Meditación.
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.
Meditación.
1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.
Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.
Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.
Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.
Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.
Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.
Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.
2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.
3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.
Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.
Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.
Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.
Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.
Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.
Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.
2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.
3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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