de la Infancia de Jesús. (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación de la Infancia de Jesús.
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. (19 de marzo).
Meditación.
A pesar del protagonismo que nuestro santo tuvo en la vida de Jesús, en la Biblia se nos da una información muy reducida con respecto al marido de María, la cuál nos es suficiente como para reconocer los méritos que coronaron la existencia del Patrón de la Iglesia Católica, los seminaristas y la buena muerte. En la Biblia se nos dice que José pertenecía al linaje de David (MT. 1, 20), por lo cuál era de Belén. Él pactó con Joaquín su matrimonio con María. José no sabía que Dios iba a cambiar sus planes de una forma inesperada. Antes de contraer matrimonio con la Madre del Mesías, José supo que su prometida estaba embarazada (MT. 1, 19), por lo cuál la Ley (LV. 20, 10) le obligaba a lapidarla, para extirpar el adulterio de Israel. Si él asesinaba a su prometida no podría evitar la difusión de aquel hecho que era conocido por todos los habitantes de Nazaret. Él amaba demasiado a María como para asesinarla, pero no podía aceptar el hecho de convivir con un Hijo de María que le recordaría todos los días de su vida la supuesta infidelidad de su futura esposa.
Dios tiene la solución ideal a todos nuestros problemas, pero, antes de iluminarnos, pone a prueba nuestra voluntad, con el fin de que nos conozcamos. Cuando con gran alegría Nuestro Padre común vio que José en lugar de querer lapidar a su futura esposa decidió alejarse de su prometida secretamente, hizo que un ángel le dijera que se casara con la hija de Ana, pues el fruto de su vientre procedía del Espíritu Santo (MT. 1, 20), por lo cuál había de creer que ella no le había sido infiel.
José hubo de organizar su boda rápidamente antes de que Jesús naciera para evitar las miradas burlonas y críticas de los nazarenos, y para emprender el viaje a Belén junto a su mujer, pues ambos habían de empadronarse cuando Tiberio, el Emperador de Roma, realizó un censo, con el fin de obtener dinero para subvencionar las obras imperiales (LC. 2, 1-5).
A pesar de que José tenía medios suficientes para hospedarse en la posada de Belén, Dios quiso que viviera la terrible humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban como establo, mientras que, según un relato apócrifo, Dios gozó intensamente al nacer entre dos animales muy dóciles que calentaron al Niño Dios con su aliento, una mula y un buey. Ojalá todos comprendiéramos que en el mundo que vivimos no podemos prescindir unos de otros, y por ello empezáramos a transmitirnos el afecto que ha de caracterizarnos para que podamos aprender a compartir nuestras posesiones con quienes las necesitan. José recibió una gran lección de amor y compañerismo de adversidad cuando los pastores visitaron a la Sagrada Familia en la cueva de Belén.
La Profecía de Simeón (LC. 2, 28-32) hizo que nuestro santo sufriera mucho al saber que no sería partícipe del sufrimiento de Jesús y María porque tenía que morir antes de que las personas que más amaba entraran en agonía. La vida del Patrón de la Iglesia fue una gran lucha contra sus sentimientos, una gran resistencia contra la idea de que su mujer le fue infiel en su juventud, un intenso esfuerzo para aprender a amar a un Hijo que no fue engendrado como compendio del vínculo que le unía a la mujer que amaba, y un esfuerzo constante por resistir a la miseria que invadía al país de los judíos por causa de las diversas injusticias que se llevaban a cabo en esa tierra.
