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Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Ciclos A, B y C.

   Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.

   Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.

   En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.

   Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.

   Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.

   Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.

   Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.

   Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.

   Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.

   Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.

   Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.

   Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).

   Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 5, 1-12A.

   3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).

   Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.

   Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.

   Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.

   Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.

   Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.

   Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.

   Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.

   3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.

   Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).

   Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).

   3-3. Los mansos (MT. 5, 4).

   Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).

   3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).

   Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.

   Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.

   Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.

   3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).

   Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.

   3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).

   Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.

   3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).

   La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).

   3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).

   Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.

   Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.

   3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).

   En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.

   3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).

   Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.

   El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).

   Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).

   Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).

   Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).

   Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).

   Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).

   3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
   2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
   3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
   4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
   5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
   6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
   7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
   8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
   9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
   10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
   11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
   12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
   13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
   14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
   15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?

   3-2.

   16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
   17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
   18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
   19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
   20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
   21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
   22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?

   3-3.

   23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
   24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
   25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
   26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?

   3-4.

   27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
   28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
   29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
   30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
   31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?

   3-5.

   32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?

   3-6.

   33. ¿Qué es la misericordia?
   34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
   35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?

   3-7.

   36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
   37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
   38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
   39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?

   3-8.

   40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
   41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
   42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
   43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?

   3-9.

   44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
   45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
   46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
   47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
   48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?

   3-10.

   49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
   50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
   51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
   52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
   53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
   54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
   55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
   56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
   57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
   58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.

   Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   (MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.

   Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.

   Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

   Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).

   ¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?

   La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

   Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.

   La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

   Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.

   En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).

   ¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?

   Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.

   Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.

   Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.

   San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.

   San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.

   Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:

   1. Negarnos a nosotros mismos,

   2. Tomar nuestra cruz, y

   3. Caminar detrás de Jesucristo.

   1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?

   San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).

   Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).

   Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).

   La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).

   Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.

   Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).

   De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).

   Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).

   A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).

   ¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?

   ¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?

   Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).

   Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:

   ¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?

   ¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?

   Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:

   ¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?

   Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.

   (MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).

    2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?

   Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.

   Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).

   Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).

   Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).

   "En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.

   Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.

   No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.

   En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").

   3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?

   (1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.

   1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

   Meditación de SB. 7, 7-11.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.

   Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.

   -El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).

   San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.

   -El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.

   -El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.

   -El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.

   -El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.

   ¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis? (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   ¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis?.

   Estimados hermanos y amigos:

   No es necesario recordar en este tiempo que estamos viviendo una gran crisis mundial que no nos afecta solo económicamente, así pues, para valorar superficialmente los efectos de la misma, debería bastarnos el hecho de pensar lo que está sucediendo en el mundo con nuestros valores cristianos.

   Antes de despedirme de vosotros a finales del pasado mes de febrero del presente año precisamente porque me era imposible costearme el acceso a Internet, recibí muchas cartas de hermanos sudamericanos desesperados por la situación de pobreza que están viviendo, así pues, aunque traté lo que aparentemente parece el abandono de los pobres por Nuestro Padre común en algunas meditaciones que publiqué entre los pasados meses de noviembre y febrero, deseo tratar en esta ocasión ese tema con vosotros.

   La crisis económica que estamos viviendo afecta a quienes tienen mucho dinero, pues muchos de los tales, aunque no pasarán por ninguna situación de pobreza, tienen pérdidas que difícilmente pueden superar. Por el contrario, otros hemos tenido problemas económicos de cierta gravedad, y otros tantos están viviendo en la calle, pues ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse.

   Precisamente por causa de la difícil situación que estamos viviendo a nivel mundial, los cristianos deberíamos permanecer unidos, porque, aunque muchos seamos pobres, ello no significa que no somos importantes para Nuestro Padre común, por consiguiente, veamos lo que Santiago escribió con respecto a quienes tenían carencias económicas en su tiempo: (ST. 2, 1-5).

   Si Dios nos ama a quienes carecemos de los medios que desearíamos tener para vivir, ¿por qué permite que seamos atribulados? Respondamos esta pregunta utilizando nuevamente la Carta de Santiago: (ST. 1, 2-4).

   ¿Para qué necesitamos ser probados? San Pablo nos dice: (1 COR. 11, 17-19).

   “Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.
   El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y les pidió que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.
   Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente.
   A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos.... ¡ELLA DEBÍA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA! Esto hizo la mula palazo tras palazo. SACÚDETE Y SUBE. Sacúdete y sube. Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma.
   No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO. A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso les alentó a continuar paleando. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad.
   ¡ASI ES LA VIDA!
   Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!”
   (Desconozco el autor de esta meditación).

   San Pablo nos dice con respecto a las pruebas que hemos de sufrir para ser perfeccionados: (1 COR. 10, 13).

   Aunque cuando sufrimos por cualquier causa podemos caer en la tentación de creer que Dios nos ha abandonado, en esos momentos Nuestro Padre común está muy pendiente de ayudarnos, pues Santiago escribió en su Carta: (ST. 1, 9).

   (ST. 1, 12). Hay dos tipos de pruebas a las que tenemos que enfrentarnos, así pues, por una parte sufrimos las pruebas que durante mucho tiempo hemos creído que Dios nos manda para que seamos perfeccionados, y, por otra parte, no hemos de olvidar las pruebas a las que nos somete nuestra fragilidad humana, de las cuales leemos en la Carta de Santiago: (ST. 1, 13-18).

