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Meditación del capítulo 11 del libro de los Números. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

    Meditación.

   Meditación del capítulo 11 del libro de los Números.

   (NM. 11, 1-3). ¿Cómo se explica el hecho de que se encendiera la ira de Dios contra su pueblo? Muchos predicadores, al constatar que la fe cristiana se extingue en su entorno, les transmiten a sus oyentes y/o lectores una idea considerada absurda por muchos creyentes: "Dios no castiga a nadie". Tales predicadores utilizan la citada idea porque, al extinguirse prácticamente la creencia en el infierno en su entorno, temen ser tratados como líderes sectarios, y, en consecuencia, temen que se les rechace.

   En la Biblia se nos demuestra claramente que Dios nos castiga aunque por fe vemos que ello no es lógico, así pues, Jesús, Nuestro Redentor, el Señor que murió por amor a sus hermanos los hombres de todos los tiempos, le dijo a San Juan Apóstol y Evangelista, que les escribiera a los cristianos de Laodicea: (AP. 3, 19).

   En el fragmento del libro de los Números que recordamos al iniciar esta meditación, vimos un claro ejemplo del ejercicio de la justicia de Dios con respecto a los carentes de fe. Los hebreos habían visto muchas demostraciones del poder de Dios en favor de ellos, pero, aún así, no podían creer en el Todopoderoso. Dios hizo que parte del campamento de su pueblo fuera consumido por el fuego, con el fin de demostrarles a los hebreos que ellos vivían porque quería que conquistaran la tierra que les prometió a los Patriarcas que les daría tanto a ellos como a sus descendientes.

   Por su parte, Moisés, como buen predicador de justicia, volvió, una vez más, a interceder ante Dios, en favor de su pueblo rebelde. Dios ha querido que, tanto los judíos como los cristianos, intercedamos por quienes incumplen la Ley divina, con el fin de que el citado hecho nos haga desear vivir constatando el aumento de la familia de Nuestro creador.

   (NM. 11, 4). Lógicamente, si Dios extinguió el fuego que comenzó a arrasar el campamento de los hebreos, ellos, por su parte, al recordar la gran cantidad de prodigios que el Todopoderoso hizo en el pasado en su beneficio, en vez de desesperarse por causa de su deseo de comer carne, deberían haber supuesto que el mismo Dios solventaría su problema, en el tiempo que lo considerara oportuno.

   Si somos capaces de comprender lo que debían haber hecho los hebreos cuando desearon comer carne en el desierto, también deberíamos comprender que, cuando tengamos problemas que no podamos resolver por nuestros propios medios, deberemos esperar a que Dios solvente los mismos, ya que no debemos creer, bajo ninguna circunstancia, que Nuestro Padre común nos ha desamparado.

   Quizás puede decirse con respecto a los hebreos: "Es comprensible el hecho de que los hermanos de raza de Moisés desearan comer carne, dado que estuvieron siendo alimentados con el maná celestial durante cuarenta años". A raíz de esta meditación, debemos preguntarnos: ¿Es creíble el hecho de que los hebreos sobrevivieran a un período de hambre de cuatro décadas? Al responder negativamente la pregunta que nos hemos hecho bajo la lógica más elemental, debemos preguntarnos;: ¿Era el maná suficiente para satisfacer el hambre de los hebreos? (ÉX. 16, 4). Según el Dios de quien San Pablo escribió en TT. 1, 2 que no puede mentir, los hebreos, -exceptuando los sábados, dado que los viernes habían de recoger una ración doble-, debían recoger su ración diaria de maná, pues el citado alimento les había de servir para satisfacer su hambre.

   También con respecto a nosotros, se puede decir:

   -La pobre ana no puede soportar la rebeldía de sus hijos.

   -María está desesperada porque su enfermedad la está matando...

   A pesar de ello, no hemos de olvidar los versículos bíblicos que recordamos con mucha frecuencia los lectores de Padre nuestro: (1 COR. 10, 13).

   Con respecto a los pobres, les es aplicable el siguiente fragmento del Deuteronomio: (DT. 8, 1-6; 11, 5-15). Los hebreos le dijeron a Moisés que en Egipto comían gratuitamente, pero, ¿eran verdaderas esas palabras? Los hebreos no fueron alimentados en Egipto gratuitamente, pues se les proporcionaba comida para que pudieran realizar su trabajo. A veces debemos distinguir a quienes nos quieren como amigos y a quienes sólo piensan en nosotros únicamente para que los beneficiemos. De igual manera, se engañan a sí mismos quienes afirman que el alcohol o el tabaco los sacan de su rutina, pues, a largo plazo, esos vicios acaban siendo perjudiciales, tanto para ellos como para sus familiares.

   Por causa de ciertos problemas que he tenido a la hora de predicar, comprendo perfectamente lo que le sucedía a Moisés cuando se sentía impotente al no poder solventar todos los problemas que el pueblo le planteaba. Durante los años que he predicado tanto presencialmente en algunas iglesias como en la red, cuando mis reflexiones han gustado, pocos han sido los que me han felicitado, pero me asaltan grandes cantidades de personas reclamándome que justifique las leyendas negras de la historia de la Iglesia, que les dé la solución más económica y rápida para divorciarse, que les explique de una forma convincente para ellos por qué la Iglesia no desea que sus hijos mantengan relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial... En general, pocos son los que reconocen la labor que la Iglesia hace en el mundo a pesar de los errores que algunos de sus hijos han cometido desde la fundación de la misma hasta nuestros tiempos actuales, pero son muchos los que, al recordar esos errores, nos satanizan a todos los católicos, como si nosotros hubiéramos inventado las formas más refinadas de practicar el mal.

   Recordemos unas palabras que Dios le dijo a Jeremías: (JER. 15, 19).

   A Moisés le sucedió justo lo contrario que Dios le dijo a Jeremías que hiciera, es decir, la presión que sus hermanos de raza ejercieron brutalmente sobre él, acabó por desesperarlo.

   Recordemos que el hecho de ser incapaz de mantener la fe ante la presión que los hebreos ejercieron sobre el Profeta que Dios designó para que les concediera la libertad en su nombre, le costó a Moisés la imposibilidad de entrar en la Tierra prometida. Yo pienso que Moisés no entró en la tierra prometida por haber perdido la fe, sino porque Dios decidió que Josué ocupara su puesto, para que el citado Profeta pudiera morir, y descansar así de sus trabajos, pero, no obstante, la experiencia de Moisés nos enseña a no bajar la guardia nunca jamás en la vivencia de nuestra fe (ÉX. 17, 1-7. NM. 20, 10-13).

   Si los predicadores nos gloriamos cuando conseguimos inculcarle nuestra fe a alguna persona, debemos ser humildes, y, si hemos fracasado en alguna ocasión en nuestros intentos de evangelizar a alguien, tenemos que reconocer nuestro fracaso, pues no sabemos si el mismo se debe a nuestra incapacidad para predicar, o si ha sido causado porque nuestro oyente aún no está destinado a tener fe en el tiempo en que le predicamos, o si el mismo rechaza nuestras creencias. Con respecto a mí, si en la red soy muy querido después de haber batallado durante varios años incluso con católicos que me han considerado pecador imperdonable por predicar en un medio difusor de imágenes pornográficas (Internet), como ya os he dicho en otras ocasiones, fracasé estrepitosamente en una pequeña Iglesia española, en la que trabajé durante unos tres años aproximadamente, así pues, fui un fracaso tanto como catequista como ayudante de las mujeres que se veían forzadas a ejercer de catequistas sin fe ni vocación, con tal de que sus hijos pudieran recibir a Jesús por primera vez. Aunque durante algún tiempo me sentí culpable del citado fracaso, esa herida se me cerró, porque, suponiendo que yo fuera un fracaso como predicador, el hecho de temer que dicho templo sea cerrado, me hace constatar que ni los sacerdotes que han pasado por mi pueblo durante varias décadas, han podido crear una comunidad parroquial activa. Actualmente, sólo asisten a las celebraciones eucarísticas unas cinco o seis personas, y el templo permanece cerrado el resto de la semana.

