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Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.

   La Alianza del arco iris.

   En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.

   La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.

   El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.

   (GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.

   He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?

   ¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).

   Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.

   (GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.

   Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.

   (GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.

   (GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.

   Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:

    1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.

    2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.

    El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.

   Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.

   Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).

   (GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.

   Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   1. Meditación de GN. 3, 1-20 y referencia a los dogmas marianos.

   Estimados hermanos y amigos:

   Aunque la primera lectura correspondiente a la Solemnidad que estamos celebrando sólo abarca los versículos 9-15 y 20 del capítulo 3 del primer libro de la Biblia, he creído necesario comentar los primeros veinte versículos, para así poder reflexionar mejor, sobre el papel que desempeña Nuestra Santa Madre, en la redención de la humanidad.

   ¿Con qué finalidad creó Dios a la humanidad? Dios creó el universo, y vio que estaba bien, -es decir, que su obra existía, de acuerdo con el propósito con que la creó- (GN. 1, 31). Dios no creó el universo casualmente, sino que lo hizo con el propósito de contribuir a la creación de un Reino, en que habitaran el amor, la paz y la armonía.

   Dios creó ángeles para que nos sirvieran a Él y a los hombres (HEB. 1, 7. 14). Dios no hizo de los ángeles esclavos, sino que los dotó de la libertad necesaria para que eligieran servirlo, o rechazarlo. En el libro de Job, vemos cómo se alegraron los ángeles, cuando Nuestro Santo Padre creó la tierra (JOB. 38, 4-7).

   De la misma manera que muchos hombres rechazan a Dios, también hubo ángeles que se revelaron contra Nuestro Padre común (AP. 12, 3-4).

   Al igual que los ángeles, los hombres también fueron creados para servir y glorificar a Dios. Esta es la causa por la que en la Biblia se describe la creación del género humano, y Dios hace que los hombres dominen la tierra, haciéndoles conocer el amor con que les ama, haciéndolos copartícipes con Cristo de su futuro Reino mesiánico (GN. 1, 26-28).

   Aunque Dios le concedió al hombre poder sobre la creación, le impuso una prueba, para que le mostrara lealtad. Tal prueba consistía en que el hombre le permaneciera fiel, no haciendo de la soberbia su propia divinidad (GN. 2, 16-17).

   Adán y Eva fueron creados en estado puro, -es decir, nuestros primeros padres, no estaban marcados por la mácula del pecado- (GN. 2, 25). Tal desnudez, ha de ser entendida en el sentido de que ambos eran inocentes, pues no habían pecado.

   Adán y Eva tenían que cuidar el jardín en que Dios los puso mientras probaba su fidelidad a Él, pero, ¿hasta cuándo se prolongó la buena relación existente entre la Suma Divinidad y nuestros primeros padres?

   (GN. 3, 1). La serpiente es un símbolo del Demonio o Satanás. Tal como vimos anteriormente, Dios les prohibió a Adán y a Eva que se alimentaran del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y no de los frutos del resto de los árboles del Edén. Notemos cómo Satanás utilizó una pregunta engañosa con el doble propósito de granjearse la confianza de Eva, y de empezar a hacerla sentirse mal, por vivir sometida a Dios.

   ¿Por qué engañó el Diablo a Eva, en lugar de llevarse a Adán a su terreno? Los hebreos consideraban que los hombres eran superiores a las mujeres en todos los aspectos. Esta es la razón por la que, el autor del texto sagrado, culpó a Eva, de que el pecado y el sufrimiento, entraran en el mundo (GN. 3, 2-5).

   ¿Por qué quiso el Demonio engañar a Adán y a Eva? Al revelarse contra Dios, Satanás, -a pesar de que sabía -y no ignora- que tiene la guerra contra Dios perdida, tiene el empeño de enemistar a los hombres con la Suma Divinidad. Esta es la razón por la que el Demonio le dijo a Eva que ni Adán ni ella necesitaban vivir sujetos a Dios, sino que debían aspirar a hacer con sus vidas lo que quisieran.

   Se nos ha enseñado que la rebeldía de nuestros ancestros se nos ha contagiado, porque, ¿quién no ha decidido en alguna ocasión prescindir de Dios, sabiendo que ello es caer en el pecado, no porque Dios es autoritario, sino porque sabe que sin Él no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   (GN. 3, 6). ¿Imitamos la conducta de Eva?

   ¿Creemos que es bueno para nosotros prescindir de Dios en nuestra vida?

   ¿Nos vemos como dioses, o consideramos como dioses los bienes que sólo tienen la finalidad de estar a nuestra disposición para facilitarnos la vida?

   ¿Creemos que la verdadera sabiduría radica en prescindir del amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres?

