Meditación.
1. Noviembre es el mes en que se funden dos años litúrgicos, acaba un periodo de formación y entramos en el tiempo de Adviento, un periodo que dura aproximadamente 4 semanas, y nos introduce en la celebración de la Navidad. La Liturgia del presente mes y parte del mensaje del Adviento, tienen como finalidad hacernos comprender que en cierta forma los cristianos no somos habitantes del mundo, pues somos hijos de un Dios cuyo Unigénito nos ha preparado una morada en su Reino. Cuando Jesús instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes, les dijo a sus discípulos: (JN. 14, 1-2).
Jesús dice que en el cielo hay un lugar para todos sus discípulos.
San Juan nos transmitió la oración sacerdotal de Jesús, un texto muy bello del que podemos extraer las siguientes palabras: (JN. 17, 20)
Jesús oró por sus Apóstoles y, antes de entregarse a su Pasión y muerte, nuestro Hermano oró también apasionadamente por todos los que nos hemos convertido a Él después de conocer y aceptar la predicación de sus primeros seguidores, que ha llegado a nosotros durante el transcurso de los últimos 2000 años.
¿Qué pruebas necesitamos para creer que Jesús nos ama?
¿De quién podéis decir que os amó tanto que oró por vosotros muchos siglos antes de que fueseis concebidos?
Los autores del Nuevo Testamento, predicaban el Reino de Dios, al mismo tiempo que preparaban a los primeros cristianos para dejarse asesinar cuando se desataban grandes persecuciones contra la Iglesia, pues deseaban que sus oyentes y lectores fueran lo suficientemente fuertes como para no renunciar a su fe. Los Mártires no son fanáticos, son hermanos nuestros que supieron dejarse sacrificar imitando a su Señor, en el momento en que no se podían demostrar las grandes convicciones cristianas sin que la resistencia humana y divina fuesen acrisoladas con el fuego del amor y las infernales llamas de la confusión que causa el desconocimiento de la Palabra de Dios. San Ignacio de Antioquía, un Obispo de quien muchos hermanos nuestros dicen que era un fanático, sólo fue un humilde siervo de Dios que quiso morir, pues sabía que ese hecho avivaría la fe de sus feligreses, los habitantes de Antioquía, quienes le vieron partir encadenado para ser devorado en el Coliseo romano con gran dolor e impotencia dibujados en su rostro.
En términos generales, las personas nos caracterizamos porque a veces nos causa un gran miedo todo aquello que desconocemos. Esta es la causa por la cual a mucha gente le falta valor, ímpetu y coraje para entregarse al servicio de un Dios cuyo rostro sólo se dibuja en el alma de los más desfavorecidos de nuestro entorno social.
Si queremos vivir eternamente junto a Dios, debemos servir a nuestro Padre celestial en nuestros hermanos los hombres. Esto queremos hacerlo para agradecerle a Dios el manantial de misericordia que ha derramado sobre nosotros. Si alguien nos pide un millón de dólares, obviamente le negamos esa cantidad de dinero en el caso de que la tengamos, exceptuando el caso de que la persona que nos ha formulado su petición sea muy querida por nosotros, pero, pese a nuestra conducta, nos hemos acostumbrado tanto a ser amados por Dios, que olvidamos el hecho por el cual deseamos agradecerle a Nuestro Padre su gran amor sirviendo a nuestros prójimos los hombres.
Vamos a abrir el Nuevo Testamento y a pedirle a San Pablo que nos diga cómo hemos de vivir los cristianos esperando que Jesús venga nuevamente a nuestro encuentro, si es que se puede decir que se separó de nosotros aquel que está en la Eucaristía, en los pobres y enfermos, en quienes lo aman, y en quienes lo buscan mirando en todos los sitios que se les ocurre, exceptuando su corazón. Yo os pido que no busquéis la recepción de los dones divinos en las Escrituras ni en el testimonio ejemplar de los Santos y de los cristianos que nos rodean, dado que esas dádivas divinas están en nuestro corazón, de hecho, Dios sólo espera que nos decidamos a producir frutos abundantes.
