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Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Después de leer atentamente con ojos incrédulos el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, un ateo exclamó lleno de asombro: “¡Ese Jesús debía estar loco!

   ¿Cómo podemos amar a aquellos de quienes creemos que nos odian, independientemente de que nuestra idea respecto del citado desprecio tenga fundamentos sólidos y reales?”.

   Quienes sois padres podéis hablar extendiéndoos mucho sobre lo que significa dar dádivas materiales y espirituales sin recibir nada a cambio, pero, ¿seremos capaces de dejar que quienes nos roben nos asalten nuevamente? Esta cuestión es muy llamativa para mí, porque he sido víctima de un grupo de adolescentes en varias ocasiones.

   El lenguaje de Jesús es claro y sencillo, pero es difícil encontrar a un personaje ilustre que sin usar de la poesía haya explicado con tanta magnificencia como lo hizo el Hijo de María  en su tiempo el significado del amor y las consecuencias que sufren quienes viven y aman a pesar de la adversidad que ello pueda significar para ellos y sus seres queridos en un determinado periodo de tiempo.

   El próximo miércoles empezaremos a conmemorar el tiempo de Cuaresma, durante el cual nos ampararemos en la meditación de la Palabra de Dios, para aprender a amarnos nosotros y aceptar a nuestros prójimos con sus virtudes y defectos. Es esta la razón por la cual creo oportuno el hecho de enumerar las características del amor de que nos habla San Pablo en su primera Carta a los cristianos de Corinto.

   1. El amor es comprensivo.

   2. El amor es servicial.

   3. El amor no sabe nada de envidias.

   4. El amor no sabe nada de jactancias.

   5. El amor no es orgulloso.

   6. El amor no es egoísta.

   7. El amor no pierde los estribos.

   8. El amor no es grosero.

   9. El amor no es rencoroso.

   10. El amor no se alegra de la injusticia.

   11. El amor encuentra su gozo en la verdad.

   12. El amor disculpa sin límites.

   13. El amor confía sin límites.

   14. El amor espera sin límites.

   15. El amor soporta la adversidad sin límites.

   16. El verdadero amor nunca muere (1 COR. 13, 4-8A).

   Sería interesante el hecho de que todos memoricemos las características del amor para intentar aplicarlas a nuestra vida. Analicemos todos los acontecimientos que vivamos y conozcamos bajo la óptica del amor con que Dios nos ha llamado a ser sus hijos la forma de interpretar los mismos.

joseportilloperez@gmail.com

La paradoja de las bienaventuranzas. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La paradoja de las bienaventuranzas.

   1. Los cristianos podemos vincularnos a la Iglesia para que se nos facilite el hecho de alcanzar la santidad.

   Antes de escribir las meditaciones de Padre nuestro, me dirijo a nuestro Padre común en oración, para que el Espíritu Santo me ilumine, con el fin de que pueda transmitiros alguna idea que os pueda ser útil. Yo le digo a nuestro Padre común al comenzar a orar antes de redactar dichas meditaciones, el texto del SAL. 19, 15.

   Uno de mis lectores se ha entretenido en bajar de alguna red de archivos p2p una colección de libros que no están firmados por ningún autor los cuales contienen interminables listas de acusaciones contra Dios, los autores de la Biblia y la Iglesia. Después de enviarme esa colección de libros y de folletos para mí tan poco fiable porque los mismos no están firmados por nadie que se atenga a las consecuencias de responder a dichas acusaciones, me ha escrito: "Por todo esto no creo ni en Dios ni en la Iglesia". Este hecho me ha hecho reflexionar mucho sobre la meditación que os presento en esta ocasión.

   Dado que quienes aceptamos una determinada religión mantenemos la creencia de que estamos poseídos por la verdad, necesitamos respetar a quienes no comparten nuestras creencias -esto no significa que vamos a actuar contra nuestra conciencia-, con el fin de no incurrir en el pecado de ser despóticos. Si muchos católicos vivimos vinculados a la Iglesia, ello sucede porque queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida y en el ambiente en que vivimos. Buscar a Dios fuera de la Iglesia puede significar concebir una religiosidad muy débil incapaz de afrontar -y confrontar- las contradicciones a que los cristianos practicantes sobrevivimos día a día. No nos imaginemos que Dios se adapta a nuestras necesidades ni confundamos la fe que profesamos con una especie de humanitarismo generalizado, pues es necesario que dejemos que Dios sea Dios, y que conozcamos profundamente a nuestro Padre común, con el fin de que podamos responder las preguntas que nos planteamos muchas veces relativas al dolor, la muerte y el más allá, pues, de la respuesta a esos interrogantes, depende el hecho de que creamos en Dios o de que decidamos vivir sin fe en nuestro Padre común.

   Hace algún tiempo, me escribió uno de mis lectores: "Desde que leo tus meditaciones no asisto a ninguna Iglesia. El templo donde yo iba a Misa es frecuentado por gente muy rica que predica la pobreza y nada en la abundancia... Ya no voy a la Iglesia porque en la red tengo lo que necesito leer y porque así no tengo que darle explicaciones a nadie de lo que creo, cosa que no le importa tampoco a nadie".

   Si no queremos tener una religiosidad subjetiva, -es decir, si no queremos ser creyentes cuando necesitamos a Dios y renegar de nuestro Padre común cuando tengamos que defender nuestras creencias ante quienes las rechazan-, una de las cosas que necesitamos hacer, es rodearnos de fieles cristianos en la Iglesia, pues, el siguiente texto bíblico, aunque fue escrito para quienes estamos casados, explica la necesidad que tenemos de no separarnos de la fundación de Cristo: (ECL. 4, 9-11).

   Si no nos rodeamos de hermanos en la fe que nos animen cuando tengamos la sensación de que creer en Dios no tiene sentido, ¿quién nos devolverá la fe perdida?

   Es necesario que tengamos en cuenta que los miembros de la Iglesia deberíamos estar tan unidos como si viviéramos bajo un mismo techo. Como lamentablemente no estamos vinculados como deberíamos estarlo, en muchas ocasiones se cumple en nosotros el siguiente texto del libro de los Proverbios: (PR. 19, 7).

   Muchos de nuestros hermanos, aunque se preparan convenientemente para trabajar y constituir familias, no alimentan su espíritu, de manera que, el vago recuerdo que les queda de su instrucción catequética de la infancia, no les es suficiente para responder las cuestiones mencionadas anteriormente desde la óptica de nuestra fe, por lo cual, en lugar de instruirse en el conocimiento de nuestras creencias, prefieren conformarse con una fe débil que, según se enfrentan a sus experiencias vitales, al no ser debidamente fortalecida, se debilita hasta extinguirse.

