Meditación.
1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.
2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.
3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.
4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.
5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.
6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.
7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.
Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.
Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.
Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.
8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).
Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Domingo II de Cuaresma del ciclo B.
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Meditación.
1. Pronto interrumpiremos la conmemoración de las ferias del Tiempo Ordinario de este año para comenzar el tiempo de Cuaresma. Al igual que el Adviento, las semanas que preceden al Triduo de Pascua y a la Pascua, nos evocan nuestra conversión. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice que, al estar íntimamente vinculados a Dios, somos el centro del universo. Esta realidad tan atractiva, significa una gran responsabilidad para nosotros, pues nos hace constatar que Nuestro Padre común nos ha dotado de una libertad, que debemos aprovechar convenientemente, para crecer como personas cristianas, como gente de este mundo, a pesar de que somos peregrinos que caminamos hacia un mundo nuevo, que nos estamos creando, con nuestras obras, palabras, y, oraciones.
Nuestro origen humano es indiscutible, pero, al comparar nuestra fragilidad con la omnipotencia de Dios, David le preguntó a Nuestro Criador: (SAL. 5, 4). Estamos tan acostumbrados a tener a Dios como a un Padre olvidado, y estamos tan sumidos en el progreso material de la sociedad en que vivimos, que, con la excepción de que suframos carencias temporales o de que enfermemos gravemente, no nos acordamos de nuestra debilidad, no porque nuestra fe suple nuestros defectos, sino porque no nos sentimos necesitados de Dios. Vivimos en un mundo que se está pluralizando, y, la Filosofía y la Psicología, al no poder estar dirigidas a instruirnos en una creencia generalizada, están siendo utilizadas para fomentar el amor que debemos sentir por nosotros mismos, por lo que, lamentablemente, en la sociedad cuyo afán competitivo es ilimitado, nos estamos olvidando de nuestros prójimos los hombres. Jesús nos dice que somos la sal y la luz de la gran ciudad del mundo, pero no somos felices, porque, no podemos darle sabor y luminosidad a nuestra vida, si vivimos aislados, paradójicamente, en una sociedad que dispone de muchos medios para comunicarnos con nuestros prójimos.
2. Somos muchos los católicos que nos hemos acostumbrado a asistir a la celebración de la Eucaristía semanal de los Domingos, pero, lamentablemente, no todos conocemos a Jesús. A pesar de que el pasado Domingo meditamos las Bienaventuranzas, estoy completamente seguro de que, muchos católicos no saben en qué capítulo de San Mateo o de San Lucas se encuentran las citadas máximas de Nuestro Maestro.
¿Qué diría Jesús si volviera hoy en su Parusía y viera que la Eucaristía sólo es un acto rutinario para nosotros?
¿Por qué somos cristianos si no sabemos lo que Dios quiere de nosotros?
Un cristiano que no conoce sus creencias es semejante a un científico que desconoce su trabajo.
3. Paralelamente a nuestros ciclos formativos, es muy importante que ejercitemos los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo, participando, por ejemplo, en diversas actividades que se pueden programar en nuestras comunidades físicas yo virtuales. Pueden constituirse grupos de oración para rezar el Santo Rosario una vez a la semana, se pueden crear grupos de Catequesis o de Liturgia, se pueden crear asociaciones para recabar fondos económicos para realizar actividades en países subdesarrollados, etcétera. Yo he sido catequista de niños, adolescentes y adultos, y, desde hace más de tres años, evangelizo a través de la red, y me dedico a escuchar a quienes se sienten tristes, a través de la cuenta de Skype:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
y os puedo asegurar que Dios me ha dado frutos como para superar miles de veces las buenas obras que he realizado. Estas actividades nos instan a olvidar el egoísmo, y nos enseñan a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos, y, a Nuestro Padre común.
4. La formación y la acción cristianas carecen de sentido si no se basan en la oración, de la misma forma que, las Bienaventuranzas, carecen de sentido, al no ser explicadas por el sermón del monte. Orar es hablar con Dios como lo hacemos con quienes se sientan con nosotros en nuestro hogar, una experiencia inolvidable e inexplicable, que sólo puede ser comprendida, por quienes la viven.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación.
