3. El proceso de la fe.
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús me abrió los ojos. (Dinámica catequética para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A y el 24 de diciembre).
Dinámica catequética.
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
Existen varias formas de afrontar y confrontar las circunstancias que nos acaecen a lo largo de nuestras vidas, así pues, los hechos por cuya contemplación muchos se sienten infelices, son para otros las razones sobre las que se fundamenta su alegría, pues han descubierto una forma de vivir que es conocida por un número de personas muy reducido, que les permite desear alcanzar un estado de perfección mayor, con el fin de sentirse más realizados. Los textos litúrgicos correspondientes a los Domingos de Cuaresma que estamos meditando están intrínsecamente relacionados unos con otros, así pues, el Domingo I de este tiempo de oración y penitencia, nos instaban a ver nuestras virtudes y limitaciones, con el fin de recordarnos que podemos ser, según vimos el Domingo II de este tiempo de ayuno y abstinencia, transfigurados y configurados a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús, por consiguiente, si los materialistas fundamentan su felicidad en los pilares del poder, el prestigio y la riqueza, según constatamos el Domingo anterior, la vivencia cristiana se fundamenta en la gracia divina, y, en la recepción de los Sacramentos por nuestra parte que son administrados por nuestra Santa Madre la Iglesia. En esta ocasión, vamos a continuar nuestro ascenso espiritual, aprendiendo a contemplar los hechos que nos acaecen desde la óptica de Nuestro Padre común.
Como la Iglesia pretende enseñarnos este Domingo IV de preparación de la Pascua a ver los acaeceres de nuestras vidas desde el punto de vista de Dios, San Juan, en el Evangelio de hoy, nos hace ver la vida a partir de la experiencia que tuvo un ciego que pudo ver gracias al prodigio que realizó en él nuestro Hermano y Señor Jesús. ¿Por qué nos presenta la Iglesia al ciego del Evangelio de hoy? La vivencia cristiana es completamente diferente a la óptica de quienes carecen de fe en Nuestro Criador, de la misma manera que existe una diferencia radical entre las percepciones de los ciegos y la utilización del sentido de la vista de quienes pueden ver.
Para comprender el Evangelio de hoy puede sernos muy útil reflexionar brevemente sobre la forma que los ciegos tienen de captar las cosas que les rodean. Los ciegos pueden tocar las flores, pueden saber la forma que tienen las mismas, pueden percibir su olor y conocer su tamaño, pero están privados de concebir la belleza de las mismas, que es, precisamente, el primer detalle que captan los ojos de quienes pueden ver. La utilización del tacto no es tan rápida como la captación visual, así pues, por causa de la citada lentitud de los ciegos a la hora de percibir ciertas sensaciones se les hacen a los mismos desarrollar una serie de virtudes como la paciencia y la templanza, que no les son tan necesarias como a ellos a quienes pueden ver perfectamente, porque su visión suple la necesidad de ejercitar las mismas. Los ciegos tienen que realizar un gran esfuerzo para caminar por lugares que les son desconocidos, para aprender a desenvolverse en el mundo de los que ven perfectamente acomodándose a los recursos que pueden poseer para ello, y, sobre todo, tienen que suplir su carencia visual utilizando la memoria, por consiguiente, mientras quienes ven por ejemplo pueden ordenar sus habitaciones cambiando muchas cosas de sitio, ellos, al cambiar unos cuantos centímetros un objeto que siempre colocan en un determinado espacio, pueden encontrarse desorientados.
Lamentablemente la gente tiene la costumbre de apoyar mucho a los ciegos. La buena intención que la gente tiene de ayudarles puede hacerles caer en el aletargamiento de no querer superarse en muchos aspectos porque se les suple sus carencias, así pues, si la gente les ayuda a cruzar desde una calle a otra, ¿qué necesidad tienen de ayudarse de sus bastones para ello? Muchos dependen de sus familiares porque ellos cubren todas sus necesidades, de manera que les convierten en dependientes de sí mismos, que se sienten desgraciados cuando les faltan sus protectores, pues nunca se preocuparon de desarrollar sus virtudes, porque nunca tuvieron necesidad de hacerlo, y, cuanto más mayores son en el tiempo en que han de defenderse con escasa ayuda, más torpes se sienten para confrontar sus problemas.