   Además de no vivir como buenos cristianos, ¿hacemos lo posible para que nuestros prójimos pierdan la fe?

   Eva le dio a comer a Adán del fruto prohibido, y él aceptó dicho alimento por sí mismo, pues no lo hizo coaccionado por su mujer, aunque la idea de que Eva engatusó a Adán, ha hecho que muchas denominaciones cristianas consideren que los hombres son superiores a las mujeres, las cuales viven relegadas a la realización de la tarea de servir a sus familiares, sin voz ni voto en la toma de decisiones, que sólo corresponde a los hombres.

   ¿Qué sucedió cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios? Adán y Eva perdieron la inmortalidad, la munidad, -es decir, podían enfermarse-, y adquirieron la conciencia de la responsabilidad del acto que habían llevado a cabo (GN. 3, 7).

   Adán y Eva no se avergonzaron por causa de su desnudez física -la cual se describe en GN. 2, 25 simbolizando su inocencia tal como vimos anteriormente-, sino por causa de su inferioridad con respecto a Dios. El sentimiento debía ser en parte de vergüenza, y en parte de impotencia, por causa de su nueva y frágil condición humana.

   La desobediencia de nuestros primeros padres, si bien les hizo tener la experiencia del mal, -la cual les era desconocida-, no les fue necesaria, ya que, después de que hubiera terminado el tiempo en que tenían que demostrarle su fidelidad a Yahveh, hubieran vivido en la presencia de Dios, libres de todo padecimiento.

   ¿Cómo reaccionaron Adán y Eva ante Dios, después de comer del fruto prohibido? (GN. 3, 8-12). Imaginemos, por un momento, que Dios se pasea por el mundo, y que podemos sentir su presencia, tal como lo hicieron Adán y Eva, antes de desobedecer al Altísimo.

   ¿Cómo debieron sentirse Adán y Eva para esconderse de Dios, sabiendo que nadie ni nada puede ocultársele a Nuestro Creador? Dios llamó a Adán con la familiaridad de siempre. "¿Dónde estás?", -le preguntó-. ¿Por qué no vienes a recibirme como siempre? ¿Qué ha sido de la alegría con que siempre que nos vemos celebramos nuestra vinculación?

   Adán le replicó a Yahveh: Me he escondido de Ti porque no tengo valor en tu presencia.

   Dios sabía lo que había hecho Adán, pero intentó que el hombre le declarara su pecado, para probar su confianza. El hecho de que Yahveh fuera quien descubriera la desobediencia de Adán, fue otro motivo que lastimó a Nuestro Santo Padre.

   ¿Somos capaces de confesar nuestros pecados si hemos incumplido la Ley de Dios, o, tal como Adán culpó a su mujer de su desobediencia a Dios, buscamos excusas para justificar nuestros múltiples incumplimientos de los Mandamientos de Nuestro Creador?

   (GN. 3, 13-15). La condena de la serpiente, es la condena simbólica que le espera al diablo, cuando el mundo sea el Reino de Dios.

   El texto de GN. 3, 15, es llamado "Protoevangelio", por contener un anuncio de la obra salvadora que realizó Jesús que se nos relata en los Evangelios, y, además, es el fragmento bíblico, en que se inspiran todos los dogmas marianos.

   Dios le dijo a la serpiente: "Enemistad pondré entre ti y la mujer". Dado que Eva desobedeció a Dios, ella no puede ser nuestro ejemplo de fe a imitar, así pues, este es el hecho por el que la Madre de Jesús, es la nueva Eva, que es Madre espiritual de los católicos.

   La mujer de la que se habla en GN. 3, 15, no sólo es Nuestra Santa Madre, sino que también es la Iglesia redimida por Cristo, que está representada por Nuestra Señora.

   La enemistad existente entre la mujer y la serpiente, es la enemistad existente entre Dios y el mundo que le rechaza.

   El linaje de la mujer, son los hijos de la Iglesia, y, el linaje de la serpiente, son los aliados del Demonio.

   El hecho de que el linaje de la mujer le pisará la cabeza al linaje de la serpiente, significa que, aunque Jesús fue víctima del linaje de Satanás, el Señor, al resucitar de entre los muertos, venció al Demonio. La derrota de Jesús fue breve, si es comparada con los siglos sin término que se prolonga su glorificación.

   Si el texto de GN. 3, 15 se refiere a la descendencia de la mujer, -a Jesús, Hijo de María Santísima-, ¿por qué es utilizado para promover los dogmas marianos? Eva, -la primera mujer que fue creada por Dios-, tenía que haber sido un modelo de fe a imitar para toda la humanidad, pero ella decidió desobedecer a Yahveh, lo cual exigía que fuera otra mujer la que ocupara su lugar, que hubiera nacido con el privilegio de estar libre de la mancha del pecado original, que la Iglesia junto a San Pablo (ROM. 5, 12), enseña que todos contraímos, a partir del momento en que fuimos concebidos.

