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Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.

   Lectura introductoria: LC. 2, 34.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.

   San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).

   San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.

   San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).

   Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.

   Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).

   A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.

   San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.

   San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).

   Oremos:

   Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.

   Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.

   Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.

   Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).

   Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.

   Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.

   Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.

   Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.

   Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.

   Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.

   Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.

   2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.

   3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).

   Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).

   ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?

   ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?

   Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.

   3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).

   3-2-1. Los pobres en la Biblia.

   Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.

   En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.

   Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.

   Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).

   ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?

   Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).

   Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).

   Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).

   Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).

   Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).

   Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).

   ¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).

   3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.

   Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.

   ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?

   Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).

   ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?

   Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).

   Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).

   Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).

   3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.

   Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).

   3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?

   Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.

   Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.

   Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.

   ¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.

   3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).

   Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.

   3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).

   Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.

   La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.

   Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.

   3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).

   Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.

   3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).

   San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
   2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
   3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
   4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
   5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
   6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?

   3-2.

   3-2-1.

   7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
   8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
   9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
   10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
   11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
   12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
   13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
   14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
   15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
   16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
   17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
   18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
   19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
   20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
   21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?

   3-2-2.

   22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
   23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
   24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
   25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
   26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
   27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
   28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
   29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?

   3-2-3.

   30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
   31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?

   3-2-4.

   32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
   33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
   34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
   35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
   36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
   37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
   38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
   39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?

   3-3.

   40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
   41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
   42. ¿En qué consiste tal justicia?
   43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?

   3-4.

   44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
   45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
   46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
   47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?

   3-5.

   48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
   49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
   50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?

   3-6.

   51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
   52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.

   Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.

   Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.

   Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.

   Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.

   Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.

   Tener fe, es vivir contra corriente.

   ¿Te sientes triste?  Desafía la tristeza con tu alegría.

   ¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.

   ¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?

   ¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?

   Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.

   Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.

   Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.

   ¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?

   ¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?

   ¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. El amor es el distintivo de los cristianos.

   Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).

   Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.

   El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.

   Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.

   No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.

   Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.

   A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.

   No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.

   Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.

   San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   (MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.

   Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.

   Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

   Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).

   ¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?

   La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

   Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.

   La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

   Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama? (Meditación para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   1. ¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama?

   Cuando somos interrogados con respecto al amor que Nuestro Padre común nos ha manifestado a lo largo de los años que se prolonga nuestra vida, podemos pensar en muchas respuestas que pueden solventar esta cuestión, pues, las citadas respuestas, dependen de nuestra fe, de nuestro amor, y de nuestra carencia de fe, en Nuestro Santo Padre. Con demasiada frecuencia escucho a muchos ateos afirmar que tanto los cristianos como los adeptos a otras religiones creemos en Dios porque sufrimos mucho al pensar en el dolor que nos puede afectar en un determinado momento de nuestra vida o sentimos pánico cuando pensamos en la muerte, así pues, para ellos, con la idea de evitar el miedo que supuestamente nos produce pensar en el hecho de sucumbir eternamente bajo los efectos de la muerte, nos hemos puesto de acuerdo para aceptar a un Dios que todos concebimos según la fe que nos han inculcado los líderes espirituales de las diversas religiones que practicamos.

   Merecen una atención especial quienes se cuestionan con respecto al amor que Dios siente por ellos. Quizás han perdido la fe en Nuestro Padre común, porque la acogieron abrigando esperanzas sin fundamento en sus corazones, o quizás, -¿por qué no aceptarlo¿-, porque nosotros no hemos sabido mantener en sus corazones viva la llama de la esperanza, han perdido su primer amor con respecto a Dios. Yo quisiera invitar a quienes se sienten desengañados por Dios a que vuelvan a recordar la felicidad que su fe les pudo proporcionar antes de que se sintieran frustrados en su intento de alcanzar la felicidad poniendo sus ojos en el cielo. Yo quisiera ayudar a quienes han perdido la fe a analizar las causas que les han conducido a perder totalmente la esperanza que ha de caracterizarnos a los cristianos, pues, cuando un cristiano deja de creer en Dios, puede sucederle que se encuentre perdido.

   Quienes tienen una fe débil, quizás creen en Dios cuando su salud es perfecta, cuando tienen trabajo, y son felices junto a sus familiares y amigos queridos, pero, cuando les llega el tiempo en que su creencia en Nuestro Padre común es puesta a prueba por las contradicciones que forman parte de nuestra existencia mortal, se sienten desamparados por Nuestro Criador.

   Es digna de alabanza la actitud de quienes, a pesar de lo mucho que han sufrido creen en nuestro Padre común, pues, para ellos, lo importante no es la cantidad de dolor que han tenido que soportar, sino el milagro que Dios ha hecho en ellos, haciéndoles fuertes, para que hayan podido soportar las circunstancias que erróneamente llamamos adversas que han formado parte de su vida, o que aún les siguen atormentando.

   Cuando yo era catequista de niños, me encontré con un adolescente que me decía muchas veces las siguientes palabras:

   "¿Cómo es posible que creas que Dios se nos revela? Yo he comulgado decenas de veces, así pues, llevo más de un año sin faltar a la celebración de la Eucaristía dominical, y no siento nada especial".

   Una de las veces que le escuché esas palabras a aquél joven incrédulo, le dije:

   "El cristianismo no es una sucesión de pensamientos que tenemos que albergar en nuestro corazón ni un montón de emociones que han de hacernos saltar de alegría constantemente, sino una vivencia cuya finalidad es hacernos felices, aunque tengamos que sufrir hasta que seamos tan perfectos como lo es Dios. Sois muchos los que queréis sobornar a Dios diciéndole que aceptáis el hecho de creer en Él si sois plenamente felices, pero, en esta vida, no existe la felicidad perfecta".

   Aquél joven no tardó en responderme:

   "Si es verdad lo que me dices, ¿cómo es posible que los místicos hayan experimentado la felicidad perfecta al ver a Dios¿".

   Yo le respondí:

   "Los mártires han muerto siendo conscientes de que su sufrimiento les ha ayudado a vivir junto a Dios, donde la felicidad es sumamente perfecta, pues, en el cielo, no existen el dolor ni el pecado".

   La fe de aquél joven se mantuvo viva durante varios años, pero, en el año 2003, supe que, al faltarle el apoyo de un sacerdote o de un catequista que le animara a progresar espiritualmente, dejó de asistir a las celebraciones de la Eucaristía, y comenzó a vivir nuevamente como un ateo, según lo había hecho durante los más tiernos años de su infancia.

