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Meditación del capítulo 11 del libro de los Números. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

    Meditación.

   Meditación del capítulo 11 del libro de los Números.

   (NM. 11, 1-3). ¿Cómo se explica el hecho de que se encendiera la ira de Dios contra su pueblo? Muchos predicadores, al constatar que la fe cristiana se extingue en su entorno, les transmiten a sus oyentes y/o lectores una idea considerada absurda por muchos creyentes: "Dios no castiga a nadie". Tales predicadores utilizan la citada idea porque, al extinguirse prácticamente la creencia en el infierno en su entorno, temen ser tratados como líderes sectarios, y, en consecuencia, temen que se les rechace.

   En la Biblia se nos demuestra claramente que Dios nos castiga aunque por fe vemos que ello no es lógico, así pues, Jesús, Nuestro Redentor, el Señor que murió por amor a sus hermanos los hombres de todos los tiempos, le dijo a San Juan Apóstol y Evangelista, que les escribiera a los cristianos de Laodicea: (AP. 3, 19).

   En el fragmento del libro de los Números que recordamos al iniciar esta meditación, vimos un claro ejemplo del ejercicio de la justicia de Dios con respecto a los carentes de fe. Los hebreos habían visto muchas demostraciones del poder de Dios en favor de ellos, pero, aún así, no podían creer en el Todopoderoso. Dios hizo que parte del campamento de su pueblo fuera consumido por el fuego, con el fin de demostrarles a los hebreos que ellos vivían porque quería que conquistaran la tierra que les prometió a los Patriarcas que les daría tanto a ellos como a sus descendientes.

   Por su parte, Moisés, como buen predicador de justicia, volvió, una vez más, a interceder ante Dios, en favor de su pueblo rebelde. Dios ha querido que, tanto los judíos como los cristianos, intercedamos por quienes incumplen la Ley divina, con el fin de que el citado hecho nos haga desear vivir constatando el aumento de la familia de Nuestro creador.

   (NM. 11, 4). Lógicamente, si Dios extinguió el fuego que comenzó a arrasar el campamento de los hebreos, ellos, por su parte, al recordar la gran cantidad de prodigios que el Todopoderoso hizo en el pasado en su beneficio, en vez de desesperarse por causa de su deseo de comer carne, deberían haber supuesto que el mismo Dios solventaría su problema, en el tiempo que lo considerara oportuno.

   Si somos capaces de comprender lo que debían haber hecho los hebreos cuando desearon comer carne en el desierto, también deberíamos comprender que, cuando tengamos problemas que no podamos resolver por nuestros propios medios, deberemos esperar a que Dios solvente los mismos, ya que no debemos creer, bajo ninguna circunstancia, que Nuestro Padre común nos ha desamparado.

   Quizás puede decirse con respecto a los hebreos: "Es comprensible el hecho de que los hermanos de raza de Moisés desearan comer carne, dado que estuvieron siendo alimentados con el maná celestial durante cuarenta años". A raíz de esta meditación, debemos preguntarnos: ¿Es creíble el hecho de que los hebreos sobrevivieran a un período de hambre de cuatro décadas? Al responder negativamente la pregunta que nos hemos hecho bajo la lógica más elemental, debemos preguntarnos;: ¿Era el maná suficiente para satisfacer el hambre de los hebreos? (ÉX. 16, 4). Según el Dios de quien San Pablo escribió en TT. 1, 2 que no puede mentir, los hebreos, -exceptuando los sábados, dado que los viernes habían de recoger una ración doble-, debían recoger su ración diaria de maná, pues el citado alimento les había de servir para satisfacer su hambre.

   También con respecto a nosotros, se puede decir:

   -La pobre ana no puede soportar la rebeldía de sus hijos.

   -María está desesperada porque su enfermedad la está matando...

   A pesar de ello, no hemos de olvidar los versículos bíblicos que recordamos con mucha frecuencia los lectores de Padre nuestro: (1 COR. 10, 13).

   Con respecto a los pobres, les es aplicable el siguiente fragmento del Deuteronomio: (DT. 8, 1-6; 11, 5-15). Los hebreos le dijeron a Moisés que en Egipto comían gratuitamente, pero, ¿eran verdaderas esas palabras? Los hebreos no fueron alimentados en Egipto gratuitamente, pues se les proporcionaba comida para que pudieran realizar su trabajo. A veces debemos distinguir a quienes nos quieren como amigos y a quienes sólo piensan en nosotros únicamente para que los beneficiemos. De igual manera, se engañan a sí mismos quienes afirman que el alcohol o el tabaco los sacan de su rutina, pues, a largo plazo, esos vicios acaban siendo perjudiciales, tanto para ellos como para sus familiares.

   Por causa de ciertos problemas que he tenido a la hora de predicar, comprendo perfectamente lo que le sucedía a Moisés cuando se sentía impotente al no poder solventar todos los problemas que el pueblo le planteaba. Durante los años que he predicado tanto presencialmente en algunas iglesias como en la red, cuando mis reflexiones han gustado, pocos han sido los que me han felicitado, pero me asaltan grandes cantidades de personas reclamándome que justifique las leyendas negras de la historia de la Iglesia, que les dé la solución más económica y rápida para divorciarse, que les explique de una forma convincente para ellos por qué la Iglesia no desea que sus hijos mantengan relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial... En general, pocos son los que reconocen la labor que la Iglesia hace en el mundo a pesar de los errores que algunos de sus hijos han cometido desde la fundación de la misma hasta nuestros tiempos actuales, pero son muchos los que, al recordar esos errores, nos satanizan a todos los católicos, como si nosotros hubiéramos inventado las formas más refinadas de practicar el mal.

