Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
¿Cuál es nuestra mayor riqueza? (Meditación del Evangelio del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?
Meditación de MC. 10, 17-30.
1. El joven rico.
(MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.
¿Tenemos la costumbre de orar?
¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?
El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.
el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.
Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.
Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.
(MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.
En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.
Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.
¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).
¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).
Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.
¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?
(MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.
En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.
¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.
(MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.
Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?
el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?
Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.
Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.
¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?
Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.
¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?
Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.
Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.
Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.
Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.
¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?
2. La fe, la riqueza y el egoísmo.
(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.
Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.
La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.
¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).
(MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?
Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.
3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?
(MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.
Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.
Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.
Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?
Meditación de MC. 10, 17-30.
1. El joven rico.
(MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.
¿Tenemos la costumbre de orar?
¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?
El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.
el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.
Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.
Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.
(MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.
En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.
Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.
¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).
¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).
Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.
¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?
(MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.
En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.
¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.
(MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.
Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?
el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?
Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.
Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.
¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?
Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.
¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?
Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.
Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.
Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.
Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.
¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?
2. La fe, la riqueza y el egoísmo.
(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.
Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.
La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.
¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).
(MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?
Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.
3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?
(MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.
Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.
Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.
Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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El matrimonio cristiano. (Meditación del Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
2. Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente.
Meditación de GN. 2, 18-24.
Existen dos tipos de contradicciones en los textos bíblicos. Las primeras disparidades se justifican porque no afectan al campo dogmático-doctrinal, y porque los textos bíblicos están encaminados a enriquecernos en el citado campo, pues sus autores no les concedieron importancia a aspectos triviales, los cuales, en la actualidad, para mucha gente son más importantes, que la espiritualidad. Veamos un ejemplo de ello, entresacado de dos relatos diferentes de la Resurrección de Jesús: (MC. 16, 8. MT. 28, 8). ¿Cómo se explica la discrepancia que estamos considerando? Debemos tener en cuenta que los Evangelios, al mismo tiempo que son relatos de la vida, la obra, la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, también son narraciones de cómo las primeras comunidades cristianas vivían su fe en Nuestro Salvador. San Marcos escribió su Evangelio para cristianos de la segunda generación supervivientes de la persecución de Nerón, entre quienes había grandes ejemplos de fe, y gente decepcionada de un Salvador que parecía mostrarse indolente ante sus sufrimientos, que no estaba relacionada con la doctrina de la Resurrección de Nuestro Redentor, como podían estarlo los lectores de San Mateo, porque los tales eran judíos, conocían el Antiguo Testamento, y, al hacerse cristianos, adoptaron la interpretación de los antiguos textos de los que se deduce que el Mesías debía morir y resucitar, aceptando la predicación de Jesús, sus Apóstoles y diáconos. De aquí se deduce el hecho de que según San Marcos las citadas mujeres no quisieran anunciarles a los discípulos del Señor que el Mesías había resucitado para que los tales no creyeran que habían perdido la cordura, y de que, según San Mateo, ellas no tuvieran inconveniente alguno en aceptar la Resurrección de Jesús, pues comprobaron, por sí mismas, que dichas profecías se habían cumplido, al recibir el anuncio de la Resurrección del Señor, y al poder ver al Mesías (MT. 28, 8-9).
¿Cómo podemos pensar que los textos bíblicos que estamos considerando son útiles para el crecimiento de la fe que nos caracteriza, y que sus discrepancias no coartan la misma, haciéndonos verlos como incoherentes? Los mismos discípulos de Jesús que llegaron a ser sus Apóstoles, tuvieron dudas con respecto a la Resurrección del Señor. Si las citadas mujeres llegaron a dudar de tal hecho, también lo hacemos nosotros, cuando se nos debilita la fe. Dado que vinculando todos los relatos evangélicos de la Resurrección del Señor de los cuatro Evangelios (MT. 28. MC. 16. LC. 24. JN. caps. 20-21), averiguamos que muchos creyentes aceptaron la Resurrección del Señor, nos percatamos de que, ambas discrepancias, nos aportan enseñanzas útiles.
Las segundas disparidades bíblicas afectan al campo dogmático-doctrinal, y, dado que la Biblia al contener la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma, -pues o se aclaran dichas discrepancias, o tenemos que llegar a la conclusión de que la Biblia no contiene la Palabra de Dios, sino la Palabra de los hombres, lo cual nos lleva a la conclusión de que, la fe que profesamos, es efímera-, se hace necesario aclarar dichas supuestas contradicciones.
