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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.

   Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.

   El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.

   Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.

   Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.

   Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.

   Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.

   Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.

   A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.

   ¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?

   ¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?

   En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.

   A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.

   Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.

   Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.

   Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.

   Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.

   Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.

   Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.

   Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.

   Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.

   Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.

   Espíritu divino:

   Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.

   2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 21, 5-19.

   3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).

   El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.

   Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.

   Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.

   3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.

   Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.

   A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.

   3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).

   Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).

   3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).

   Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.

   No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.

   3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).

   El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.

   3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).

   Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.

   Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.

   Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.

   3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).

   Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.

   ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.

   3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).

   Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
   2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
   3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
   4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
   5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
   6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
   7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
   8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
   9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?

   3-2.

   10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
   11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
   12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
   13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?

   3-3.

   14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
   15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
   16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?

   3-4.

   17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
   18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
   19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
   20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?

   3-5.

   21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
   22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
   23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?

   3-6.

   24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
   25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
   26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
   27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?

   3-7.

   28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
   29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
   30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
   31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?

   3-8.

   32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
   33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?

   5. Lectura relacionada.

   Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.

   Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.

   De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?

   Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.

   Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.

   Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.

joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre el ayuno. (Miércoles de Ceniza).

    Estudio bíblico sobre el ayuno.

   Las prácticas cuaresmales.

   Estimados hermanos y amigos:

   Un año más nos vamos a disponer a preparar la celebración de la Semana Santa y la Pascua de Resurrección a través de las prácticas cuaresmales.

   El ayuno de carne y de productos lácteos es un símbolo de la abstención de hacer el mal.

   La oración es la consecuencia directa de creer en Dios, así pues, sólo si hablamos con Nuestro Padre común, y creemos que Él nos habla a través de la Biblia, las circunstancias relativas a nuestras vidas y sus predicadores, podemos entender que tenemos fe. Quienes dicen que tienen fe, pero no oran, no creen en Dios firmemente, así pues, aunque la fe de los que oramos no es completa porque ello nos lo impide nuestra humana imperfección, si nuestra creencia es tan débil que ni siquiera nos crea la necesidad de hablar con Nuestro Creador, ¿qué frutos podemos esperar de dicha fe?

   Por otra parte, aunque durante los próximos cuarenta días muchos de nuestros hermanos se mortificarán pretendiendo de esa forma corregir su humana imperfección, por el aumento de su fe, y su bienestar psíquico y físico, deberían buscar formas alternativas de corregir sus defectos en el caso de que ello les sea posible, pues el hecho de sufrir por sufrir nunca ha sido útil para nadie.

   El ayuno.

   "Llamamos "ayuno" a la abstinencia de alimentos y/o bebidas que es prolongado durante un espacio de tiempo mayor al habitual. Durante el transcurso de la Historia, las religiones que en mayor o menor medida han estado caracterizadas por la práctica del ayuno son: el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam, el Confucianismo, el Hinduismo, el Taoísmo y el Jainismo. Algunos budistas tibetanos también practican el ayuno, a pesar de que en dicha religión se modera el consumo de los alimentos, sin que los adeptos de la misma se vean obligados a ayunar por causa de ningún rito cultual. En un principio, el ayuno fue concebido como uno de los numerosos actos cultuales en que las actividades físicas se suspendían total o parcialmente, de forma que quienes lo practicaban, simbólicamente, meditaban sobre lo que llegarían a ser cuando murieran, o en lo que fueron antes de nacer. Esta práctica también estaba relacionada con los ritos de fertilidad que conformaban muchas ceremonias primitivas que se celebraban en los equinoccios de  primavera y otoño y se prolongaron durante siglos. Muchos investigadores consideran que el consumo de pan ácimo que hacían los judíos durante sus ayunos pascuales y la conservación de la citada práctica por los cristianos en el tiempo preparatorio de la Pascua (la Cuaresma) como una imitación de las prácticas primitivas del citado sacrificio ritual y penitencial. El ayuno también se ha practicado a lo largo de la Historia con el fin de alejar las catástrofes o para pedirle a Dios que les conceda favores a sus penitentes, a los familiares o a los amigos queridos de los mismos, así pues, muchos cristianos ayunan con la finalidad de obtener de Nuestro Padre común el perdón de sus pecados.