   Recordemos unas palabras que Dios le dijo a Jeremías: (JER. 15, 19).

   A Moisés le sucedió justo lo contrario que Dios le dijo a Jeremías que hiciera, es decir, la presión que sus hermanos de raza ejercieron brutalmente sobre él, acabó por desesperarlo.

   Recordemos que el hecho de ser incapaz de mantener la fe ante la presión que los hebreos ejercieron sobre el Profeta que Dios designó para que les concediera la libertad en su nombre, le costó a Moisés la imposibilidad de entrar en la Tierra prometida. Yo pienso que Moisés no entró en la tierra prometida por haber perdido la fe, sino porque Dios decidió que Josué ocupara su puesto, para que el citado Profeta pudiera morir, y descansar así de sus trabajos, pero, no obstante, la experiencia de Moisés nos enseña a no bajar la guardia nunca jamás en la vivencia de nuestra fe (ÉX. 17, 1-7. NM. 20, 10-13).

   Si los predicadores nos gloriamos cuando conseguimos inculcarle nuestra fe a alguna persona, debemos ser humildes, y, si hemos fracasado en alguna ocasión en nuestros intentos de evangelizar a alguien, tenemos que reconocer nuestro fracaso, pues no sabemos si el mismo se debe a nuestra incapacidad para predicar, o si ha sido causado porque nuestro oyente aún no está destinado a tener fe en el tiempo en que le predicamos, o si el mismo rechaza nuestras creencias. Con respecto a mí, si en la red soy muy querido después de haber batallado durante varios años incluso con católicos que me han considerado pecador imperdonable por predicar en un medio difusor de imágenes pornográficas (Internet), como ya os he dicho en otras ocasiones, fracasé estrepitosamente en una pequeña Iglesia española, en la que trabajé durante unos tres años aproximadamente, así pues, fui un fracaso tanto como catequista como ayudante de las mujeres que se veían forzadas a ejercer de catequistas sin fe ni vocación, con tal de que sus hijos pudieran recibir a Jesús por primera vez. Aunque durante algún tiempo me sentí culpable del citado fracaso, esa herida se me cerró, porque, suponiendo que yo fuera un fracaso como predicador, el hecho de temer que dicho templo sea cerrado, me hace constatar que ni los sacerdotes que han pasado por mi pueblo durante varias décadas, han podido crear una comunidad parroquial activa. Actualmente, sólo asisten a las celebraciones eucarísticas unas cinco o seis personas, y el templo permanece cerrado el resto de la semana.

   La parte positiva de aquel fracaso, fue que se me planteó la posibilidad de que mi pueblo me hiciera perder totalmente la fe, aunque, gracias a Dios, no sólo no perdí la citada virtud teologal, sino que se me fortaleció la misma.

   (NM. 11, 16-17). Como sabéis, no todas las denominaciones cristianas creen que el Espíritu Santo es una Persona. Algunos de nuestros hermanos separados creen que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no es más que la fuerza física de Dios. Para afianzar a sus adeptos en esta creencia, dichos cristianos dicen que, si el Espíritu que fortalecía a Moisés se dividió en partes proporcionales entre el citado Profeta y los setenta ancianos de Israel, ello demuestra que el Paráclito es una fuerza física, dado que, de ser una Persona, no se podría "trocear" para ser repartida entre los citados siervos del Altísimo. Lo que nos dice Moisés, el autor del libro de los Números, es que Dios dividió proporcionalmente el poder que  Moisés recibió del Paráclito entre el citado Profeta y dichos ancianos, con el fin de que el hermano de Aarón y de Myriam no soportara todo el peso de los problemas de su pueblo (NM. 11, 18-34).

   A pesar de que Moisés había visto cómo Dios separó las aguas del mar Rojo para que su pueblo no fuera alcanzado por el ejército de Ramsés II, le costaba un gran esfuerzo el hecho de creer que Dios podía alimentar a su pueblo durante un mes. Este hecho nos da la oportunidad de examinar nuestra fe, pues puede suceder que creamos que la misma es más grande de lo que es realmente.

   Josué se alarmó cuando vio que los dos ancianos designados para formar parte del grupo de los setenta profetas profetizaban por su propia cuenta. Yo, como predicador, tengo que poner todos los medios que estén en mis manos al servicio de quienes deseen predicar el Evangelio, y no debo trabajar para que vosotros me consideréis el único predicador predilecto de Dios, como si no hubiera más cristianos y mucho más aptos que yo para predicar el Evangelio. Seamos humildes, mejoremos nuestro conocimiento de Dios, y reconozcamos nuestras limitaciones, potenciando el hecho de que haya más gente apta para dar a conocer nuestra fe, pues no debemos creernos dueños de la verdad.

   Aprovecho la ocasión que me brinda esta meditación para pedirles a los sacerdotes que no permiten que ningún laico les ayude a realizar su trabajo ni dejan que los mismos participen en las celebraciones eucarísticas leyendo la Palabra de Dios que cambien de actitud, pues es conveniente que el mundo vea que la religión nos compete a todos, independientemente de que seamos religiosos o laicos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré. (Meditación de la primera lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré.

   Meditación de GN. 12, 1-4A.

   Si Abram obedecía el mandato de Yahveh de ir donde la Divinidad suprema lo enviara, su descendencia sería convertida en una gran nación, por cuya influencia serían bendecidos los creyentes de todas las naciones de la tierra. Para que ello sucediera, Abram tenía que dar un paso de fe, y fiarse del Dios que se le comunicó, sin que él lo conociera.