   La parte positiva de aquel fracaso, fue que se me planteó la posibilidad de que mi pueblo me hiciera perder totalmente la fe, aunque, gracias a Dios, no sólo no perdí la citada virtud teologal, sino que se me fortaleció la misma.

   (NM. 11, 16-17). Como sabéis, no todas las denominaciones cristianas creen que el Espíritu Santo es una Persona. Algunos de nuestros hermanos separados creen que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no es más que la fuerza física de Dios. Para afianzar a sus adeptos en esta creencia, dichos cristianos dicen que, si el Espíritu que fortalecía a Moisés se dividió en partes proporcionales entre el citado Profeta y los setenta ancianos de Israel, ello demuestra que el Paráclito es una fuerza física, dado que, de ser una Persona, no se podría "trocear" para ser repartida entre los citados siervos del Altísimo. Lo que nos dice Moisés, el autor del libro de los Números, es que Dios dividió proporcionalmente el poder que  Moisés recibió del Paráclito entre el citado Profeta y dichos ancianos, con el fin de que el hermano de Aarón y de Myriam no soportara todo el peso de los problemas de su pueblo (NM. 11, 18-34).

   A pesar de que Moisés había visto cómo Dios separó las aguas del mar Rojo para que su pueblo no fuera alcanzado por el ejército de Ramsés II, le costaba un gran esfuerzo el hecho de creer que Dios podía alimentar a su pueblo durante un mes. Este hecho nos da la oportunidad de examinar nuestra fe, pues puede suceder que creamos que la misma es más grande de lo que es realmente.

   Josué se alarmó cuando vio que los dos ancianos designados para formar parte del grupo de los setenta profetas profetizaban por su propia cuenta. Yo, como predicador, tengo que poner todos los medios que estén en mis manos al servicio de quienes deseen predicar el Evangelio, y no debo trabajar para que vosotros me consideréis el único predicador predilecto de Dios, como si no hubiera más cristianos y mucho más aptos que yo para predicar el Evangelio. Seamos humildes, mejoremos nuestro conocimiento de Dios, y reconozcamos nuestras limitaciones, potenciando el hecho de que haya más gente apta para dar a conocer nuestra fe, pues no debemos creernos dueños de la verdad.

   Aprovecho la ocasión que me brinda esta meditación para pedirles a los sacerdotes que no permiten que ningún laico les ayude a realizar su trabajo ni dejan que los mismos participen en las celebraciones eucarísticas leyendo la Palabra de Dios que cambien de actitud, pues es conveniente que el mundo vea que la religión nos compete a todos, independientemente de que seamos religiosos o laicos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios y el hombre. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Dios y el hombre.

   Hubo un tiempo en el que no existía nada. Fue entonces cuando Dios creó el cielo y la tierra. Al hablar del cielo, debemos concebir el mismo como la alusión que hizo Moisés, -autor del texto de la creación del mundo-, al Reino celestial de Dios, en su dimensión espiritual.

   Según Moisés, Dios no creó el universo material ordenadamente, puesto que, la obra divina, estaba en un completo estado de desorden y cubierta de tinieblas. El sagrado autor del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, sitúa la creación de Dios, por encima del infierno, un lugar muy polémico, que conocemos con 2 significados. Así pues, la definición más conocida del término infierno, equivale a un lugar de tormento eterno, al que están destinados quienes no creen en Dios, y aquellos que son considerados malos, porque no cumplen la Ley de Nuestro Padre común. La segunda definición de dicha palabra, equivale al Hades, el lugar al que estaban destinados los difuntos justos, hasta el día en que Jesús les abrió la puerta del cielo, siendo Él el primero en resucitar, de entre los que, hasta entonces, habían muerto. No obstante, en consideración al amor manifestado por Dios en las Sagradas Escrituras, en esta meditación, reflejaré más la segunda acepción de la palabra infierno, que el primer significado que se le atribuye a dicho término, anteriormente citada.

   En medio de la confusión reinante en la creación del todopoderoso, el Espíritu Santo, en forma de viento, aleteaba por encima de las aguas de la lluvia. En estos términos, Moisés, hace alusión a los muchos sufrimientos que caracterizan la vida del hombre, simbolizados por dichas aguas, y al consuelo que el hombre recibe, al dejarse conducir por los amorosos impulsos del Paráclito.

   Viendo Dios el caos y las tinieblas que dominaban su obra, exclamó: -Que exista la luz.

   En aquél mismo instante en el que se pronunció Dios, empezó a existir la luz. De esta forma, Moisés quiso simbolizar el cambio de vida, que el hombre experimenta, al creer y vivir, en conformidad con el cumplimiento de la Ley del todopoderoso.

   Cuando el Señor Dios creó la luz, cayó en la cuenta de que su última obra era buena, por lo cuál, no quiso mezclarla con la oscuridad tenebrosa, así pues, Dios llamó día a las horas en las cuales la luz ilumina la tierra, y, llamó noche, a las horas en las cuales percibimos la Oscuridad. De esta manera, transcurrió el primero de los 7 días en que Dios creó el mundo. Téngase en cuenta, pues, que los 7 días citados por el autor del texto que estamos meditando, no eran periodos de tiempo de veinticuatro horas, sino años incontables.

   En el segundo día de su creación, Dios se pronunció en estos términos: -Que exista el firmamento, para que separe las aguas de la tierra, de las aguas del cielo.

   Así pues, creó Dios el cielo, que separaba las aguas que inundaban el planeta, de las aguas que habían de llover sobre la faz de la tierra. Cuando Dios hubo hecho esto, llamó al firmamento cielo, y concluyó un nuevo y considerable periodo geológico de su obra creadora.

   En el tercer día de su incesante labor, Dios dijo estas palabras: -Que se junten las aguas que están por debajo del firmamento, para que una parte de la tierra quede seca.

   Cuando la orden del Creador fue ejecutada por la acción del Espíritu Santo, llamó Dios tierra a la parte del planeta que estaba seca, y llamó mares, a aquellas partes de la tierra que estaban cubiertas de agua. Entonces, dijo el Señor: -Que la tierra produzca vegetación. De esta forma, creó Dios la hierba y los árboles.

   Cuando Dios hubo acabado de crear la vida vegetal, no pudo menos que admitir que era bueno lo que había hecho, así pues, concluyó un día más.

   En el cuarto día de la creación, creó Dios el sol, la luna y las estrellas, y colocó cada cuerpo celeste en el firmamento, para alumbrar la tierra, para dominar en el día y las tinieblas nocturnas, y, para apartar, definitivamente, la luz de la oscuridad. Después de concluir esta nueva obra, vio Dios que era bueno todo cuanto había hecho.

   El día siguiente, creó Dios cuantos animales existen en el mar y surcan el firmamento, y, una vez más, comprobó el Altísimo que su creación era buena, en señal de lo cuál, bendijo a dichos animales, en los términos que siguen: -Procreaos y multiplicaos, de forma que siempre existan animales que pueblen el mar, y aves que vivan en la tierra, y surquen mi cielo.

   He aquí, pues, que concluyó el quinto día de la creación de Dios.

   Al día siguiente, crió Dios a todos los animales que viven sobre la tierra, y comprobó el Señor que había hecho bien, pero, ¿había completado el todopoderoso su obra creadora? Indudablemente, Dios deseaba crear a un ser que fuese más perfecto que todo aquello que había creado anteriormente. Por consiguiente, considerando lo aquí expuesto, el Creador dijo: -Hagamos al ser humano en conformidad con nuestra imagen y semejanza, para que domine a los peces del mar, a las aves celestes, a las bestias, y a las alimañas terrestres, y a los animales que serpean sobre la faz de la tierra.

   Dios dijo: -Hagamos al ser humano.

   ¿Quién estaba con Dios en el tiempo de la creación? Dios estaba con Jesucristo, su Hijo, y con el Espíritu Santo, pues, las tres Personas citadas, son una sola Deidad.

   Dios le dijo al hombre que dominara la creación, para hacerle saber que estaba hecho a la imagen corporal de Jesucristo, y a la semejanza espiritual de Nuestro Padre común.