   Al invitar a los cristianos que no son practicantes a vincularse a la vida de la Iglesia, no pretendo decir que los que nos consideramos practicantes somos perfectos, pues sabemos que podemos mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, y tenemos la costumbre de dejar que la Palabra de Dios contenida en la Biblia lea lo que hay en nuestros corazones, para que, al descubrir ante Dios las preocupaciones y alegrías de nuestra vida ordinaria, podamos adaptarnos al fiel cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común. Lejos esté de nosotros, -a pesar del deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios con el fin de aumentar el número de hijos de la Iglesia-, el deseo de darle lecciones a nadie para presumir de que el mundo tiene que arrodillarse ante nosotros, porque somos propietarios de la verdad. La gran mayoría de cristianos practicantes no somos grandes ejemplos de perfección absoluta, pero, a pesar de ello, intentamos dar testimonio de la profesión pública y privada de nuestra fe, con el fin de que quienes nos rodean vean que es posible creer en Dios en un mundo en que muchas veces podemos tener la impresión de que nuestros valores están predestinados a desaparecer.

   2. ¿En qué sentido son bienaventurados los pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 20).

   En uno de los libros que no están firmados por nadie que me ha enviado uno de mis lectores, he leído que la religión predicada por Jesús no es más que una mera ilusión para hacer que los pobres, al pensar en la conclusión del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros que acontecerá al final de los tiempos, eviten el hecho de pensar en sus dificultades. Esta acusación carece totalmente de sentido, así pues, quienes realmente necesitan comer, ropa para vestirse y un techo bajo el que cobijarse, saben perfectamente que nadie les va a solucionar sus problemas por más que lean la Biblia. Nadie ignora que en el libro de los Proverbios se afirman con respecto a los pobres verdades como las siguientes: (PR. 10, 15-16. 14, 20-21. 15, 15-17).

   Los cristianos deberíamos aplicarnos el siguiente relato, con el fin de aprender que, si viviéramos unidos como verdaderos hermanos, podríamos vencer todos los tipos de pobrezas existentes.

"Hubo una vez, hace muchos años, un país que acababa de pasar una guerra muy dura. Como ya es sabido, las guerras traen consigo rencores, envidias, muchos problemas, muchos muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina ni pan.
Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña le dijo:
-Señora, ¿No tenéis un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?
Y la mujer le mira de arriba abajo y responde:
-Pero, ¿Estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta y peor trato.
El soldado casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzó el pueblo de cabo a rabo y llegó al final, donde estaba el lavadero público. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-¡Muchachas! ¿No habéis probado nunca la sopa de piedras que hago?
Las muchachas se mofaron de él diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando éste se marchaba decepcionado.
-Soldado, ¿te podemos ayudar? Le dijeron.
-¡Claro que sí! Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer el fuego.
Rápidamente los chiquillos fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua, lavan muy bien las piedras y las echan hasta que el agua comenzó a hervir.
-" ¿Podemos probar la sopa?" preguntan impacientes los chiquillos.
-¡Calma, calma!.
El soldado la probó y dijo:
-Mm... A ¡Qué buena, pero le falta una pizquita de sal!
-En mi casa tengo sal -dijo un niño. Y salió a por ella. La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probar la sopa y dijo:
-Mm... ¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y un niño que se llamaba Luis fue a su casa a buscar unos tomates, y los trajo enseguida.
En un periquete los niños fueron trayendo cosillas: patatas, lechuga, arroz y hasta un trozo de pollo.
La olla se llenó, el soldado removió una y otra vez la sopa hasta que de nuevo la probó y dijo:
-Mm... Es la mejor sopa de piedras que he hecho en toda mi vida. ¡Venga, venga, id a avisar a toda la gente del pueblo que venga a comer! ¡Hay para todos! ¡Que traigan platos y cucharas!
Repartió la sopa. Hubo para todos los del pueblo que avergonzados reconocieron que, si bien era verdad que no tenían pan, juntos podían tener comida para todos.
Y desde aquel día, gracias al soldado hambriento aprendieron a compartir lo que tenían"
(Desconozco el autor).

   Dios quiere que todos seamos esos pobres de los que Jesús nos habla en sus bienaventuranzas. Independientemente de que seamos pobres o de que nademos en la abundancia, Dios quiere de nosotros que seamos sencillos. Las mejores ocasiones para demostrarnos que realmente somos los bienaventurados mencionados por Jesús, son aquellas en las que tenemos que optar por cumplir la voluntad de Dios o por pecar. Veamos algunos ejemplos de ello.

   -Una chica o una mujer, piensa: Amo a mi novio y cada día estoy más segura de que él también me ama. Él me ha dicho que si no le demuestro mi amor manteniendo relaciones sexuales con él me dejará. Sé que mantener relaciones sexuales antes de casarnos es un pecado, pero, ¿qué hay de malo en ello?

   ¿No nos ha dado Dios el cuerpo para que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Si nos amamos, ¿qué hay de malo en el hecho de que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Mi novio es muy bueno y nunca me ha pedido nada. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo.

   La chica (o la mujer) que se plantea estas dudas, debería pensar:

   ¿Cómo puedo ser tan ingenua para creer que verdaderamente me ama un hombre que ni siquiera es capaz de esperar a casarse conmigo para que podamos mantener relaciones sexuales sin pecar?

   Si mi novio aun cuando no estamos casados tiene la pretensión de convertirme en un objeto causante de placer, ¿qué pensará hacer de mi vida cuando nos casemos?

   Si la chica o la mujer supuesta no obedecen el mandamiento bíblico y eclesiástico de mantenerse casta, quizá tendrá la experiencia de un embarazo no deseado, la amarga vivencia de un aborto y la ruptura de su relación de noviazgo. En el caso de que no se produzca el embarazo, existe la probabilidad de que su relación no sea estable por mucho tiempo, dado que el valor de la fidelidad entre novios y cónyuges no es tan aceptado socialmente como lo fue en el pasado.

   -Un hombre casado, reflexiona:

   Hace mucho tiempo que tengo problemas con vivenciales con mi mujer. Hace algún tiempo me enamoré de mi secretaria y he tomado la decisión de convivir con ella.

   ¿Qué hay de malo en que yo me separe de una mujer con la que lo único que hago es sufrir?

   ¿No se lee en la Biblia que Dios es amor?

   ¿Qué hay de malo en el hecho de que yo pueda ser feliz con mi secretaria?

    El hombre de este segundo ejemplo debería pensar que dicha separación en sí es amarga, que va a dejar deshecho su hogar, que va a tener que mantener a hijos de dos mujeres, que va a tener que vivir periodos de rencor innecesario, que van a existir rencores eternos entre los hijos de las dos mujeres, etcétera.

   -Una señora cristiana, piensa:

   Tengo una necesidad de dinero muy urgente. Podría solucionar mi problema accediendo a salir con mi jefe hasta que él se canse de mí. A mi jefe le gusta cambiar mucho de pareja, así que esa situación no sería prolongada por mucho tiempo.