   Dado que Jesús es descendiente de Abraham, y es el Redentor de la humanidad, el Hijo de Dios y María, es la causa por la que todos los creyentes de todas las naciones, son bendecidos y amados por el Dios Uno y Trino.

   Así como Abraham se separó de sus familiares y abandonó su seguridad y su comodidad para cumplir la voluntad divina, quizás Dios desea enviarnos donde lo podemos servir mejor, y no nos ponemos a su disposición, porque nuestra fe es muy pequeña, y no nos permite cumplir la voluntad divina. Oremos y dispongámonos a cumplir la voluntad de Dios, porque, con el lento transcurrir del tiempo, veremos que ello es lo mejor que nos puede suceder.

   Quizás nuestra fe es intelectual y consecuentemente no la practicamos. Dado que tenemos muchas normas morales las cuales nos indican lo que debemos hacer y lo que no, quizás pretendemos por ello tener la seguridad de que alcanzaremos la salvación, obviando que en esta tierra la fe nos aporta la inseguridad de no haber visto la meta que pretendemos alcanzar, y el riesgo de jugárnoslo todo a la carta de un Dios cuyo rostro no hemos podido contemplar.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Confiemos en Nuestro Padre común como lo hizo Abram, caminando sin saber adónde había de ir, en pos de la Palabra de Dios, pues aguardaba el cumplimiento de la promesa que le hizo Nuestro Criador. Que la fe de Abraham, los Apóstoles, y todos los Santos de todos los tiempos nos ilumine, para que podamos caminar, confiadamente, siguiendo a Jesús, con la certeza de que alcanzaremos la salvación, pues sabemos que Dios no defraudará a quienes creen en Él.

   Sabemos que nuestra fe no es como la de Abraham, así pues, a pesar de que Dios provee nuestras necesidades y nos ha ayudado a vencer muchas dificultades, aún no nos hemos decidido a creer en Él firmemente, de la misma forma que quizás no practicamos la caridad más allá del deseo de que se nos reconozcan las buenas obras que hacemos, o porque no hemos vencido nuestro egoísmo. Fortalezcamos nuestra fe orando, pues, si nos esforzamos, Dios estará con nosotros, para que podamos vencer nuestra debilidad.

   Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoseles con su cuerpo resucitado y glorificado. Esforcémonos para ser en esta vida la viva imagen de Jesús.

   1. El Evangelio correspondiente al Domingo I de Cuaresma es muy exigente, así pues, se nos propone, en el citado texto, que, imitando a Jesús, renunciemos al ciego ejercicio del poder, a la obsesiva obtención del banal prestigio, y al infundado deseo de obtener una gran fortuna. Ahora bien, ¿qué programa de vida nos propone Nuestro Padre común, para que renunciemos al amor que muchos creyentes y no creyentes les profesan a los citados tres pilares sobre los que fundamentan su existencia? La respuesta a esta pregunta la obtenemos en las lecturas correspondientes a este Domingo II de Cuaresma, así pues, al renunciar a toda clase de vicios, y a la comisión de todo tipo de pecados, Nuestro Padre común, nos propone que abracemos la vida sobrenatural de la gracia. Desde nuestra perspectiva de personas débiles, nos parece inalcanzable la realización del propósito de Dios en nuestras vidas, pues somos muy frágiles para aspirar a tan alta cumbre de la felicidad de obtener nuestra más plena realización personal, pero, a tal efecto, no debemos olvidar las palabras del Apóstol: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (ROM. 5, 20). Donde abundan la debilidad, la enfermedad, la pobreza, el egoísmo y otras carencias humanas, sobreabunda la gracia de Dios, que nos trasciende desde el estado actual de nuestra naturaleza, y nos eleva a la categoría de Nuestro Padre común. El precio que pagamos para alcanzar la santificación, es el hecho de renunciar a ceder a las tentaciones a las que el diablo sometió a Jesús el Domingo anterior, no porque de ello depende nuestra salvación, sino, porque es de bien nacidos el ser agradecidos -reza el refrán español-, y, por ello, es bueno que practiquemos la misericordia, pues, según Leví, Jesús nos dice: (MT. 5, 7).

   Más adelante, en su afán de expresar el nivel de santidad al que hemos sido llamados por Dios, San Mateo nos transcribe las siguientes palabras con que Jesús emocionó a los oyentes del sermón del monte: (MT. 5, 48).

   Abram, -aquel que se convirtió en el primero de los Patriarcas del pueblo de Dios por su fe-, nos es propuesto por la Iglesia, en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, como modelo a imitar. El ejemplo de Abram es tan generoso que, San Pablo, en su Carta a los Romanos, afirma que él no necesitó cumplir la Ley de Dios -que aún no había sido decretada- para suplicarle al Todopoderoso que lo salvara, pues creyó en Yahveh, lo cual era más que suficiente para alcanzar la Bienaventuranza eterna (ROM. 4, 3). San Pablo nos sigue hablando de Abraham: (ROM. 4, 18-25).

   El hecho de convertirnos en fieles imitadores de Jesús constituye nuestra felicidad, por consiguiente, San Pablo les escribió a sus lectores de Galacia: (GÁL. 3, 26-29).

   En los amigos de Cristo y descendientes de Abraham, se han de cumplir estas otras palabras del Apóstol: (EF. 4, 23-24. COL. 3, 9-17).