   Quizás pensamos que cuando nos tomamos un café nos sentimos muy capacitados para emprender cualquier actividad, así pues, en cierta forma, el café alivia a los depresivos que piensan demasiado en sus preocupaciones, si, después de tomarlo, comienzan a realizar una actividad que dominen y les resulte agradable. Nuestra fe no es una sustancia excitante, pero, de alguna manera, nos hace experimentar la vivencia de la experiencia del Dios del amor, del Padre que, en la Persona de su Hijo amado, se nos entregó para que lo crucificáramos, para que aprendiéramos lo que significa amar desmedidamente, no con un amor ciego, sino con un amor capaz de sobrevivir a todo tipo de sufrimientos, si ello nos induce a vislumbrar la felicidad más allá del pecado, la enfermedad, la apatía, la angustia, el dolor en todas sus formas, y, la muerte.

2. ¿Por qué queremos amar a Dios?.

   El Evangelio de hoy es un compendio de los textos que hemos meditado los últimos días. Hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que debemos amar a Dios más que a nadie, tenemos que dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, ya que seremos como los ángeles del cielo.

   Nuestra fe se sostiene en la firme columna del Templo divino, esto es, la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. A pesar de que la Iglesia ha ido imponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y a pesar de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.

   ¿Por qué amamos a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.

   ¿Por qué amamos a nuestros prójimos? Reflejo de Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.

   Concluyamos esta reflexión del Evangelio diario orando para que Dios nos ayude a reconocer los frutos del amor y el Espíritu Santo en nosotros. (J. Portillo, 6/06/2002).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.

   Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 9, 1-41.

   Lectura introductoria: EF. 5, 8.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   en el Evangelio que meditamos el presente Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Dado que hasta muchos de los que decimos que somos cristianos no siempre actuamos como seguidores de Jesús, podemos equipararnos al citado ciego, quien vivía para pedir limosna, y resignado a vivir aislado, en un camino lleno de viandantes. También nosotros vivimos sumidos en una rutina acorde a nuestra condición actual de trabajadores o desempleados, jubilados y/o enfermos, y, cuando Jesús nos llama a ser sus seguidores, sentimos que nos saca de las tinieblas de la carencia de fe, para conducirnos a su Reino de amor y luz.

   Si el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A Jesús nos dio a conocer el don de Dios y el agua viva (JN. 4, 10 y 14), en esta ocasión, el Señor nos iluminará con su luz, para que comprendamos que su visión respecto de lo que acontece en el mundo, es diferente a nuestros puntos de vista. A modo de ejemplo, mientras que los discípulos del Mesías deseaban saber quién tenía la culpa de que aquél mendigo estuviera ciego, a Jesús, más que buscar culpàs y examinar a posibles culpables, le interesaba lograr que aquel ciego fuera un creyente más de la futura Iglesia naciente. Así como el Señor nos enseñó a rechazar la violencia y a amar a los violentos para que se dejen influir por Él (MT. 5, 39), no nos corresponde a nosotros discriminar a nadie por ninguna causa (MT. 7, 1-2).

   Jesús les dijo a sus discípulos que el mendigo no estaba ciego por causa de sus pecados ni de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley por parte de sus antepasados, sino que Dios lo eligió para manifestar en él el poder de sus obras. Como buenos moralistas, los judíos creían que la existencia de las enfermedades era justificada por los pecados de quienes las padecían o de los antepasados de los tales, pero Jesús les aportó a sus discípulos una nueva enseñanza referente a este tema, ya que el Señor, aunque desprecia el mal en todas las formas que se manifiesta, ama a los hombres incondicionalmente.

   ¿Qué creemos en la actualidad respecto del origen de las enfermedades? Los predicadores del Evangelio podemos tener la tentación de hacerles creer a los enfermos que Dios tiene predestinado un día para sanarlos, pero ello es un error, en el sentido de que se nos puede hacer la siguiente pregunta: Si Dios es Todopoderoso y desprecia el mal, ¿cómo es posible que no sane instantáneamente a quienes padecen enfermedades? Aunque podemos responder la citada pregunta afirmando que podemos obtener lecciones muy valiosas de las diversas enfermedades que padecemos, nada podemos decir para justificar el dolor de quienes sufren enfermedades graves, lo cual significa que, aun teniendo la pretensión de justificar a Dios por no restablecernos la salud inmediatamente a los enfermos, lo dejamos como al peor de los tiranos, pues, aunque tiene el poder necesario para socorrernos, nos vuelve la espalda.

   Los prodigios que hizo Jesús para sanar a los enfermos, requería de los tales el deseo de obtener la curación, pero, dado que el ciego del Evangelio que estamos considerando no sabía lo que era poder ver, el Señor hizo una excepción con él, y le untó lodo en los ojos, añadiéndole más oscuridad a su oscuridad. A partir de aquél momento, si el ciego quería ver, no tenía nada más que hacer, que obedecer la instrucción que le dio Jesús, de lavarse los ojos en la piscina de Siloé.

   ¿Qué hacemos nosotros cuando creemos que la manera de actuar de Dios respecto de nuestro dolor le aporta más oscuridad a nuestras tinieblas?

   Así como los vecinos del que fue ciego se hicieron muchas preguntas cuando el mendigo pudo ver, quienes hemos empezado a actuar como cristianos a partir de los años de la adolescencia o de la edad adulta, si hemos seguido a Jesús fielmente, nos hemos percatado de que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, también se han interrogado con respecto a nuestra nueva manera de pensar y actuar. Recuerdo que el instructor de un curso de Marketing en el que participé hace años, nos dijo a mis compañeros y a mí: "Lo difícil para vosotros no es atraer clientes, sino mantenerlos." De igual manera, lo difícil para nosotros no es tomar la decisión de ser seguidores de Jesús en unos ejercicios espirituales, sino actuar como tales todos los días de nuestras vidas, y aún esta dificultad se agraba más, cuando vivimos circunstancias que consideramos adversas, en las que no sentimos cómo se nos manifiesta Dios.

   El Espíritu Santo es el don de Dios y Jesús es el surtidor de agua capaz de saciar nuestra sed de amor y justicia (JN. 4, 10 y 14), pero, según somos saciados, se espera de nosotros que vivamos como seguidores de Jesús, lo cual, según nuestra apertura mental y la manera que tengamos de afrontar las dificultades que vivamos, puede atraernos grandes satisfacciones, y no menos grandes dificultades.