   Los judíos han guardado el ayuno añadiéndole al mismo un sentido purificador, desde que Moisés lo prescribió por inspiración divina, para que sus hermanos de fe lo practicaran en la celebración anual de Yom Kipur (Día de la Expiación). En dicha celebración, los judíos no podían consumir alimentos ni bebidas.

   Actualmente, los musulmanes han de ayunar con sentido expiatorio durante el mes del Ramadán todos los días del mismo, hasta la puesta del sol.

   Durante los dos primeros siglos de vida del Cristianismo, la Iglesia concibió el ayuno como acto de expiación y purificación, de forma que lo practicaban voluntariamente quienes querían recibir el Bautismo, la Eucaristía y las órdenes sagradas. Con el transcurso del tiempo, los citados ayunos fueron obligatorios para todos los creyentes, al mismo tiempo que aparecieron nuevas prácticas que les obligaban a abstenerse de ingerir alimentos y bebidas. Si hasta el siglo VI el ayuno cuaresmal se prolongaba durante las cuarenta horas originales (el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro), la citada práctica se prolongó durante la cuarentena que antecede a la Pascua, para que, a través del ejercicio de la penitencia, los creyentes desearan ardientemente ser purificados de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina. Durante la conmemoración de los cuarenta días que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, los cristianos sólo podían alimentarse una vez diariamente.

   A pesar de que esta práctica ha estado muy arraigada en el Judaísmo y el Cristianismo, algunos autores bíblicos y cristianos no han dudado en afirmar que no convirtamos el ejercicio del ayuno en una formalidad vacía, ya que ello no nos impide el hecho de vivir al margen de la Ley de Dios.

   Actualmente, la Iglesia Católica insta a sus fieles que tienen más de ventiún años y no son mayores de sesenta y uno a que ayunen selectivamente, de forma que no se abstengan totalmente de consumir alimentos y bebidas, exceptuando la hora que antecede a la Comunión. A pesar de la reducción del ejercicio de dicha práctica, la Iglesia les recomienda a los citados creyentes que ayunen el Miércoles de ceniza (el primer día de la Cuaresma) y el Viernes Santo (con el fin de conmemorar la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret, para que comprendan que el Hijo de María padeció a manos de sus persecutores y que murió por causa de la maldad de la humanidad, y para que deseen ser purificados de ese mal y de otros pecados que hayan cometido).

   Es curioso comprobar que, a pesar del arraigo que el ayuno ha tenido en el Judaísmo y el Cristianismo, el Hijo del carpintero nazareno no estableció ningún ayuno para que lo practicaran sus Apóstoles ni sus discípulos. Jesús les dice a los amantes de las prácticas religiosas superficiales, las palabras que leemos en MC. 2, 19-20. Voy a contaros una anécdota simpática que ilustra perfectamente lo que pienso que Jesús quiso decirnos al comparar nuestra existencia con un banquete de bodas, en el que Nuestro Señor  es el novio que sacia de alimentos a sus invitados, es decir, que colma todas sus aspiraciones. Durante muchos años he tenido un problema de exceso de peso, Así pues, cuando tenía 23 años (actualmente, en el año 2006, tengo 29), llegué a pesar 108 kilos. Como por causa del comienzo de mi actividad de vendedor del cupón de la ONCE, tenía que recorrer varios kilómetros a pie todos los días, y tenía que permanecer más de 17 horas de pie, no tardé mucho tiempo en empezar a trabajar para reducir mi peso excesivo. A pesar de que mi peso ha bajado 36 kilos, siempre que voy a mi pueblo, quienes pasaron hambre durante los años que se prolongó la Guerra Civil Española, me dicen que me alimente bien, por si me toca vivir un nuevo periodo de carestía.

   Los psicoanalistas afirman que quienes sufren depresión necesitan sufrir constantemente, pero la Psicología moderna no comparte este principio, así pues, la mejor forma que tenemos de solucionar muchos de nuestros problemas (aquellos que nos causamos nosotros), consiste en enfrentarnos a ellos. No me opongo al hecho de que oremos para pedirle a Nuestro Padre común que nos ayude a vencer los obstáculos que impiden nuestra consecución de la felicidad, pero pienso que no tiene sentido el hecho de ayunar ni lacerarnos con tal de que Dios se apiade de nosotros y haga lo que no nos sentimos capaces de hacer, unas veces porque efectivamente ello escapa a nuestras posibilidades, y otras veces porque somos nihilistas, y nos es más fácil quejarnos para que Dios siga alimentando nuestra pereza, que esforzarnos para alcanzar nuestras metas.

