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¿Hace Dios milagros en nuestra vida? (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La fe y la esperanza cristianas se demuestran sirviendo a Dios en sus hijos.

   ¿Hace Dios milagros en nuestra vida?

   Meditación de 1 RE. 17, 10-16.

   Elías fue uno de los muchos profetas que Dios envió a su pueblo, con el fin de que sus creyentes no adoraran  divinidades paganas, y no se separaran de Yahveh. Los reyes del Norte fueron malvados, e hicieron que el pueblo adorara a divinidades extranjeras. Esta conducta de los reyes norteños, impulsó a la mayoría de los sacerdotes levitas a emigrar a Judea, con tal de permanecerle fieles a Yahveh. Los sacerdotes que los reyes designaron para que sustituyeran a los levitas, eran corruptos e ineficaces, para servir a Dios, ya que su trabajo dependía de la sumisión a quienes les concedieron los cargos que ocupaban, y no de la libre y consciente profesión de su fe.

   Dado que la corrupción malogró el cumplimiento de la misión de reyes tanto del Norte como del Sur de Israel, Dios se sirvió de muchos profetas, asignándoles la misión de animar a sus creyentes, para que no perdieran la fe en Yahveh, y para que no hicieran el mal, que caracterizaba la vida de sus superiores político-religiosos. Durante unos trescientos años, los profetas intentaron impedir la decadencia espiritual y moral, que afectaba, tanto a muchos reyes y sacerdotes, como a gente del pueblo.

   Los adoradores de Baal confiaban en que su deidad haría llover para que sus cosechas fuesen abundantes. Elías, -por causa de su fe y su acercamiento a Dios-, hizo que una larga sequía azotara a su país, con tal de que, los adeptos de Baal, comprobaran que su dios no era más que una mera invención humana, y para conseguir que se dieran cuenta, de que estaban despreciando al único Dios existente.

   ¿De qué le servían al rey Acab su fuerte defensa militar y sus muchos sacerdotes baalitas, si no podía conseguir que lloviera?

   ¿Actuamos como el rey Acab, cifrando nuestra esperanza en las personas y bienes que nos separan de Nuestro Padre común?

   Elías confrontó a Acab con gran valentía. Hasta que Acab no volviera a creer ciegamente en Yahveh, no terminaría la sequía que asolaba su reinado.

   Quizás culpamos a Dios de ser el responsable de las circunstancias que nos impiden ser felices, pero, ¿nos volvemos a Él para conocer su Palabra, y comprobar qué nos dice por medio de la misma, para que podamos superar nuestras frustraciones, y seamos capaces de sobrevivir con las dificultades que, aunque no podremos superarlas, nos ayudarán a ser purificados y santificados?

   Dios se manifestó en Israel, a pesar de la rebeldía y las herejías de su pueblo. No pensemos que Dios no se nos manifestará porque en nuestro entorno hay poca gente que lo acepta. Dios sabe cuándo debe actuar, y a nosotros nos corresponde creer esta realidad, para no perder la fe, y gozarnos cuando Nuestro Padre común, venga a nuestro encuentro.

   En un país en que los profetas habían de ser cuidados por ser mensajeros de Dios, Elías, -el profeta que humilló a los seguidores de Baal, demostrándoles que su dios era falso, y mandó asesinar a sus cuatrocientos cincuenta profetas-, tuvo que ser alimentado milagrosamente por cuervos, y por una pobre viuda pagana. El profeta que tendría que haber sido tratado honoríficamente por haber desenmascarado a los adeptos de un dios falso, se convirtió en un proscrito, y así fue como aprendió, a fiarse plenamente de Dios, en medio de sus sufrimientos. Dios nos socorre cuando tenemos que afrontar y confrontar dificultades, aunque a veces actúa de una forma diferente a como lo haríamos nosotros, pero lo importante en esos casos, es que nos ayuda a seguir viviendo dignamente.

   ¿Cómo podía aquella viuda pobre darle al profeta la comida que tenía para su hijo y para ella? Después de comer por última vez, aquella mujer tenía pensado abrazar a su hijo, y esperar la llegada de la muerte. Los dos iban a sufrir la impotencia de no poder hacer nada para sobrevivir, se iban a enfrentar a los dolores que produce el hambre para ser vencidos, e iban a saborear macabramente sus últimas horas de vida. Si la pobre viuda le daba su comida al profeta, apresuraría el fin que tanto temía. El simple acto de fe de alimentar al profeta antes de comer la viuda con su hijo, produjo el milagro de que Dios les garantizara la supervivencia a ambos, mientras se prolongó la sequía.

   Muchas veces le pedimos dones a Dios, y queremos ser beneficiados sin hacer nada, de tal manera que, no nos damos cuenta, de que, antes de ser el objeto de los milagros divinos, necesitamos demostrarle a Dios, que tenemos fe en Él.

   Cuanto mayor sea nuestra fe, más cerca nos sentiremos de Dios. Quizás manifestamos nuestra fe dando pequeñas limosnas o rezando en ciertas ocasiones, pero la viuda que procedía de la tierra de Jezabel, -la reina que desencadenó la persecución contra Elías-, puso en las manos del profeta todo lo que tenía, y Dios la premió por ello.