San Juan nos transmitió estas palabras de Jesús: (Jn. 15, 16).
(ROM. 7, 10). Todos recordamos los Mandamientos de la Ley de Dios, las diez reglas de oro que aprendimos antes de recibir a Jesús Sacramentado por primera vez, esas disposiciones divinas de las cuales San Pablo nos dice que son santas, justas y buenas. Nosotros reconocemos esta verdad que nos ha sido revelada mediante la Palabra de Dios.
Sería realmente hermoso el hecho de que los jóvenes cristianos se dejaran guiar por el siguiente consejo que San Pablo le dio a su fiel amigo Timoteo: (1 TIM. 4, 12).
San Pablo le pidió a su fiel amigo Timoteo que fuera un cristiano ejemplar a la hora de predicar la Palabra de Dios. Inmediatamente después de que Pablo le pidiera a Timoteo que fuese un predicador ejemplar, también le dijo que diese buen ejemplo con su conducta. Yo puedo pronunciarme con respecto a Nuestro Padre y Dios con palabras muy bellas, pero si mi conducta no fuera acorde con mi predicación, mis palabras no serían dignas de ser creídas por nadie.
El amor, la fe, y el limpio proceder del que Pablo le habló a Timoteo, son aspectos fundamentales que han de caracterizarnos a todos los hijos de Dios. Que ningún cristiano se deje amedrentar por las dudas de muchos ateos, pues San Pablo nos dice con respecto de nuestra fe y a propósito de los citados temores: (2 COR. 4, 13).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).
2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.
Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.
La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.
3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.
4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.
5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.
6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.
7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El matrimonio cristiano. (Meditación del Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. El matrimonio cristiano.
Meditación de MC. 10, 2-12.
(MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.
Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.
Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.
Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.
Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.
Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.
Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.
Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.
Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?
Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.
José Portillo Pérez
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Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
2. Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente.
Meditación de GN. 2, 18-24.
Existen dos tipos de contradicciones en los textos bíblicos. Las primeras disparidades se justifican porque no afectan al campo dogmático-doctrinal, y porque los textos bíblicos están encaminados a enriquecernos en el citado campo, pues sus autores no les concedieron importancia a aspectos triviales, los cuales, en la actualidad, para mucha gente son más importantes, que la espiritualidad. Veamos un ejemplo de ello, entresacado de dos relatos diferentes de la Resurrección de Jesús: (MC. 16, 8. MT. 28, 8). ¿Cómo se explica la discrepancia que estamos considerando? Debemos tener en cuenta que los Evangelios, al mismo tiempo que son relatos de la vida, la obra, la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, también son narraciones de cómo las primeras comunidades cristianas vivían su fe en Nuestro Salvador. San Marcos escribió su Evangelio para cristianos de la segunda generación supervivientes de la persecución de Nerón, entre quienes había grandes ejemplos de fe, y gente decepcionada de un Salvador que parecía mostrarse indolente ante sus sufrimientos, que no estaba relacionada con la doctrina de la Resurrección de Nuestro Redentor, como podían estarlo los lectores de San Mateo, porque los tales eran judíos, conocían el Antiguo Testamento, y, al hacerse cristianos, adoptaron la interpretación de los antiguos textos de los que se deduce que el Mesías debía morir y resucitar, aceptando la predicación de Jesús, sus Apóstoles y diáconos. De aquí se deduce el hecho de que según San Marcos las citadas mujeres no quisieran anunciarles a los discípulos del Señor que el Mesías había resucitado para que los tales no creyeran que habían perdido la cordura, y de que, según San Mateo, ellas no tuvieran inconveniente alguno en aceptar la Resurrección de Jesús, pues comprobaron, por sí mismas, que dichas profecías se habían cumplido, al recibir el anuncio de la Resurrección del Señor, y al poder ver al Mesías (MT. 28, 8-9).