   El ayuno es una práctica judeocristiana utilizada para pedirle mercedes a Dios.  Muchos cristianos creemos que esta práctica no tiene sentido porque Nuestro Padre celestial no necesita vernos sufrir para concedernos lo que le pedimos, pues Él sabe en qué momento debe otorgarnos los dones que necesitamos. Estoy cansado de ver a miles de penitentes que llevan a cabo actos carentes de toda lógica con el fin de convencer a Dios para que les conceda lo que quieren de Él, ya que todos los que tenemos conocimientos bíblicos sabemos perfectamente que nos es imposible sobornar a Nuestro Padre común, o llevarnos a Dios a nuestro terreno por las malas.

   A Dios no le sirven nuestros ayunos, pero Jesús aprovecha la existencia de esa práctica para purificar nuestras intenciones, y para convencernos de que no seamos hipócritas, según vemos al reflexionar sobre el modo en que hemos de darles limosna a los carentes de dádivas materiales (MT. 6, 16-18)".

   Dado que los cristianos católicos no nos ponemos de acuerdo con respecto a la cuestión del ayuno, veamos qué nos dice la Biblia al respecto de esta práctica.

   Veamos dos fragmentos de la prescripción legal -y por tanto obligatoria- de lo que se cree que era el ayuno del día de la Expiación: (LV. 16, 29-31). En el capítulo 23 del Levítico, se dice con respecto al citado día de la Expiación: (LV. 23, 29-32). El ejercicio penitencial empezaba en la tarde del día nueve del mes séptimo, y terminaba en la tarde del día siguiente, ya que los judíos finalizaban el día a la puesta del sol, es decir, no  consideraban que el día empezaba al amanecer, tal como nosotros lo hacemos actualmente. ¿Para qué les servía a los judíos el citado ayuno? Los hermanos de raza de Nuestro señor sentían dolor por sus pecados en el citado día, porque les era necesario reconocer el estado en que estaban sumidos por causa de los pecados que habían cometido, para de esa forma tener presente la necesidad que tenían de que se les redimiera o eximiera de sus culpas.

   Dios no desea que vivamos encerrados en el dramático pensamiento de que somos pecadores irremisibles, dado que ello perjudicaría nuestra relación con Él y nos destruiría psicológicamente. A pesar de esta realidad, nos es necesario recordar en algunas ocasiones que hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Nuestro Padre común, con el fin de que valoremos todos los bienes que Nuestro Creador nos ha concedido.

   Aunque el único ayuno obligatorio según la Ley de Israel era el de el día de la Expiación, los descendientes de Abraham ayunaban voluntariamente en otras ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

   Cuando Moisés subió al monte Sinaí para que Dios le entregara las dos tablas de la Ley, y el pueblo le esperaba junto a su hermano Aarón, sucedió lo expuesto en ÉX. 34, 28.

   Cuando transcurrieron veinte años desde que los filisteos les devolvieron el Arca de la Alianza a los judíos, aconteció el siguiente suceso: (1 SAM. 7, 3 y 6)

   El profeta Joel aclaró en su Profecía inspirada que quienes ayunen han de hacer penitencia sinceramente, y no han de actuar como hipócritas que quieren galantear por causa de su falsa fe (JL. 2, 12-13). El texto profético que estamos recordando nos hace pensar a muchos cristianos que el ayuno que Dios nos pide no consiste en la privación de alimentos, sino en la abstención de hacer el mal, según nos apoya la profecía de Isaías, un texto en el que se recogen las palabras de Dios a uno de sus Hagiógrafos (IS. 58, 1-10).

   Desgraciadamente, entre los católicos, muchos tienen la costumbre de afligir su alma, pero no hacen penitencia indicando de esa forma que son conscientes de su estado de pecado y debilidad y de que se convierten a Dios para someterse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, pues únicamente se esfuerzan, como dice el texto de Isaías que acabamos de considerar, para conseguir que Dios actúe para darles gusto. Durante los días de Semana Santa, muchos de nuestros hermanos saldrán a las calles de los pueblos y ciudades en que viven vestidos de penitentes dándole a conocer a todo el mundo el impresionante esfuerzo que harán para cumplir promesas que les han hecho a las imágenes, no para alabar a Dios, sino para ver cumplidos sus deseos, así pues, si los Santos cumplen sus deseos, los considerarán dignos de su devoción, pero, si no ven que las cosas se hacen según su gusto, se preguntarán:

   ¿Por qué es Dios tan desconsiderado con nosotros?