Ojalá todos nos acerquemos a Dios antes de que el dolor embargue nuestro espíritu, las dificultades que padecemos nos hagan desconfiar hasta de nosotros, e involuntariamente coartemos las posibilidades que tenemos de ser mejores personas en todos los aspectos en los que podemos crecer.
2. Cuando Jesús y sus futuros Apóstoles vieron al ciego del que San Juan nos habla en el Evangelio de hoy, los discípulos quisieron saber si la ceguera del mismo era el castigo que merecía por causa de sus pecados o por la supuesta transgresión del cumplimiento de la Ley de Dios que pudieron llevar a cabo sus antepasados. Ante la carencia de explicaciones científicas convincentes, los judíos creían que los ciegos, los leprosos y los que no tenían descendientes, eran como muertos, según consta en el Talmud hebreo. Los Hagiógrafos bíblicos siempre les pedían encarecidamente a sus lectores que fueran piadosos con los ciegos, evitándoles los obstáculos que pudieran hacerles caer al suelo al tropezar con ellos, ya que, dicha caída, hacía más evidente la expresión del significado de la desgracia que en aquel tiempo simbolizaba la carencia de visión. Ya que la ceguera era una desgracia de las más difíciles de soportar, los judíos creían que la citada enfermedad sólo podía contraerse como eminente castigo de Dios.
Jesús les respondió a sus discípulos: (JN. 9, 3).
Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús, la curación de la ceguera, el cáncer y otras enfermedades, hará que quienes no creen en Nuestro Padre común se conviertan a Él. Tal como veremos el próximo Domingo, Dios se valió de la enfermedad y posterior muerte de Lázaro para que quienes no creían en Jesús como Mesías comprobaran cómo la gloria del Altísimo se manifestó en Él (JN. 11, 4). Es políticamente incorrecto el hecho de que nos valgamos del sufrimiento ajeno para ascender el monte espiritual de nuestra existencia mortal, pero Dios nos recompensará debidamente a quienes, sin pretenderlo, estamos siendo utilizados para aumentar la fe o para hacer nacer la esperanza en el corazón de la gente que carece de las citadas virtudes divinas. Nuestra sociedad se rige por la óptica del Marketing, así pues, todos valemos el trabajo que somos capaces de realizar en el menor tiempo posible, el poder, la riqueza y el prestigio de que gozamos, pero, desde el punto de vista de Dios, como hemos nacido y se nos ha encomendado una misión determinada por Nuestro Padre común, todas las circunstancias que vivimos tienen un significado concreto, gracias al cuál, toda forma de vida es útil en la realización del designio salvífico y divino de Nuestro Padre celestial.
(IS. 62, 6-7). Quienes sufren porque desconocen la causa de su padecimiento pueden interrogar a Dios con el fin de que Nuestro Padre común resuelva todas sus dudas, pues, cuando Cristo Jesús concluya la instauración del Reino de Dios entre nosotros, ellos experimentarán el consuelo divino, según consta en el Apocalipsis de San Juan (AP. 21, 3-4).
Debemos creer en Jesús, pues él le dijo al autor del Apocalipsis con respecto a su futura manifestación universal: (AP. 22, 20). No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Nuestro Hermano, pero sabemos que Él concluirá nuestra redención.
3. (JN. 9, 4-5). Jesús tenía la costumbre de hablarles a sus seguidores en lenguaje figurativo para despertar en ellos el interés de comprender el misterio de Dios. Según consta en las Escrituras, no todos estamos preparados para comprender el designio salvífico de Nuestro Padre celestial, así pues, lo único que Dios requiere de nosotros para poder inculcarnos su sabiduría increada, es que seamos humildes. San Mateo escribió las siguientes palabras del Rabbi: (MT. 13, 13-14).
Mientras haya luz en el mundo, es decir, mientras estemos a tiempo para convertirnos al mensaje de salvación, debemos aprovechar la ocasión de hacerlo, así pues, no debemos esperar a ser ancianos para temer la llegada de la muerte, ni que nuestra mente se embote por causa de la acumulación de problemas que nos hagan infelices por ser incapaces de resolverlos para acercarnos a Nuestro Padre común. No utilicemos al Señor como el remedio de nuestro dolor, así pues, aunque Él curará nuestras dolencias, es bueno que nos acerquemos a Él por amor, sin tener en cuenta nuestras necesidades, pues, si le amamos, solventará nuestras carencias como premio a nuestro amor para con Él.
