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Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

    Meditación.

   1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.

   2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.

   Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.

   3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.

   Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.

   4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?

   Hermanos y amigos:

   Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios  logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.

   ¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?

   ¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?

   Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

No sirvamos a los hijos de Dios para ser recompensados por Nuestro Santo Padre ni por los hombres. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. No sirvamos a los hijos de Dios para ser recompensados por Nuestro Santo Padre ni por los hombres.

   Meditación de MC. 10, 35-45.

   Los dos hermanos que por causa de su carácter fogoso eran conocidos como “Boanerges” (hijos del trueno), porque Jesús les impuso ese nombre (MC. 3, 17), le dijeron al Señor: “Queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. Ellos sabían perfectamente que Jesús no estaría de acuerdo con el hecho de concederles los mejores puestos en su Reino, pues Nuestro Señor hizo mucho hincapié en enseñar a sus seguidores a destacar entre los humildes. Esta fue la razón por la que quisieron que el Mesías respondiera afirmativamente la petición que le hicieron, antes de dársela a conocer, pero Nuestro Redentor conocía las intenciones de sus amigos, y era consciente de que les faltaba recorrer un largo camino para poder imitar su conducta. Esta es la razón por la que, antes de responderles a sus amigos si les concedía lo que deseaban, inquirió de ellos lo que querían. San Mateo nos dice en su Evangelio que, con tal de presionar a Jesús para que cumpliera su deseo, los hijos del pescador Zebedeo se hicieron acompañar por su madre, pues, el hecho de que las mujeres eran marginadas socialmente, logró que el Señor sintiera gran afecto por ellas (MT. 20, 20-21).

   A pesar de que los hermanos Santiago y Juan, -al igual que sus compañeros de ministerio-, tenían problemas para adaptarse totalmente al cumplimiento de la voluntad de Dios, porque soñaban con un Reino terrenal en que tendrían la oportunidad de ser poderosos, el Señor no los rechazó, sino que, hasta que entró en trance agónico mientras se prolongó su oración en el monte de los Olivos, estuvo intentando hacerlos recapacitar. Este hecho nos sugiere el pensamiento de buscar la forma de abrirnos mentalmente a quienes no comparten nuestras creencias. Es triste el hecho de que no todos los católicos hayan aceptado la posibilidad de mantener relaciones con hermanos cristianos de diferentes denominaciones, y que se muestren contrarios a la celebración del Año de la Fe, pues, al creerse dueños absolutos de la verdad, no quieren dejar de rechazar a quienes no comparten la totalidad de sus ideas. Es triste que existan denominaciones cristianas que, en nombre de las verdades en que creen, propaguen el desprecio a quienes no comparten la totalidad de sus creencias, incumpliendo la voluntad de Jesús, quien se dirigió a Nuestro Santo Padre en su oración sacerdotal, en los términos que siguen: JN. 17, 11.

   Indudablemente, todos creemos verdadera la fe que profesamos, pero ello no nos autoriza a despreciar a quienes no se aferran plenamente a nuestras creencias. Si queremos imponerle al mundo nuestras creencias, lo único que conseguiremos, es lograr que se dificulte la labor que Dios realiza en los hombres, pues solo Él sabe cuándo estaremos dispuestos a aceptar la vocación que de Él recibiremos, la cual nos permitirá desear disponernos a vivir en su presencia. Despreciar a quienes no comparten nuestras creencias, es una perfecta excusa para no trabajar en la construcción de un mundo de hermanos que tienen un mismo Padre celestial. El Reino de Dios no puede edificarse sobre el desprecio humano. Necesitamos adaptarnos a las realidades características del mundo, para poder demostrar que Dios existe y se interesa por nosotros (1 PE. 3, 8-9).

   Los discípulos de Jesús no compartían el mismo pensamiento del Señor, con respecto a cómo debería ser el Reino de Dios. Para ellos, tal realidad se reducía a extinguir el dominio romano de Israel, y a vivir ganando poder, riquezas y prestigio. Esta idea no solo era característica del Israel bíblico, pues también lo es de nuestro tiempo y de ciertas denominaciones cristianas actuales. Para Jesús, el Reino de Dios no está relacionado con el poder, las riquezas y el prestigio, sino con la construcción de un mundo de hermanos, que tienen un mismo Padre. El Reino de Dios, no es un espacio geográfico, sino la vida de quienes aceptan a Nuestro Padre común, y se adaptan al cumplimiento de su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha.

   ¿Qué quiere Jesús que hagamos quienes creemos en Él para disponernos a vivir en su Reino espiritual? (MC. 8, 34-37).

   ¿Cómo podremos negarnos a nosotros mismos, si vivimos en un mundo en que, si queremos ser importantes, tenemos que promocionarnos?

   Obviamente, hemos sido creados por Dios, y, ya que lo que Dios ha creado no es malo, no tiene sentido el hecho de que  nos despreciemos, pues lo ideal es esforzarnos en alcanzar la perfección cristiana consistente en el pleno seguimiento de Jesús, corrigiendo los defectos que nos caracterizan. Esto no es fácil de comprender para quienes jamás se han esforzado en la vida para conseguir absolutamente nada, pues han tenido a quienes les resuelvan sus dificultades, y dinero para hacer de los placeres mundanos su máxima aspiración.

   El pasado 12 de octubre, -día de Nuestra Señora del Pilar-, la Agencia de Noticias Europa Press, publicó un artículo, en que se decía que el sesenta y tres por ciento de los españoles, prefieren perder diez años de vida, antes que verse privados del sentido de la vista. ¿Cómo podremos tomar nuestra cruz para ser seguidores de Jesús, si la mayoría de la gente, intenta esconder sus enfermedades y otros defectos, con tal de no ser marginada?

   El mensaje de Jesús es radical, y tal radicalidad no es signo de fanatismo, sino de la profundidad con que se nos invita a estudiarlo, conocerlo y aplicarlo a nuestra vida. Para nosotros, ser cristianos, no significa que tenemos que renunciar a nuestra vida, sino a todo lo que, en la misma, se opone al cumplimiento de la voluntad divina. Tal adaptación no es fácil para nosotros, así pues, esta es la causa por la que, nuestra conversión al Evangelio, se compara con la renuncia a nuestra vida actual, la cual, paradójicamente, se nos acrecienta, cuando le permitimos a Dios dignificárnosla.

   ¿De qué nos sirve ganar poder, riquezas y prestigio, si ello nos impide crecer espiritualmente, e incluso nos priva de relacionarnos con nuestros familiares y amigos?

   ¿Qué es más importante para nosotros que nuestra vida espiritual y afectiva?

   Frente a la instrucción de Jesús de inspirar su vida en la fe, la esperanza y la caridad divinas, los hermanos Santiago y Juan, reclamaron para sí, los mejores puestos, en el Reino de Dios. Ellos estaban lejos de desear donarse a Dios en sus hijos en vez de ambicionar el poder, de hacerse humildes para vencer la obsesión de ser ricos, y de ser capaces de asumir el mayor rechazo social, con tal de no desear servir a Dios para alcanzar prestigio humano, sino, por amor al Dios Uno y Trino y a sus hijos los hombres, aunque ello les aportara sufrimiento, tal como les sucedió, a partir del día en que recibieron los dones del Espíritu Santo, pues Santiago fue mandado a asesinar por Herodes (HCH. 12, 2), y Juan fue azotado junto a Pedro (HCH. 5, 40), y vivió desterrado en la isla de Patmos (AP. 1, 9).

   Jesús les dijo a los citados hermanos que recibirían su bautismo, y que compartirían sus sufrimientos, pero, para lograr estas cosas, debían renunciar a los deseos del mundo, que se adueñaron de sus corazones.

   ¿Somos capaces de servir a Dios en sus hijos los hombres evitando quejarnos por la existencia de pequeñas contradicciones que tienen el objeto de enseñarnos a valorar lo que hacemos para adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre?

   Santiago y Juan, le pidieron a Jesús un deseo, que no les fue concedido. A nosotros en ciertas circunstancias tampoco nos concede Dios lo que le pedimos, porque ello puede hacernos perder la fe que nos caracteriza, de la misma manera que, si dichos hermanos, hubieran alcanzado el poder, las riquezas y el prestigio que ambicionaban, no hubieran llegado a ser gigantes, en el terreno de la espiritualidad. Cuando queremos alcanzar una meta que nos supone años de esfuerzos, los psicólogos nos enseñan a valorar todo lo que consigamos a largo plazo. Si necesitamos adelgazar veinte kilos, y nos queremos comer varios dulces todos los días, los citados especialistas nos instarán a considerar el resultado de nuestra dieta a largo plazo, pues ello será más satisfactorio que alimentarnos a base de lo que no debemos abusar, pues ello contribuirá al debilitamiento de nuestra salud. Si Dios no nos concede lo que le pedimos, consideraremos que su sabiduría es superior a la nuestra, y que encamina nuestra vida a su presencia, por lo que no nos concederá nada que nos impida profesar la fe que nos caracteriza (1 PE. 5, 1-4).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.