    La mujer de este ejemplo debería pensar que existe una gran probabilidad de que la estabilidad económica que espera conseguir  sea disfrutada por otra mujer, por lo que ella, además de continuar con sus problemas económicos -si es que no pierde el empleo-, tendrá que vérselas con su conciencia, en el caso de incumplir el mandamiento de mantenerse casta dentro de su situación actual.

   La vida cristiana, que parece muy difícil si no la vemos con optimismo, se explica perfectamente con el siguiente ejemplo:

   -Soy una señora de treinta años que siempre he visto frustrados los intentos que he hecho para perder todos los kilos que me sobran. Mañana empezaré nuevamente mi dieta de verduras, pero ahora mismo me voy a tomar un helado de chocolate... Estoy pensando que, los escasos minutos de placer que me proporcionarán ese helado, pueden costarme muchos días de sacrificio comiendo verduras, pues, si no adelgazo rápidamente, olvidándome de las más de 1000 calorías del helado en que estoy pensando, me desanimaré pensando que soy incapaz de perder los kilos que me sobran, por lo que probablemente dejaré mi dieta otra temporada.

   Nota: Los ejemplos aquí mencionados están concebidos desde el punto de vista del cumplimiento de las normas morales cristianas, pero yo recomiendo verlos desde la capacidad del no juicio.

   La pobreza espiritual de que nos habla Jesús, puede cambiar la forma de vivir que tenemos, pues vivimos en una sociedad en que nos hemos acostumbrado a hablar de "mi casa", "mi familia", "mi trabajo", "mi coche", "mis amigos", etcétera, mientras que nuestra fe nos enseña a considerar la siguiente reflexión:

"En una de las salas de un salón de clase en un colegio privado, había varios estudiantes, cuando uno de ellos le preguntó de improvisto a la maestra lo siguiente:
"Maestra, ¿qué es el amor?
La maestra sintió dentro de su ser que el estudiante merecía una respuesta a la altura de la pregunta inteligente que hiciera delante de los demás estudiantes del salón.
Como ya estaban casi en la hora del recreo, la maestra le pidió a cada estudiante que diera una vuelta por el patio de la escuela y trajese lo que más despertara en ellos el sentimiento de amor profundo.
Los estudiantes salieron apresurados al recreo, y cuando volvieron la maestra les dijo lo siguiente: "Quiero que cada uno de ustedes muestre lo que trajo consigo al resto del salón de clases".
El primer estudiante dijo lo siguiente: "Yo traje está magnífica y floreada flor, ¿no es linda y hermosa?
El segundo estudiante habló y dijo lo siguiente: "Yo atrapé está hermosa mariposa. Vea el colorido de sus alas, la voy a colocar en mi colección de mariposas que tengo en mi casa.
El tercer estudiante dijo también lo siguiente: "Yo vi en un árbol un nido con este pichón de pajarito. Se cayó del nido con otro hermanito, ¿no son graciosos y hermosos?
Y, así cada uno del resto del estudiantado, fueron colocando en la mesa lo que habían recogido en el patio de la escuela.
Terminada la exposición de cada uno de los estudiantes en el salón de clases, la maestra notó con preocupación que había una estudiante que no había traído nada, y que se había quedado todo el tiempo callada sin decir ninguna palabra. Ella estaba avergonzada, pues nada había traído para la exposición.
La maestra entonces se dirigió apresuradamente hacia la estudiante y le preguntó lo siguiente: "Muy bien, ¿y por qué no has traído nada? Y, la estudiante Entonces tímidamente le contestó a la maestra lo siguiente:
"Disculpe maestra. Vi la hermosa y maravillosa flor, pensé en arrancarla, mas preferí dejarla en su lugar, para que su perfume exhalase más tiempo y envolviera el lugar de aroma. Vi también la mariposa con sus múltiples colores maravillosos, suave colorida, ella parecía tan feliz y contenta que no tuve el coraje ni el valor de aprisionarla en mis manos. Vi también al pequeño pichoncito caído en la tierra entre las hojas, pero....al subir al árbol, noté el mirar triste de su madre, y preferí devolverlo junto a su otro hermanito al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor, la sensación de libertad de la mariposa que vuela libre por los aires, y la eterna gratitud que sentí en los ojos de la madre de los pajaritos..... ¿Cómo puedo mostrar lo que traje?
La maestra entonces entendió el gran mensaje de su alumna, y le puso la nota más alta, pues ella fue la única estudiante que percibió dentro de sí misma, que.... "Sólo podemos hallar el Amor en el corazón"!!"
(Desconozco el autor de este relato).

   3. ¿Cómo sacia Jesús el hambre espiritual de sus pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 21A). Si interpretamos literalmente las palabras de nuestro Señor, al pensar que las tales se refieren a los pobres, nos preguntamos: ¿Por qué no cumple Dios la promesa de saciar a los pobres? Para entender el texto bíblico que estamos meditando, nos es imprescindible leer el siguiente texto de San Mateo: (MT. 5, 6).

   Según hemos visto en los ejemplos anteriores relacionados con la obediencia a Dios y el hecho de caer en el pozo del pecado, la vida cristiana se contradice con la impaciencia que se extiende entre los habitantes de los países desarrollados, pues muchos de los tales adaptan su vida de forma que quieren alcanzar grandes metas en el mismo tiempo que pulsan un botón del mouse de su ordenador o cambian de cadena de televisión, lo cual es totalmente imposible. Nuestra vida cristiana es muy rica en beneficios para quienes la aceptamos, pero, exceptuando el gozo de cumplir la voluntad de Dios, los citados frutos se perciben a largo plazo. Supongamos que un profesor es contratado por un matrimonio que desea que sus hijos sean buenos estudiantes y gente de provecho en el futuro. Es normal que el citado profesor se sienta recompensado por su esfuerzo a la medida que sus alumnos progresan en sus estudios y no lo haga antes de empezar a impartirles clases a los mismos.

   Afortunadamente para nosotros, los Santos no nacen, se hacen, porque, si los Santos nacieran, por causa de nuestra imperfección, no tendríamos la esperanza de vivir algún día en la presencia de Dios, sin que necesitáramos la fe para creer que nuestro Padre común existe. Fijaos en un detalle. Jesús le perdonó sus pecados a un paralítico y lo curó de su enfermedad (MC. 2, 1-12). A continuación (vs. 13-17), no sólo le perdonó sus pecados al recaudador de impuestos Mateo, sino que lo convirtió en uno de los Doce Apóstoles. Por su oficio, Mateo tenía más probabilidad de ser moralmente peor que el paralítico anteriormente mencionado, pero Jesús le dio una mejor posición que al citado enfermo, en cumplimiento de las palabras de San Pablo, citadas en ROM. 5, 20.

   ¿Quién le confiaría la administración de sus posesiones a un reconocido ladrón? Jesús le concedió la administración del dinero del Colegio Apostólico a Judas Iscariote, uno de los Doce que, además de ser ladrón, vendió al Mesías, para que sus enemigos pudieran tratarlo como a un esclavo, ya que los hombres libres tenían derechos de los que estaban privados los carentes de libertad.

