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Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.

   Meditación de 1 PE. 3, 18-22.

   (1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.

   ¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.

   (1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.

   También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).

   Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.

   (1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).

   Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.

José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere lo mejor de sus hijos. (Meditación de la I lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.

   Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.

   Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.

   Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.

   Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.

   Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   (ROM. 8, 14-17). A pesar de las esperanzadoras palabras de San Pablo con que hemos comenzado nuestra meditación dominical, de la misma forma que cuando leemos una novela cuyo protagonista tiene que sufrir grandes dificultades nos inquietamos hasta ver cómo las mismas se resuelven, lo cuál contribuye a devolvernos el sosiego, con nuestra vida nos sucede lo mismo, así pues, a pesar de que se nos ha dicho muchas veces que no hemos de afligirnos por nuestros problemas actuales, sino que hemos de pensar que algún día viviremos en un mundo mucho mejor que nuestra sociedad actual, si bien el citado mensaje es esperanzador, ¿indica ello que no hemos de resolver nuestras dificultades actuales, y que únicamente debemos pensar en consolarnos pensando que el mundo se acabará muy pronto? Aunque leyendo la mayoría de las publicaciones católicas no llegamos a la conclusión que os he planteado en la pregunta que os contestaré en esta meditación, debemos tener cuidado con muchos de nuestros hermanos cristianos que viven mirando al fin del mundo, de manera que no resuelven sus asuntos convenientemente.

   Nosotros, a pesar de que San Pablo nos dice las palabras que leemos en ROM. 8, 18, aunque no carecemos de la esperanza de vivir en el Reino de Dios cuando el mismo sea plenamente instaurado entre nosotros, no podemos dejar de esforzarnos para conseguir resolver nuestros problemas.

   San Pablo nos habla en su Carta a los romanos de los sufrimientos característicos de la humanidad, en los siguientes términos: (ROM. 8, 19-23).

   San Pablo nos ha dicho muy claramente que Dios dispuso a su tiempo que sufriéramos. Esto no significa que Nuestro Padre celestial se divierta a costa de nuestro padecimiento, sino que permite que, a través de las dificultades características de nuestra vida, tengamos la oportunidad de relacionarnos con Él, con el fin de que deseemos alcanzar la salvación.

   Aunque recientemente he tratado el tema sobre el que meditaremos a continuación, es necesario que volvamos a considerarlo nuevamente, dado que vivimos en un tiempo en que tenemos muchos medios de comunicación aunque no todos somos muy comunicativos, y, además de sufrir una crisis espiritual mundial cuyos efectos nos atraen muchos padecimientos, estamos siendo víctimas de una crisis económica también de carácter mundial, la cuál empeorará la situación de ricos y pobres, y especialmente afectará a muchos de quienes no hayan sido formados convenientemente para tener y ejercer fe en Nuestro Padre común.

   (ROM. 8, 28). ¿Son ciertas las palabras del Apóstol que estamos considerando?

   ¿Hasta qué punto nos es provechoso el hecho de padecer por cualquier causa para alcanzar la salvación?

   ¿De qué manera nos son útiles las circunstancias difíciles que caracterizan nuestra vida a fin de que podamos ser salvos?

   ¿Por qué no ha escogido Dios un medio más fácil para que queramos creer en Él, en vez de utilizar las dificultades que vivimos para que tengamos el deseo y la necesidad de confiar en Nuestro Padre común?

   ¿Cuándo nos percataremos de que nuestros padecimientos son útiles?

   Para responder todas las cuestiones relacionadas con el sufrimiento, debemos tener una gran fe, así pues, imitemos al Apóstol Pablo, el Santo que les escribió a los cristianos Filipenses, las palabras que encontramos en FLP. 3, 10-11.

   También nos es necesario conocer a Dios, -Nuestro mejor amigo-, pues a Nuestro Padre celestial se le puede aplicar el siguiente proverbio bíblico: (PR. 17, 17).

   Además de una gran fe y del conocimiento de Dios, para responder las cuestiones relacionadas con el dolor, necesitamos ser optimistas, según el siguiente proverbio: (PR. 17, 22).

   También nos es necesario orar mucho, pues, dado que no somos dueños de nuestro destino, tenemos que aplicarnos el siguiente texto: (PR. 16, 1).

   Contestemos la primera pregunta relacionada con el dolor que nos hemos planteado.

   ¿Hasta qué punto nos es provechoso el hecho de padecer por cualquier causa para alcanzar la salvación? Cuando tenemos dificultades que superar podemos darnos cuenta de la fuerza que tenemos para afrontar nuestros problemas, nos hacemos conscientes del hecho de que somos débiles, comprobamos si verdaderamente nos aman nuestros familiares y amigos, y, si no nos desesperamos y no perdemos la fe, también nos damos cuenta de que Dios está con nosotros ayudándonos a vencer los obstáculos característicos de nuestra vida. Es cierto que en la actualidad recibimos mucha ayuda de Dios a fin de que podamos comprender su designio salvífico, y que en muchas ocasiones Nuestro Creador tarda tiempo en venir en nuestro auxilio, pero, durante el tiempo que tarda en socorrernos, podemos adquirir su conocimiento, a fin de que, cuanto más grande sea la fe que tenemos, más felices seamos cuando venzamos nuestras dificultades actuales, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   (SAL. 37, 3-6). Tenemos que confiar en Dios, porque Él no nos desamparará jamás. (SAL. 125, 1).