   1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

   Meditación de SB. 7, 7-11.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.

   Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.

   -El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).

   San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.

   -El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.

   -El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.

   -El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.

   -El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.

   ¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Amemos la paz y la justicia. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Amemos la paz y la justicia.

   Meditación de ST. 3, 16-4, 3.

   (ST. 3, 16-18). Nuestra manera de hablar y actuar indican la sabiduría que nos caracteriza. Vivimos tomando decisiones a una velocidad vertiginosa. Desde que nos levantamos pensando en la ropa que nos vamos a poner y en lo que tenemos que hacer a lo largo del día, hasta que oramos antes de acostarnos, estamos tomando decisiones casi sin descansar. Algunas de tales decisiones carecen de importancia, y otras son relevantes. Si somos sabios, nos caracterizamos por evitar el desorden, y por el deseo de vivir como pacificadores. Si es importante anunciar el Evangelio por medio de la predicación de discursos elocuentes, para que nuestras palabras tengan credibilidad, tenemos que convencer a la humanidad de que Dios es bueno haciendo el bien. Si somos capaces de vencer el mal haciendo el bien, primeramente muchos nos aceptarán por respeto aunque no nos comprendan, y con el paso del tiempo llegarán a creer en nuestro Padre común, porque lo conocerán a través de nuestras palabras y acciones, y no querrán vivir distanciados de Él.

   Quizás muchos recordamos cómo cuando éramos pequeños nuestros padres nos comparaban con aquellos hermanos nuestros cuya conducta era mejor que la nuestra, ora porque ello era cierto, ora porque los amaban más que a nosotros. Quizás cuando estudiábamos alguno de nuestros profesores nos comparó con el mejor estudiante de nuestra clase, con tal de hacernos quedar mal y sintiéramos el deseo de mejorar nuestras calificaciones, aunque quizás solo consiguió que no nos gustara estar entre los torpes, y que no hiciéramos el mínimo esfuerzo para intentar superarnos. Quizás hemos crecido envidiando a quienes son más afortunados que nosotros, pensando con demasiada frecuencia que nunca llegaremos a parecernos a ellos, sin caer en la cuenta de que, tales comparaciones, simplemente, son odiosas.

   Muchas veces, encontramos a quienes nos dicen, con buenas intenciones, que podemos hacer lo que nos propongamos con desearlo simplemente, que será imposible que fracasemos si definimos nuestra meta por medio de la manera en que soñamos alcanzarla, y que debemos fijarnos metas altas para conseguir ver realizados nuestros sueños, si no queremos sentir que todas nuestras vivencias son inútiles.

   Debemos pensar que para conseguir lo que queremos tenemos que hacer muchas cosas aparte de soñar con nuestras metas. No seamos ingenuos como para creer que alcanzaremos todo aquello con lo que soñemos, pues, antes de luchar por lo que deseamos conseguir, debemos evaluar si ello es factible para nosotros. Si sueño que me va a tocar la lotería, lo más seguro es que ello nunca me suceda, pero, si consigo un trabajo bien remunerado, y sé administrar mi sueldo, no haré nada incorrecto si sueño con tener mi propia vivienda, pues, o pido un préstamo hipotecario para comprármela, o espero a tener el dinero necesario, para cumplir el citado sueño.

   Si se nos presiona -o nos presionamos- para llegar a ser como quienes son enviviados por su status social, corremos un gran peligro de dejarnos arrastrar por la avaricia. Si las personas a las que envidiamos trabajan con nosotros, quizás caeremos en la tentación de hacerles la competencia deslealmente. Los cristianos no detestamos todo lo que se puede alcanzar en esta vida y es bueno, pero necesitamos cuidarnos de dejar de cumplir la voluntad de Dios, con tal de alcanzar lo que otros tienen, valiéndonos de medios no relacionados con el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios.

   La sabiduría divina nos enseña que no debemos compararnos con quienes son más ricos, inteligentes y físicamente son más agraciados que nosotros, porque todos tenemos una gran dignidad ante Nuestro padre común, y por ello podemos amarnos como hermanos, evitando la vivencia del rencor.

   De la misma manera que no es conveniente el hecho de envidiar a quienes tienen una alta posición social, si tenemos algo que compartir con quienes viven en un estado inferior al nuestro, no tenemos por qué desamparar a los tales. Las desigualdades existentes en el mundo entre países y clases sociales, no han sido creadas por los políticos, sino porque los hombres no nos amamos unos a otros, como para comprender que todos tenemos la misma dignidad que Dios nos ha concedido, al hacernos sus hijos.

   (ST. 4, 1). El hecho de querer tener una vida placentera no es pecaminoso, -de hecho, es legítimo-, siempre que no nos valgamos de la pobreza o la debilidad de otras personas, para conseguir lo que queramos. Apoyemos este razonamiento, en los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 17. 1 TIM. 4, 4-5).

   Los bienes materiales no están relacionados con el pecado, pero si la consecución de los mismos exige la explotación de los más débiles, y la evitación del cumplimiento de la voluntad de Dios, entonces, el alcance de tales bienes, es pecaminoso. Tal como vimos en el Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B (MC. 8, 27-35), y recordaremos al meditar el Evangelio de hoy (MC. 9, 30-37), hemos sido invitados a disfrutar del placer de amar y ser amados tanto por Dios como por sus hijos, y a renunciar al placer que algunos autores bíblicos denominaron "amistad con el mundo", consistente en amar el poder, las riquezas, el prestigio y los vicios, en vez de amar a Dios, y a nuestros hermanos los hombres.

   Tenemos problemas unos con otros porque nunca faltan quienes se dejan arrastrar por los fatuos deseos excesivos de poder, riqueza y prestigio. No nos faltan conflictos, porque en ciertas ocasiones la mayor riqueza de muchos, no es el amor a Dios y a sus hijos, sino la avaricia, la envidia, y el excesivo apego a los bienes materiales.

   Queremos más bienes materiales de los que tenemos, y no nos esforzamos en alcanzar el mayor de los bienes, que es el amor a Dios y a sus hijos. Dios no necesita que lo amemos para amarnos, pero no le sentimos cerca de nosotros, porque no hemos aprendido a amarlo como se merece, ni queremos hacerlo, porque nuestra mente está muy ocupada pensando en la mejoría de nuestro status social, y en la resolución de los problemas que nos afectan, muchas veces, porque los causamos nosotros mismos.

   Quizá pasamos la vida trabajando, no encontramos tiempo para dedicárselo a nuestros familiares y obviamos el conocimiento de Dios. Muchos se ven obligados a trabajar sin descanso día y noche porque quienes los explotan se aprovechan de su extrema humildad, pero otros viven dedicados por completo a la realización de sus actividades laborales, porque la consecución de riquezas es lo que más aprecian. Los cristianos tenemos que trabajar para contribuir al mantenimiento de nuestros familiares, pero también tenemos que compartir nuestro tiempo con ellos, y crecer espiritualmente, para poderles hacer frente a las dificultades que no nos faltarán dignamente, tal como se espera que lo hagamos los hijos de Dios.

   Oremos para que la ambición no nos ciegue hasta el punto de que deseemos conseguir lo que anhelamos a nivel material por medio del empleo de mentiras y el uso de la violencia. Dios sabe perfectamente lo que nos conviene, y por ello utilizará nuestras circunstancias vitales, independientemente de que estemos sanos o enfermos, y de que seamos ricos o pobres, para purificarnos, santificarnos, y conducirnos a su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.

   (ST. 4, 2-3). De la misma manera que nos interrogamos sobre la forma de proceder de Dios porque no alivia nuestros padecimientos cuando queremos que actúe en nuestra vida, ignorando que su forma de proceder es distinta a la nuestra, quizás cuando oramos creemos que Nuestro Santo Padre no nos concede lo que le pedimos, porque nuestra falta de fe nos impide comunicarle las necesidades que nos caracterizan, porque le hacemos mal las peticiones en que pensamos, o porque, a la hora de pedir dádivas, solo pensamos en nosotros.