   Después de recordar la utilidad que tienen las dificultades que vivimos, necesitamos ver lo que verdaderamente ha de ayudarnos a sobrevivir a este tiempo de crisis, especialmente a los carentes de recursos materiales y de bienes espirituales, con el fin de que nuestras carencias no nos hagan sufrir por sufrir.

   Aunque suene ridículo el texto bíblico que vamos a recordar a continuación a los oídos de mucha gente, entre quienes hay creyentes con un escaso conocimiento de la Palabra de Dios, no por ello el siguiente versículo del Evangelio de San Mateo deja de recordarnos una verdad muy importante: (MT. 6, 33).

   ¿Debemos creer que Dios solventará nuestros problemas si dedicamos nuestro tiempo y energía a predicar el Evangelio? Aunque conviene evitar caer en la trampa en que caen quienes se adhieren a muchas religiones con la esperanza de ganar dinero por el mero hecho de predicar, no hemos de olvidar que a Dios no se le puede servir por egoísmo, y que, de alguna manera, en nosotros se cumplen las siguientes palabras que Dios les dirigió a los hebreos peregrinos por medio de Moisés, a pesar de las múltiples tribulaciones que hemos vivido: (DT. 8, 1-6).

   No olvidemos que el temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues el mismo es uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace reverenciar al Dios Uno y Trino, y que Nuestro Padre común no nos castiga para divertirse a costa nuestra, sino que aprovecha nuestras circunstancias consideradas adversas para perfeccionarnos.

   En el relato del sermón del monte de San Mateo, leemos que Jesús dijo, las palabras que encontramos en MT. 6, 22-23.

   Si nuestro ojo figurativo es bueno, nos dedicaremos a ayudar a resolver las carencias de nuestros familiares en conformidad con las posibilidades que tengamos para ello, solucionaremos nuestros problemas, y nos acordaremos de las necesidades de nuestros prójimos los hombres, independientemente de que los mismos crean en Dios. Estas actividades no nos impedirán seguir creciendo espiritualmente, pues Jesús nos dice las palabras que leemos en MT. 6, 19-21.

   Efectivamente, si nos ocupamos de nuestros familiares, de nosotros y de nuestros amigos, y acrecentamos nuestra fe por medio de la asistencia a las celebraciones sacramentales, las catequesis y el estudio personal de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, nuestro corazón no dejará de anhelar el hecho de seguir viviendo en la presencia de Dios, pero, si no actuamos adecuadamente, y únicamente pensamos en nosotros, indudablemente, viviremos en tinieblas.

   Si nuestro ojo figurativo está sano, conformmémonos con las cosas que tenemos, siempre que no podamos aumentar nuestros bienes. No pretendo decir que hemos de abandonar nuestras actividades para dedicarnos exclusivamente a estudiar la Palabra de Dios, sino que hemos de evitar la a ambición excesiva, y el hecho de querer desear justo lo que no podemos conseguir.

   San Pablo nos dice tajantemente que hemos de socorrer a nuestros familiares en sus necesidades: (1 TIM. 5, 8).

   El hecho de sustentar a nuestros familiares, no nos obliga a esforzarnos por conseguir los medios más punteros del mercado para modernizar nuestros hogares, pues en la Biblia leemos: (PR. 30, 7-9).

   Si tenemos alimentos, ropa y un techo bajo el que cubrirnos, todo lo que podamos conseguir aparte de estas tres cosas, nos aportará bienestar, pero todo ello es secundario, pues San Pablo nos dice: (1 TIM. 6, 6-10; HEB. 13, 5-6).

   Deberíamos evitar el hecho de tener grandes deudas arriesgándonos a no poder pagar las mismas en el futuro, pues Jesús nos dice: (MT. 6, 25. 31-34).

   Por su parte, San Pablo les escribió a los Filipenses: (FLP. 1, 9-11. 4, 4-9; PR. 4, 20-27; 2 COR. 4, 13-18).

   A pesar de que las cosas visibles son pasajeras y de que nos es prácticamente imposible el hecho de vivir sin algunas de ellas, no hemos de olvidar la instrucción que estamos recibiendo de Nuestro Padre común, pues la misma nos ayuda a soportar la adversidad característica de nuestra vida (SAL. 37, 3-6).

   Si aún seguimos pensando que no comprendemos la razón por la que somos atribulados, leamos atentamente las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 5-8).

   Con respecto a la indecisión, recordemos la vocación del Profeta Jeremías: (JER. 1, 4-10. 17-19).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que fortaleció a Jeremías para que lo sirviera en sus hermanos de raza, que nos ayude a vencer nuestras dificultades.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).

   2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.

   Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).

   Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).

   3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.

   ¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.

   Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.

   Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.

   Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.

   Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.

   Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.

   Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.

   Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.

   Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.

   2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.

   3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación de MT. 5, 1-12A.

   Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.

   1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).

   2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).

   San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.

   Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).

   En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.

   Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).

   El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).

   3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).

   San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.

   San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).

   Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).

   No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.

   4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.

   5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).

   6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.

   7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.

   8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.

   9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.

   Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Examen de conciencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   Examen de conciencia.

   Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
   Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.

     -¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).

   -¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).

   -Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).

   -¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).

   -¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).

   -¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).

   -¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).

   -A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).

   -¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).

   -En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).

   -¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).

   -Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o         recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).           

   -¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).

   -En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).

   -¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?

   San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).

   -¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?

   -¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).