   2. Al meditar el Evangelio de hoy, recordaremos que hemos sido llamados a ser transfigurados y configurados a imagen -o semejanza espiritual- de Cristo Jesús, de quien San Pablo escribió con inefable alegría: (EF. 1, 3-6).

   3. Las palabras de San Pablo que hemos meditado en el punto 2 de esta meditación son muy bellas, pero, para que se realice el plan salvífico de Dios en nosotros, hemos de vivir esta dura enseñanza de Nuestro Señor: (MT. 16, 24).

   4. Al recordar San Pedro su experiencia con respecto al episodio evangélico de la Transfiguración del Mesías, escribió las siguientes palabras: (2 PE. 1, 16-18).

   San Mateo encuadra el episodio de la Transfiguración del Señor, seis días después de que Jesús constituyera a Pedro como la roca sobre la que en un futuro cercano se cimentaría la Iglesia de Cristo, y de que el Maestro les anunciara a sus discípulos su Pasión y muerte. En aquel tiempo faltaba un año para que Jesús fuera crucificado, y, Nuestro Salvador, aún no sabía si sería condenado a morir lapidado o colgado en la cruz, pero tenía muy claro que había de ser juzgado por sus hermanos de raza, que le acusaron de blasfemar contra Dios al hacerse pasar por Hijo del Todopoderoso, de quien afirmaban que es indivisible, y por los romanos, quienes lo condenaron por ser aclamado como Rey de los judíos, en su entrada triunfal a Jerusalén, un hecho con que empezamos a celebrar el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

   Jesús sabía que iba a morir, así pues, para fortalecer su fe, y aumentar la creencia de sus seguidores más fieles en Él y en el Padre, el Señor subió a un monte con Pedro, Santiago -o Jacobo- y Juan, y se transfiguró delante de ellos, adoptando el cuerpo que tendría después de resucitar triunfante de la muerte, para no sucumbir más, aprisionado por las cadenas de la misma.

   5. Cuando el Señor se transfiguró adoptando su imagen de Resucitado, su rostro se hizo resplandeciente como el sol, en alusión a la luz de su caridad y justicia divinas, y sus vestidos adquirieron la blancura de la luz, en virtud de su pureza mesiánica. Pidámosle a Nuestro Padre común que nos transfigure a imagen de Cristo Resucitado, y que nos configure -o moldee-, según el reflejo o imagen espiritual del Hijo de María. No reduzcamos el significado de la castidad al simple hecho de no mantener relaciones sexuales, y seamos castos, desde nuestro actual estado de vida, y glorifiquemos a Nuestro Dios, pues Él concluirá su plan redentor, cuando nos hayamos dejado purificar por Nuestro Señor, pues estamos seguros de que la Providencia divina no nos abandonará.

   6. Cuando Jesús se transfiguró ante sus amigos, aparecieron junto a Él, Moisés y Elías, el uno representando a quienes creen que serán salvos por causa de su estricto cumplimiento de la Ley de Dios, y, el otro, haciendo las veces de quienes nos aplicamos las conocidas palabras del Apóstol y su compañero Silas: (HCH. 16, 31).

   ¿De qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? San Lucas nos responde esta pregunta en los siguientes términos: (LC. 9, 31).

   Señor, ¿qué sentiste en el monte de la Transfiguración al reflexionar sobre tu próximo padecimiento y al experimentar la plena glorificación de tu cuerpo y alma?

   ¿Comprendieron los Apóstoles lo que hablaron Jesús, Moisés y Elías? Lucas escribió en su Evangelio: (LC. 9, 32).

   7. (LC. 9, 33). Pedro era muy impulsivo, y, en aquella ocasión, le manifestó al Mesías que no quería descender de aquel monte, porque se sentía feliz. Pedro no podía imaginarse que estaba viviendo un trascendental episodio de la vida del Señor para descender del monte y constatar el aumento de su fe.

   Seis días antes de ver a Jesús transfigurado, cuando el Señor interrogó a sus compañeros de peregrinación con respecto a lo que ellos creían de Él, guiado por uno de sus impulsos que el Espíritu Santo aprovechó para inculcarle la gran verdad que dijo, Pedro exclamó: (MT. 16, 16).

   En la noche del Jueves Santo, impulsado por su propio miedo, al tener una triple oportunidad de confesarse discípulo del Señor, Pedro declaró: "-No, no lo soy" (JN. 18, 25). Esas palabras de Pedro eran tímidas, pues, dicho Apóstol de Nuestro Señor, tenía la pretensión de evitar aquella conversación que podía poner en peligro su vida, pues no era conveniente que los criados de Caifás y los soldados que estaban calentándose al fuego junto a él, lo acusaran de ser discípulo de Aquél a quien crucificarían al día siguiente.

   Cuando Jesús resucitó, Pedro, sin dejarse guiar por ninguno de sus impulsos, sino inspirado por la necesidad de confesarle su amor al Mesías, exclamó ante Jesús y algunos de sus compañeros: (JN. 21, 16).

   Pedro no se escondía cuando tenía que practicar la caridad, pero no dejaba que se le escaparan las oportunidades que tenía de defender sus posibles privilegios por causa del seguimiento del Mesías, según consta en los siguientes versículos bíblicos: (MC. 10, 28-30).

   Quizás nos parecemos a Pedro, así pues, nos sentimos henchidos de gracia cuando hacemos ejercicios espirituales, y hemos adquirido la costumbre de celebrar la Eucaristía todos los días preceptuales dispuestos por la Iglesia, pero, quizás nos atañen las siguientes palabras de Jesús: (MT. 23, 23).

