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No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.

   Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.

   El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.

   Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.

   Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.

   Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.

   Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.

   Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.

   A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.

   ¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?

   ¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?

   En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.

   A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.

   Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.

   Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.

   Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.

   Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.

   Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.

   Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.

   Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.

   Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.

   Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.

   Espíritu divino:

   Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.

   2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 21, 5-19.

   3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).

   El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.

   Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.

   Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.

   3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.

   Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.

   A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.

   3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).

   Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).

   3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).

   Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.

   No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.

   3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).

   El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.

   3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).

   Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.

   Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.

   Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.

   3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).

   Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.

   ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.

   3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).

   Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
   2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
   3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
   4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
   5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
   6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
   7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
   8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
   9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?

   3-2.

   10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
   11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
   12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
   13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?

   3-3.

   14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
   15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
   16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?

   3-4.

   17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
   18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
   19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
   20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?

   3-5.

   21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
   22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
   23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?

   3-6.

   24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
   25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
   26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
   27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?

   3-7.

   28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
   29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
   30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
   31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?

   3-8.

   32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
   33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?

   5. Lectura relacionada.

   Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.

   Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Dios ama a sus Santos. (Meditación de la primera lectura de la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   1. Dios ama a sus Santos.

   Meditación de AP. 7, 2-4. 9-14.

   El libro del Apocalipsis es el último volumen de la Biblia, y fue escrito en el último lustro del siglo I. Dado que en aquellos años los cristianos eran perseguidos por el Imperio Romano, el citado libro fue redactado en clave simbólica, de manera que pudiera ser entendido por sus lectores, y no por los detractores de los mismos.

   ¿Por qué muchos cristianos prefirieron ser maltratados e incluso asesinados en lugar de renegar de Dios? Los seguidores de Jesús pensaban que eran emigrantes que estaban de paso en este mundo, y que se disponían a vivir en el Reino de Dios, cuya plena instauración aguardaban. Bajo esta perspectiva, el mundo era malo para ellos, porque despreciaba a la Divinidad Suprema, y, los perseguía. Esta introducción se hace necesaria para comprender el texto de la primera lectura que estamos considerando, porque aparece a continuación de que fuera abierto el sexto sello, lo cual provocó que se ejecutara un terrible juicio contra el mundo por causa de los pecados de la humanidad, del que fueron librados los creyentes, que estaban simbolizados, tanto por los ciento cuarenta y cuatro mil marcados en la frente, como por la muchedumbre incontable, que aparecen en el texto que estamos considerando (AP. 6, 12-17).

   Los judíos persiguieron a los cristianos acusándolos de ser herejes. En el tiempo en que se escribió el Apocalipsis, los seguidores de Jesús judíos, habían sido expulsados de las sinagogas, lo cual significaba que eran mal vistos por sus hermanos de raza. Las palabras utilizadas en la consagración de las especies eucarísticas ("este es mi Cuerpo" y "esta es mi Sangre", al no ser creídas, se convirtieron en la excusa perfecta para acusar gravemente a los seguidores del Mesías, de practicar el canibalismo, la celebración del ágape (el banquete con que se iniciaban las celebraciones eucarísticas) y la costumbre de darse el beso de la paz, dieron lugar a acusaciones de inmoralidad sexual, y la literatura apocalíptica, por augurar el triunfo de Dios sobre los enemigos de los cristianos, fue el motivo por el que, los seguidores del Señor, fueron acusados de ser sediciosos.

   Dado que los cristianos tenían la esperanza de que Dios triunfaría sobre sus enemigos, antes de concluir la plena instauración de su Reino en el mundo, veían las persecuciones a que eran sometidos como pruebas que vivían para fortalecer su fe, pues, si las superaban, ello los haría dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando concluyera la plena instauración de su Reino entre sus fieles. Esta es la causa por la que muchos cristianos morían profesando su fe, adorando a Dios, e incluso perdonando a sus asesinos.

   Cuando fue abierto el citado sexto sello, los habitantes de la tierra desearon ser aplastados por los montes, antes que ser juzgados por Dios y Jesús, representados por el Anciano de días y "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (JN. 1, 29). Cuando parecía que nadie tendría salvación, cuatro ángeles detuvieron la acción que tenían que ejecutar los vientos del norte, el sur, el este y el oeste sobre la tierra, hasta que Dios marcara a los miembros de su pueblo, librándolos así, de sucumbir bajo el efecto del castigo, que sufrirían, quienes rechazaran a Dios.

   ¿Hemos vivido alguna situación de enfermedad, pobreza o desprecio en que creímos perderlo todo, y sentimos que Dios nos socorrió un instante antes de que la más cruel derrota nos afectara para siempre?

   De la misma manera que el sello de un libro identifica al mismo y protege su contenido, Dios sella a sus elegidos identificándolos como su propiedad personal (no como inmuebles, sino como hijos amados), y les garantiza a los tales la salvación eterna. Aunque en esta vida no estamos privados de sufrir, si nos mantenemos unidos a Dios mediante el estudio de su Palabra, la práctica de la oración, y el ejercicio constante de la caridad, no habrá nadie ni nada, que pueda impedirnos, vivir en la presencia, de Nuestro Padre común, cuando concluya la plena instauración de su Reino, entre nosotros.

   (EF. 1, 13-14). Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de Dios, así pues, no permitamos que se nos debilite la fe, y vivamos como buenos hijos de Nuestro Santo Padre, para que seamos dignos de vivir en su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.

