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Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor a dios y al prójimo.

   1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

   Meditación de DT. 6, 2-6.

   Estimados hermanos y amigos:

   ¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.

   Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).

   Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.

   ¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.

   Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.

   El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.

   Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.

   (DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.

   Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.

   (DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.

   No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.

   (DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.

   Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:

   "No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).

   Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.

   ¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?

   (MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.

   Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.

   (DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.

   Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.

   Meditación.

   Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y  superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.

   ¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.

   El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).

   Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.

   San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).

   A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).

   El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).

   Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).

   Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.

   El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).

   Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).

   La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.

   Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).

   ¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.

   Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.

   Nota:

   Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Navidad social termina en algunos países al concluir la celebración del Año Nuevo, y, en otros, después de la celebración de la Epifanía del Señor. La Iglesia concluye las celebraciones navideñas el Domingo siguiente a la Epifanía, día en que celebra el Bautismo de Nuestro Salvador.

   Mientras que en los países que celebramos la Epifanía del Señor, los niños pasan este día jugando con sus nuevos juguetes, los adultos tenemos la costumbre de hacer un balance de cómo hemos pasado la Navidad.

   Quizás podemos caer en el error de acusar a la sociedad en que vivimos de ser materialista a la hora de celebrar la Navidad, y no pensamos que, en vez de juzgar a la gente, debemos pensar si estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, porque, mientras es muy fácil sacar a relucir los errores de quienes nos rodean, no nos gusta pensar en los defectos que nos caracterizan.

   Durante la celebración de la Misa de media noche de Navidad, recordamos las siguientes palabras de San Pablo: (TT. 2, 11).

   ¿Creemos sinceramente que Jesús vino al mundo hace veinte siglos a salvarnos de la condenación merecida por los pecados de la humanidad, -que es la muerte-, y para hacernos plenamente felices viviendo en un mundo sin carencias, en la presencia de Nuestro Santo Padre?

   Aunque hemos pasado muchos años sin ponernos a disposición de Dios para que cumpla su voluntad por nuestro medio, aún estamos a tiempo para confiar en Él, exceptuando el caso de que nuestra fe no sea más que una representación teatral, procedente de una tradición que, si no es desconocida, no es aceptada como portadora de una gran verdad de fe.

   ¿Sentimos que las celebraciones navideñas nos han servido para adoptar el compromiso de ser mejores cristianos, o, una vez más, al concluir los días festivos de diciembre y enero, vamos a sumirnos en la rutina que nos impide ser felices?

   Si queremos que la Navidad se prolongue durante todos los días de nuestras vidas, necesitamos convertirnos al Evangelio. Sé que para mucha gente, las palabras "conversión" y "penitencia", suenan a sacrificios pesados e inútiles, a horas perdidas pensando en lo que para quienes no comparten nuestra fe no tiene remedio, y a la pérdida del tiempo que podemos aprovechar para hacer cosas agradables y constructivas.

   Para sentirnos motivados a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, necesitamos tener fe en Él, pues, el autor de la Carta bíblica a los Hebreos, nos instruye, en los siguientes términos: (HEB. 11, 6).

   Hace años, le escuché el siguiente comentario, a un famoso personaje, que vi en un programa de televisión: "El Catolicismo es la religión más facilona del mundo. Cometes un pecado, dices que te arrepientes, te confiesas, rezas un Padre nuestro, y ya puedes salir de la Iglesia, para hacer cosas peores, porque, mientras digas que te arrepientes, te están perdonando".

   ¿Es cierto que Dios nos perdona para que sigamos pecando? En la Epístola a los Hebreos, leemos: (HB. 10, 38).

   Si a Dios no le agrada nuestra inconstancia en la vivencia de la fe que decimos que profesamos, ¿pensamos que nos perdonará nuestros pecados independientemente de las veces que nos confesemos, si sabe que no tenemos la intención de cambiar de conducta?

   ¿Qué quiere Dios de nosotros? (HB. 13, 15-16).

   ¿Es para nosotros hacer el bien un sacrificio? Si leemos los versículos bíblicos anteriores al texto que estamos considerando brevemente, vemos que el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que convirtamos nuestras vidas en un sacrificio a Dios imitando la conducta de Nuestro Salvador, lo cual no significa que hacer el bien es un sacrificio, pues, si lo hacemos con amor, nuestras buenas obras se convierten en oportunidades de gozarnos, porque Dios nos concede el honor de ser nosotros quienes lo sirvamos en nuestros prójimos.

