2. Amemos a Dios y a nuestros prójimos los hombres.
Meditación de MC. 12, 38-44.
Durante el presente Año litúrgico, hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios Padre. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que podemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, dado que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se verifica con el cumplimiento de la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, por lo que, en consecuencia, todos tenemos un papel asignado, en la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. A pesar de que la Iglesia ha ido proponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejos del Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
El Evangelio de hoy nos enseña cual es el secreto mediante el cual podemos amar infinitamente a Dios y a nuestros seres queridos. El resentimiento y la pereza que nos instan a no servir a nuestros prójimos desaparecen cuando hacemos de Dios el objeto inmediato de nuestro amor.
¿Por qué tenemos que amar a Dios más que a nadie y más que a nuestras pertenencias? Esta es la actitud de quienes son conscientes de que Dios los ama más que a todas sus criaturas. Si yo hubiera sido el único hombre que Dios creó, Jesús no hubiera dudado sobre la posibilidad de ser crucificado para enseñarme a vencer los obstáculos de mi vida.
¿Hasta qué punto somos capaces de amar a Dios?
¿Amamos al Señor en el constante servicio a nuestros prójimos los hombres?
¿Nos creemos superiores a los pobres?
¿Creemos que nuestra dignidad es superior a la de los encarcelados?
Todos tenemos igual dignidad, porque somos hijos de Dios.
El ejemplo de la pobre viuda que depositó unas monedas en el arca de las ofrendas, nos insta a ser humildes.
¿Creemos que hemos hecho cuanto podemos por dar a conocer a Jesús, porque hemos pronunciado un emotivo discurso?
¿Luchamos para dar a conocer a Nuestro Dios, o nos llenamos de falso orgullo porque nuestros conocidos nos han visto darles una pequeña limosna a los pobres?
¿Ayudamos a los pobres económicamente dándoles limosna, u otorgándoles lo que les pertenece por justicia?
¿Predicamos la Palabra de Dios para conseguir conversiones, o nos creemos sembradores, sin tener en cuenta, que Cristo es quien recogerá el fruto de nuestras obras y palabras, porque Él es el único Sembrador?
¿Nos llenamos de orgullo cuando los demás aplauden nuestra bondad, o nos limitamos a pensar: Señor, hemos ayudado un poco a tus hijos, pero queremos seguir haciéndolo más y mejor?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole al Señor, que nos transmita su amor misericordioso, para que llevemos a cabo sin protestar, el cumplimiento de sus divinos preceptos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación del Evangelio del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
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¿Cuál es nuestra mayor riqueza? (Meditación del Evangelio del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?
Meditación de MC. 10, 17-30.
1. El joven rico.
(MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.
¿Tenemos la costumbre de orar?
¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?
El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.
el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.
Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.
Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.
(MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.
En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.
Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.
¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).
¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).
Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.
¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?
(MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.
En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.
¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.
(MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.
Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?
el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?
Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.
Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.
¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?
Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.
¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?
Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.
Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.
Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.
Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.
¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?
2. La fe, la riqueza y el egoísmo.
(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.
Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.
La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.
¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).
(MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?
Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.
3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?
(MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.
Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.
Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.
Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?
Meditación de MC. 10, 17-30.
1. El joven rico.
(MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.
¿Tenemos la costumbre de orar?
¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?
El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.
el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.
Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.
Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.
(MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.
En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.
Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.
¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).
¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).
Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.
¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?
(MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.
En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.
¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.
(MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.
Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?
el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?
Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.
Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.
¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?
Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.
¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?
Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.
Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.
Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.
Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.
¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?
2. La fe, la riqueza y el egoísmo.
(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.
Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.
La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.
¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).
(MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?
Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.
3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?
(MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.
Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.
Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.
Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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El matrimonio cristiano. (Meditación del Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.
Hermanos:
¿A qué Dios servimos?
¿Es nuestro dios el dinero?
¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?
Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).
2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.
San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).
El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.
3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.
Hermanos:
¿A qué Dios servimos?
