Meditación.
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Miércoles de Ceniza.
Meditación.
1. A partir del segundo Domingo del tiempo ordinario empecé a preparar las meditaciones de Cuaresma junto a todos los hermanos y amigos para editar los boletines de Padre nuestro. Hoy es el gran día tan esperado en el que empezamos a vivir el tiempo de Cuaresma. Este Miércoles es el primero de los 40 días durante los que nos preparamos espiritualmente para celebrar el Misterio Pascual. Dispongámonos a acompañar a Jesús en su última peregrinación a Jerusalén para que Nuestro Señor no se sienta sólo durante las horas en que se prolongará su Pasión.
2. Uno de los aspectos más relevantes de este periodo litúrgico es la recepción por nuestra parte del Sacramento de la Reconciliación -o Penitencia- Dios no tiene nada que perdonarnos porque nos ama y, quienes saben amar, no tienen necesidad de ejercitar la virtud del perdón. Quienes anteponen la caridad a su amor propio son incapaces de ofenderse, pero ello no significa que esas personas estén incapacitadas para no sucumbir ante los estados adversos que viven. Si somos conscientes de que lo más lógico que podemos hacer es equivocarnos según decía Madre Teresa de Calcuta, deberíamos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimos. La extrema aplicación de la penitencia a nuestras vidas puede convertirse en una barrera sicológica insalvable. San Pablo decía las siguientes palabras, que encontramos en ROM. 7, 15.
Hace varios años conocí a un chico de catorce años que ignoraba la diferencia que existe entre pensar y consumar los inocuos deseos que pueden oscurecer nuestra mente cuando estamos airados. El pobrecillo Juan, cuanto más deseaba ser paciente, más pensamientos iracundos albergaba ya no contra sus prójimos, sino respecto de sí mismo. Mi amigo Juan vive sedado, su siquiatra cree que jamás podrá dejar de consumir tranquilizantes que le han causado pequeñas deformaciones en el cuerpo y lo debilitan de tal forma que no puede caminar si no es ayudado por sus familiares, simplemente por haber concebido en su pubertad la penitencia como una carga insuperable. Juan decía:
"Si el demonio me induce a pecar, ¿cómo podré resistir mis tentaciones?
¿De qué me sirve aspirar a la Santidad si el demonio no deja de asfixiarme?
¿Peco al pensar que no siento que Dios me libra de las garras del diablo?".
3. Si desestimamos el Sacramento de la Reconciliación, nos oponemos a alcanzar un mayor estado de perfección personal. Si desestimar la penitencia equivale para nosotros a vivir mediocremente, abusar de los actos de petición de perdón significa disminuir nuestras posibilidades de constatar que Nuestro Padre y Dios no nos ha abandonado. Personalmente pienso que Dios no quiere ser una necesidad vital para nosotros, sino un miembro más de nuestra familia, una fuente de dones y virtudes que se nos da, por cuanto Él es la personificación del amor. No tengamos prisa pensando que necesitamos superar rápidamente nuestros defectos simplemente porque se acerca la Semana Santa, así pues, si nos superamos un poco respecto de nuestras debilidades, habremos logrado dar un paso más para alcanzar la tan ansiada meta de nuestra santificación. Quienes haremos actos de reconciliación durante este periodo litúrgico, le pediremos a Dios que nos enseñe a perdonarnos a nosotros, y a no sentirnos ofendidos ni heridos ante los comportamientos de nuestros prójimos que no podemos aceptar. El Sacramento de la Reconciliación tiene un sentido muy amplio si lo vemos como medio de conocer la profundidad de nuestro corazón con la intención de detectar nuestros defectos y la forma de superar los mismos, y también es de gran provecho si a través del citado rito nos acercamos a aquellos de nuestros seres conocidos a quienes desestimamos porque son más pobres que nosotros o porque han abrazado un estado de vida escandaloso para nosotros porque desconocemos la citada forma de existencia. Para que nuestros hermanos los hombres nos comprendan y respeten, tenemos que comprenderlos y respetarlos a ellos. A pesar de que los cristianos no podemos apoyar las diversas prácticas injustas existentes, tenemos que abrirnos a quienes no comparten nuestras creencias, para que ellos se acerquen a nosotros con confianza y siendo conscientes de que somos maestros del arte de amar, pues es necesario que se nos conozca por predicar el Evangelio mediante el ejemplo que les damos a quienes nos conocen de convertir en obras las palabras de Nuestro Hermano y Señor Jesús.