   -¿Somos víctimas del odio o de los celos?

   -¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).

   -¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).

   -¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?

   -¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?

   -En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?

   -En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?

   -¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).

   -En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).

   -¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).

   -En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).

   -En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).

   -¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).

   -¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).

   -En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).

   -En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).

   -¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?

   San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).

   Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:

   1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.

   2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.

   Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.

   Que Dios os colme de bendiciones.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Adán y Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. Adán y Cristo.

   Meditación de ROM. 5, 12-19.

   ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.

   El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.

   Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.

   Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la oración. Ora y conviértete al Señor. (Miércoles de Ceniza).

   Estudio bíblico sobre la oración.

   Ora y conviértete al Señor.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Dado que el Miércoles de ceniza del año pasado consideramos un estudio bíblico sobre el ayuno, en esta ocasión, a través de una serie de frases que varios personajes bíblicos le dijeron a Nuestro Señor, vamos a hacer una meditación sobre la necesidad que tenemos de convertirnos a la fe predicada por Nuestro Redentor.

   Antes de comenzar esta reflexión, deseo instaros a que viváis el tiempo litúrgico que hoy vamos a comenzar con mucho ánimo. Para muchos de nuestros hermanos en la fe, la Cuaresma es una penosa cuesta arriba que finaliza el Viernes Santo, día en que acaban de meditar la Pasión del Señor exhaustos de tanto orar, y vuelven a enfrentarse al día siguiente a su rutina ordinaria, con la sensación de que sus días vuelven a ser pesados nuevamente.

   De la misma manera que los cristianos católicos creemos que quien no vive para servir no sirve para vivir, si la Cuaresma no tiene la triple utilidad de aumentarnos la fe, mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos y mejorar notablemente la calidad de nuestras vidas, el citado tiempo debe considerarse totalmente perdido.

   ¿Cómo podemos aumentar la débil fe que tenemos en Dios?

   ¿Cómo podemos mejorar las inestables relaciones que mantenemos con aquellos familiares, amigos y compañeros de trabajo con quienes nos comunicamos porque no podemos evadirlos?

   ¿Cómo podemos resolver los problemas personales que nos amargan la existencia?

   Son muchas las cosas que se pueden hacer para mejorar en los tres aspectos mencionados, las cuales, al no ser esta meditación un extracto de un manual de Psicología, sino una reflexión religiosa, no pueden ser mencionadas todas en el reducido espacio que ocupa este texto, aunque, a pesar de ello, os puedo decir lo mejor que podemos hacer para mejorar en los tres casos citados, lógicamente, sin perjuicio del hecho de que leamos libros de Psicología que nos ayuden a crecer personalmente. Lo mejor que podemos hacer indudablemente para mejorar la calidad de nuestras vidas, es aplicarnos el ejemplo de fe de San Pablo, el Santo que les escribió a los cristianos de Filipo, las palabras que encontramos en FLP. 3, 10-11.

   Si tuviéramos el poder de conseguir lo que más anhelamos, no dudaríamos en tener relaciones perfectas con nuestros prójimos y muchos y valiosos bienes. Por su parte, San Pablo, en el fragmento de su Carta a los Filipenses que hemos recordado, contradice nuestro punto de vista, así pues, comprendemos el hecho de que en su deseo de crecer espiritualmente anhelara la posibilidad de conocer a Cristo y de compartir con el Mesías la vida eterna en el tan soñado cielo, pero, el hecho de que quisiera vivir los padecimientos del Señor, no tiene sentido en nuestras sociedades hedonistas. Entendemos que San Pablo quisiera alcanzar la excelencia en su crecimiento espiritual, pero, al considerar que para alcanzar su logro no le importaba el hecho de sufrir, puede suceder que lo creamos fanático.

   Una de las razones por las que la fe católica vive una penosa crisis en países que tradicionalmente han estado muy vinculados a la Iglesia de Cristo a lo largo de su Historia, es la incorrecta forma que muchos de los habitantes de los mismos tenemos de actuar a la hora de alcanzar nuestras metas, rehusando a dos elementos imprescindibles para que podamos mejorar la calidad de nuestras vidas, los cuales son la autodisciplina y los esfuerzos a largo plazo. Muchos de mis lectores me escriben quejándose de que sus hijos son muy débiles, porque, al no tener la paciencia que necesitan para alcanzar la consecución de sus propósitos, se aburren y abandonan sus tareas. Estos padres suelen tener dificultades para reconocer que en muchos casos ellos son los responsables de que sus hijos carezcan de espíritu de lucha, a pesar de que a los tales no les suele faltar amor propio. Dichos padres tienen dificultades para recordar que cuando sus hijos eran pequeños y querían cualquier cosa les faltaba tiempo para comprársela, lo cual fue un error, si consideramos que no les hicieron pagar a los tales ningún precio por sus caprichos para que aprendieran a valorar lo que les concedían. Si dichos padres les hubieran hecho esperar a sus hijos un tiempo prudente antes de concederles sus más anhelados deseos, los tales habrían desarrollado la paciencia, y, por causa de su carácter combativo, serían capaces de sobrevivir con más alegría a este tiempo de crisis económica.