¿Es nuestro dios el dinero?
¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?
Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).
2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.
San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).
El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.
3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.
José Portillo Pérez
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¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos? (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos?
Estimados hermanos y amigos:
Existen denominaciones cristianas cuyos adeptos no comprenden que vivimos en el tiempo del Nuevo Testamento, para las cuales es de vital importancia el cumplimiento de la antigua Ley de Moisés. A pesar de ello, los componentes de otras denominaciones, al entender que ha pasado el tiempo del Antiguo Pacto, consideran que no deben acatar los preceptos de dicha Ley. Con tal de resolver esta cuestión que divide a los cristianos, los católicos, con la Biblia en la mano, haremos con respecto a la Ley de Moisés, aquello que Jesús nos dice referente a la misma.
Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 17).
¿Cuál era la misión de la Ley? San Pablo, nos dice: (ROM. 3, 20).
En la Biblia se nos enseña que la obediencia a Dios nos ayuda a alcanzar la plenitud de la felicidad, así pues, recordemos, -a modo de ejemplo-, el siguiente texto del Génesis: (GN. 2, 16-17).
Cuando Moisés hizo un balance de cómo Dios cuidó a los judíos durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación por el desierto, les dijo: (DT. 8, 5-6).
Cuando en la Biblia se nos habla del temor de Dios, no debemos entender que nos es preciso sentir miedo a la hora de pensar en Nuestro Padre celestial, pues el citado temor es un don del Espíritu Santo, gracias al cual, aprendemos a respetar al Dios Uno y Trino, quien cuida de nosotros porque es Nuestro Padre, y, a través de los preceptos de su Ley, nos enseña a evitar el pecado, y a vivir en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, que consiste en que todos podamos alcanzar la plenitud de la felicidad en su Reino.
(DT. 10, 12-13). Al recordar que gracias a los preceptos de la Ley divina podemos distinguir el bien del mal, nos preguntamos: ¿Qué quiso decir Jesús en MT. 5, 17 (el texto que encabeza esta meditación), al afirmar que vino al mundo a darle a dicha Ley su acabado cumplimiento? Dado que Nuestro Salvador vivió como cualquiera de sus hermanos de raza, Jesús se sometió al cumplimiento de la Ley de Moisés. A pesar de este hecho, Jesús no hizo referencia en el versículo citado a su ejemplaridad en el cumplimiento de los preceptos de dicha Ley, pues hizo referencia a la reforma que hizo de la misma, no invalidándola, sino perfeccionándola. Veamos un ejemplo de la transformación que Jesús llevó a cabo en uno de los preceptos de la Ley de Moisés.
Los judíos podían separarse de sus mujeres si lo deseaban, según la Ley de Moisés, por cualquier causa (DT. 24, 1). Recordemos que Rabbi Aquiba, -que vivió el siglo II después de Cristo-, defendía la creencia de que cualquier hombre podía separarse de su mujer por cualquier cosa, incluso si la misma no era guapa, y, para defender su creencia, recurría a las palabras "si no haya gracia a sus ojos", del versículo bíblico anteriormente citado. Por su parte, el historiador Flavio Josepho, se gloriaba de haberse separado de su mujer, la cual era madre de tres hijos, simplemente, porque no le gustaban sus costumbres.
¿Qué pensaba Jesús del divorcio? (MT. 19, 3-6). Si al principio de la Biblia Dios estableció que no existiera el divorcio, ¿por qué Moisés autorizó a sus hermanos de raza a que se separaran de sus mujeres? (MT. 19, 8).
Si los hebreos podían separarse de sus mujeres por cualquier nimiedad, no ha de extrañarnos las barbaridades que podían hacer con las mismas, si se percataban de que les habían sido infieles (LV. 20, 10).