   Con la creación del hombre, Moisés dio por zanjada la cuestión de la creación del mundo, dado que consideraba que su relato podía ser fácilmente inteligible para los hebreos, a quienes estaba destinado el texto místico que estamos meditando, el cuál forma parte del primer volumen de la Biblia judeocristiana.

   Dios bendijo el séptimo día de la creación, y lo proclamó día santo, porque en él dio por concluida la creación del mundo, así pues, en razón de lo anteriormente expuesto en esta meditación, sabemos que Dios quiso que los hombres trabajaran durante 6 días a la semana, y descansaran el séptimo día, para que se dedicaran a rendirle culto al Altísimo, y para que pudieran estar, con quienes amaban, y con quienes les necesitaban, por consiguiente, desde que Dios creó al hombre, no cesa de decirnos: -Además de darme culto con vuestras palabras y oraciones, adoradme también con vuestras buenas obras.

   El primer hombre que conoció el nombre de Dios, fue Moisés, el autor de los 5 primeros libros de que se compone la Biblia. Ni siquiera los 3 grandes Patriarcas del primitivo pueblo de Dios, supieron que el nombre de nuestro Criador, -Yahveh-, significa, literalmente, Yo Soy, en alusión al amor y al poder que caracterizan al Dios Altísimo.

   Tanto los que creemos en nuestro Padre común como los que no aceptan la existencia del todopoderoso, alguna vez, nos hemos hecho esta inquietante pregunta: ¿Quién -o qué- es Dios?

   Dios Padre es un ser espiritual, la primera Persona de la Santísima Trinidad, el principal misterio divino, la base sobre la cuál se fundamenta la predicación de Jesucristo. En un antiguo Catecismo publicado en España, podemos encontrar la siguiente información con respecto a Nuestro Creador:

   "¿Quién es Dios? Dios es nuestro Padre, que está en los cielos, Creador y Señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos".

   En el citado Catecismo, encontramos la siguiente información respecto de la descripción de Dios.

   "¿Cómo es Dios? Dios es Espíritu purísimo, infinitamente perfecto, bueno, sabio, poderoso y eterno, principio y fin de todas las cosas.

   ¿Por qué decimos que Dios es Espíritu purísimo? Decimos que Dios es Espíritu porque es sabiduría y amor y no tiene cuerpo; y decimos que es purísimo porque es más perfecto que las almas y los ángeles.

   ¿Por qué decimos que Dios es infinitamente perfecto? Decimos que Dios es infinitamente perfecto, porque tiene todas las perfecciones sin defecto de límite" (Catecismo de la doctrina cristiana, tercer grado, publicado por la Comisión Episcopal de Enseñanza de España en el año 1972).

   "El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios".
   (CIC. S. Tomás de Aquino, S. Th. 1, 2, 3).

   Según se constata en el capítulo 2 del primer libro de Moisés cuyo nombre es Génesis (Creación), Dios creó al hombre en la antigua Mesopotamia, en el actual Iraq. Así pues, según una antigua tradición hebrea, aquél cuyo nombre significa literalmente Yo Soy, en alusión a su amor y poder, hizo una imagen con polvo del suelo (GN. 2, 7), según deseaba que fuese el hombre, le insufló en la nariz un aliento vital, le infundió un alma espiritual, y, aquella última obra divina, resultó ser un ser vivo, hecho a la imagen corporal de Cristo, y a la semejanza espiritual de Nuestro Padre común.

   Según expuse anteriormente, los días, las semanas, los meses y los años anunciados en la Biblia, no siempre coinciden con nuestra noción del tiempo real, así pues, la historia del hombre, se inicia en el sexto día de la creación, y alcanzará su plenitud en el séptimo día, cuando Cristo baje del cielo, para terminar de instaurar el Reino de Dios entre nosotros, el cuál ha sido violentado por el error, la enfermedad, el dolor, y, el pecado.

   Cuando el Señor creó al hombre, no quiso dejarle solo, y, como el Altísimo hace siempre, quiso proveer las necesidades básicas de este, por lo cuál, le regaló a Adán el Edén, un paraíso terrenal del actual Iraq, para que su última creatura viviera gracias a sus trabajos agrícolas.

   Antes de continuar recordando este relato de Moisés, hemos de recordar que, el hombre, básicamente, se puede dividir en dos partes, por consiguiente, nuestro cuerpo es nuestra parte tangible, y, nuestra alma espiritual, es nuestra parte intangible.

   Llamamos alma al elemento psíquico -o espiritual- capacitado con la inmortalidad, capaz de entender, querer y sentir, que informa a nuestro cuerpo, y es el principio de nuestra vida, aún más allá de las leyes de la materia.

   Ahora bien, si hemos sido creados a imagen y semejanza espiritual de Dios, ¿en qué se diferencian nuestras almas del Santo Espíritu de Dios? Mientras que nuestras almas sólo son nuestra parte intangible, el Santo Espíritu de Dios, es un Ser inmaterial, doto de razón, no obstante, mientras que nuestros cuerpos y almas forman un todo, el Espíritu Santo, es el Ser inmaterial por excelencia, que no necesita darle vida a un cuerpo para existir, tal como hubo de hacer el Paráclito, cuando creó por la Palabra de Dios el anteriormente mencionado muñeco de barro, y le insufló un aliento vital en la nariz, el cuál hizo que la citada creatura se convirtiera en un ser vivo.

   Debido a que en los tiempos de Moisés no existían los estudios metafísicos de que disponemos en la actualidad, el autor del Génesis, no se hizo esta significativa pregunta: Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, ¿por qué el Señor no nos ha dotado con todas sus ilimitadas e indefectibles perfecciones? La respuesta a este interrogante, es la razón por la cuál debemos conocer la Sagrada Escritura, de manera que, dicha obra literaria, le dé un nuevo y eterno sentido a nuestra vida. Hagamos que la Biblia cobre vida en nuestra vida, pues sólo alcanzaremos la más alta cumbre de la felicidad, cuando conozcamos a Nuestro Padre y Dios, y le aceptemos sin reservas.

   A continuación, imaginaremos las partes en que se puede descomponer nuestra alma. En nuestros días, sabemos que, todas las funciones que siempre le hemos atribuido a nuestra alma, son llevadas a cabo por nuestro cerebro. A pesar de esta realidad que ha sido probada científicamente, yo sigo considerando que todos tenemos un alma, porque, cuando acontezca la hora de nuestra muerte, no se perderán en la nada, los dones y virtudes, con que Dios, Nuestro Creador, complementa aquella parte de nuestro todo que es intangible, por lo cuál, no es necesario decir, que desconocemos cómo es perfectamente.

   Supongamos que nuestra alma, es semejante a un archivo que tiene muchos compartimentos, y que, en cada uno de dichos compartimentos, Dios, nos dota de los dones y virtudes, que nos son necesarios, para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Ahora bien, ¿qué es un don? Un don, -como es sabido por todos nosotros, amigos lectores-, es la concesión de una dádiva, presente o regalo, así pues, un don procedente de Dios, es cualquiera de los bienes naturales -o sobrenaturales-, que poseemos respecto del todopoderoso, -el autor de los mismos-, de quien los recibimos.

   Llamamos "virtud", a nuestra potestad de obrar, a la integridad de ánimo y a la bondad de la vida, que Nuestro Padre común nos concede, para que alcancemos la plenitud de la felicidad. Llamamos "virtudes" a aquellos hábitos -o costumbres- por los cuales estamos dispuestos a obrar en conformidad con nuestra forma de ser, o con la ley moral a la que estemos obligados en conciencia, o bien, por simple deseo, como ocurre en el caso de quienes aman a Dios, y le sirven, en sus prójimos los hombres.

   Los principales dones que podemos recibir de nuestro Padre común son: El don de Dios (el Espíritu Santo), y la gracia.