   Oremos:

   Los Evangelios dominicales del tiempo de Cuaresma del Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, nos hacen reflexionar sobre el proceso de nuestra conversión al Evangelio. El Domingo I del presente tiempo litúrgico (MT. 4, 1-11), Jesús nos enseñó a valorar el artruismo frente al deseo de poder y el afán de riquezas. La autoridad es útil cuando se ejerce en beneficio de los subordinados, y el deseo desmedido de riquezas se debilita por medio del ejercicio de la generosidad. ¿Qué ganaremos al impedir que nos cieguen los deseos de alcanzar poder, riquezas y prestigio? Este es el precio que tenemos que pagar, si realmente deseamo ser transfigurados y configurados a imagen y semejanza de Jesús, según recordamos este hecho el Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9).

   El Domingo III de Cuaresma empezamos a considerar los Evangelios cuya meditación nos ayuda a disponernos a recibir el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia (JN. 4, 5-42). Los antiguos cristianos se disponían a ser martirizados pensando que ese era el precio que pagaban para concluir su asimilación a Jesús. Es por eso que el Domingo anterior Jesús se nos dio a conocer como surtidor de agua bautismal que nos hace alcanzar la vida eterna (JN. 4, 14), hoy se nos da a conocer como luz del mundo (JN. 9, 1-41), y el próximo Domingo se nos dará a conocer como Resurrección de los muertos (JN. 11, 1-45).

   Según las perícopas evangélicas citadas, se nos insta a considerar el hecho de alcanzar la meta de pensar, sentir, amar y actuar, como lo hacía Jesús, y como lo haría el Hijo de Dios y María, si viviera nuestras circunstancias vitales. Para que ello nos sea posible, se nos invita a vislumbrar nuestras vidas y los acaeceres de la humanidad, desde el punto de vista de Jesús. En nuestro tiempo, el hecho de que renunciemos a nuestra manera de pensar es una barbaridad para los occidentales, pero para los antiguos cristianos era un gran logro el hecho de renunciar a su manera de pensar y proceder, con tal de adoptar la manera de pensar, sentir, amar y actuar de Jesús. Nos será útil tener este hecho en cuenta, con el fin de poder comprender los tres textos evangélicos correspondientes a los Domingos III, IV y V del tiempo de Cuaresma del Ciclo A, los cuales no han de ser interpretados partiendo de nuestra óptica, sino desde el punto de vista de San Juan, -el autor de los mismos-, y de sus lectores inmediatos.

   A la luz que nos aporta la consideración de los citados textos evangélicos, examinemos nuestra conversión al Evangelio de salvación, hablando con el Espíritu Santo, quien nos ayudará a terminar fortalecidos, el camino que nos conducirá, a la Pascua de Resurrección.

   2. Leemos atentamente JN. 9, 1-41, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 9, 1-41.

   3-1. Jesús vio al pasar un ciego de nacimiento (JN. 9, 1).

   Contemplemos a Jesús rodeado de creyentes y curiosos que estaban atentos a sus palabras y a sus obras. El Señor no se centraba exclusivamente en quienes le rodeaban, pues se percató de la presencia del ciego, cuya misión en la vida consistía en pedir limosna para poder subsistir. San Lucas nos habla en su Evangelio del rico banqueteador (epulón), quien hizo de sus días una acumulación de celebraciones, y no se quiso interesar en ayudarle al pobre Lázaro, cuyas heridas eran lamidas por perros salvajes (LC. 16, 19-21). Si Lázaro mendigaba a la puerta del rico las miajas de pan que epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos, ¿es creíble que el banqueteador ignorara la dramática situación del pobre? Quizás muchos de nosotros también ignoramos a muchos pobres, presos y enfermos que hay en nuestro ambiente, aunque no los vemos porque vivimos encerrados en nuestra rutina. Jesús nos insta a que seamos observadores, con el fin de que podamos ayudar a tales almas sufrientes, en conformidad con nuestras siempre escasas y al mismo tiempo benditas posibilidades.

   3-2. ¿Contradice la existencia del mal la existencia de Dios? (JN. 9, 2-3).

   Querer interpretar la Biblia como si hubiera sido escrita partiendo de nuestra mentalidad occidental, se reduce a polemizar para perder el tiempo. Si la biblioteca contenedora de la Palabra de Dios fue escrita partiendo de la mentalidad de los judíos, quienes no adoptaron concepciones filosóficas hasta el siglo XV de la era cristiana, la Biblia ha de ser interpretada partiendo de la antigua cultura de los tales. ¿Cómo podemos interpretar el polémico texto de ROM. 5, 12? Aunque en la actualidad pensamos que cada cual ha de ser juzgado en atención a su manera de proceder y lo que hagan los demás no ha de asegurarle la salvación ni perjudicarle respecto de la consecución de la misma, los hermanos de raza de Jesús pensaban que, por ser miembros del pueblo de Dios, las buenas obras de un sólo hombre tenían que beneficiarlos a todos, y los pecados de un sólo hombre tenían que influir negativamente en todos, porque consideraban, al contrario que lo hacemos algunos cristianos, que Dios antepone su justicia a su amor. Esta explicación nos hace comprender la razón por la que Dios mandaba en el Antiguo Testamento matar sin escrúpulos, y por qué Él mismo llevaba a cabo grandes matanzas, en ocasiones, hasta contra los hijos de su pueblo, simplemente, porque le desobedecían. El concepto del Dios egoísta que condiciona el amor que les manifiesta a sus fieles al cumplimiento de sus deseos por parte de los tales, también ha sido -y sigue siendo- utilizado por muchos líderes religiosos cristianos.

   ¿Cómo se justifica a Dios por haber salbado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?? (MT. 2, 16). Para nosotros, el hecho de que Dios permitiera el sacrificio de tales niños pequeños constituye una gran crueldad, pero para los antiguos cristianos, quienes fueron lectores inmediatos del Evangelio de San Mateo, el hecho de imitar a los pequeñines de Belén, muriendo por Jesús si tenían que ser martirizados, era un gran honor. Los primeros cristianos no se plantearon el hecho de que Dios hubiera podido salvar a los pequeñines de Belén haciendo un insignificante esfuerzo, como pensamos que podría haberlo hecho en la actualidad.