Os copio un fragmento de la meditación que edité el día de la Sagrada Familia con la pretensión de que podamos recordar cuál era la situación social que vivió la Sagrada Familia de Nazaret:
"Son muchas las familias que tienen problemas graves. Muchos hijos no comprenden la forma de pensar de sus padres, y muchos padres no pueden aceptar la forma de proceder de sus hijos. Como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, tenemos muchos problemas que afectan nuestras relaciones de familia. En los años en que Jesús vivió en Palestina, aquel país estaba dominado por los romanos, los cuáles no se privaban de usar la violencia para someter a los judíos. Igual que en el tiempo de Jesús, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por aumentar su riqueza, y verse encumbrados en la más alta cima del poder. Al igual que sucede en nuestro tiempo, el terrorismo estaba presente en el país de Jesús, pues los zelotes siempre asesinaban a las víctimas que seleccionaban cuidadosamente. Todos los contemporáneos de Nuestro Señor estaban sometidos a las percepciones religiosas de la clase sacerdotal, de igual forma que en nuestro tiempo mucha gente vive sometida a los líderes espirituales que dirigen cuidadosa y astutamente las sectas a las que pertenecen. Muchos niños, jóvenes y adultos pasan bastantes horas frente al televisor y el ordenador, obviando la posibilidad de desarrollar su espiritualidad, impidiéndose a sí mismos el hecho de comunicarse con sus prójimos.
Gracias a Dios estamos superando enfermedades que en el pasado eran mortales y en nuestro tiempo carecen de importancia porque pueden ser curadas con una facilidad muy relativa, pero, al sumirnos excesivamente en la observación de los avances científicos, nos estamos construyendo un caparazón, y por ello cada día nos sentimos más aislados. Me asombra mucho la debilidad que caracteriza a quienes no son capaces de enfrentarse a sus dificultades. María no contó con la ayuda de ningún psicólogo cuando temió que José la asesinara por haberle sido supuestamente infiel. José no contó con ningún libro de autoayuda para borrar de su alma el resentimiento letal que le causaba el supuesto acto de adulterio que María cometió contra su persona. José y María no contaron con la asistencia social que hubieran necesitado sin duda cuando tuvieron que huir a Egipto amparándose en las tinieblas de la noche para salvar a Jesús de la muerte.
¿Por qué les encomendó Dios la extraña misión de salvarle la vida a Jesús a María y a José?
¿Cómo podría aquel Niño salvar a su pueblo en el futuro si Dios lo puso en el mundo sin diferenciarlo de otros niños, exponiéndolo a la muerte?
En nuestro tiempo hay mucha gente incapacitada para luchar y lograr sus objetivos. Cada día hay más gente que quiere divorciarse. La Sagrada Familia resistió sus dificultades. No podemos decir que Dios facultó a la Sagrada Familia con dones especiales para que resistiera perfectamente sus problemas, así pues, es digno de recordar el malentendido que les surgió cuando Jesús desapareció de la vista de los padres con motivo de la celebración de la Pascua (LC. 2, 41-50), pues sus progenitores creían que su Hijo estaba con alguno de sus parientes".
José fue un regalo que Dios les hizo a Jesús y a María para que les protegiera y les amara. José fue para sus familiares más queridos la imagen del Dios amante y protector a quienes ellos se sometieron por designio divino y porque en aquel tiempo los niños y las mujeres eran inferiores a los hombres, así pues, aunque no dudamos del amor que José le manifestó a su Hijo, eran muchos los hombres que tenían a sus descendientes como si los mismos fueran sus esclavos.
José de Nazaret, por tu dolor, por tu aceptación de la paternidad de Jesús y de la Iglesia, y por el amor y protección que le brindaste a María, pídele a Dios que, independientemente de nuestras divisiones, todos aprendamos a ser hermanos unos de otros, para que, a través del ejercicio de la caridad, veamos en Dios a Nuestro Padre verdadero, y por ello empecemos a vivir en esta tierra, haciendo de ella el Reino de Dios presente entre los miembros de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
A pesar del protagonismo que nuestro santo tuvo en la vida de Jesús, en la Biblia se nos da una información muy reducida con respecto al marido de María, la cuál nos es suficiente como para reconocer los méritos que coronaron la existencia del Patrón de la Iglesia Católica, los seminaristas y la buena muerte. En la Biblia se nos dice que José pertenecía al linaje de David (MT. 1, 20), por lo cuál era de Belén. Él pactó con Joaquín su matrimonio con María. José no sabía que Dios iba a cambiar sus planes de una forma inesperada. Antes de contraer matrimonio con la Madre del Mesías, José supo que su prometida estaba embarazada (MT. 1, 19), por lo cuál la Ley (LV. 20, 10) le obligaba a lapidarla, para extirpar el adulterio de Israel. Si él asesinaba a su prometida no podría evitar la difusión de aquel hecho que era conocido por todos los habitantes de Nazaret. Él amaba demasiado a María como para asesinarla, pero no podía aceptar el hecho de convivir con un Hijo de María que le recordaría todos los días de su vida la supuesta infidelidad de su futura esposa.