(GN. 1, 27; 5, 1-2). Según los citados textos, los hombres y las mujeres, tienen la misma dignidad ante Dios, lo cual nos da pistas para comprender la importancia del matrimonio. A la luz de dichos textos, cuando en la Biblia se nos habla de la creación del hombre, también entendemos que se nos habla de la creación de la mujer. La mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, y es la madre de la vida, lo cual nos hace reflexionar sobre los roles que debemos asumir en nuestras relaciones matrimoniales quienes estamos casados. GN. 1, 27, GN. 5, 1-2, y GN. 2, 7, no pueden estar desconectados entre sí, para que la Biblia, al no ser objeto de una disparidad dogmático-doctrinal que no se puede aclarar, no deje de contener la Palabra de Dios.
(GN. 2, 7). Según el Génesis, la mujer procede del hombre, y la humanidad procede de Eva, la primera mujer que fue creada por Dios. La sumisión no significa humillación, sino servicio. Quienes estamos casados tenemos que asumir nuestros roles, amándonos, respetándonos y sirviéndonos, con el fin de que nuestras relaciones no se extingan.
La dependencia de la mujer del hombre y del hombre de la mujer, significa que Dios quiere que quienes estamos casados no pensemos en nosotros en singular, sino en plural, cuando ello sea factible. Hombres y mujeres hemos sido llamados a tener una misma forma de sentir y actuar, lo cual naturalmente no siempre es fácil de conseguir, pero no por ello dejaremos de intentarlo, si verdaderamente amamos a la persona que comparte su vida con nosotros. Si la mujer es parte del hombre, ello significa que el hombre también es parte de la mujer, y que las relaciones que mantenemos quienes estamos casados con nuestros cónyuges, deben estar basadas en el amor, y no en la explotación del más débil, por parte de quien tenga el carácter más fuerte.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos con respecto a los fines del matrimonio:
"Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.
Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad" (CIC. n. 2363).
El principal fin del matrimonio, -más allá del servicio recíproco de los cónyuges, y de la crianza y educación de los hijos-, es la realización de la vocación de servicio a Dios. Tal como los religiosos se consagran a Dios, quienes estamos casados podemos servir a nuestros cónyuges e hijos, como si de Dios se tratara.
Si no consideramos las carencias de nuestros cónyuges e hijos como si fueran nuestras, ¿cómo podremos renunciar al egoísmo característico de muchos, para servirlos desinteresadamente?
Veamos algunas características del matrimonio, que se deducen, a partir de los siguientes textos bíblicos.
-Entreguémonos plenamente a nuestros cónyuges, pues ello beneficiará las relaciones que mantenemos con ellos (GN. 24, 58-60. FLP. 2, 1-5).
-Enamoremos a quienes comparten su vida con nosotros, como si cada día fuera la primera ocasión en que nos declaramos el amor que sentimos. Que no se convierta en rutina vacía nuestra convivencia matrimonial, para que nunca muera el amor (CT. 4, 7-11).
-Dios nos incita a ser fieles (MAL. 2, 15-16. PR. 5, 18-20).
-El matrimonio debe basarse en el servicio, la ayuda y la confianza mutuas de los cónyuges, porque Dios desea que sea indisoluble (MT. 19, 6).
-El matrimonio no debe basarse exclusivamente en la fuerza con que experimentamos sentimientos, sino en los principios sobre los que se fundamenta el amor de los cónyuges.
-El matrimonio debe ser puro, estable, bueno y honorable, y debe aportarles amor, confianza, y seguridad a los cónyuges (HEB. 13, 4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a quienes estamos casados a desarrollar la vocación que de Él hemos recibido, para que siempre haya constancia en el mundo, de que, el matrimonio cristiano, no es una utopía, sino una realidad que siempre que los cónyuges tengan fe en Dios y no dejen de amarse, podrá realizarse plenamente.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente.
Meditación de GN. 2, 18-24.