1. Pronto interrumpiremos la conmemoración de las ferias del Tiempo Ordinario de este año para comenzar el tiempo de Cuaresma. Al igual que el Adviento, las semanas que preceden al Triduo de Pascua y a la Pascua, nos evocan nuestra conversión. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice que, al estar íntimamente vinculados a Dios, somos el centro del universo. Esta realidad tan atractiva, significa una gran responsabilidad para nosotros, pues nos hace constatar que Nuestro Padre común nos ha dotado de una libertad, que debemos aprovechar convenientemente, para crecer como personas cristianas, como gente de este mundo, a pesar de que somos peregrinos que caminamos hacia un mundo nuevo, que nos estamos creando, con nuestras obras, palabras, y, oraciones.
Nuestro origen humano es indiscutible, pero, al comparar nuestra fragilidad con la omnipotencia de Dios, David le preguntó a Nuestro Criador: (SAL. 5, 4). Estamos tan acostumbrados a tener a Dios como a un Padre olvidado, y estamos tan sumidos en el progreso material de la sociedad en que vivimos, que, con la excepción de que suframos carencias temporales o de que enfermemos gravemente, no nos acordamos de nuestra debilidad, no porque nuestra fe suple nuestros defectos, sino porque no nos sentimos necesitados de Dios. Vivimos en un mundo que se está pluralizando, y, la Filosofía y la Psicología, al no poder estar dirigidas a instruirnos en una creencia generalizada, están siendo utilizadas para fomentar el amor que debemos sentir por nosotros mismos, por lo que, lamentablemente, en la sociedad cuyo afán competitivo es ilimitado, nos estamos olvidando de nuestros prójimos los hombres. Jesús nos dice que somos la sal y la luz de la gran ciudad del mundo, pero no somos felices, porque, no podemos darle sabor y luminosidad a nuestra vida, si vivimos aislados, paradójicamente, en una sociedad que dispone de muchos medios para comunicarnos con nuestros prójimos.
2. Somos muchos los católicos que nos hemos acostumbrado a asistir a la celebración de la Eucaristía semanal de los Domingos, pero, lamentablemente, no todos conocemos a Jesús. A pesar de que el pasado Domingo meditamos las Bienaventuranzas, estoy completamente seguro de que, muchos católicos no saben en qué capítulo de San Mateo o de San Lucas se encuentran las citadas máximas de Nuestro Maestro.
¿Qué diría Jesús si volviera hoy en su Parusía y viera que la Eucaristía sólo es un acto rutinario para nosotros?
¿Por qué somos cristianos si no sabemos lo que Dios quiere de nosotros?
Un cristiano que no conoce sus creencias es semejante a un científico que desconoce su trabajo.
3. Paralelamente a nuestros ciclos formativos, es muy importante que ejercitemos los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo, participando, por ejemplo, en diversas actividades que se pueden programar en nuestras comunidades físicas yo virtuales. Pueden constituirse grupos de oración para rezar el Santo Rosario una vez a la semana, se pueden crear grupos de Catequesis o de Liturgia, se pueden crear asociaciones para recabar fondos económicos para realizar actividades en países subdesarrollados, etcétera. Yo he sido catequista de niños, adolescentes y adultos, y, desde hace más de tres años, evangelizo a través de la red, y me dedico a escuchar a quienes se sienten tristes, a través de la cuenta de Skype:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
y os puedo asegurar que Dios me ha dado frutos como para superar miles de veces las buenas obras que he realizado. Estas actividades nos instan a olvidar el egoísmo, y nos enseñan a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos, y, a Nuestro Padre común.
4. La formación y la acción cristianas carecen de sentido si no se basan en la oración, de la misma forma que, las Bienaventuranzas, carecen de sentido, al no ser explicadas por el sermón del monte. Orar es hablar con Dios como lo hacemos con quienes se sientan con nosotros en nuestro hogar, una experiencia inolvidable e inexplicable, que sólo puede ser comprendida, por quienes la viven.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de la Infancia de Jesús. (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación de la Infancia de Jesús.