   No olvidemos que, por haber sido llamados a trabajar para que toda la humanidad sea una sola familia, podemos refugiarnos en la oración para sentir que Dios nos ayuda a realizar la difícil misión que nos ha encomendado, que las oraciones no deben reducirse a meras súplicas, que podemos hablar con Nuestro Santo Padre con plena confianza de cualquier cosa, y que, más que esforzarnos para ganar la aprobación de Dios, podemos pedirle que nos ayude a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque, cuando ello suceda, sin percatarnos de lo que habremos conseguido, constataremos que el Señor se regocijará plenamente en nosotros, y por eso sentiremos que nos amará inmensamente (1 JN. 3, 16-22).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Domingo II de Cuaresma del ciclo B.

   ¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?

   Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 17.

   1. Oración inicial.

Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

R. Amén.

   Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.

   Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.

   Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.

   Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.

   Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.

   Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.

   Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.

   A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.

   Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.

   Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.

   Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.

   Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.

   Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.

   Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.

   Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.

   Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.

   Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.

   2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 9, 1-9.

   3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.

   En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).

   3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).

   “El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).

   Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.

   Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.

   3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).

   La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).

   Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.

   3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).

   Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.

   Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.

   Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.

   Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.

   También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.

   También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.

   También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.

   También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.

   Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.

   La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.

   Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.

   3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).

   Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.

   3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).

   Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.

   3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).

   Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.

   Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?

   ¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?

   ¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?

   ¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?

   ¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?

   3-2.

   ¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?

   ¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?

   3-3.

   ¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?

   ¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?

   ¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?

   ¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?

   ¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?

   3-4.

   ¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?

   ¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?

   ¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?

   ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5.

   ¿Qué representa Moisés?

   ¿A quiénes representa Elías?

   ¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?

   ¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?

   ¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?

   ¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?

   ¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?

   3-6.

   ¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?

   ¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?

   ¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?

   ¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?

   ¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?

   ¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?

   ¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?

   ¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?

   ¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?

   ¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?

   ¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?

   ¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?

   ¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?

   ¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?

   ¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?

   ¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?

   ¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?

   3-7.

   ¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?

   ¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?

   ¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?

   3-8.

   ¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?

   ¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?

   ¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?

   3-9.

   ¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?

   ¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.

   6. Contemplación.

   Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.

   Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.

   Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.

   Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.

   Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.

   No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.

   Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.

   Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.

   9. Oración final.

   Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com

¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos? (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   ¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos?

   Estimados hermanos y amigos:

   Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.

   El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).

   Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).

   Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.

   Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).

   ¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).

   Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.

   ¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).

   En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).

   ¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor. (Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor.

   1. ¿En qué contexto sucedió la Transfiguración del Señor?

   Entre los Apóstoles de Nuestro Señor, existía el anhelo de que uno de ellos debía ser considerado como el superior de entre sus compañeros. Veamos unos ejemplos de ello.

   Después de que Jesús descendió del monte Tabor, y curó a un joven endemoniado, aconteció el siguiente hecho: (MC. 9, 33-37).

   Durante la celebración de la última Cena de Jesús con sus futuros Apóstoles, también acaeció lo siguiente: (LC. 22, 24-27).

   Para solucionar las discrepancias entre sus Apóstoles, Nuestro Salvador instituyó el Papado, e instituyó a San Pedro, como su primer representante en la tierra (MT. 16, 13-20).

   Meditemos el texto de San Mateo que acabamos de recordar.

   A pesar de que Jesús había convivido mucho tiempo con sus futuros Apóstoles, solo le había revelado su identidad de Mesías abiertamente a la samaritana de Sicar, -cuya conversión recordaremos el próximo Domingo III de Cuaresma del Ciclo A-, en los siguientes términos: (JN. 4, 25-26).

   Cuando Jesús hizo que San Pedro fuera su primer sucesor, le dijo que sus enemigos (el hades, el infierno) no exterminarían la fundación de la institución que sería su Reino, la cual nació el día de Pentecostés, cuando sus seguidores más allegados fueron llenos de los dones del Espíritu Santo.

   Aparecen dos símbolos en el versículo 19 de MT. 16 que estamos meditando, los cuales son; las llaves, y el poder de atar y desatar del Papa. Las llaves significan la potestad que el Vicario de Cristo tiene de decidir quiénes son hijos de la Iglesia y quiénes deben ser expulsados de la misma, y, el poder de atar (permitir) y desatar (prohibir), es la potestad que el Papa tiene de regir la Iglesia, en nombre y representación de Jesucristo, Nuestro Señor.

   Una vez hubo instituido Nuestro Señor el Papado, les recordó a sus Apóstoles su futura Pasión, muerte y Resurrección. En este relato, el Apóstol que debía haberles dado ejemplo de fe a sus compañeros, se mostró como el más débil. Dado que el citado Apóstol se llevó al Señor a parte para persuadirlo de su intento de sacrificarse, Jesús le reprendió ante sus compañeros duramente, a fin de que los tales no recelaran del que debían considerar el principal miembro del Colegio Apostólico. Aunque muchos traductores de la Biblia han hecho llamar a San Pedro Satanás por parte de Jesús, la traducción original del texto que vamos a recordar, se limita a hacer que San Pedro recuerde que el cumplimiento de la misión de Nuestro Redentor, era ineludible (MT. 16, 21-28).

   Dado que, en vez de analizar profundamente los textos en que se sitúa el contexto en que aconteció la Transfiguración del Señor, solo estamos considerando los aspectos más destacables de los mismos, en el caso que nos ocupa, debemos recordar que Nuestro Señor no nos prometió jamás ninguna vida fácil o regalada en este mundo, y, especialmente a los predicadores, nos prometió una vida plagada de dificultades.

   El final del texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 y MC. 9, 1 se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto.

   2. La Transfiguración del Señor.

   (LC. 9, 29-30. MT. 17, 2). ¿Por qué los Apóstoles Pedro, y los hermanos Juan y Santiago, fueron los que acompañaron a Jesús en momentos muy destacables de su Ministerio público? Ello sucedió porque tales amigos de Jesús debían tener un conocimiento de la Palabra de Dios y un acercamiento al Hijo de Yahveh que no caracterizaba tanto a sus compañeros como a ellos.

   La blancura de los vestidos de Jesús transfigurado, significa la pureza de Nuestro Salvador, y la limpieza interior que anhelamos, con tal de poder ser buenos imitadores del Hijo de Dios y de María de Nazaret.

   El resplandor del rostro de Jesús, significa que aún nos queda un largo camino que recorrer en términos espirituales, para que podamos estar listos para ser glorificados con Nuestro Salvador.

   Al redactar brevemente su recuerdo de la Transfiguración del Señor, San Pedro afirmó haber visto la Majestad del Redentor de la humanidad (2 PE. 1, 16).

   Sabemos que los Apóstoles tenían dificultades para comprender la razón por la que Jesús quería sacrificarse, así pues, ¿por qué debía el Mesías, -el Hijo del Dios Todopoderoso-, entregar su vida, en beneficio de los pecadores, de quienes los judíos creían que no merecían ninguna consideración? Dado que Jesús no consiguió inculcarles a sus compañeros el valor de su entrega sacrificial, hasta que resucitó de entre los muertos, y el Espíritu Santo iluminó su entendimiento, Nuestro Señor quiso que, los más allegados a Sí de sus Apóstoles, tuvieran la dicha de contemplarlo tal como sería después de vencer la muerte.

   (MT. 17, 3). Moisés era representante de quienes creían que se salvaban por causa de su estricto cumplimiento de la Ley (DT. 10, 12-13).

   Elías representaba, en el relato de la Transfiguración del Señor, a quienes serán salvos por su fe. Dado que los creyentes seremos vivificados al final de los tiempos, aunque fallezcamos, a este respecto, el hecho de que Elías fue ascendido al cielo sin experimentar la muerte, debe hacernos creer que nuestra fe es cierta. Veamos cómo, ante los ojos de Eliseo, -siervo de Elías-, el citado profeta fue ascendido a la presencia de Dios (2 RE. 2, 1-15).

   ¿DE qué hablaron los dos Profetas más relevantes del Antiguo Testamento con Nuestro Señor? (LC. 9, 31-32). Es importante constatar que Jesús, Moisés y Elías, no hablaban de la muerte de Jesús, como si la misma fuese una tragedia sin sentido, sino que meditaban la partida de Nuestro Redentor de este mundo a la presencia de Nuestro Padre común. Tales Profetas debieron confortar a Jesús, pues faltaba aproximadamente un año para que el Hijo del carpintero nazareno experimentara su Pasión, muerte y Resurrección. Jesús sabía que con su Resurrección nos iba a demostrar que la puerta del cielo está abierta para todos nosotros, pero, para lograr su objetivo, tenía que humillarse, hasta experimentar la muerte (FLP. 2, 5-11).