   ¿Qué pensaba Jesús respecto del mal? Mientras que los judíos creían que quienes sufrían eran castigados por sus pecados o por las transgresiones en el cumplimiento de su Ley de los antepasados de los tales, Jesús no compartió tal punto de vista. En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús afirma que las enfermedades no son enviadas por Dios, ni son queridas por Nuestro Padre común, ni son castigos consecuentes de los pecados de nadie, pues se reducen a oportunidades de que Dios demuestre el poder que tiene para curarlas, y el amor con que acoge a sus hijos. En una ocasión en que Pilato les hizo sacrificios humanos a sus dioses y se derrumbó una torre aplastando a dieciocho personas (LC. 13, 1-5), Jesús aclaró que tales hechos no fueron enviados por Dios ni fueron causados por los pecados de nadie, y dijo que todos estamos expuestos a sufrir accidentes y a vivir situaciones dramáticas y catastróficas. Jesús no explicó cuál es el origen del mal, pero dejó muy claro que Dios no es la causa originaria del mismo, porque Él es amor (1 JN. 4, 16), y no quiere herir a sus hijos.

   La frase referente a los pajaritos que no mueren sin que Dios lo permita de MT. 10, 29, es una incorrecta traducción bíblica que provoca un gran malentendido, ya que el texto original afirma que ningún pajarito cae sin que Dios lo acompañe, indicando que Nuestro Padre común no nos evita el sufrimiento por cuanto nos es útil si lo afrontamos correctamente y con fe en Él, y que nos acompaña en todas nuestras circunstancias vitales.

   ¿Qué pensamos los cristianos respecto del mal? Ya que es difícil encontrar una denominación cristiana en la que no haya líderes religiosos que no utilicen la imagen del Dios caprichoso, egoísta y sin escrúpulos del Antiguo Testamento para ganar poder infundiéndoles miedo a sus seguidores, y la mayoría de cristianos desconocen la biblia, entre nosotros está más presente la imagen del Dios sin escrúpulos del Antiguo Testamento, que la imagen del Padre misericordioso predicado por Jesús, quien cuando le dijo al Padre en el huerto de los Olivos que se hiciera su voluntad y no la suya (LC. 22, 42), no se disponía a ser derrotado definitivamente por la muerte, sino a morir para resucitar, para demostrarnos el amor de Nuestro Padre celestial.

   En la biblia se vincula el origen del mal con el pecado de Adán y Eva, cuya desobediencia a Dios los privó de sus dones preternaturales, cosa que también nos ha afectado a sus descendientes, pues, como recordamos anteriormente, para los judíos, el bien que haga un miembro de su pueblo, y el mal que haga otro, han de afectarlos a todos, positiva o negativamente. Anteriormente al tiempo de la cautividad babilónica, los judíos creían que Dios los premiaba al cumplir su Ley, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, así pues, cuanto mejor era su posición social, se creían más beneficiados por Yahveh y, cuanto más pobres eran o sufrían por otras causas, creían que eran castigados por la Divinidad. A partir del citado tiempo de la cautividad, cuando los judíos empezaron a pensar en la posibilidad de alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida, empezaron a asociar la superación del mal con la dicha eterna, cosa que les concedía a los desposeídos de Israel la posibilidad de empezar a sentirse amparados por Yahveh. Esta creencia aún no era plenamente aceptada cuando nació Jesús, lo cuál sirvió para que el Mesías se rodeara de pastores el mismo día de su Natividad (LC. 2, 8-20). Dado que las dos creencias estaban en vigor en Israel, había legalistas que valoraban a las personas en atención a su cumplimiento de la Ley y a su posición en la alta sociedad que supuestamente les era concedida por Dios como premio por cumplir su voluntad, y rechazaban a quienes pertenecían a la clase baja considerándoles pecadores reprobados por Dios, y Profetas que pensaban que Yahveh es el Dios de los desposeídos de la tierra.

   Si Dios tiene poder para sanarnos a los enfermos, ¿por qué no nos restablece la salud apenas enfermamos, o no nos evita las enfermedades? Aunque el dolor nos aporta enseñanzas útiles, no encontramos otra respuesta que justifique el hecho de por qué Dios deja que pase el tiempo, sin exterminar el padecimiento de la humanidad, y, como dije anteriormente, cuanto se diga al respecto, hará que muchos crean que Nuestro Padre común es un tirano. A pesar de ello, no nos preguntemos por qué enfermamos porque eso no podremos saberlo hasta que Dios nos lo diga personalmente al final de los tiempos, pero preguntémonos para qué enfermamos, para aprender grandes lecciones de la vivencia de nuestras enfermedades.

   3-3. Hagamos las obras de Jesús (JN. 9, 4).

   En la simbología del texto evangélico que estamos considerando, el día es el tiempo en que Jesús está con nosotros, y la noche es el tiempo en que nuestra fe es probada por las dificultades que nos caracterizan. Cuando nuestra fe es fuerte y estable, podemos laborar en la viña del Señor, pero, cuando se nos debilita, no podemos actuar como los discípulos de Jesús que Dios desea que lleguemos a ser, desde la eternidad.

   ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo? Tales obras mesiánicas, son las siguientes:

   1. Alimentar a los hambrientos.

   2. Dar de beber a los sedientos.

   3. Acoger a los forasteros.

   4. Vestir a los carentes de ropa.

   5. Visitar a los enfermos.

   6. Visitar a los presos (MT. 25, 35-36).

   Las citadas obras de misericordia sólo son ejemplos de lo que podemos hacer con quienes tienen carencias espirituales y materiales, así pues, no es posible citar aquí todas las obras benéficas que podemos llevar a cabo, para ayudar a quienes nos necesitan.

   3-4. Jesús es la luz del mundo, porque está en el mundo (JN. 9, 5).

   Antes de redimir a la humanidad, Jesús estaba con sus discípulos, y llegó a ser para los tales la luz del mundo. Después de que aconteciera su Resurrección de entre los muertos, Jesús siguió siendo la luz del mundo para quienes llegaron a ser sus Apóstoles, y, después de que aconteciera la Ascensión de Cristo Resucitado al cielo, el Señor sigue siendo la luz del mundo, para quienes lo buscamos en la biblia, en los documentos de la Iglesia -o la Congregación- a la que pertenecemos, y en los elocuentes discursos de sus predicadores, y las bondadosas obras de quienes laboran en la viña del Señor, haciendo el bien constantemente.