   Nuestros problemas probablemente no se solucionarán, hasta que demos un paso de fe, después de pedirle a Dios, el milagro que necesitamos. Dios nos conduce por caminos que no son los nuestros, pero son los suyos (IS. 55, 8).

   Dios no nos concede milagros para que nos amoldemos a un estado de vida satisfactorio y dejemos de crecer espiritualmente, pues lo hace para que seamos capaces de afrontar y confrontar, situaciones más difíciles, que las que nos ayuda a superar en la actualidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Para los cristianos, la felicidad plena, consiste en amar, y ser amados.

   1. La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús

   Meditación de JER. 31, 7-9.

   Hemos vivido un ciclo de siete domingos en que Jesús nos ha inculcado la manera idónea en que debemos actuar, si valoramos el conocimiento mediante el que podemos adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre. Aunque aspiramos a alcanzar la plenitud de la felicidad, los valores predicados por Jesús son contrarios a los valores en que mucha gente inspira su vida. En el texto de la Profecía de Jeremías que estamos considerando, el Hagiógrafo Sagrado nos habla de la multitud de creyentes en Dios, constituida por gente humilde, indefensa y marcada por el sufrimiento. Ello nos recuerda que Dios es nuestro bien mayor, y que Nuestro Santo Padre nos invita a adaptarnos plenamente al cumplimiento de su voluntad, para que seamos dignos de vivir en su presencia.

   Mucha gente sueña con alcanzar poder, riquezas y prestigio. Tales deseos no son contrarios al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Creador, si, quienes los consiguen, los viven desde la óptica de Nuestro Santo Padre, así pues, el poder es digno de alabanza en quienes lo convierten en capacidad de servir desinteresadamente a sus prójimos los hombres, las riquezas pueden utilizarse adecuadamente para extinguir la miseria de la humanidad, y, la buena fama, puede ser un magnífico testimonio, de vida ejemplar de fe.

   Después de haber vivido un ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos el conocimiento necesario para alcanzar la gloria divina recorriendo el camino de la cruz, iniciamos una nueva etapa de tres Domingos, en que reflexionamos sobre las tres virtudes teologales, -es decir, hoy meditaremos sobre la fe, el próximo Domingo lo haremos sobre la esperanza, y, el Domingo XXXII Ordinario, sobre la caridad-. En esta ocasión meditaremos sobre la importancia de la fe, demostrándonos así que aceptamos la enseñanza que Jesús nos ha inculcado durante las siete semanas anteriores. Jesús nos ha enseñado a recorrer el camino de la cruz, y, nosotros, a partir de nuestro estado actual, -especialmente, si sufrimos por alguna causa-, seguiremos perfeccionándonos como seguidores del Señor, porque sabemos que, Nuestro Santo Padre, nunca dejará de amarnos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Domingo II de Cuaresma del ciclo B.

   ¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?

   Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 17.

   1. Oración inicial.

Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

R. Amén.

   Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.

   Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.

   Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.

   Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.

   Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.

   Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.

   Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.

   A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.

   Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.

   Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.

   Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.

   Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.

   Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.

   Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.

   Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.

   Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.

   Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.

   2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 9, 1-9.

   3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.

   En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).

   3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).

   “El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).

   Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.

   Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.

   3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).

   La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).

   Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.

   3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).

   Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.

   Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.

   Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.

   Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.

   También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.

   También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.

   También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.

   También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.

   Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.

   La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.

   Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.

   3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).

   Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.

   3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).

   Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.

   3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).

   Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.

   Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?

   ¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?

   ¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?

   ¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?

   ¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?

   3-2.

   ¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?

   ¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?

   3-3.

   ¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?

   ¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?

   ¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?

   ¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?

   ¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?

   3-4.

   ¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?

   ¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?

   ¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?

   ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5.

   ¿Qué representa Moisés?

   ¿A quiénes representa Elías?

   ¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?

   ¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?

   ¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?

   ¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?

   ¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?

   3-6.

   ¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?

   ¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?

   ¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?

   ¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?

   ¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?

   ¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?

   ¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?

   ¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?

   ¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?

   ¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?

   ¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?

   ¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?

   ¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?

   ¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?

   ¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?

   ¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?

   ¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?

   3-7.

   ¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?

   ¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?

   ¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?

   3-8.

   ¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?

   ¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?

   ¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?

   3-9.

   ¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?

   ¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.

   6. Contemplación.

   Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.

   Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.

   Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.

   Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.

   Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.

   No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.

   Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.

   Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.

   9. Oración final.

   Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación de MT. 5, 1-12A.

   Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.

   1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).

   2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).

   San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.

   Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).

   En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.

   Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).

   El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).

   3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).

   San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.

   San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).

   Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).

   No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.

   4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.

   5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).

   6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.

   7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.

   8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.

   9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.

   Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Por qué seguimos los católicos a Jesús? (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   ¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?

   La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.

   La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.

   Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.

   Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.

   ¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).

   Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?

   Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.

   Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.

  ¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
   ¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.

   Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.

   Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.

   ¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.

joseportilloperez@gmail.com

¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. ¿Está o no está Dios con nosotros?

   Meditación de ÉX. 17, 1-7.

   en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.

   Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).

   ¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).

   Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?

   Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor. (Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor.

   1. ¿En qué contexto sucedió la Transfiguración del Señor?

   Entre los Apóstoles de Nuestro Señor, existía el anhelo de que uno de ellos debía ser considerado como el superior de entre sus compañeros. Veamos unos ejemplos de ello.