¿Cómo podemos pensar que los textos bíblicos que estamos considerando son útiles para el crecimiento de la fe que nos caracteriza, y que sus discrepancias no coartan la misma, haciéndonos verlos como incoherentes? Los mismos discípulos de Jesús que llegaron a ser sus Apóstoles, tuvieron dudas con respecto a la Resurrección del Señor. Si las citadas mujeres llegaron a dudar de tal hecho, también lo hacemos nosotros, cuando se nos debilita la fe. Dado que vinculando todos los relatos evangélicos de la Resurrección del Señor de los cuatro Evangelios (MT. 28. MC. 16. LC. 24. JN. caps. 20-21), averiguamos que muchos creyentes aceptaron la Resurrección del Señor, nos percatamos de que, ambas discrepancias, nos aportan enseñanzas útiles.
Las segundas disparidades bíblicas afectan al campo dogmático-doctrinal, y, dado que la Biblia al contener la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma, -pues o se aclaran dichas discrepancias, o tenemos que llegar a la conclusión de que la Biblia no contiene la Palabra de Dios, sino la Palabra de los hombres, lo cual nos lleva a la conclusión de que, la fe que profesamos, es efímera-, se hace necesario aclarar dichas supuestas contradicciones.
(GN. 1, 27; 5, 1-2). Según los citados textos, los hombres y las mujeres, tienen la misma dignidad ante Dios, lo cual nos da pistas para comprender la importancia del matrimonio. A la luz de dichos textos, cuando en la Biblia se nos habla de la creación del hombre, también entendemos que se nos habla de la creación de la mujer. La mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, y es la madre de la vida, lo cual nos hace reflexionar sobre los roles que debemos asumir en nuestras relaciones matrimoniales quienes estamos casados. GN. 1, 27, GN. 5, 1-2, y GN. 2, 7, no pueden estar desconectados entre sí, para que la Biblia, al no ser objeto de una disparidad dogmático-doctrinal que no se puede aclarar, no deje de contener la Palabra de Dios.
(GN. 2, 7). Según el Génesis, la mujer procede del hombre, y la humanidad procede de Eva, la primera mujer que fue creada por Dios. La sumisión no significa humillación, sino servicio. Quienes estamos casados tenemos que asumir nuestros roles, amándonos, respetándonos y sirviéndonos, con el fin de que nuestras relaciones no se extingan.
La dependencia de la mujer del hombre y del hombre de la mujer, significa que Dios quiere que quienes estamos casados no pensemos en nosotros en singular, sino en plural, cuando ello sea factible. Hombres y mujeres hemos sido llamados a tener una misma forma de sentir y actuar, lo cual naturalmente no siempre es fácil de conseguir, pero no por ello dejaremos de intentarlo, si verdaderamente amamos a la persona que comparte su vida con nosotros. Si la mujer es parte del hombre, ello significa que el hombre también es parte de la mujer, y que las relaciones que mantenemos quienes estamos casados con nuestros cónyuges, deben estar basadas en el amor, y no en la explotación del más débil, por parte de quien tenga el carácter más fuerte.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos con respecto a los fines del matrimonio:
"Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.
Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad" (CIC. n. 2363).
El principal fin del matrimonio, -más allá del servicio recíproco de los cónyuges, y de la crianza y educación de los hijos-, es la realización de la vocación de servicio a Dios. Tal como los religiosos se consagran a Dios, quienes estamos casados podemos servir a nuestros cónyuges e hijos, como si de Dios se tratara.
Si no consideramos las carencias de nuestros cónyuges e hijos como si fueran nuestras, ¿cómo podremos renunciar al egoísmo característico de muchos, para servirlos desinteresadamente?
Veamos algunas características del matrimonio, que se deducen, a partir de los siguientes textos bíblicos.
-Entreguémonos plenamente a nuestros cónyuges, pues ello beneficiará las relaciones que mantenemos con ellos (GN. 24, 58-60. FLP. 2, 1-5).
