3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.
Meditación de LC. 21, 5-19.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.
El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.
La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.
Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.
Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).
A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).
La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.
El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.
(LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.
¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?
¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?
No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.
Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.
Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.
No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.
San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.
No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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