4. Jesús hizo lodo con tierra y saliva y untó con él los ojos del ciego. Era necesario que aquel hombre hiciera acopio de su fe para ser sanado, así pues, el gesto de lavarse los ojos en el estanque del enviado (traducción de Siloé), significaba su aprobación del prodigio que Jesús empezó a operar en él cuando le untó el citado lodo en los ojos. El lodo significa nuestra imperfección, según consta en los Salmos: (SAL. 103, 14). Entiéndase el citado versículo de los Salmos a la luz de este otro versículo del Génesis: (GN. 2, 7).
5. En cada ocasión que Jesús hacía un prodigio la gente reaccionaba de una forma diferente, así pues, unos se mostraban escépticos ante las evidencias que significaban las obras que Nuestro Señor llevaba a cabo, otros creían en Jesús, y otros decían que el Hijo de María estaba poseído por Satanás, lo cuál explicaba el hecho de que llevara a cabo las obras luciferinas con las que engañaba a sus víctimas. Muchos de los conocidos del ciego del Evangelio de hoy se admiraban al ver que el que había pedido limosna durante un determinado número de años podía ver, pero otros se resistían a creer aquel hecho porque ellos no creían que existían los prodigios divinos, o porque creían que el ciego había fingido carecer de visión durante toda su vida, o que aquel hombre se parecía al invidente que ellos conocían. Todos estos puntos de vista reflejan la forma en que reaccionamos en cada ocasión que de alguna manera aceptamos o negamos las evidencias de las obras que el Señor lleva a cabo en nuestras vidas y en el medio en que vivimos, así pues, mientras que muchos consideramos que Dios se manifiesta en nuestras vidas en cada instante de nuestra existencia por ejemplo concediéndonos el aire que necesitamos para respirar, son muchos los que creen que en ello no se vislumbra la poderosa mano de Dios, porque estamos capacitados para hacer eso por nuestros propios medios.
6. Los fariseos, bajo la dirección de los doctores o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel, instruían al pueblo en el conocimiento de los preceptos divinos. Esos instructores se confundieron cuando el gran coprotagonista del Evangelio que estamos meditando les contó cómo Jesús le curó de su ceguera, así pues, mientras unos condenaban la actuación del Mesías en día de precepto, otros discutían si aquel prodigio había de ser considerado como una actuación divina o satánica, porque el citado acto no fue realizado en un día laboral. En cierta ocasión en que Jesús le curó a un hombre su mano atrofiada, el Maestro se encaró con los fariseos en los siguientes términos: (MC. 3, 4). Los fariseos guardaron silencio porque, si reconocían que en día de reposo era lícito el hecho de realizar curaciones, contradecían su disposición legal que obligaba a los creyentes a no realizar curaciones en sábado, pero, si decían que no se debía curar a los enfermos en Shabbat, habían de afrontar la reprobación del pueblo sediento de evidencias que le concienciaran de que Dios no se había olvidado de sus creyentes. Jesús no tenía la pretensión de hacer que sus enemigos se vieran bloqueados ante semejante dilema, pues quería conseguir que entendieran su forma de pensar y proceder, y, por ello, cumplieran la voluntad de Nuestro Criador.
7. Los fariseos interrogaron al que había sido ciego con respecto a su naciente fe en Jesús con la intención de coaccionarlo para que odiara al Hijo de María. Para hacer de su presión un acto lo suficientemente eficaz como para herir el espíritu de aquel hombre de forma que rechazara impulsivamente al que tenía por profeta en virtud del prodigio que operó en él, interrogaron a sus padres, sin pensar que ellos, por miedo a ser expulsados de la sinagoga, se desentendieron de responder con respecto a la curación de su hijo, alegando que él era adulto, y que por ello debía saber lo que le había sucedido. ¡Qué terrible es la tibieza!.