   Después de que Jesús descendió del monte Tabor, y curó a un joven endemoniado, aconteció el siguiente hecho: (MC. 9, 33-37).

   Durante la celebración de la última Cena de Jesús con sus futuros Apóstoles, también acaeció lo siguiente: (LC. 22, 24-27).

   Para solucionar las discrepancias entre sus Apóstoles, Nuestro Salvador instituyó el Papado, e instituyó a San Pedro, como su primer representante en la tierra (MT. 16, 13-20).

   Meditemos el texto de San Mateo que acabamos de recordar.

   A pesar de que Jesús había convivido mucho tiempo con sus futuros Apóstoles, solo le había revelado su identidad de Mesías abiertamente a la samaritana de Sicar, -cuya conversión recordaremos el próximo Domingo III de Cuaresma del Ciclo A-, en los siguientes términos: (JN. 4, 25-26).

   Cuando Jesús hizo que San Pedro fuera su primer sucesor, le dijo que sus enemigos (el hades, el infierno) no exterminarían la fundación de la institución que sería su Reino, la cual nació el día de Pentecostés, cuando sus seguidores más allegados fueron llenos de los dones del Espíritu Santo.

   Aparecen dos símbolos en el versículo 19 de MT. 16 que estamos meditando, los cuales son; las llaves, y el poder de atar y desatar del Papa. Las llaves significan la potestad que el Vicario de Cristo tiene de decidir quiénes son hijos de la Iglesia y quiénes deben ser expulsados de la misma, y, el poder de atar (permitir) y desatar (prohibir), es la potestad que el Papa tiene de regir la Iglesia, en nombre y representación de Jesucristo, Nuestro Señor.

   Una vez hubo instituido Nuestro Señor el Papado, les recordó a sus Apóstoles su futura Pasión, muerte y Resurrección. En este relato, el Apóstol que debía haberles dado ejemplo de fe a sus compañeros, se mostró como el más débil. Dado que el citado Apóstol se llevó al Señor a parte para persuadirlo de su intento de sacrificarse, Jesús le reprendió ante sus compañeros duramente, a fin de que los tales no recelaran del que debían considerar el principal miembro del Colegio Apostólico. Aunque muchos traductores de la Biblia han hecho llamar a San Pedro Satanás por parte de Jesús, la traducción original del texto que vamos a recordar, se limita a hacer que San Pedro recuerde que el cumplimiento de la misión de Nuestro Redentor, era ineludible (MT. 16, 21-28).

   Dado que, en vez de analizar profundamente los textos en que se sitúa el contexto en que aconteció la Transfiguración del Señor, solo estamos considerando los aspectos más destacables de los mismos, en el caso que nos ocupa, debemos recordar que Nuestro Señor no nos prometió jamás ninguna vida fácil o regalada en este mundo, y, especialmente a los predicadores, nos prometió una vida plagada de dificultades.

   El final del texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 y MC. 9, 1 se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto.

   2. La Transfiguración del Señor.

   (LC. 9, 29-30. MT. 17, 2). ¿Por qué los Apóstoles Pedro, y los hermanos Juan y Santiago, fueron los que acompañaron a Jesús en momentos muy destacables de su Ministerio público? Ello sucedió porque tales amigos de Jesús debían tener un conocimiento de la Palabra de Dios y un acercamiento al Hijo de Yahveh que no caracterizaba tanto a sus compañeros como a ellos.

   La blancura de los vestidos de Jesús transfigurado, significa la pureza de Nuestro Salvador, y la limpieza interior que anhelamos, con tal de poder ser buenos imitadores del Hijo de Dios y de María de Nazaret.

   El resplandor del rostro de Jesús, significa que aún nos queda un largo camino que recorrer en términos espirituales, para que podamos estar listos para ser glorificados con Nuestro Salvador.

   Al redactar brevemente su recuerdo de la Transfiguración del Señor, San Pedro afirmó haber visto la Majestad del Redentor de la humanidad (2 PE. 1, 16).

   Sabemos que los Apóstoles tenían dificultades para comprender la razón por la que Jesús quería sacrificarse, así pues, ¿por qué debía el Mesías, -el Hijo del Dios Todopoderoso-, entregar su vida, en beneficio de los pecadores, de quienes los judíos creían que no merecían ninguna consideración? Dado que Jesús no consiguió inculcarles a sus compañeros el valor de su entrega sacrificial, hasta que resucitó de entre los muertos, y el Espíritu Santo iluminó su entendimiento, Nuestro Señor quiso que, los más allegados a Sí de sus Apóstoles, tuvieran la dicha de contemplarlo tal como sería después de vencer la muerte.

   (MT. 17, 3). Moisés era representante de quienes creían que se salvaban por causa de su estricto cumplimiento de la Ley (DT. 10, 12-13).

   Elías representaba, en el relato de la Transfiguración del Señor, a quienes serán salvos por su fe. Dado que los creyentes seremos vivificados al final de los tiempos, aunque fallezcamos, a este respecto, el hecho de que Elías fue ascendido al cielo sin experimentar la muerte, debe hacernos creer que nuestra fe es cierta. Veamos cómo, ante los ojos de Eliseo, -siervo de Elías-, el citado profeta fue ascendido a la presencia de Dios (2 RE. 2, 1-15).