   Quizás pensamos que no somos mejores cristianos porque nos abruman las dificultades que caracterizan nuestras vidas, las cuales deben ser un camino para acercarnos a Dios, así pues, no debemos olvidar que Jesús padeció mucho en Palestina, según se nos informa en el siguiente texto: (HB. 2, 18).

   El arrepentimiento de nuestros pecados, no consiste en sentir repugnancia únicamente del mal que hemos hecho para seguir actuando en contra del cumplimiento de la voluntad de Dios después de confesarnos. El arrepentimiento cristiano está relacionado con el hecho de adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestras vidas, porque, cuanto mayor sea nuestro nivel de purificación, sentiremos que estaremos más cerca de Nuestro Padre común, quien es la fuente de la felicidad que añoramos.

   La penitencia cristiana no debe reducirse a una serie de actos marcados por la tristeza, porque a Dios no le gusta que tengamos caras largas, sino que nos formemos espiritualmente, para que, al adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, cada día nos encuentre más dispuestos, a vivir en su presencia.

   DE nada nos sirve ofrecerle sacrificios a Dios para que nos perdone nuestros pecados, si no estamos dispuestos a convertirnos a su Evangelio de salvación. La conversión al Señor Nuestro Dios, es un proceso gradual que se prolonga durante todos los días que vivimos, que no debe ser visto como una cadena interminable de sacrificios, sino como una oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, que no debemos desaprovechar.

   Si creyéramos sinceramente en Dios, al arrepentirnos de los pecados que cometemos, no pensaríamos en nuestra condenación, sino en la ofensa que las citadas obras significan para el Dios Uno y Trino, que es la fuente de la pureza. El arrepentimiento es causa de vergüenza y tristeza, porque no es fácil reconocer el mal que se hace, y porque vemos que no podemos compararnos a Dios, pero, a pesar de ello, dicha tristeza debe ser utilizada constructivamente en orden a nuestro crecimiento espiritual, no para quitarnos el valor personal que tenemos, sino para adaptarnos más y mejor, al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues, recordemos las siguientes palabras de San Pablo: (2 COR. 7, 10).

   No soy contrario al hecho de celebrar la Navidad social, pues pienso que ello debe fortalecer las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. La Iglesia nos dice que el hecho de hacer fiestas no es perjudicial, siempre que no invirtamos en ocio el dinero que tenemos para convivir con nuestros familiares, socorrer a los pobres, y contribuir al sostenimiento de las obras de la fundación de Cristo.

   Si nos disponemos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, daremos un importante paso para alcanzar la plenitud de la felicidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Debemos los cristianos celebrar la Navidad? (Meditación para el Domingo II después de Navidad).

   Meditación.

   ¿Debemos los cristianos celebrar la Navidad?

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Aunque los católicos practicantes no tenemos ningún prejuicio a la hora de celebrar el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús, el desconocimiento de la Biblia que caracteriza tanto a muchos no creyentes y a otros tantos de nuestros hermanos en la fe, hace que muchos de los tales sean víctimas de las denominaciones cristianas fundamentalistas, las cuales, con el objeto de contradecirnos a los católicos, -el principal enemigo al que tienen que vencer para poder apoderarse de los hijos del mismo, los cuales constituyen entre la quinta y la sexta parte de la humanidad-, nos contradicen, así pues, afirman que, quienes celebramos el cumpleaños de Jesús, en lugar de adorar a Dios, somos seguidores del Demonio, lo cual significa que, como celebramos la Navidad, como cristianos, no somos aceptos por Dios como hijos. Aunque muchas de las razones que tales cristianos exponen para que se extinga la celebración de la Navidad son tan simples que pueden hacernos percatarnos de su carencia de veracidad, por mínimo que sea nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, es preciso que definamos el concepto de Navidad, y que analicemos algunas de las tradiciones relacionadas con el citado periodo litúrgico, con el fin de que, cuando nos encontremos con quienes tengan dudas con respecto al hecho de si deben celebrar el Nacimiento de Jesús, podamos iluminarlos al respecto, ya que para Dios, -independientemente de que celebremos la Navidad-, lo que importa es nuestra forma de proceder.