   El Profeta Jeremías escribió las siguientes palabras de Yahveh: (JER. 15, 19). ¿Qué significado tienen las citadas palabras proféticas para nosotros? El Señor nos dice que, si nos convertimos al Evangelio -podemos hacerlo porque Él está con nosotros-, viviremos eternamente en su presencia, pero, para ser glorificados, necesitamos sacar lo precioso de lo vil, y no pensar que las rosas tienen espinas, sino que de las espinas brotan las flores más bellas, así pues, al intentar alcanzar la salvación haciendo el bien como si ello dependiera de nuestros escasos medios, seremos como la palabra pronunciada por Dios, que ha de alcanzarnos la plenitud de la felicidad, y la redención de la humanidad. Al aceptar esta meditación no te verás libre de tu cáncer, a ti, que eres ciego, no se te abrirán los ojos, ni a ti, que eres sordo, se te dará el poder oír, ni se facultará a los que están sentados en sus sillas de ruedas para que puedan caminar, ni serán saciados los pobres, ni encontrarán trabajo todos los que lo necesitan, pero, todos juntos, sin dejarnos esclavizar por nuestras preocupaciones, podremos gritar que somos libres, que somos felices como lo es una novia, el día en que celebra su enlace matrimonial. ¡Esperemos gozosamente la celebración de las bodas del Cordero de Dios con la humanidad redimida!

   Pedro no sabía exactamente el significado que ocultaban sus palabras de pretender quedarse contemplando aquella visión eternamente. Él estaba conmocionado a causa de lo que estaba viendo, pero, al mismo tiempo, no quería volver a emprender su actividad ordinaria, así pues, Jesús tenía muchos enemigos jurados, los cuales también despreciaban a quienes decían de sí que creían las palabras del nuevo Profeta. Pedro estaba casado, pero, por causa de Cristo y del mensaje de salvación, vivía lejos de su familia, pues recorría Palestina, junto al Mesías y sus compañeros, predicando y haciendo las obras de Dios.

   8. Desde la nube que cubrió a los protagonistas del episodio de la Transfiguración de Nuestro Señor, Dios Padre dijo: (MT. 17, 5).

   ¿Por qué desea Nuestro Padre común que escuchemos y obedezcamos a Jesús? Isaías nos responde esta pregunta en los términos que siguen: (IS. 42, 1).

   La voz de Dios también se hizo presente en el Bautismo de Jesús, cuando el Espíritu Santo, adoptando la forma corporal de una paloma, se posó sobre el Mesías, y el Padre dijo: (MT. 3, 17).

   9. Los discípulos, cuando vieron a Jesús transfigurado, y a Moisés y a Elías redimidos, tuvieron miedo, pues ellos creían que, al ser pecadores, deberían haber muerto, por haber tenido la dicha de contemplar a Dios, pues, la justicia del Altísimo, debería haberlos fulminado instantáneamente. Jesús no quería que ellos tuvieran miedo, así pues, los animó, y les pidió que, hasta que Él hubiera vencido la muerte, que no dieran a conocer la experiencia que habían tenido en el monte Tabor, pues no quería publicitarse como milagrero.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Hagamos el bien por amor a Dios y a sus hijos. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Miércoles de Ceniza).

  Tiempo de Cuaresma.

   Miércoles de Ceniza de los Ciclos A, B y C.

   Hagamos el bien por amor a dios y a sus hijos.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 6, 1-6. 16-18.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Hoy damos por concluida la primera parte del Tiempo Ordinario del presente año, y empezamos a vivir intensamente el tiempo de Cuaresma, el cual va a ser aprovechado, para aumentar nuestra fe en Dios, para acercarnos más a Nuestro Padre común y servirlo en sus hijos los hombres, para aumentar la calidad y la calidez de nuestras relaciones, y para intentar superar algunas de nuestras deficiencias. Obviamente, en un espacio de tiempo de cuarenta días, no podemos hacer todo aquello que nos proponen las lecturas bíblicas del presente periodo litúrgico, pero sí podemos intentar mejorar lo que podamos, en conformidad con nuestras posibilidades de seguir creciendo espiritualmente, pues eso es lo que nos corresponde hacer a los cristianos.

   Iniciemos nuestra oración, pidiéndole a Nuestro Padre común, que purifique nuestras intenciones, pues deseamos aprender a servir a nuestros prójimos los hombres, no para presumir de nuestra supuesta bondad, sino por amor a Dios, y a sus hijos adoptivos.

   Oremos pensando que no queremos hacer el bien para ser recompensados por quienes nos ven, sino por Nuestro Padre celestial. Si practicamos la caridad buscando recompensas humanas, no actuaremos por amor, sino, por egoísmo.

   Dirijámonos a Nuestro Santo Padre en oración desde nuestro interior, y no oremos para que nadie alabe nuestra supuesta bondad.

   No nos sometamos a ninguna privación para presumir de bondadosos. Si, -a modo de ejemplo-, vamos a dar un donativo para que se haga una obra benéfica, actuemos anónimamente, sin buscar el reconocimiento de los hombres.

   Evitemos ayunar y someternos a mortificaciones por cuya vivencia salgamos a la calle malhumorados, buscando ser compadecidos por la gente, o buscando a posibles víctimas, sobre las que descargar nuestra ira.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo, y que santificas a quienes te aceptan como Dios, para que sean dignos de vivir en tu presencia:

   Ayúdanos a comprender que el mayor estado de felicidad al que podemos aspirar, consiste en amar, y en ser amados.