   ¿DE qué hablaron los dos Profetas más relevantes del Antiguo Testamento con Nuestro Señor? (LC. 9, 31-32). Es importante constatar que Jesús, Moisés y Elías, no hablaban de la muerte de Jesús, como si la misma fuese una tragedia sin sentido, sino que meditaban la partida de Nuestro Redentor de este mundo a la presencia de Nuestro Padre común. Tales Profetas debieron confortar a Jesús, pues faltaba aproximadamente un año para que el Hijo del carpintero nazareno experimentara su Pasión, muerte y Resurrección. Jesús sabía que con su Resurrección nos iba a demostrar que la puerta del cielo está abierta para todos nosotros, pero, para lograr su objetivo, tenía que humillarse, hasta experimentar la muerte (FLP. 2, 5-11).

   ¿Cómo contemplaron los Santos Pedro, Juan y Santiago la escena de la Transfiguración del Señor? (LC. 9, 32). El estado de sopor que experimentaron los Apóstoles de Jesús, es perfectamente comprensible. Por una parte, ellos conocían las consecuencias expuestas en el Antiguo Testamento que vivirían quienes vieran a Dios sin haber superado su condición de pecadores. Dado que Yahveh no está relacionado con el pecado, su justicia ha de ejecutar inmisericordemente a los pecadores que se le acerquen sin estar completamente purificados. A pesar de este hecho tan conocido, los tres amigos del Señor debieron asombrarse, al constarles que, al estar delante de quien sabían que era el Mesías de Dios, -el Unigénito de Dios, el mismo Dios-, en vez de ser exterminados instantáneamente, sintieron una dicha inexplicable.

   (LC. 9, 33). Ilustremos con un ejemplo lo que le sucedió a San Pedro en el monte Tabor. Imaginemos el caso de un cristiano a quien le ha salido mal en la vida la gran mayoría de actividades que ha emprendido, y que vive aislado. Al vivir intensamente unos ejercicios espirituales durante tres días, descubre que muchos de sus conceptos son erróneos. Al final de dicha vivencia, el protagonista de esta historia que resumo mucho, siente que no quiere abandonar la casa de espiritualidad en que ha descubierto que la felicidad existe realmente. Después de decirle lo que le sucede al director de los ejercicios que le han revitalizado el alma, éste le dice que es natural que tenga miedo de enfrentarse con sus problemas actuales y los recuerdos amargos del pasado, y le recuerda que los ejercicios espirituales tienen la misión de fortalecer a los creyentes, para que éstos sean fuertes para enfrentarse a sus dificultades, para que, a través de las mismas, maduren la fe y la caridad cristianas en sus corazones, para que sean aptos para vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Pedro fue uno de los primeros seguidores de Nuestro Señor, y, por tanto, uno de los primeros creyentes en tener problemas por causa del Evangelio. Jesús sacaba de la gran mayoría de problemas que vivían a sus Apóstoles, pero, a pesar de ello, el hecho de seguir a Jesús, comportaba algo más que satisfacciones, lo cual, más que agradable, era angustioso muchas veces. Después de pasar años siguiendo a Jesús sin comprenderle plenamente, San Pedro encontró un poco de tranquilidad entre el aturdimiento que vivió en la presencia de Jesús transfigurado, de Moisés y de Elías. Aunque el citado Apóstol aún tenía que engrandecer su fe y practicar las virtudes que le concedió el Espíritu Santo, sintió el deseo de quedarse para siempre en el Tabor, más allá de los sufrimientos que, a fuerza de convivir con ellos, se hacen familiares, pero cuyo peso quizás no disminuye nunca, aunque a veces creemos que ello no es cierto.

   (LC. 9, 34-35). Dios Padre, que se hizo presente en la Transfiguración del Señor, no permitió que su justicia se ejecutara contra aquellos hombres que luchaban incesantemente para ser purificados. El Padre Santo de los judíos, cristianos y musulmanes, les dijo a aquellos hombres que escucharan a su Hijo, pues Él es el Camino que nos conduce a su presencia, la Verdad que nos santifica y nos hace libres, y la Vida de gracia que anhelamos (JN. 14, 6).

   Jesús se fortaleció después de vivir su Transfiguración para llevar a cabo su misión redentora (LC. 9, 51). Jesús sabía el dolor que le iba a costar nuestra salvación. Para poder cumplir su misión, Nuestro Señor se empobreció totalmente (LC. 9, 57-58).

   Al meditar la Transfiguración del Mesías, aceptemos el hecho de ser transfigurados y configurados a la imagen y semejanza de nuestro Salvador (ROM. 12, 2. 1 JN. 1, 1-3).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Hemos sido creados realmente según la imagen física de Jesús y la semejanza espiritual de Dios? (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

   ¿Hemos sido creados realmente según la imagen física de Jesús y la semejanza espiritual de Dios?

   Ejercicio de lectio divina de MT. 17, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 18.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Seguimos recorriendo el itinerario Cuaresmal cuyo fin es la conmemoración de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la posterior glorificación de Nuestro Salvador. Jesús como Hombre fue glorificado, pero, para que ello sucediera, tuvo que pagar el precio de enfrentar el dolor y sucumbir durante tres días bajo el poder de la muerte. Recorramos el camino de la Cuaresma sin perder la esperanza respecto de que el dolor característico de nuestras vidas no es inútil, y de que dios nos hará encontrar las respuestas a las preguntas que nos planteamos y no podemos responder cuando menos esperemos que ello suceda.