   María es una señora desesperada por reducir su peso. Todos los años, al empezar el tiempo de Cuaresma, reduce considerablemente la cantidad de alimentos que consume, con el propósito de bajar de peso rápidamente. Como el hambre y el estrés hacen que María se desespere, no sólo se queda sin cumplir su deseo, sino que cada año aumenta su peso un promedio de cinco kilos. María debería entender que podría hacer una dieta equilibrada durante todo el año para conseguir ver realizado lo que según ella es un sueño inalcanzable.

      Es necesario que comprendamos que los esfuerzos a largo plazo, aunque en algunos casos sean penosos, no sólo son beneficiosos porque por los mismos conseguimos lo que deseamos, sino porque nos enseñan a desarrollar la paciencia.

    1. Respuestas a algunas preguntas referentes a la oración.

   Os remito las respuestas que les di a algunos de mis lectores hace varios años con respecto a las preguntas que me hicieron referentes a la oración.

   Queremos profundizar en nuestra oración, así pues, es nuestro deseo dedicarle al Señor más tiempo, sin excusarnos argumentando que no tenemos tiempo para orar, o que llevamos muchas actividades a cabo, por lo que no podemos suspender ninguna de ellas para encerrarnos en el silencio de nuestro interior, donde, al no existir ruido alguno, se oye perfectamente la voz del Dios que nos ama de una manera inexplicable por nuestra parte.

   1-1. Orar, ¿para qué?

   ¿Cómo tengo que rezar?

   La oración es una conversación que los cristianos mantenemos con Nuestro Padre y Dios, quien abarca todas nuestras vidas. Dios lo es todo en nosotros (para nosotros), y por ello nos comunicamos con Él, siendo conscientes de que Nuestro Padre celestial es una Persona real, que escucha nuestras invocaciones, y nos concede todo aquello que conviene a nuestra salvación, así pues, es conveniente que no olvidemos que la vida de los cristianos tiene como meta la permanencia eterna junto a nuestro Padre y Dios.

   Existen muchas oraciones con las cuales podemos dirigirnos tanto a la Deidad Suprema como a los Santos, nuestros venerables hermanos que han pasado de esta vida al Reino celestial. En la web del Dr. Jerónimo Domínguez, encontré esta frase: "Lo hermoso no es que debo orar, sino que puedo orar", así pues, dependiendo de la forma en que deseemos alabar a Dios, o de las peticiones que le dirijamos a la Trinidad Beatísima, nos encontramos con que nuestras oraciones pueden ser agradables a Dios o impropias de cristianos.

   Muchas veces es conveniente que le dirijamos a Dios nuestras propias y sencillas oraciones, nacidas de corazones inspirados por el Espíritu Santo, para que las conocidas plegarias litúrgicas (como el Padre nuestro) no acaben careciendo de sentido teológico según nuestra óptica, a fuerza de repetirlas muchas veces.

   Debido a que Dios existe y escucha nuestras oraciones, podemos dirigirnos a Él con toda naturalidad, porque es Nuestro Padre, y es necesario que exista confianza en Nuestro Creador por parte de quienes somos sus hijos amados.

   No veamos a Dios como si fuera un Ser lejano al que tenemos que pedirle favores. Nuestro Dios no nos exige que le sacrifiquemos a los hijos que Él mismo nos ha concedido con el fin de que le seamos dignos y nos conceda lo que necesitamos para vivir, tal como creían los adeptos de ciertas religiones primitivas.

   Oremos con naturalidad y humildad. Dios no es como los padres que les dan a sus hijos adolescentes e incluso adultos el dinero que estos quieren para que lo malgasten en vicios, sin que los mismos piensen en labrarse su futuro. Amemos al Dios del amor, y no los caramelos que deseemos que Nuestro Padre celestial nos regale.

   Es necesario que las dádivas divinas sean pedidas al mismo tiempo que hacemos el bien en favor de nuestros prójimos y nuestro con el corazón lleno de misericordia.

   Dios sabe lo que nos debe conceder en cada momento de nuestras vidas, porque Nuestro Padre común nos conoce, y desea preservarnos del pecado.

   1-2. ¿Por qué queremos alabar a Dios cuando oramos?

   "Es de bien nacidos el ser agradecidos" -reza un refrán español-. Si pensamos en todos los dones que Nuestro Padre celestial nos ha concedido, si pensamos en la Deidad que se ha humillado ante los hombres, lo único que podemos hacer, llenos de admiración, es alabar a Nuestro Creador, ya sea con cánticos, oraciones mentales o vocales, u obras de misericordia.

   Ya ha pasado el tiempo de la pereza espiritual, pues es Dios quien constantemente llama a nuestros corazones los cuales a veces están cerrados para Él, a pesar de que Nuestro Padre común desea vivir en nosotros, en los familiares que nos ha concedido, y en el entorno en que nos desenvolvemos.

   Si creemos que Dios abarca nuestras vidas, ¿qué razón tiene para perdurar en nosotros la pereza espiritual, que no sea la carencia de fe divina?.

   1-3. ¿Cómo puedo saber que Dios me escucha cuando rezo?

   Cuando yo era catequista de la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), los componentes de mis grupos infantiles me solían preguntar: "¿Cómo eres el único del pueblo que cree en Dios hasta el punto de servir a Jesús?".

   Yo les decía: "Hace mucho tiempo estaba vendiendo cupones. Un buen día, Dios me llamó al móvil, y me dijo que me viniera a la Iglesia con vosotros". Los niños sonreían, y yo les explicaba que los creyentes, aunque no podemos demostrarlo, tenemos el conocimiento de que Dios nos habla a través de la oración, y que por eso era su catequista, porque sentía que Jesús me quería junto a ellos.