   Al leer la Biblia, nos percatamos de que nadie ni nada que esté relacionado con Dios, puede estar marcado por la mácula del pecado, así pues, recordemos lo escrupulosa que era la Ley mosaica con respecto a la pureza, y que, para que el sacrificio de la Redención de la humanidad fuese válido, tenía que ser llevado a cabo por Nuestro Salvador, una víctima pura, que jamás desobedeció a Dios. Por último, recordemos que, si queremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, tenemos que vivir un proceso de purificación, con el propósito de ser santificados.

   Hoy celebramos el hecho de que Nuestra Santa Madre nació libre de padecer los efectos de la mácula del pecado original. Nosotros no podemos redimirnos por nuestros medios. Lo que somos, y lo que seremos cuando nuestro mundo sea el Reino de Dios, se lo debemos a Nuestro Santo Padre. Vivimos intentando cumplir la voluntad divina, para agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que nuestras obras de seres imperfectos, no pueden compararse con la suma perfección de Nuestro Creador. Seremos salvos porque Dios nos ama, no por nuestros méritos.

   Si Nuestra Santa Madre nunca desobedeció a Dios, ello significa que le consagró su virginidad a Yahveh. La relación mantenida entre el Señor y quienes creen en Él, es comparada con una relación matrimonial. Esta es la razón por la que, cuando nuestra tierra sea el Reino de Dios, la humanidad redimida se entregará a su Señor, tal como lo hace una virgen al que será su marido.

   Por ser Madre de Dios, y por el dolor que sufrió durante las horas que se prolongó la Pasión de Nuestro Salvador, las cuales antecedieron a su Resurrección, creemos que Santa María es la Corredentora de la humanidad, lo cual justifica el papel que le atribuimos, al interpretar los símbolos de GN. 3, 15.

   Si Nuestra Santa Madre pudo corredimir a la humanidad en virtud de los méritos de Nuestro Salvador y de su pureza virginal, es lógico creer que fue asunta al cielo en cuerpo y alma, porque, al no estar marcada por la mácula del pecado original, no tiene que padecer la muerte, de la que San Pablo enseña que es el precio que pagamos, por haber nacido padeciendo los efectos de la desobediencia original (ROM. 6, 23A), y por causa de nuestros pecados personales.

   Y si Dios lo quiere, llegará el día en que sea proclamado el quinto dogma mariano, para que ello contribuya a fortalecer nuestra fe y a aumentar los hijos de nuestra Santa Madre la Iglesia, para que quede demostrado que, por ser nuestra Corredentora, María Santísima es, ante el Señor Nuestro Dios, la Abogada que necesitamos, y la Medianera de todas las gracias, por cuanto le pide al Señor todos los bienes que nos concede, por lo cuál nos regocijamos, porque, de alguna manera, -en términos espirituales-, las dádivas que recibimos de Dios, están en las manos de Nuestra Santa Madre.

   (GN. 3, 16). Este es el versículo bíblico cuya interpretación ha sometido a muchas mujeres a los hombres, por creer los tales que ellas son las responsables de que existan el mal y el dolor, por ser descendientes de Eva. Sé que esta creencia es discutible, pero me la han confirmado líderes de diferentes sectas y denominaciones cristianas.

   Por su parte, el hombre fue castigado, por escuchar la voz de la mujer que lo indujo a pecar, en lugar de obedecer la instrucción divina, que le fue dada, en espera de la conclusión de la prueba de fidelidad, a la que Yahveh lo sometió (GN. 3, 17-20).

   El texto que hemos meditado, termina afirmando dos cosas:

   1. Adán le puso nombre a su mujer, cumpliendo el anuncio que Dios le hizo a Eva, de que debía vivir sometida a su esposo, pues, para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona, significaba tener poder sobre la misma.

   2. Si Eva es la madre de la humanidad porque somos sus descendientes, María de Nazaret, es Nuestra Madre espiritual.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El origen del mal según la Biblia. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. El origen del mal según la biblia.

   Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.

   Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.

   Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.

   Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.

   Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.

   ¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.

   Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.

   El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.

   ¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?

   1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.

   2. Oremos para superar tentaciones.

   3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.

   4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.

   La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.

   Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.

   Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.

   El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.

   Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).

   Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.

   Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.

   Meditación.

   Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y  superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.

   ¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.

   El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).

   Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.

   San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).

   A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).

   El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).

   Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).

   Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.

   El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).

   Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).

   La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.

   Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).

   ¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.

   Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.

   Nota:

   Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com