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La fe. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La fe.

   Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.

   En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).

   Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.

   Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.

   Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.

   Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.

   Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.

   San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.

   Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.

   San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.

   Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.

   San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.

   Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El  sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?

   (IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.

   ¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?

   ¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?

joseportilloperez@gmail.com

Recuperemos nuestros valores cristianos. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Recuperemos nuestros valores cristianos.

   Estimados hermanos y amigos:

   -Son muchos los que se preguntan cuál es la razón por la que cada día muchos niños y jóvenes respetan menos a los adultos, y cuál es el motivo por el que los ancianos viven más aislados en conformidad con el paso del tiempo.

   -Algunos creyentes que creen que por decir de sí mismos que creen en Dios, sin instruir a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe universal, que piensan que sus descendientes han de actuar como si aceptaran nuestras creencias, comprueban, marcados por el asombro, cómo los tales actúan como si no conocieran a Nuestro Padre común.

   -Los medios de comunicación, a pesar de que se nos insiste a los españoles con respecto a que cada año se reduce el número de mujeres que mueren a manos de sus maridos, difícilmente dejan de informarnos de agresiones mortales llevadas a cabo por personajes ansiosos de demostrarles su poder a sus cónyuges.

   -A pesar de que muchos jóvenes no tienen la más remota idea de lo que significa tener privaciones, no podemos negar que el consumo de drogas aumenta considerablemente en una sociedad que, a pesar de que dispone de muchos medios de comunicación, está integrada por personas que se ven obligadas a permanecer totalmente aisladas.

   -Aunque los recursos de nuestro planeta podrían bastarnos sobradamente para extinguir la pobreza que azota a la mayor parte de los habitantes de nuestro mundo, el injusto reparto de los mismos, hace imposible el hecho de que se cumpla el sueño que albergamos en nuestros corazones de vivir en un mundo en que no existan las injustas distinciones sociales, así pues, sólo Dios, cuando lo considere oportuno, hará posible la citada realidad.

   -El afán de enriquecerse de muchas personas carentes de escrúpulos, logra que muchas mujeres desconocedoras de la Palabra de Dios y por tanto del significado del don de la vida, acaben asesinando a sus hijos no nacidos.

   -El orgullo ciego de los padres que sólo se preocupan por lo que se diga de ellos en su medio social, obliga a abortar a las adolescentes y jóvenes que no tienen fuerza ni medios para dar a luz y criar a sus hijos.

   -La carencia de amor, respeto y responsabilidad de muchos jóvenes -y no tan jóvenes- influenciados por el cine pornográfico, convierte a las mujeres en objetos aptos para producirles placer, e induce a las mismas, cuando se ven desamparadas, a deshacerse de sus hijos no nacidos.

   -La ambición de poder incontrolada, ha llevado a muchos miles de hombres a cometer asesinatos y a atropellar a los débiles a lo largo de la Historia.

   ¿Cuál es la causa por la que el mundo está sumido en el dolor?

   ¿Hasta qué punto es Dios responsable de todos los hechos desagradables que acontecen en nuestro medio social?

   Tanto si eliminara los acontecimientos desagradables que acontecen en nuestra tierra, como si diera la impresión de permanecer impasible ante los mismos, según piensan muchos creyentes desconocedores de su Palabra, Dios se vería comprometido en ambos casos, así pues, si eliminara el mal de la tierra, le acusaríamos de privarnos de hacer uso de la libertad con que nos creó, y, si permaneciera impasible ante la visión del mismo, le acusaríamos de que no está interesado en sus hijos los hombres.

   Existen problemas que sólo pueden ser solventados por Dios, así pues, un ejemplo de ello, son las enfermedades cuya curación no ha sido descubierta por los científicos, pero, otras dificultades, no se pueden resolver, porque el mundo es víctima de la carencia de nuestros valores cristianos. Tales valores existen, pero son desconocidos por unos, y rechazados por otros.

   En el Evangelio de hoy, se nos muestra la diferencia existente entre el hecho de creer en Dios, y el hecho de no tener fe en Nuestro Padre común. El diálogo entre Pilato y Jesús fue tan incomprensible para el Gobernador romano, como lo sería la comunicación entre un sordomudo y un ciego, de los cuales, el primero se expresaría a través de gestos, y , el segundo, ni siquiera sabría que su interlocutor intentaría hablarle, así pues, mientras que para el yerno del César la verdad era que tenía que hacer lo posible para hacerse más rico, prestigioso y poderoso, para Jesús la Verdad era concluir el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre común.

   Los cristianos distinguimos la verdad del mundo de la Verdad de Dios, a pesar de que mucha gente rechaza esta última, dado que la misma nos insta a cambiar nuestra forma de vivir. Yo recuerdo cómo mi abuela materna me contaba cómo en el tiempo de su juventud, cuando los jóvenes del pueblo querían divertirse, hacían fiestas, en las cuales cantaban, bailaban y lo pasaban muy bien juntos, dado que no tenían dinero para contratar a ningún músico ni cantante.