   Yo sé que Dios escucha mis oraciones porque tengo fe. Si escuchara la voz de Dios desde fuera de mi interior, ¿para qué me haría falta dicha virtud teologal?

   Desde que nos creó, Dios nos hizo libres, y el pecado obstaculizó la comunicación que nuestros primeros padres mantenían con el Todopoderoso. Si hablamos con Dios a partir de la fe y humildad que pueden caracterizar nuestras vidas de cristianos, al convertirnos sinceramente al Dios del amor, Nuestro Padre común estará presente en nosotros, pues esperamos que llegue el día en que, sin que necesitemos tener fe, Dios cumpla la promesa de conducirnos a su presencia, después de que hayamos superado nuestras miserias actuales.

   1-4. Yo quisiera orar, pero, ¿cómo puedo saber si realmente Dios existe, me ama y se interesa por mí?

   No es fácil adquirir el buen hábito de orar, de la misma manera que tampoco podemos decir que el diablo actúa en nosotros para que no nos encontremos con Dios, como creen muchos hermanos nuestros, pues es más correcto decir que nuestro intelecto no nos permite acercarnos al Señor, ante la duda de su existencia que no podemos demostrar científicamente, en el caso de que aún no hayamos experimentado su amor divino. No hay que olvidar que nuestras vidas transcurren en medio de un mare mágnum de actividades, las cuales pueden impedirnos recordar que quizás nos favoreció hace mucho tiempo, quien, dicho sea de paso, con tanto amor nos trata aunque no lo percibamos, por lo cual deseamos agradecerle el bien que nos hace llevando a cabo obras de misericordia inspiradas.

   1-5. Vence la pereza a la hora de servir al Señor.

   Os presento algunas excusas que los perezosos exponen para no cumplir sus deberes religiosos.

   1-5-1. "Yo no voy a Misa porque no me entero de nada, de hecho, el cura siempre dice lo mismo, y yo termino aburriéndome".

   ¿El hecho de que no conoces al Señor es la excusa que utilizas para no celebrar la Eucaristía, en vez de valerte del mismo para aumentar esa fe que dices que tienes, al menos, cuando estás necesitado de Dios?

   ¿Es tu pereza tan grande que prefieres no caminar un poquito y así rehúsas tener a Cristo en tu corazón, de forma que Él sea más parte tuya que tú mismo?

   De la misma forma que el amor debe ser considerado como un compromiso y no como un sentimiento cuya intensidad algunos consideran variable, la Eucaristía no es un don de Dios, sino el don del mismo Dios a la humanidad. Si desconoces a Dios, aquí tienes a quien se presta a ayudarte a conocerlo, pero no digas que no vas a Misa porque no lo sientes, sino porque no quieres vivir en la presencia del Señor.

   1-5-2. "No tengo interés de progresar a nivel espiritual, pues, si Dios me ama, me acepta como soy".

   ¿Es tan grande tu pereza que te impide leer la Palabra de Dios para que así puedas encontrar tu felicidad, y la dicha de tus prójimos y del mismo Dios que, a pesar de que no te necesita, no se siente feliz sin que le manifiestes tu amor?

   1-5-3. "Siempre habrá gente con dificultades. Yo ayudo al menor número de personas posible porque a mí nunca me ayuda nadie. Nadie cubre mis necesidades. Sólo yo corro con mis gastos".

   ¿Además de perezoso, cómo puedes ser tan soberbio y negarte a amar a tus prójimos e incluso al mismo Dios?

   1-5-4. "Rezo a mi manera. Mi culto interno y externo es cosa mía".

   ¿TE has permitido el lujo de crearte un Dios a tu imagen y semejanza?

   ¿Cómo quieres que los demás creamos en un Dios que desconocemos porque tú mismo lo has creado a tu imagen y semejanza?

   1-5-5. "No daría la vida por nadie ni en el caso de que esa persona fuera más justa que yo".

   Cuando tengas la oportunidad de manifestar tu amor, no habrá soberbia ni pereza que te hagan retroceder, pues, ese mismo amor que dices que jamás manifestarías, te habrá conquistado el corazón.

   En el libro de los Salmos, podemos leer estos versículos: (SAL. 137, 5-6). ¿Te parece esta enseñanza loca y fanática? Si tienes esa creencia, sabrás mucho de amor propio, pero tienes un gran desconocimiento del amor divino.

   ¿Crees que la siguiente enseñanza es de fanáticos? (MT. 7, 12). ¿Aceptas la citada frase del Señor, o eres de los que deseas que los demás se sacrifiquen por ti, y te niegas a beneficiar a ninguna persona?

   Si quieres orar sinceramente, transforma la piedra de tu corazón en carne, pues tu oración no dejará de ser egoísta, hasta que, a imitación de Dios y sus Santos, no te hagas artícife de la donación.

   Créeme si te digo que respeto tu postura, pero, aunque se haya dado el caso de que tu rebeldía para con la Iglesia se deba a que algunos creyentes no te han tratado bien, por tu felicidad, te pido que no te encierres en tu caparazón y te abras a los hermanos, pues, las personas, por causa de nuestra imperfección, de la misma manera que sacamos a relucir nuestras mejores virtudes, también mostramos lo peor que tenemos aunque no debamos hacerlo desde el punto de vista moralista, pero ello sucede porque, mostrando lo que somos, es como podemos dar todo lo que somos capaces de entregar.