   Vivimos en un entorno caracterizado por el ruido y las prisas. Es por eso que necesitamos buscar al Señor en una montaña muy alta, en la que podamos entrar en nuestro interior, para ver a Jesús transfigurado, con su cuerpo de vencedor de la muerte y del mal. El Señor nos ayudará a vivir este retiro de conversión, porque somos sus discípulos predilectos. Según vayamos venciendo la triple tentación de poder, riquezas y prestigio, -según aprendemos mediante la lectura de los Evangelios de los primeros Domingos de los ciclos A y C del tiempo de Cuaresma-, iremos ascendiendo al monte de la Transfiguración del Señor, donde permaneceremos en oración de contemplación, y podremos ver a Cristo Resucitado, el vencedor de la muerte y del mal.

   Porque Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4), cuando se transfiguró, su rostro brilló, y su ropa adquirió la blancura característica de su pureza. Porque Jesús es la luz del mundo, necesitamos no permanecer en las tinieblas para poder vincularnos a Él.

   Moisés, -representante del legalismo-, y Elías, -representante del profetismo-, hablaron con el Señor. Los cristianos necesitamos tener una Ley que nos caracterice, la cual no ha de ser cumplida mecánicamente, y también necesitamos mensajeros de Dios, que mantengan viva y activa la fe que profesamos.

   Pedro no quiso descender del monte de la Transfiguración, porque se sintió feliz ante Jesús transfigurado, Moisés y Elías. Él no sabía que aquella visión tenía la misión de fortalecer su fe, a fin de que la misma fuera probada hasta el extremo de que permitiera el sacrificio de su vida por Cristo y su causa redentora.

   Nuestro Santo Padre habló de Jesús desde la nube en que se manifestó. Él nos invita a creer en Jesús y a seguir al Señor por medio de la lectura de las Sagradas Escrituras y de la predicación de los evangelizadores inspirados por el Espíritu Santo.

   Los discípulos de Jesús que contemplaron la Transfiguración del Señor, cayeron a tierra después de oír la voz de Nuestro Santo Padre, porque tenían miedo de ser condenados, por causa de su condición pecadora. El miedo es un obstáculo para muchos que quieren creer en Dios, así como también lo es la indiferencia que nos hace no esforzarnos para alcanzar propósitos que requieren de nosotros grandes esfuerzos, paciencia y constancia, a fin de que no dejemos de llevar a cabo los mismos.

   Jesús no quiere que las circunstancias que erróneamente consideramos adversas si pensamos en la utilidad de las mismas nos hagan ceder bajo el efecto del miedo. El Señor está con nosotros, pero ello no nos impide enfrentar nuestros miedos. Él nos promete que nuestros éxitos y fracasos nos serán útiles, pero, para que ello suceda, necesitamos hacer cuanto esté a nuestro alcance para ser felices, y que los demás alcancen una dicha satisfactoria para ellos.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor incondicional que procedes de nuestro Santo Padre y de Jesús:

   Invádenos con tu presencia, para que podamos orar fervientemente, sin que el ruido y las prisas características de nuestras vidas, nos impidan hablar contigo. Impúlsanos al cielo partiendo de nuestro interior, para que nadie ni nada nos separe de Ti.

   Concédenos tus dones a fin de que lleguemos a ser los discípulos de Jesús en que piensas desde antes de que el Hijo de Dios y María creara el mundo.

   Queremos actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales, aunque sabemos que eso no es fácil para nosotros, pero no ignoramos que conseguiremos avanzar mucho en el cumplimiento de tan loable propósito, porque contamos con tu ayuda incondicional.

   Ilumínanos con tu luz, a fin de que las tinieblas no nos desvíen del cumplimiento de tu voluntad.

   Concédenos tu pureza, para que podamos alcanzar la santidad que anhelamos.

   Ayúdanos a cumplir tu Ley divina, una Ley que no deseamos cumplir automáticamente, sino bajo la inspiración de tu don de profecía, que siempre nos mantendrá dispuestos a cumplir tu santa voluntad.

   Te pedimos que no utilicemos tu Palabra inspirada y los dones que nos has concedido para evitar cumplir tu voluntad. No queremos ampararnos en tu poder para que nos concedas más riquezas de las que necesitamos, ni pensar que tú eres quien nos inspiras para que actuemos, para no hacer lo que esperas de nosotros, ni para despreciar a quienes no comparten nuestras creencias.

   Para quienes te amamos, la oración no ha de ser un refugio en el que evitaremos enfrentar nuestros miedos, sino la catapulta que nos impulsará a cumplir tu divina voluntad.

   Jesús será nuestro guía durante el presente recorrido cuaresmal penitencial y durante los años que vivamos, a fin de que seamos los cristianos en los que estás pensando desde antes de crear el mundo.

   Gracias por darnos la vida por medio de tu aliento vital, y por llevar a cabo la obra de santificarnos.

   2. Leemos atentamente MT. 17, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 17, 1-9.

   3-1. Los seguidores preferidos de Jesús (MT. 17, 1).