¿Qué pensaba Jesús que había de hacerse con las mujeres infieles? (MT. 5, 32). En tiempos de Jesús, existían dos formas de pensamiento en Palestina, que interpretaban de diferente manera DT. 24, 1. La tendencia de Sammai, solo les permitía a los hombres que se separaran de sus mujeres, en el caso de que las tales cometieran adulterio. En contraposición a dicha forma de pensamiento, la tendencia de Hillel, era totalmente condescendiente con los hombres, pues les permitía repudiar a sus cónyuges por motivos absurdos.
¿Cómo debemos interpretar las palabras "excepto el caso de fornicación" de MT. 5, 32? San Agustín consideró en su tiempo que nuestro Señor quiso abstenerse de dar su opinión con respecto al divorcio. Por su parte, San Jerónimo, compartió la opinión de la mayoría de los Padres de la Iglesia, referente a que el Señor creía que debía existir la separación "quoad torum", la cual no significa que han de romperse los vínculos matrimoniales, sino que, en caso de tener problemas, los cónyuges son autorizados a vivir separados, hasta que solucionen sus diferencias. Dado que el vocablo arameo "zakut" (fornicación) tenía en la literatura rabínica el sentido de matrimonio ilegal o de concubinato, podemos entender que Jesús no pensara que tales relacioness debían ser consideradas al nivel que habían de respetarse los matrimonios contractuales.
A pesar de las interpretaciones que se pueden hacer de las citadas palabras de MT. 5, 32, la más acertada de las mismas, es la siguiente: La preposición griega (parektus) que comúnmente traducimos por "excepto", también podemos traducirla como "además de". Teniendo en cuenta dicha traducción, no erramos al considerar que Jesús no aprobaba la comisión de adulterio por parte de las mujeres, de la misma forma que hacemos bien al considerar que Nuestro Señor instaba a los hombres a que perdonaran la infidelidad de sus mujeres, haciéndoles pensar que, si las abandonaban, dado que las tales no tenían voz ni voto en Palestina, las inducían a adulterar nuevamente contra ellos, así pues, el Hijo de María se valía del amor propio de quienes no consideraban a sus mujeres como personas con dignidad y derechos, para, al intentar los tales evitar que sus cónyuges adulteraran nuevamente contra sus personas, no dejaran de brindarles la protección que ellas necesitaban, en una sociedad en que eran vistas como esclavas.
Se me puede objetar diciéndoseme que, si Dios es justo, Jesús no parecía ser muy caritativo con las mujeres, pero, en una sociedad en que hasta los intérpretes de la Ley se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle, el pensamiento del carpintero nazareno podía ser visto incorrectamente, tal como debió suceder con el autor de la Carta a los Efesios, cuando en un tiempo en que los padres consideraban a sus hijos como esclabos, escribió: (EF. 6, 4).
San Pedro, siendo consciente de que las mujeres no podían ni siquiera tomar decisiones insignificantes, y de que vivían sometidas tanto a sus maridos como a sus hijos si los tales eran mayores de edad, les escribió a aquellos de sus lectores que estaban casados: (1 PE. 3, 7).
Nuestro Señor, nos sigue diciendo, en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 18). Dado que Dios se sirvió de la Ley para que los creyentes aprendiéramos a distinguir el bien del mal, es importante que cumplamos los preceptos de la misma, -adaptándolos al punto de vista de Jesús-, para que no invalidemos la misión que dicha Ley está destinada a desempeñar. A este respecto, se me puede objetar diciéndoseme que la Ley de Moisés no era perfecta, dado que, entre sus preceptos, existen injusticias, como el apoyo de la esclavitud, que, gracias a Dios, ha sido avolida en muchos países. Nos es necesario recordar que la Biblia fue escrita a lo largo de un periodo histórico que abarcaba muchos siglos, en que las circunstancias que vivían tanto sus autores como el pueblo de Yahveh eran totalmente diferentes unas de otras. Debemos considerar que tanto las leyes del código de Hammurabi como la Ley de Moisés, en su tiempo, al ser comparadas con otras leyes anteriores, debían ser consideradas como grandes avances sociales.