   Ayúdanos a comprender que nuestros ayunos no deben ser privaciones de alimentos que nos mantengan malhumorados, sino privaciones materiales que solventen las carencias de los necesitados de dones espirituales y materiales.

   Hoy queremos aprender a vivir impulsados por tu amor, porque nos damos cuenta de que nuestra necesidad de ser amados, es superior a la necesidad de los bienes que, aunque son efímeros, los hemos convertido en elementos vitales, sin los que nos cuesta vivir, y sentirnos realizados.

   Hoy queremos orar en tu presencia, pero no queremos que nuestra oración sea una práctica espiritual que nos haga olvidar nuestras preocupaciones, sino el inicio de un camino de crecimiento espiritual, que nos conduzca al cielo.

   Ayúdanos a tener el valor necesario para corregir los defectos que nos caracterizan, y para solucionar los problemas que no queremos resolver, porque nos sentimos débiles para ello y nos atemoriza el fracaso, ya que pensamos que somos incapaces de hacer lo debido en tales casos.

   Haznos fuertes para recorrer el camino de la purificación y de la santificación, para que podamos ser felices, viviendo en tu presencia.

   Danos vida en abundancia en el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, para que nos sintamos fuertes para eliminar el veneno que llevamos en el corazón, que nos hace valorar más los bienes materiales que a las personas, nos hace sentirnos inferiores a las posesiones que tenemos, nos hace adeptos de los falsos dioses bajo cuyo amparo nos sitúa nuestro instinto, nos hace ignorar las carencias espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, nos hace ególatras para que obviemos al Dios verdadero, y por ello paradójicamente nos aísla en el mundo de las comunicaciones, a la espera de que fallezcamos, bajo el efecto de la depresión y de los vicios, creyendo que, todo lo que no son placeres momentáneos, solo es una falsa quimera.

2. Leemos atentamente MT. 6, 1-6, 16-18, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.

   3-1. No siempre podremos ser recompensados por Dios y los hombres al mismo tiempo (MT. 6, 1).

   Existen situaciones en que nuestras creencias de cristianos se diferencian de las creencias de quienes carecen de la fe que profesamos. En tales casos, nos es imposible ser recompensados por dios y los hombres al mismo tiempo. En tales situaciones, tenemos que tomar una decisión para ser elogiados por una de las dos partes en conflicto y rechazados por la otra, o vivir al margen de la toma de decisiones para quedar bien con las dos partes, para ninguna de las cuales, podremos ser plenamente confiables. Esta es la causa por la que Jesús nos recuerda que no podemos ser elogiados por Dios y los hombres al mismo tiempo.

   ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   ¿Ignora Nuestro Salvador que, cuando nos creó para que viviéramos en comunidad, Él mismo nos imprimió el deseo de ser amados y reconocidos constantemente?

   Permitidme que os cuente una breve historia, con el fin de responder las dos preguntas que os he planteado.

   Hace bastantes años conocí a un niño que tenía una grave deficiencia visual, pero, a pesar de ello, durante las noches, su visión debilitada, le permitía pasearse en una bicicleta, por las calles de la aldea en que vivía. Una noche en que el citado niño estaba en su casa, aunque su madre ignoraba que había regresado, escuchó que le decía a su abuela: "Yo tengo cuidado de que el niño no tropiece cuando está con la bicicleta, porque, si le sucede algo, todo el mundo hablará mal de mí, criticándome porque lo dejo solo."

   No sé si podréis imaginar lo que sufrió el pobre niño, quien siempre creyó que la madre lo amaba por sí mismo, cuando pensó que ello no era cierto, dado que era cuidado, para evitar habladurías, en el caso de que tuviera un accidente.

   A raíz de la historia que hemos recordado, ¿comprendemos por qué no queremos hacer el bien buscando ser recompensados por los hombres al margen del cumplimiento de la voluntad divina?

   3-2. No seamos imitadores de los hipócritas, sino seguidores de Jesús (MT. 6, 2).

   En el Nuevo Testamento, mientras que se nos dice pocas veces que seamos imitadores de Cristo, se nos insiste mucho en que seamos seguidores de Cristo. Yo tengo la costumbre de animar a mis lectores a imitar a Cristo, a pesar de que sé que, lo que debería hacer, es animar a los tales, a ser seguidores de Cristo. Si les pido a mis lectores que imiten a Cristo, ello sucede porque sé lo que cuesta seguir a Jesús, en un mundo en que nuestra fe, en ciertas circunstancias, no es bien reconocida. Esa es la causa por la que no quiero hacer que ninguno de mis lectores se sienta sobrecargado, con tal de que no renuncie a creer en el Dios Uno y Trino. El mejor consejo que puedo darles a quienes leen mis meditaciones semanales, no es que sean imitadores de Cristo, pues la imitación lleva en sí algo de egoísmo, por cuanto nos estimula a servir al Señor, pensando en nuestro perfeccionamiento, sino que sean seguidores de Cristo, por cuanto, el seguimiento del Señor, nos supone amoldarnos a la manera de pensar y actuar de Nuestro Salvador, es decir, nos supone servir a Dios en sus hijos los hombres, con muchas frustraciones garantizadas, y sin esperar recibir, beneficio alguno, por parte de los hombres, quienes difícilmente nos alabarán, por causa de nuestro progreso espiritual, por muy notable que sea el mismo.