-Enamoremos a quienes comparten su vida con nosotros, como si cada día fuera la primera ocasión en que nos declaramos el amor que sentimos. Que no se convierta en rutina vacía nuestra convivencia matrimonial, para que nunca muera el amor (CT. 4, 7-11).
-Dios nos incita a ser fieles (MAL. 2, 15-16. PR. 5, 18-20).
-El matrimonio debe basarse en el servicio, la ayuda y la confianza mutuas de los cónyuges, porque Dios desea que sea indisoluble (MT. 19, 6).
-El matrimonio no debe basarse exclusivamente en la fuerza con que experimentamos sentimientos, sino en los principios sobre los que se fundamenta el amor de los cónyuges.
-El matrimonio debe ser puro, estable, bueno y honorable, y debe aportarles amor, confianza, y seguridad a los cónyuges (HEB. 13, 4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a quienes estamos casados a desarrollar la vocación que de Él hemos recibido, para que siempre haya constancia en el mundo, de que, el matrimonio cristiano, no es una utopía, sino una realidad que siempre que los cónyuges tengan fe en Dios y no dejen de amarse, podrá realizarse plenamente.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente.
Meditación de GN. 2, 18-24.
Existen dos tipos de contradicciones en los textos bíblicos. Las primeras disparidades se justifican porque no afectan al campo dogmático-doctrinal, y porque los textos bíblicos están encaminados a enriquecernos en el citado campo, pues sus autores no les concedieron importancia a aspectos triviales, los cuales, en la actualidad, para mucha gente son más importantes, que la espiritualidad. Veamos un ejemplo de ello, entresacado de dos relatos diferentes de la Resurrección de Jesús: (MC. 16, 8. MT. 28, 8). ¿Cómo se explica la discrepancia que estamos considerando? Debemos tener en cuenta que los Evangelios, al mismo tiempo que son relatos de la vida, la obra, la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, también son narraciones de cómo las primeras comunidades cristianas vivían su fe en Nuestro Salvador. San Marcos escribió su Evangelio para cristianos de la segunda generación supervivientes de la persecución de Nerón, entre quienes había grandes ejemplos de fe, y gente decepcionada de un Salvador que parecía mostrarse indolente ante sus sufrimientos, que no estaba relacionada con la doctrina de la Resurrección de Nuestro Redentor, como podían estarlo los lectores de San Mateo, porque los tales eran judíos, conocían el Antiguo Testamento, y, al hacerse cristianos, adoptaron la interpretación de los antiguos textos de los que se deduce que el Mesías debía morir y resucitar, aceptando la predicación de Jesús, sus Apóstoles y diáconos. De aquí se deduce el hecho de que según San Marcos las citadas mujeres no quisieran anunciarles a los discípulos del Señor que el Mesías había resucitado para que los tales no creyeran que habían perdido la cordura, y de que, según San Mateo, ellas no tuvieran inconveniente alguno en aceptar la Resurrección de Jesús, pues comprobaron, por sí mismas, que dichas profecías se habían cumplido, al recibir el anuncio de la Resurrección del Señor, y al poder ver al Mesías (MT. 28, 8-9).
¿Cómo podemos pensar que los textos bíblicos que estamos considerando son útiles para el crecimiento de la fe que nos caracteriza, y que sus discrepancias no coartan la misma, haciéndonos verlos como incoherentes? Los mismos discípulos de Jesús que llegaron a ser sus Apóstoles, tuvieron dudas con respecto a la Resurrección del Señor. Si las citadas mujeres llegaron a dudar de tal hecho, también lo hacemos nosotros, cuando se nos debilita la fe. Dado que vinculando todos los relatos evangélicos de la Resurrección del Señor de los cuatro Evangelios (MT. 28. MC. 16. LC. 24. JN. caps. 20-21), averiguamos que muchos creyentes aceptaron la Resurrección del Señor, nos percatamos de que, ambas discrepancias, nos aportan enseñanzas útiles.