   A modo anecdótico, os cuento que, un día en que estaba discutiendo con un fundamentalista la utilidad de la celebración de la Navidad, él me dijo:

   "La Navidad no debe celebrarse porque esa fiesta pagana insulta a Dios y confunde a los hombres. Hace tiempo leí en una revista que una niña después de ver un belén le preguntó a su madre: -Mamá, ¿Jesús no creció nunca?

   ¡Claro que creció! -le contestó la madre, extrañada por la pregunta que le hizo su hija-.

   La niña le dijo a su madre: -Te he hecho esa pregunta porque, cuando el año pasado vimos este mismo belén, Jesús era lo mismo de pequeñuelo.

   1. ¿Qué es la Navidad?

   La Navidad es el periodo de tiempo comprendido entre el veinticinco de diciembre y el Domingo siguiente al seis de enero. En el citado tiempo la Iglesia nos ayuda a conocer profundamente, contemplar y aceptar como real el misterio de la Encarnación (este es el misterio por el que aceptamos el hecho referente a que Jesús, siendo Dios, se hizo humano en el seno de su Santa Madre) del Verbo -o Palabra de Dios- en las entrañas purísimas de María de Nazaret.

   Aunque no sabemos con certeza en qué estación del año nació Nuestro Señor porque ello no se indica en ninguno de los cuatro Evangelios, la Iglesia, en el siglo IV, determinó que la celebración del Nacimiento del Mesías habría de llevarse a cabo el veinticinco de diciembre, para así transformar la fiesta de adoración al sol (el dios Saturno romano) y el Yule norteeuropeo (otra fiesta religiosa de adoración al sol) en la fiesta de adoración a Jesucristo, en virtud del mensaje que se deduce del texto que podemos leer, en LC. 1, 78. La luz a la que se refirió el citado discípulo de San Pablo es Jesucristo, la llamada "luz indeficiente de Dios", debido a su perfección.

   Jesucristo, -la luz del mundo-, irrumpe en el mundo -y en nuestras vidas- en Navidad, con el fin de mostrarnos el camino que desea que sigamos, para que podamos habitar en la presencia de Nuestro Padre común. La luz de Cristo nos muestra la verdad de nuestra existencia, -es decir, que la muerte no será el final de nuestras vidas, y que las miserias por cuyo efecto padecemos actualmente, serán trocadas por la felicidad eterna, la cual gozaremos cuando vivamos en la presencia de Nuestro Padre común, libres del dolor y purificados del pecado-. La luz de Cristo renueva la naturaleza humana dañada por sus múltiples miserias (AP. 21, 5).

   Dado que las noches de invierno en Judea son frías y lluviosas, y teniendo en cuenta el mensaje de LC. 2, 8, no les falta razón a los fundamentalistas que, en sus intentos de hacer que el mundo comprenda que somos enemigos de Dios, predican que es de tener en cuenta que el Salvador del mundo no nació en invierno.

   (JN. 8, 12). Es conveniente que, durante las cuatro semanas que anteceden a la Navidad, nos preparemos convenientemente a recibir al Mesías en el llamado tiempo de Adviento, meditando los textos del Antiguo Testamento relacionados con el Redentor de la humanidad, y estudiando los cuatro Evangelios (o biografías de Jesucristo), para que así entendamos que podemos esforzarnos para corregir nuestros defectos, y evitar cometer los pecados que hasta el citado tiempo han caracterizado nuestras vidas, para que así podamos comprometernos a ser excelentes seguidores del Mesías, o, en el caso de que ya seamos apóstoles o discípulos de Nuestro Señor, podamos renovar nuevamente el citado compromiso, dado que nuestra fragilidad humana nos aparta del mismo, ya que instintivamente, o incurrimos en el pecado, o hacemos el bien, no por amor a Dios, sino buscando ser recompensados tanto por Nuestro Padre celestial como por los hombres, y nos cuesta un gran esfuerzo comprender que, más que anhelar que los hombres reconozcan el bien que les hacemos, queremos esforzarnos para que tengan fe en Nuestro Padre común, imitando la humildad de San Juan Bautista, el cual decía con respecto a Jesús y a sí mismo, las palabras expuestas en JN. 3, 30.

