Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.
Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.
En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.
En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.
En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.
En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.
No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.
Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.
El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.
Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.
El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.
Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.
Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.
Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.
Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.
Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.
No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.
El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.
El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.
Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.
2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 12-15.
3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).
Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.
Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.
3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).
San Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.
Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).
Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.
Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.
3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).
Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?
¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?
¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?
¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?
¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?
3-2.
¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?
¿Pecamos cuando somos tentados?
¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?
¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?
¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?
¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?
¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?
3-3.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?
¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?
¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?
¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.
Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.
8. Oración final.
Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.
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Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.
Meditación de MC. 1, 12-13.
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).
Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.
Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.
El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.
Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.
En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).
Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.
Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.
El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.
Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.
Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.
En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.
Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.
En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.
A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).
A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.
San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.
El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.
Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.
Meditación de MC. 1, 12-13.
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).
Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.
Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.
El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.
Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.
En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).
Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.
Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.
El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.
Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.
Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.
En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.
Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.
En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.
A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).
A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.
San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.
El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.
Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.
Meditación.
1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.
Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.
Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.
Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.
Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.
Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.
Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.
2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.
3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.
Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.
Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.
Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.
Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.
Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.
Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.
2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.
3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Empieza a vivir la vida eterna. (Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación.
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Meditación.
1. ¿Está o no está Dios con nosotros?
Meditación de ÉX. 17, 1-7.
en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.
Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).
¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).
Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?
Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. ¿Está o no está Dios con nosotros?
Meditación de ÉX. 17, 1-7.
en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.
Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).
¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).
Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?
Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
Introducción.
Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.
Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.
Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.
Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.
1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.
2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.
Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.
3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).
En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).
4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.
5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).
(MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.
Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.
Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.
Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.
Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?
6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.
A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).
¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.
Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos. Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.
7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?
Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).
8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.
Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.
Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.
En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.
Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.
1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.
2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.
Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.
3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).
En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).
4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.
5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).
(MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.
Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.
Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.
Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.
Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?
6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.
A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).
¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.
Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos. Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.
7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?
Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).
8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos. (Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico sobre las tentaciones de Jesús y los cristianos.
Introducción.
Dado que durante el tiempo de Cuaresma estudiamos concienzudamente el pecado, sus efectos y consecuencias, al iniciar este tiempo de oración, ayuno y penitencia, la Iglesia nos invita a estudiar profundamente las tentaciones que vivió Jesús, por cuanto las mismas son un bosquejo de las tentaciones que tenemos que vencer a lo largo de nuestras vidas en el mundo no cristiano en que vivimos, en el que necesitamos poder, riquezas y prestigio para triunfar, en conformidad con nuestros criterios humanos.
¿Qué son las tentaciones? Según el Diccionario de la R. A. E., éstos son los significados del término tentación:
""Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.
Solicitación al pecado inducida por el demonio".
Veamos unos ejemplos del primer significado de la palabra tentación.
Después de percatarse de las dificultades existentes para encontrar trabajo en este tiempo de crisis, un adolescente toma la decisión de dejar sus estudios, pensando que los tales nunca le servirán para nada.
Jorge y Ana se conocieron hace tres meses y han decidido convivir como pareja, para averiguar si pueden encontrar la felicidad juntos. Dado que han iniciado su relación sin conocerse, y no saben que es frecuente el hecho de que no tengan la misma forma de pensar y actuar, cuando les surgen oportunidades de discutir, en vez de solventar sus problemas, toman la decisión de separarse, perdiendo, tal vez, una gran oportunidad de ser muy dichosos, después de formarse convenientemente para amarse, servirse, y casarse.
¿Es pecaminoso el hecho de tener tentaciones? Las tentaciones por sí mismas no son malas, aunque sí puede serlo el hecho de no rechazar enérgicamente muchas de ellas. No olvidemos que todas las tentaciones que nos inducen a hacer lo que no debemos no tienen que ser consideradas como pecaminosas, dado que no concebimos las tales con el pensamiento de hacer el mal. Un ejemplo de ello es el deseo que muchos enfermos de depresión sienten de aislarse del mundo e incluso de ni siquiera levantarse de la cama, porque no le encuentran un motivo a sus vidas que les fortalezca para vencer sus dificultades.
Independientemente de que surjan en nuestra mente pensamientos que nos induzcan a pecar o que, aunque no sean concebidos con el propósito de contradecir la voluntad de Nuestro Padre común, nos hieran de alguna manera, debemos encontrar la forma de vencer dichas tentaciones. Recordemos que tenemos tentaciones porque carecemos de la perfección de Dios. Vistas de un modo positivo, las tentaciones pueden ser concebidas como las oportunidades que necesitamos para superarnos, aunque fallemos muchas veces en nuestro empeño de superar a nuestros más brutales adversarios, -es decir, a nosotros mismos-, cuando perdemos el tiempo pensando que no podemos vencer dichas tentaciones, porque no sabemos cómo hacerlo adecuadamente, cuando nos encasillamos mentalmente pensando que es mejor sucumbir ante las mismas aunque estamos totalmente seguros de que no sabemos hacerlo, porque estamos seguros de que no las vamos a vencer, aunque no nos esforzamos en poner a prueba nuestra resistencia a dichos pensamientos, etcétera.
Cuando San Pablo reprendió a los cristianos de Corinto, porque celebraban la Eucaristía en las casas de los creyentes ricos, los cuales participaban en los banquetes en que concluían dichas celebraciones en aquel tiempo, de los que apenas podían participar sus hermanos pobres, los cuales permanecían en los patios de dichas casas avergonzados, esperando tener la dicha de ser alimentados con las sobras de los adinerados, les dijo a sus lectores de dicha ciudad: (1 COR. 11, 18-19).