   ¿Quién le confiaría la ejecución de su obra a un hombre que anteriormente le hubiera negado? A pesar de que el Apóstol San Pedro negó a Jesús cuando nuestro Señor fue prendido en el huerto de Getsemaní, Jesús constituyó a Simón Papa de su Iglesia.

   Si circunstancialmente somos calumniados, o si sufrimos alguna circunstancia por la que creemos que somos perfectos inútiles, o si cometemos un pecado tan grave como para después de recapacitar llegar a creer que somos imperdonables, no creamos que no tenemos valor para Dios, pues nuestro Padre común quiere que nos apliquemos las palabras de San Pablo, expuestas en 2 COR. 12, 9.

joseportilloperez@gmail.com

La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Para los cristianos, la felicidad plena, consiste en amar, y ser amados.

   1. La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús

   Meditación de JER. 31, 7-9.

   Hemos vivido un ciclo de siete domingos en que Jesús nos ha inculcado la manera idónea en que debemos actuar, si valoramos el conocimiento mediante el que podemos adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre. Aunque aspiramos a alcanzar la plenitud de la felicidad, los valores predicados por Jesús son contrarios a los valores en que mucha gente inspira su vida. En el texto de la Profecía de Jeremías que estamos considerando, el Hagiógrafo Sagrado nos habla de la multitud de creyentes en Dios, constituida por gente humilde, indefensa y marcada por el sufrimiento. Ello nos recuerda que Dios es nuestro bien mayor, y que Nuestro Santo Padre nos invita a adaptarnos plenamente al cumplimiento de su voluntad, para que seamos dignos de vivir en su presencia.

   Mucha gente sueña con alcanzar poder, riquezas y prestigio. Tales deseos no son contrarios al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Creador, si, quienes los consiguen, los viven desde la óptica de Nuestro Santo Padre, así pues, el poder es digno de alabanza en quienes lo convierten en capacidad de servir desinteresadamente a sus prójimos los hombres, las riquezas pueden utilizarse adecuadamente para extinguir la miseria de la humanidad, y, la buena fama, puede ser un magnífico testimonio, de vida ejemplar de fe.

   Después de haber vivido un ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos el conocimiento necesario para alcanzar la gloria divina recorriendo el camino de la cruz, iniciamos una nueva etapa de tres Domingos, en que reflexionamos sobre las tres virtudes teologales, -es decir, hoy meditaremos sobre la fe, el próximo Domingo lo haremos sobre la esperanza, y, el Domingo XXXII Ordinario, sobre la caridad-. En esta ocasión meditaremos sobre la importancia de la fe, demostrándonos así que aceptamos la enseñanza que Jesús nos ha inculcado durante las siete semanas anteriores. Jesús nos ha enseñado a recorrer el camino de la cruz, y, nosotros, a partir de nuestro estado actual, -especialmente, si sufrimos por alguna causa-, seguiremos perfeccionándonos como seguidores del Señor, porque sabemos que, Nuestro Santo Padre, nunca dejará de amarnos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la oración. Ora y conviértete al Señor. (Miércoles de Ceniza).

   Estudio bíblico sobre la oración.

   Ora y conviértete al Señor.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Dado que el Miércoles de ceniza del año pasado consideramos un estudio bíblico sobre el ayuno, en esta ocasión, a través de una serie de frases que varios personajes bíblicos le dijeron a Nuestro Señor, vamos a hacer una meditación sobre la necesidad que tenemos de convertirnos a la fe predicada por Nuestro Redentor.

   Antes de comenzar esta reflexión, deseo instaros a que viváis el tiempo litúrgico que hoy vamos a comenzar con mucho ánimo. Para muchos de nuestros hermanos en la fe, la Cuaresma es una penosa cuesta arriba que finaliza el Viernes Santo, día en que acaban de meditar la Pasión del Señor exhaustos de tanto orar, y vuelven a enfrentarse al día siguiente a su rutina ordinaria, con la sensación de que sus días vuelven a ser pesados nuevamente.

   De la misma manera que los cristianos católicos creemos que quien no vive para servir no sirve para vivir, si la Cuaresma no tiene la triple utilidad de aumentarnos la fe, mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos y mejorar notablemente la calidad de nuestras vidas, el citado tiempo debe considerarse totalmente perdido.

   ¿Cómo podemos aumentar la débil fe que tenemos en Dios?

   ¿Cómo podemos mejorar las inestables relaciones que mantenemos con aquellos familiares, amigos y compañeros de trabajo con quienes nos comunicamos porque no podemos evadirlos?

   ¿Cómo podemos resolver los problemas personales que nos amargan la existencia?

   Son muchas las cosas que se pueden hacer para mejorar en los tres aspectos mencionados, las cuales, al no ser esta meditación un extracto de un manual de Psicología, sino una reflexión religiosa, no pueden ser mencionadas todas en el reducido espacio que ocupa este texto, aunque, a pesar de ello, os puedo decir lo mejor que podemos hacer para mejorar en los tres casos citados, lógicamente, sin perjuicio del hecho de que leamos libros de Psicología que nos ayuden a crecer personalmente. Lo mejor que podemos hacer indudablemente para mejorar la calidad de nuestras vidas, es aplicarnos el ejemplo de fe de San Pablo, el Santo que les escribió a los cristianos de Filipo, las palabras que encontramos en FLP. 3, 10-11.

   Si tuviéramos el poder de conseguir lo que más anhelamos, no dudaríamos en tener relaciones perfectas con nuestros prójimos y muchos y valiosos bienes. Por su parte, San Pablo, en el fragmento de su Carta a los Filipenses que hemos recordado, contradice nuestro punto de vista, así pues, comprendemos el hecho de que en su deseo de crecer espiritualmente anhelara la posibilidad de conocer a Cristo y de compartir con el Mesías la vida eterna en el tan soñado cielo, pero, el hecho de que quisiera vivir los padecimientos del Señor, no tiene sentido en nuestras sociedades hedonistas. Entendemos que San Pablo quisiera alcanzar la excelencia en su crecimiento espiritual, pero, al considerar que para alcanzar su logro no le importaba el hecho de sufrir, puede suceder que lo creamos fanático.