   3-5. Jesús untó con lodo los ojos del ciego (JN. 9, 6).

   Porque nadie valora aquello de lo que carece y no sabe lo que significa, a pesar de que Jesús exigía la manifestación de la voluntad de quienes querían ser receptores de sus prodigios, hizo una excepción con el ciego, quien no sabía lo que significaba ver la luz, y le untó lodo en los ojos, que hizo con tierra y su saliva. Aunque lo que os voy a decir a los occidentales nos parece absurdo,Jesús cometió un grave pecado según los fariseos, pues, al mezclar su saliva con tierra para iniciar la curación del ciego, hizo barro como si se dispusiera a hacer ladrillos, lo cual no estaba permitido en Sábado.

   Los judíos creían que la saliva era un remedio curativo de la vista y de otras enfermedades, y también era transmisora de la propia energía vital. El barro estaba recomendado para curar tumores y la inflamación de los ojos. Al untar su barro en los ojos del ciego, Jesús recordó la vivificación del hombre por parte del Espíritu Santo (GN. 2, 7), y le presentó al ciego la imagen del nuevo hombre redimido, que los cristianos deseamos llegar a ser.

   3-6. El estanque de Siloé (JN. 9, 7).

   Aunque Jesús tomó la iniciativa a la hora de iniciar la curación del ciego, quiso saber si el mismo deseaba ver. Si el ciego quería ver, sólo tenía que labarse los ojos en el estanque de Siloé, no porque las aguas del mismo eran milagrosas, sino porque esa fue la prueba que el Señor le impuso, para que le demostrara si realmente deseaba poder ver.

   San Juan es el Evangelista de las ironías. Así como el paralítico que aparece al principio de JN. 5 no pudo obtener por sí mismo la curación en la piscina de la Ley, y pudo caminar gracias al Mesías, el ciego tenía que ser curado en la piscina de el Enviado. La religiosidad basada en el constante cumplimiento de normas nos amarga el alma, pero la fe en el amor que Dios nos manifiesta, nos hace libres de nuestras cadenas, y nos concede la salvación.

   Apenas el ciego se lavó los ojos, empezó a ver, y también empezó a tener problemas, tal como nos ha sucedido a muchos, a partir del momento en que nos hemos manifestado ante nuestros conocidos, como discípulos de Jesús.

   La curación del ciego en la piscina de Siloé es semejante al Bautismo, aunque se diferencia del citado Sacramento, en que el ciego fue curado sin tener fe en Jesús.

   3-7. La reacción de los conocidos del que dejó de ser ciego por su visión del citado hecho (JN. 9, 8-12).

   Para sorpresa del que dejó de ser ciego, mientras disfrutaba del descubrimiento que supuso para él ver el mundo exterior, sus vecinos se mostraron escépticos ante el prodigio que Jesús realizó en el antiguo enfermo, así pues, apenas lo vieron caminar con gran soltura, empezaron a preguntarse: ¿No es éste el ciego que tantos años llevamos viendo pidiendo limosna? Mientras que los citados personajes pensaban si el antiguo ciego era el mendigo a quien ellos conocían u otro personaje que se parecía a él como si ambos fueran jemelos, el antiguo enfermo se esforzaba en dar a conocer el prodigio que Jesús llevó a cabo en su favor. Sus vecinos le preguntaron cómo pudo ver, y él respondió que veía gracias a Jesús. Los judíos querían ver al Señor, pero el nuevo Mesías desapareció de aquel escenario discretamente, para evitar promocionarse como milagrero.

   Muchos nuevos conversos hemos vivido una situación similar a la del antiguo ciego, en el sentido de que se nos ha interrogado hasta la extenuación sobre nuestra nueva forma de pensar, sentir, amar y actuar.

   3-8. La confusión de los fariseos (JN. 9, 13-16).

   Dado que los fariseos eran enemigos jurados de Jesús porque el Señor no hizo coincidir plenamente su doctrina con la de los miembros de la citada escuela de pensamiento, se aprovecharon del hecho de que el Mesías hizo el citado prodigio en Sábado, para tener una excusa más por la que condenarlo a muerte. Independientemente de que Jesús hiciera el lodo con que inició la curación del ciego para recordarles a sus enemigos que no tenía la intención de cesar en el cumplimiento de la voluntad divina, los fariseos vieron este hecho como una provocación, a la que se prepararon a responderle, en primer lugar, intentando que el ex ciego les dijera que nunca había sido invidente por lo que había engañado a sus convecinos, y que Jesús le dio dinero para que le permitiera usarlo para llevar a cabo un prodigio falso.

   Mientras que la creencia del ciego en Jesús se iba fortaleciendo, los fariseos disentían entre ellos, unos pensando que Jesús no procedía de Dios por incumplir su precepto de curar en sábado, y otros no sabían cómo un pecador pudo curar a un ciego. Es triste el hecho de que gente incauta deposite su fe en personajes que sólo piensan en ser cada día más poderosos, ricos y prestigiosos, a costa de aplastar a quien sea, con tal de alcanzar su ambicionada meta.

   3-9. La fe del ex ciego se fortaleció, a pesar de la presión que los fariseos ejercieron contra él, para que hablara mal de Jesús (JN. 9, 17).

   Mientras que los fariseos no sabían cómo acabar con el Ministerio público de Jesús y tenían que conseguir que el ex ciego desprestigiara al nuevo Mesías, el recién curado se atrevió a afirmar que el Hijo de Dios y María es un Profeta, con gran seguridad. ¿Tenemos nosotros esa seguridad cuando tenemos la oportunidad de dar esperanza de la fe que profesamos? (1 PE. 3, 15).

   3-10. Los padres del ex ciego (JN. 9, 18-23).