   Sé que muchos actúan de esa forma por ignorancia, pero otros lo hacen conscientemente, porque, a pesar de que conocen las Escrituras Sagradas, sólo se acogen a las cosas que les convienen.

   Cuando los judíos regresaron a su país después de que concluyera el tiempo de su cautividad en Babilonia, el pueblo de Judá llegó a ayunar hasta cuatro veces al año, no para recordar que fue hecho cautivo en el pasado porque desobedeció a Dios, sino que Yahveh  lo maltrató. ¿Podía Dios permitir esa situación? ¿Quiere Dios que pensemos en nuestros problemas y que paralicemos nuestras vidas pensando únicamente en el sufrimiento que nos caracteriza? Dios le inspiró a Zacarías las siguientes palabras: (ZAC. 8, 19).

   Según los ejemplos bíblicos citados en esta meditación y otros existentes en el Antiguo Testamento, ¿debemos los cristianos practicar el ayuno? Jesús, sus Apóstoles y discípulos, practicaron el ayuno del día de la Expiación, porque eran judíos, y, como tales, estaban bajo la Ley de Moisés, y, aunque Nuestro Señor no instituyó ninguna nueva norma sobre el ayuno, ni dijo de dicha práctica que era obligatoria ni que tampoco era necesario llevarla a cabo, en la Biblia vemos que algunos de sus seguidores ayunaban voluntariamente, así pues, San Lucas nos cuenta en sus Hechos -o Actas- de los Apóstoles cómo San Pablo y sus compañeros ayunaban cuando el Espíritu Santo les pidió que apartaran a Saulo y a Bernabé, con el fin de que ambos iniciaran el primer viaje misional (HCH. 13, 1-3). También podemos ver cómo Pablo y otros creyentes ayunaron en la comunidad que dicho Santo fundó en Listra, en la cuál eligieron ancianos para que cuidaran la fe de quienes a ellos les fueron encomendados (HCH. 14, 23).

   Jesús dijo con respecto al ayuno, las palabras que leemos en LC. 5, 34-35. Dado que tanto los discípulos de los fariseos como los de San Juan el Bautista ayunaban voluntariamente para hacer penitencia, los enemigos de Jesús querían saber por qué el Mesías no instaba a sus seguidores a que hicieran lo mismo. Jesús les respondió que sus seguidores no tendrían que afligirse mientras estuvieran con Él, dado que sufrirían mucho cuando Nuestro Señor muriera, se lamentarían mientras no recibieran el Espíritu Santo, y sufrirían mucho aquellos que estuvieran destinados a tener una fe lo suficientemente grande como para resistir el martirio. Nosotros, al igual que los creyentes de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, cuando somos atribulados por causa de enfermedades y otros problemas, afligimos nuestra alma con ayunos si creemos que esta práctica es útil, y oramos, con el fin de que nuestra fe se fortalezca, para que podamos resistir las pruebas a las que tenemos que sobrevivir.

   ¿Por qué los cristianos no celebramos el día de la Expiación? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Carta a los hebreos, en un fragmento de la misma que nos hace deducir que el sacrificio de Jesús es el pacto (el Nuevo Testamento) que anuló los sacrificios de la antigua Ley de Israel (HEB. 9, 27-28).

   Aunque Jesús no dijo nunca que sus seguidores hemos de ayunar, hemos de tener presente el siguiente fragmento evangélico, que aconteció cuando el Mesías fue bautizado: (MT. 4, 1-2).

   ¿Por qué ayunó Jesús? De la misma manera que cuando estamos preocupados, nos encontramos enfermos o necesitamos perder mucho peso en poco tiempo ayunamos, Jesús ayunó para comunicarse con Dios, pues tenía que prepararse a iniciar su difícil Ministerio público, para desmentir a quienes no creen en la fuerza del amor divino y humano, según el siguiente texto: (JOB. 2, 4), para santificar el nombre del Dios de quien la serpiente le dijo a Eva que era un mentiroso, al desmentir las palabras de Dios expuestas en GN. 2, 17, según los siguientes versículos del Génesis, que contienen unas palabras que el demonio le dijo a Eva (GN. 3, 4-5), y para salvar a la humanidad de los efectos del pecado: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (ROM. 6, 23).