   Una de las razones por las que la fe católica vive una penosa crisis en países que tradicionalmente han estado muy vinculados a la Iglesia de Cristo a lo largo de su Historia, es la incorrecta forma que muchos de los habitantes de los mismos tenemos de actuar a la hora de alcanzar nuestras metas, rehusando a dos elementos imprescindibles para que podamos mejorar la calidad de nuestras vidas, los cuales son la autodisciplina y los esfuerzos a largo plazo. Muchos de mis lectores me escriben quejándose de que sus hijos son muy débiles, porque, al no tener la paciencia que necesitan para alcanzar la consecución de sus propósitos, se aburren y abandonan sus tareas. Estos padres suelen tener dificultades para reconocer que en muchos casos ellos son los responsables de que sus hijos carezcan de espíritu de lucha, a pesar de que a los tales no les suele faltar amor propio. Dichos padres tienen dificultades para recordar que cuando sus hijos eran pequeños y querían cualquier cosa les faltaba tiempo para comprársela, lo cual fue un error, si consideramos que no les hicieron pagar a los tales ningún precio por sus caprichos para que aprendieran a valorar lo que les concedían. Si dichos padres les hubieran hecho esperar a sus hijos un tiempo prudente antes de concederles sus más anhelados deseos, los tales habrían desarrollado la paciencia, y, por causa de su carácter combativo, serían capaces de sobrevivir con más alegría a este tiempo de crisis económica.

   María es una señora desesperada por reducir su peso. Todos los años, al empezar el tiempo de Cuaresma, reduce considerablemente la cantidad de alimentos que consume, con el propósito de bajar de peso rápidamente. Como el hambre y el estrés hacen que María se desespere, no sólo se queda sin cumplir su deseo, sino que cada año aumenta su peso un promedio de cinco kilos. María debería entender que podría hacer una dieta equilibrada durante todo el año para conseguir ver realizado lo que según ella es un sueño inalcanzable.

      Es necesario que comprendamos que los esfuerzos a largo plazo, aunque en algunos casos sean penosos, no sólo son beneficiosos porque por los mismos conseguimos lo que deseamos, sino porque nos enseñan a desarrollar la paciencia.

    1. Respuestas a algunas preguntas referentes a la oración.

   Os remito las respuestas que les di a algunos de mis lectores hace varios años con respecto a las preguntas que me hicieron referentes a la oración.

   Queremos profundizar en nuestra oración, así pues, es nuestro deseo dedicarle al Señor más tiempo, sin excusarnos argumentando que no tenemos tiempo para orar, o que llevamos muchas actividades a cabo, por lo que no podemos suspender ninguna de ellas para encerrarnos en el silencio de nuestro interior, donde, al no existir ruido alguno, se oye perfectamente la voz del Dios que nos ama de una manera inexplicable por nuestra parte.

   1-1. Orar, ¿para qué?

   ¿Cómo tengo que rezar?

   La oración es una conversación que los cristianos mantenemos con Nuestro Padre y Dios, quien abarca todas nuestras vidas. Dios lo es todo en nosotros (para nosotros), y por ello nos comunicamos con Él, siendo conscientes de que Nuestro Padre celestial es una Persona real, que escucha nuestras invocaciones, y nos concede todo aquello que conviene a nuestra salvación, así pues, es conveniente que no olvidemos que la vida de los cristianos tiene como meta la permanencia eterna junto a nuestro Padre y Dios.

   Existen muchas oraciones con las cuales podemos dirigirnos tanto a la Deidad Suprema como a los Santos, nuestros venerables hermanos que han pasado de esta vida al Reino celestial. En la web del Dr. Jerónimo Domínguez, encontré esta frase: "Lo hermoso no es que debo orar, sino que puedo orar", así pues, dependiendo de la forma en que deseemos alabar a Dios, o de las peticiones que le dirijamos a la Trinidad Beatísima, nos encontramos con que nuestras oraciones pueden ser agradables a Dios o impropias de cristianos.

   Muchas veces es conveniente que le dirijamos a Dios nuestras propias y sencillas oraciones, nacidas de corazones inspirados por el Espíritu Santo, para que las conocidas plegarias litúrgicas (como el Padre nuestro) no acaben careciendo de sentido teológico según nuestra óptica, a fuerza de repetirlas muchas veces.

   Debido a que Dios existe y escucha nuestras oraciones, podemos dirigirnos a Él con toda naturalidad, porque es Nuestro Padre, y es necesario que exista confianza en Nuestro Creador por parte de quienes somos sus hijos amados.

   No veamos a Dios como si fuera un Ser lejano al que tenemos que pedirle favores. Nuestro Dios no nos exige que le sacrifiquemos a los hijos que Él mismo nos ha concedido con el fin de que le seamos dignos y nos conceda lo que necesitamos para vivir, tal como creían los adeptos de ciertas religiones primitivas.

   Oremos con naturalidad y humildad. Dios no es como los padres que les dan a sus hijos adolescentes e incluso adultos el dinero que estos quieren para que lo malgasten en vicios, sin que los mismos piensen en labrarse su futuro. Amemos al Dios del amor, y no los caramelos que deseemos que Nuestro Padre celestial nos regale.

   Es necesario que las dádivas divinas sean pedidas al mismo tiempo que hacemos el bien en favor de nuestros prójimos y nuestro con el corazón lleno de misericordia.

   Dios sabe lo que nos debe conceder en cada momento de nuestras vidas, porque Nuestro Padre común nos conoce, y desea preservarnos del pecado.

   1-2. ¿Por qué queremos alabar a Dios cuando oramos?

   "Es de bien nacidos el ser agradecidos" -reza un refrán español-. Si pensamos en todos los dones que Nuestro Padre celestial nos ha concedido, si pensamos en la Deidad que se ha humillado ante los hombres, lo único que podemos hacer, llenos de admiración, es alabar a Nuestro Creador, ya sea con cánticos, oraciones mentales o vocales, u obras de misericordia.

   Ya ha pasado el tiempo de la pereza espiritual, pues es Dios quien constantemente llama a nuestros corazones los cuales a veces están cerrados para Él, a pesar de que Nuestro Padre común desea vivir en nosotros, en los familiares que nos ha concedido, y en el entorno en que nos desenvolvemos.

   Si creemos que Dios abarca nuestras vidas, ¿qué razón tiene para perdurar en nosotros la pereza espiritual, que no sea la carencia de fe divina?.

   1-3. ¿Cómo puedo saber que Dios me escucha cuando rezo?

   Cuando yo era catequista de la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), los componentes de mis grupos infantiles me solían preguntar: "¿Cómo eres el único del pueblo que cree en Dios hasta el punto de servir a Jesús?".

   Yo les decía: "Hace mucho tiempo estaba vendiendo cupones. Un buen día, Dios me llamó al móvil, y me dijo que me viniera a la Iglesia con vosotros". Los niños sonreían, y yo les explicaba que los creyentes, aunque no podemos demostrarlo, tenemos el conocimiento de que Dios nos habla a través de la oración, y que por eso era su catequista, porque sentía que Jesús me quería junto a ellos.

   Yo sé que Dios escucha mis oraciones porque tengo fe. Si escuchara la voz de Dios desde fuera de mi interior, ¿para qué me haría falta dicha virtud teologal?

   Desde que nos creó, Dios nos hizo libres, y el pecado obstaculizó la comunicación que nuestros primeros padres mantenían con el Todopoderoso. Si hablamos con Dios a partir de la fe y humildad que pueden caracterizar nuestras vidas de cristianos, al convertirnos sinceramente al Dios del amor, Nuestro Padre común estará presente en nosotros, pues esperamos que llegue el día en que, sin que necesitemos tener fe, Dios cumpla la promesa de conducirnos a su presencia, después de que hayamos superado nuestras miserias actuales.