   ¿Cómo contemplaron los Santos Pedro, Juan y Santiago la escena de la Transfiguración del Señor? (LC. 9, 32). El estado de sopor que experimentaron los Apóstoles de Jesús, es perfectamente comprensible. Por una parte, ellos conocían las consecuencias expuestas en el Antiguo Testamento que vivirían quienes vieran a Dios sin haber superado su condición de pecadores. Dado que Yahveh no está relacionado con el pecado, su justicia ha de ejecutar inmisericordemente a los pecadores que se le acerquen sin estar completamente purificados. A pesar de este hecho tan conocido, los tres amigos del Señor debieron asombrarse, al constarles que, al estar delante de quien sabían que era el Mesías de Dios, -el Unigénito de Dios, el mismo Dios-, en vez de ser exterminados instantáneamente, sintieron una dicha inexplicable.

   (LC. 9, 33). Ilustremos con un ejemplo lo que le sucedió a San Pedro en el monte Tabor. Imaginemos el caso de un cristiano a quien le ha salido mal en la vida la gran mayoría de actividades que ha emprendido, y que vive aislado. Al vivir intensamente unos ejercicios espirituales durante tres días, descubre que muchos de sus conceptos son erróneos. Al final de dicha vivencia, el protagonista de esta historia que resumo mucho, siente que no quiere abandonar la casa de espiritualidad en que ha descubierto que la felicidad existe realmente. Después de decirle lo que le sucede al director de los ejercicios que le han revitalizado el alma, éste le dice que es natural que tenga miedo de enfrentarse con sus problemas actuales y los recuerdos amargos del pasado, y le recuerda que los ejercicios espirituales tienen la misión de fortalecer a los creyentes, para que éstos sean fuertes para enfrentarse a sus dificultades, para que, a través de las mismas, maduren la fe y la caridad cristianas en sus corazones, para que sean aptos para vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Pedro fue uno de los primeros seguidores de Nuestro Señor, y, por tanto, uno de los primeros creyentes en tener problemas por causa del Evangelio. Jesús sacaba de la gran mayoría de problemas que vivían a sus Apóstoles, pero, a pesar de ello, el hecho de seguir a Jesús, comportaba algo más que satisfacciones, lo cual, más que agradable, era angustioso muchas veces. Después de pasar años siguiendo a Jesús sin comprenderle plenamente, San Pedro encontró un poco de tranquilidad entre el aturdimiento que vivió en la presencia de Jesús transfigurado, de Moisés y de Elías. Aunque el citado Apóstol aún tenía que engrandecer su fe y practicar las virtudes que le concedió el Espíritu Santo, sintió el deseo de quedarse para siempre en el Tabor, más allá de los sufrimientos que, a fuerza de convivir con ellos, se hacen familiares, pero cuyo peso quizás no disminuye nunca, aunque a veces creemos que ello no es cierto.

   (LC. 9, 34-35). Dios Padre, que se hizo presente en la Transfiguración del Señor, no permitió que su justicia se ejecutara contra aquellos hombres que luchaban incesantemente para ser purificados. El Padre Santo de los judíos, cristianos y musulmanes, les dijo a aquellos hombres que escucharan a su Hijo, pues Él es el Camino que nos conduce a su presencia, la Verdad que nos santifica y nos hace libres, y la Vida de gracia que anhelamos (JN. 14, 6).

   Jesús se fortaleció después de vivir su Transfiguración para llevar a cabo su misión redentora (LC. 9, 51). Jesús sabía el dolor que le iba a costar nuestra salvación. Para poder cumplir su misión, Nuestro Señor se empobreció totalmente (LC. 9, 57-58).

   Al meditar la Transfiguración del Mesías, aceptemos el hecho de ser transfigurados y configurados a la imagen y semejanza de nuestro Salvador (ROM. 12, 2. 1 JN. 1, 1-3).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Confiemos en Nuestro Padre común como lo hizo Abram, caminando sin saber adónde había de ir, en pos de la Palabra de Dios, pues aguardaba el cumplimiento de la promesa que le hizo Nuestro Criador. Que la fe de Abraham, los Apóstoles, y todos los Santos de todos los tiempos nos ilumine, para que podamos caminar, confiadamente, siguiendo a Jesús, con la certeza de que alcanzaremos la salvación, pues sabemos que Dios no defraudará a quienes creen en Él.

   Sabemos que nuestra fe no es como la de Abraham, así pues, a pesar de que Dios provee nuestras necesidades y nos ha ayudado a vencer muchas dificultades, aún no nos hemos decidido a creer en Él firmemente, de la misma forma que quizás no practicamos la caridad más allá del deseo de que se nos reconozcan las buenas obras que hacemos, o porque no hemos vencido nuestro egoísmo. Fortalezcamos nuestra fe orando, pues, si nos esforzamos, Dios estará con nosotros, para que podamos vencer nuestra debilidad.

   Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoseles con su cuerpo resucitado y glorificado. Esforcémonos para ser en esta vida la viva imagen de Jesús.

   1. El Evangelio correspondiente al Domingo I de Cuaresma es muy exigente, así pues, se nos propone, en el citado texto, que, imitando a Jesús, renunciemos al ciego ejercicio del poder, a la obsesiva obtención del banal prestigio, y al infundado deseo de obtener una gran fortuna. Ahora bien, ¿qué programa de vida nos propone Nuestro Padre común, para que renunciemos al amor que muchos creyentes y no creyentes les profesan a los citados tres pilares sobre los que fundamentan su existencia? La respuesta a esta pregunta la obtenemos en las lecturas correspondientes a este Domingo II de Cuaresma, así pues, al renunciar a toda clase de vicios, y a la comisión de todo tipo de pecados, Nuestro Padre común, nos propone que abracemos la vida sobrenatural de la gracia. Desde nuestra perspectiva de personas débiles, nos parece inalcanzable la realización del propósito de Dios en nuestras vidas, pues somos muy frágiles para aspirar a tan alta cumbre de la felicidad de obtener nuestra más plena realización personal, pero, a tal efecto, no debemos olvidar las palabras del Apóstol: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (ROM. 5, 20). Donde abundan la debilidad, la enfermedad, la pobreza, el egoísmo y otras carencias humanas, sobreabunda la gracia de Dios, que nos trasciende desde el estado actual de nuestra naturaleza, y nos eleva a la categoría de Nuestro Padre común. El precio que pagamos para alcanzar la santificación, es el hecho de renunciar a ceder a las tentaciones a las que el diablo sometió a Jesús el Domingo anterior, no porque de ello depende nuestra salvación, sino, porque es de bien nacidos el ser agradecidos -reza el refrán español-, y, por ello, es bueno que practiquemos la misericordia, pues, según Leví, Jesús nos dice: (MT. 5, 7).

   Más adelante, en su afán de expresar el nivel de santidad al que hemos sido llamados por Dios, San Mateo nos transcribe las siguientes palabras con que Jesús emocionó a los oyentes del sermón del monte: (MT. 5, 48).

   Abram, -aquel que se convirtió en el primero de los Patriarcas del pueblo de Dios por su fe-, nos es propuesto por la Iglesia, en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, como modelo a imitar. El ejemplo de Abram es tan generoso que, San Pablo, en su Carta a los Romanos, afirma que él no necesitó cumplir la Ley de Dios -que aún no había sido decretada- para suplicarle al Todopoderoso que lo salvara, pues creyó en Yahveh, lo cual era más que suficiente para alcanzar la Bienaventuranza eterna (ROM. 4, 3). San Pablo nos sigue hablando de Abraham: (ROM. 4, 18-25).

   El hecho de convertirnos en fieles imitadores de Jesús constituye nuestra felicidad, por consiguiente, San Pablo les escribió a sus lectores de Galacia: (GÁL. 3, 26-29).

   En los amigos de Cristo y descendientes de Abraham, se han de cumplir estas otras palabras del Apóstol: (EF. 4, 23-24. COL. 3, 9-17).

   2. Al meditar el Evangelio de hoy, recordaremos que hemos sido llamados a ser transfigurados y configurados a imagen -o semejanza espiritual- de Cristo Jesús, de quien San Pablo escribió con inefable alegría: (EF. 1, 3-6).