No podemos hacer penitencia sin ser absorbidos por el hastío ignorando que la práctica de la caridad empieza por nosotros mismos y se extiende a nuestros prójimos. No hacemos penitencia porque nuestra naturaleza es pecadora por antonomasia, pues intentamos reconciliarnos con nosotros y nuestros prójimos en aras de alcanzar un estado de perfección más satisfactorio (2 COR. 5, 20).
Vamos a pedirle a Nuestro Santo Padre que el tiempo de Cuaresma nos sirva para profundizar la relación que mantenemos con Él, y para fomentar el vínculo que nos une a la Trinidad Beatísima.
Intentemos no conformarnos creyendo que cumplimos con Dios porque asistimos a la celebración de la Eucaristía dominical, olvidando así nuestros deberes cristianos.
Nuestro Santo Padre nos creó a su imagen y semejanza para que seamos como Él, así pues, atendamos las siguientes exhortaciones bíblicas: (MT. 5, 48: 1 PE. 1, 16).
(EF. 1, 3). Nosotros podemos asemejarnos a Dios en su conducta amorosa si nos decidimos a imitar a Jesús de Nazaret (2 COR. 5, 21).
Cristo no sólo asumió nuestra condición humana, pues Él también quiso dejarse marcar por nuestra debilidad (FLP. 2, 7).
¿Por qué se sometió Nuestro Hermano Jesús al dolor? Jesús hubiera podido purificarnos sin dolor, pero nuestro amor a la vida fácil y vacía nos incita a vencer la adversidad para concienciarnos del valor de los dones y virtudes que Dios nos ha dado para que seamos felices según nuestras posibilidades.
4. Los buenos penitentes no pueden manifestarse a Dios, a ellos y al mundo mediante el ejercicio de sus actos de penitencia, si no hacen de la oración un elemento esencial de sus vidas. Cuanto más nos relacionamos con nuestros seres queridos, más estrechos se hacen los lazos que nos vinculan a ellos, así pues, si Dios es el más amado de nuestros prójimos, ¿cómo prescindiremos de orar si la oración consiste en hablar con Dios?
¿Es difícil orar para nosotros? Si nos sucede esto, entendamos que en el caso de que no tengamos fe, sólo usamos a Dios para que nos ayude cuando necesitamos de sus gracias divinas para superar nuestra adversidad. Dios no es el padre oprimido por un adolescente porque no puede darle a su hijo el dinero que le pide, de hecho, Nuestro Santo Padre es el más grande de los amores, pero no por ello se deja manipular por nuestro egoísmo.
(1 JN. 4, 8). Esta realidad no significa que ese amor no se convertirá en exigencia cuando Nuestro Santo Padre crea oportuno el hecho de hacernos ver que nuestra forma de expresarnos o de proceder en un determinado momento es incorrecta. A Dios no le gusta ser severo cuando nos estancamos en nuestros defectos negándonos a superar los citados estados, pero el amor "encuentra su gozo en la verdad" (1 COR. 13, 6).
Todos tenemos una forma de orar que se adecua a nuestro carácter, así pues, mientras que algunos de nuestros hermanos se sienten muy motivados a elevar sus plegarias al cielo ante las imágenes religiosas de su devoción, otros nos sentimos más inspirados para orar en grupos de Liturgia y oración o cuando estamos a solas en estado de contemplación. A Dios no le incumbe nuestra forma de orar como la sinceridad de los pensamientos, gestos, palabras u obras con que le formulamos nuestras peticiones y le agradecemos la infinitud del manantial de misericordia que derrama constantemente sobre nosotros. Seguramente sufriremos mucho cuando contemplemos a Jesús durante las horas de su Pasión y muerte en la conmemoración del Santo Triduo Pascual, pero nos es necesario que Jesús sufra nuestra adversidad y mucho más para que no sintamos que somos cobardes cuando tengamos que demostrarnos a nosotros y al mundo nuestra fe enfrentándonos al dolor que nos caracteriza.