Las segundas disparidades bíblicas afectan al campo dogmático-doctrinal, y, dado que la Biblia al contener la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma, -pues o se aclaran dichas discrepancias, o tenemos que llegar a la conclusión de que la Biblia no contiene la Palabra de Dios, sino la Palabra de los hombres, lo cual nos lleva a la conclusión de que, la fe que profesamos, es efímera-, se hace necesario aclarar dichas supuestas contradicciones.
(GN. 1, 27; 5, 1-2). Según los citados textos, los hombres y las mujeres, tienen la misma dignidad ante Dios, lo cual nos da pistas para comprender la importancia del matrimonio. A la luz de dichos textos, cuando en la Biblia se nos habla de la creación del hombre, también entendemos que se nos habla de la creación de la mujer. La mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, y es la madre de la vida, lo cual nos hace reflexionar sobre los roles que debemos asumir en nuestras relaciones matrimoniales quienes estamos casados. GN. 1, 27, GN. 5, 1-2, y GN. 2, 7, no pueden estar desconectados entre sí, para que la Biblia, al no ser objeto de una disparidad dogmático-doctrinal que no se puede aclarar, no deje de contener la Palabra de Dios.
(GN. 2, 7). Según el Génesis, la mujer procede del hombre, y la humanidad procede de Eva, la primera mujer que fue creada por Dios. La sumisión no significa humillación, sino servicio. Quienes estamos casados tenemos que asumir nuestros roles, amándonos, respetándonos y sirviéndonos, con el fin de que nuestras relaciones no se extingan.
La dependencia de la mujer del hombre y del hombre de la mujer, significa que Dios quiere que quienes estamos casados no pensemos en nosotros en singular, sino en plural, cuando ello sea factible. Hombres y mujeres hemos sido llamados a tener una misma forma de sentir y actuar, lo cual naturalmente no siempre es fácil de conseguir, pero no por ello dejaremos de intentarlo, si verdaderamente amamos a la persona que comparte su vida con nosotros. Si la mujer es parte del hombre, ello significa que el hombre también es parte de la mujer, y que las relaciones que mantenemos quienes estamos casados con nuestros cónyuges, deben estar basadas en el amor, y no en la explotación del más débil, por parte de quien tenga el carácter más fuerte.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos con respecto a los fines del matrimonio:
"Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.
Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad" (CIC. n. 2363).
El principal fin del matrimonio, -más allá del servicio recíproco de los cónyuges, y de la crianza y educación de los hijos-, es la realización de la vocación de servicio a Dios. Tal como los religiosos se consagran a Dios, quienes estamos casados podemos servir a nuestros cónyuges e hijos, como si de Dios se tratara.
Si no consideramos las carencias de nuestros cónyuges e hijos como si fueran nuestras, ¿cómo podremos renunciar al egoísmo característico de muchos, para servirlos desinteresadamente?
Veamos algunas características del matrimonio, que se deducen, a partir de los siguientes textos bíblicos.
-Entreguémonos plenamente a nuestros cónyuges, pues ello beneficiará las relaciones que mantenemos con ellos (GN. 24, 58-60. FLP. 2, 1-5).
-Enamoremos a quienes comparten su vida con nosotros, como si cada día fuera la primera ocasión en que nos declaramos el amor que sentimos. Que no se convierta en rutina vacía nuestra convivencia matrimonial, para que nunca muera el amor (CT. 4, 7-11).
-Dios nos incita a ser fieles (MAL. 2, 15-16. PR. 5, 18-20).
-El matrimonio debe basarse en el servicio, la ayuda y la confianza mutuas de los cónyuges, porque Dios desea que sea indisoluble (MT. 19, 6).
-El matrimonio no debe basarse exclusivamente en la fuerza con que experimentamos sentimientos, sino en los principios sobre los que se fundamenta el amor de los cónyuges.