   3. Las palabras de San Pablo que hemos meditado en el punto 2 de esta meditación son muy bellas, pero, para que se realice el plan salvífico de Dios en nosotros, hemos de vivir esta dura enseñanza de Nuestro Señor: (MT. 16, 24).

   4. Al recordar San Pedro su experiencia con respecto al episodio evangélico de la Transfiguración del Mesías, escribió las siguientes palabras: (2 PE. 1, 16-18).

   San Mateo encuadra el episodio de la Transfiguración del Señor, seis días después de que Jesús constituyera a Pedro como la roca sobre la que en un futuro cercano se cimentaría la Iglesia de Cristo, y de que el Maestro les anunciara a sus discípulos su Pasión y muerte. En aquel tiempo faltaba un año para que Jesús fuera crucificado, y, Nuestro Salvador, aún no sabía si sería condenado a morir lapidado o colgado en la cruz, pero tenía muy claro que había de ser juzgado por sus hermanos de raza, que le acusaron de blasfemar contra Dios al hacerse pasar por Hijo del Todopoderoso, de quien afirmaban que es indivisible, y por los romanos, quienes lo condenaron por ser aclamado como Rey de los judíos, en su entrada triunfal a Jerusalén, un hecho con que empezamos a celebrar el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

   Jesús sabía que iba a morir, así pues, para fortalecer su fe, y aumentar la creencia de sus seguidores más fieles en Él y en el Padre, el Señor subió a un monte con Pedro, Santiago -o Jacobo- y Juan, y se transfiguró delante de ellos, adoptando el cuerpo que tendría después de resucitar triunfante de la muerte, para no sucumbir más, aprisionado por las cadenas de la misma.

   5. Cuando el Señor se transfiguró adoptando su imagen de Resucitado, su rostro se hizo resplandeciente como el sol, en alusión a la luz de su caridad y justicia divinas, y sus vestidos adquirieron la blancura de la luz, en virtud de su pureza mesiánica. Pidámosle a Nuestro Padre común que nos transfigure a imagen de Cristo Resucitado, y que nos configure -o moldee-, según el reflejo o imagen espiritual del Hijo de María. No reduzcamos el significado de la castidad al simple hecho de no mantener relaciones sexuales, y seamos castos, desde nuestro actual estado de vida, y glorifiquemos a Nuestro Dios, pues Él concluirá su plan redentor, cuando nos hayamos dejado purificar por Nuestro Señor, pues estamos seguros de que la Providencia divina no nos abandonará.

   6. Cuando Jesús se transfiguró ante sus amigos, aparecieron junto a Él, Moisés y Elías, el uno representando a quienes creen que serán salvos por causa de su estricto cumplimiento de la Ley de Dios, y, el otro, haciendo las veces de quienes nos aplicamos las conocidas palabras del Apóstol y su compañero Silas: (HCH. 16, 31).

   ¿De qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? San Lucas nos responde esta pregunta en los siguientes términos: (LC. 9, 31).

   Señor, ¿qué sentiste en el monte de la Transfiguración al reflexionar sobre tu próximo padecimiento y al experimentar la plena glorificación de tu cuerpo y alma?

   ¿Comprendieron los Apóstoles lo que hablaron Jesús, Moisés y Elías? Lucas escribió en su Evangelio: (LC. 9, 32).

   7. (LC. 9, 33). Pedro era muy impulsivo, y, en aquella ocasión, le manifestó al Mesías que no quería descender de aquel monte, porque se sentía feliz. Pedro no podía imaginarse que estaba viviendo un trascendental episodio de la vida del Señor para descender del monte y constatar el aumento de su fe.

   Seis días antes de ver a Jesús transfigurado, cuando el Señor interrogó a sus compañeros de peregrinación con respecto a lo que ellos creían de Él, guiado por uno de sus impulsos que el Espíritu Santo aprovechó para inculcarle la gran verdad que dijo, Pedro exclamó: (MT. 16, 16).

   En la noche del Jueves Santo, impulsado por su propio miedo, al tener una triple oportunidad de confesarse discípulo del Señor, Pedro declaró: "-No, no lo soy" (JN. 18, 25). Esas palabras de Pedro eran tímidas, pues, dicho Apóstol de Nuestro Señor, tenía la pretensión de evitar aquella conversación que podía poner en peligro su vida, pues no era conveniente que los criados de Caifás y los soldados que estaban calentándose al fuego junto a él, lo acusaran de ser discípulo de Aquél a quien crucificarían al día siguiente.

   Cuando Jesús resucitó, Pedro, sin dejarse guiar por ninguno de sus impulsos, sino inspirado por la necesidad de confesarle su amor al Mesías, exclamó ante Jesús y algunos de sus compañeros: (JN. 21, 16).

   Pedro no se escondía cuando tenía que practicar la caridad, pero no dejaba que se le escaparan las oportunidades que tenía de defender sus posibles privilegios por causa del seguimiento del Mesías, según consta en los siguientes versículos bíblicos: (MC. 10, 28-30).

   Quizás nos parecemos a Pedro, así pues, nos sentimos henchidos de gracia cuando hacemos ejercicios espirituales, y hemos adquirido la costumbre de celebrar la Eucaristía todos los días preceptuales dispuestos por la Iglesia, pero, quizás nos atañen las siguientes palabras de Jesús: (MT. 23, 23).

   El Profeta Jeremías escribió las siguientes palabras de Yahveh: (JER. 15, 19). ¿Qué significado tienen las citadas palabras proféticas para nosotros? El Señor nos dice que, si nos convertimos al Evangelio -podemos hacerlo porque Él está con nosotros-, viviremos eternamente en su presencia, pero, para ser glorificados, necesitamos sacar lo precioso de lo vil, y no pensar que las rosas tienen espinas, sino que de las espinas brotan las flores más bellas, así pues, al intentar alcanzar la salvación haciendo el bien como si ello dependiera de nuestros escasos medios, seremos como la palabra pronunciada por Dios, que ha de alcanzarnos la plenitud de la felicidad, y la redención de la humanidad. Al aceptar esta meditación no te verás libre de tu cáncer, a ti, que eres ciego, no se te abrirán los ojos, ni a ti, que eres sordo, se te dará el poder oír, ni se facultará a los que están sentados en sus sillas de ruedas para que puedan caminar, ni serán saciados los pobres, ni encontrarán trabajo todos los que lo necesitan, pero, todos juntos, sin dejarnos esclavizar por nuestras preocupaciones, podremos gritar que somos libres, que somos felices como lo es una novia, el día en que celebra su enlace matrimonial. ¡Esperemos gozosamente la celebración de las bodas del Cordero de Dios con la humanidad redimida!

   Pedro no sabía exactamente el significado que ocultaban sus palabras de pretender quedarse contemplando aquella visión eternamente. Él estaba conmocionado a causa de lo que estaba viendo, pero, al mismo tiempo, no quería volver a emprender su actividad ordinaria, así pues, Jesús tenía muchos enemigos jurados, los cuales también despreciaban a quienes decían de sí que creían las palabras del nuevo Profeta. Pedro estaba casado, pero, por causa de Cristo y del mensaje de salvación, vivía lejos de su familia, pues recorría Palestina, junto al Mesías y sus compañeros, predicando y haciendo las obras de Dios.

   8. Desde la nube que cubrió a los protagonistas del episodio de la Transfiguración de Nuestro Señor, Dios Padre dijo: (MT. 17, 5).

   ¿Por qué desea Nuestro Padre común que escuchemos y obedezcamos a Jesús? Isaías nos responde esta pregunta en los términos que siguen: (IS. 42, 1).

   La voz de Dios también se hizo presente en el Bautismo de Jesús, cuando el Espíritu Santo, adoptando la forma corporal de una paloma, se posó sobre el Mesías, y el Padre dijo: (MT. 3, 17).

   9. Los discípulos, cuando vieron a Jesús transfigurado, y a Moisés y a Elías redimidos, tuvieron miedo, pues ellos creían que, al ser pecadores, deberían haber muerto, por haber tenido la dicha de contemplar a Dios, pues, la justicia del Altísimo, debería haberlos fulminado instantáneamente. Jesús no quería que ellos tuvieran miedo, así pues, los animó, y les pidió que, hasta que Él hubiera vencido la muerte, que no dieran a conocer la experiencia que habían tenido en el monte Tabor, pues no quería publicitarse como milagrero.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

    Meditación.