   "La gracia" es un don gratuito de Dios que nos eleva a la presencia de Nuestro Creador en orden a la Bienaventuranza eterna, es decir, nuestra permanencia en el Reino de Dios. Así pues, decimos que la gracia es "actual", porque Dios nos da más parte de este don sobrenatural, conforme conseguimos ser mejores, en nuestra vida ordinaria. De igual modo, decimos que la gracia es "cohoperante", porque posee la virtud de ayudar a nuestra voluntad, cuando queremos hacer el bien, y conseguimos convertir el fruto de nuestros deseos, en abundantes obras de amor.

   Decimos que la gracia es "operante", porque nos ayuda a corregir nuestros errores e inocuos hábitos, mueve a nuestra alma a amar a nuestros prójimos, y, por consiguiente, a hacer el bien.

   Decimos que la gracia es "original", porque Dios nos la infundirá, cuando vivamos en perfecto estado de amor e inocencia. La gracia también es "santificante", porque posee la virtud de hacernos herederos de los bienes que obtendremos, los cuales son las consecuencias inmediatas del cumplimiento de las promesas del Dios Creador del universo.

   ¿En qué consiste la gracia? La gracia es una cualidad o don sobrenatural permanente, que nos conduce a vivir en el Reino de Dios.

   Llamamos "virtudes naturales", a aquellas que podemos adquirir con la ayuda de Dios, y con nuestros propios medios. No obstante, llamamos "virtudes sobrenaturales", a aquellas que podemos conseguir, al permanecer en estado de gracia, al creer y amar a Dios, cumpliendo, gustosamente, la Ley de Nuestro Criador.

   Llamamos "virtudes teologales" a aquellas que nos conducen a Dios, el objeto inmediato de la consecución de las mismas. Dichas virtudes son: La fe, la esperanza, y la caridad.

   "La fe" es una luz -o conocimiento- sobrenatural con que sin ver creemos lo que Dios nos ha revelado, bien a través de la Biblia, o nos lo ha dado a conocer, a través de sus predicadores, la naturaleza, nuestras propias vivencias, y otros medios.

   Llamamos "esperanza" a la virtud sobrenatural que nos inclina a esperar y confiar en el cumplimiento de las promesas de Dios, las cuales nos han sido reveladas, gracias a los pactos o alianzas, que el Señor, -Nuestro Dios-, ha firmado con los hombres, a lo largo de la Historia. La esperanza, -amigos lectores-, no es un simple deseo, pues, de dicha virtud, -perfeccionadas la gracia, la fe, y, la caridad-, vivimos muchos millones de personas en todo el orbe cristiano, y, mucha gente, ha muerto gustosamente, con el propósito de encontrarse con Dios, cara a cara, para alcanzar, la cumbre -o plenitud- de la felicidad.

   La principal virtud del cristiano, -aparte de la concesión de la gracia, que recibimos de parte de Nuestro Criador-, es "la caridad". Básicamente, la caridad consiste en que amemos a Dios más que a ninguna persona y que a ninguna de nuestras posesiones, y, a nuestros prójimos, -ya se trate de quienes amamos, de nuestros enemigos, e incluso de quienes desconocemos-, como si se tratasen de nosotros mismos.

   Las principales virtudes morales, son estas 4: La prudencia, la justicia, la fortaleza, y, la templanza. Dichas virtudes, reciben el nombre de "cardinales", porque son las 4 columnas que sostienen el resto de las virtudes morales.

   "La prudencia" es la virtud moral cardinal que nos permite discernir -y distinguir- lo que es conveniente para que actuemos en conciencia, procurando el bienestar de nuestros prójimos y nuestro, en orden a la permanencia junto a Dios Nuestro Señor, que ansiamos.

   Llamamos "justicia", a la virtud que nos inclina a otorgarles a cada uno de nuestros prójimos lo que les pertenece porque es suyo, identificándonos así, con el proceder de Nuestro Dios.

   Recibe el nombre de "fortaleza", la virtud que nos capacita para vencer todo temor o miedo, así como a evitar toda mala acción.

   "La templanza", es la virtud que nos inclina a rechazar las tentaciones superfluas, para que así podamos vivir en armonía con Dios. El término templanza es sinónimo de las palabras sobriedad y continencia.

   Existen muchas virtudes morales, entre las cuales destacan las siguientes: La religión, la humildad, la obediencia, la paciencia, la castidad, y, la penitencia.

   Llamamos "religión", a la virtud que nos mueve a tributarle a Dios el culto a Él debido, que, además de orar o rezar, consiste en hacer obras de amor.

   "La humildad", nos insta a conocer nuestras limitaciones y debilidades. Gracias a la posesión de dicha virtud, estamos capacitados para valorar no sólo nuestras obras, pues también podemos interpretar las intenciones que acompañan a nuestro modo de proceder.

   "La paciencia", consiste en sufrir con la menor perturbación del ánimo posible, cuantos infortunios y trabajos hallamos de vivir, pues, ello no es malo -o superfluo-, si somos conscientes de que son vías que nos sirven para acercarnos a Dios.

   Normalmente, solemos decir que "la castidad" es una virtud que poseen aquellos que se abstienen de todo goce sexual no permitido, bien por causa de su religión, o por una imposición de su conducta moral. Sin embargo, la castidad, es sinónimo de fortaleza y templanza, y ha de ser vivida por todos nosotros, en conformidad con nuestro estado actual.

   Llamamos "penitencia" a la virtud que nos permite arrepentirnos del mal que hicimos en el pasado, y nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la Ley de Dios, con el apoyo de todas las virtudes anteriormente mencionadas.

   Los citados dones y virtudes los recibimos gracias al anteriormente citado don de Dios, que es su Espíritu Santo, que siempre es operante en quienes le acogemos en nuestro corazón.

   Después de meditar sobre nuestra alma, conozcamos al Dios Trinidad.

   "Los atributos positivos" de Dios son aquellos mediante los cuales conocemos las perfecciones de la Trinidad beatísima, tales como su bondad y su misericordia. Por el contrario, llamamos "atributos negativos", a aquellos que nos informan de que Nuestro Criador es infinitamente perfecto.

   Llamamos "atributos absolutos", aquellos que les son comunes a las tres Personas de la Santísima Trinidad, tales como su eternidad.

   Los "atributos relativos", son aquellos que se refieren a una de las tres Personas de la Santísima Trinidad, -como la Paternidad del Padre-, o a 2 Personas del misterio más importante de la fe cristiana, -como es el caso de la voluntad del Padre y del Hijo-.

   Llamamos "atributos quiescentes", a aquellos que nos instan a considerar a Dios como el Ser por excelencia. Uno de los citados atributos es la simplicidad.

   Llamamos "atributos operativos", aquellos por cuya existencia consideramos a Dios como Ser dotado de poder y capacidad para poder obrar, como es el caso de la omnipotencia.

   Son "atributos morales", aquellos por los que sabemos que Nuestro Creador es un Ser moral, así pues, un ejemplo de ello es la sabiduría.

   Decimos que Dios es "simple", porque no se puede descomponer -o dividir- en varias partes, así pues, las tres Santas Personas divinas, son un sólo Dios.

   Otro de los atributos de Dios, es "la unidad", porque, las tres Personas de la Trinidad Beatísima, son una sola Deidad, por lo cuál, no podemos hablar de la coexistencia de 3 dioses distintos, porque, las 3 Personas de dicho misterio, son un único Dios, por lo cuál, las tres Personas forman parte de ellas, de la misma manera que, las 3 líneas de que se compone un triángulo, parten de una misma base.

   Si las 3Personas del misterio trinitario son un sólo Dios, no pueden tener descendientes, pero sí poseen el atributo de "la eternidad", porque nunca tuvieron un principio, y jamás conocerán su fin.

   "La inmensidad", es el atributo que le permite a Dios difundirse sin límite alguno, lo cuál, le permite estar en todas partes, así pues, si la difusión de la Trinidad, recibe el nombre de inmensidad, "la ubicuidad", es la permanencia de la Trinidad Beatísima en todos los lugares.