De la misma manera que los estudiantes ponen a prueba los conocimientos de las materias que estudian cuando son examinados por sus profesores, nosotros, por medio de las tentaciones características de nuestras vidas, tenemos la oportunidad de demostrarnos tanto a quienes nos rodean como a nosotros mismos, quiénes somos realmente. Sé que no siempre es fácil vencer las tentaciones que tenemos, pero, cuanto mayores son las dificultades que las mismas nos presentan y las superamos, más grande es el mérito que tenemos al lograr nuestro objetivo de mejorar como personas cristianas.
San Pablo, durante el tiempo de su primer encarcelamiento, les escribió a los cristianos de Filipo: (FLP. 4, 13). ¿De qué manera fortaleció Nuestro Señor Jesucristo a San Pablo, para que el citado Apóstol pudiera soportar sus largos años de encarcelamiento? Cuando el citado siervo de Cristo llegó a Roma, alquiló una casa en la que les predicaba a quienes le visitaban. Nuestro admirable Santo, vivía encadenado a soldados, los cuales eran reemplazados cada dos horas, y tenían la misión de responder del preso a quien vigilaban estrechamente con sus vidas. San Pablo soportó esa situación heroicamente, recordando las promesas divinas, predicando la Palabra de Dios, y dedicándole tiempo a la oración.
Nuestro Señor le hizo soportable el tiempo de su prisión a San Pablo haciéndosele presente espiritualmente, por consiguiente, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 56, 9-12).
San Pablo fue librado de la condena que por causa de la acusación que cayó sobre él podría haber sufrido, la cual provocó su primer encarcelamiento, porque el pretor Afranio Burro, -amigo de Séneca, y maestro de Nerón-, falló en favor de su causa.
¿Cómo nos ayuda Dios cuando sufrimos por cualquier causa? Cuando somos atribulados, puede sucedernos que Dios nos ayude a solventar las dificultades que causan nuestro padecimiento, de la misma forma que también puede suceder que, aunque tengamos que vivir ciertas dificultades durante muchos años, podemos ver en las mismas la mano de Dios, haciéndonoslas soportables, tal como le sucedió a San Pablo, tanto durante los años que se prolongó su ministerio, como en las dos ocasiones en que fue encarcelado.
1. Las tentaciones de Jesús.
En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos: (HEB. 4, 14-15). Analicemos las palabras con que finaliza el texto de la Epístola a los Hebreos que acabamos de recordar, dado que las mismas son muy importantes para que las tengan muy presentes aquellos hermanos nuestros que se amparan en la falsa creencia de que son inútiles. Nuestro Señor no pecó jamás, pero pasó por las mismas pruebas que pasamos nosotros durante los años que se prolongan nuestras vidas, es decir, Nuestro Salvador fue tentado, así pues, dado que Jesús pasó por circunstancias semejantes a las nuestras y por ello comprende la debilidad que nos caracteriza, es un Sumo Sacerdote capacitado para amarnos, comprendernos y perdonarnos.
¿Cómo pudo Jesús evitar el hecho de ceder ante las tentaciones del demonio? ¿Sucedió ello porque el Mesías se valió del poder de su Divinidad para superar las mismas, o logró Nuestro Señor su propósito por causa de su amor a Dios y de su perfección? Para hallar una respuesta a la pregunta que nos hemos planteado, nos es necesario recordar el pecado de nuestros ancestros. Dado que, al comer del fruto prohibido, nuestros padres renunciaron a una vida semiperfecta, era necesario que esa desobediencia fuese corregida, no por medio de un sacrificio cualquiera, sino por la ofrenda de una víctima sumamente perfecta, porque, aunque Nuestro Santo Padre nos ama muy a pesar de nuestra imperfección, no está relacionado con el pecado de los hombres. Si los hebreos, durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación a través del desierto camino de la tierra prometida, no superaron las tentaciones a las que hubieron de enfrentarse, fue necesario que Jesús superara las tentaciones de la humanidad con sus tres tentaciones tipológicas en las que se resumen las tentaciones de la humanidad, para que comprendiéramos el valor y la necesidad de aplicar las siguientes palabras de Nuestro Salvador a nuestras vidas: (MC. 11, 24).
Por otra parte, en la profecía de Habacuc, leemos: (HAB. 2, 4).
Dado que no siempre nos es fácil superar las tentaciones que nos caracterizan, en la Biblia se nos insta a confiar en Dios, imitando la fe inquebrantable de Nuestro Redentor (SAL. 37, 5-6).
Si las tentaciones son pruebas que debemos vencer para superarnos, ¿debemos pensar que Dios es el tentador que nos impone dichas pruebas? (ST. 1, 13).
Si Dios no nos induce a pecar, ¿quién nos hace sucumbir bajo nuestra humana fragilidad, para que acabemos pecando una y otra vez? (ST. 1, 14-15).
Jesús superó las tentaciones a que fue sometido por el demonio, porque no actuaba como quienes se dejan arrastrar por las pasiones de que Santiago habla en su Epístola Universal.