   En el Apocalipsis se nos habla de dos marcas, la primera de las cuales es el sello con que se marca a los creyentes en Dios en la frente, y, la segunda, es la marca de la bestia, es decir, la pertenencia a la Roma perseguidora de los cristianos. La primera marca separa a los fieles de Dios de quienes reciben la segunda marca, pues los últimos representan a quienes rechazan a Dios, y, por consiguiente, son seguidores del Demonio (el dragón que aparece en AP. 12), por cuanto persiguieron al pueblo de Dios, y propagaron prácticas contrarias al cumplimiento de la voluntad divina.

   Nos es necesario comprender de qué manera podemos sentirnos protegidos al haber sido sellados con el Espíritu Santo. No estamos protegidos del sufrimiento físico ni de ser heridos psíquicamente, pero tenemos asegurada la salvación de nuestra alma, si no nos separamos de Dios. Independientemente de nuestros defectos y caídas, y de lo que nos acontezca, jamás seremos abandonados por Nuestro Santo Padre.

   Ya que la muchedumbre de que se nos habla en el texto que estamos considerando aparece vestida de blanco -lo cual indica su pureza- y con palmas en sus manos -indicando su martirio y posterior glorificación-, unos intérpretes de la Biblia dicen que se compone de los Mártires de la fe, y otros expositores, afirman que se compone de todos los redimidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús. En lo que a nosotros respecta, preocupémonos de permanecerle fieles a Dios, en lugar de pensar en qué grupo de fieles estaremos, pues, ya que todos los hijos de Yahveh tienen la misma dignidad de hijos, lo importante no es el grupo de fieles en que estaremos, sino no dejar jamás de profesar la fe que nos caracteriza.

   Hay quienes quieren ser librados de sus pecados, ora haciendo el bien, ora culpando a otros del mal que han hecho, o meditando la Biblia. La multitud que aparece en el texto que estamos considerando, manifiesta que la salvación es de Dios Padre (el Anciano sentado en el trono) y de Jesucristo (el Cordero divino). En la medida que creamos esta realidad proclamada por la citada muchedumbre, seremos limpios de nuestros pecados.

   Dado que las tribus de Israel fueron doce, y los Apóstoles de Jesús también fueron doce, puede suceder que, los veinticuatro ancianos que aparecen en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, representen a los fieles a Dios del Judaísmo y el Cristianismo. Tales ancianos pueden representar a la humanidad redimida.

   Los cuatro seres vivientes, representan a los cuatro Evangelistas.

   Hay quienes creen que la tribulación mencionada en la primera lectura de hoy hace referencia a los sufrimientos de los cristianos de todos los tiempos, y quienes piensan que hace referencia a un tiempo específico de intensos padecimientos. Tal símbolo fue interpretado certeramente por los primeros lectores del Apocalipsis, pero, quienes vivimos en tiempos posteriores, no podemos hacer más que conjeturas, sin poder interpretarlo con exactitud científica. Independientemente del significado de dicha tribulación, pensemos que Dios acogerá en su presencia a quienes, aunque sufran mucho, no perderán la fe en Él.

   Los miembros de la multitud no se salvaron por causa de sus sufrimientos, sino porque blanquearon sus túnicas con la Sangre del Cordero. No se puede blanquear la ropa con sangre, pero sí se puede quitar el color de la sangre de las almas pecadoras, para que luzcan el blanco radiante, que simboliza la plenitud de la pureza.

   Todos los días nos alegramos celebrando el hecho de que han existido Santos que han servido a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres sin reservas. Hoy no solo nos acordamos de los Santos canonizados por la Iglesia, pues tenemos presentes a todos los cristianos que, a lo largo de los casi dos milenios de existencia de la Iglesia, profesaron su fe admirablemente. Los méritos de tales Santos no fueron reconocidos humanamente porque los mantuvieron en secreto, lo cual nos sirve de ejemplo a seguir, para no luchar para obtener la aprobación de los hombres, sino para servir a Dios en sus hijos, desinteresadamente, sin preocuparnos del premio que vamos a conseguir por ello, porque, Nuestro Santo Padre, no nos desamparará, y recompensa a sus leales siervos.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.

   Meditación de 1 PE. 3, 18-22.

   (1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.

   ¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.

   (1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.

   También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).

   Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.

   (1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).

   Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.

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El Señor nos ha hecho sus seguidores por su determinación y su gracia, y nos quiere dar la plenitud de la vida eterna. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. El Señor nos ha hecho sus seguidores por su determinación y su gracia, y nos quiere dar la plenitud de la vida eterna.

   Meditación de 2 TIM. 1, 8B-10.

   En un tiempo en que muchos creyentes eran arrestados y ejecutados, Pablo instó al Obispo Timoteo a que se dispusiera a ser maltratado -e incluso a morir- por el Evangelio, con la esperanza de que el amor de Dios y el poder divino se manifestaran en él, con el fin de que pudiera ser un excelente testigo -o mártir- de la fe del Señor Jesús. Es llamativo el hecho de que la fe cristiana se hace más grande cuando los creyentes son martirizados que cuando los tales viven en tiempos en que no son llamados a dolerse ni a morir con el fin de que su fe no sea extinguida de sus países.

   San Pablo resume la obra del Señor Jesús en el texto que estamos considerando brevemente. Jesús murió para salvarnos, y a nosotros nos corresponde aceptar el ofrecimiento que nos hace de concedernos la salvación.

José Portillo Pérez.
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