   Conclusión.

   Dios no nos obliga a que ayunemos ni nos impide que lo hagamos, así pues, el hecho de que ayunemos depende de si nuestra conciencia nos obliga a ello, o de si utilizamos dicha práctica para mortificarnos creyendo que ello es provechoso, o para perder unos kilos cuando se acerca el verano, y llevar a cabo un acto teatral durante la Semana Santa, fingiendo que lloramos por unos pecados de cuyo alcance no somos -o no queremos ser- plenamente conscientes, si es que los hemos cometido.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Lo esencial del Cristianismo. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Lo esencial del Cristianismo.

   Ya que al aceptar la revelación de Dios a nosotros sus hijos, la Iglesia nos pide que les transmitamos a nuestros prójimos el gozo que significa el hecho de ser hijos de un mismo Padre celestial, permitidme que os proponga que hagamos un ejercicio entre nuestros familiares y/o amigos, el cual consiste en que les digamos a los mismos lo esencial del Cristianismo, con el fin de que los tales se conviertan a Nuestro Padre y Dios si lo estiman oportuno.

   ¿Qué es para nosotros lo esencial del Cristianismo?

   ¿Cómo podríamos sintetizar el contenido de nuestra fe para que quienes no creen en Dios sientan el deseo de leer los Evangelios y de asistir a las celebraciones eucarísticas?

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado por medio de su Hijo amado. Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado de una forma sensible, según nos narra este hecho San Juan en su Evangelio (JN. 1, 14; HEB. 1, 1-2).

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios, compadecido del hecho de que el mal en todas las formas que se manifiesta ha azotado a la humanidad desde que el hombre existe sobre la haz de la tierra, en la pequeñez de un Niño indefenso necesitado de los cuidados sin los que cualquier pequeñuelo moriría irremisiblemente, y por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Hijo, nos ha manifestado su omnipotencia y su amor, con el fin de hacernos vivir en su presencia, cuando aprendamos a ser tan bondadosos como lo es Él.

   Jesús y los ateos.

   Aunque actualmente podemos dedicarle mucho tiempo a la evangelización de nuestros oyentes en el supuesto caso de que encontremos a quienes estén dispuestos a conocer la fe que profesamos, en los primeros tiempos del Cristianismo, los minutos que los creyentes podían dedicarle a la evangelización de sus oyentes, eran decisivos para que los tales aceptaran -o rechazaran- nuestra fe. Hay que dar por supuesto que muchos de quienes decidían creer en Dios en esas charlas circunstanciales no tenían una fe completa y mucho menos el tiempo necesario para ser instruidos en el conocimiento del Señor y de su Iglesia, pero, a pesar de ello, entre aciertos y errores, los tales tenían que dejarse conducir por el Espíritu Santo, para que la tercera Persona de la Santísima Trinidad, atendiendo a la capacidad de ser perfeccionado de cada uno, los ayudara a abrazar sus nuevas creencias. Os digo esto porque muchos de nuestros hermanos consideran que el ciclo de evangelización de cada persona necesariamente tiene que pasar por un largo periodo catequético, pero, por razones que escapan a nuestra capacidad de retener a quienes nos escuchan predicar el Evangelio, -dado que somos sembradores de la Palabra de Dios, y no recolectores de los frutos que nuestra predicación produce en quienes nos escuchan-, tenemos que orar para que el Espíritu Santo complete nuestra tarea, la cuál fue comenzada por nosotros, bajo la inspiración del amor procedente del Padre y del Hijo.

   Supongamos el hipotético caso de que le predicamos el Evangelio a alguien que, aunque se compromete a leer los Evangelios, y cree en la Persona de Jesús, rechaza nuestra fe, pero vive los valores predicados por Nuestro Señor. Mi experiencia personal me ha hecho comprender que muchos ateos, aunque no creen que Jesús es Dios, ven en Nuestro Señor a un gran Hombre digno de imitar, por causa de sus valores, los cuales, al parecer que se van extinguiendo de nuestras sociedades actuales porque nos enfocamos en diferentes objetos, nos hacen constatar cómo mucha gente actúa irracionalmente. El hecho de no creer en Jesús como Dios, sino como Hombre digno de imitar, no significa una negación de Nuestro Señor, sino la adquisición del compromiso de comunicarles a los hombres la necesidad que tenemos de vivir inspirados en los valores de Nuestro Salvador.