Las tentaciones a que fue sometido Jesús, se narran en los siguientes pasajes bíblicos: MT. 4, 1-11; MC. 1, 11-12, y LC. 4, 1-13. Dado que este año meditamos la gran mayoría de los domingos el Evangelio de San Mateo, estudiaremos dichas tentaciones, siguiendo el orden en que las expone dicho Evangelista.
1-1. La primera tentación de Jesús. La autosuficiencia excesiva.
(MT. 4, 3). ¿Por qué le dijo el demonio a Jesús que se alimentara? San Mateo responde esta pregunta, en los términos que siguen: (MT. 4, 1-2).
¿Cómo pudo sobrevivir Jesús cuarenta días sin alimentarse? En términos humanos, en el caso de que Jesús tuviera esta vivencia, y la misma no haya sido una invención de los hijos de la Iglesia Madre de Jerusalén, para ilustrar las tentaciones a que Jesús hubo de enfrentarse durante los años que se prolongó su Ministerio público, a menos que no utilizara su poder divino para soportar el hambre, no tenemos más remedio que aceptar el hecho de que el Mesías tuvo que alimentarse de hierbas, con tal de poder sobrevivir a su larga estancia apartado del mundo.
Hay un detalle en el texto de San Mateo que estamos meditando que no debemos olvidar. En el versículo 1, se nos dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En cuanto se hizo Hombre, Nuestro Señor, por medio de sus vivencias de Persona humana, tenía que demostrarnos que, a pesar de nuestra fragilidad, -la debilidad que Él experimentó hasta el extremo de la muerte-, estamos capacitados, para cumplir la voluntad de nuestro Padre común, en conformidad con nuestras posibilidades.
¿Cuál es el significado de la tentación que estamos considerando? Después de pasar cuarenta días sin comer -o mal alimentado-, Nuestro Señor debía ser víctima de los dolores angustiosos que causa el hambre en el Tercer Mundo. Ante la propuesta que le hizo el demonio, Jesús debió haberse interrogado en los siguientes términos: ¿Debo esperar que Dios me alimente, o tengo que sustentarme por mi medio? ¿Por qué le voy a pedir a Dios que haga algo que puedo hacer por mí mismo?
Ante tan desesperado dilema por causa de los dolores que debía producirle el hambre, Jesús decidió confiar en Dios, recordando que, muchas veces, la autosuficiencia excesiva, -el amor propio desmedido-, nos aleja de la presencia de Nuestro Creador. No pretendo decir que los desempleados dejen de buscar trabajo y que esperen que Dios les lleve el pan a sus hogares, sino que, aunque nuestra forma de proceder nos conduzca a actuar inadecuadamente, que nunca vivamos al margen de nuestro Santo Padre.
Jesús, al rechazar la citada tentación, nos recordó que, si tenemos fe en el Dios Uno y Trino, debemos alimentarnos de su Palabra, al mismo tiempo que consumimos alimentos físicos para poder vivir (MT. 4, 4).
1-2. La segunda tentación de Jesús. El empeño humano de probar la fidelidad de Dios.
(MT. 4, 5-7). Por medio de la tentación que estamos considerando, el demonio le dijo a Jesús: "Haz lo que quieras, porque Dios está contigo". Existe, desde hace siglos, una peligrosa costumbre, que consiste en interpretar la Biblia, no en conformidad con la voluntad de Dios, sino de acuerdo a los deseos de muchos lectores de la misma. Hay pasajes en la Biblia que, si se interpretan literalmente, pueden ser textos letales para quienes los interpretan inadecuadamente. Desgraciadamente, muchos piensan que, sus interpretaciones bíblicas, les son inspiradas por el Espíritu Santo, lo cual solo les sirve, para hacer, las obras que no deberían llevar a cabo jamás, bajo ningún concepto.
Hay entre nosotros quienes piensan: "Nosotros vivimos y dejamos que los demás vivan. No pecamos porque no robamos ni matamos". Es verdad que quienes así piensan no cometen los pecados más graves, pero, al no dejarse purificar y santificar por la Palabra de Dios, se pierden la dicha de sentirse aceptos por Nuestro Padre común.
El demonio fue muy astuto cuando sometió a Jesús a la tentación que estamos considerando, pues, al citar el Sal. 91, 11-12, se saltó la parte del citado texto, referente a que los ángeles le guardarían en todos sus caminos, así pues, dichas palabras son un gran consuelo para quienes vivimos por la fe que profesamos.
1-3. La tercera tentación de Jesús. Cambiar la fe y obediencia a Dios por la posesión del poder, la fama y el prestigio, que son tan necesarios para triunfar en este mundo.
(MT. 4, 8-10). Dado que el demonio había fallado en sus dos intentos anteriores de conquistar el corazón de Jesús, proponiéndole en el primer caso que tuviera una existencia fácil y vacía, y, en el segundo, que se ganara el corazón de los hombres, haciéndose para los tales un ídolo y por consiguiente que rechazara a Dios actuando al margen del Padre y del Espíritu Santo, Satanás atacó a Jesús con toda la agresividad y astucia que fue capaz de concentrar en sí mismo, proponiéndole, abiertamente, que le adorara a él, y renegara de Dios, a cambio de cederle su dominio sobre la tierra. Lo que parecía una excelente oportunidad para Jesús de acabar con la miseria que afligía la humanidad, solo era un imperdonable acto de idolatría, pues, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 97, 1).