Existen dos tipos de contradicciones en los textos bíblicos. Las primeras disparidades se justifican porque no afectan al campo dogmático-doctrinal, y porque los textos bíblicos están encaminados a enriquecernos en el citado campo, pues sus autores no les concedieron importancia a aspectos triviales, los cuales, en la actualidad, para mucha gente son más importantes, que la espiritualidad. Veamos un ejemplo de ello, entresacado de dos relatos diferentes de la Resurrección de Jesús: (MC. 16, 8. MT. 28, 8). ¿Cómo se explica la discrepancia que estamos considerando? Debemos tener en cuenta que los Evangelios, al mismo tiempo que son relatos de la vida, la obra, la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, también son narraciones de cómo las primeras comunidades cristianas vivían su fe en Nuestro Salvador. San Marcos escribió su Evangelio para cristianos de la segunda generación supervivientes de la persecución de Nerón, entre quienes había grandes ejemplos de fe, y gente decepcionada de un Salvador que parecía mostrarse indolente ante sus sufrimientos, que no estaba relacionada con la doctrina de la Resurrección de Nuestro Redentor, como podían estarlo los lectores de San Mateo, porque los tales eran judíos, conocían el Antiguo Testamento, y, al hacerse cristianos, adoptaron la interpretación de los antiguos textos de los que se deduce que el Mesías debía morir y resucitar, aceptando la predicación de Jesús, sus Apóstoles y diáconos. De aquí se deduce el hecho de que según San Marcos las citadas mujeres no quisieran anunciarles a los discípulos del Señor que el Mesías había resucitado para que los tales no creyeran que habían perdido la cordura, y de que, según San Mateo, ellas no tuvieran inconveniente alguno en aceptar la Resurrección de Jesús, pues comprobaron, por sí mismas, que dichas profecías se habían cumplido, al recibir el anuncio de la Resurrección del Señor, y al poder ver al Mesías (MT. 28, 8-9).
¿Cómo podemos pensar que los textos bíblicos que estamos considerando son útiles para el crecimiento de la fe que nos caracteriza, y que sus discrepancias no coartan la misma, haciéndonos verlos como incoherentes? Los mismos discípulos de Jesús que llegaron a ser sus Apóstoles, tuvieron dudas con respecto a la Resurrección del Señor. Si las citadas mujeres llegaron a dudar de tal hecho, también lo hacemos nosotros, cuando se nos debilita la fe. Dado que vinculando todos los relatos evangélicos de la Resurrección del Señor de los cuatro Evangelios (MT. 28. MC. 16. LC. 24. JN. caps. 20-21), averiguamos que muchos creyentes aceptaron la Resurrección del Señor, nos percatamos de que, ambas discrepancias, nos aportan enseñanzas útiles.
Las segundas disparidades bíblicas afectan al campo dogmático-doctrinal, y, dado que la Biblia al contener la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma, -pues o se aclaran dichas discrepancias, o tenemos que llegar a la conclusión de que la Biblia no contiene la Palabra de Dios, sino la Palabra de los hombres, lo cual nos lleva a la conclusión de que, la fe que profesamos, es efímera-, se hace necesario aclarar dichas supuestas contradicciones.
(GN. 1, 27; 5, 1-2). Según los citados textos, los hombres y las mujeres, tienen la misma dignidad ante Dios, lo cual nos da pistas para comprender la importancia del matrimonio. A la luz de dichos textos, cuando en la Biblia se nos habla de la creación del hombre, también entendemos que se nos habla de la creación de la mujer. La mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, y es la madre de la vida, lo cual nos hace reflexionar sobre los roles que debemos asumir en nuestras relaciones matrimoniales quienes estamos casados. GN. 1, 27, GN. 5, 1-2, y GN. 2, 7, no pueden estar desconectados entre sí, para que la Biblia, al no ser objeto de una disparidad dogmático-doctrinal que no se puede aclarar, no deje de contener la Palabra de Dios.
(GN. 2, 7). Según el Génesis, la mujer procede del hombre, y la humanidad procede de Eva, la primera mujer que fue creada por Dios. La sumisión no significa humillación, sino servicio. Quienes estamos casados tenemos que asumir nuestros roles, amándonos, respetándonos y sirviéndonos, con el fin de que nuestras relaciones no se extingan.
La dependencia de la mujer del hombre y del hombre de la mujer, significa que Dios quiere que quienes estamos casados no pensemos en nosotros en singular, sino en plural, cuando ello sea factible. Hombres y mujeres hemos sido llamados a tener una misma forma de sentir y actuar, lo cual naturalmente no siempre es fácil de conseguir, pero no por ello dejaremos de intentarlo, si verdaderamente amamos a la persona que comparte su vida con nosotros. Si la mujer es parte del hombre, ello significa que el hombre también es parte de la mujer, y que las relaciones que mantenemos quienes estamos casados con nuestros cónyuges, deben estar basadas en el amor, y no en la explotación del más débil, por parte de quien tenga el carácter más fuerte.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos con respecto a los fines del matrimonio:
"Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.
Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad" (CIC. n. 2363).
El principal fin del matrimonio, -más allá del servicio recíproco de los cónyuges, y de la crianza y educación de los hijos-, es la realización de la vocación de servicio a Dios. Tal como los religiosos se consagran a Dios, quienes estamos casados podemos servir a nuestros cónyuges e hijos, como si de Dios se tratara.
Si no consideramos las carencias de nuestros cónyuges e hijos como si fueran nuestras, ¿cómo podremos renunciar al egoísmo característico de muchos, para servirlos desinteresadamente?
Veamos algunas características del matrimonio, que se deducen, a partir de los siguientes textos bíblicos.
-Entreguémonos plenamente a nuestros cónyuges, pues ello beneficiará las relaciones que mantenemos con ellos (GN. 24, 58-60. FLP. 2, 1-5).
-Enamoremos a quienes comparten su vida con nosotros, como si cada día fuera la primera ocasión en que nos declaramos el amor que sentimos. Que no se convierta en rutina vacía nuestra convivencia matrimonial, para que nunca muera el amor (CT. 4, 7-11).
-Dios nos incita a ser fieles (MAL. 2, 15-16. PR. 5, 18-20).
-El matrimonio debe basarse en el servicio, la ayuda y la confianza mutuas de los cónyuges, porque Dios desea que sea indisoluble (MT. 19, 6).
-El matrimonio no debe basarse exclusivamente en la fuerza con que experimentamos sentimientos, sino en los principios sobre los que se fundamenta el amor de los cónyuges.
-El matrimonio debe ser puro, estable, bueno y honorable, y debe aportarles amor, confianza, y seguridad a los cónyuges (HEB. 13, 4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a quienes estamos casados a desarrollar la vocación que de Él hemos recibido, para que siempre haya constancia en el mundo, de que, el matrimonio cristiano, no es una utopía, sino una realidad que siempre que los cónyuges tengan fe en Dios y no dejen de amarse, podrá realizarse plenamente.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Aceptemos al verdadero Mesías. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Aceptemos al verdadero Mesías.
Meditación de MC. 8, 27-35.
1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.
Estimados hermanos y amigos.
(MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.
Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.
Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.
Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.
Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
(MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?
¿Fue Jesús un revolucionario?
¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?
¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?
No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.
3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?
(MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.
4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.
(DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.
5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.
(MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.
Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.
Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.
Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.
Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).
Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.
6. Llevemos nuestras cruces dignamente.
(MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.
Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.
(MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.
Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.
Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.
Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Aceptemos al verdadero Mesías.
Meditación de MC. 8, 27-35.
1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.
Estimados hermanos y amigos.
(MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.
Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.
Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.
Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.
Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
(MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?
¿Fue Jesús un revolucionario?
¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?
¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?
No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.
3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?
(MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.
4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.
(DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.
5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.
(MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.
Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.
Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.
Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.
Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).
Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.
6. Llevemos nuestras cruces dignamente.
(MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.
Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.
(MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.
Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.
Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.
Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
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¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos? (Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?
Estudio de MC. 7, 1-23.
Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.
1. Jesús fue espiado por los fariseos.
Estimados hermanos y amigos:
Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.
Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.
Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.
(MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.
Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.
Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.
Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).
Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).
Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).
Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.
A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).
Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.
Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.
Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.
Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.
¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?
¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?
¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?
¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?
Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.
Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.
No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.
Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).
Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.
Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).
La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).
Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).
No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.
Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.
(MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.
2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.
(MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.
¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?
A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.
Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.
En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.
Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.
Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).
Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.
(MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).
Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.
(MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?
¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?
(MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.
Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.
3. ¿Qué hace impuros a los hombres?
(MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.
Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).
Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación.
¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?
Estudio de MC. 7, 1-23.
Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.
1. Jesús fue espiado por los fariseos.
Estimados hermanos y amigos:
Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.
Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.
Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.
(MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.
Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.
Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.
Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).
Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).
Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).
Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.
A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).
Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.
Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.
Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.
Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.
¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?
¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?
¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?
¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?
Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.
Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.
No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.
Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).
Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.
Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).
La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).
Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).
No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.
Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.
(MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.
2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.
(MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.
¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?
A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.
Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.
En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.
Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.
Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).
Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.
(MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).
Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.
(MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?
¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?
(MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.
Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.
3. ¿Qué hace impuros a los hombres?
(MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.
Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).
Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Familia de Jesús y la virginidad de María. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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