   Los griegos llamaban "hipócritas" a los actores que representaban obras de teatro, porque los mismos fingían ser personajes que no estaban relacionados con su manera de ser. Nosotros también podemos ser hipócritas, si hacemos el bien aparentando ser compasivos, cuando, en realidad, lo que deseamos conseguir, es aparentar una bondad, que no nos caracteriza.

   ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?

   ¿Qué recompensas pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza? Tal recompensa consiste en recoger el fruto de obras vacías de amor, pues, es tanto el afán de guardar las apariencias de los tales que, aunque se les agradezca el bien que hacen, no se sienten amados, porque, en realidad, el amor, es lo que menos les interesa.

   3-3. Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha (MT. 6, 3).

   ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?

   ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?

   ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?

   ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?

   Jesús nos insta a los cristianos a dar pensando en disfrutar de la satisfacción que conlleva hacer el bien. Si alguien premia nuestra buena acción para con él, agradezcámosle el don que nos conceda, o las palabras con que nos elogie, porque tan importante es dar como recibir, pero no demos por egoísmo, sino por amor, a Dios, y a sus hijos.

   3-4. Haz el bien buscando la manera de conseguir que Dios sea reconocido y alabado por causa de la grandeza del amor que manifiestas (MT. 6, 4).

   ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas? Actuemos secretamente, sin esperar recompensas por parte de los hombres, pues, los tales, jamás podrán imaginarse, que estamos beneficiándolos.

   No actuemos buscando la forma de que los hombres nos alaben, sino esforzándonos para que los tales alaben la grandeza del amor de Dios, que, para nuestra satisfacción, se les debe manifestar por nuestro medio. Recordemos que no nos conviene sentirnos privilegiados al ser alabados por una bondad que no nos caracteriza, sino por haber sido elegidos por dios, para representarlo ante sus hijos los hombres, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   No olvidemos que Dios recompensa las obras que hacemos sin esperar ser recompensados por los hombres, y que las recompensas divinas difícilmente serán bienes materiales, a menos que los mismos contribuyan a nuestra purificación, y a nuestra santificación. Recordemos que no deseamos actuar buscando recompensas divinas, porque Dios no recompensa a quienes sirven a sus hijos, no por amor, sino esperando recibir dádivas celestiales.

   3-5. Oremos por amor a Dios, y sin esperar que los hombres nos alaben por una fe, que no tenemos (MT. 6, 5).

   Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?

   Imaginemos los católicos que leeremos esta meditación -la cual llegará a cristianos de diferentes denominaciones-, el siguiente caso: Supongamos que no tenemos la costumbre de arrodillarnos durante la conversión del pan y el vino, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad, de Nuestro Salvador, pero nos sucede que asistimos a una iglesia, en la que, en el citado momento, todos los asistentes a la misma, se arrodillan. ¿Permaneceríamos en pie en tal situación? En el caso de que nos arrodilláramos, ¿lo haríamos por amor a dios, o por no quedar mal? ¿Nos percatamos de que puede ser más fácil orar para guardar la apariencia que para demostrarle a Dios el amor que sentimos por Él?

   Hay quienes no oran si no siguen un orden litúrgico invariable. Hay quienes oran recitando fórmulas cuyo significado es desconocido para los tales. A Dios no le importa lo que le decimos cuando oramos, ni cómo se lo decimos, ni la postura que adoptamos para decírselo, ni el lugar en que se lo decimos. Para los católicos y evangélicos, los lugares más apropiados para orar, son las iglesias en que le tributan culto a Dios. Para los testigos de Jehová, los mejores lugares para orar, son los llamados salones del Reino, pero, a pesar de ello, todos los cristianos podemos orar, en cualquier lugar en que nos encontremos, y sintamos el deseo o la necesidad, de hablar, con Nuestro Padre celestial, a quien le importa, más que cómo guardamos las apariencias cuando oramos, la intención con que nos dirigimos a Él.

   A Dios, más que importarle el hecho de si nuestras oraciones son públicas o privadas, le interesa sentirse amado por nosotros, cuando nos dirigimos a Él (MT. 6, 6).

   3-6. ¿Con qué intención ayunamos? (MT. 6, 16).

   Dios no tiene necesidad de que ayunemos, pero, a pesar de ello, el ayuno tiene ciertos beneficios para nosotros, pero no tiene sentido abusar del mismo, porque puede perjudicarnos. Tengo muchas lectoras que tienen la costumbre de no desayunar durante muchos días, lo cual hace que las tales pongan en peligro su salud. De la misma manera que la falta de instrucción espiritual dificulta el crecimiento de la fe que nos caracteriza, el cuerpo debe ser debidamente alimentado, para que no contraiga enfermedades.

   Quienes quieran ayunar para dedicarse a la oración, no hacen nada malo, pero deben evitar ayunar prolongadamente, y abusar de esta práctica.

   -El ayuno nos sirve para crecer espiritualmente, pues nos conciencia de que, de la misma forma que tenemos que alimentar nuestros cuerpos, no tenemos por qué descuidar el aumento de nuestra fe.

   -El ayuno nos sirve para disciplinarnos. De la misma forma que necesitamos ser alimentados, queremos estar dispuestos, a cumplir nuestras obligaciones diarias.

   -El ayuno nos ayuda a apreciar los dones espirituales y materiales que Dios nos concede, y nos hace tener la conciencia de que, si nos sobran el dinero y los bienes materiales, podemos reducir el gasto en placeres y bienes efímeros, para ayudar a los pobres, a superar su difícil situación.

   Hagamos donaciones sin que nadie lo sepa para beneficiar a los desposeídos de este mundo, y no actuemos buscando el reconocimiento de los hombres.