¿Qué significa el hecho de que Dios es Rey? Esta realidad le recordó a Jesús que el demonio mentía al intentar hacerle creer, -en vano, por supuesto-, que él era el soberano de la tierra.
Si Dios no ha solventado los problemas de la humanidad, ello sucede porque aún no ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados, purificados y santificados, así pues, este hecho no ha de instarnos a ser idólatras, sino, al contrario, ha de entusiasmarnos la idea de vivir en base a la fe que profesamos.
La Palabra de Dios tiene que fortalecernos para que podamos resistir las tentaciones que, al convertirse en obras, impiden que seamos aptos para vivir en la presencia de Dios, a no ser que corrijamos nuestra conducta.
San Pablo les escribió a los cristianos de Éfeso: (EF. 6, 10-17).
2. ¿Cómo debemos reaccionar los cristianos cuando seamos tentados?
Como he demostrado en esta meditación, necesitamos ser tentados, con el fin de que seamos probados. El caso de que no superemos esas pruebas, lo único que significa, es que no debemos de dejar de esforzarnos para seguir perfeccionándonos, así pues, solo porque somos humanos, estamos destinados a fallar muchas veces en el periodo de nuestra superación, porque no somos perfectos. Recordemos que Dios probó la fe de Abraham, cuando le mandó que sacrificara a su hijo Isaac (GN. 22, 1-2).
Sabemos que, aunque Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios no permitió que asesinara al depositario de la promesa de hacerle descendiente de una muchedumbre incontable.
San Pablo indicó en su segunda Carta a los cristianos de Corinto que tenía derecho a enorgullecerse por causa de ciertas revelaciones que le hizo el mismo Dios. También dijo en la citada carta que tenía un aguijón, -el cual no sabemos si era un vicio, una enfermedad u otro problema-, del cual le pidió a Dios que lo librara, porque se le hacía difícil el hecho de soportarlo. Dios le indicó al citado Santo que no lo iba a librar del citado aguijón, sino que, amparándose en su gracia, tendría que sobrevivir con él, el tiempo que le fuera necesario, en conformidad con su crecimiento espiritual (2 COR. 12, 7-10).
¿Creemos que en nuestra debilidad se muestra perfecta la fuerza de Dios? ¿Cómo es posible este hecho, si no cesamos de equivocarnos cuando tomamos decisiones, y, en el caso de estar enfermos, tenemos la sensación de no saber sobrellevar como buenos cristianos nuestros padecimientos? Si nos encontramos en esta situación de desconfianza tanto en Dios como en nosotros, nos es conveniente aplicarnos las palabras del Apóstol San Pablo, contenidas en ROM. 8, 38-39.
A pesar de que San Pablo sabía que era inferior a Nuestro Señor, no dudó en confiarse a Cristo, para que el Salvador del mundo le hiciera instrumento de la salvación de sus oyentes y lectores (GÁL. 2, 20).
Al mismo tiempo que los hebreos probaron la fidelidad de Yahveh en su peregrinación a través del desierto, Dios probó la fe de su pueblo, por medio de las dificultades que le hizo vivir (NM. 20, 1-13).
San Pablo nos insta a evitar las tentaciones que nos inducen a incumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Veamos unos ejemplos de ello.
En la Iglesia de Corinto, había fieles que, aunque estaban casados, querían evitar el hecho de mantener relaciones maritales, con el fin de dedicarse al servicio de Dios. San Pablo, previendo más allá del deseo de sus creyentes discípulos, la posibilidad de que, tanto los tales como sus cónyuges, pudieran caer en el pecado de fornicación, les indicó a sus lectores: (1 COR. 7, 5).
San Pablo velaba por la fe de sus oyentes y lectores de Corinto, porque no quería que ninguno de ellos incumpliera la voluntad de Dios (2 COR. 11, 2-3).
Es importante que, a pesar de las dificultades que tengamos, nunca dejemos de creer en Dios, por consiguiente, San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (1 TES. 3, 4-5).
En el ambiente de no creyentes en que la mayoría de los cristianos vivimos, se nos presentan muchas oportunidades de renegar de Dios (1 JN. 2, 15-17).
Creo necesario interrumpir la meditación en que estamos ocupados, para hacer una breve aclaración sobre las palabras de San Juan que acabamos de recordar. Para comprender el citado texto, nos es necesario recordar, que, el mismo, fue escrito en un tiempo, en que los cristianos eran ferozmente perseguidos, lo cual hacía que los tales se distinguieran del mundo, por causa de la opresión que padecían. En aquel tiempo, formar parte del mundo, significaba renunciar al Dios de los cristianos, y, por tanto, a su Iglesia. Actualmente, quienes no estamos siendo perseguidos, no debemos odiar este mundo, pero sí debemos rechazar todo lo que se opone a Nuestro Dios Uno y Trino. Debemos amar el mundo en que vivimos, no solo porque somos sus hijos, sino porque tenemos el deber de contribuir, con nuestras palabras y obras, a la salvación de nuestros hermanos, independientemente de que los tales sean creyentes en Dios, pues, por esta causa, lleva la Iglesia a acabo, su obra de Evangelización.
La fuente más poderosa de tentaciones a la que debemos enfrentarnos, somos nosotros mismos (ST. 1, 14).
No temamos el hecho de ser tentados, pues, San Pablo, nos instruye: (1 COR. 10, 13).