Jesús nos dice en el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística que nuestras oraciones sean sinceras intenciones de petición y de acción de gracias que brotan de nuestro corazón como ríos de agua viva. Jesús es nuestro gran modelo de fervoroso Hijo de Dios que se dedicaba a orar durante muchas horas y, nosotros, los que deseamos imitarlo, leemos llenos de asombro y emoción las palabras del Evangelio del Apóstol y Evangelista Juan: (JN. 7, 37-38).
No creamos que Dios nos va a conceder todo lo que le vamos a pedir simplemente porque oramos durante muchas horas. Si Nuestro Padre sabe que le pedimos dádivas que no nos convienen, nos será imposible agotar su paciencia con nuestros ruegos. No tengamos miedo a elevar nuestras peticiones a Dios cuando oramos (MT. 7, 7. 6, 8).
No nos quejemos de nuestro sufrimiento purificador. No nos sirve de nada lamentarnos porque atravesamos una situación difícil.
¿Dónde está nuestra fe? No puedo evitar pensar en lo que es el amor cristiano cuando veo a muchos padres presumir de los cuidados con que aman a sus hijos discapacitados y se lamentan de la cruz que Dios les ha echado encima. Pocos meses antes de que mi hermana Lucía muriera con parálisis cerebral, epilepsia y otras enfermedades, yo la tuve entre mis brazos. Su cuerpo temblaba, y su vida era vencida por la muerte muy lentamente. Yo no me hacía pasar por santo porque abrazaba su cuerpo que era abandonado por la vida lentamente, estaba con ella hasta el fin de su existencia. Yo era un niño de once años que tuve que aprender en aquellas circunstancias la diferencia que existe entre el amor verdadero y la hipocresía. Por cierto, os digo que en aquel tiempo no me vi en la necesidad de reunir a todos mis vecinos para que se jactaran viéndome llorar como un hipócrita.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. A partir del segundo Domingo del tiempo ordinario empecé a preparar las meditaciones de Cuaresma junto a todos los hermanos y amigos para editar los boletines de Padre nuestro. Hoy es el gran día tan esperado en el que empezamos a vivir el tiempo de Cuaresma. Este Miércoles es el primero de los 40 días durante los que nos preparamos espiritualmente para celebrar el Misterio Pascual. Dispongámonos a acompañar a Jesús en su última peregrinación a Jerusalén para que Nuestro Señor no se sienta sólo durante las horas en que se prolongará su Pasión.
2. Uno de los aspectos más relevantes de este periodo litúrgico es la recepción por nuestra parte del Sacramento de la Reconciliación -o Penitencia- Dios no tiene nada que perdonarnos porque nos ama y, quienes saben amar, no tienen necesidad de ejercitar la virtud del perdón. Quienes anteponen la caridad a su amor propio son incapaces de ofenderse, pero ello no significa que esas personas estén incapacitadas para no sucumbir ante los estados adversos que viven. Si somos conscientes de que lo más lógico que podemos hacer es equivocarnos según decía Madre Teresa de Calcuta, deberíamos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimos. La extrema aplicación de la penitencia a nuestras vidas puede convertirse en una barrera sicológica insalvable. San Pablo decía las siguientes palabras, que encontramos en ROM. 7, 15.
Hace varios años conocí a un chico de catorce años que ignoraba la diferencia que existe entre pensar y consumar los inocuos deseos que pueden oscurecer nuestra mente cuando estamos airados. El pobrecillo Juan, cuanto más deseaba ser paciente, más pensamientos iracundos albergaba ya no contra sus prójimos, sino respecto de sí mismo. Mi amigo Juan vive sedado, su siquiatra cree que jamás podrá dejar de consumir tranquilizantes que le han causado pequeñas deformaciones en el cuerpo y lo debilitan de tal forma que no puede caminar si no es ayudado por sus familiares, simplemente por haber concebido en su pubertad la penitencia como una carga insuperable. Juan decía:
"Si el demonio me induce a pecar, ¿cómo podré resistir mis tentaciones?