   Es necesario que la vivencia de la Navidad cristiana esté precedida por un tiempo de formación en el conocimiento de la Palabra de Dios que nos ayude a aumentar la fe que tenemos en Nuestro Padre común, nos estimule a hacernos maestros de la oración, -ya que no podemos decir que creemos en Dios y evitar el hecho de hablar con Él-, y nos anime a beneficiar a nuestros prójimos los hombres como si los mismos fuesen Nuestro Padre celestial.

   El hecho de recordar que en Navidad Dios se hace Hombre y habita entre nosotros, puede instarnos a imitar la humildad de Jesús, así pues, de la misma manera que en Nuestro Señor se cumplieron las palabras de San Pablo expuestas en FLP. 2, 6-7, podemos aprender a ser solidarios con los más desposeídos del mundo, si verdaderamente nuestra meta consiste en ser imitadores del Mesías.

   El cumpleaños de Nuestro Señor no es un simple aniversario, un recuerdo ni un sentimiento del pasado, pues la citada celebración ha de concienciarnos de la necesidad existente en el mundo de cristianos que den razón de su fe ante los hombres (1 PE. 3, 15), y de que esos seguidores de Jesús seamos nosotros, ya que si esperamos que otros den su testimonio de fe ante el mundo, y los mismos aguardan a que seamos nosotros quienes prediquemos el Evangelio, ¿quiénes serán los responsables de que nuestra fe se siga extendiendo por la tierra?

   2. El peligro de la celebración social de la Navidad.

   Como los cristianos comprometidos con la evangelización vivimos la Navidad imitando a los antiguos pueblos de pastores que cada seis meses tenían que trasladarse de sus residencias buscando pastos para alimentar sus rebaños, nos es necesario tener cuidado, para que, la celebración social de la Navidad, no nos aparte de Dios ni de nuestros hermanos los hombres. Quienes tenéis la costumbre de relacionaros con los fundamentalistas, sabéis perfectamente que ellos alegan que nuestra costumbre de cenar en familia en Nochebuena y otras tantas tradiciones sólo son actos religiosos paganos que, aunque la Iglesia ha intentado darles un sentido cristiano, ha fracasado, por lo que, al practicar los mismos, en lugar de adorar a Dios, estamos rindiéndole culto a Satanás el Demonio. Esto es totalmente incierto, así pues, ¿quiénes de vosotros cenáis con vuestros familiares en Nochebuena para vivir la costumbre romana de celebrar los saturnales? Naturalmente, las tradiciones navideñas no están orientadas al hecho de que le tributemos culto al Demonio, dado que las mismas sólo son un conjunto de hechos históricos y de símbolos orientados a aumentar nuestra fe en Dios, aunque todos apliquemos muchos de esos signos adaptándolos a nuestras creencias particulares. Por otra parte, si desgraciadamente muchos se embriagan en Navidad, ello no está relacionado con el culto satánico, dado que los alcohólicos no necesitan esperar la llegada de ninguna fiesta especial para emborracharse. Tengamos un poco de sentido común al analizar lo que los fundamentalistas dicen de la Navidad.

   Aunque es comprensible el hecho de que quienes carecen de nuestra fe celebren la Navidad a nivel social prescindiendo del aspecto espiritual de la citada celebración, el peligro que tal hecho puede encerrar para los creyentes, consiste en que los mismos, entusiasmados por los excesos de comida y alcohol, y el consumismo excesivo característico del citado tiempo, acaben olvidándose del principal protagonista de la celebración que nos ocupa. Por lo tanto, partiendo de la base de que en Navidad somos más afectivos que durante el resto del año, está en nuestras manos la posibilidad de esforzarnos para aumentar el número de cristianos y no creyentes que se benefician de la celebración del Nacimiento de Nuestro Señor.

   Es necesario que en este tiempo les dediquemos una especial atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a quienes viven aislados, pues ellos son los que están más necesitados tanto de fe como de afecto. Sin olvidar que es muy respetable la postura de quienes no creen en Dios, es preciso que consigamos que todos los hombres tengan alguna esperanza que les ayude a vivir.