-El matrimonio debe ser puro, estable, bueno y honorable, y debe aportarles amor, confianza, y seguridad a los cónyuges (HEB. 13, 4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a quienes estamos casados a desarrollar la vocación que de Él hemos recibido, para que siempre haya constancia en el mundo, de que, el matrimonio cristiano, no es una utopía, sino una realidad que siempre que los cónyuges tengan fe en Dios y no dejen de amarse, podrá realizarse plenamente.
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
El autor del libro de la Sabiduría nos habla minuciosamente en la primera lectura de la forma según la cual la increencia de la gente ha dado pie a que muchos cristianos de todos los tiempos hayan sido asesinados por la incomprensión y muchas injusticias como lo es el afán de poder. Sin llegar al extremo de entregar la vida a través del sometimiento voluntario por nuestra parte a la pena capital, somos muchos los discípulos de Jesús que día a día sufrimos el agravio de quienes en muchas ocasiones involuntariamente hieren nuestra sensibilidad. Para poder vivir concordemente con quienes no aceptan nuestras creencias, debemos asimilar que vivimos en una sociedad con cierta tendencia a hacerse pluralista, es decir, con un gran afán de dar cabida en su seno a una gran diversidad de personas con diferentes creencias que se caracterizan porque comparten comúnmente una serie de derechos y deberes por cuya existencia no podemos decir que somos miembros constituyentes de pequeñas o grandes sociedades o comunidades aisladas en el ámbito pluralista que nos caracteriza actualmente. Por otra parte, no debemos sentirnos acosados si los ateos y otros que tienen una ideología que difiere de nuestra fe universalista nos interrogan con respecto a nuestra forma de actuar y pensar, por consiguiente, imaginaos cuánta pena no sentirán con respecto a nosotros quienes creen que nuestros Sacramentos son ritos estériles y que la vida eterna sólo es para nosotros una especie de antidepresivo que nos ayuda en ciertos momentos a soportar las contrariedades que atañen a nuestra vida. Cuando yo tenía 17 años y empecé a prepararme seriamente para testimoniar mi fe, mi familia se escandalizaba de mí no con la idea de ridiculizarme para que desistiera de mi pretensión, sino porque mis seres queridos carecen de mi fe y creen que mi actividad evangélica carece de sentido.
La Santa Sede y los Episcopados están contribuyendo involuntariamente al aumento del rechazo de nuestra fe por parte de muchos hermanos nuestros que dicen ser católicos pero que no soportan los largos periodos de Catequesis durante los cuales deben ser instruidos para que sus hijos reciban la primera Comunión. Nuestros pastores me dan la impresión de que quieren enfrentarse a las ópticas no católicas ampliando los periodos catequéticos basándose en la doctrina tradicionalista que la Iglesia siempre ha defendido, un sistema catequético que desgraciadamente carece de fundamentos en ciertos aspectos para satisfacer las necesidades espirituales de la gente de nuestro tiempo que no lo comprende.