   1-4. Yo quisiera orar, pero, ¿cómo puedo saber si realmente Dios existe, me ama y se interesa por mí?

   No es fácil adquirir el buen hábito de orar, de la misma manera que tampoco podemos decir que el diablo actúa en nosotros para que no nos encontremos con Dios, como creen muchos hermanos nuestros, pues es más correcto decir que nuestro intelecto no nos permite acercarnos al Señor, ante la duda de su existencia que no podemos demostrar científicamente, en el caso de que aún no hayamos experimentado su amor divino. No hay que olvidar que nuestras vidas transcurren en medio de un mare mágnum de actividades, las cuales pueden impedirnos recordar que quizás nos favoreció hace mucho tiempo, quien, dicho sea de paso, con tanto amor nos trata aunque no lo percibamos, por lo cual deseamos agradecerle el bien que nos hace llevando a cabo obras de misericordia inspiradas.

   1-5. Vence la pereza a la hora de servir al Señor.

   Os presento algunas excusas que los perezosos exponen para no cumplir sus deberes religiosos.

   1-5-1. "Yo no voy a Misa porque no me entero de nada, de hecho, el cura siempre dice lo mismo, y yo termino aburriéndome".

   ¿El hecho de que no conoces al Señor es la excusa que utilizas para no celebrar la Eucaristía, en vez de valerte del mismo para aumentar esa fe que dices que tienes, al menos, cuando estás necesitado de Dios?

   ¿Es tu pereza tan grande que prefieres no caminar un poquito y así rehúsas tener a Cristo en tu corazón, de forma que Él sea más parte tuya que tú mismo?

   De la misma forma que el amor debe ser considerado como un compromiso y no como un sentimiento cuya intensidad algunos consideran variable, la Eucaristía no es un don de Dios, sino el don del mismo Dios a la humanidad. Si desconoces a Dios, aquí tienes a quien se presta a ayudarte a conocerlo, pero no digas que no vas a Misa porque no lo sientes, sino porque no quieres vivir en la presencia del Señor.

   1-5-2. "No tengo interés de progresar a nivel espiritual, pues, si Dios me ama, me acepta como soy".

   ¿Es tan grande tu pereza que te impide leer la Palabra de Dios para que así puedas encontrar tu felicidad, y la dicha de tus prójimos y del mismo Dios que, a pesar de que no te necesita, no se siente feliz sin que le manifiestes tu amor?

   1-5-3. "Siempre habrá gente con dificultades. Yo ayudo al menor número de personas posible porque a mí nunca me ayuda nadie. Nadie cubre mis necesidades. Sólo yo corro con mis gastos".

   ¿Además de perezoso, cómo puedes ser tan soberbio y negarte a amar a tus prójimos e incluso al mismo Dios?

   1-5-4. "Rezo a mi manera. Mi culto interno y externo es cosa mía".

   ¿TE has permitido el lujo de crearte un Dios a tu imagen y semejanza?

   ¿Cómo quieres que los demás creamos en un Dios que desconocemos porque tú mismo lo has creado a tu imagen y semejanza?

   1-5-5. "No daría la vida por nadie ni en el caso de que esa persona fuera más justa que yo".

   Cuando tengas la oportunidad de manifestar tu amor, no habrá soberbia ni pereza que te hagan retroceder, pues, ese mismo amor que dices que jamás manifestarías, te habrá conquistado el corazón.

   En el libro de los Salmos, podemos leer estos versículos: (SAL. 137, 5-6). ¿Te parece esta enseñanza loca y fanática? Si tienes esa creencia, sabrás mucho de amor propio, pero tienes un gran desconocimiento del amor divino.

   ¿Crees que la siguiente enseñanza es de fanáticos? (MT. 7, 12). ¿Aceptas la citada frase del Señor, o eres de los que deseas que los demás se sacrifiquen por ti, y te niegas a beneficiar a ninguna persona?

   Si quieres orar sinceramente, transforma la piedra de tu corazón en carne, pues tu oración no dejará de ser egoísta, hasta que, a imitación de Dios y sus Santos, no te hagas artícife de la donación.

   Créeme si te digo que respeto tu postura, pero, aunque se haya dado el caso de que tu rebeldía para con la Iglesia se deba a que algunos creyentes no te han tratado bien, por tu felicidad, te pido que no te encierres en tu caparazón y te abras a los hermanos, pues, las personas, por causa de nuestra imperfección, de la misma manera que sacamos a relucir nuestras mejores virtudes, también mostramos lo peor que tenemos aunque no debamos hacerlo desde el punto de vista moralista, pero ello sucede porque, mostrando lo que somos, es como podemos dar todo lo que somos capaces de entregar.

   1-6. La pobreza de espíritu.

   Todos nos sabemos la primera de las Bienaventuranzas (MT. 5, 3). ¿A qué nos suena el término pobreza espiritual? Teniendo presente el significado de la pobreza material, algunos de nuestros hermanos, necesitados del conocimiento de la enriquecedora fe del Señor, han pensado que, la pobreza espiritual, es equivalente a aquellos periodos de tiempo en que la fe que tenemos se debilita. La pobreza en el espíritu -amigos en el amor de Cristo Resucitado-, nos enseña a poner las posesiones materiales y las virtudes de que disponemos a disposición de Dios, de forma que todos los hombres seamos aptos para ser miembros del Reino que Cristo algún día terminará de instaurar entre nosotros, cuando llegue el momento en que toda carestía sea extinguida de la tierra.

   ¿Qué similitud existe entre la pobreza espiritual y la oración? Ningún cristiano puede decir de sí mismo que es pobre de espíritu, si no reconoce a su Padre y Dios como principio y fin de su doble existencia humana y divina. Si no creemos lo anteriormente expuesto, o nos esforzamos para aumentar la débil fe que tenemos, o perderemos el tiempo al intentar hablar con un Dios en el que no creemos -o no podemos aceptar-.

   1-7. ¿Cuánto tiempo deseamos dedicarle a la oración?

   Muchos católicos opinan que es conveniente que quienes se inician en la práctica de la oración empiecen a hablar con Dios al menos cinco minutos todos los días, a ser posible, a la misma hora, con el fin de hacer de esa conversación con Dios un hábito fácil de mantener. A pesar de ello, sinceramente, os digo que, quienes sienten un ardiente deseo de hablar con Nuestro Padre y Dios, no esperan que llegue la hora rutinaria de la oración para cumplir su deseo.