¿De qué me sirve aspirar a la Santidad si el demonio no deja de asfixiarme?
¿Peco al pensar que no siento que Dios me libra de las garras del diablo?".
3. Si desestimamos el Sacramento de la Reconciliación, nos oponemos a alcanzar un mayor estado de perfección personal. Si desestimar la penitencia equivale para nosotros a vivir mediocremente, abusar de los actos de petición de perdón significa disminuir nuestras posibilidades de constatar que Nuestro Padre y Dios no nos ha abandonado. Personalmente pienso que Dios no quiere ser una necesidad vital para nosotros, sino un miembro más de nuestra familia, una fuente de dones y virtudes que se nos da, por cuanto Él es la personificación del amor. No tengamos prisa pensando que necesitamos superar rápidamente nuestros defectos simplemente porque se acerca la Semana Santa, así pues, si nos superamos un poco respecto de nuestras debilidades, habremos logrado dar un paso más para alcanzar la tan ansiada meta de nuestra santificación. Quienes haremos actos de reconciliación durante este periodo litúrgico, le pediremos a Dios que nos enseñe a perdonarnos a nosotros, y a no sentirnos ofendidos ni heridos ante los comportamientos de nuestros prójimos que no podemos aceptar. El Sacramento de la Reconciliación tiene un sentido muy amplio si lo vemos como medio de conocer la profundidad de nuestro corazón con la intención de detectar nuestros defectos y la forma de superar los mismos, y también es de gran provecho si a través del citado rito nos acercamos a aquellos de nuestros seres conocidos a quienes desestimamos porque son más pobres que nosotros o porque han abrazado un estado de vida escandaloso para nosotros porque desconocemos la citada forma de existencia. Para que nuestros hermanos los hombres nos comprendan y respeten, tenemos que comprenderlos y respetarlos a ellos. A pesar de que los cristianos no podemos apoyar las diversas prácticas injustas existentes, tenemos que abrirnos a quienes no comparten nuestras creencias, para que ellos se acerquen a nosotros con confianza y siendo conscientes de que somos maestros del arte de amar, pues es necesario que se nos conozca por predicar el Evangelio mediante el ejemplo que les damos a quienes nos conocen de convertir en obras las palabras de Nuestro Hermano y Señor Jesús.
No podemos hacer penitencia sin ser absorbidos por el hastío ignorando que la práctica de la caridad empieza por nosotros mismos y se extiende a nuestros prójimos. No hacemos penitencia porque nuestra naturaleza es pecadora por antonomasia, pues intentamos reconciliarnos con nosotros y nuestros prójimos en aras de alcanzar un estado de perfección más satisfactorio (2 COR. 5, 20).
Vamos a pedirle a Nuestro Santo Padre que el tiempo de Cuaresma nos sirva para profundizar la relación que mantenemos con Él, y para fomentar el vínculo que nos une a la Trinidad Beatísima.
Intentemos no conformarnos creyendo que cumplimos con Dios porque asistimos a la celebración de la Eucaristía dominical, olvidando así nuestros deberes cristianos.
Nuestro Santo Padre nos creó a su imagen y semejanza para que seamos como Él, así pues, atendamos las siguientes exhortaciones bíblicas: (MT. 5, 48: 1 PE. 1, 16).
(EF. 1, 3). Nosotros podemos asemejarnos a Dios en su conducta amorosa si nos decidimos a imitar a Jesús de Nazaret (2 COR. 5, 21).
Cristo no sólo asumió nuestra condición humana, pues Él también quiso dejarse marcar por nuestra debilidad (FLP. 2, 7).
¿Por qué se sometió Nuestro Hermano Jesús al dolor? Jesús hubiera podido purificarnos sin dolor, pero nuestro amor a la vida fácil y vacía nos incita a vencer la adversidad para concienciarnos del valor de los dones y virtudes que Dios nos ha dado para que seamos felices según nuestras posibilidades.