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante el tiempo de Navidad hemos vivido una serie de acontecimientos trascendentales que no hemos de olvidar durante las semanas que faltan para comenzar la Cuaresma, los 40 días de preparación que nos adentran en la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. El relato del Nacimiento de Jesús no es una escena bíblica que hemos de recordar en la noche de Navidad para olvidarla durante el resto del año, así pues, Jesús nació para hacernos hijos de Dios y hermanos suyos.
2. Los Evangelistas Lucas y Mateo nos describen brevemente algunos pasajes de la infancia del Señor. En LC. 2, 1-20, encontramos el relato de la Natividad de Jesús y el encuentro de los pastores con el Mesías. En LC. 2, 21, podemos leer que José le impuso al Señor el nombre de Jesús el día en que su Hijo adoptivo fue circuncidado por mandato expreso del ángel Gabriel (LC. 1, 31). El nombre Jesús se traduce como "Dios salva", o como "Libertador". Es esta la razón por la que Yahveh, el Dios de los israelitas, se gloría de su siervo diciéndole las palabras que leemos en IS. 49, 6.
En LC. 2, 22-24, se nos habla de la presentación de Jesús ante Dios como primogénito de José y de María. Jesús le fue presentado a Dios para que Yahveh hiciera con él lo que estimara oportuno, pero fue rescatado inmediatamente después de su ofrecimiento, para servir a Dios en medio de su pueblo. Del texto que estamos meditando podemos deducir sin equivocarnos que José no tenía hijos, así pues, si hubiera tenido otros hijos anteriormente al establecimiento de su relación con María, ¿por qué le presentó a Dios a su último Hijo, cuando la Ley sólo le obligaba a consagrarle a su Criador a su primer hijo? José pudo poner a Jesús a disposición de Dios por ser el Mesías el primer hijo que tuvo con María. No debemos desestimar el hecho de que los personajes de los que San Marcos y San Mateo hablan en sus Evangelios eran primos de Jesús. Los nazarenos decían cuando oían a Jesús impartiendo magistralmente la enseñanza de su doctrina, las palabras escritas en MC. 6, 3, y en MT. 13, 55-56. El sacrificio de dos tórtolas o dos pichones o de un cordero que llevaron a cabo José y María para que la Madre de Jesús obtuviera su reconocimiento legal como mujer purificada, nos hace entender que la Sagrada Familia era pobre o acomodada, en el caso de que ofrendara un cordero. Muchos especuladores hablan de que Jesús y María provenían de familias muy acomodadas, basándose en el siguiente texto: (JN. 19, 23-24). Los citados especuladores han llegado a fantasear hasta el punto de difundir la idea de que Jesús se dio en matrimonio, protagonizando las bodas de Caná, un hecho que nosotros sabemos que no es cierto. Quizá el Evangelista llama a Jesús Nazareno en MT. 2, 23 porque ese fue el primer nombre con que se conoció a los cristianos y porque con ese nombre era conocido Jesús, pero, si estudiamos profundamente las Escrituras, podemos comprobar que Dios quería que su Hijo fuera conocido como nazareo o nazir, hombre casto, con el pelo corto, con la barba rasurada, que sólo vivía para cumplir la voluntad de su Criador. Aunque no todos estemos versados en el estudio del Antiguo Testamento, seguro que recordamos al famoso Sansón, su romance con la filistea Dalila, y las rogativas que le hizo a Dios para que acabara con su vida, con la esperanza de exterminar a quienes oprimían a su pueblo y le quemaron los ojos.