   Dios está en todas partes:

   1. Por presencia, porque posee la facultad de verlo todo.

   2. Por potencia, porque hace posible la conservación de todo cuanto ha creado.

   3. Por esencia -o naturaleza-, porque le da el ser -o la existencia- a todo cuanto existe.

   Dios es "omnisciente", porque posee el conocimiento de todo aquello que es real -o posible-.

   Dios posee el atributo de "la omnipresencia", porque es un Ser ubicuo, es decir, que, en todo tiempo, está presente en todas partes.

   Dios posee el atributo de "la omnipotencia", porque lo puede todo.

   Llamamos "misterios" a las revelaciones que Dios nos hace, cuya naturaleza, es totalmente incomprensible para nosotros. No en vano, el término misterio, procede del vocablo latino "misterium", y, etimológicamente, significa, "cosa oculta".

   La Trinidad de Dios, es la base sobre la cuál se originan -o fundamentan- todos los misterios que caracterizan la fe cristiana.

   Dios es Uno en esencia -o naturaleza-, y Trino en Personas. Así pues, Dios es indivisible, porque sólo tiene una naturaleza espiritual y una voluntad, y, por ser un sólo Ser, -lógicamente-, posee un sólo entendimiento. No en vano, el alma humana, -imagen y semejanza del Espíritu Santo-, posee 3 potencias: El entendimiento, la voluntad, y la memoria, los cuales son estimulados gracias a los dones y virtudes que recibimos de Nuestro Criador.

   Para comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, veamos lo que significan las palabras naturaleza y persona.

   Llamamos "naturaleza", a la esencia y a las propiedades características de todos los seres. En sentido moral, llamamos naturaleza, a la luz, al conjunto de virtudes que el hombre posee al nacer, y, posteriormente, le ayudan a discernir el bien de lo que es considerado por él como malo -o superfluo-.

   Llamamos "persona", a todo ser inteligente, al que se le atribuyen todos sus actos.

   La primera Persona del misterio que estamos recordando, es el Padre, porque de Él proceden el Hijo y el Espíritu Santo, por consiguiente, Nuestro Santo Creador, engendró al Hijo desde la eternidad, por lo que Jesucristo posee la misma esencia -o naturaleza-, de quien le engendró por generación intelectual.

   La tercera Persona del citado misterio, es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo desde la eternidad. Estas tres Personas, tienen una misma naturaleza espiritual, por lo que, en consecuencia, poseen los mismos dones y virtudes, como es el caso de su entendimiento.

   Nosotros podemos ejercitar nuestros dones y virtudes, gracias a las siguientes perfecciones sobre naturales que Dios nos concede. He aquí, pues, los siete dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y, temor de Dios. Por consiguiente, las consecuencias inmediatas de la recepción y el ejercicio de dichos dones del Espíritu Santo, son los siguientes frutos: Caridad, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y, castidad.

   Tras recordar lo anteriormente expuesto, nos será más fácil comprender el relato bíblico de la creación del mundo, el establecimiento de la primera Alianza entre Dios y el hombre, y la pérdida de la gracia de Dios, por parte de la última criatura del Creador del universo.

   Justo en medio del Edén, hizo Dios que crecieran 2 árboles: El uno, era el árbol de la vida eterna, y, el otro, el árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. El uno, significaba la invitación que Dios le hizo al hombre, para que éste permaneciera junto a Él, y, el otro, la soberbia humana, es decir, la raíz u origen- de las impropias actuaciones del hombre, y, a la vez, fuente de riquezas espirituales, tales como la sabiduría, y el conocimiento de Dios, para aquellos que reciben, de la mano del Dios Altísimo, el fruto de la vida, esto es, el trono de la gloria de Cristo, es decir, la santa cruz, en que fue crucificado Nuestro Señor, el alimento espiritual que recibimos, en cada ocasión que celebramos el Sacramento de la Eucaristía.

   Cuando Dios le mostró al hombre las riquezas del Edén, le dijo: -Si quieres alcanzar la más alta cumbre de la felicidad, imita mi forma de proceder. Mas no comas del fruto del árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal, porque morirás sin remedio, bajo el peso de las acciones que llevarás a cabo, a pesar de que no son propias de quienes desean imitarme, así pues, serás golpeado por el látigo del dolor.

   Adán, el primer hombre que fue creado por Dios, vivió felizmente en el Edén, durante cierto tiempo, bajo la atenta mirada de Dios, pero, aquella criatura primogenea, se sintió humanamente sola, y, por ello, Dios se dijo a Sí mismo: -En ninguna circunstancia es bueno que el hombre esté sólo, así pues, voy a hacerle a alguien que sea semejante a él, para que ambos se sirvan con respecto a la ayuda y al consuelo que necesitarán.

   Dios puso a todos los animales terrestres junto al hombre, pero, éste, además de ponerles a todos un nombre distinto, no encontró a ninguno que fuese semejante a él.

   Una de las cualidades de la Biblia, consiste en que todos podemos interpretarla de la forma que mejor nos parezca, pues, la fe religiosa, no puede ser experimentada por nuestras ciencias modernas. Esta virtud de la Sagrada Escritura, ha sido aprovechada para producir frutos buenos e impropios de los hijos de Dios.

   En conformidad con las costumbres de su época, Moisés, con la intención de evitar serios problemas convivenciales, en su lento caminar, primero desde Egipto hacia el monte Sinaí, y, posteriormente, hacia la Tierra prometida, había de someter a las mujeres rebeldes, a la autoridad de sus maridos. No olvidemos que, el autor del Pentateuco, fue educado en Egipto, en una civilización en que las mujeres no eran consideradas independientes de sus padres -o de sus maridos-, según estuviesen solteras o casadas.

   Ya en el Nuevo Testamento, el benjaminita fariseo natural de Tarso llamado Saulo, -quien posteriormente fue conocido como San Pablo-, instó a sus lectores a que las mujeres se sometieran a los hombres, así pues, según un texto agregado por otro autor a su primera Carta a los Corintios, no les permitía proclamar el Evangelio en público, porque consideraba que, la inteligencia de ellas, era inferior a la inteligencia de los hombres. Sin duda alguna, la influencia sexista helena y judía, marcaron la vida del fiel Apóstol, que convirtió a muchos gentiles al Señor.

   En contraposición a estos y a otros muchos oradores, Jesucristo, fue un gran defensor de las mujeres. Por consiguiente, en contraposición a los hábitos de su tiempo, no se avergonzaba de hablar con las mujeres en la calle, ni aun cuando muchas eran prostitutas, ni aun considerando que los mismos rabinos se avergonzaban si eran vistos conversando con sus mujeres fuera de sus hogares. Cuando Jesús resucitó, no se les manifestó primero a sus Apóstoles, pues antes de ello, se dejó ver por su tía María esposa de Cleofás, y María Magdalena, la hermana de sus amigos de Betania, Marta y Lázaro.

   Normalmente, durante sus correrías evangelizadoras, Jesús, iba acompañado por algunas mujeres, a las que nunca les permitió que predicaran, con el fin de evitar que fuesen humilladas por la gente. Aun digo más, Jesús trató a su Madre con gran cortesía en las bodas de Caná de Galilea, y trató piadosamente a la mujer de Naím, a cuyo hijo difunto, le devolvió la vida. Cuando Nuestro Maestro resucitó, las mujeres que le vieron, creyeron este gran misterio de fe, antes que lo hicieran los propios Apóstoles.

   Según Moisés, Dios, hizo caer una especie de sueño anestésico sobre el hombre, y, cuando este estaba profundamente dormido, le quitó una costilla, y le sanó la herida, colocándole carne en el lugar que ocupaba la citada costilla. Con la citada costilla, Dios creó a la mujer.

   Cuando el hombre salió de dicho estado de sopor, Dios le presentó a la mujer que había hecho de su propia costilla, y, Adán, lleno de asombro y de alegría, no dudó en exclamar: -Esta vez, Dios me ha dado lo que le he pedido tantas veces. ¡Esta mujer sí que es igual en todo a mi carne y a mis huesos!. Ambos seremos una sola cosa.