   1-6. La pobreza de espíritu.

   Todos nos sabemos la primera de las Bienaventuranzas (MT. 5, 3). ¿A qué nos suena el término pobreza espiritual? Teniendo presente el significado de la pobreza material, algunos de nuestros hermanos, necesitados del conocimiento de la enriquecedora fe del Señor, han pensado que, la pobreza espiritual, es equivalente a aquellos periodos de tiempo en que la fe que tenemos se debilita. La pobreza en el espíritu -amigos en el amor de Cristo Resucitado-, nos enseña a poner las posesiones materiales y las virtudes de que disponemos a disposición de Dios, de forma que todos los hombres seamos aptos para ser miembros del Reino que Cristo algún día terminará de instaurar entre nosotros, cuando llegue el momento en que toda carestía sea extinguida de la tierra.

   ¿Qué similitud existe entre la pobreza espiritual y la oración? Ningún cristiano puede decir de sí mismo que es pobre de espíritu, si no reconoce a su Padre y Dios como principio y fin de su doble existencia humana y divina. Si no creemos lo anteriormente expuesto, o nos esforzamos para aumentar la débil fe que tenemos, o perderemos el tiempo al intentar hablar con un Dios en el que no creemos -o no podemos aceptar-.

   1-7. ¿Cuánto tiempo deseamos dedicarle a la oración?

   Muchos católicos opinan que es conveniente que quienes se inician en la práctica de la oración empiecen a hablar con Dios al menos cinco minutos todos los días, a ser posible, a la misma hora, con el fin de hacer de esa conversación con Dios un hábito fácil de mantener. A pesar de ello, sinceramente, os digo que, quienes sienten un ardiente deseo de hablar con Nuestro Padre y Dios, no esperan que llegue la hora rutinaria de la oración para cumplir su deseo.

   El deseo de comunicarnos con Dios fluye de la espontaneidad y confianza con que hablamos con Nuestro Padre, cuando vemos a Nuestro Creador como a cualquiera de nuestros familiares o amigos que se goza con la felicidad que nos caracteriza, y sufre con el dolor que nos marca la vida. Si no reconocemos a Jesús en su Humanidad al considerar el Misterio de la Santísima Trinidad, nos será difícil acostumbrarnos a orar sin sentirnos obligados a ello.

   1-8. ¿Cómo escucharemos la voz de Dios cuando oremos?

   En el mundo de las prisas y la intranquilidad causada por muchas actividades y preocupaciones, es muy frecuente el hecho de que no sepamos qué decirle a Nuestro Padre y Dios a la hora de hablar con Él, cuando no se nos ocurran más peticiones que hacerle. En esos momentos de sequedad espiritual, nos es conveniente acudir a la lectura de la Palabra de Dios, otorgándoles una especial preferencia a los Evangelios, las Cartas del Nuevo Testamento y los Salmos. A través de los citados textos bíblicos, oiremos la voz de Dios. Algún día Nuestro Padre común nos alabará a través de dichos textos, aunque no sabremos cuál es la causa por la que nos alabará, especialmente si en los textos que leamos en esa ocasión, no encontramos ninguna relación entre los mismos y nuestras vidas. En esos instantes de duda, seguiremos orando y leyendo, dado que Dios resolverá nuestros problemas cuando menos lo esperemos, y lo hará muchas veces por nuestro medio y mediante la ayuda de quienes menos esperamos.

   Otro medio de oír la voz de Dios, consiste en servirnos de la ayuda de nuestros predicadores religiosos y laicos, y de las personas de confianza que conozcamos que estén versadas en el conocimiento de la Palabra de Dios. Un medio muy útil de resolver nuestras dudas de fe, consiste en contactar con el moderador de nuestro websyte de confianza, ya que el mismo, si está interesado en el hecho de predicar el Evangelio, si no sabe resolver nuestro problema, buscará a quien nos ayude a encontrar la felicidad que sentimos perdida.

   2. Frases bíblicas que nos incitan a la conversión.

   2-1. ¿Dónde iríamos y qué haríamos lejos del Señor?

   En cierta ocasión, cuando Nuestro Señor pronunció su sermón eucarístico, muchos de sus seguidores, al entender que el Mesías pretendía que se lo comieran literalmente en las celebraciones eucarísticas, al creer que la citada doctrina era inadmisible, lo abandonaron. Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles si ellos también querían desampararlo, a lo que San Pedro le respondió: (JN. 6, 68-69).

   Al igual que los seguidores de Jesús no comprendían perfectamente la verdad de Dios el día anteriormente mencionado, existen muchas realidades divinas que no comprendemos. A veces, además de desanimarnos porque necesitamos percibir milagros que no vemos, constatamos que las actuaciones inadecuadas de algunos de nuestros hermanos en la fe debilitan nuestras creencias, pero, a pesar de ello, después de recuperarnos de la citada crisis espiritual, seguimos aferrados a Nuestro Salvador, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.

   ¿Nos da la felicidad el dinero?

   ¿Nos hace felices el trabajo?

   ¿Nos hacen felices las diversiones?

   Bueno es tener dinero, saludable y santificador es el trabajo, y la vida sin risas no es recomendada para los aprendices de la santidad, los cuales saben que Cristo ocupa el centro de su vida.