En LC. 2, 25-35, podemos leer el encuentro del anciano Simeón con la Sagrada Familia. Las prescripciones legales que José y María cumplieron aquel día les llenaron el corazón de júbilo, pero ciertamente su alegría fue perturbada por aquel misterioso anciano. Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué Dios oprime a los justos, sin entender que el sufrimiento nos ayuda a ser mejores personas cristianas (LC. 2, 25). Los cristianos, ante el mundo en que vivimos, a veces somos tenidos por visionarios e inconformistas. Dios quiere que el deseo de superarnos en nuestro medio sea parte del sentido de nuestra vida, así pues, quienes gustan de tener dinero son insaciables, de la misma manera que Simeón, además de ser un justo pacificador, no podía conformarse sin ver al Mesías antes de morir, porque, su encuentro con Dios, era el punto cúlmen de su felicidad. Para Simeón, el encuentro con Jesús, era el momento para el que había vivido durante mucho tiempo. Él era anciano, y sabía que sus servicios en el Templo cada día eran más escasos, porque se sentía débil, pero no por ello se dio a la estéril tarea de mortificarse, porque, siendo una creatura de Dios, no podía menospreciarse, para no rechazar a Yahveh.
Simeón les dijo a José y María que Jesús sería el motivo por el que muchos humildes serían levantados y muchos soberbios caerían desde el poder en Israel, y que su Hijo sería un signo de contradicción para sus enemigos. José no viviría para contemplar a su Hijo desangrándose en la cruz, pero María sufriría como si una espada atravesara su corazón lentamente siendo empuñada por un verdugo que disfrutaría haciéndola morir lentamente como jamás lo hubiera podido hacer llevando a cabo otra acción. Quizá José y María, ante aquel anuncio doloroso, se preguntaron qué sentido tendría el hecho de que el Mesías de Dios muriera ajusticiado como uno de los zelotes que eran castigados hasta ser asesinados por los soldados que odiaban intensamente a los judíos.
En LC. 2, 36-38, el Evangelista nos habla brevemente de la experiencia que tuvo la profetisa Ana sirviendo a Yahveh durante muchos años. Ella se consagró al servicio de Dios después de quedarse viuda durante el séptimo año de su matrimonio. Ana, al ver a Jesús, empezó a avivar la esperanza de sus oyentes, hablándoles de la redención de Jerusalén. Ana no se refería a la expulsión de los colonizadores de Palestina, sino a la purificación del pueblo.
Después de que la Sagrada Familia volviera de su viaje forzado a Egipto y se estableciera en Nazaret, se inició un largo periodo, del que ninguno de los Evangelistas que forman parte del canon bíblico (canónicos) nos han aportado ningún dato. Con respecto a este periodo, Lucas, el compañero de fatigas de San Pablo, nos dice: (LC. 2, 39-40). El Evangelista nos dice que Jesús era un niño saludable que se fortalecía, y, al mismo tiempo, adquiría conocimientos terrenos y la sabiduría de Dios se manifestaba en el Hijo de María. Pienso que todos los padres deberían cuestionarse sobre si sus hijos crecen en los aspectos citados anteriormente.
¿Son vuestros hijos saludables?
En el caso de los niños que padecen enfermedades que dificultan su vida, ¿se les aportan todos los medios que necesitan para adaptarse a su entorno?
¿Adquieren los niños conocimientos mediante el estudio y sus experiencias vitales?
¿Conocen vuestros hijos a la Trinidad Beatísima?