Somos débiles para superar nuestras tentaciones, por consiguiente, en nosotros se cumplen las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando, en la noche en que Judas le entregó a sus enemigos, les encontró durmiendo, cuando les pidió que oraran, con tal de no caer en tentación: (MT. 26, 41).
En quienes, aunque fallen en su crecimiento espiritual, se mantienen fieles al Señor, se cumple esta promesa magnífica: (AP. 3, 10-12).
No dejemos de orar, para que Dios no permita que pasemos por la prueba de caer en la tentación que nos aparta de Él.
Jesucristo, -el Sembrador de la Palabra de Dios en nuestros corazones-, nos dice: (MT. 13, 20-21).
Con tal de que evitemos el hecho de caer en la tentación de pecar, muchos predicadores nos dicen que no nos relacionemos con quienes incumplen la voluntad de Dios. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a este hecho? El Apóstol nos dice que todos los hijos de la Iglesia deben ser puros (1 COR. 5, 6-11).
Concluyamos esta meditación, aplicándonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 TES. 5, 8).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Dado que durante el tiempo de Cuaresma estudiamos concienzudamente el pecado, sus efectos y consecuencias, al iniciar este tiempo de oración, ayuno y penitencia, la Iglesia nos invita a estudiar profundamente las tentaciones que vivió Jesús, por cuanto las mismas son un bosquejo de las tentaciones que tenemos que vencer a lo largo de nuestras vidas en el mundo no cristiano en que vivimos, en el que necesitamos poder, riquezas y prestigio para triunfar, en conformidad con nuestros criterios humanos.
¿Qué son las tentaciones? Según el Diccionario de la R. A. E., éstos son los significados del término tentación:
""Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.
Solicitación al pecado inducida por el demonio".
Veamos unos ejemplos del primer significado de la palabra tentación.
Después de percatarse de las dificultades existentes para encontrar trabajo en este tiempo de crisis, un adolescente toma la decisión de dejar sus estudios, pensando que los tales nunca le servirán para nada.
Jorge y Ana se conocieron hace tres meses y han decidido convivir como pareja, para averiguar si pueden encontrar la felicidad juntos. Dado que han iniciado su relación sin conocerse, y no saben que es frecuente el hecho de que no tengan la misma forma de pensar y actuar, cuando les surgen oportunidades de discutir, en vez de solventar sus problemas, toman la decisión de separarse, perdiendo, tal vez, una gran oportunidad de ser muy dichosos, después de formarse convenientemente para amarse, servirse, y casarse.
¿Es pecaminoso el hecho de tener tentaciones? Las tentaciones por sí mismas no son malas, aunque sí puede serlo el hecho de no rechazar enérgicamente muchas de ellas. No olvidemos que todas las tentaciones que nos inducen a hacer lo que no debemos no tienen que ser consideradas como pecaminosas, dado que no concebimos las tales con el pensamiento de hacer el mal. Un ejemplo de ello es el deseo que muchos enfermos de depresión sienten de aislarse del mundo e incluso de ni siquiera levantarse de la cama, porque no le encuentran un motivo a sus vidas que les fortalezca para vencer sus dificultades.
Independientemente de que surjan en nuestra mente pensamientos que nos induzcan a pecar o que, aunque no sean concebidos con el propósito de contradecir la voluntad de Nuestro Padre común, nos hieran de alguna manera, debemos encontrar la forma de vencer dichas tentaciones. Recordemos que tenemos tentaciones porque carecemos de la perfección de Dios. Vistas de un modo positivo, las tentaciones pueden ser concebidas como las oportunidades que necesitamos para superarnos, aunque fallemos muchas veces en nuestro empeño de superar a nuestros más brutales adversarios, -es decir, a nosotros mismos-, cuando perdemos el tiempo pensando que no podemos vencer dichas tentaciones, porque no sabemos cómo hacerlo adecuadamente, cuando nos encasillamos mentalmente pensando que es mejor sucumbir ante las mismas aunque estamos totalmente seguros de que no sabemos hacerlo, porque estamos seguros de que no las vamos a vencer, aunque no nos esforzamos en poner a prueba nuestra resistencia a dichos pensamientos, etcétera.
Cuando San Pablo reprendió a los cristianos de Corinto, porque celebraban la Eucaristía en las casas de los creyentes ricos, los cuales participaban en los banquetes en que concluían dichas celebraciones en aquel tiempo, de los que apenas podían participar sus hermanos pobres, los cuales permanecían en los patios de dichas casas avergonzados, esperando tener la dicha de ser alimentados con las sobras de los adinerados, les dijo a sus lectores de dicha ciudad: (1 COR. 11, 18-19).
De la misma manera que los estudiantes ponen a prueba los conocimientos de las materias que estudian cuando son examinados por sus profesores, nosotros, por medio de las tentaciones características de nuestras vidas, tenemos la oportunidad de demostrarnos tanto a quienes nos rodean como a nosotros mismos, quiénes somos realmente. Sé que no siempre es fácil vencer las tentaciones que tenemos, pero, cuanto mayores son las dificultades que las mismas nos presentan y las superamos, más grande es el mérito que tenemos al lograr nuestro objetivo de mejorar como personas cristianas.
