Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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El dogma de la Inmaculada Concepción de María. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
El dogma de la Inmaculada Concepción de María.
María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.
El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).
Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).
Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.
Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.
María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).
Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.
El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.
Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.
¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?
Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.
Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.
Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?
Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.
Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).
Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).
María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.
SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).
Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?
Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.
Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).
Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).
De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El dogma de la Inmaculada Concepción de María.
María de Nazaret, -la Madre de Nuestro Señor Jesucristo-, siempre ha sido digna de la veneración de todos los cristianos. Dos ejemplos de ello lo constituyen San Lucas el Evangelista, en cuya primera obra describe con gran belleza los pasajes relacionados con la Madre del Redentor de la humanidad, y Dionisio el Aeropagita, quien llegó a decir que, si San Pablo, -su maestro-, no le hubiera dado a conocer a Dios, hubiera confundido a la Madre de Jesús con el Todopoderoso.
El dogma que celebramos en esta ocasión, sostiene que, desde el momento de su Concepción, el alma de María Santísima fue libre de la mancha del pecado original, que, según afirma la Iglesia, siguiendo la doctrina de San Pablo, nos caracteriza a todos. Atendamos a las palabras de San Pablo: (ROM. 5, 12).
Al hablar de "todos" en su Carta a los Romanos, el Apóstol no tuvo en cuenta a Enoc y a Elías, quienes fueron llevados al cielo en vida, sin que experimentaran la muerte (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11).
Al no estar marcada por el pecado original, Nuestra Santa Madre pudo vivir sin cometer ni un solo pecado.
Si todos nacemos con la mácula del pecado original, ¿por qué María fue un caso excepcional? Dios le concedió el don de la pureza perfecta a Nuestra Santa Madre para que pudiera dar a luz a su Hijo. Recordemos que si el amor de Dios no tiene límites, su justicia ha de ejecutarse a su tiempo, así pues, en virtud de la misma, el Hijo del Todopoderoso tenía que nacer de una mujer cuya alma fuese perfecta -es decir, pura y santa-.
María de Nazaret también murió, pero, al tener el privilegio de no haber estado marcada por el pecado de nuestros ancestros, se cumplieron en ella las siguientes palabras del Apóstol: (ROM. 6, 23B).
Al no necesitar ser purificada del pecado, María fue ascendida al cielo en cuerpo y alma, sin que experimentara la corrupción del sepulcro, sin que le fuera necesario esperar la llegada del fin de los tiempos para recuperar la vida, tal como nos sucederá a nosotros, cuando fallezcamos.
El desconocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas eclesiásticas que desgraciadamente caracteriza a la mayoría de nuestros hermanos católicos, ha logrado que se extienda la confusión entre el dogma de la Inmaculada Concepción de María, y la enseñanza de la virginidad de la Madre de Nuestro salvador, por la que sabemos que el Mesías vino al mundo de una mujer virgen. No confundamos la Inmaculada Concepción, que afirma que María fue concebida sin estar marcada por la mancha del pecado original, con la Virginidad de María, por la que sabemos que Jesús se hizo Hombre por obra y gracia del Espíritu Santo.
Son muchos los que creen que cuando los Papas proclaman los dogmas tienen la pretensión de aumentar el poder mental que ejercen sobre los católicos, aprovechándose de que dichos dogmas son irrebatibles, -es decir, los católicos que no los aceptan, dejan de pertenecer a la fundación de Cristo-. Dado que la aceptación de los dogmas es de crucial importancia para los hijos de la Iglesia, ello causa el hecho de que las creencias se gesten en la Iglesia durante muchos siglos, con tal de que podamos tener la seguridad de que sólo llegan a ser creencias indispensables (dogmas de fe), aquellas que se consideran veraces por la gran mayoría de los creyentes. San Bernardo de Clarabal y Santo Tomás de Aquino se opusieron a la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Al citar este dato histórico, sólo pretendo recordar que, antes de proclamar los dogmas, la Iglesia espera que las creencias que hace indispensables se arraiguen en la gran mayoría de los creyentes. A partir del año 1854, la creencia en la Inmaculada Concepción de María dejó de ser una idea a debatir, porque el Papa Pío IX, proclamó la misma como un dogma esencial para la fe de la Iglesia.
¿Por qué no aceptan todos los católicos el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima? Ello sucede porque ningún bersículo bíblico afirma textualmente que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por el pecado original. A pesar de ello, ¿podría haber nacido el Hijo del Dios perfecto de una mujer necesitada de la perfección divina?