   Los judíos tenían que demostrar como diera lugar que el ex ciego fingió su enfermedad a fin de que Jesús llevara a cabo el falso prodigio de su curación. Los padres del recién sanado les dijeron que efectivamente su hijo había sido ciego, pero que no sabían cómo había empezado a ver, ni quién había hecho semejante prodigio tan inesperado. ¿Por qué se expresaron los padres del ex ciego en esos términos? Los fariseos habían tomado la decisión de expulsar de la Sinagoga a todos los que aceptaran a Jesús como Cristo -o Mesías-, lo cual tenía serias consecuencias. Los padres del ciego podrían haber recibido el castigo de estar entre una semana y un mes sin participar en la oración común. Otra de las excomuniones temporales, consistía en obligar a los expulsados de la Sinagoga a vestirse de luto durante un mes, sentarse en el suelo, dejarse crecer el cabello y la barba, privarse de baños y ungüentos, y no asistir a la oración común. La tercera expulsión era de carácter indefinido, y el pueblo tenía prohibido dirigirles la palabra a los excomulgados, a quienes se les podía confiscar todos sus bienes, e incluso se les podía desterrar del país. Bajo esta perspectiva, comprendemos la tibieza de los padres del ex ciego, que no apoyaron a su hijo, e hicieron un gran esfuerzo para no hablar contra Jesús, arriesgándose a sufrir, con mucha suerte, la primera o la segunda expulsión de la Sinagoga anteriormente citadas, lo cual los hubiera deshonrado de por vida ante su pueblo. A pesar de lo dicho, Jesús no se les hizo el encontradizo a los padres del ex ciego como lo hizo con el hijo de los tales, por causa de la tibieza que manifestaron ante los fariseos. ¿Comprendemos por qué para los padres del ex ciego era más importante conservar su status que la curación de su hijo ciego? Este hecho me recuerda a los gerasenos que aparecen en MC. 5, 1-20, a quienes les importaron más los cerdos que los demonios arrojaron al mar, que la liberación de su convecino de las garras de los espíritus malignos.

   3-11. Los fariseos siguieron acosando al ex ciego para lograr su propósito de desenmascarar a Jesús (JN. 9, 24-27).

   No era la primera vez que el ex ciego escuchaba las mismas preguntas de los fariseos, pero él, aunque no conocía a Jesús, sabía que el Señor lo curó, y que gracias a ello, llevó a cabo una gran transformación en su vida, que deseaba narrarles a todos sus conocidos.

   Aunque no nos sepamos la Biblia de memoria para lograr ser predicadores intachables, podemos hablarles de Cristo a quienes estén dispuestos a escucharnos, dando testimonio de la fe que profesamos. Si les decimos a nuestros oyentes cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, muchos de los tales desearán abrazar la fe que profesamos.

   3-12. El ex ciego fue expulsado de la Sinagoga (JN. 9, 28-34).

   La fe del recién convertido fue probada con gran dureza por los fariseos, quienes lo acosaron y terminaron expulsándolo de la Sinagoga. Los cristianos podemos estar expuestos a tener muchos problemas por seguir a Jesús, e incluso podemos perder relaciones, propiedades e incluso la vida, pero la vida eterna de gracia que Jesús nos da, nadie nos la puede arrebatar.

   Los fariseos, a pesar de su gran formación religiosa, desconocían el origen de Jesús, pero el ex ciego sabía que el Mesías lo había curado. El hombre carente de formación religiosa porque vivió para mendigar para subsistir, mostró una fe superior a la de aquellos intérpretes de la Ley sedientos de poder, riquezas y prestigio. La instrucción religiosa es muy importante para quienes desean tener fe en Dios, pero, la fe y la formación, no siempre están relacionadas.

   Para los fariseos, Jesús era pecador, porque no se amoldaba al cumplimiento de su voluntad, pero, para el ciego, ¿cómo era posible que Jesús pudiera hacer semejante prodigio, siendo enemigo de Dios? Con respecto a nosotros, si nuestra fe además de ser intelectualizada fuera práctica, tendríamos una creencia en Dios tan grande como la manifestada por el ex ciego, al final del presente Evangelio.

   3-13. ¿Creemos en el Hijo del hombre? (JN. 9, 35-38).

   Jesús, por llevar años bajo la presión que ejercían sobre Él las autoridades religioso-políticas, quienes en lugar de amenazarlo con excomulgarlo, se disponían a quitarle la vida, sabía lo que sentía el recién curado al haber sido excomulgado injustamente de la Sinagoga, y se le hizo el encontradizo para consolarlo, y, si le era posible, unirlo a su comunidad de fe.

   Oremos y trabajemos para emular a Jesús, a la hora de hacernos los encontradizos con quienes sufren por cualquier motivo, con el fin de poder ayudarlos, en conformidad con nuestras siempre escasas y benditas posibilidades.

   Cuando el ex ciego aceptó a Jesús como Mesías, además de haber recuperado la vista física, alcanzó la visión espiritual de Jesús.

   3-14. El juicio de Jesús sobre el mundo que rechaza al Hijo del hombre y a sus hermanos en la fe (JN. 9, 39-41).

   Jesús vino al mundo para hacer que los que no ven a Dios lo vean, y para ver cómo quienes desean manipular a Yahveh para obligarlo a hacer su voluntad, no dejan de ser ciegos espirituales. El pecado de los fariseos consistió en no reconocer al Mesías de Dios. Ello no es pecado para los carentes de instrucción religiosa, pero es el pecado de la ignorancia voluntaria, para quienes conocen la voluntad de Nuestro Padre común.

   3-15. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-16. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 9, 1-41 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué no ignoró Jesús al ciego de nacimiento centrándose exclusivamente en los creyentes y en los curiosos que lo rodeaban?
   2. ¿Cuál era la misión vital del ciego de nacimiento?
   3. ¿Por qué no es creíble el hecho de que el rico epulón ignorara la dramática situación del pobre Lázaro?
   4. ¿Ignoramos a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   5. ¿Qé hacemos para ayudar a quienes sufren por cualquier motivo?
   6. ¿Qé podemos hacer para mejorar la calidad de los servicios que les prestamos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   3-2.