El siguiente episodio de la infancia del Mesías, nos lo narra San Lucas, entre los versículos 41 y 51 del capítulo 2 de su segunda obra. Cuando el Señor tenía 12 años, en conformidad con la Ley de Israel, el Hijo de María asistió a la celebración de la Pascua hebrea, que, como sabemos, era una fiesta que se celebraba en la capital de Judea, con motivo de la liberación de los descendientes de Abraham de la esclavitud de Egipto, que llevó a cabo Moisés, bajo la inspiración de Dios. Jesús debió vivir aquella fiesta intensamente con el corazón lleno de alegría recitando y meditando los Salmos graduales (los mismos que se utilizan en las horas tercia, sexta y nona, en la oración de la Liturgia de las Horas). Durante el tercer día de la celebración, José le ordenó a María que se dispusiera a preparar rápidamente el retorno a Nazaret, que habría de durar unos dos días. No era conveniente que se separaran de los nazarenos que los acompañaban y de sus conocidos de pueblos cercanos, pues ello podría contribuir a evitarles una serie de peligros muy desagradables, pues los zelotes acechaban en las tinieblas para ejecutar a sus víctimas. José inició su viaje de retorno pensando que su Hijo estaba con María. María pensaba que Jesús estaba con su marido, con la familia de San Juan Bautista, o con otro de sus conocidos. Cuando anocheció aquel día, José y María se separaron de la comitiva de peregrinos para volver a Jerusalén para buscar al Mesías. Ellos tenían muchos temores fundados que les hacían sospechar que Jesús podía estar siendo torturado, si es que no había sido sacrificado. José y María no tenían tiempo de culparse el uno al otro por la pérdida del niño, así pues, apenas llegaron a la ciudad, iniciaron una búsqueda que se prolongó durante tres días, al cabo de los cuáles, encontraron al Niño Dios en el Templo, meditando la Palabra de Dios junto a a los doctores de la Ley, que estaban admirados de la sabiduría de aquel niño. Cuando María pudo acercarse a su Hijo, hizo un gran esfuerzo por ocultar sus lágrimas, pero no pudo evitar que su preocupación se convirtiera en enfado. Jesús, temiendo una buena reprimenda de sus padres, le dijo a María que tenía que anteponer el cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común ante la observancia de las órdenes de ellos. Jesús no le dijo a María que no la amaba, sino que tenía que vivir atento al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello le costara un gran esfuerzo. José y María no comprendieron a Jesús, pero, con la alegría de haber encontrado a su Hijo, iniciaron nuevamente su viaje a Nazaret, intentando recuperar parte del tiempo que habían perdido.
A partir de la pérdida y aparición de Jesús en el Templo, se extendió un silencio en la vida de Jesús en las predicaciones de los Evangelios canónicos, que abarcó un periodo aproximado de 16 años, durante el cuál, San Lucas nos dice que "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (LC. 2, 52). Con la meditación de los misterios de la Infancia de Jesús por parte de María y la maduración de Jesús, San Lucas finaliza su relato de la infancia del Señor (LC. 2, 51-52).
Por su parte, San Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió en Apóstol o testigo ocular del Mesías, hizo un breve resumen del Nacimiento de Jesús, que se extiende entre los versículos 18 y 25 del capítulo 1 de su obra, antecedido por una genealogía de Jesucristo. Si San Lucas enfocó su Evangelio de forma que sus lectores pudieran abarcar la misericordia divina, San Mateo, que tenía la intención de hacer que sus lectores hebreos comprendieran que las antiguas profecías mesiánicas se cumplieron en Jesús, juzgó oportuno escribir un relato de la infancia del Señor diferente al de San Lucas, aportando la visita de los Magos de Oriente a Herodes y al Mesías. (Para obtener información del capítulo 2 de San Mateo, consúltese la fiesta de la Epifanía del Señor).
3. A pesar de que finalizamos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor, la Iglesia nos pide que, al leer y meditar el Evangelio de hoy, recordemos nuevamente la citada fiesta. Jesús es el Cordero de Dios que fue sacrificado para conducirnos a la presencia del Padre inmaculados e indefectibles.
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.
Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.
En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.
Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.
El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.
En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.
Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.
El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.
1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.
En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.
Cuando José fue un hombre, se comprometió a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).
2. La noche oscura de la duda.
A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).
¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?
Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).
Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).
(LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.
3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.
(MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.
4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.
Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.
(LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).
5. La prueba de la humillación del desamparo.
(LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.
¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?
¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?
El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.
De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.
¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?
6. El Nacimiento de Jesús.
(LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.
7. La visita de los pastores.
(LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.
En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.
¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?
¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?
José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.
Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.
8. La circuncisión de Jesús.
(LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).
Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.
9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.
(LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.
José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.
¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?
¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.
10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.
(MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.
El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.
¿Dónde iban a vivir?
¿Dónde iban a refugiarse?
José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.
La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.
Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.
Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.
11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.
(LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).
Meditación.
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
San José de Nazaret.
Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.
(LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.
(LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).
Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.
Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.
José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.
Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).
Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.
En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.
(MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.
José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!
En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.
A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.
Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).
-De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.
-De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar, matar y perderlo todo por todo.
Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.
-Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos. (Dinámica catequética para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A y el 24 de diciembre).
Dinámica catequética.
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
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