No debe extrañarnos el hecho de que el mundo no comprenda nuestra forma de proceder, así pues, es difícil encontrar a alguna persona que ignore las recomendaciones que Jesús nos hace con respecto a los pobres en los Evangelios, y nosotros, nos dedicamos a orar, tomamos la parte de la Biblia que más nos satisface en determinados momentos, presumimos de ser hombres y mujeres de fe cuando procesionamos nuestras imágenes sagradas, y el trabajo que muy pocos de entre nosotros hacen con los carentes de dádivas espirituales y materiales es desconocido entre otras cosas porque no contribuimos económicamente a extender y ampliar el magnífico proyecto del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Si nuestro ideal no va más allá de formar una familia, tener un buen coche y algún dinero para aliviar nuestras penas teniendo medios para vivir un rato de ocio, el ideal del Reino consiste en la creación de una sociedad universalista en la cual no existen diferencias marginales de ningún tipo.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El autor del libro de la Sabiduría nos habla minuciosamente en la primera lectura de la forma según la cual la increencia de la gente ha dado pie a que muchos cristianos de todos los tiempos hayan sido asesinados por la incomprensión y muchas injusticias como lo es el afán de poder. Sin llegar al extremo de entregar la vida a través del sometimiento voluntario por nuestra parte a la pena capital, somos muchos los discípulos de Jesús que día a día sufrimos el agravio de quienes en muchas ocasiones involuntariamente hieren nuestra sensibilidad. Para poder vivir concordemente con quienes no aceptan nuestras creencias, debemos asimilar que vivimos en una sociedad con cierta tendencia a hacerse pluralista, es decir, con un gran afán de dar cabida en su seno a una gran diversidad de personas con diferentes creencias que se caracterizan porque comparten comúnmente una serie de derechos y deberes por cuya existencia no podemos decir que somos miembros constituyentes de pequeñas o grandes sociedades o comunidades aisladas en el ámbito pluralista que nos caracteriza actualmente. Por otra parte, no debemos sentirnos acosados si los ateos y otros que tienen una ideología que difiere de nuestra fe universalista nos interrogan con respecto a nuestra forma de actuar y pensar, por consiguiente, imaginaos cuánta pena no sentirán con respecto a nosotros quienes creen que nuestros Sacramentos son ritos estériles y que la vida eterna sólo es para nosotros una especie de antidepresivo que nos ayuda en ciertos momentos a soportar las contrariedades que atañen a nuestra vida. Cuando yo tenía 17 años y empecé a prepararme seriamente para testimoniar mi fe, mi familia se escandalizaba de mí no con la idea de ridiculizarme para que desistiera de mi pretensión, sino porque mis seres queridos carecen de mi fe y creen que mi actividad evangélica carece de sentido.
La Santa Sede y los Episcopados están contribuyendo involuntariamente al aumento del rechazo de nuestra fe por parte de muchos hermanos nuestros que dicen ser católicos pero que no soportan los largos periodos de Catequesis durante los cuales deben ser instruidos para que sus hijos reciban la primera Comunión. Nuestros pastores me dan la impresión de que quieren enfrentarse a las ópticas no católicas ampliando los periodos catequéticos basándose en la doctrina tradicionalista que la Iglesia siempre ha defendido, un sistema catequético que desgraciadamente carece de fundamentos en ciertos aspectos para satisfacer las necesidades espirituales de la gente de nuestro tiempo que no lo comprende.
No debe extrañarnos el hecho de que el mundo no comprenda nuestra forma de proceder, así pues, es difícil encontrar a alguna persona que ignore las recomendaciones que Jesús nos hace con respecto a los pobres en los Evangelios, y nosotros, nos dedicamos a orar, tomamos la parte de la Biblia que más nos satisface en determinados momentos, presumimos de ser hombres y mujeres de fe cuando procesionamos nuestras imágenes sagradas, y el trabajo que muy pocos de entre nosotros hacen con los carentes de dádivas espirituales y materiales es desconocido entre otras cosas porque no contribuimos económicamente a extender y ampliar el magnífico proyecto del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Si nuestro ideal no va más allá de formar una familia, tener un buen coche y algún dinero para aliviar nuestras penas teniendo medios para vivir un rato de ocio, el ideal del Reino consiste en la creación de una sociedad universalista en la cual no existen diferencias marginales de ningún tipo.
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.
Hermanos:
¿A qué Dios servimos?
¿Es nuestro dios el dinero?
¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?
Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).
2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.
San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).
El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.
3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.
Hermanos:
¿A qué Dios servimos?
¿Es nuestro dios el dinero?
¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?
Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).
2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.
San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).
El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.
3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.
José Portillo Pérez
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Examen de conciencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Examen de conciencia.
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo III de Cuaresma del ciclo A.
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
Meditación.
Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.
¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.
El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).
Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.
San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).
A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).
El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).
Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).
Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.
El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).
Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).
La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.
Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).
¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.
Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.
Nota:
Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.
¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.
El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).
Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.
San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).
A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).
El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).
Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).
Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.
El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).
Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).
La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.
Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).
¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.
Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.
Nota:
Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.
José Portillo Pérez.
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