Meditación.
Después de leer atentamente con ojos incrédulos el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, un ateo exclamó lleno de asombro: “¡Ese Jesús debía estar loco!
¿Cómo podemos amar a aquellos de quienes creemos que nos odian, independientemente de que nuestra idea respecto del citado desprecio tenga fundamentos sólidos y reales?”.
Quienes sois padres podéis hablar extendiéndoos mucho sobre lo que significa dar dádivas materiales y espirituales sin recibir nada a cambio, pero, ¿seremos capaces de dejar que quienes nos roben nos asalten nuevamente? Esta cuestión es muy llamativa para mí, porque he sido víctima de un grupo de adolescentes en varias ocasiones.
El lenguaje de Jesús es claro y sencillo, pero es difícil encontrar a un personaje ilustre que sin usar de la poesía haya explicado con tanta magnificencia como lo hizo el Hijo de María en su tiempo el significado del amor y las consecuencias que sufren quienes viven y aman a pesar de la adversidad que ello pueda significar para ellos y sus seres queridos en un determinado periodo de tiempo.
El próximo miércoles empezaremos a conmemorar el tiempo de Cuaresma, durante el cual nos ampararemos en la meditación de la Palabra de Dios, para aprender a amarnos nosotros y aceptar a nuestros prójimos con sus virtudes y defectos. Es esta la razón por la cual creo oportuno el hecho de enumerar las características del amor de que nos habla San Pablo en su primera Carta a los cristianos de Corinto.
1. El amor es comprensivo.
2. El amor es servicial.
3. El amor no sabe nada de envidias.
4. El amor no sabe nada de jactancias.
5. El amor no es orgulloso.
6. El amor no es egoísta.
7. El amor no pierde los estribos.
8. El amor no es grosero.
9. El amor no es rencoroso.
10. El amor no se alegra de la injusticia.
11. El amor encuentra su gozo en la verdad.
12. El amor disculpa sin límites.
13. El amor confía sin límites.
14. El amor espera sin límites.
15. El amor soporta la adversidad sin límites.
16. El verdadero amor nunca muere (1 COR. 13, 4-8A).
Sería interesante el hecho de que todos memoricemos las características del amor para intentar aplicarlas a nuestra vida. Analicemos todos los acontecimientos que vivamos y conozcamos bajo la óptica del amor con que Dios nos ha llamado a ser sus hijos la forma de interpretar los mismos.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
Una llamada muy especial. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
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Los predilectos de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
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