La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos en que nos esforzamos más en llevar a cabo el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así pues, en las lecturas que meditamos en la Eucaristía el Domingo I de Cuaresma de los Ciclos A, B y C, Jesús nos enseñó que nuestra meta es vivir en la presencia de Dios Padre. Hoy meditaremos la Transfiguración de Nuestro Hermano y Señor. Hoy le pedimos a Dios que nos transfigure y configure a imagen y semejanza espiritual de Cristo. Hoy le pedimos a Dios que nos conceda ser iluminados por la luz de Cristo. Hoy deseamos que Nuestro Padre y Dios nos conceda la vida eterna junto a Él y Jesús en su Reino celestial.

   ¿Por qué creemos en Dios?

   ¿Hemos conocido a Nuestro Padre común al celebrar la Eucaristía?

   Las dudas con respecto a nuestra fe pueden disiparse en nuestra alma cuando Dios se nos revela. Dios nos ama como somos, con nuestras virtudes y defectos. Hoy Nuestro Padre y Dios nos pide que nos convirtamos a Él. Dios quiere que confiemos en Él, para que se opere en nosotros la copiosa Redención de Cristo. Yo no puedo gozarme de aquello que desconozco, porque ignoro su existencia. No fue fácil para Abram dejar las ricas tierras de Mesopotamia para peregrinar hacia la Tierra prometida. Nosotros no superamos muchas circunstancias de nuestras vidas a las cuales erróneamente llamamos adversas como quisiéramos hacerlo. Nuestra fe consiste en confiar en Dios. Muchas veces nos negamos a creer en Nuestro Padre común, porque nos faltan  ánimo y coraje para superar nuestras dificultades, y, como nos gusta tanto que nuestras vidas estén ausente de obstáculos semejantes al dolor, deseamos que Nuestro Padre nos libre de vivir circunstancias contrarias a nuestra voluntad, de manera que nuestras vidas pierdan el atractivo de luchar para superarnos a nosotros mismos. Por consiguiente, si Dios nos evita las dificultades, podemos decir que somos esclavos, porque no tenemos derecho a escoger entre los caminos de la vida, a pesar de que existe el triste hecho -o la posibilidad- de renegar de Dios de diversas formas.

   Abram era anciano cuando vivió su experiencia vocacional. Abram había luchado durante toda su vida para tener un futuro estable. Pedro, Santiago y Juan, al igual que lo hizo Abram, lo dejaron todo, para seguir a Jesús. Abram se sometió a Dios por su propia voluntad, dado que él no conocía ninguna ley que le obligara a llevar a cabo el cumplimiento de la voluntad de Dios.

   ¿Cuál es tu posición con respecto a la fe que Dios nos pide que tengamos en Él?

   La principal meta de todo cristiano, es vivir eternamente en el Reino de Dios. Sabemos que la vida del hombre no termina con la muerte. No olvidemos que mucha gente afirma que la muerte es parte de la vida. Nosotros sabemos que Dios no le quita la vida a nadie. Dios transforma la vida de los difuntos. Dios configura el alma de sus hijos según el modo de proceder de Cristo, y transfigura a los miembros de su Reino, cumpliendo así las Profecías bíblicas.

   Cuando Jesús se transfiguró en el monte Tabor, oyó la voz de Pedro: "Señor, qué hermoso es estar aquí".

   ¿Conocemos al Señor?

   ¿Se nos ha revelado Nuestro Padre del cielo?

   ¿Le hemos dicho alguna vez a Nuestro Padre y Dios que le amamos más que a nadie?

   ¿Nos hemos sentido inundados por la gracia divina cuando hemos vivido un retiro espiritual, cuando hemos rezado, o cuando hemos echado de menos a algún familiar o amigo que vive junto a Nuestro Padre común?

   No nos sometamos a Dios cumpliendo ninguna ley. Si queremos observar el cumplimiento de la Ley de Dios, no actuemos como fanáticos temerosos de la muerte y el infierno, pues nos portaremos como hijos que se desviven por abrazar a su Padre misericordioso.

   Jesús, ¿cuándo viviremos en el Reino de Dios?

   "El Reino de Dios no está ni aquí ni allí, el Reino de Dios está entre vosotros" (LC. 17, 21).

   Feliz día del Señor.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Hemos sido creados realmente según la imagen física de Jesús y la semejanza espiritual de Dios? (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

   ¿Hemos sido creados realmente según la imagen física de Jesús y la semejanza espiritual de Dios?

   Ejercicio de lectio divina de MT. 17, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 18.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Seguimos recorriendo el itinerario Cuaresmal cuyo fin es la conmemoración de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la posterior glorificación de Nuestro Salvador. Jesús como Hombre fue glorificado, pero, para que ello sucediera, tuvo que pagar el precio de enfrentar el dolor y sucumbir durante tres días bajo el poder de la muerte. Recorramos el camino de la Cuaresma sin perder la esperanza respecto de que el dolor característico de nuestras vidas no es inútil, y de que dios nos hará encontrar las respuestas a las preguntas que nos planteamos y no podemos responder cuando menos esperemos que ello suceda.

   Vivimos en un entorno caracterizado por el ruido y las prisas. Es por eso que necesitamos buscar al Señor en una montaña muy alta, en la que podamos entrar en nuestro interior, para ver a Jesús transfigurado, con su cuerpo de vencedor de la muerte y del mal. El Señor nos ayudará a vivir este retiro de conversión, porque somos sus discípulos predilectos. Según vayamos venciendo la triple tentación de poder, riquezas y prestigio, -según aprendemos mediante la lectura de los Evangelios de los primeros Domingos de los ciclos A y C del tiempo de Cuaresma-, iremos ascendiendo al monte de la Transfiguración del Señor, donde permaneceremos en oración de contemplación, y podremos ver a Cristo Resucitado, el vencedor de la muerte y del mal.

   Porque Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4), cuando se transfiguró, su rostro brilló, y su ropa adquirió la blancura característica de su pureza. Porque Jesús es la luz del mundo, necesitamos no permanecer en las tinieblas para poder vincularnos a Él.

   Moisés, -representante del legalismo-, y Elías, -representante del profetismo-, hablaron con el Señor. Los cristianos necesitamos tener una Ley que nos caracterice, la cual no ha de ser cumplida mecánicamente, y también necesitamos mensajeros de Dios, que mantengan viva y activa la fe que profesamos.

   Pedro no quiso descender del monte de la Transfiguración, porque se sintió feliz ante Jesús transfigurado, Moisés y Elías. Él no sabía que aquella visión tenía la misión de fortalecer su fe, a fin de que la misma fuera probada hasta el extremo de que permitiera el sacrificio de su vida por Cristo y su causa redentora.

   Nuestro Santo Padre habló de Jesús desde la nube en que se manifestó. Él nos invita a creer en Jesús y a seguir al Señor por medio de la lectura de las Sagradas Escrituras y de la predicación de los evangelizadores inspirados por el Espíritu Santo.

   Los discípulos de Jesús que contemplaron la Transfiguración del Señor, cayeron a tierra después de oír la voz de Nuestro Santo Padre, porque tenían miedo de ser condenados, por causa de su condición pecadora. El miedo es un obstáculo para muchos que quieren creer en Dios, así como también lo es la indiferencia que nos hace no esforzarnos para alcanzar propósitos que requieren de nosotros grandes esfuerzos, paciencia y constancia, a fin de que no dejemos de llevar a cabo los mismos.

   Jesús no quiere que las circunstancias que erróneamente consideramos adversas si pensamos en la utilidad de las mismas nos hagan ceder bajo el efecto del miedo. El Señor está con nosotros, pero ello no nos impide enfrentar nuestros miedos. Él nos promete que nuestros éxitos y fracasos nos serán útiles, pero, para que ello suceda, necesitamos hacer cuanto esté a nuestro alcance para ser felices, y que los demás alcancen una dicha satisfactoria para ellos.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor incondicional que procedes de nuestro Santo Padre y de Jesús:

   Invádenos con tu presencia, para que podamos orar fervientemente, sin que el ruido y las prisas características de nuestras vidas, nos impidan hablar contigo. Impúlsanos al cielo partiendo de nuestro interior, para que nadie ni nada nos separe de Ti.

   Concédenos tus dones a fin de que lleguemos a ser los discípulos de Jesús en que piensas desde antes de que el Hijo de Dios y María creara el mundo.

   Queremos actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales, aunque sabemos que eso no es fácil para nosotros, pero no ignoramos que conseguiremos avanzar mucho en el cumplimiento de tan loable propósito, porque contamos con tu ayuda incondicional.

