Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos? (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos?
Estimados hermanos y amigos:
Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.
El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).
Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).
Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.
Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).
¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).
Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.
¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).
En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).
¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.
El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).
Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).
Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.
Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).
¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).
Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.
¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).
En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).
¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El Señor viene con poder. (Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
3. El Señor viene con poder.
Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.
Antes de que los hebreos vivieran la experiencia de su cautiverio en Babilonia que se prolongó durante setenta años, Judea vivió en torno a un siglo de problemas, causados por el incumplimiento de la voluntad de Yahveh. No olvidemos que las semillas del consuelo se arraigan con fortaleza divina en los corazones marcados por el sufrimiento, en los que no muere la esperanza en la llegada del día en que Dios responderá las cuestiones que ignoran y necesitan conocer, para captar el sentido de su dolor.
Cuando sintamos que el sufrimiento nos embarga el corazón, le pediremos a Dios que nos consuele. Quizás no escaparemos a la vivencia de los efectos de la adversidad que tememos, pero no nos encontraremos desamparados cuando suframos, porque sentiremos la presencia de Dios en nuestra angustia. No olvidemos que el único consuelo de muchos que tienen problemas que no se pueden resolver, consiste en pensar que algún día vivirán en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de sus vicisitudes actuales.
Dios nos consuela haciéndonos sentir su presencia, por medio de su Palabra, y mediante la predicación de sus evangelizadores. Atendamos a la Palabra de Dios cuando necesitemos ser consolados, y abrámonos a quienes necesitan ser amados e instruidos en el conocimiento de Dios, porque ello les aportará el consuelo que necesitan.
En la antigüedad, cuando un Rey visitaba un territorio, eran eliminados todos los obstáculos del camino por el que había de pasar, y se extendía una alfombra roja, para recibirlo. Durante el tiempo de Adviento, quienes hemos meditado la Palabra de Dios, hemos recordado, cómo podemos actuar, para prepararle el camino al Señor, mediante una vida de formación religiosa, de puesta en práctica de todo lo que aprendemos, y de oración constante.
El desierto, -según recordamos durante el tiempo de Cuaresma-, simboliza los sufrimientos que hemos de vivir, los cuales, nos sirven como pruebas, para que podamos comprobar, la fortaleza de la fe que nos caracteriza. Recordemos que el desierto de nuestras vidas nos fortalecerá la fe que tenemos en Dios, si lo recorremos confiados, al cuidado, de Nuestro Buen Pastor.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
3. El Señor viene con poder.
Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.
Antes de que los hebreos vivieran la experiencia de su cautiverio en Babilonia que se prolongó durante setenta años, Judea vivió en torno a un siglo de problemas, causados por el incumplimiento de la voluntad de Yahveh. No olvidemos que las semillas del consuelo se arraigan con fortaleza divina en los corazones marcados por el sufrimiento, en los que no muere la esperanza en la llegada del día en que Dios responderá las cuestiones que ignoran y necesitan conocer, para captar el sentido de su dolor.
Cuando sintamos que el sufrimiento nos embarga el corazón, le pediremos a Dios que nos consuele. Quizás no escaparemos a la vivencia de los efectos de la adversidad que tememos, pero no nos encontraremos desamparados cuando suframos, porque sentiremos la presencia de Dios en nuestra angustia. No olvidemos que el único consuelo de muchos que tienen problemas que no se pueden resolver, consiste en pensar que algún día vivirán en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de sus vicisitudes actuales.
Dios nos consuela haciéndonos sentir su presencia, por medio de su Palabra, y mediante la predicación de sus evangelizadores. Atendamos a la Palabra de Dios cuando necesitemos ser consolados, y abrámonos a quienes necesitan ser amados e instruidos en el conocimiento de Dios, porque ello les aportará el consuelo que necesitan.
En la antigüedad, cuando un Rey visitaba un territorio, eran eliminados todos los obstáculos del camino por el que había de pasar, y se extendía una alfombra roja, para recibirlo. Durante el tiempo de Adviento, quienes hemos meditado la Palabra de Dios, hemos recordado, cómo podemos actuar, para prepararle el camino al Señor, mediante una vida de formación religiosa, de puesta en práctica de todo lo que aprendemos, y de oración constante.
El desierto, -según recordamos durante el tiempo de Cuaresma-, simboliza los sufrimientos que hemos de vivir, los cuales, nos sirven como pruebas, para que podamos comprobar, la fortaleza de la fe que nos caracteriza. Recordemos que el desierto de nuestras vidas nos fortalecerá la fe que tenemos en Dios, si lo recorremos confiados, al cuidado, de Nuestro Buen Pastor.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Ciclo C.
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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