   Según la interpretación sexista de este mensaje bíblico, la mujer ha de estarle sometida al hombre, por cuanto fue formada de una costilla de este. Sin embargo, más lógico, es decir que Dios formó a la mujer de una costilla del hombre, para que ambos fuesen un sólo ser, con el doble de perfecciones que tenía Adán, antes de que Dios crease a Eva, su mujer. He de decir que los científicos han demostrado que las mujeres están más capacitadas que los hombres para soportar el dolor, y para administrar sus bienes.

   Adán dijo: -Esta criatura nueva se llamará mujer (varona), porque fue tomada de una costilla del hombre (varón).

   En su estado original, Dios dotó al hombre con tres clases de dones: Los naturales, los preternaturales, y, los sobrenaturales.

   Entendemos que son "dones preternaturales", aquellos que Dios nos concede, y que no necesitamos para habitar en la tierra. Un ejemplo de ello, es la inmortalidad.

   Dios le dio al hombre el don de "la impasividad", para que no conociera, ni la penalidad del trabajo (aunque ello no le privaba de trabajar para vivir), ni el dolor.

   Dios le concedió al hombre el don de "la ciencia infusa", para que ambos pudieran comunicarse entre sí, y para que el hombre sintiera que Dios estaba con él, dándole a conocer sus inefables misterios.

   Dios le concedió al hombre los dones sobrenaturales, la gracia, las virtudes, y los siete dones del Espíritu Santo, para que su última criatura siguiera haciéndose, incesantemente e infinitamente, perfecta.

   Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, ambos estaban desnudos, pero, no se avergonzaban de ello. Si analizamos literalmente esta cita del Génesis, podemos constatar que es absurda la idea de que Adán y su mujer se avergonzaran al contemplarse desnudos el uno al otro. Sin embargo, la interpretación teológica de esta cita bíblica, nos da a conocer el estado original en que Dios creó al hombre, cuyo estudio estamos considerando superficialmente.

   Antes de continuar recordándoos esta conocida historia, he de deciros que los ángeles son las inclinaciones que tenemos para hacer el bien y el mal, por lo cuál, tal como supondréis, existen ángeles buenos (puros), y malos (impuros). En conformidad con el propósito que he escrito esta meditación, no creo necesario resaltar el estudio de dichas criaturas místicas, porque, ello, puede crearles muchas confusiones, a aquellos que no creen en la Jerarquía de la Iglesia Católica, que, en cierta forma, es muy parecida a la jerarquía angélica. No obstante, este estudio, supone muchos obstáculos para quienes se están iniciando en el conocimiento de nuestra fe.

   Quizá muchos de vosotros, habréis oído decir que hay que evitar las malas tentaciones. Supongamos, pues, a una mujer que, en la tarde de un 24 de diciembre, le dice a su hijo que no se coma ninguno de los dulces que ha preparado, hasta que todos los miembros de su familia se reúnan para empezar a celebrar la típica fiesta del Nacimiento de Jesús. A pesar de la prohibición que le hace su progenitora, el niño, al ver muchos platos llenos de dulces variados todos ellos con muy buena pinta ante sus ojos, no puede evitar comerse unos cuantos. De igual manera, la curiosidad, y el deseo de superación personal, existente en las almas de Adán y Eva, dieron origen a un drama, el cuál, ha de ser vivido por nosotros, con el fin de que alcancemos las ilimitadas perfecciones de Nuestro Dios.

   Imaginemos a Adán y a Eva en el Paraíso terrenal o Edén, donde se juntan los ríos Tigris y Eufrates, trabajando para que el árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal produjera hermosos y apetecibles frutos, de los cuales Dios les prohibió terminantemente que comieran, para que no murieran jamás. Pensemos en una mujer que carece de brazos, por lo cuál, le es imposible abrazar a sus hijos. El hombre, al estar hecho a la imagen y a la semejanza espiritual de Dios, ha de anhelar ser tan perfecto, como lo es el todopoderoso. Todos luchamos incesantemente con el fin de poder ser mejores de lo que somos actualmente. Todos queremos alcanzar nuevas metas. Por consiguiente, Adán y Eva, movidos por la curiosidad, y un inmenso deseo de alcanzar la plenitud de todas las perfecciones de Dios, comieron del sabroso fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.

   Para que los hebreos comprendieran mejor el significado de esta escenificación teatral, el autor del pasaje bíblico que estamos considerando, disfrazó a la tentación de serpiente, y, a esta, la comparó con la encarnación del diablo, un ser místico espiritual, un ángel que traicionó a Dios, arrastrando con él a un tercio de los ángeles.

   Siempre se ha dicho que, la mujer, además de ser tomada del hombre, fue la causante directa de que todos estemos sujetos al trabajo, al dolor, y a la misma muerte. Esta ficticia interpretación del texto del Génesis que estamos meditando, ha llegado a provocar la discriminación de muchas mujeres, todas ellas víctimas de la maldad de los hombres, y de muchas mujeres, que han utilizado dicha falsa interpretación del Génesis, simplemente, porque han sido más sexistas que los hombres.

   La serpiente se dirigió a Eva en estos términos: -¿Cómo es que Dios se ha atrevido a ordenaros que siempre seáis tan ignorantes como lo son los niños pequeños? Si conocierais el bien y el mal, seríais más semejantes a Nuestro Creador de lo que sois. Si me obedecierais, podrías ser iguales a Dios en todas sus perfecciones. ¿No os gustaría estar siempre junto a Dios por causa de vuestros propios méritos? ¿No os parece que es hora de que Dios deje de daros toda clase de facilidades en todos los sentidos, para que la vida os enseñe a ser iguales a Él en todas sus perfecciones, para que seáis inmensamente felices, viviendo bajo la atenta mirada del todopoderoso?

   Eva, sorprendida por las palabras del seductor, le dijo a la serpiente: -Dios nos ha dicho que somos libres para hacer lo que queramos, pero, además, se ha expresado de esta manera: Si queréis conocer el bien y el mal, tendréis que padecer mucho, e incluso habréis de morir, con el fin de alcanzar todo lo que yo os ofrezco, sin que para ello tengáis necesidad de sufrir. Si os limitáis a ser inocentes como niños, y os dejáis conducir por mis amorosas palabras, no tendréis la necesidad de ser perfectos a cambio de sucumbir bajo el efecto de la muerte, a sabiendas de que yo os puedo hacer infinitamente perfectos, librándoos de sucumbir bajo el dolor.

   La serpiente le replicó a Eva: -¿Quieres dejar de decir sandeces y empezar a vivir por ti misma, sin depender del cuidado de Dios? Si él te ha puesto ante 2 caminos, has de elegir, cuál de ellos has de recorrer con el fin de que alcances la felicidad, pues debes saber que él no te abandonará.

   Eva, impulsada por las palabras del diablo, comió del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, y le dio también de dicho fruto a Adán. Así pues, nuestros primeros padres, marcaron la senda que todos los hombres, -independientemente de que creamos en Dios o de que rechacemos a nuestro Creador-, solemos seguir, para ser mejores de lo que somos en la actualidad.

   Decimos que el hombre se encuentra en estado natural, cuando no está en estado de gracia, es decir, cuando rehúsa la posibilidad de entregarse al servicio de Dios en sus prójimos los hombres, con todas las consecuencias que ello lleva impresas. Después de haber estudiado el estado del alma de quienes están en gracia de Dios, veamos en qué estado espiritual quedaron nuestros padres -y viven quienes no aceptan al todopoderoso-, después de vivir la experiencia del pecado de origen.

   Muchas veces se nos ha dicho que el hombre deja de estar en estado de gracia santificante, en el momento en que desobedece voluntaria y conscientemente a Nuestro Padre común. Yo creo que la frase anterior, a pesar de que es muy conocida por nosotros, es desmentida por San Pablo, en los términos que siguen: (2 TIM. 2, 13).

   A pesar de lo anteriormente dicho, recordemos las características de quienes no viven en estado de gracia.

   1. Quienes no están en gracia de Dios, no son copartícipes del Reino del todopoderoso, así pues, por su desconocimiento -y/o rechazo- del todopoderoso, carecen de la posesión de los dones y las virtudes que caracterizan a quienes viven en estado de gracia.