   3. Es posible conjugar la Navidad espiritual con la Navidad social.

   Los cristianos católicos, al tener el deber de aprovechar la Navidad social para aumentar el número de hijos de la Iglesia, podemos celebrar la Navidad con nuestros familiares y amigos, -según enseña la Iglesia-, siempre que no nos olvidemos de solventar tanto nuestras carencias, como de ayudar a extinguir las necesidades de nuestros prójimos y de los más necesitados del mundo. En el supuesto caso de que uno de mis familiares esté enfermo en Nochebuena, yo, en lugar de comer y beber olvidándome del mismo, haré mejor si le brindo mi compañía, tanto para distraerlo de sus pensamientos tristes si ello me es posible, como para ayudarlo en todo lo que pueda socorrerlo. Igualmente, si en mi entorno hay gente que tiene carencias, en lugar de pasar la Navidad comprando ropa de marca, regalos caros y comida muy costosa, es conveniente que socorra a los mismos, aunque me conforme comprando ropa corriente, regalos sencillos y los alimentos que consumo diariamente.

   Hace varios años, una señora le dijo a su madre cuando se acercaba el tiempo de Navidad: "-¿vendrás a la Misa del gallo para escuchar a mi nena cómo canta los villancicos con sus compañeros?".

   La madre le dijo tajantemente: "-Yo iré a la Iglesia a adorar al Señor, no a escuchar a tu hija".

   La citada señora mayor era laica y predicaba en su círculo de amigos y donde hubiera una sola persona dispuesta a escucharla, pero, en la ocasión a la que me refiero, su empeño por demostrar que tenía fe, le hizo olvidarse del texto bíblico expuesto en 1 JN. 4, 20.

   De la misma manera que a los cristianos no nos es conveniente el hecho de olvidarnos de Dios para dedicarnos a banquetear y despilfarrar grandes cantidades de dinero en Navidad, nos interesa cuidarnos de no caer en el extremo fundamentalista de separarnos de nuestros familiares y amigos, no sólo porque amamos a los mismos, sino porque también el hecho de unirnos a ellos nos puede proporcionar la oportunidad de acercarlos al Señor, cuyo Espíritu Santo le inspiró unas palabras a Santiago, las cuales, cuando nos convertimos al Cristianismo, quizás nos vinieron como anillo al dedo (ST. 4, 8A).

   Aprovechemos la celebración de la Navidad para vivir como verdaderos hijos de un mismo Padre celestial. Si no vivimos como hermanos, nuestras celebraciones serán inadecuadas, independientemente de que las mismas sean estrictamente espirituales o materiales.

   Al hacer el tradicional balance de todo lo que nos ha sucedido durante el año en curso, propongámonos mejorar en todos los aspectos vitales que nos sea posible, pues probablemente en algunos aspectos podemos esforzarnos mucho más de lo que lo venimos haciendo, lo cual puede repercutir en beneficios tanto para nuestros prójimos los hombres como para nosotros. Aunque al hacer el citado balance tradicionalmente pensamos en nuestros familiares y en los avances que hemos conseguido dentro del campo del materialismo, es conveniente que pensemos en los aspectos vitales que frecuentemente olvidamos, tales como nuestro crecimiento personal, dado que el mismo puede hacer de nosotros ejemplares cristianos preparados psicológicamente para afrontar grandes dificultades.

   Los que estamos casados, podemos pensar en la forma en que hemos vivido durante el año en curso nuestras relaciones de pareja, pues, aunque no hayamos tenido problemas conyugales, no debemos descartar la posibilidad de ser más felices aún de lo que somos junto a nuestros mejores amigos, es decir, nuestros cónyuges. Acordémonos de enamorar a nuestros cónyuges día a día como si fuésemos novios, con el fin de que nuestras relaciones no se estanquen en una rutina vacía que pierda el atractivo que debe caracterizarla por no ser variable y no estar sujeta a la improvisación de detalles, gestos pequeños con gran significación amorosa y regalos que, aunque no sean muy costosos, mantengan viva la llama del amor eterno.

   También es preciso que quienes sois padres penséis en la forma que tenéis de educar a vuestros hijos, y en el hecho de que los mismos crezcan espiritualmente.

   Aunque tenemos tendencia a pensar en el hecho de si nos es productivo el trabajo que realizamos, también podemos meditar sobre si nos esforzamos al máximo en la realización de la actividad laboral que desempeñamos.

   Es importante que meditemos sobre la fe que caracteriza nuestras vidas, por ejemplo, pensando en el lugar que Nuestro Padre común ocupa en las mismas.