Durante los siglos que la Iglesia espera que una creencia se haga indispensable para la gran mayoría de los creyentes, los Papas, sin promocionar dicha creencia, esperan con tal de averiguar si dicha idea se difunde. Si ello sucede, y existe en la Biblia una base que apoye dicha creencia, se llega a la conclusión de que el Espíritu Santo desea que dicha creencia sea proclamada como dogma indispensable, por lo que la Iglesia actúa en consecuencia.
Aunque en la Biblia no se puede leer textualmente que María nació estando libre de la mácula del pecado original, a lo largo de muchos siglos de historia, el Espíritu Santo le ha descubierto a la Iglesia que el dogma que hoy celebramos se contiene en la Biblia. Sé que muchos de mis lectores me preguntarán: ¿No se ha difundido la idea de que todas las revelaciones bíblicas concluyeron cuando San Juan cerró el Nuevo Testamento con su Apocalipsis o Revelación? A quienes manifiesten este pensamiento, Jesús les da una gran sorpresa por medio de San Juan el Evangelista, pues nos dice las palabras que encontramos en JN. 16, 12.
Si el culto mariano hubiera surgido con la fuerza de que goza actualmente en el siglo I, muchos creyentes hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis. Una vez desaparecido el culto a tal diosa, ¿qué inconveniente existe para que veneremos a la Madre de Jesús?
Las verdades que Dios quiere que conozcamos fueron escritas en la Biblia, pero las mismas nos son reveladas a través del paso de los siglos, cuando nos conviene conocerlas.
Dios tuvo en cuenta a María desde que creó el mundo, y Adán y Eva le desobedecieron, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a la serpiente, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
El linaje de la nueva Eva, -es decir, la descendencia de María Santísima-, son los hijos de la Iglesia. Los descendientes del diablo (la serpiente), son quienes rechazan a Dios, a pesar de que le conocen y tienen pruebas lo suficientemente acreditables como para creer en Él. Ambos linajes están enemistados. Jesucristo, por su Pasión, muerte y Resurrección, es el vencedor de Satanás el Demonio y sus secuaces. Jesucristo es Nuestro Redentor, y, desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Santo Padre dispuso que su Hijo naciera de María (GÁL. 4, 4).
Los protestantes no aceptan los dogmas marianos defendidos por los católicos. Ellos dicen que María fue una pecadora común, porque dijo de Jesús que Nuestro Señor es su Salvador en su oración (LC. 1, 47).
María no fue afectada por el pecado original, pero Jesús fue su Salvador. ¿Por qué? Porque, por una concesión especial del Espíritu Santo, fue distinguida entre el común de los mortales, para poder ser la Madre de Nuestro Redentor, para que tanto el amor como la justicia divinos no se contradijeran, así pues, vemos cómo en el Antiguo Testamento Dios no se les manifestó personalmente a sus creyentes, con tal que su justicia no actuara contra los pecadores, pero nunca dejó de proteger a sus hijos, por causa del amor con que les amó.
SE nos hace necesario interpretar la Biblia sin cometer errores. Debemos distinguir en qué medida se dice en la Biblia que somos pecadores al mismo tiempo que se narran experiencias de justos, -es decir, gente de fe que practicaba la justicia-. Veamos un ejemplo de ello: (ROM. 3, 10-12. 23; LC. 1, 5-6).
Si según el texto de la Carta a los Romanos que hemos recordado, no existe nadie que busque a Dios y que sea justo, ¿cómo se explican la fe y la justicia de los padres de San Juan el Bautista?
Zacarías y Elisabeth obtuvieron del Espíritu Santo la virtud de la fe, gracias a la cual, fueron justos en la presencia de Dios.
Por otra parte, si nadie busca a Dios, ¿por qué Cornelio se esforzó en conocer a Nuestro Creador? (HCH. 10, 3-5).
Si en el mundo no hay justos desde el punto de vista de los protestantes, porque todos somos pecadores, ¿cómo se explica el siguiente texto?: (ST. 5, 16).
De la misma manera que hay justos en un mundo de injustos, María Santísima pudo ser concebida como mujer de perfectísima pureza, porque Dios quiso que ello sucediera.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
Meditación.
Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.
¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.
El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).
Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.
San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).
A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).
El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).
Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).
Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.
El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).
Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).
La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.
Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).
¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.
Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.
Nota:
Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.
¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.
El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).
Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.
San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).
A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).
El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).
Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).
Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.
El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).
Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).
La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.
Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).
¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.
Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.
Nota:
Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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