San Pablo, durante el tiempo de su primer encarcelamiento, les escribió a los cristianos de Filipo: (FLP. 4, 13). ¿De qué manera fortaleció Nuestro Señor Jesucristo a San Pablo, para que el citado Apóstol pudiera soportar sus largos años de encarcelamiento? Cuando el citado siervo de Cristo llegó a Roma, alquiló una casa en la que les predicaba a quienes le visitaban. Nuestro admirable Santo, vivía encadenado a soldados, los cuales eran reemplazados cada dos horas, y tenían la misión de responder del preso a quien vigilaban estrechamente con sus vidas. San Pablo soportó esa situación heroicamente, recordando las promesas divinas, predicando la Palabra de Dios, y dedicándole tiempo a la oración.
Nuestro Señor le hizo soportable el tiempo de su prisión a San Pablo haciéndosele presente espiritualmente, por consiguiente, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 56, 9-12).
San Pablo fue librado de la condena que por causa de la acusación que cayó sobre él podría haber sufrido, la cual provocó su primer encarcelamiento, porque el pretor Afranio Burro, -amigo de Séneca, y maestro de Nerón-, falló en favor de su causa.
¿Cómo nos ayuda Dios cuando sufrimos por cualquier causa? Cuando somos atribulados, puede sucedernos que Dios nos ayude a solventar las dificultades que causan nuestro padecimiento, de la misma forma que también puede suceder que, aunque tengamos que vivir ciertas dificultades durante muchos años, podemos ver en las mismas la mano de Dios, haciéndonoslas soportables, tal como le sucedió a San Pablo, tanto durante los años que se prolongó su ministerio, como en las dos ocasiones en que fue encarcelado.
1. Las tentaciones de Jesús.
En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos: (HEB. 4, 14-15). Analicemos las palabras con que finaliza el texto de la Epístola a los Hebreos que acabamos de recordar, dado que las mismas son muy importantes para que las tengan muy presentes aquellos hermanos nuestros que se amparan en la falsa creencia de que son inútiles. Nuestro Señor no pecó jamás, pero pasó por las mismas pruebas que pasamos nosotros durante los años que se prolongan nuestras vidas, es decir, Nuestro Salvador fue tentado, así pues, dado que Jesús pasó por circunstancias semejantes a las nuestras y por ello comprende la debilidad que nos caracteriza, es un Sumo Sacerdote capacitado para amarnos, comprendernos y perdonarnos.
¿Cómo pudo Jesús evitar el hecho de ceder ante las tentaciones del demonio? ¿Sucedió ello porque el Mesías se valió del poder de su Divinidad para superar las mismas, o logró Nuestro Señor su propósito por causa de su amor a Dios y de su perfección? Para hallar una respuesta a la pregunta que nos hemos planteado, nos es necesario recordar el pecado de nuestros ancestros. Dado que, al comer del fruto prohibido, nuestros padres renunciaron a una vida semiperfecta, era necesario que esa desobediencia fuese corregida, no por medio de un sacrificio cualquiera, sino por la ofrenda de una víctima sumamente perfecta, porque, aunque Nuestro Santo Padre nos ama muy a pesar de nuestra imperfección, no está relacionado con el pecado de los hombres. Si los hebreos, durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación a través del desierto camino de la tierra prometida, no superaron las tentaciones a las que hubieron de enfrentarse, fue necesario que Jesús superara las tentaciones de la humanidad con sus tres tentaciones tipológicas en las que se resumen las tentaciones de la humanidad, para que comprendiéramos el valor y la necesidad de aplicar las siguientes palabras de Nuestro Salvador a nuestras vidas: (MC. 11, 24).
Por otra parte, en la profecía de Habacuc, leemos: (HAB. 2, 4).
Dado que no siempre nos es fácil superar las tentaciones que nos caracterizan, en la Biblia se nos insta a confiar en Dios, imitando la fe inquebrantable de Nuestro Redentor (SAL. 37, 5-6).
Si las tentaciones son pruebas que debemos vencer para superarnos, ¿debemos pensar que Dios es el tentador que nos impone dichas pruebas? (ST. 1, 13).
Si Dios no nos induce a pecar, ¿quién nos hace sucumbir bajo nuestra humana fragilidad, para que acabemos pecando una y otra vez? (ST. 1, 14-15).
Jesús superó las tentaciones a que fue sometido por el demonio, porque no actuaba como quienes se dejan arrastrar por las pasiones de que Santiago habla en su Epístola Universal.
Las tentaciones a que fue sometido Jesús, se narran en los siguientes pasajes bíblicos: MT. 4, 1-11; MC. 1, 11-12, y LC. 4, 1-13. Dado que este año meditamos la gran mayoría de los domingos el Evangelio de San Mateo, estudiaremos dichas tentaciones, siguiendo el orden en que las expone dicho Evangelista.
1-1. La primera tentación de Jesús. La autosuficiencia excesiva.
(MT. 4, 3). ¿Por qué le dijo el demonio a Jesús que se alimentara? San Mateo responde esta pregunta, en los términos que siguen: (MT. 4, 1-2).
¿Cómo pudo sobrevivir Jesús cuarenta días sin alimentarse? En términos humanos, en el caso de que Jesús tuviera esta vivencia, y la misma no haya sido una invención de los hijos de la Iglesia Madre de Jerusalén, para ilustrar las tentaciones a que Jesús hubo de enfrentarse durante los años que se prolongó su Ministerio público, a menos que no utilizara su poder divino para soportar el hambre, no tenemos más remedio que aceptar el hecho de que el Mesías tuvo que alimentarse de hierbas, con tal de poder sobrevivir a su larga estancia apartado del mundo.