   El deseo de comunicarnos con Dios fluye de la espontaneidad y confianza con que hablamos con Nuestro Padre, cuando vemos a Nuestro Creador como a cualquiera de nuestros familiares o amigos que se goza con la felicidad que nos caracteriza, y sufre con el dolor que nos marca la vida. Si no reconocemos a Jesús en su Humanidad al considerar el Misterio de la Santísima Trinidad, nos será difícil acostumbrarnos a orar sin sentirnos obligados a ello.

   1-8. ¿Cómo escucharemos la voz de Dios cuando oremos?

   En el mundo de las prisas y la intranquilidad causada por muchas actividades y preocupaciones, es muy frecuente el hecho de que no sepamos qué decirle a Nuestro Padre y Dios a la hora de hablar con Él, cuando no se nos ocurran más peticiones que hacerle. En esos momentos de sequedad espiritual, nos es conveniente acudir a la lectura de la Palabra de Dios, otorgándoles una especial preferencia a los Evangelios, las Cartas del Nuevo Testamento y los Salmos. A través de los citados textos bíblicos, oiremos la voz de Dios. Algún día Nuestro Padre común nos alabará a través de dichos textos, aunque no sabremos cuál es la causa por la que nos alabará, especialmente si en los textos que leamos en esa ocasión, no encontramos ninguna relación entre los mismos y nuestras vidas. En esos instantes de duda, seguiremos orando y leyendo, dado que Dios resolverá nuestros problemas cuando menos lo esperemos, y lo hará muchas veces por nuestro medio y mediante la ayuda de quienes menos esperamos.

   Otro medio de oír la voz de Dios, consiste en servirnos de la ayuda de nuestros predicadores religiosos y laicos, y de las personas de confianza que conozcamos que estén versadas en el conocimiento de la Palabra de Dios. Un medio muy útil de resolver nuestras dudas de fe, consiste en contactar con el moderador de nuestro websyte de confianza, ya que el mismo, si está interesado en el hecho de predicar el Evangelio, si no sabe resolver nuestro problema, buscará a quien nos ayude a encontrar la felicidad que sentimos perdida.

   2. Frases bíblicas que nos incitan a la conversión.

   2-1. ¿Dónde iríamos y qué haríamos lejos del Señor?

   En cierta ocasión, cuando Nuestro Señor pronunció su sermón eucarístico, muchos de sus seguidores, al entender que el Mesías pretendía que se lo comieran literalmente en las celebraciones eucarísticas, al creer que la citada doctrina era inadmisible, lo abandonaron. Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles si ellos también querían desampararlo, a lo que San Pedro le respondió: (JN. 6, 68-69).

   Al igual que los seguidores de Jesús no comprendían perfectamente la verdad de Dios el día anteriormente mencionado, existen muchas realidades divinas que no comprendemos. A veces, además de desanimarnos porque necesitamos percibir milagros que no vemos, constatamos que las actuaciones inadecuadas de algunos de nuestros hermanos en la fe debilitan nuestras creencias, pero, a pesar de ello, después de recuperarnos de la citada crisis espiritual, seguimos aferrados a Nuestro Salvador, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.

   ¿Nos da la felicidad el dinero?

   ¿Nos hace felices el trabajo?

   ¿Nos hacen felices las diversiones?

   Bueno es tener dinero, saludable y santificador es el trabajo, y la vida sin risas no es recomendada para los aprendices de la santidad, los cuales saben que Cristo ocupa el centro de su vida.

   2-2. Seamos humildes y reconozcamos nuestra dignidad de hijos de Dios.

   En cierta ocasión, antes de que Jesús curara al siervo de un centurión, este le demostró su fe, diciéndole: (MT. 8, 8-9).

   Aunque quizás por tener la seguridad de haber pecado no nos sentimos dignos de ponernos a la altura de Dios, por causa de su gran amor para con nosotros, Jesús murió y resucitó, para demostrarnos que Dios, con tal de que no pequemos más, nos perdona nuestras culpas.

   Al mismo tiempo que tenemos poder para hacer muchas cosas, sólo podemos superar nuestras grandes limitaciones, si creemos en la Santísima Trinidad.

   Digámosle a Jesús:

   -Señor, no somos dignos de compararnos contigo, pero por tu muerte y Resurrección nos has igualado a Ti espiritualmente, lo cual nos hará inmensamente felices cuando superemos nuestras limitaciones actuales.

   2-3. Dile a Jesús que lo amas con las primeras palabras que se te ocurran.

   Uno de los pasajes evangélicos más conocidos es aquel en que Santo Tomás Apóstol no podía creer que Jesús había resucitado de entre los muertos. Cuando Jesús se les apareció a sus Apóstoles nuestro actual Domingo II de Pascua, y el citado Santo no tuvo necesidad de tocar sus heridas, exclamó embargado por la emoción: (JN. 20, 28-29).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Nosotros creemos en Ti, pero cuando somos probados por el sufrimiento nos falta la fuerza para mantener encendida la llama de la fe. Ayúdanos a seguir viéndote a través de la lectura lenta y pausada de la Biblia, la predicación de tus siervos religiosos y laicos y las circunstancias que tenemos que vivir, para que nunca más dejemos de creer en la Santísima Trinidad. Así sea.

   2-4. ¿Cómo podemos demostrarle a Dios que verdaderamente creemos en Él?

   Jesús les enseñó el Padre nuestro a sus futuros Apóstoles, porque uno de sus seguidores, le dijo: (LC. 11, 1).

    Oremos con un estribillo que les oí cantar durante los años de mi infancia a los componentes de un coro rociero, cuyo autor desconozco.

Nazareno, Nazareno,
no nos dejes, no nos dejes
sin tu luz ni tu consuelo,
porque, sin ti, no puedo.

   Jesús, enséñanos a dirigirnos al Padre, no sólo con las palabras adecuadas, sino con la recta disposición de intención que caracteriza a tus Santos.

   2-5. Háblale al Señor con confianza, y no le ocultes absolutamente nada.

   El día en que San Pedro respondió ante Jesús pidiéndole perdón con su obediencia, sus gestos y su tristeza, por causa de las tres veces que le rechazó durante la noche del Jueves Santo, ante la triple pregunta que Jesús le hizo sobre si le amaba más que sus compañeros con tal de conseguir que Pedro descargara su insoportable carga sobre Él, el citado Apóstol, entristecido por la repetición de la interrogación, le dijo al Mesías: (JN. 21, 17).

   Pedro le dijo a Jesús:

   Sabes que te he traicionado actuando cobardemente, y que estoy profundamente arrepentido de ello. ¡Cómo quisiera tener la oportunidad de cumplir la palabra que dije referente a dar mi vida por ti!. No estaré tranquilo hasta que salde mi deuda contigo.

   Jesús le dijo a Pedro, dándole a entender que él también moriría crucificado: (JN. 21, 18).

   Oremos:

   Señor, tú sabes de nuestras debilidades y de que, a pesar de que no nos sentimos dignos de vivir en tu presencia, no podemos dejar de amarte. Haznos fuertes para que podamos cumplir tu voluntad sin que se nos vuelva a debilitar la fe.