   -En nuestro tiempo, cuando los jóvenes quieren divertirse, a muchos les sobra la comida, la bebida y el tabaco, e incluso pueden darse el lujo de asistir a conciertos, pero, como tienen la diversión hecha, y no tienen que procurársela, pierden la oportunidad de conocer a otros jóvenes con sus mismas inquietudes.

   -Cuando queremos ver una película, recurrimos a la TV., al DVD o al PC, de manera que nos perdemos la oportunidad de comunicarnos con nuestros familiares y amigos.

   -Pasamos muchas horas conectados a Internet, de manera que, sin darnos cuenta del peligro que corremos, nos aislamos más, tanto de nuestros familiares que viven bajo nuestro techo, como de los amigos que tenemos.

   -Vivimos en una sociedad basada en la necesidad que tenemos de realzar el "yo" si queremos tener alguna importancia, olvidando que, si queremos ser seguidores de Jesucristo, yo no existo como realidad única, pues debo pensar muchas veces en "nosotros".

   -Cuando estamos viendo un programa de TV. que no nos gusta, nos basta el hecho de coger el mando a distancia y cambiar de cadena, hasta que encontremos otro programa que nos guste. Hace años, el hecho de no tener el citado mando, nos obligaba a levantarnos para cambiar de cadena, pero, ahora, hasta ese sencillo trabajo nos lo ahorramos.

   -Cuando en Internet estamos chateando con una persona que nos cae bien, y un tercer individuo interrumpe nuestra conversación con sus formas incorrectas, simplemente por fastidiar, lo bloqueamos, y nos olvidamos de él. Comprendo que no debemos dejar que se nos moleste, pero también comprendo que, si el citado hecho acontece en un grupo de amigos, el personaje molesto tendrá más posibilidades, tanto de disculparse, como de ser integrado en el grupo.

   Las nuevas tecnologías son muy beneficiosas para nosotros, pero, el uso indebido de las mismas, nos hace olvidarnos de la Verdad de Dios, así pues,

   -si sabemos de un niño que necesita dinero para que se le salve la vida al ser intervenido por un cirujano, ¿le auxiliaremos en conformidad con nuestras posibilidades para socorrerle, o le daremos de lado, como quien cambia de cadena de TV?.

   -Si Cáritas hace una campaña el Jueves Santo para brindarnos la oportunidad de agradecerle a Dios el sacrificio de Jesús por nosotros, permitiéndonos que socorramos a nuestros hermanos necesitados de los bienes esenciales para vivir, ¿permaneceremos impasibles?

   -Si al entrar en la página web de Amnistía Internacional, nos encontramos que, con un sólo clic de ratón, al firmar un documento dirigido a un rey o presidente africano, vamos a contribuir a salvar una vida, ¿dejaremos escapar la oportunidad de vivificar a un desconocido que algún día nos llamará hermanos en el Reino de Dios, con tal de no incluir nuestro DNI. en el formulario de envío del citado documento?

   Hermanos: Antes de terminar esta meditación, quisiera compartir con vosotros el último pensamiento de este año litúrgico. Si nos dejamos inspirar por la necesidad de destacar en su medio que tienen quienes únicamente piensan en el dinero, el poder y el prestigio, la Verdad de Dios nos resultará incómoda, dado que será contraria a nuestras creencias, pero, sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones, nos abrazaremos a la misma, como si de ello dependiera la completa instauración del Reino mesiánico entre nosotros.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.

   En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).

   ¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?

   Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.

   Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.

   Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.

   San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.

   San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.

   Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:

   1. Negarnos a nosotros mismos,

   2. Tomar nuestra cruz, y

   3. Caminar detrás de Jesucristo.

   1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?

   San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).

   Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).

   Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).

   La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).

   Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.

   Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).

   De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).

   Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).

   A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).

   ¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?

   ¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?

   Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).

   Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:

   ¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?

   ¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?

   Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:

   ¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?

   Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.

   (MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).

    2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?

   Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.

   Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).

   Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).

   Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).

   "En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.

   Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.

   No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.

   En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").

   3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?

   (1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos? (Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   ¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?

   Estudio de MC. 7, 1-23.

   Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.

   1. Jesús fue espiado por los fariseos.

   Estimados hermanos y amigos:

   Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.

   Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.

   Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.

   (MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.

   Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.

   Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.

   Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).

   Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).

   Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).

   Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.

   A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).

   Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.

   Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.

   Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.

   Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?

   ¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?

   ¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?

   ¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?

   Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.

   Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.

   No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.

   Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).

   Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.

   Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).

   La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).

   Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).

   No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.

   Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.

   (MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.

   2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.

   (MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.

   ¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?

   A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.

   Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.

   En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.

   Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.

   Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).

   Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.

   (MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).

   Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.

   (MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?

   ¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?

   (MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.

   Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.

   3. ¿Qué hace impuros a los hombres?

   (MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.

   Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).

   Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.

   Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. ¿Está o no está Dios con nosotros?

   Meditación de ÉX. 17, 1-7.

   en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.

   Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).

   ¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).

   Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?

   Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com