   7. ¿Por qué ha de ser interpretada la biblia partiendo de la mentalidad de sus autores y de los lectores inmediatos de la misma?
   8. ¿Antepone Dios su justicia a su amor?
   9. ¿Antepone Dios su amor a su justicia, o es al mismo tiempo un Padre misericordioso y un Juez justo?
   10. ¿Por qué mandaba Dios asesinar en el Antiguo Testamento, y en ciertos casos Él mismo cometió grandes crímenes?
   11. ¿Se nos predica a Dios como Padre misericordioso, o como Juez egoísta y tirano, que nos ama bajo la condición indispensable de que cumplamos su voluntad, aunque no la comprendamos?
   12. ¿Intentamos comprender la voluntad de Dios, o tenemos que cumplirla aunque no la comprendamos para evitar pecar?
   13. ¿Cómo se justifica a Dios por haber salvado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?
   14. ¿Por qué constituye para nosotros una crueldad el hecho de que Dios no impidiera el asesinato de los pequeños niños de Belén al mismo tiempo que salvó la vida de su Unigénito?
   15. ¿Por qué era para los primeros cristianos un honor el hecho de imitar a los Santos Inocentes a la hora de morir por su fe en Jesús?
   16. ¿Cuál era la causa por la que los judíos creían que muchos de ellos tenían que sufrir?
   17. ¿Qué significan las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
   18. ¿Creemos que Dios nos envía las causas por las que sufrimos? ¿Por qué?
   19. ¿Quiere Dios que suframos?
   20. ¿Cómo es posible que Dios, si es Nuestro Padre bueno y nos ama, desee que suframos?
   21. ¿Cómo es posible que Dios no encuentre un medio para adaptarnos al cumplimiento de su voluntad más eficaz que los problemas que tenemos?
   22. ¿Quiénes han cometido los pecados por cuyas consecuencias muchos no estamos totalmente sanos?
   23. ¿Qué son las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
   24. ¿Por qué no nos evita Dios las circunstancias adversas que vivimos si es Todopoderoso?
   25. ¿Por qué no es Dios el origen del mal según la óptica de Jesús?
   26. ¿Cuál es la traducción correcta de MT. 10, 29?
   27. ¿Cuál es el malentendido generado por la traducción incorrecta del citado versículo mateano?
   28. ¿Cómo hemos de interpretar correctamente el citado texto bíblico?
   29. ¿Por qué está más presente entre los cristianos la imagen del Dios terrible y justiciero que la imagen del Padre misericordioso?
   30. ¿Qué pretendió Jesús por medio de su Pasión y posterior muerte?
   31. ¿Por qué se vincula en la biblia el origen del mal con el pecado original de Adán y Eva?
   32. ¿Qué consecuencias tuvo el pecado original para Adán, Eva y sus descendientes de todos los tiempos? ¿Por qué?
   33. ¿Cómo creían los judíos que Dios los premiaba por cumplir su voluntad antes de que aconteciera la cautividad babilónica?
   34. ¿Por qué empezaron a pensar algunos judíos durante el tiempo de la citada cautividad que Dios premiaría a sus hijos con la plenitud de la dicha más allá de esta vida marcada por situaciones adversas?
   35. ¿Por qué podían sentirse quienes sufrían en Israel amados por Dios si pensaban en alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida?
   36. ¿Por qué se rodeó Jesús de pastores el día de su Natividad?
   37. ¿Puede ser Yahveh al mismo tiempo el Dios de los pobres y de los ricos? ¿Por qué?
   38. ¿Por qué no podemos preguntarnos por qué enfermamos, pero sí debemos preguntarnos para qué enfermamos?
   39. ¿Cuándo conoceremos el para qué de nuestras enfermedades? ¿Quién nos informará con respecto a ello?

   3-3.

   40. ¿Qué significan el día y la noche en la simbología joánica?
   41. ¿Por qué no podemos servir a Dios cuando nuestra fe es puesta a prueba de la misma manera que cuando la misma es fuerte y estable?
   42. ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo?
   43. ¿Es posible enumerar todas las obras de misericordia que podemos hacer? ¿Por qué?

   3-4.

   44. ¿Cómo llegó Jesús a ser la luz del mundo para sus discípulos antes de redimir a la humanidad?
   45. ¿Cómo fue Jesús la luz del mundo para sus Apóstoles durante el tiempo pascual en que concluyó su formación espiritual?
   46. ¿Cómo es Jesús la luz del mundo para quienes creemos en Él desde que aconteció su Ascensión al cielo?

   3-5.

   47. Antes de llevar a cabo sus prodigios, Jesús se aseguraba de que quienes iba a beneficiar querían recibir las dádivas que les iba a conceder, pero, ¿por qué hizo una excepción con el ciego de nacimiento que aparece en el Evangelio de hoy?
   48. ¿Con qué hizo Jesús el lodo que untó en los ojos del ciego de nacimiento?
   49. ¿Por qué cometió Jesús un gran pecado al hacer barro desde la óptica de los fariseos?
   50. ¿Qué creían de la saliva y del lodo los judíos?
   51. ¿Qué recordó Jesús al untar barro en los ojos del ciego?
   52. ¿Qué le presentó Jesús al ciego cuando le untó el barro en los ojos?

   3-6.

   53. ¿Cómo probó Jesús al ciego de nacimiento para que se demostrase a sí mismo si realmente quería ver?
   54. ¿Qué tenía que hacer el ciego si quería ver?
   55. ¿Por qué tenía que lavarse el ciego los ojos en el estanque de Siloé si quería ver?
   56. ¿Por qué no pudo ser curado el paralítico de JN. 5 en la piscina de la Ley sin ser ayudado por Jesús?
   57. ¿Qué efecto tiene en nosotros la religiosidad basada en el cumplimiento constante de normas?
   58. ¿Qué hace en nosotros la fe en el amor que Dios nos manifiesta?
   59. ¿Qué le sucedió al ciego apenas tuvo los ojos limpios de lodo?
   60. ¿En qué se diferencia la curación del ciego de nacimiento del Sacramento del Bautismo?

   3-7.

   61. ¿Por qué los vecinos del ex ciego se mostraron escépticos ante el prodigio que realizó Jesús?
   62. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un conocido nuestro del que sabemos que lleva mucho tiempo padeciendo una enfermedad nos dijera que Jesús lo ha curado?
   63. ¿Por qué desapareció Jesús de la escena evangélica cuando los vecinos del ex ciego dudaron respecto del prodigio que llevó a cabo?
   64. ¿Podemos creer en los prodigios que hizo Jesús sin haber podido constatarlos?
   65. ¿Cómo actuamos cuando se nos interroga respecto de nuestra profesión de fe?
   66. Si no se nos interroga respecto a la vivencia de la fe que profesamos, tendríamos que revisar nuestra manera de pensar y nuestro modo de proceder en la viña del Señor.

   3-8.