¿Es válida la Ley de Moisés para nosotros? Quienes no tienen esclavos, pero tienen trabajadores a su servicio, al aceptar la reforma de dicha Ley que llevó a cabo Nuestro Señor, -y teniendo en cuenta nuestras leyes cívicas-, saben que no pueden golpear a sus trabajadores, al mismo tiempo que recuerdan que, si bien han de exigirles a los tales que les sean rentables, tienen el deber de respetarlos como personas con dignidad y derechos.
Jesús nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 19). Aunque muchos de nuestros hermanos cometen el error de pensar que Jesús nos ha dispensado a sus creyentes de cumplir la Ley de Moisés, la verdad es que el Mesías, además de exigirnos el cumplimiento cabal de los mandamientos de la misma, ha hecho más difícil que podamos cumplir su voluntad, porque ha endurecido los preceptos de la antigua Ley, porque se nos puede exigir que seamos más bondadosos que los antiguos hebreos ya que nuestras sociedades han evolucionado positivamente, y para que nos quede claro que nuestra salvación no es consecuente del cumplimiento de dicha Ley, pues es la causa del amor con que nos ama el Dios Uno y Trino.
Veamos un ejemplo de cómo Jesús ha endurecido los preceptos de la antigua Ley: (ÉX. 21, 22-25). Si podemos pensar que el sabor de la venganza puede ser muy dulce en determinadas ocasiones, Jesús nos complica la vida, cuando nos dice: (MT. 5, 43-48).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos inspire el deseo de vivir en su presencia, para que no nos sea gravoso el cumplimiento de sus Mandamientos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos?
Estimados hermanos y amigos:
Existen denominaciones cristianas cuyos adeptos no comprenden que vivimos en el tiempo del Nuevo Testamento, para las cuales es de vital importancia el cumplimiento de la antigua Ley de Moisés. A pesar de ello, los componentes de otras denominaciones, al entender que ha pasado el tiempo del Antiguo Pacto, consideran que no deben acatar los preceptos de dicha Ley. Con tal de resolver esta cuestión que divide a los cristianos, los católicos, con la Biblia en la mano, haremos con respecto a la Ley de Moisés, aquello que Jesús nos dice referente a la misma.
Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 17).
¿Cuál era la misión de la Ley? San Pablo, nos dice: (ROM. 3, 20).
En la Biblia se nos enseña que la obediencia a Dios nos ayuda a alcanzar la plenitud de la felicidad, así pues, recordemos, -a modo de ejemplo-, el siguiente texto del Génesis: (GN. 2, 16-17).
Cuando Moisés hizo un balance de cómo Dios cuidó a los judíos durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación por el desierto, les dijo: (DT. 8, 5-6).
Cuando en la Biblia se nos habla del temor de Dios, no debemos entender que nos es preciso sentir miedo a la hora de pensar en Nuestro Padre celestial, pues el citado temor es un don del Espíritu Santo, gracias al cual, aprendemos a respetar al Dios Uno y Trino, quien cuida de nosotros porque es Nuestro Padre, y, a través de los preceptos de su Ley, nos enseña a evitar el pecado, y a vivir en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, que consiste en que todos podamos alcanzar la plenitud de la felicidad en su Reino.
(DT. 10, 12-13). Al recordar que gracias a los preceptos de la Ley divina podemos distinguir el bien del mal, nos preguntamos: ¿Qué quiso decir Jesús en MT. 5, 17 (el texto que encabeza esta meditación), al afirmar que vino al mundo a darle a dicha Ley su acabado cumplimiento? Dado que Nuestro Salvador vivió como cualquiera de sus hermanos de raza, Jesús se sometió al cumplimiento de la Ley de Moisés. A pesar de este hecho, Jesús no hizo referencia en el versículo citado a su ejemplaridad en el cumplimiento de los preceptos de dicha Ley, pues hizo referencia a la reforma que hizo de la misma, no invalidándola, sino perfeccionándola. Veamos un ejemplo de la transformación que Jesús llevó a cabo en uno de los preceptos de la Ley de Moisés.