8. Es impresionante la confesión que el que había sido ciego hizo ante Jesús cuando los fariseos le expulsaron de la Sinagoga por decir que el Mesías había sido enviado por Dios al mundo, alegando que Nuestro Criador no escucha a los pecadores, es decir, que el todopoderoso no se manifiesta por medio de quienes practican el mal con plena consciencia de que su forma de llevar a cabo sus obras es improcedente a los ojos de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Existen varias formas de afrontar y confrontar las circunstancias que nos acaecen a lo largo de nuestras vidas, así pues, los hechos por cuya contemplación muchos se sienten infelices, son para otros las razones sobre las que se fundamenta su alegría, pues han descubierto una forma de vivir que es conocida por un número de personas muy reducido, que les permite desear alcanzar un estado de perfección mayor, con el fin de sentirse más realizados. Los textos litúrgicos correspondientes a los Domingos de Cuaresma que estamos meditando están intrínsecamente relacionados unos con otros, así pues, el Domingo I de este tiempo de oración y penitencia, nos instaban a ver nuestras virtudes y limitaciones, con el fin de recordarnos que podemos ser, según vimos el Domingo II de este tiempo de ayuno y abstinencia, transfigurados y configurados a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús, por consiguiente, si los materialistas fundamentan su felicidad en los pilares del poder, el prestigio y la riqueza, según constatamos el Domingo anterior, la vivencia cristiana se fundamenta en la gracia divina, y, en la recepción de los Sacramentos por nuestra parte que son administrados por nuestra Santa Madre la Iglesia. En esta ocasión, vamos a continuar nuestro ascenso espiritual, aprendiendo a contemplar los hechos que nos acaecen desde la óptica de Nuestro Padre común.
Como la Iglesia pretende enseñarnos este Domingo IV de preparación de la Pascua a ver los acaeceres de nuestras vidas desde el punto de vista de Dios, San Juan, en el Evangelio de hoy, nos hace ver la vida a partir de la experiencia que tuvo un ciego que pudo ver gracias al prodigio que realizó en él nuestro Hermano y Señor Jesús. ¿Por qué nos presenta la Iglesia al ciego del Evangelio de hoy? La vivencia cristiana es completamente diferente a la óptica de quienes carecen de fe en Nuestro Criador, de la misma manera que existe una diferencia radical entre las percepciones de los ciegos y la utilización del sentido de la vista de quienes pueden ver.
Para comprender el Evangelio de hoy puede sernos muy útil reflexionar brevemente sobre la forma que los ciegos tienen de captar las cosas que les rodean. Los ciegos pueden tocar las flores, pueden saber la forma que tienen las mismas, pueden percibir su olor y conocer su tamaño, pero están privados de concebir la belleza de las mismas, que es, precisamente, el primer detalle que captan los ojos de quienes pueden ver. La utilización del tacto no es tan rápida como la captación visual, así pues, por causa de la citada lentitud de los ciegos a la hora de percibir ciertas sensaciones se les hacen a los mismos desarrollar una serie de virtudes como la paciencia y la templanza, que no les son tan necesarias como a ellos a quienes pueden ver perfectamente, porque su visión suple la necesidad de ejercitar las mismas. Los ciegos tienen que realizar un gran esfuerzo para caminar por lugares que les son desconocidos, para aprender a desenvolverse en el mundo de los que ven perfectamente acomodándose a los recursos que pueden poseer para ello, y, sobre todo, tienen que suplir su carencia visual utilizando la memoria, por consiguiente, mientras quienes ven por ejemplo pueden ordenar sus habitaciones cambiando muchas cosas de sitio, ellos, al cambiar unos cuantos centímetros un objeto que siempre colocan en un determinado espacio, pueden encontrarse desorientados.
Lamentablemente la gente tiene la costumbre de apoyar mucho a los ciegos. La buena intención que la gente tiene de ayudarles puede hacerles caer en el aletargamiento de no querer superarse en muchos aspectos porque se les suple sus carencias, así pues, si la gente les ayuda a cruzar desde una calle a otra, ¿qué necesidad tienen de ayudarse de sus bastones para ello? Muchos dependen de sus familiares porque ellos cubren todas sus necesidades, de manera que les convierten en dependientes de sí mismos, que se sienten desgraciados cuando les faltan sus protectores, pues nunca se preocuparon de desarrollar sus virtudes, porque nunca tuvieron necesidad de hacerlo, y, cuanto más mayores son en el tiempo en que han de defenderse con escasa ayuda, más torpes se sienten para confrontar sus problemas.