   2-6. Señor, auméntanos la fe.

   Por más que nos esforzamos por tener fe, porque sabemos lo que Dios ha hecho por nosotros, aún nuestro corazón se resiste tercamente a confiar en el Dios de la misericordia. Ante esta situación que tanta impotencia nos causa, digámosle al Señor las palabras con que se dirigió a Él el padre de aquel joven epiléptico gritando desesperado cuya única razón de ver a su hijo completamente sano era su creencia en el Hijo de María: (MC. 9, 24).

   Las palabras del padre del epiléptico mencionado me han conmovido porque me han hecho recordar aquel Cursillo de Cristiandad cuyos formadores me enseñaron que a pesar de mi ceguera Cristo contaba -y sigue contando- conmigo para realizar una gran obra. Yo, a diferencia del padre del epiléptico, en vez de pensar que tenía fe, creía que mi fe era inútil porque era insuficiente, por la visión de lo que me hicieron tener respecto de mí quienes anteriormente a la vivencia de aquel Cursillo se encargaron de romperme los sueños. Yo había leído mucha literatura religiosa del tiempo de la dictadura española a través de la cual aprendí a considerarme como pecador indigno, y, en aquella ocasión, pude aprender que Dios me amaba tal como era, lo cual me lo ha demostrado Nuestro Padre común ayudándome a crecer personalmente.

   ¿Quieres tener fe en Nuestro Padre común?

   ¿No encuentras a Dios?

   ¿No comprendes a Dios?

   ¡Lee la Biblia y verás cómo los prodigios que Dios obra en tu vida te abren los ojos de la fe, de manera que nadie jamás te los volverá a cerrar ni aunque se te prohíba soñar!.

   2-7. Señor, ayúdanos a conservar tu ideal de vida cristiana.

   Cierta noche, cuando los futuros Apóstoles se esforzaban con tal de que su barco no se hundiera en el mar, le dijeron al Señor, despertándolo mientras dormía: (MT. 8, 25).

   Por nuestra falta de fe creemos que Dios no sólo no escucha nuestras oraciones, sino que se duerme cuando más lo necesitamos. A pesar de ello, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 121, 1-4).

   2-8. Preguntémosle a Jesús lo que queremos saber del Dios Uno y Trino.

   Animados por San Juan el Bautista, los futuros Apóstoles del Señor Juan y Andrés siguieron a Jesús, el cual, cuando se percató de que lo seguían, les preguntó qué querían de Él, a lo cual ellos le preguntaron: (JN. 1, 38).

   Señor, ¿por qué nos amas contradiciendo el principio del mundo de amar a los poderosos, si somos inferiores a Ti?

   ¿Por qué nos has salvado, si sabes perfectamente que no podemos hacer nada para pagarte lo que has hecho en nuestro beneficio?

   ¿Por qué se prolongan indefinidamente las enfermedades que nos hacen sufrir?

   2-9. Hazme ver tu luz.

   Cuando el ciego y mendigo Bartimeo supo que Jesús pasaba cerca de él, empezó a llamar insistentemente a nuestro Redentor, a pesar de que la multitud le daba muchas razones para que permaneciera silente. Cuando Jesús le preguntó qué quería que le hiciera, este le contestó: (MC. 10, 51).

   Si hace tiempo te considerabas cristiano, y después de perder la fe, quieres volver a la Iglesia como creyente de espíritu renovado, ¡debes saber que te esperamos con los brazos abiertos!.

   2-10. Sé humilde para que Dios te ensalce.

   Jesús les contó en cierta ocasión a sus oyentes una parábola cuyos protagonistas eran un soberbio fariseo y un humilde publicano, el cual oró diciéndole a nuestro Padre común: (LC. 18, 13).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Aunque no somos tus mejores discípulos, nos esforzaremos para ser mejores personas cristianas, porque sabemos que nos amas con nuestros dones e imperfecciones.

   2-11. Cristo cuenta contigo.

   Cuando Jesús le pidió agua a la samaritana de Sicar, ella le dijo extrañada: (JN. 4, 9).

   De la misma manera que dicha samaritana se extrañó de que le pidiera agua un judío, porque los habitantes del norte de Palestina no se trataban con el resto de miembros del país, nosotros, al comparar la grandeza de Dios con nuestra pequeñez, le preguntamos a Jesús:

   -Señor, ¿qué sentido tiene el hecho de que quieras redimir a la humanidad utilizando a predicadores muy inferiores a Ti?

   ¿Qué has visto en nosotros para que te sientas motivado a santificarnos?

   2-12. El don de Dios y el agua viva.

   Cuando Jesús le explicó a la samaritana el significado del don de Dios y del agua viva, ella le dijo al Hijo de María: (JN. 4, 15).

   Oremos:

   Señor Jesús:

   Límpianos de nuestras culpas e imperfecciones con tu agua viva, y santifícanos al enviarnos al Espíritu Santo, para que podamos cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, sin que jamás se nos debilite la fe.

   2-13. Confía en el Señor plenamente.

   Cierto día, un leproso arrodillado le dijo a Jesús: (MC. 1, 40).

   ¿Creemos que Jesús quiere librarnos de las miserias que actualmente caracterizan nuestras vidas?

   ¿Creemos que Jesús nos conducirá a la presencia del Padre para que seamos felices al final de los tiempos?

   2-14. Pídele a Jesús que te transfigure y configure a su imagen y semejanza espiritual.

   Cierto día, un joven rico le preguntó a Jesús: (MC. 10, 17).

   ¿Le hemos preguntado a Jesús si quiere que hagamos algo para que Dios se sienta orgulloso de tenernos como hijos?

   2-15. No pienses que eres un fracasado irremediable.

   En cierta ocasión, Jesús les pidió a unos pescadores que no tardaron mucho tiempo en convertirse en sus discípulos que le prestaran su barca para predicarle a la multitud que se le juntó en el lago de Genesaret. Cuando el Señor concluyó su exposición de la Palabra de Dios, le pidió a Pedro que reiniciara su trabajo, el cual le dijo: (LC. 5, 5).

   ¿Has dejado de predicar la Palabra de Dios porque crees que no has convertido a nadie al Señor? Sigue predicando, porque sólo a Dios le corresponde la tarea de recoger el fruto de las pequeñas semillas que has sembrado.

   ¿Sufres por la rebeldía de tus hijos adolescentes y jóvenes? Cumple tu deber para con ellos siguiendo el dictamen de tu conciencia, porque Nuestro Padre común se encargará algún día de hacerles comprender las razones que tienes para hacer lo que haces.

   2-16. Ora en el día de la aflicción.

   Cuando creas que todas las cosas te salen mal, te sientas rechazado por tus prójimos e incluso te duela el hecho de aceptar tus fracasos, dile al Señor las palabras de San Dimas, el ladrón que hizo un preciso examen de conciencia antes de morir crucificado a la derecha del Mesías: (LC. 23, 42).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com