   3-7. No pretendas que nadie te tenga lástima (MT. 6, 17-18).

   No convirtamos nuestros ayunos en espectáculos. En este mundo en que se valoran el poder, la riqueza, el prestigio y la eficacia, nadie nos tendrá lástima si salimos a la calle sin peinarnos, sin ducharnos y sin vestirnos adecuadamente. Si ayunamos, realicemos nuestras actividades con normalidad, con tal de actuar en secreto.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18 a nuestras vidas.

   Responde las siguientes preguntas, ayudándote del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué no podemos ser recompensados siempre por dios y los hombres al mismo tiempo?
   2. ¿Por qué en ciertos casos tenemos que optar entre estar de parte de Dios o renunciar a seguir profesando nuestra fe?
   3. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   3-2.

   4. Explica la diferencia existente entre la imitación y el seguimiento de Cristo.
   5. ¿Cómo podemos ser hipócritas aunque insistamos en que con nuestras obras y actos de culto manifestamos la fe que nos caracteriza?
   6. ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?
   7. ¿Qué recompensa pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza?

   3-3.

   8. ¿Qué significa la frase de Jesús: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”?.
   9. ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?
   10. ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?
   11. ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?
   12. ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?
   13. ¿Crees que es tan importante dar como recibir? ¿Por qué?

   3-4.

   14. ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas?
   15. ¿Cómo puedes conseguir que algunos de tus prójimos vean que Dios se les manifiesta por medio de tus obras caritativas y de las oraciones que le diriges a Nuestro Padre celestial?
   16. ¿Cuál es el mayor privilegio al que queremos aspirar los cristianos en esta tierra?
   17. ¿Cómo podemos representar a Dios ante quienes tienen una fe débil o no creen en Él?

   3-5.

   18. Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?
   19. ¿Son útiles las oraciones que hacemos recitando fórmulas cuyo significado desconocemos?
   20. ¿Cuál es la postura correcta para orar?
   21. ¿Debemos hablarle a dios con nuestras palabras, o solamente nos conviene hacerlo utilizando fórmulas litúrgicas, dado que las mismas son oraciones más bien hechas que las nuestras?
   22. ¿Qué es lo que Dios requiere de nosotros cuando oramos, para considerar que nuestras oraciones son auténticas?

   3-6.

   23. Si Dios no necesita que ayunemos, ¿por qué se nos insta en la Biblia a recurrir a esa práctica?
   24. ¿Por qué no es conveniente abusar de la práctica del ayuno?
   25. ¿Explica qué relación hay entre los beneficios del ayuno, el crecimiento espiritual, y la alimentación de los cuerpos.
   26. ¿En qué sentido podemos disciplinarnos por medio de la práctica del ayuno?
   27. ¿Qué nos enseña el ayuno con respecto al uso y el abuso del dinero, y la vivencia desordenada de los placeres mundanos?

   3-7.

   28. ¿Por qué nos conviene realizar nuestras actividades ordinarias con plena normalidad cuando ayunemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos  IS. 1, 10-19. 58, 1-14.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18.

   Comprometámonos a hacer una obra de caridad durante esta semana, para que la misma nos ayude a comprender el deseo que Dios tiene, de que toda la humanidad, viva como una sola familia de fe.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre Santo:

   Que las prácticas de la oración, el ayuno y la limosna, me ayuden a crecer espiritualmente, y me hagan comprender que si me esfuerzo en predicar el Evangelio y hacer el bien desinteresadamente, cada día serán más, los que te acepten y te amen, como su Dios y Padre.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 51.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros. (Meditación de la primera lectura optativa de los Ciclos A y B de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros.

   Meditación de IS. 55, 1-11, primera lectura optativa de los Ciclos A y B.

   La comida cuesta dinero, no dura mucho tiempo, y satisface nuestras necesidades físicas. Dios desea ofrecernos un alimento por el que no tendremos que pagar dinero, cuya duración es eterna, y nos nutrirá espiritualmente. ¿Cómo podemos obtener tan preciado alimento? Vamos al encuentro del Señor (IS. 55, 1), escuchemos su Palabra para aplicarla posteriormente a nuestras vidas (IS. 55, 2), y busquemos y clamemos a Dios, por medio de la oración (IS. 55, 6). La salvación divina es gratuita, pero necesitamos recibirla vehementemente.

   Dios pactó con David darle a su pueblo prosperidad y evitarle las amenazas de otras naciones y las guerras, pero el pacto fue incumplido por los hombres. A pesar de esto, Dios perdona y siempre está dispuesto a renovar la promesa de salvar a su pueblo. No nos apartemos del cumplimiento de la voluntad divina aunque cometamos errores, porque Dios jamás se cansará de esperarnos para que cumplamos su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad.

   Dios no quiere apartarse de nosotros, pero a menudo nos separamos de Él o construimos muros que se interponen entre Nuestro Santo Padre y nosotros. No esperemos que se nos debilite la fe o a tener graves dificultades para relacionarnos con Nuestro Padre común, porque entonces tener fe en la Santísima Trinidad será muy difícil para nosotros, por causa de la visión que tendremos de las circunstancias que consideremos adversas. Relacionémonos con Dios antes de que sea demasiado tarde para ello.

   No podemos adaptar a Dios al cumplimiento de nuestra voluntad, porque su amor, su sabiduría y su poder nos superan. Dado que somos más imperfectos que Dios, si queremos alcanzar la plenitud de la dicha, somos nosotros quienes necesitamos cumplir la voluntad divina.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com