Ojalá todos nos acerquemos a Dios antes de que el dolor embargue nuestro espíritu, las dificultades que padecemos nos hagan desconfiar hasta de nosotros, e involuntariamente coartemos las posibilidades que tenemos de ser mejores personas en todos los aspectos en los que podemos crecer.
2. Cuando Jesús y sus futuros Apóstoles vieron al ciego del que San Juan nos habla en el Evangelio de hoy, los discípulos quisieron saber si la ceguera del mismo era el castigo que merecía por causa de sus pecados o por la supuesta transgresión del cumplimiento de la Ley de Dios que pudieron llevar a cabo sus antepasados. Ante la carencia de explicaciones científicas convincentes, los judíos creían que los ciegos, los leprosos y los que no tenían descendientes, eran como muertos, según consta en el Talmud hebreo. Los Hagiógrafos bíblicos siempre les pedían encarecidamente a sus lectores que fueran piadosos con los ciegos, evitándoles los obstáculos que pudieran hacerles caer al suelo al tropezar con ellos, ya que, dicha caída, hacía más evidente la expresión del significado de la desgracia que en aquel tiempo simbolizaba la carencia de visión. Ya que la ceguera era una desgracia de las más difíciles de soportar, los judíos creían que la citada enfermedad sólo podía contraerse como eminente castigo de Dios.
Jesús les respondió a sus discípulos: (JN. 9, 3).
Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús, la curación de la ceguera, el cáncer y otras enfermedades, hará que quienes no creen en Nuestro Padre común se conviertan a Él. Tal como veremos el próximo Domingo, Dios se valió de la enfermedad y posterior muerte de Lázaro para que quienes no creían en Jesús como Mesías comprobaran cómo la gloria del Altísimo se manifestó en Él (JN. 11, 4). Es políticamente incorrecto el hecho de que nos valgamos del sufrimiento ajeno para ascender el monte espiritual de nuestra existencia mortal, pero Dios nos recompensará debidamente a quienes, sin pretenderlo, estamos siendo utilizados para aumentar la fe o para hacer nacer la esperanza en el corazón de la gente que carece de las citadas virtudes divinas. Nuestra sociedad se rige por la óptica del Marketing, así pues, todos valemos el trabajo que somos capaces de realizar en el menor tiempo posible, el poder, la riqueza y el prestigio de que gozamos, pero, desde el punto de vista de Dios, como hemos nacido y se nos ha encomendado una misión determinada por Nuestro Padre común, todas las circunstancias que vivimos tienen un significado concreto, gracias al cuál, toda forma de vida es útil en la realización del designio salvífico y divino de Nuestro Padre celestial.
(IS. 62, 6-7). Quienes sufren porque desconocen la causa de su padecimiento pueden interrogar a Dios con el fin de que Nuestro Padre común resuelva todas sus dudas, pues, cuando Cristo Jesús concluya la instauración del Reino de Dios entre nosotros, ellos experimentarán el consuelo divino, según consta en el Apocalipsis de San Juan (AP. 21, 3-4).
Debemos creer en Jesús, pues él le dijo al autor del Apocalipsis con respecto a su futura manifestación universal: (AP. 22, 20). No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Nuestro Hermano, pero sabemos que Él concluirá nuestra redención.
3. (JN. 9, 4-5). Jesús tenía la costumbre de hablarles a sus seguidores en lenguaje figurativo para despertar en ellos el interés de comprender el misterio de Dios. Según consta en las Escrituras, no todos estamos preparados para comprender el designio salvífico de Nuestro Padre celestial, así pues, lo único que Dios requiere de nosotros para poder inculcarnos su sabiduría increada, es que seamos humildes. San Mateo escribió las siguientes palabras del Rabbi: (MT. 13, 13-14).
Mientras haya luz en el mundo, es decir, mientras estemos a tiempo para convertirnos al mensaje de salvación, debemos aprovechar la ocasión de hacerlo, así pues, no debemos esperar a ser ancianos para temer la llegada de la muerte, ni que nuestra mente se embote por causa de la acumulación de problemas que nos hagan infelices por ser incapaces de resolverlos para acercarnos a Nuestro Padre común. No utilicemos al Señor como el remedio de nuestro dolor, así pues, aunque Él curará nuestras dolencias, es bueno que nos acerquemos a Él por amor, sin tener en cuenta nuestras necesidades, pues, si le amamos, solventará nuestras carencias como premio a nuestro amor para con Él.