   ¿Por qué no ha escogido Dios un medio más fácil para que queramos creer en Él, en vez de utilizar las dificultades que vivimos para que tengamos el deseo y la necesidad de confiar en Nuestro Padre común? Ana no tuvo en cuenta el consejo que su madre le dio cuando conoció a un chico muy especial que le hizo amarlo mucho. Aquella joven de quince años no podía creer a su madre cuando ésta le decía que esperara al menos unos años a fin de comprobar si su amigo la amaba antes de mantener relaciones sexuales con él, pues aquella mujer no deseaba que su hija viviera la misma experiencia que ella vivió cuando su primer novio la dejó estando en estado de gestación, lo cuál la obligó a madurar muy rápidamente en un  corto espacio de tiempo, un hecho que le costó mucho sufrimiento. Ana siempre había obedecido puntualmente los consejos de su madre, pero, desgraciadamente, en aquella ocasión, se dejó embaucar por un adolescente que fingió amarla locamente, hasta que consiguió mantener relaciones sexuales con ella, y la desamparó cuando sintió el deseo de conocer a otras chicas. DE la misma manera que Ana no obedeció el consejo de su madre, Adán y Eva comieron del fruto prohibido, y, nosotros, imitando a nuestros primeros padres, dejamos de asistir a las reuniones católicas formativas y a las celebraciones de la Eucaristía, por lo que, en cada ocasión que tenemos que afrontar y confrontar una nueva dificultad, nos preguntamos: ¿Por qué nos ha hecho Dios esto?, de manera que no valoramos la responsabilidad que tenemos de seguir la siguiente instrucción del Profeta Isaías: (IS. 48, 17).

   Quizás me diréis: Damos por sentado el hecho de que si actuamos sin valorar las consecuencias de nuestras acciones, si no consultamos a quienes tengan más experiencia que nosotros con respecto a lo que deseemos hacer, y que, si no escudriñamos la Palabra de Dios antes de llevar a cabo alguna acción cuyo resultado nos cause sufrimiento, no se puede culpar a Dios por causa de los problemas que nos buscamos, pero, ¿qué nos puedes decir de los niños que nacen con enfermedades muy graves, y viven privados de ser felices?

   Con respecto a esta cuestión es muy difícil encontrar detalles en la Biblia, dado que los judíos creían que los enfermos pagaban el castigo que merecían, ya fuera por sus pecados, o por causa de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de sus padres. A pesar de ello, el Salmista escribió el siguiente texto, que leemos en el SAL. 139, 12-16. Aunque es muy difícil de creer que el autor del Salmo 139 supiera en su tiempo lo que es un embrión, -de hecho, el versículo 16 indica que Dios nos conoce desde siempre-, podemos comprender al leer los citados versículos del libro de los Salmos que Dios conoce nuestra vida, y que todos, independientemente de que estemos sanos o enfermos, tenemos una misión que cumplir, así pues, dado que la curación de los enfermos será una poderosa razón para que creamos en Dios cuando Nuestro Padre común concluya la instauración de su Reino en el mundo, Isaías escribió: (IS. 35, 5-6. 25, 9).

   Hemos visto que la Biblia nos da consejos para que tengamos la esperanza de vivir en el Reino de Dios, pero, ¿podemos encontrar en la Palabra de Dios recomendaciones para sobrevivir a nuestras dificultades actuales? Aunque os escribiré sobre esta cuestión en otra ocasión para no alargar demasiado este texto, veamos algunas citas bíblicas que pueden ayudarnos a ser mejores personas.

   (PR. 12, 18). Este proverbio puede servirnos para meditar sobre los efectos que tiene la murmuración. En diciembre del pasado año 2007, me fui del pueblo en que vivo para iniciar mi trabajo de camarero. Cuando he vuelto a dicho pueblo en marzo del año 2009, algunos vecinos me han comentado que se han dicho de mí algunas cosas, como las que siguen:

⦁    El negocio de José fracasó, así pues, no quiere volver a este pueblo porque se siente avergonzado por ese fracaso.

⦁    Lo han visto en Málaga, vendiendo lotería de ciegos.

⦁    Dicen que se ha ido a vivir a Madrid, que ha encontrado un trabajo nuevo y que se defiende bastante bien.

⦁    Los que lo han visto dicen que se ha dejado el pelo largo, y que tiene una mala vida.

   Lo curioso del caso es que ninguno de esos y otros comentarios que se han hecho en mi pueblo con respecto a mí no son correctos, pues lo único que hice es pedir ayudas a la Junta de Andalucía que me corresponden legalmente por mi minusvalía, e intentar buscar trabajo.

   (PR. 24, 15-16). El Sagrado Hagiógrafo no nos dice que respetemos a los que tienen fe (los justos o creyentes) a fin de que no se nos llame malvados, sino que si cometemos fallos tendremos oportunidades para no volver a cometer una y otra vez los mismos errores, pero si hacemos el mal o nos dejamos arrastrar por los vicios, nuestra ruina será inminente, e incluso podremos arriesgar nuestra vida y la existencia de nuestros amados familiares.

   (PR. 5, 18-20). Este texto de los Proverbios se explica por sí mismo, dado que todos conocemos los efectos que conlleva la poligamia, así pues, todos los casos que aparecen en la Biblia en que vemos a algunos hombres que tienen más de una mujer, son historias marcadas por el sufrimiento.

   Concluyamos esta meditación atendiendo a las palabras de Santiago, el medio hermano de Jesús: (ST. 4, 8).

   Pidámosle a Nuestro Padre común que, de la misma manera que Jesús venció la muerte, podamos vencer nuestras dificultades actuales, al mismo tiempo que también seamos capaces de percatarnos del aumento progresivo de la fe que nos caracteriza.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

El Señor ha amanecido sobre nosotros. (Meditación de la primera lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.

   Meditación de IS. 60, 1-6.

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.

   Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.

   Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.

   En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.

   El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.

   Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?

   Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com