   2. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la integridad, por lo cuál, muchos hemos oído decir que, las citadas personas, viven bajo la potencia destructiva de sus malas inclinaciones. Sin embargo, las personas íntegras, sobrias, disciernen claramente lo que consideran el bien del mal, y están dispuestas a vivir, ya sea en tiempos de alegría, o bien, en los días del dolor, aunque no vivan en gracia de Dios, y, por lo cuál, no hayan recibido los dones y las virtudes que conllevan nuestra fe universal. Quienes no viven en estado de gracia, pueden ser íntegros, si se caracterizan por su buena voluntad.

   3. Quienes no están en estado de gracia, no poseen el don preternatural de la inmortalidad (quienes viven en estado de gracia tampoco poseen el citado don actualmente en lo que a sus cuerpos se refiere), por lo cuál, -al igual que quienes viven en estado de gracia-, están sujetos al dolor y a la muerte. El hombre, una vez perdida su munidad, no tuvo más remedio que aprender a sufrir.

   4. Quienes no viven en estado de gracia, no poseen el don de la ciencia infusa, por lo cuál, torpemente, pueden, -según San Pablo-, buscar a Dios, aunque sea a tientas (HCH. 17, 28).

   Cuando Adán y Eva comieron del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal, no perdieron el apoyo de Dios (yo creo que la gracia no abandona los corazones de quienes la aceptan aunque posteriormente a ello se dediquen a incumplir la Ley de Dios, pero esta creencia es mía, no es profesada por la Iglesia). Ellos eran como niños pequeños que no sabían hacer nada sin la ayuda de Dios. Cuando Adán y Eva comieron del fruto anteriormente citado, fueron invadidos por un miedo atroz, porque habían escogido un camino demasiado difícil, para aprender a perfeccionarse, con sus propios medios, con sus solas fuerzas, y con la vivencia de su dolor.

   Cuando el hombre perdió sus dones preternaturales, tuvo miedo de confesarle a Dios aquella decisión que había tomado, y, por ello, estaba terriblemente conmocionado.

   Es cierto que Adán y Eva hubieran podido alcanzar la máxima perfección gracias a la ayuda de Dios y a su esfuerzo personal, pero, en su último estado, ¿cómo afrontaron la idea de que podían perder la vida en cualquier momento?

   ¿Qué pensaban Adán y Eva que era la muerte? Quizá pensaban que la pérdida de la vida debía ser algo muy malo, pues Dios les había amenazado con dejarles fallecer, si comían del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal.

   Cuando nuestros primeros padres estaban atormentados pensando en su porvenir, oyeron a Dios, que se paseaba por el Edén, en el momento en que eran acariciados por una suave brisa, que simbolizaba al Espíritu Santo, que se esforzaba para fortalecer a aquellos que no sabían cómo explicarle a Dios lo que habían hecho, pues, habían cambiado bruscamente el rumbo de su existencia. Por consiguiente, cuando Adán y Eva estaban escondidos entre los árboles del citado Paraíso terrenal, Dios llamó a Adán. -Adán, ¿dónde estás? Tu corazón siempre ha rebosado de alegría en cada ocasión que he venido a veros a Eva y a ti. ¿Cuál es la causa por la que hoy os escondéis los 2 de mi presencia?

   Adán le contestó al todopoderoso: -Tuve miedo cuando oí tus pasos por el jardín, porque soy débil e ignorante, y tu eterna Majestad me sobrepasa. Esa es la causa por la que me he escondido. Señor, estoy desnudo.

   -¿Desde cuándo te has sentido atemorizado por causa de mis atributos? -dijo Dios-. Sé consecuente con tu manera de actuar. Recupera tus dones preternaturales perdidos con mi ayuda, y, perfecciónate, a través de tus vivencias en la tierra.

   Adán le dijo a Dios: -Tú creaste a la mujer con el fin de que ella fuese mi compañera, pero, Eva, con la intención de no someterse a Ti, me ha subyugado al dolor y la muerte, al haberme persuadido para que comiera del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal. Yo me arrepiento de haberte desobedecido, de la misma manera que supongo que tú te habrás arrepentido de crearnos a la mujer y a mí.

   Dios le preguntó a Eva: -¿Por qué has comido del fruto prohibido, e incluso se lo has ofrecido a Adán?

   Eva respondió: -Señor, Adán y yo, no rechazamos tus dones y virtudes, pero, aunque estamos junto a ti, debido a lo mucho que nos amas, queremos ser dignos de Dios, y ofrecerte nuestros méritos, haciendo rendir tus dones y virtudes, para que demos frutos abundantes, obras de amor que alegren a tu Santo Espíritu.

   A continuación, el autor bíblico, puso en la boca de Dios, la maldición de las serpientes, -he oído decir que esa es la causa por la que muchas mujeres les tienen miedo a esos reptiles-, y pronunció el castigo que la mujer habría de sufrir, por atraer el mal, el dolor y la muerte sobre el hombre, y el castigo que este último habría de sufrir, por haber desobedecido al todopoderoso, dejándose seducir por la mujer.

   Adán llamó a su mujer Eva, ya que ella fue la madre de todos los hombres.

   Para que el hombre volviera a confiar plenamente en Dios, Nuestro Padre común dispuso que su Hijo muriera crucificado, según creo, más que para perdonarnos nuestras culpas -o pecados-, para mostrarnos la grandeza del amor de la Trinidad Beatísima.

   ¿Qué sentirá Nuestro Creador al constatar que aún no confiamos en Él plenamente?

   Cuando Dios maldijo a la serpiente, y castigó al hombre y a su mujer, se dijo: -El hombre es como nosotros, pues está capacitado para discernir el bien del mal.

   Dirigiéndose a su Hijo, el Creador, exclamó: -Jesús, Hijo, tu vida será el precio que habremos de pagar, con el fin de que el hombre vuelva a tener plena confianza en nosotros.

   Jesús dijo: -Padre mío, aquí estoy para cumplir tu voluntad, pues, ello, constituye mi felicidad (HB. 10, 7).

   Nota: La exposición anterior no ha sido extraída de la Biblia literalmente, así pues, he interpretado el texto bíblico, con la intención de hacerlo más comprensible para mis lectores.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.

   Meditación de 1 PE. 3, 18-22.

   (1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.

   ¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.

   (1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.

   También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).

   Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.

   (1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).

   Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.

José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:

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¿Por qué seguimos los católicos a Jesús? (Meditación para el Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Meditación.

   ¿Por qué seguimos los católicos a Jesús?

   La pregunta sobre la que vamos a meditar en esta ocasión se puede responder de distintas maneras, si tenemos en cuenta las diferentes razones que causan el hecho que nos motiva a seguir a Jesús de Nazaret. Dependiendo de la visión de las circunstancias que hemos vivido, la formación que hemos adquirido y la visión que tenemos de nuestro Padre y Dios, puede suceder que nos consideremos seguidores del Mesías con tal de evitar la condenación futura que obsesiona a muchos de nuestros hermanos en la fe, de la misma forma que también puede suceder que podemos ser fieles seguidores del Redentor de la Humanidad, sólo por la belleza de la realidad de poder amar y sentirnos amados al mismo tiempo. San Juan el Bautista es un gran ejemplo que podemos seguir a la hora de pensar cómo hemos de amar a Dios, pues, dicho Santo, dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en JN. 3, 27-30.

   La grandeza de San Juan el Bautista es realmente admirable. El sabía muy bien que todos debemos contentarnos con lo que Dios nos concede, pues, aunque nuestro punto de vista no vislumbra nuestra vida tal como la ve Dios, nuestro Padre celestial nos da gozos, y nos permite pasar por la tristeza, la riqueza y la pobreza, todo lo cual ha de ser utilizado por nosotros, para que podamos alcanzar la santificación de nuestra alma, para que así podamos vivir en la presencia de nuestro Santo Padre. San Juan el Bautista era consciente de que Dios le concedió seguidores que le creyeran y se dejaran bautizar por él, pero no olvidaba ni un sólo momento que él no era el Mesías, con tal de evitar el fatídico hecho de dejarse arrastrar por el orgullo humano que, si bien les es necesario a quienes tienen baja la autoestima para poder realizarse, priva de amor y compañía a quienes no lo emplean adecuadamente, porque son narcisistas.