   2-2. Seamos humildes y reconozcamos nuestra dignidad de hijos de Dios.

   En cierta ocasión, antes de que Jesús curara al siervo de un centurión, este le demostró su fe, diciéndole: (MT. 8, 8-9).

   Aunque quizás por tener la seguridad de haber pecado no nos sentimos dignos de ponernos a la altura de Dios, por causa de su gran amor para con nosotros, Jesús murió y resucitó, para demostrarnos que Dios, con tal de que no pequemos más, nos perdona nuestras culpas.

   Al mismo tiempo que tenemos poder para hacer muchas cosas, sólo podemos superar nuestras grandes limitaciones, si creemos en la Santísima Trinidad.

   Digámosle a Jesús:

   -Señor, no somos dignos de compararnos contigo, pero por tu muerte y Resurrección nos has igualado a Ti espiritualmente, lo cual nos hará inmensamente felices cuando superemos nuestras limitaciones actuales.

   2-3. Dile a Jesús que lo amas con las primeras palabras que se te ocurran.

   Uno de los pasajes evangélicos más conocidos es aquel en que Santo Tomás Apóstol no podía creer que Jesús había resucitado de entre los muertos. Cuando Jesús se les apareció a sus Apóstoles nuestro actual Domingo II de Pascua, y el citado Santo no tuvo necesidad de tocar sus heridas, exclamó embargado por la emoción: (JN. 20, 28-29).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Nosotros creemos en Ti, pero cuando somos probados por el sufrimiento nos falta la fuerza para mantener encendida la llama de la fe. Ayúdanos a seguir viéndote a través de la lectura lenta y pausada de la Biblia, la predicación de tus siervos religiosos y laicos y las circunstancias que tenemos que vivir, para que nunca más dejemos de creer en la Santísima Trinidad. Así sea.

   2-4. ¿Cómo podemos demostrarle a Dios que verdaderamente creemos en Él?

   Jesús les enseñó el Padre nuestro a sus futuros Apóstoles, porque uno de sus seguidores, le dijo: (LC. 11, 1).

    Oremos con un estribillo que les oí cantar durante los años de mi infancia a los componentes de un coro rociero, cuyo autor desconozco.

Nazareno, Nazareno,
no nos dejes, no nos dejes
sin tu luz ni tu consuelo,
porque, sin ti, no puedo.

   Jesús, enséñanos a dirigirnos al Padre, no sólo con las palabras adecuadas, sino con la recta disposición de intención que caracteriza a tus Santos.

   2-5. Háblale al Señor con confianza, y no le ocultes absolutamente nada.

   El día en que San Pedro respondió ante Jesús pidiéndole perdón con su obediencia, sus gestos y su tristeza, por causa de las tres veces que le rechazó durante la noche del Jueves Santo, ante la triple pregunta que Jesús le hizo sobre si le amaba más que sus compañeros con tal de conseguir que Pedro descargara su insoportable carga sobre Él, el citado Apóstol, entristecido por la repetición de la interrogación, le dijo al Mesías: (JN. 21, 17).

   Pedro le dijo a Jesús:

   Sabes que te he traicionado actuando cobardemente, y que estoy profundamente arrepentido de ello. ¡Cómo quisiera tener la oportunidad de cumplir la palabra que dije referente a dar mi vida por ti!. No estaré tranquilo hasta que salde mi deuda contigo.

   Jesús le dijo a Pedro, dándole a entender que él también moriría crucificado: (JN. 21, 18).

   Oremos:

   Señor, tú sabes de nuestras debilidades y de que, a pesar de que no nos sentimos dignos de vivir en tu presencia, no podemos dejar de amarte. Haznos fuertes para que podamos cumplir tu voluntad sin que se nos vuelva a debilitar la fe.

   2-6. Señor, auméntanos la fe.

   Por más que nos esforzamos por tener fe, porque sabemos lo que Dios ha hecho por nosotros, aún nuestro corazón se resiste tercamente a confiar en el Dios de la misericordia. Ante esta situación que tanta impotencia nos causa, digámosle al Señor las palabras con que se dirigió a Él el padre de aquel joven epiléptico gritando desesperado cuya única razón de ver a su hijo completamente sano era su creencia en el Hijo de María: (MC. 9, 24).

   Las palabras del padre del epiléptico mencionado me han conmovido porque me han hecho recordar aquel Cursillo de Cristiandad cuyos formadores me enseñaron que a pesar de mi ceguera Cristo contaba -y sigue contando- conmigo para realizar una gran obra. Yo, a diferencia del padre del epiléptico, en vez de pensar que tenía fe, creía que mi fe era inútil porque era insuficiente, por la visión de lo que me hicieron tener respecto de mí quienes anteriormente a la vivencia de aquel Cursillo se encargaron de romperme los sueños. Yo había leído mucha literatura religiosa del tiempo de la dictadura española a través de la cual aprendí a considerarme como pecador indigno, y, en aquella ocasión, pude aprender que Dios me amaba tal como era, lo cual me lo ha demostrado Nuestro Padre común ayudándome a crecer personalmente.

   ¿Quieres tener fe en Nuestro Padre común?

   ¿No encuentras a Dios?

   ¿No comprendes a Dios?

