Meditación.
El amor a los enemigos.
En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.
Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.
Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.
Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.
Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.
He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.
Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.
Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
(LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.
Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.
(LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.
(LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.
Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros. (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
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