   67. ¿Por qué eran los fariseos enemigos jurados de Jesús?
   68. ¿Tenemos los cristianos la pretensión de adaptar al Señor a la consecución de nuestras metas tal como quisieron hacerlo los fariseos?
   69. ¿Somos conscientes de que es necesario que nos adaptemos al cumplimiento de la voluntad de Dios para poder alcanzar la plenitud de la felicidad, porque Él es más perfecto que nosotros?
   70. ¿De qué se aprovecharon los fariseos para tener una excusa más por la que condenar a Jesús a muerte?
   71. ¿Por qué se sintieron los fariseos provocados por Jesús?
   72. ¿Cómo empezaron los fariseos a trabajar para responder a la provocación de Jesús?
   73. ¿Por qué se fortalecía la fe del antiguo ciego en Jesús, mientras que los fariseos aumentaban su odio al Mesías?
   74. ¿Por qué disentían los fariseos respecto a la Persona y el prodigio que realizó Jesús?
   75. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso honrado de otro que se aprovecha de los incautos para enriquecerse a nivel material?

   3-9.

   76. ¿Por qué era importante para los fariseos conseguir que el antiguo ciego hablara en contra de Jesús?
   77. ¿Profesamos nuestra fe con esperanza y seguridad, tal como el ex ciego dijo de Jesús que es un Profeta?

   3-10.

   78. ¿Por qué causa interrogaron los fariseos a los padres del antiguo ciego?
   79. ¿Por qué los padres del ex ciego no hablaron ni a favor ni en contra de Jesús?
   80. ¿Por qué pensaron los fariseos en expulsar de la Sinagoga a los seguidores de Jesús?
   81. ¿Qué tres castigos podían recibir los expulsados de la Sinagoga?
   82. ¿Por qué no se les hizo el encontradizo Jesús a los padres del ex ciego?
   83. ¿Comprendemos por qué muchos se niegan a salir de las denominaciones religiosas cuyos líderes los distanciaron de sus familiares?

   3-11.

   84. ¿Por qué no dejó de creer en Jesús el ex ciego a pesar de la presión constante que los fariseos ejercieron sobre él?
   85. ¿Somos capaces de mantener nuestra fe viva y de predicarla con nuestras palabras y obras cuando sentimos que somos los únicos seguidores de Jesús de nuestro entorno social?
   86. ¿Cómo podemos predicar la Palabra de Dios aunque no nos sepamos la biblia de memoria?

   3-12.

   87. ¿Qué vida no nos será quitada si no dejamos de profesar nuestra fe, aunque ello tenga consecuencias difíciles de afrontar para nosotros?
   88. ¿Cómo es posible que los fariseos desconocieran a Jesús, y que el ex ciego, a pesar de no conocer al Señor, supiera que el nuevo Mesías es un Profeta?
   89. ¿Por qué no siempre están relacionadas la fe y la instrucción religiosa que recibimos?
   90. ¿En qué se diferencian la fe intelectualizada y la fe práctica?
   91. ¿Por qué necesitamos que nuestra fe sea intelectualizada y práctica para lograr llegar a ser los discípulos de Jesús en los que Nuestro Padre común piensa desde la eternidad?

   3-13.

   92. ¿Por qué sabía Jesús lo que sentía el ex ciego por haber sido expulsado de la Sinagoga?
   93. ¿Cómo tratamos a los excomulgados por nuestra Iglesia -o Congregación-?
   94. ¿Para qué se le hizo Jesús el encontradizo al recién curado?
   95. ¿Tratamos de igual manera a quienes les predicamos la Palabra de Dios independientemente de que se unan a nuestra Iglesia?
   96. ¿Por qué son buenas las posibilidades que tenemos para ayudar a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, aunque no podamos darles todo lo que precisan?
   97. ¿Qué le sucedió al ex ciego cuando aceptó a Jesús como Mesías?
   98. El Evangelio que meditamos en el presente trabajo, fue escrito para ser meditado por cristianos que tuvieron que sobrevivir a persecuciones, que no debían hacerles perder la fe, que muchos de ellos conservaron, como el mejor de los tesoros. Oremos para que jamás ningún cristiano se sienta presionado por los no creyentes, y para que los cristianos, cuando seamos mayoría absoluta, sepamos respetar a quienes tienen creencias distintas a las nuestras.

   3-14.

   99. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
   100. ¿En qué consistió el pecado de los fariseos, el cual no es pecado para quienes desconocen al Señor?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos EF. 5, 8-21, un texto en el que San Pablo nos insta a vivir siendo iluminados por Cristo Resucitado.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 9, 1-41.

   Adoptemos el compromiso de dejarnos iluminar por Cristo Resucitado, y de ser luz, para quienes quieran conocer al Dios Uno y Trino.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Inspírame tu gran amor, la fe que necesito para ser el discípulo tuyo que quieres que sea, y la esperanza cierta de poder vivir para siempre en tu presencia.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el SAL. 36, 6-11.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. ¿Está o no está Dios con nosotros?

   Meditación de ÉX. 17, 1-7.

   en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.

   Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).

   ¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).

   Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?

   Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vivamos una Cuaresma inolvidable. (Meditación para el Miércoles de Ceniza).

   Meditación.

   Vivamos una Cuaresma inolvidable.

   Estimados hermanos y amigos:

   1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en Nuestro Padre común, aunque piensan que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque Él es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con Nuestra Santa Madre y con los santos siervos de Nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y amigos.

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: (JL. 2, 12).

   Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor Nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin Nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a Nuestro Creador, no porque Él nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestras vidas, de tal forma que sin Él nuestra existencia carece del sentido de la eternidad. Quizás pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que Él ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a Nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.

   El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en Nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte las palabras escritas en MT. 5, 4.

   Nuestra tristeza nace de la incapacidad que tenemos de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.

   (JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que Nuestro Padre común desea que hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo incorrecto no hará de mí un santo, pues Nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de Nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.

   Dios es tardo para manifestarnos la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.

   Dios se duele de lo que erróneamente creemos que son los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de Nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. Estoy de acuerdo con el hecho de que algunos afirman que dios nunca castiga a sus hijos, pero ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal.

   No olvidaremos las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado (AP. 3, 19).

   Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad (1 COR. 1, 27-28).

   Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que Nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y la paz.

   2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a Nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. Dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de Nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.

   3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de Nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.

   Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la institución de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos en estado de oración intensa ante el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.

   El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.

   El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de Nuestro señor, que se prolongará durante los siguientes cuarenta días.

   Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com