   ¡Lee la Biblia y verás cómo los prodigios que Dios obra en tu vida te abren los ojos de la fe, de manera que nadie jamás te los volverá a cerrar ni aunque se te prohíba soñar!.

   2-7. Señor, ayúdanos a conservar tu ideal de vida cristiana.

   Cierta noche, cuando los futuros Apóstoles se esforzaban con tal de que su barco no se hundiera en el mar, le dijeron al Señor, despertándolo mientras dormía: (MT. 8, 25).

   Por nuestra falta de fe creemos que Dios no sólo no escucha nuestras oraciones, sino que se duerme cuando más lo necesitamos. A pesar de ello, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 121, 1-4).

   2-8. Preguntémosle a Jesús lo que queremos saber del Dios Uno y Trino.

   Animados por San Juan el Bautista, los futuros Apóstoles del Señor Juan y Andrés siguieron a Jesús, el cual, cuando se percató de que lo seguían, les preguntó qué querían de Él, a lo cual ellos le preguntaron: (JN. 1, 38).

   Señor, ¿por qué nos amas contradiciendo el principio del mundo de amar a los poderosos, si somos inferiores a Ti?

   ¿Por qué nos has salvado, si sabes perfectamente que no podemos hacer nada para pagarte lo que has hecho en nuestro beneficio?

   ¿Por qué se prolongan indefinidamente las enfermedades que nos hacen sufrir?

   2-9. Hazme ver tu luz.

   Cuando el ciego y mendigo Bartimeo supo que Jesús pasaba cerca de él, empezó a llamar insistentemente a nuestro Redentor, a pesar de que la multitud le daba muchas razones para que permaneciera silente. Cuando Jesús le preguntó qué quería que le hiciera, este le contestó: (MC. 10, 51).

   Si hace tiempo te considerabas cristiano, y después de perder la fe, quieres volver a la Iglesia como creyente de espíritu renovado, ¡debes saber que te esperamos con los brazos abiertos!.

   2-10. Sé humilde para que Dios te ensalce.

   Jesús les contó en cierta ocasión a sus oyentes una parábola cuyos protagonistas eran un soberbio fariseo y un humilde publicano, el cual oró diciéndole a nuestro Padre común: (LC. 18, 13).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Aunque no somos tus mejores discípulos, nos esforzaremos para ser mejores personas cristianas, porque sabemos que nos amas con nuestros dones e imperfecciones.

   2-11. Cristo cuenta contigo.

   Cuando Jesús le pidió agua a la samaritana de Sicar, ella le dijo extrañada: (JN. 4, 9).

   De la misma manera que dicha samaritana se extrañó de que le pidiera agua un judío, porque los habitantes del norte de Palestina no se trataban con el resto de miembros del país, nosotros, al comparar la grandeza de Dios con nuestra pequeñez, le preguntamos a Jesús:

   -Señor, ¿qué sentido tiene el hecho de que quieras redimir a la humanidad utilizando a predicadores muy inferiores a Ti?

   ¿Qué has visto en nosotros para que te sientas motivado a santificarnos?

   2-12. El don de Dios y el agua viva.

   Cuando Jesús le explicó a la samaritana el significado del don de Dios y del agua viva, ella le dijo al Hijo de María: (JN. 4, 15).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Límpianos de nuestras culpas e imperfecciones con tu agua viva, y santifícanos al enviarnos al Espíritu Santo, para que podamos cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, sin que jamás se nos debilite la fe.

   2-13. Confía en el Señor plenamente.

   Cierto día, un leproso arrodillado le dijo a Jesús: (MC. 1, 40).

   ¿Creemos que Jesús quiere librarnos de las miserias que actualmente caracterizan nuestras vidas?

   ¿Creemos que Jesús nos conducirá a la presencia del Padre para que seamos felices al final de los tiempos?

   2-14. Pídele a Jesús que te transfigure y configure a su imagen y semejanza espiritual.

   Cierto día, un joven rico le preguntó a Jesús: (MC. 10, 17).

   ¿Le hemos preguntado a Jesús si quiere que hagamos algo para que Dios se sienta orgulloso de tenernos como hijos?

   2-15. No pienses que eres un fracasado irremediable.

   En cierta ocasión, Jesús les pidió a unos pescadores que no tardaron mucho tiempo en convertirse en sus discípulos que le prestaran su barca para predicarle a la multitud que se le juntó en el lago de Genesaret. Cuando el Señor concluyó su exposición de la Palabra de Dios, le pidió a Pedro que reiniciara su trabajo, el cual le dijo: (LC. 5, 5).

   ¿Has dejado de predicar la Palabra de Dios porque crees que no has convertido a nadie al Señor? Sigue predicando, porque sólo a Dios le corresponde la tarea de recoger el fruto de las pequeñas semillas que has sembrado.

   ¿Sufres por la rebeldía de tus hijos adolescentes y jóvenes? Cumple tu deber para con ellos siguiendo el dictamen de tu conciencia, porque Nuestro Padre común se encargará algún día de hacerles comprender las razones que tienes para hacer lo que haces.

   2-16. Ora en el día de la aflicción.

   Cuando creas que todas las cosas te salen mal, te sientas rechazado por tus prójimos e incluso te duela el hecho de aceptar tus fracasos, dile al Señor las palabras de San Dimas, el ladrón que hizo un preciso examen de conciencia antes de morir crucificado a la derecha del Mesías: (LC. 23, 42).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com