   Ilumínanos con tu luz, a fin de que las tinieblas no nos desvíen del cumplimiento de tu voluntad.

   Concédenos tu pureza, para que podamos alcanzar la santidad que anhelamos.

   Ayúdanos a cumplir tu Ley divina, una Ley que no deseamos cumplir automáticamente, sino bajo la inspiración de tu don de profecía, que siempre nos mantendrá dispuestos a cumplir tu santa voluntad.

   Te pedimos que no utilicemos tu Palabra inspirada y los dones que nos has concedido para evitar cumplir tu voluntad. No queremos ampararnos en tu poder para que nos concedas más riquezas de las que necesitamos, ni pensar que tú eres quien nos inspiras para que actuemos, para no hacer lo que esperas de nosotros, ni para despreciar a quienes no comparten nuestras creencias.

   Para quienes te amamos, la oración no ha de ser un refugio en el que evitaremos enfrentar nuestros miedos, sino la catapulta que nos impulsará a cumplir tu divina voluntad.

   Jesús será nuestro guía durante el presente recorrido cuaresmal penitencial y durante los años que vivamos, a fin de que seamos los cristianos en los que estás pensando desde antes de crear el mundo.

   Gracias por darnos la vida por medio de tu aliento vital, y por llevar a cabo la obra de santificarnos.

   2. Leemos atentamente MT. 17, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 17, 1-9.

   3-1. Los seguidores preferidos de Jesús (MT. 17, 1).

   Según San Mateo, seis días después de que el Señor instituyera el Primado de Pedro y les anunciara a sus discípulos su Pasión, muerte y Resurrección (MT. 16, 13-28), Jesús llevó consigo a una montaña alta, aquellos de sus seguidores que estaban más capacitados, para contemplarlo transfigurado. Tales seguidores del Señor, eran Pedro, -primer Papa de la Iglesia Católica-, Santiago, -el primer Apóstol mártir-, y Juan, -el cuarto Evangelista, y el Apóstol que tuvo el privilegio de contemplar la revelación de la plena instauración del Reino de dios en el mundo-. Tales discípulos de Jesús, fueron elegidos por su espiritualidad, y no porque eran más amados por el Señor que sus compañeros. Cuando la Iglesia fue fundada, no todos los creyentes e incrédulos podían asistir a la celebración completa de la Eucaristía, a no ser que los primeros tuvieran una fe bien formada. Aún en la actualidad se celebran actos cultuales que no son accesibles a todo el mundo, pero ello no sucede porque los cristianos discriminamos a quienes no comparten con nosotros una misma fe, sino porque consideramos que ha de tenerse cierta formación para comprender y vivir dichos actos.

   ¿Por qué se transfiguró Jesús en una montaña? Ello sucedió porque dicha montaña estaba alejada del ruido y las prisas mundanas, lo cual hacía que los seguidores del Señor estuvieran en un entorno propio para orar sin que su encuentro con la divinidad fuera interrumpido por ninguna causa.

   3-2. La Transfiguración del Señor (MT. 17, 2).

   Cuando Jesús y sus amigos estuvieron en la cima de la montaña, el Señor se transfiguró, por lo que apareció ante sus dos discípulos, con su cuerpo de vencedor de la muerte y el mal. El rostro de Jesús emitía un resplandor cegador, y las ropas del Señor eran blancas, porque ese color simboliza la pureza. Jesús es Dios, y por eso las tinieblas no lo han caracterizado nunca. El Señor se mostró ante sus discípulos como vencedor de la muerte y del mal, para mostrarles que también sus creyentes seremos resucitados al final de los tiempos, y no nos afectará el mal en ninguna de las formas en que ha existido siempre.

   3-3. Moisés y Elías (MT. 17, 3).

   Dios les dio a los hebreos su Ley por medio de Moisés, y Elías llevó a cabo prodigios con el poder de Dios. El legalismo y el profetismo han de ser compatibles para los cristianos, quienes hemos de orar para ser buenos seguidores de Jesús a la hora de cumplir la Ley, y prudentes para evitar el riesgo de confundir las inspiraciones del Espíritu Santo con escenificaciones causadas por nuestra imaginación o el interés de engañar a los incautos. Profetas no sólo son quienes predicen el futuro, pues también lo son quienes cumplen la voluntad de Dios de manera que pasan desapercibidamente ante quienes sin duda alguna vibrarían ante la visión de prodigios espectaculares.

   3-4. El deseo de Pedro (MT. 17, 4).

   El hecho de que Pedro quisiera construir tres tiendas para Moisés, Elías y Jesús, significaba que llegó el tiempo del Mesías. Recordemos que los judíos celebraban la fiesta de las tiendas, las cuales significaban que Dios moraba entre su pueblo, en recuerdo de la vivencia de sus antepasados en el desierto, que se prolongó durante cuatro décadas.

   Pedro consideraba que Jesús era su jefe, y, como buen judío, era consciente de la grandeza de Moisés y de Elías. Pedro quería prolongar aquel momento representativo de la Resurrección de Jesús, pero no era la hora de estancarse ante la visión que contempló, pues se requería de él que actuara como creyente comprometido con el crecimiento espiritual propio y ajeno, la práctica de cuanto aprendió de Jesús, y su disposición a ser alma de oración.

   Tal como les sucedió a los tres amigos de Jesús, necesitamos experiencias de Tabor, para comprobar la fortaleza de nuestra fe. Para que ello suceda, evitemos la tentación de ver la espiritualidad como un refugio, y considerémosla como el desafío que necesitamos, para poder completar nuestra formación humana y cristiana.

   ¡Qué bien se está aquí! -pensó Pedro cuando contempló a Jesús transfigurado, a Moisés y a Elías-. También nosotros podemos sentirnos muy bien cuando oramos, y cuando encontramos en la biblia -o en algún otro libro de espiritualidad- algún texto que nos anima a sentirnos amados por Dios. Esas palabras las utilizan para estancarse en su situación de sufrimiento quienes no quieren enfrentar sus miedos para superarse, y quienes reducen su profesión de fe al ejercicio de ciertas prácticas religiosas, y sólo quieren estar entre quienes comparten sus pensamientos, y muchos de ellos consideran impuros a quienes no piensan igual que ellos.

   También se encuentran muy cómodos quienes profesan su fe limitándose a asistir a celebraciones cultuales y encuentros de oración, y evitan informarse de lo que sucede a su alrededor y en el mundo, porque no quieren comprometerse con ninguna causa justa. Piensan que Dios es quien tiene que solucionar todos los problemas del mundo, y que Nuestro Padre común sólo requiere de ellos que sigan acomodados en su situación de ignorantes de los problemas del mundo y de lo que pueden hacer -que no es poco por cierto- para contribuir a extinguir el sufrimiento de la humanidad.

   También están muy cómodos quienes no manifiestan su opinión para evitar ser criticados amparándose en la excusa de que se esfuerzan para llevarse bien con todo el mundo, quienes se resignan ante una realidad que saben perfectamente que es injusta, y no quieren hacer nada para cambiarla, porque le tienen demasiado miedo al fracaso, y al hecho de que su imagen social se desvalorice ante aquellos a quienes les rinden culto, porque valoran más el poder, las riquezas y el prestigio, que la imitación de Jesús.

   Contemplar a Jesús transfigurado en el Tabor, consiste en vivir una vida de fe plena, en contacto con Dios y sus hijos los hombres. ¡Qué bien se está aquí! -podemos decirle a Jesús en nuestros ratos de Tabor-, pero no menos bien podemos sentirnos acompañando a quienes se sienten solos, y sirviendo al Señor en sus demás hermanos, carentes de dones espirituales y materiales.

   3-5. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 17, 5).

   Así como Yahveh se mostró en el desierto ante su pueblo en una nube durante los días y en una columna de fuego durante las noches (ÉX. , 13, 21), Nuestro Santo Padre se manifestó en el episodio de la Transfiguración de Jesús en una nube. Jesús es el Hijo amado de Nuestro Padre celestial, a quien debemos escuchar, si queremos ser los cristianos, en que dios pensó desde la eternidad. Escuchemos a Jesús, y practiquemos todo lo que nos enseña con sus palabras y obras.

   3-6. El miedo de los discípulos de Jesús (MT. 17, 6).