   Según San Mateo, seis días después de que el Señor instituyera el Primado de Pedro y les anunciara a sus discípulos su Pasión, muerte y Resurrección (MT. 16, 13-28), Jesús llevó consigo a una montaña alta, aquellos de sus seguidores que estaban más capacitados, para contemplarlo transfigurado. Tales seguidores del Señor, eran Pedro, -primer Papa de la Iglesia Católica-, Santiago, -el primer Apóstol mártir-, y Juan, -el cuarto Evangelista, y el Apóstol que tuvo el privilegio de contemplar la revelación de la plena instauración del Reino de dios en el mundo-. Tales discípulos de Jesús, fueron elegidos por su espiritualidad, y no porque eran más amados por el Señor que sus compañeros. Cuando la Iglesia fue fundada, no todos los creyentes e incrédulos podían asistir a la celebración completa de la Eucaristía, a no ser que los primeros tuvieran una fe bien formada. Aún en la actualidad se celebran actos cultuales que no son accesibles a todo el mundo, pero ello no sucede porque los cristianos discriminamos a quienes no comparten con nosotros una misma fe, sino porque consideramos que ha de tenerse cierta formación para comprender y vivir dichos actos.

   ¿Por qué se transfiguró Jesús en una montaña? Ello sucedió porque dicha montaña estaba alejada del ruido y las prisas mundanas, lo cual hacía que los seguidores del Señor estuvieran en un entorno propio para orar sin que su encuentro con la divinidad fuera interrumpido por ninguna causa.

   3-2. La Transfiguración del Señor (MT. 17, 2).

   Cuando Jesús y sus amigos estuvieron en la cima de la montaña, el Señor se transfiguró, por lo que apareció ante sus dos discípulos, con su cuerpo de vencedor de la muerte y el mal. El rostro de Jesús emitía un resplandor cegador, y las ropas del Señor eran blancas, porque ese color simboliza la pureza. Jesús es Dios, y por eso las tinieblas no lo han caracterizado nunca. El Señor se mostró ante sus discípulos como vencedor de la muerte y del mal, para mostrarles que también sus creyentes seremos resucitados al final de los tiempos, y no nos afectará el mal en ninguna de las formas en que ha existido siempre.

   3-3. Moisés y Elías (MT. 17, 3).

   Dios les dio a los hebreos su Ley por medio de Moisés, y Elías llevó a cabo prodigios con el poder de Dios. El legalismo y el profetismo han de ser compatibles para los cristianos, quienes hemos de orar para ser buenos seguidores de Jesús a la hora de cumplir la Ley, y prudentes para evitar el riesgo de confundir las inspiraciones del Espíritu Santo con escenificaciones causadas por nuestra imaginación o el interés de engañar a los incautos. Profetas no sólo son quienes predicen el futuro, pues también lo son quienes cumplen la voluntad de Dios de manera que pasan desapercibidamente ante quienes sin duda alguna vibrarían ante la visión de prodigios espectaculares.

   3-4. El deseo de Pedro (MT. 17, 4).

   El hecho de que Pedro quisiera construir tres tiendas para Moisés, Elías y Jesús, significaba que llegó el tiempo del Mesías. Recordemos que los judíos celebraban la fiesta de las tiendas, las cuales significaban que Dios moraba entre su pueblo, en recuerdo de la vivencia de sus antepasados en el desierto, que se prolongó durante cuatro décadas.

   Pedro consideraba que Jesús era su jefe, y, como buen judío, era consciente de la grandeza de Moisés y de Elías. Pedro quería prolongar aquel momento representativo de la Resurrección de Jesús, pero no era la hora de estancarse ante la visión que contempló, pues se requería de él que actuara como creyente comprometido con el crecimiento espiritual propio y ajeno, la práctica de cuanto aprendió de Jesús, y su disposición a ser alma de oración.

   Tal como les sucedió a los tres amigos de Jesús, necesitamos experiencias de Tabor, para comprobar la fortaleza de nuestra fe. Para que ello suceda, evitemos la tentación de ver la espiritualidad como un refugio, y considerémosla como el desafío que necesitamos, para poder completar nuestra formación humana y cristiana.

   ¡Qué bien se está aquí! -pensó Pedro cuando contempló a Jesús transfigurado, a Moisés y a Elías-. También nosotros podemos sentirnos muy bien cuando oramos, y cuando encontramos en la biblia -o en algún otro libro de espiritualidad- algún texto que nos anima a sentirnos amados por Dios. Esas palabras las utilizan para estancarse en su situación de sufrimiento quienes no quieren enfrentar sus miedos para superarse, y quienes reducen su profesión de fe al ejercicio de ciertas prácticas religiosas, y sólo quieren estar entre quienes comparten sus pensamientos, y muchos de ellos consideran impuros a quienes no piensan igual que ellos.

   También se encuentran muy cómodos quienes profesan su fe limitándose a asistir a celebraciones cultuales y encuentros de oración, y evitan informarse de lo que sucede a su alrededor y en el mundo, porque no quieren comprometerse con ninguna causa justa. Piensan que Dios es quien tiene que solucionar todos los problemas del mundo, y que Nuestro Padre común sólo requiere de ellos que sigan acomodados en su situación de ignorantes de los problemas del mundo y de lo que pueden hacer -que no es poco por cierto- para contribuir a extinguir el sufrimiento de la humanidad.