Los judíos podían separarse de sus mujeres si lo deseaban, según la Ley de Moisés, por cualquier causa (DT. 24, 1). Recordemos que Rabbi Aquiba, -que vivió el siglo II después de Cristo-, defendía la creencia de que cualquier hombre podía separarse de su mujer por cualquier cosa, incluso si la misma no era guapa, y, para defender su creencia, recurría a las palabras "si no haya gracia a sus ojos", del versículo bíblico anteriormente citado. Por su parte, el historiador Flavio Josepho, se gloriaba de haberse separado de su mujer, la cual era madre de tres hijos, simplemente, porque no le gustaban sus costumbres.
¿Qué pensaba Jesús del divorcio? (MT. 19, 3-6). Si al principio de la Biblia Dios estableció que no existiera el divorcio, ¿por qué Moisés autorizó a sus hermanos de raza a que se separaran de sus mujeres? (MT. 19, 8).
Si los hebreos podían separarse de sus mujeres por cualquier nimiedad, no ha de extrañarnos las barbaridades que podían hacer con las mismas, si se percataban de que les habían sido infieles (LV. 20, 10).
¿Qué pensaba Jesús que había de hacerse con las mujeres infieles? (MT. 5, 32). En tiempos de Jesús, existían dos formas de pensamiento en Palestina, que interpretaban de diferente manera DT. 24, 1. La tendencia de Sammai, solo les permitía a los hombres que se separaran de sus mujeres, en el caso de que las tales cometieran adulterio. En contraposición a dicha forma de pensamiento, la tendencia de Hillel, era totalmente condescendiente con los hombres, pues les permitía repudiar a sus cónyuges por motivos absurdos.
¿Cómo debemos interpretar las palabras "excepto el caso de fornicación" de MT. 5, 32? San Agustín consideró en su tiempo que nuestro Señor quiso abstenerse de dar su opinión con respecto al divorcio. Por su parte, San Jerónimo, compartió la opinión de la mayoría de los Padres de la Iglesia, referente a que el Señor creía que debía existir la separación "quoad torum", la cual no significa que han de romperse los vínculos matrimoniales, sino que, en caso de tener problemas, los cónyuges son autorizados a vivir separados, hasta que solucionen sus diferencias. Dado que el vocablo arameo "zakut" (fornicación) tenía en la literatura rabínica el sentido de matrimonio ilegal o de concubinato, podemos entender que Jesús no pensara que tales relacioness debían ser consideradas al nivel que habían de respetarse los matrimonios contractuales.
A pesar de las interpretaciones que se pueden hacer de las citadas palabras de MT. 5, 32, la más acertada de las mismas, es la siguiente: La preposición griega (parektus) que comúnmente traducimos por "excepto", también podemos traducirla como "además de". Teniendo en cuenta dicha traducción, no erramos al considerar que Jesús no aprobaba la comisión de adulterio por parte de las mujeres, de la misma forma que hacemos bien al considerar que Nuestro Señor instaba a los hombres a que perdonaran la infidelidad de sus mujeres, haciéndoles pensar que, si las abandonaban, dado que las tales no tenían voz ni voto en Palestina, las inducían a adulterar nuevamente contra ellos, así pues, el Hijo de María se valía del amor propio de quienes no consideraban a sus mujeres como personas con dignidad y derechos, para, al intentar los tales evitar que sus cónyuges adulteraran nuevamente contra sus personas, no dejaran de brindarles la protección que ellas necesitaban, en una sociedad en que eran vistas como esclavas.
Se me puede objetar diciéndoseme que, si Dios es justo, Jesús no parecía ser muy caritativo con las mujeres, pero, en una sociedad en que hasta los intérpretes de la Ley se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle, el pensamiento del carpintero nazareno podía ser visto incorrectamente, tal como debió suceder con el autor de la Carta a los Efesios, cuando en un tiempo en que los padres consideraban a sus hijos como esclabos, escribió: (EF. 6, 4).