4. Los buenos penitentes no pueden manifestarse a Dios, a ellos y al mundo mediante el ejercicio de sus actos de penitencia, si no hacen de la oración un elemento esencial de sus vidas. Cuanto más nos relacionamos con nuestros seres queridos, más estrechos se hacen los lazos que nos vinculan a ellos, así pues, si Dios es el más amado de nuestros prójimos, ¿cómo prescindiremos de orar si la oración consiste en hablar con Dios?
¿Es difícil orar para nosotros? Si nos sucede esto, entendamos que en el caso de que no tengamos fe, sólo usamos a Dios para que nos ayude cuando necesitamos de sus gracias divinas para superar nuestra adversidad. Dios no es el padre oprimido por un adolescente porque no puede darle a su hijo el dinero que le pide, de hecho, Nuestro Santo Padre es el más grande de los amores, pero no por ello se deja manipular por nuestro egoísmo.
(1 JN. 4, 8). Esta realidad no significa que ese amor no se convertirá en exigencia cuando Nuestro Santo Padre crea oportuno el hecho de hacernos ver que nuestra forma de expresarnos o de proceder en un determinado momento es incorrecta. A Dios no le gusta ser severo cuando nos estancamos en nuestros defectos negándonos a superar los citados estados, pero el amor "encuentra su gozo en la verdad" (1 COR. 13, 6).
Todos tenemos una forma de orar que se adecua a nuestro carácter, así pues, mientras que algunos de nuestros hermanos se sienten muy motivados a elevar sus plegarias al cielo ante las imágenes religiosas de su devoción, otros nos sentimos más inspirados para orar en grupos de Liturgia y oración o cuando estamos a solas en estado de contemplación. A Dios no le incumbe nuestra forma de orar como la sinceridad de los pensamientos, gestos, palabras u obras con que le formulamos nuestras peticiones y le agradecemos la infinitud del manantial de misericordia que derrama constantemente sobre nosotros. Seguramente sufriremos mucho cuando contemplemos a Jesús durante las horas de su Pasión y muerte en la conmemoración del Santo Triduo Pascual, pero nos es necesario que Jesús sufra nuestra adversidad y mucho más para que no sintamos que somos cobardes cuando tengamos que demostrarnos a nosotros y al mundo nuestra fe enfrentándonos al dolor que nos caracteriza.
Jesús nos dice en el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística que nuestras oraciones sean sinceras intenciones de petición y de acción de gracias que brotan de nuestro corazón como ríos de agua viva. Jesús es nuestro gran modelo de fervoroso Hijo de Dios que se dedicaba a orar durante muchas horas y, nosotros, los que deseamos imitarlo, leemos llenos de asombro y emoción las palabras del Evangelio del Apóstol y Evangelista Juan: (JN. 7, 37-38).
No creamos que Dios nos va a conceder todo lo que le vamos a pedir simplemente porque oramos durante muchas horas. Si Nuestro Padre sabe que le pedimos dádivas que no nos convienen, nos será imposible agotar su paciencia con nuestros ruegos. No tengamos miedo a elevar nuestras peticiones a Dios cuando oramos (MT. 7, 7. 6, 8).
No nos quejemos de nuestro sufrimiento purificador. No nos sirve de nada lamentarnos porque atravesamos una situación difícil.
¿Dónde está nuestra fe? No puedo evitar pensar en lo que es el amor cristiano cuando veo a muchos padres presumir de los cuidados con que aman a sus hijos discapacitados y se lamentan de la cruz que Dios les ha echado encima. Pocos meses antes de que mi hermana Lucía muriera con parálisis cerebral, epilepsia y otras enfermedades, yo la tuve entre mis brazos. Su cuerpo temblaba, y su vida era vencida por la muerte muy lentamente. Yo no me hacía pasar por santo porque abrazaba su cuerpo que era abandonado por la vida lentamente, estaba con ella hasta el fin de su existencia. Yo era un niño de once años que tuve que aprender en aquellas circunstancias la diferencia que existe entre el amor verdadero y la hipocresía. Por cierto, os digo que en aquel tiempo no me vi en la necesidad de reunir a todos mis vecinos para que se jactaran viéndome llorar como un hipócrita.
José Portillo Pérez.
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