Dios tiene la solución ideal a todos nuestros problemas, pero, antes de iluminarnos, pone a prueba nuestra voluntad, con el fin de que nos conozcamos. Cuando con gran alegría Nuestro Padre común vio que José en lugar de querer lapidar a su futura esposa decidió alejarse de su prometida secretamente, hizo que un ángel le dijera que se casara con la hija de Ana, pues el fruto de su vientre procedía del Espíritu Santo (MT. 1, 20), por lo cuál había de creer que ella no le había sido infiel.
José hubo de organizar su boda rápidamente antes de que Jesús naciera para evitar las miradas burlonas y críticas de los nazarenos, y para emprender el viaje a Belén junto a su mujer, pues ambos habían de empadronarse cuando Tiberio, el Emperador de Roma, realizó un censo, con el fin de obtener dinero para subvencionar las obras imperiales (LC. 2, 1-5).
A pesar de que José tenía medios suficientes para hospedarse en la posada de Belén, Dios quiso que viviera la terrible humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban como establo, mientras que, según un relato apócrifo, Dios gozó intensamente al nacer entre dos animales muy dóciles que calentaron al Niño Dios con su aliento, una mula y un buey. Ojalá todos comprendiéramos que en el mundo que vivimos no podemos prescindir unos de otros, y por ello empezáramos a transmitirnos el afecto que ha de caracterizarnos para que podamos aprender a compartir nuestras posesiones con quienes las necesitan. José recibió una gran lección de amor y compañerismo de adversidad cuando los pastores visitaron a la Sagrada Familia en la cueva de Belén.
La Profecía de Simeón (LC. 2, 28-32) hizo que nuestro santo sufriera mucho al saber que no sería partícipe del sufrimiento de Jesús y María porque tenía que morir antes de que las personas que más amaba entraran en agonía. La vida del Patrón de la Iglesia fue una gran lucha contra sus sentimientos, una gran resistencia contra la idea de que su mujer le fue infiel en su juventud, un intenso esfuerzo para aprender a amar a un Hijo que no fue engendrado como compendio del vínculo que le unía a la mujer que amaba, y un esfuerzo constante por resistir a la miseria que invadía al país de los judíos por causa de las diversas injusticias que se llevaban a cabo en esa tierra.
Os copio un fragmento de la meditación que edité el día de la Sagrada Familia con la pretensión de que podamos recordar cuál era la situación social que vivió la Sagrada Familia de Nazaret:
"Son muchas las familias que tienen problemas graves. Muchos hijos no comprenden la forma de pensar de sus padres, y muchos padres no pueden aceptar la forma de proceder de sus hijos. Como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, tenemos muchos problemas que afectan nuestras relaciones de familia. En los años en que Jesús vivió en Palestina, aquel país estaba dominado por los romanos, los cuáles no se privaban de usar la violencia para someter a los judíos. Igual que en el tiempo de Jesús, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por aumentar su riqueza, y verse encumbrados en la más alta cima del poder. Al igual que sucede en nuestro tiempo, el terrorismo estaba presente en el país de Jesús, pues los zelotes siempre asesinaban a las víctimas que seleccionaban cuidadosamente. Todos los contemporáneos de Nuestro Señor estaban sometidos a las percepciones religiosas de la clase sacerdotal, de igual forma que en nuestro tiempo mucha gente vive sometida a los líderes espirituales que dirigen cuidadosa y astutamente las sectas a las que pertenecen. Muchos niños, jóvenes y adultos pasan bastantes horas frente al televisor y el ordenador, obviando la posibilidad de desarrollar su espiritualidad, impidiéndose a sí mismos el hecho de comunicarse con sus prójimos.