San Pedro, siendo consciente de que las mujeres no podían ni siquiera tomar decisiones insignificantes, y de que vivían sometidas tanto a sus maridos como a sus hijos si los tales eran mayores de edad, les escribió a aquellos de sus lectores que estaban casados: (1 PE. 3, 7).
Nuestro Señor, nos sigue diciendo, en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 18). Dado que Dios se sirvió de la Ley para que los creyentes aprendiéramos a distinguir el bien del mal, es importante que cumplamos los preceptos de la misma, -adaptándolos al punto de vista de Jesús-, para que no invalidemos la misión que dicha Ley está destinada a desempeñar. A este respecto, se me puede objetar diciéndoseme que la Ley de Moisés no era perfecta, dado que, entre sus preceptos, existen injusticias, como el apoyo de la esclavitud, que, gracias a Dios, ha sido avolida en muchos países. Nos es necesario recordar que la Biblia fue escrita a lo largo de un periodo histórico que abarcaba muchos siglos, en que las circunstancias que vivían tanto sus autores como el pueblo de Yahveh eran totalmente diferentes unas de otras. Debemos considerar que tanto las leyes del código de Hammurabi como la Ley de Moisés, en su tiempo, al ser comparadas con otras leyes anteriores, debían ser consideradas como grandes avances sociales.
¿Es válida la Ley de Moisés para nosotros? Quienes no tienen esclavos, pero tienen trabajadores a su servicio, al aceptar la reforma de dicha Ley que llevó a cabo Nuestro Señor, -y teniendo en cuenta nuestras leyes cívicas-, saben que no pueden golpear a sus trabajadores, al mismo tiempo que recuerdan que, si bien han de exigirles a los tales que les sean rentables, tienen el deber de respetarlos como personas con dignidad y derechos.
Jesús nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 19). Aunque muchos de nuestros hermanos cometen el error de pensar que Jesús nos ha dispensado a sus creyentes de cumplir la Ley de Moisés, la verdad es que el Mesías, además de exigirnos el cumplimiento cabal de los mandamientos de la misma, ha hecho más difícil que podamos cumplir su voluntad, porque ha endurecido los preceptos de la antigua Ley, porque se nos puede exigir que seamos más bondadosos que los antiguos hebreos ya que nuestras sociedades han evolucionado positivamente, y para que nos quede claro que nuestra salvación no es consecuente del cumplimiento de dicha Ley, pues es la causa del amor con que nos ama el Dios Uno y Trino.
Veamos un ejemplo de cómo Jesús ha endurecido los preceptos de la antigua Ley: (ÉX. 21, 22-25). Si podemos pensar que el sabor de la venganza puede ser muy dulce en determinadas ocasiones, Jesús nos complica la vida, cuando nos dice: (MT. 5, 43-48).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos inspire el deseo de vivir en su presencia, para que no nos sea gravoso el cumplimiento de sus Mandamientos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Permanezcamos unidos. (Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Permanezcamos unidos.
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Examen de conciencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Examen de conciencia.
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones. (Meditación de la segunda lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Meditación.
2. El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones.
Meditación de ROM. 5, 1-2. 5-8.
Ya que no seremos salvados por causa de nuestro mérito a la hora de cumplir prescripciones religiosas, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, estamos en paz con Nuestro Padre común, por causa de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. La paz que tenemos con Dios no significa que vivimos tranquilamente, sino que estamos vinculados a la Divinidad. La Prueba de que Dios nos ama, es lo que Cristo hizo para demostrarnos que no estamos solos, si decidimos tener fe en la Santísima Trinidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones.
Meditación de ROM. 5, 1-2. 5-8.