Hay un detalle en el texto de San Mateo que estamos meditando que no debemos olvidar. En el versículo 1, se nos dice que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado. En cuanto se hizo Hombre, Nuestro Señor, por medio de sus vivencias de Persona humana, tenía que demostrarnos que, a pesar de nuestra fragilidad, -la debilidad que Él experimentó hasta el extremo de la muerte-, estamos capacitados, para cumplir la voluntad de nuestro Padre común, en conformidad con nuestras posibilidades.
¿Cuál es el significado de la tentación que estamos considerando? Después de pasar cuarenta días sin comer -o mal alimentado-, Nuestro Señor debía ser víctima de los dolores angustiosos que causa el hambre en el Tercer Mundo. Ante la propuesta que le hizo el demonio, Jesús debió haberse interrogado en los siguientes términos: ¿Debo esperar que Dios me alimente, o tengo que sustentarme por mi medio? ¿Por qué le voy a pedir a Dios que haga algo que puedo hacer por mí mismo?
Ante tan desesperado dilema por causa de los dolores que debía producirle el hambre, Jesús decidió confiar en Dios, recordando que, muchas veces, la autosuficiencia excesiva, -el amor propio desmedido-, nos aleja de la presencia de Nuestro Creador. No pretendo decir que los desempleados dejen de buscar trabajo y que esperen que Dios les lleve el pan a sus hogares, sino que, aunque nuestra forma de proceder nos conduzca a actuar inadecuadamente, que nunca vivamos al margen de nuestro Santo Padre.
Jesús, al rechazar la citada tentación, nos recordó que, si tenemos fe en el Dios Uno y Trino, debemos alimentarnos de su Palabra, al mismo tiempo que consumimos alimentos físicos para poder vivir (MT. 4, 4).
1-2. La segunda tentación de Jesús. El empeño humano de probar la fidelidad de Dios.
(MT. 4, 5-7). Por medio de la tentación que estamos considerando, el demonio le dijo a Jesús: "Haz lo que quieras, porque Dios está contigo". Existe, desde hace siglos, una peligrosa costumbre, que consiste en interpretar la Biblia, no en conformidad con la voluntad de Dios, sino de acuerdo a los deseos de muchos lectores de la misma. Hay pasajes en la Biblia que, si se interpretan literalmente, pueden ser textos letales para quienes los interpretan inadecuadamente. Desgraciadamente, muchos piensan que, sus interpretaciones bíblicas, les son inspiradas por el Espíritu Santo, lo cual solo les sirve, para hacer, las obras que no deberían llevar a cabo jamás, bajo ningún concepto.
Hay entre nosotros quienes piensan: "Nosotros vivimos y dejamos que los demás vivan. No pecamos porque no robamos ni matamos". Es verdad que quienes así piensan no cometen los pecados más graves, pero, al no dejarse purificar y santificar por la Palabra de Dios, se pierden la dicha de sentirse aceptos por Nuestro Padre común.
El demonio fue muy astuto cuando sometió a Jesús a la tentación que estamos considerando, pues, al citar el Sal. 91, 11-12, se saltó la parte del citado texto, referente a que los ángeles le guardarían en todos sus caminos, así pues, dichas palabras son un gran consuelo para quienes vivimos por la fe que profesamos.
1-3. La tercera tentación de Jesús. Cambiar la fe y obediencia a Dios por la posesión del poder, la fama y el prestigio, que son tan necesarios para triunfar en este mundo.
(MT. 4, 8-10). Dado que el demonio había fallado en sus dos intentos anteriores de conquistar el corazón de Jesús, proponiéndole en el primer caso que tuviera una existencia fácil y vacía, y, en el segundo, que se ganara el corazón de los hombres, haciéndose para los tales un ídolo y por consiguiente que rechazara a Dios actuando al margen del Padre y del Espíritu Santo, Satanás atacó a Jesús con toda la agresividad y astucia que fue capaz de concentrar en sí mismo, proponiéndole, abiertamente, que le adorara a él, y renegara de Dios, a cambio de cederle su dominio sobre la tierra. Lo que parecía una excelente oportunidad para Jesús de acabar con la miseria que afligía la humanidad, solo era un imperdonable acto de idolatría, pues, en el libro de los Salmos, leemos: (SAL. 97, 1).
¿Qué significa el hecho de que Dios es Rey? Esta realidad le recordó a Jesús que el demonio mentía al intentar hacerle creer, -en vano, por supuesto-, que él era el soberano de la tierra.
Si Dios no ha solventado los problemas de la humanidad, ello sucede porque aún no ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados, purificados y santificados, así pues, este hecho no ha de instarnos a ser idólatras, sino, al contrario, ha de entusiasmarnos la idea de vivir en base a la fe que profesamos.
La Palabra de Dios tiene que fortalecernos para que podamos resistir las tentaciones que, al convertirse en obras, impiden que seamos aptos para vivir en la presencia de Dios, a no ser que corrijamos nuestra conducta.
San Pablo les escribió a los cristianos de Éfeso: (EF. 6, 10-17).
2. ¿Cómo debemos reaccionar los cristianos cuando seamos tentados?