Gracias a Dios estamos superando enfermedades que en el pasado eran mortales y en nuestro tiempo carecen de importancia porque pueden ser curadas con una facilidad muy relativa, pero, al sumirnos excesivamente en la observación de los avances científicos, nos estamos construyendo un caparazón, y por ello cada día nos sentimos más aislados. Me asombra mucho la debilidad que caracteriza a quienes no son capaces de enfrentarse a sus dificultades. María no contó con la ayuda de ningún psicólogo cuando temió que José la asesinara por haberle sido supuestamente infiel. José no contó con ningún libro de autoayuda para borrar de su alma el resentimiento letal que le causaba el supuesto acto de adulterio que María cometió contra su persona. José y María no contaron con la asistencia social que hubieran necesitado sin duda cuando tuvieron que huir a Egipto amparándose en las tinieblas de la noche para salvar a Jesús de la muerte.
¿Por qué les encomendó Dios la extraña misión de salvarle la vida a Jesús a María y a José?
¿Cómo podría aquel Niño salvar a su pueblo en el futuro si Dios lo puso en el mundo sin diferenciarlo de otros niños, exponiéndolo a la muerte?
En nuestro tiempo hay mucha gente incapacitada para luchar y lograr sus objetivos. Cada día hay más gente que quiere divorciarse. La Sagrada Familia resistió sus dificultades. No podemos decir que Dios facultó a la Sagrada Familia con dones especiales para que resistiera perfectamente sus problemas, así pues, es digno de recordar el malentendido que les surgió cuando Jesús desapareció de la vista de los padres con motivo de la celebración de la Pascua (LC. 2, 41-50), pues sus progenitores creían que su Hijo estaba con alguno de sus parientes".
José fue un regalo que Dios les hizo a Jesús y a María para que les protegiera y les amara. José fue para sus familiares más queridos la imagen del Dios amante y protector a quienes ellos se sometieron por designio divino y porque en aquel tiempo los niños y las mujeres eran inferiores a los hombres, así pues, aunque no dudamos del amor que José le manifestó a su Hijo, eran muchos los hombres que tenían a sus descendientes como si los mismos fueran sus esclavos.
José de Nazaret, por tu dolor, por tu aceptación de la paternidad de Jesús y de la Iglesia, y por el amor y protección que le brindaste a María, pídele a Dios que, independientemente de nuestras divisiones, todos aprendamos a ser hermanos unos de otros, para que, a través del ejercicio de la caridad, veamos en Dios a Nuestro Padre verdadero, y por ello empecemos a vivir en esta tierra, haciendo de ella el Reino de Dios presente entre los miembros de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
María, amor y dulzura.
Imaginemos una casa en la que toda la familia permanece bajo el cuidado atento de la cabeza de familia. La Iglesia es nuestra casa, en la que, bajo la atenta mirada de María, los cristianos intentamos perfeccionarnos cada día más en conformidad con las posibilidades que tenemos para ello, porque Nuestra Santa Madre no nos deja solos, ni aunque suframos mucho, y ni aunque tengamos la impresión de que nuestros pecados son imperdonables. El amor cristiano del que San Pablo habla en su primera Carta a los Corintios, no nos cabe ninguna duda de que es el mismo amor con que Nuestra Santa Madre nos acoge en su presencia (1 COR. 13, 4-8A).