   También están muy cómodos quienes no manifiestan su opinión para evitar ser criticados amparándose en la excusa de que se esfuerzan para llevarse bien con todo el mundo, quienes se resignan ante una realidad que saben perfectamente que es injusta, y no quieren hacer nada para cambiarla, porque le tienen demasiado miedo al fracaso, y al hecho de que su imagen social se desvalorice ante aquellos a quienes les rinden culto, porque valoran más el poder, las riquezas y el prestigio, que la imitación de Jesús.

   Contemplar a Jesús transfigurado en el Tabor, consiste en vivir una vida de fe plena, en contacto con Dios y sus hijos los hombres. ¡Qué bien se está aquí! -podemos decirle a Jesús en nuestros ratos de Tabor-, pero no menos bien podemos sentirnos acompañando a quienes se sienten solos, y sirviendo al Señor en sus demás hermanos, carentes de dones espirituales y materiales.

   3-5. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 17, 5).

   Así como Yahveh se mostró en el desierto ante su pueblo en una nube durante los días y en una columna de fuego durante las noches (ÉX. , 13, 21), Nuestro Santo Padre se manifestó en el episodio de la Transfiguración de Jesús en una nube. Jesús es el Hijo amado de Nuestro Padre celestial, a quien debemos escuchar, si queremos ser los cristianos, en que dios pensó desde la eternidad. Escuchemos a Jesús, y practiquemos todo lo que nos enseña con sus palabras y obras.

   3-6. El miedo de los discípulos de Jesús (MT. 17, 6).

   La creencia de que la justicia de Yahveh habría de ejecutarse automáticamente en la presencia de los pecadores, porque Dios es infinitamente puro y Santo, hizo que los discípulos de Jesús se cayeran, por causa del miedo que los invadió. También a muchos cristianos se nos ha hecho mucho hincapié en que la justicia divina ha de ejecutarse irremediablemente contra los pecadores, hasta el punto de que no se nos ha hablado suficientemente de la grandeza del amor de dios. El miedo a ser condenados, hace que muchos de nuestros hermanos en la fe no gocen de cómo Dios los ama infinitamente, porque se creen indignos de ser amados por la suma divinidad, lo cual los induce a creer que no hay pecado alguno que Dios pueda perdonarles, por causa de la maldad que los caracteriza.

   3-7. Levantaos, no tengáis miedo (MT. 7, 7).

   Jesús instó a sus amigos a que no se dejaran vencer por el miedo, tal como lo hace con nosotros cuando no sabemos cómo vamos a resolver nuestros problemas, y cuando tenemos que enfrentar situaciones que consideramos que son muy difíciles. Necesitamos tener miedo para no correr riesgos innecesarios, pero también necesitamos gestionar el miedo para no perder la fe que hemos recibido del Espíritu Santo.

   3-8. La petición que Jesús les hizo a sus discípulos (MT. 17, 8-9).

   Cuando los amigos de Jesús se levantaron, Moisés y Elías habían desaparecido de su vista. Jesús les mandó que no le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él no resucitara de entre los muertos. Jesús no quería ser contemplado desde el punto de vista del sensacionalismo, y sus amigos necesitaban meditar mucho lo que había sucedido, con el fin de poder asimilarlo. Sólo después de que Jesús venciera la muerte, sus amigos comprenderían que habían tenido el privilegio de ser los primeros en contemplar al Salvador de la humanidad resucitado y por tanto como vencedor del mal y de la muerte.

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos     en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 17, 1-9 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué sucedió seis días antes de que Jesús se transfigurara en el monte Tabor?
   2. ¿Por qué no llevó Jesús a todos sus discípulos al monte en que se transfiguró?
   3. ¿Recuerdas los nombres de los discípulos del Señor a quienes Jesús les permitió verlo transfigurado?
   4. ¿Por qué se transfiguró Jesús en una montaña donde sólo pudieron verlo algunos de sus discípulos, y no lo hizo ante una gran multitud?
   5. ¿Por qué eligió Jesús a Pedro, Juan y Santiago para que lo acompañaran al monte de la Transfiguración?
   6. ¿Cuáles son las ventajas y los inconvenientes de que todas las celebraciones de culto no sean accesibles a todos los creyentes y no creyentes?

   3-2.

   7. ¿Qué significado tiene el resplandor fulgurante del rostro de Jesús transfigurado?
   8. ¿Qué indicó la blancura de las ropas del Señor transfigurado?
   9. ¿Por qué Jesús no pecó nunca?
   10. ¿Por qué se mostró Jesús ante sus discípulos como vencedor de la muerte y del mal?

   3-3.

   11. ¿Quién fue Moisés?
   12. ¿Qué hizo Moisés por su pueblo?
   13. ¿Quién fue Elías?
   14. ¿Qué obra llevó a cabo Elías?
   15. ¿Por qué aparecen Moisés y Elías en el texto evangélico que estamos considerando?
   16. ¿Por qué son importantes para los cristianos el legalismo y el profetismo?
   17. ¿Por qué hemos de orar los cristianos?
   18. ¿Cuáles son las misiones de los profetas?

   3-4.