   La creencia de que la justicia de Yahveh habría de ejecutarse automáticamente en la presencia de los pecadores, porque Dios es infinitamente puro y Santo, hizo que los discípulos de Jesús se cayeran, por causa del miedo que los invadió. También a muchos cristianos se nos ha hecho mucho hincapié en que la justicia divina ha de ejecutarse irremediablemente contra los pecadores, hasta el punto de que no se nos ha hablado suficientemente de la grandeza del amor de dios. El miedo a ser condenados, hace que muchos de nuestros hermanos en la fe no gocen de cómo Dios los ama infinitamente, porque se creen indignos de ser amados por la suma divinidad, lo cual los induce a creer que no hay pecado alguno que Dios pueda perdonarles, por causa de la maldad que los caracteriza.

   3-7. Levantaos, no tengáis miedo (MT. 7, 7).

   Jesús instó a sus amigos a que no se dejaran vencer por el miedo, tal como lo hace con nosotros cuando no sabemos cómo vamos a resolver nuestros problemas, y cuando tenemos que enfrentar situaciones que consideramos que son muy difíciles. Necesitamos tener miedo para no correr riesgos innecesarios, pero también necesitamos gestionar el miedo para no perder la fe que hemos recibido del Espíritu Santo.

   3-8. La petición que Jesús les hizo a sus discípulos (MT. 17, 8-9).

   Cuando los amigos de Jesús se levantaron, Moisés y Elías habían desaparecido de su vista. Jesús les mandó que no le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él no resucitara de entre los muertos. Jesús no quería ser contemplado desde el punto de vista del sensacionalismo, y sus amigos necesitaban meditar mucho lo que había sucedido, con el fin de poder asimilarlo. Sólo después de que Jesús venciera la muerte, sus amigos comprenderían que habían tenido el privilegio de ser los primeros en contemplar al Salvador de la humanidad resucitado y por tanto como vencedor del mal y de la muerte.

   3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos     en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 17, 1-9 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué sucedió seis días antes de que Jesús se transfigurara en el monte Tabor?
   2. ¿Por qué no llevó Jesús a todos sus discípulos al monte en que se transfiguró?
   3. ¿Recuerdas los nombres de los discípulos del Señor a quienes Jesús les permitió verlo transfigurado?
   4. ¿Por qué se transfiguró Jesús en una montaña donde sólo pudieron verlo algunos de sus discípulos, y no lo hizo ante una gran multitud?
   5. ¿Por qué eligió Jesús a Pedro, Juan y Santiago para que lo acompañaran al monte de la Transfiguración?
   6. ¿Cuáles son las ventajas y los inconvenientes de que todas las celebraciones de culto no sean accesibles a todos los creyentes y no creyentes?

   3-2.

   7. ¿Qué significado tiene el resplandor fulgurante del rostro de Jesús transfigurado?
   8. ¿Qué indicó la blancura de las ropas del Señor transfigurado?
   9. ¿Por qué Jesús no pecó nunca?
   10. ¿Por qué se mostró Jesús ante sus discípulos como vencedor de la muerte y del mal?

   3-3.

   11. ¿Quién fue Moisés?
   12. ¿Qué hizo Moisés por su pueblo?
   13. ¿Quién fue Elías?
   14. ¿Qué obra llevó a cabo Elías?
   15. ¿Por qué aparecen Moisés y Elías en el texto evangélico que estamos considerando?
   16. ¿Por qué son importantes para los cristianos el legalismo y el profetismo?
   17. ¿Por qué hemos de orar los cristianos?
   18. ¿Cuáles son las misiones de los profetas?

   3-4.

   19. ¿Cuál es el significado de las tres tiendas que Pedro quiso construir?
   20. ¿Qué significaban las tiendas con que los judíos recordaban la estancia de sus antepasados en el desierto?
   21. ¿Por qué consideraba Pedro que Moisés y Elías eran más importantes que Jesús?
   22. ¿Por qué quería Pedro prolongar el mayor tiempo posible la visión que tuvo el privilegio de contemplar?
   23. ¿Cómo quería Jesús que actuara Pedro a partir de la contemplación del Mesías transfigurado?
   24. ¿Para qué necesitamos las experiencias de Tabor?
   25. ¿Qué necesitamos hacer para que las experiencias de Tabor nos sirvan para probar la calidad de la fe que tenemos en Dios?
   26. ¿Nos servimos de la religión para ser mejores personas cristianas, o la usamos como refugio que nos invita a olvidar nuestros problemas durante cortos espacios de tiempo?
   27. ¿Utilizamos las experiencias de Tabor para equilibrar nuestra formación, nuestras acciones y nuestras oraciones, o nos amparamos en una de las mismas para olvidar las otras dos?
   28. ¿En qué consiste la contemplación de Jesús transfigurado por parte de sus verdaderos Apóstoles y discípulos?

   3-5.

   29. ¿Por qué se manifestó Nuestro Santo Padre en una nube?
   30. ¿Quién es Jesús, y qué espera Nuestro Santo Padre que hagamos respecto de su Enviado?

   3-6.

   31. ¿Por qué cayeron los discípulos de Jesús a tierra vencidos por un miedo atroz?
   32. ¿Debemos tenerle miedo a la justicia divina?
   33. ¿Por qué el miedo a la condenación hace que muchos cristianos piensen que es imposible que Dios perdone sus pecados?

   3-7.

   34. ¿Por qué necesitamos tener miedo?
   35. ¿Por qué nos insta Jesús a que aprendamos a gestionar adecuadamente nuestros miedos?

   3-8.

   36. ¿Por qué les dijo Jesús a sus amigos que no le dijeran a nadie lo que había sucedido hasta que Él resucitara de entre los muertos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos la primera Carta de San Pedro, quien nos enseña a mantener viva la fe en tiempos marcados por grandes dificultades, y oremos por los cristianos perseguidos por causa de su fe.

   6. Contemplación.

   Acompañemos a Jesús a un monte alto en que nadie ni nada pueda impedirnos ver al Señor transfigurado. Sabemos que se espera de nosotros que nos formemos en el conocimiento de la voluntad de dios y que lo sirvamos en nuestros prójimos los hombres, pero, porque somos conscientes de la importancia de la oración respecto de nuestra profesión de fe, acompañemos a Jesús a un monte alto, para que nadie ni nada nos impida orar fervientemente.

   Cuando Jesús se transfiguró, su rostro resplandeció porque Él es la luz del mundo (JN. 9, 4), y sus ropas aparecieron totalmente blancas, indicando la pureza del Mesías. Pensemos cómo podemos reconocer a Nuestro Redentor en la actualidad en nuestras vidas, en la Iglesia de que somos miembros y en el mundo.

   Moisés y Elías conversaron con Jesús en el Tabor. Escuchemos a los grandes predicadores y leamos sus libros, con el fin de que Dios nos ayude a fortalecer la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, por medio de dichos autores inspirados.

   Oremos para que nuestro tiempo de oración nos disponga a vivir como buenos discípulos de Jesús, y no lo utilicemos para impedir seguir formándonos espiritualmente y para evitar hacer el bien. Equilibremos la formación, la acción y la oración, los tres pilares sobre los que se fundamenta la profesión de la fe cristiana.

   Jesús es el Hijo amado de Dios en quien se complace Nuestro Padre común, y a quien espera que lo escuchemos y obedezcamos. ¿Cumpliremos la voluntad divina a este respecto?

   Los discípulos de Jesús cayeron a tierra por causa del miedo que los invadió respecto de que los exterminara la justicia divina, y nosotros podemos evitar profesar nuestra fe, por miedo a que no se nos comprenda en nuestro entorno social. Jesús nos invita a superar los miedos que nos impiden cumplir la voluntad de Dios, porque Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos (MT. 28, 20).

   Así como Jesús no quiso que sus discípulos le hablaran a nadie de su Transfiguración hasta que la comprendieran, formémonos adecuadamente para predicar el Evangelio, para que nuestra falta de instrucción espiritual no coarte la fe de quienes puedan hacerse creyentes por nuestro medio.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de dios, expuesta en MT. 17, 1-9.

   Comprometámonos a iniciarnos en la oración si no tenemos la costumbre de orar, o a aumentar el tiempo en que hablamos con Dios y sus Santos, si tenemos tan loable hábíto.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Llévame contigo donde pueda verte, tocarte y abrazarte, y donde la unión con mis prójimos los hombres, me vincule a Ti, para que jamás volvamos a separarnos. Amén.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 5, pensando en el bien que nos ha hecho el Dios que nos ama, el cual desea que todos le aceptemos, le amemos y le adoremos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com