   Los no creyentes, al leer la Biblia, pueden encontrar un reflejo de sus vidas, y una síntesis de la Historia de la humanidad, la cuál, en algunas ocasiones, ha estado marcada por la vivencia de valores humanos positivos, y, en otras ocasiones, ha registrado episodios de tiranía que únicamente han servido para cometer injusticias y hacerles sufrir a los débiles.

   A veces, los éxitos que alcanzamos provocan estados de crisis, cuando comprobamos que los mismos nos aportan nuevas exigencias, así pues, aunque a partir de la Revolución Industrial se cambiaron muchas estructuras sociales, la Historia es testigo de que el citado cambio político-económico social no le aportó al hombre del siglo XIX ni del XX -ni nos aportará a quienes vivimos en este siglo- la felicidad completa, pues los valores espirituales no dependen ni de la riqueza ni de la pobreza que caractericen nuestras vidas.

   A pesar de que los ateos rechazan todos los conocimientos que no les son aportados por la ciencia, muchos millones de ellos tienen que aceptar el hecho de que la ciencia nos aporta muchas enseñanzas, pero no nos hace conscientes del deber que debemos realizar en nuestras vidas, dado que, quienes se han sacrificado por alguna causa a lo largo de la Historia, no lo han hecho por amor a la ciencia, sino teniendo presentes sus valores espirituales y morales, los cuales no han tenido por qué ser adquiridos profesando ningún credo.

   Si muchos cristianos podemos asimilar nuestra religión como una forma de vida, y aquellos de nuestros hermanos que temen por la salvación de sus almas asimilan la misma como una exigencia ineludible, los no creyentes ven en la Biblia la máxima expresión de los sentimientos del hombre, la necesidad que este tiene de encontrar el sentido de su vida, y la comprensión de que los avances que nuestras sociedades modernas experimentan carecen de sentido, si no están inspirados en un maduro crecimiento psicológico, espiritual y moral de toda la humanidad.

   Las palabras del Señor expuestas en MC. 1, 15, pueden significar para quienes no son creyentes: El tiempo se ha cumplido y es posible la existencia de un mundo perfecto, es decir, lo que en el principio de la existencia del Socialismo parecía una utopía, es totalmente posible. Fortaleceos moralmente y luchad denodadamente para que lo más pronto posible vivamos esa realidad.

   Jesús nos pide a los creyentes que vivamos plenamente entregados a nuestros compromisos cristianos, y, si somos honrados en la vivencia de los mismos, toda la humanidad, -creyentes y no creyentes-, nos daremos cuenta de que no tiene sentido el hecho de exigirnos a nosotros más -ni menos- de lo que les exigimos a los demás, dado que la sociedad perfecta llamada Reino de Dios será resultante de la dedicación personal -y comunitaria- a hacer el bien, y no de la explotación de los débiles.

   Es necesario que los cristianos nos comprometamos con la evangelización, pero, si no conseguimos convertir a algunos de nuestros oyentes al Evangelio, deberemos evitar el hecho de juzgarlos, porque, quienes mucho se exigen a sí mismos, al comprender lo difícil que es el hecho de crecer a cualquier nivel en la vida, evitarán el hecho de juzgar temerariamente a los demás.

   Quienes no creen en Dios, pero creen que el hombre puede crear un mundo perfecto, al comprender que el bien se consigue por el camino de la entrega personal, no ven en la muerte de Jesús un fracaso a pesar de que no son cristianos y por consiguiente no creen en la resurrección de los muertos, sino la máxima expresión de lo que deberíamos estar dispuestos a hacer, cada cuál, desde nuestro estado actual, con el fin de alcanzar la vivencia en el mundo carente de miserias añorado por los comunistas y los socialistas.

   Finalizo esta meditación diciéndoos que depende en gran parte de nosotros los cristianos el hecho de que todos -creyentes y no creyentes-  nos esforcemos para lograr la rápida instauración del Reino de Dios en el mundo, para lo cuál, nos es preciso respetar a quienes no comparten nuestras creencias, ora porque no son católicos, ora porque no creen en Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El Señor ha amanecido sobre nosotros. (Meditación de la primera lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.

   Meditación de IS. 60, 1-6.

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.

   Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.

   Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.

   En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.

   El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.

   Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?

   Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com