4. Jesús hizo lodo con tierra y saliva y untó con él los ojos del ciego. Era necesario que aquel hombre hiciera acopio de su fe para ser sanado, así pues, el gesto de lavarse los ojos en el estanque del enviado (traducción de Siloé), significaba su aprobación del prodigio que Jesús empezó a operar en él cuando le untó el citado lodo en los ojos. El lodo significa nuestra imperfección, según consta en los Salmos: (SAL. 103, 14). Entiéndase el citado versículo de los Salmos a la luz de este otro versículo del Génesis: (GN. 2, 7).
5. En cada ocasión que Jesús hacía un prodigio la gente reaccionaba de una forma diferente, así pues, unos se mostraban escépticos ante las evidencias que significaban las obras que Nuestro Señor llevaba a cabo, otros creían en Jesús, y otros decían que el Hijo de María estaba poseído por Satanás, lo cuál explicaba el hecho de que llevara a cabo las obras luciferinas con las que engañaba a sus víctimas. Muchos de los conocidos del ciego del Evangelio de hoy se admiraban al ver que el que había pedido limosna durante un determinado número de años podía ver, pero otros se resistían a creer aquel hecho porque ellos no creían que existían los prodigios divinos, o porque creían que el ciego había fingido carecer de visión durante toda su vida, o que aquel hombre se parecía al invidente que ellos conocían. Todos estos puntos de vista reflejan la forma en que reaccionamos en cada ocasión que de alguna manera aceptamos o negamos las evidencias de las obras que el Señor lleva a cabo en nuestras vidas y en el medio en que vivimos, así pues, mientras que muchos consideramos que Dios se manifiesta en nuestras vidas en cada instante de nuestra existencia por ejemplo concediéndonos el aire que necesitamos para respirar, son muchos los que creen que en ello no se vislumbra la poderosa mano de Dios, porque estamos capacitados para hacer eso por nuestros propios medios.
6. Los fariseos, bajo la dirección de los doctores o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel, instruían al pueblo en el conocimiento de los preceptos divinos. Esos instructores se confundieron cuando el gran coprotagonista del Evangelio que estamos meditando les contó cómo Jesús le curó de su ceguera, así pues, mientras unos condenaban la actuación del Mesías en día de precepto, otros discutían si aquel prodigio había de ser considerado como una actuación divina o satánica, porque el citado acto no fue realizado en un día laboral. En cierta ocasión en que Jesús le curó a un hombre su mano atrofiada, el Maestro se encaró con los fariseos en los siguientes términos: (MC. 3, 4). Los fariseos guardaron silencio porque, si reconocían que en día de reposo era lícito el hecho de realizar curaciones, contradecían su disposición legal que obligaba a los creyentes a no realizar curaciones en sábado, pero, si decían que no se debía curar a los enfermos en Shabbat, habían de afrontar la reprobación del pueblo sediento de evidencias que le concienciaran de que Dios no se había olvidado de sus creyentes. Jesús no tenía la pretensión de hacer que sus enemigos se vieran bloqueados ante semejante dilema, pues quería conseguir que entendieran su forma de pensar y proceder, y, por ello, cumplieran la voluntad de Nuestro Criador.
7. Los fariseos interrogaron al que había sido ciego con respecto a su naciente fe en Jesús con la intención de coaccionarlo para que odiara al Hijo de María. Para hacer de su presión un acto lo suficientemente eficaz como para herir el espíritu de aquel hombre de forma que rechazara impulsivamente al que tenía por profeta en virtud del prodigio que operó en él, interrogaron a sus padres, sin pensar que ellos, por miedo a ser expulsados de la sinagoga, se desentendieron de responder con respecto a la curación de su hijo, alegando que él era adulto, y que por ello debía saber lo que le había sucedido. ¡Qué terrible es la tibieza!.
8. Es impresionante la confesión que el que había sido ciego hizo ante Jesús cuando los fariseos le expulsaron de la Sinagoga por decir que el Mesías había sido enviado por Dios al mundo, alegando que Nuestro Criador no escucha a los pecadores, es decir, que el todopoderoso no se manifiesta por medio de quienes practican el mal con plena consciencia de que su forma de llevar a cabo sus obras es improcedente a los ojos de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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