   19. ¿Cuál es el significado de las tres tiendas que Pedro quiso construir?
   20. ¿Qué significaban las tiendas con que los judíos recordaban la estancia de sus antepasados en el desierto?
   21. ¿Por qué consideraba Pedro que Moisés y Elías eran más importantes que Jesús?
   22. ¿Por qué quería Pedro prolongar el mayor tiempo posible la visión que tuvo el privilegio de contemplar?
   23. ¿Cómo quería Jesús que actuara Pedro a partir de la contemplación del Mesías transfigurado?
   24. ¿Para qué necesitamos las experiencias de Tabor?
   25. ¿Qué necesitamos hacer para que las experiencias de Tabor nos sirvan para probar la calidad de la fe que tenemos en Dios?
   26. ¿Nos servimos de la religión para ser mejores personas cristianas, o la usamos como refugio que nos invita a olvidar nuestros problemas durante cortos espacios de tiempo?
   27. ¿Utilizamos las experiencias de Tabor para equilibrar nuestra formación, nuestras acciones y nuestras oraciones, o nos amparamos en una de las mismas para olvidar las otras dos?
   28. ¿En qué consiste la contemplación de Jesús transfigurado por parte de sus verdaderos Apóstoles y discípulos?

   3-5.

   29. ¿Por qué se manifestó Nuestro Santo Padre en una nube?
   30. ¿Quién es Jesús, y qué espera Nuestro Santo Padre que hagamos respecto de su Enviado?

   3-6.

   31. ¿Por qué cayeron los discípulos de Jesús a tierra vencidos por un miedo atroz?
   32. ¿Debemos tenerle miedo a la justicia divina?
   33. ¿Por qué el miedo a la condenación hace que muchos cristianos piensen que es imposible que Dios perdone sus pecados?

   3-7.

   34. ¿Por qué necesitamos tener miedo?
   35. ¿Por qué nos insta Jesús a que aprendamos a gestionar adecuadamente nuestros miedos?

   3-8.

   36. ¿Por qué les dijo Jesús a sus amigos que no le dijeran a nadie lo que había sucedido hasta que Él resucitara de entre los muertos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos la primera Carta de San Pedro, quien nos enseña a mantener viva la fe en tiempos marcados por grandes dificultades, y oremos por los cristianos perseguidos por causa de su fe.

   6. Contemplación.

   Acompañemos a Jesús a un monte alto en que nadie ni nada pueda impedirnos ver al Señor transfigurado. Sabemos que se espera de nosotros que nos formemos en el conocimiento de la voluntad de dios y que lo sirvamos en nuestros prójimos los hombres, pero, porque somos conscientes de la importancia de la oración respecto de nuestra profesión de fe, acompañemos a Jesús a un monte alto, para que nadie ni nada nos impida orar fervientemente.

   Cuando Jesús se transfiguró, su rostro resplandeció porque Él es la luz del mundo (JN. 9, 4), y sus ropas aparecieron totalmente blancas, indicando la pureza del Mesías. Pensemos cómo podemos reconocer a Nuestro Redentor en la actualidad en nuestras vidas, en la Iglesia de que somos miembros y en el mundo.

   Moisés y Elías conversaron con Jesús en el Tabor. Escuchemos a los grandes predicadores y leamos sus libros, con el fin de que Dios nos ayude a fortalecer la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, por medio de dichos autores inspirados.

   Oremos para que nuestro tiempo de oración nos disponga a vivir como buenos discípulos de Jesús, y no lo utilicemos para impedir seguir formándonos espiritualmente y para evitar hacer el bien. Equilibremos la formación, la acción y la oración, los tres pilares sobre los que se fundamenta la profesión de la fe cristiana.

   Jesús es el Hijo amado de Dios en quien se complace Nuestro Padre común, y a quien espera que lo escuchemos y obedezcamos. ¿Cumpliremos la voluntad divina a este respecto?

   Los discípulos de Jesús cayeron a tierra por causa del miedo que los invadió respecto de que los exterminara la justicia divina, y nosotros podemos evitar profesar nuestra fe, por miedo a que no se nos comprenda en nuestro entorno social. Jesús nos invita a superar los miedos que nos impiden cumplir la voluntad de Dios, porque Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos (MT. 28, 20).

   Así como Jesús no quiso que sus discípulos le hablaran a nadie de su Transfiguración hasta que la comprendieran, formémonos adecuadamente para predicar el Evangelio, para que nuestra falta de instrucción espiritual no coarte la fe de quienes puedan hacerse creyentes por nuestro medio.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de dios, expuesta en MT. 17, 1-9.

   Comprometámonos a iniciarnos en la oración si no tenemos la costumbre de orar, o a aumentar el tiempo en que hablamos con Dios y sus Santos, si tenemos tan loable hábíto.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Llévame contigo donde pueda verte, tocarte y abrazarte, y donde la unión con mis prójimos los hombres, me vincule a Ti, para que jamás volvamos a separarnos. Amén.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 5, pensando en el bien que nos ha hecho el Dios que nos ama, el cual desea que todos le aceptemos, le amemos y le adoremos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

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La grandeza y la humildad del Siervo de Yahveh. (Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.

   Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.

   Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.

   La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.

   A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.

   Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?

   -Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.

   ¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?

   Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.

   ¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   ¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.

   Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.

   (MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.

   Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.

   Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.

   Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.

   Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.

   (2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.

   ¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.

   ¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com