   Dado que el citado Profeta sabía que la relación entre Dios y sus creyentes es comparada con la celebración de un banquete de bodas en las Sagradas Escrituras, el hijo de Elisabeth decía que la esposa le pertenece al Esposo, es decir, con tales palabras, el predicador del desierto, reconocía que, lo único que ambicionaba, era concluir su misión de Precursor mesiánico, dado que el Esposo de quien hablaba era Jesús, y, la esposa, era la comunidad de creyentes, que, lentamente, se reunían ante el Pastor de almas, que, pocos años después, dio su vida por ellos.

   Con tal de no dar la impresión de que le hacía la competencia al Bautista al iniciar su Ministerio público, Jesús tomó la decisión de comenzar su predicación lejos del Bautista, el cual, valorando el hecho de que por tener fieles le hacía sombra al Hijo de María involuntariamente, recordando que sólo era el Predecesor del Mesías, tomó la decisión de hacer que sus seguidores caminaran en pos de Jesús, diciéndoles a los tales que, para que Jesús fuera aclamado por sus hermanos de raza, él tenía que ser empequeñecido, pues, una vez hubo cumplido su misión, debía empezar a retirarse, para que Jesús fuera el principal centro de atención, de quienes deseaban conocer la Palabra de Dios.

   ¿De qué manera elogió Jesús a San Juan el Bautista por haberle posibilitado el inicio de su Ministerio público? (MT. 11, 11).

   Imaginemos que, independientemente de que seamos religiosos o laicos, le dedicamos tiempo, esfuerzo y dinero a la realización de la obra de la predicación del Evangelio. Supongamos que, el día del Juicio Universal, Jesús nos dice que, el más indigno de todos los hombres de la historia que ha sido digno de alcanzar la salvación, tiene una grandeza superior a la nuestra, en la presencia de nuestro Padre común. ¿Sentiríamos en ese preciso instante la sensación de haber trabajado inútilmente para Dios? ¿Sentiríamos la frustración de que nuestra labor no fuera suficientemente reconocida ateniéndonos a nuestro criterio meramente humano?

   Después de haber meditado MT. 11, 11, ¿tenemos la sensación de que San Juan el Bautista, no fue valorado justamente por Jesús? La suma magnificencia en el Reino de Dios la tienen tanto Dios como sus hijos. La dicha que nos caracterizará en la presencia de Dios, no dependerá del galardón que recibamos, sino de la apertura de nuestro corazón y mente al Dios Uno y Trino. Al hacer esta meditación, pienso que, en vez de dejarnos arrastrar por el delirio de grandeza que consume a mucha gente, deberíamos dejarnos seducir por la pequeñez de todo un Dios que se hizo Hombre, para enseñarnos que, de la misma forma que venció la muerte con su Resurrección, de nuestro trabajo sin cansancio, de nuestro esfuerzo sincero y leal, depende la salvación de muchos de nuestros hermanos.

   Hace pocos días empezamos a vivir un nuevo año, y, una vez más, hemos hecho propósitos, que no estamos cumpliendo. Raro es el día que no me encuentro con alguna persona que reniega de sus problemas. Todos queremos tener una vida tranquila y apacible, y, al mismo tiempo, queremos mejorar nuestra calidad de vida, olvidando que ambos deseos son incompatibles. ¿¿Queremos vivir sin problemas? Sometámonos al cumplimiento de la voluntad de las personas que nos rodean que tienen carácter fuerte. En tal caso, el problema que tendremos, será que nos quejaremos por falta de libertad y de la chispa de la originalidad que anhelamos. Si cumplimos este deseo nuestro, tendremos problemas, porque seguro que encontraremos a alguien a quien no le guste nuestro deseo de ser independientes.

  ¿Queremos vivir sin problemas? Renunciemos a la libertad que Dios nos ha otorgado.
   ¿Queremos ser nosotros mismos quienes dirijamos nuestra vida? En este caso, tendremos problemas, que nunca serán superiores al deseo que tenemos de superarnos.

   Si no queremos tener problemas, con obedecer a quienes quieran someternos al cumplimiento de sus deseos, habremos cumplido la misión que nos hemos atribuido en esta vida, si es que otros no han tomado esa decisión por nosotros.

   Si queremos ser independientes, sólo necesitamos caminar detrás de Jesús, porque el Señor es el Camino que nos conduce a la presencia de nuestro Santo Padre, la Verdad que nos indica que todo lo que nos sucede, -aunque a veces nos duela-, tiene un sentido redentor, y la Vida eterna que añoramos, y cuya posesión nos mantiene sin perder la fe en este mundo, en que tantas dificultades tenemos que superar.

   ¿Podemos encontrar alguna luz en nuestro camino que nos conduzca entre las tinieblas de los problemas que podemos tener? La luz que nos alumbra es el "Hágase" de María, la aceptación de nuestra Santa Madre del cumplimiento de la voluntad de Dios, el sí quiero que se haga tu voluntad, -Santo Padre-, aunque no comprendo apenas tu designio o plan divino de salvarnos y conducirnos a tu presencia, purificados de toda mancha.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo III de Cuaresma del ciclo A.

   Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.

   Lectura introductoria: ROM. 5, 5.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.

   Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.

   el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).

   Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un    a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.

   Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.

   En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.

   ¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.

   Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).

   Oremos:

   Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.

   El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.

   ¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?

   Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.

   Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.

   Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.

   Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.

   Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.

   Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.

   El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.

   Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.

   2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 4, 5-42.

   3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).

   Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.

   Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.

   3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).

   Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.

   Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.

   3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).

   El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.

   Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).

   Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?

   Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.

   Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?

   el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.

   3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).

   Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.

   ¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).

   Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.

   3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).

   ¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.

   ¿Quién es Jesús para nosotros?

   ¿Por qué creemos en Jesús?

   ¿Qué esperamos de Jesús?

   3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).

   Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.

   ¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.

   3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).

   La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.

   No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.

   a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.

   Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.

   3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).

   Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.

   Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).

   Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.

   La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.

   3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).

   La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?

   Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.

   ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.

   ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).

   3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).

   Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.

   ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?

   3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).

   Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.

   ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?

   ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?

   3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).

   San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?

   3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).

   La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.

   ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?

   3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).

   Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.

   el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.

   3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).

   Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.

   Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.

   3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).

   Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.

   3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).

   Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:

   1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.

   2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.

   3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
   2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
   3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
   4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
   5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
   6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
   7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
   8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
   9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
   10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
   11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?

   3-2.

   12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
   13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
   14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?

   3-3.

   15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
   16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
   17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
   18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
   19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
   20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
   21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?

   3-4.

   22. ¿Quién es el don de Dios?
   23. ¿Quién es Jesús?
   24. ¿Quién es el agua viva?
   25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
   26. ¿A quiénes se les revela Dios?
   27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?

   3-5.

   28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
   29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
   30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
   31. ¿Por qué creemos en Jesús?
   32. ¿Qué esperamos de Jesús?

   3-6.

   33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
   34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
   35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
   36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?

   3-7.

   37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
   38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
   39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
   40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
   41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
   42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
   43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
   44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
   45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
   46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?

   3-8.

   47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
   48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
   49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
   50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
   51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
   52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
   53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
   54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?

   3-9.

   55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
   56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
   57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
   58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
   59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
   60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
   61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
   62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
   63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
   64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
   65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?

   3-10.

   66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
   67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?

   3-11.

   68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
   69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
   70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
   71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?

   3-12.

   72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
   73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
   74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?

   3-13.

   75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
   76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?

   3-14.

   77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
   78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
   79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
   80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
   81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
   82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
   83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
   84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?

   3-15.

   85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
   86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
   87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
   88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
   89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
   90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
   91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
   92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
   93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?

   3-16.

   94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
   95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.

   3-17.

   96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
   97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
   98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.

   6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.

   Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Agua viva del manantial de la vida:

   Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.

   8. Oración final.

   Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com