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Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.

   Meditación de 1 PE. 3, 18-22.

   (1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.

   ¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.

   (1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.

   También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).

   Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.

   (1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).

   Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.

José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:

joseportilloperez@gmail.com

He pensado establecer mi alianza con vosotros y con vuestra descendencia. (Meditación de la I lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   1. He pensado establecer mi alianza con vosotros y con vuestra descendencia.

   Meditación de GN. 9, 8-15.

   Dios se alió con Adán y sus descendientes, con Abraham y sus descendientes, y con Moisés y su pueblo. Cada alianza que Dios pactó en la Biblia tiene un carácter especial. En el caso de Adán, Dios se alió con toda la humanidad, por ser la misma descendiente del primer hombre y la primera mujer que creó (GN. 5, 1-2). En el caso de Abraham, Dios se alió con el citado jeque y sus descendientes, por lo que el Señor instituyó su familia humana. En el caso de Moisés, Dios se alió con el pueblo hebreo, el cual llegó a ser su pueblo, por morar en el mismo la familia de Abraham. La alianza de Dios con Noé y sus descendientes (la humanidad) fue muy significativa, porque no fue cúltica, sino ética. Mientras que los descendientes de Abraham tenían que ser circuncidados para poder formar parte de la familia humana de dios (GN. 17, 10-13), y los hebreos se adhirieron a la alianza que Yahveh selló con Moisés por medio del cumplimiento de cientos de preceptos legales, de los descendientes de Noé sólo se esperaba que respetaran la vida humana, y que se reprodujeran, con el fin de poblar la tierra (GN. 9, 6-7). Mientras que judíos, musulmanes y cristianos nos hemos amparado en nuestras religiones para marginar a quienes no comparten nuestras convicciones, Yahveh no estipuló ningún culto en la alianza que selló con Noé, indicando con ello que acepta a toda la humanidad.

   La alianza de dios con Noé también fue significativa, por cuanto Yahveh no hizo su pacto exclusivamente con los hombres, pues también lo firmó con los animales, indicando que desea que la humanidad se reconcilie con Él y consigo misma, y viva pacíficamente. Aunque la alianza fue sellada tanto con los hombres como con los animales que salieron del arca, Dios afirmó que la humanidad jamás volvería a ser exterminada ni la tierra volvería a ser destruida por medio de un diluvio. Siendo el arca de Noé sinónimo de la fe y por consiguiente de la Iglesia, por ser los moradores de la tierra descendientes de Noé, todo el planeta jamás volverá a ser castigado con un diluvio que extermine la vida del mismo. En este contexto, Noé se asemeja a Jesús, por cuya Pasión, muerte y Resurrección, hizo a sus seguidores miembros de su Reino, un Reinado eterno, que jamás será exterminado.

   El arco iris fue el signo del pacto que Dios firmó con Noé. Dios hizo aparecer su arco en el cielo, indicando que jamás volvería a disparar sus flechas contra la humanidad que se comprometía a no asesinar a nadie y a reproducirse para poblar la tierra. Las nubes representan la presencia de Dios, así pues, a modo de ejemplo, podemos recordar cómo Dios guio a los hebreos a través del desierto en una columna de nubes durante los días y de fuego durante las noches (ÉX. 13, 21). Recordemos que el fuego es utilizado por Dios para purificar a su pueblo.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.

   2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.

   3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.

   4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.

   5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.

   6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.

   7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.

   Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.

   Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.

   Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.

   8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).

   Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.

   La Alianza del arco iris.

   En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.

   La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.

   El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.

   (GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.

   He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?

   ¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).

   Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.

   (GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.

   Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.

   (GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.

   (GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.

   Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:

    1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.

    2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.

    El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.

   Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.

   Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).

   (GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.

   Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

¿Por qué debemos creer en Jesús? (Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del ciclo A).

   ¿Por qué debemos creer en Jesús?

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).

   Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.

   La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.

   Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).

   Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).

   Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.

   La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.

   Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.

   Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.

   El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com