   ¿Nos acordamos de Dios en el tiempo del dolor y la alegría?

   ¿Tenemos a Dios presente siempre, o sólo nos acordamos de Él cuando asistimos a la Eucaristía dominical y necesitamos que nos favorezca?

   ¿Actuamos en nuestro entorno familiar y en nuestro círculo laboral y de amigos como verdaderos cristianos, o nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría de la gente?

   ¿Nos esforzamos por conocer y amar más y mejor a Dios, o nos conformamos con la escasa fe que tenemos, argumentando que carecemos de tiempo para dedicarnos a nuestra edificación y el crecimiento espiritual de nuestros familiares?

   4. ¿Por qué celebramos la Navidad el veinticinco de diciembre?

   La palabra "Navidad" procede del vocablo latino "natalis" (día natal). Dicha celebración empezó a celebrarse en el siglo II, hasta que el Papa Julio I la fijó el veinticinco de diciembre durante el siglo IV. Hasta el siglo IV, los cristianos occidentales celebraron el Nacimiento del Señor el veinticinco de diciembre y los orientales el seis de enero. Si los cristianos occidentales celebraban la Natividad del Señor en diciembre con el fin de que todos los creyentes comprendieran que Jesús es el verdadero Sol de justicia (LC. 1, 78), los orientales celebraban el Nacimiento del Señor en enero, dado que consideraban el mismo como una gran epifanía (manifestación) de Dios al mundo.

   La fijación de la celebración de la Navidad el veinticinco de diciembre no tenía como motivo celebrar el día del Nacimiento del Señor, dado que este dato nos es totalmente desconocido, lo cual nos indica que cualquier día del año sería adecuado para celebrar el Nacimiento del Mesías, pero la Iglesia escogió el citado día con la intención de cristianizar la fiesta romana Natalis Invicti, la cual se celebraba en honor al dios sol (Mitra), cuyo nacimiento, -según el calendario romano-, coincide con el solsticio de invierno, el veinticinco de diciembre.

   5. Principales tradiciones navideñas.

   5-1. Introducción.

   Dado que existen muchas tradiciones relacionadas con la Navidad, voy a citaros las más extendidas por el mundo, tanto por razones de espacio, como por causa del motivo que ha dado origen a esta sencilla meditación, el cual consiste en que les podáis demostrar a quienes dudan sobre si pueden celebrar la Navidad, que con ello no cometen ningún pecado.

   Aunque los fundamentalistas apelan en sus folletos y libros a la aplicación que otras religiones hacían antiguamente de nuestros símbolos actuales para demostrar que adoramos al Demonio, voy a abstenerme de explicaros los significados antiguos de esos símbolos, para no dificultar la comprensión actual de los mismos, ya que en nuestros días no adoramos al sol tal como hacían los antiguos romanos, de hecho, esa fiesta fue sustituida por la Navidad, gracias al Espíritu Santo y a la persistente labor evangelizadora de la Iglesia Católica.

   5-2. ¿Son pecaminosas las tradiciones cristianas católicas?

   Dado que muchos fundamentalistas están empeñados en hacernos creer que las tradiciones que observamos son rutinarias cadenas de pecados cuyo fin consiste en separarnos de Dios y hacernos adeptos del Demonio, vamos a definir lo que los católicos entendemos por tradición.

   La palabra "tradición" viene del sustantivo latino "traditio" que a su vez viene del verbo "tradere", el cual significa en español entregar. Teniendo en cuenta la etimología (el origen) de la palabra tradición, nos encontramos con que las tradiciones son ritos que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, lo cual nos ayuda a aceptar las mismas, así pues, ¿quiénes podrán evitar el hecho de acordarse de sus familiares y amigos queridos que han fallecido durante la celebración de la cena navideña? Las tradiciones o costumbres nos ayudan a recordar hasta el punto de conseguir hacer presentes algunos hechos del pasado que consideramos memorables. Las tradiciones que tenemos los católicos se nos han transmitido oralmente -o por escrito- de generación en generación. Lo más importante de la vivencia de las tradiciones navideñas no es la exteriorización de las mismas, sino la difusión del conocimiento del simbolismo que caracteriza dichas costumbres. Si no sabemos por qué existen dichas tradiciones ni para qué las conmemoramos anualmente, nos será imposible vivirlas como auténticos cristianos, lo cual hará de las mismas una serie de gestos materialistas que viviremos por costumbre, pero no por fe. El conocimiento a fondo de las tradiciones católicas es un modo de evangelizar, especialmente útil para quienes no saben leer.