Ya que no seremos salvados por causa de nuestro mérito a la hora de cumplir prescripciones religiosas, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, estamos en paz con Nuestro Padre común, por causa de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. La paz que tenemos con Dios no significa que vivimos tranquilamente, sino que estamos vinculados a la Divinidad. La Prueba de que Dios nos ama, es lo que Cristo hizo para demostrarnos que no estamos solos, si decidimos tener fe en la Santísima Trinidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos una Cuaresma inolvidable. (Meditación para el Miércoles de Ceniza).
Meditación.
Vivamos una Cuaresma inolvidable.
Estimados hermanos y amigos:
1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en Nuestro Padre común, aunque piensan que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque Él es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con Nuestra Santa Madre y con los santos siervos de Nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y amigos.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: (JL. 2, 12).
Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor Nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin Nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a Nuestro Creador, no porque Él nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestras vidas, de tal forma que sin Él nuestra existencia carece del sentido de la eternidad. Quizás pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que Él ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a Nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.
El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en Nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte las palabras escritas en MT. 5, 4.
Nuestra tristeza nace de la incapacidad que tenemos de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.
(JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que Nuestro Padre común desea que hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo incorrecto no hará de mí un santo, pues Nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de Nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.
Dios es tardo para manifestarnos la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.
Dios se duele de lo que erróneamente creemos que son los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de Nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. Estoy de acuerdo con el hecho de que algunos afirman que dios nunca castiga a sus hijos, pero ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal.
No olvidaremos las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado (AP. 3, 19).
Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad (1 COR. 1, 27-28).
Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que Nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y la paz.
2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a Nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. Dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de Nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.
3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de Nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.
Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la institución de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos en estado de oración intensa ante el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.
El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.
El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de Nuestro señor, que se prolongará durante los siguientes cuarenta días.
Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos una Cuaresma inolvidable.
Estimados hermanos y amigos:
1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en Nuestro Padre común, aunque piensan que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque Él es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con Nuestra Santa Madre y con los santos siervos de Nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y amigos.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: (JL. 2, 12).
Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor Nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin Nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a Nuestro Creador, no porque Él nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestras vidas, de tal forma que sin Él nuestra existencia carece del sentido de la eternidad. Quizás pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que Él ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a Nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.
El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en Nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte las palabras escritas en MT. 5, 4.
Nuestra tristeza nace de la incapacidad que tenemos de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.
(JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que Nuestro Padre común desea que hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo incorrecto no hará de mí un santo, pues Nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de Nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.
Dios es tardo para manifestarnos la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.
Dios se duele de lo que erróneamente creemos que son los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de Nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. Estoy de acuerdo con el hecho de que algunos afirman que dios nunca castiga a sus hijos, pero ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal.
No olvidaremos las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado (AP. 3, 19).
Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad (1 COR. 1, 27-28).
Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que Nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y la paz.
2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a Nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. Dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de Nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.
3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de Nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.
Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la institución de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos en estado de oración intensa ante el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.
El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.
El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de Nuestro señor, que se prolongará durante los siguientes cuarenta días.
Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La victoria que vence al mundo es nuestra fe. (Meditación de la segunda lectura optativa de la fiesta del Bautismo del Señor de los Ciclos A y B).
Meditación.
2. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.
Meditación de 1 JN. 5, 1-9, segunda lectura optativa de los Ciclos A y B.
Por ser hijos de Dios, somos hermanos de los seguidores de Jesús, y miembros de la Iglesia. Dios es quien decide quiénes han de formar parte de su Familia, y no nosotros. Es por eso que nos corresponde aceptar a la gente sin prejuicios, y amarla a la manera del Hijo de Dios y María. Todo el que cree que Jesús es el Cristo de Dios es hijo del Altísimo. Si amamos a Dios y cumplimos sus Mandamientos, amamos a los hijos de Nuestro Padre común.
Jesús nunca nos prometió que sería fácil el hecho de seguirle, pero el seguimiento de Nuestro Maestro no es una carga para quienes realmente lo aman. Si el seguimiento de Jesús empieza a ser una carga para nosotros, podemos revisar nuestras creencias, porque podemos estar sufriendo las consecuencias de que nuestra fe no sea completa, o quizás nuestro amor a Dios se está debilitando (AP. 2, 4).