Como he demostrado en esta meditación, necesitamos ser tentados, con el fin de que seamos probados. El caso de que no superemos esas pruebas, lo único que significa, es que no debemos de dejar de esforzarnos para seguir perfeccionándonos, así pues, solo porque somos humanos, estamos destinados a fallar muchas veces en el periodo de nuestra superación, porque no somos perfectos. Recordemos que Dios probó la fe de Abraham, cuando le mandó que sacrificara a su hijo Isaac (GN. 22, 1-2).
Sabemos que, aunque Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios no permitió que asesinara al depositario de la promesa de hacerle descendiente de una muchedumbre incontable.
San Pablo indicó en su segunda Carta a los cristianos de Corinto que tenía derecho a enorgullecerse por causa de ciertas revelaciones que le hizo el mismo Dios. También dijo en la citada carta que tenía un aguijón, -el cual no sabemos si era un vicio, una enfermedad u otro problema-, del cual le pidió a Dios que lo librara, porque se le hacía difícil el hecho de soportarlo. Dios le indicó al citado Santo que no lo iba a librar del citado aguijón, sino que, amparándose en su gracia, tendría que sobrevivir con él, el tiempo que le fuera necesario, en conformidad con su crecimiento espiritual (2 COR. 12, 7-10).
¿Creemos que en nuestra debilidad se muestra perfecta la fuerza de Dios? ¿Cómo es posible este hecho, si no cesamos de equivocarnos cuando tomamos decisiones, y, en el caso de estar enfermos, tenemos la sensación de no saber sobrellevar como buenos cristianos nuestros padecimientos? Si nos encontramos en esta situación de desconfianza tanto en Dios como en nosotros, nos es conveniente aplicarnos las palabras del Apóstol San Pablo, contenidas en ROM. 8, 38-39.
A pesar de que San Pablo sabía que era inferior a Nuestro Señor, no dudó en confiarse a Cristo, para que el Salvador del mundo le hiciera instrumento de la salvación de sus oyentes y lectores (GÁL. 2, 20).
Al mismo tiempo que los hebreos probaron la fidelidad de Yahveh en su peregrinación a través del desierto, Dios probó la fe de su pueblo, por medio de las dificultades que le hizo vivir (NM. 20, 1-13).
San Pablo nos insta a evitar las tentaciones que nos inducen a incumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Veamos unos ejemplos de ello.
En la Iglesia de Corinto, había fieles que, aunque estaban casados, querían evitar el hecho de mantener relaciones maritales, con el fin de dedicarse al servicio de Dios. San Pablo, previendo más allá del deseo de sus creyentes discípulos, la posibilidad de que, tanto los tales como sus cónyuges, pudieran caer en el pecado de fornicación, les indicó a sus lectores: (1 COR. 7, 5).
San Pablo velaba por la fe de sus oyentes y lectores de Corinto, porque no quería que ninguno de ellos incumpliera la voluntad de Dios (2 COR. 11, 2-3).
Es importante que, a pesar de las dificultades que tengamos, nunca dejemos de creer en Dios, por consiguiente, San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: (1 TES. 3, 4-5).
En el ambiente de no creyentes en que la mayoría de los cristianos vivimos, se nos presentan muchas oportunidades de renegar de Dios (1 JN. 2, 15-17).
Creo necesario interrumpir la meditación en que estamos ocupados, para hacer una breve aclaración sobre las palabras de San Juan que acabamos de recordar. Para comprender el citado texto, nos es necesario recordar, que, el mismo, fue escrito en un tiempo, en que los cristianos eran ferozmente perseguidos, lo cual hacía que los tales se distinguieran del mundo, por causa de la opresión que padecían. En aquel tiempo, formar parte del mundo, significaba renunciar al Dios de los cristianos, y, por tanto, a su Iglesia. Actualmente, quienes no estamos siendo perseguidos, no debemos odiar este mundo, pero sí debemos rechazar todo lo que se opone a Nuestro Dios Uno y Trino. Debemos amar el mundo en que vivimos, no solo porque somos sus hijos, sino porque tenemos el deber de contribuir, con nuestras palabras y obras, a la salvación de nuestros hermanos, independientemente de que los tales sean creyentes en Dios, pues, por esta causa, lleva la Iglesia a acabo, su obra de Evangelización.
La fuente más poderosa de tentaciones a la que debemos enfrentarnos, somos nosotros mismos (ST. 1, 14).
No temamos el hecho de ser tentados, pues, San Pablo, nos instruye: (1 COR. 10, 13).
Somos débiles para superar nuestras tentaciones, por consiguiente, en nosotros se cumplen las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan, cuando, en la noche en que Judas le entregó a sus enemigos, les encontró durmiendo, cuando les pidió que oraran, con tal de no caer en tentación: (MT. 26, 41).
En quienes, aunque fallen en su crecimiento espiritual, se mantienen fieles al Señor, se cumple esta promesa magnífica: (AP. 3, 10-12).
No dejemos de orar, para que Dios no permita que pasemos por la prueba de caer en la tentación que nos aparta de Él.
Jesucristo, -el Sembrador de la Palabra de Dios en nuestros corazones-, nos dice: (MT. 13, 20-21).
Con tal de que evitemos el hecho de caer en la tentación de pecar, muchos predicadores nos dicen que no nos relacionemos con quienes incumplen la voluntad de Dios. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a este hecho? El Apóstol nos dice que todos los hijos de la Iglesia deben ser puros (1 COR. 5, 6-11).
Concluyamos esta meditación, aplicándonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 TES. 5, 8).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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