Hace bastantes años tuve la ocasión de ayudar a una adolescente sorda y ciega con el fin de que pudiera valerse por sus propios medios en el instituto en el que cursaba sus estudios. Careciendo de la vista y prácticamente del oído, y al tener una pierna más larga que la otra, tenía verdaderos problemas tanto para orientarse como para bajar escaleras, si no tenía donde apoyarse, con el fin de no caerse. Aunque mi joven amiga no lo sabía, cada vez que tenía que bajar escaleras y yo estaba con ella, no le decía nada, pero tendía mis brazos hacia ella sin tocarla, como si fuera a abrazarla, por si perdía el equilibrio, evitar que se cayera. Tardé en decirle que tendía los brazos hacia ella para cogerla en el caso de que perdiera el equilibrio, con el fin de que aumentara la escasa confianza que tenía en sí misma, para que no tuviera tendencia a quedarse de por vida sentada en una silla. Aunque Nuestra Mediadora celestial no está corporalmente entre nosotros, su amor nos acompaña siempre, pues, espiritualmente, camina a nuestro lado, con el fin de fortalecernos en las caídas, y de acogernos en sus brazos cuando nos arrepentimos de los errores que cometemos, para que sigamos el camino de nuestro crecimiento sin desanimarnos.
He tenido la oportunidad de conocer a un señor al que se le murió su madre hace muchos años. Cuando hace años me decía: "Mi madre habla conmigo todos los días", yo pensaba que no aceptaba la muerte de su progenitora, pero ahora sé que existe la Comunión de los Santos, lo cual explica este hecho.
Si algunos se sienten protegidos por los que han muerto, ¿cómo habremos de sentirnos nosotros al estar amparados por Nuestra Madre resucitada y glorificada?
Cuando lloramos la pérdida de nuestros familiares y amigos queridos, cuando carecemos de trabajo, cuando tenemos problemas matrimoniales o con nuestros hijos, y en otras muchas circunstancias dolorosas, María es la luz que nos anima y nos conduce a la presencia de Nuestro Padre común, para que Él, sirviéndose de nuestro dolor, nos sustituya el sufrimiento por gozo eterno.
Igualmente, cuando solucionamos algún problema difícil de soportar, del cuál creíamos que iba a formar parte de todos los días de vida que nos quedaran, María comparte nuestra alegría, y nos recuerda que aún nos queda mucho que vivir.
En la brisa que nos acaricia, en el trabajo duro que no es pesado porque un amor inexplicable por su grandeza nos conduce a terminar el mismo felizmente, en los estudios que cada día son más difíciles, en la construcción y adaptación de un nuevo hogar, en los ratos de ocio, en los encuentros familiares, y, muy especialmente, cuando la vida nos dice que lo hemos hecho bien, Nuestra Santa Madre nos tiende la mano, para ser ella quien nos presente ante el Padre de las luces.
Ante todo y ante todos, María es Nuestra Madre, de hecho, independientemente de nuestro estado social, y sin importar lo malas que puedan llegar a ser nuestras acciones, siempre está dispuesta a acogernos y a presidir, junto al Padre y a Jesús, la santa mesa en la que nos perdonamos mutuamente, y nos amamos sinceramente, desde nuestros templos a la eternidad.
¿Somos rebeldes? María espera que, tarde o temprano, contentos, cansados o doloridos, nos acordemos de Ella, pues, abierta la puerta del cielo, nos espera para presentarnos ante Nuestro Santo Padre.
Si no sabemos cómo decirle a María lo que hemos sufrido, o si no sabemos con qué cara vamos a contarle nuestros pecados, haremos mejor con gozar eternamente de su amor, pues Nuestra Santa Madre no requiere de ninguna explicación para amarnos y aceptarnos tal como somos, de hecho, Dios, que ha de juzgarnos, si le amamos sinceramente, y, si en el caso de haber pecado, nos arrepentimos sinceramente de ello, nos acogerá a todos en su presencia, independientemente de que seamos hijos pródigos, o hijos que aparentaron amarlo, y lo único que amaban era la salvación de su alma, no como don celestial, sino como derecho adquirido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)