El amor a Dios por nuestra parte consiste en que guardemos los Mandamientos de Nuestro Padre común, los cuales sabemos que no son pesados ni extremadamente difíciles de aplicar a nuestras vivencias.
Todos los nacidos de Dios vencen las inclinaciones que nos alejan de Nuestro Padre común. Nuestra fe es la victoria que nos garantiza que nadie ni nada nos impedirá creer en Dios.
Sólo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios, encontraremos motivos suficientes para esforzarnos en no perder la fe, y acrecentarla adecuadamente.
La referencia al agua y la sangre, fue escrita pensando en la Eucaristía, el Bautismo y la crucifixión del Señor. Cuando fueron escritos los libros joánicos de la Biblia, existía una creencia según la cual Jesús sólo fue el Cristo durante el tiempo transcurrido entre su bautismo y su crucificción, momento en que el Cristo ascendió al cielo, dejando morir al Jesús humano. Si Jesús murió como un hombre pecador, no pudo redimir a la humanidad cargando sobre Sí los pecados del mundo, y, por consiguiente, el Cristianismo carecería de sentido, porque está basado en el valor redentor del sacrificio del Mesías.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.
Meditación de 1 JN. 5, 1-9, segunda lectura optativa de los Ciclos A y B.
Por ser hijos de Dios, somos hermanos de los seguidores de Jesús, y miembros de la Iglesia. Dios es quien decide quiénes han de formar parte de su Familia, y no nosotros. Es por eso que nos corresponde aceptar a la gente sin prejuicios, y amarla a la manera del Hijo de Dios y María. Todo el que cree que Jesús es el Cristo de Dios es hijo del Altísimo. Si amamos a Dios y cumplimos sus Mandamientos, amamos a los hijos de Nuestro Padre común.
Jesús nunca nos prometió que sería fácil el hecho de seguirle, pero el seguimiento de Nuestro Maestro no es una carga para quienes realmente lo aman. Si el seguimiento de Jesús empieza a ser una carga para nosotros, podemos revisar nuestras creencias, porque podemos estar sufriendo las consecuencias de que nuestra fe no sea completa, o quizás nuestro amor a Dios se está debilitando (AP. 2, 4).
El amor a Dios por nuestra parte consiste en que guardemos los Mandamientos de Nuestro Padre común, los cuales sabemos que no son pesados ni extremadamente difíciles de aplicar a nuestras vivencias.
Todos los nacidos de Dios vencen las inclinaciones que nos alejan de Nuestro Padre común. Nuestra fe es la victoria que nos garantiza que nadie ni nada nos impedirá creer en Dios.
Sólo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios, encontraremos motivos suficientes para esforzarnos en no perder la fe, y acrecentarla adecuadamente.
La referencia al agua y la sangre, fue escrita pensando en la Eucaristía, el Bautismo y la crucifixión del Señor. Cuando fueron escritos los libros joánicos de la Biblia, existía una creencia según la cual Jesús sólo fue el Cristo durante el tiempo transcurrido entre su bautismo y su crucificción, momento en que el Cristo ascendió al cielo, dejando morir al Jesús humano. Si Jesús murió como un hombre pecador, no pudo redimir a la humanidad cargando sobre Sí los pecados del mundo, y, por consiguiente, el Cristianismo carecería de sentido, porque está basado en el valor redentor del sacrificio del Mesías.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
el Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II después de Navidad).
Meditación.
2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.
Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.
Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).
(EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.
1. Somos hijos adoptivos de Dios.
2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.
3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.
4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.
5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.
6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.
Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.
Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.
(EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.
(EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.
(EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.
(EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.
Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.
Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).
(EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.
1. Somos hijos adoptivos de Dios.
2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.
3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.
4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.
5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.
6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.
Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.
Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.
(EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.
(EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.
(EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.
(EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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