   Cuando los católicos hablamos del espíritu navideño, no nos referimos a la tradición mundana -a veces vacía- de derrochar dinero para apostar con el fin de ver quién puede enorgullecerse de ser el que gasta más dinero para presumir de que es el más rico de su entorno familiar y amistoso, pues el mismo sólo puede ser descubierto y vivido al observar cuidadosamente los motivos religiosos que celebramos en el tiempo en que recordamos la Natividad de Nuestro Señor.

   5-3. Los pesebres o nacimientos.

   San Francisco de Asís, en el año 1223, gracias a su empeño de difundir el espíritu de la Navidad cristiana, creó las representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que actualmente conocemos, y tenemos en nuestros hogares y en muchos lugares públicos. Si bien en el tiempo de San Francisco la utilización de los nacimientos sólo era permitida en las iglesias, este Santo logró que dichas representaciones empezaran a utilizarse a nivel extralitúrgico, es decir, fuera de los templos, lo cual fue muy útil para avivar la fe de la gente sencilla.

   5-3-1. ¿De dónde vienen la mula y el buey que aparecen en muchos nacimientos?

   (IS. 1, 3). La errónea interpretación de este texto, -el cual se refiere a la carencia de sumisión de los hebreos con respecto a Dios-, dio origen a la colocación de dichos animales en la representación del Nacimiento del Mesías.

   5-3-2. Los villancicos.

   Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos en el siglo V por los evangelizadores que utilizaron dichas composiciones como medio para evangelizar a aquellos de sus oyentes que carecían de cultura. Los villancicos (villanus) trataban el tema de la Encarnación del Verbo divino y la liturgia navideña en un lenguaje sencillo y apto para que los comprendieran sus destinatarios. Estas composiciones se extendieron por todo el mundo a partir del siglo XIII, según se extendía al mismo tiempo la idea de San Francisco de Asís de popularizar los nacimientos y de representar con personas y animales la Natividad del Mesías.

   Los villancicos en el tiempo de Adviento son útiles porque nos ayudan a prepararnos para vivir la Navidad ya que nos sirven para que podamos meditar la Palabra de Dios, y, en el tiempo de Navidad, nos permiten agradecerles a Nuestro Padre celestial y a Jesús, el hecho de habernos redimido.

   ¿Quién no conoce las composiciones litúrgicas "Noche de paz" y "Adeste fideles", o las composiciones utilizadas para amenizar fiestas populares "Los peces en el río" y "La adoración de los Reyes"?

   5-3-3. El árbol de Navidad.

   Los antiguos germanos sostenían la creencia de que el mundo pendía de las ramas de un gigantesco árbol conocido como "el divino Idrasil" ("el dios Odín"). A este dios le tributaban culto los germanos anualmente, cuando según su fe se renovaba la vida, en el solsticio de invierno. Los citados germanos celebraban esta ocasión adornando un árbol de encino con antorchas, las cuales representaban el sol, la luna y las estrellas, en torno al cual danzaban y cantaban ritualmente.

   Se cree que San Bonifacio, -evangelizador de los germanos-, derribó la representación del dios Odín y, en su lugar, plantó un pino, -del cual dijo que era símbolo del amor del verdadero Dios-, y lo adornó con manzanas -que representaban las tentaciones de los hombres, el pecado de origen de Adán y Eva y el conjunto de los demás pecados de la humanidad-, y velas, -que representaban la luz indeficiente de Cristo y la gracia divina que reciben quienes aceptan a Jesús como Salvador personal y Redentor de la humanidad.

   La costumbre de hacer el árbol de Navidad -el cual posteriormente fue visto como símbolo de la Santísima Trinidad-, se extendió por Europa durante la Edad Media, y, por causa de las conquistas y migraciones de los españoles, se estableció en América.

   En conformidad con el avance social, la tradición de representar el árbol de Navidad, -lo mismo que ha sucedido con la tradición de representar el Nacimiento de Jesús-, ha evolucionado, y contiene un simbolismo más sencillo de entender por quienes carecen de fe, así pues, las manzanas se han sustituido por esferas y las velas se han cambiado por luces representativas de la alegría y la luz con que Nuestro Señor redimió a la humanidad.

   En nuestro tiempo, las esferas simbolizan las oraciones que hacemos durante las semanas que anteceden al tiempo de Navidad (el Adviento). Las esferas rojas simbolizan las oraciones de petición, las plateadas simbolizan las plegarias de agradecimiento, las azules representan las oraciones de arrepentimiento, y las doradas representan las oraciones de alabanza.

   A partir del siglo XVII, se introdujo en la Cristiandad la costumbre de colgar una oblea junto a las manzanas, la cual es símbolo de Jesús, quien vino al mundo a anular todas las tentaciones y pecados representados por la manzana.

   Los adornos del árbol de Navidad representan las buenas acciones que llevaremos a cabo y los regalos que le haremos a Jesús en Navidad, ya sean sacrificios, oraciones, o, mejor aún, obras en beneficio de nuestros prójimos que sufren por cualquier causa.

   La estrella que se pone en la punta del pino representa la fe que debe guiar nuestras vidas a la presencia de Nuestro Padre común.

   Aprovechemos el simbolismo del árbol de Navidad para bailar y cantar, no en honor de Odín, sino en honor del Dios Uno y Trino, ya que el Padre está representado por la base del pino, el Espíritu por la parte izquierda del mismo, y el Hijo por la parte derecha del citado árbol.

   5-3-4. Las tarjetas de Navidad.

   La finalidad de que los estudiantes ingleses antes de empezar las vacaciones de invierno tuvieran el detalle de escribirles algunas palabras a sus familiares con motivo de la llegada de la Navidad y se las enviaran a los mismos por correo, fue el motivo que dio origen a las tarjetas navideñas.  W. E. Dobson y Sir Henry Cole, en el año 1843, imprimieron las primeras tarjetas de Navidad, las cuales contenían representaciones artísticas del Nacimiento de Nuestro Señor. Por su parte, en el año 1860, Thomas Nast, -el creador de la imagen de Santa Klaus-, organizó la primera venta masiva de tarjetas de Navidad, en las que aparecía impresa la célebre frase "Feliz Navidad".

   5-3-5. San Nicolás, Santa Klaus, St. Nicklauss, St. Ni, Santa Claus, o Santa Clos.

   Hubo un tiempo en que un tal Marco, -miembro del ejército romano-, quiso vender como esclavo a un niño pequeño llamado Adrián, un hecho que le fue impedido por un Santo llamado Nicolás.

   En otra ocasión, aprovechándose de que un pobre hombre no podía pagar una deuda que tenía, Marco pretendió apoderarse de su hija, de lo cual, una vez que se enteró San Nicolás, tomó tres sacos de oro, y, en la noche de Navidad, arrojó dichos sacos por la chimenea de la casa del padre de la joven, lo cual hizo posible que el pobre hombre evitara que se le quitara a su hija.

   Marco, deseoso de acabar con la fe cristiana, mandó quemar todas las iglesias y encarcelar a quienes no renegaran de su fe, entre los cuales estaba Nicolás, el cual envejeció en la cárcel, y fue liberado cuando el Emperador Constantino hizo del Cristianismo la religión imperial y dio la orden de excarcelar a los seguidores de Jesús que estaban presos por causa de su fe.

   La imagen de Santa Klaus fue tomada del momento en que este Santo salió de la cárcel ya anciano y del momento en que arrojó los tres sacos de oro por la chimenea del padre de la joven cuyo rapto evitó. Los alemanes afirman que Santa Klaus, en Nochebuena, les arroja regalos por las chimeneas de sus casas a los niños buenos.

   De San Nicolás podemos aprender a hacer el bien, especialmente en beneficio de los desposeídos de nuestro entorno, no para presumir de nuestra bondad, sino con la más absoluta discreción, porque Dios es el único que existe de quien se puede decir que es plenamente bueno.

   San Nicolás nos enseña a ser generosos, no sólo a la hora de servir a nuestros prójimos con bienes materiales, pues, en este servicio, son importantes los contactos personales que mantenemos con quienes sufren, y el tiempo que les dedicamos a los tales.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com