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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.

   Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.

   Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.

   A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.

   Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?

   El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?

   Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.

   Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.

   En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.

   Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.

    Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).

   El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).

   El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite  un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).

   Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).

   Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.

   ¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?

   ¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?

   A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).

   Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.

   Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.

   Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).

   Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.

   También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.

   Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7)  nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. En la meditación del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, reflexionamos sobre nuestro comportamiento en nuestro ámbito familiar y social. Para ejemplificar la necesidad que tenemos de vivir en un entorno comunitario cordial, la Iglesia, en esta ocasión, nos insta a comparar nuestra relación con los miembros de nuestra comunidad, la relación que mantenemos con Nuestro Padre celestial y la relación que mantenemos con nuestro cónyuge, así pues, San Pablo nos dice en su Carta a los cristianos de Éfeso: (EF. 5, 31-32).

   2. El noviazgo es el tiempo durante el cual dos personas que se aman se vinculan con el propósito de formarse espiritualmente para recibir el Sacramento del Matrimonio. La duración de este periodo debe ser definida por los futuros contrayentes del Sacramento, ya que sólo estos pueden decidir libremente, es decir, sin ser coaccionados, en qué momento están preparados para unir sus vidas definitivamente.

   Los novios, más que estudiarse, tienen la misión de aprender a confrontar sus  defectos con las carencias de sus seres amados, de igual forma que han de aprender a valorar las virtudes de sus seres queridos.

   La Iglesia, a través de un cursillo prematrimonial muy completo, dispone a sus fieles para constituir familias cristianas. Cada día conozco a más jóvenes que afirman que los cursillos prematrimoniales no sirven para nada. Esto sucede porque no están interesados en ser cónyuges y padres ejemplares, pues sólo piensan en casarse rápidamente para celebrar una gran fiesta e irse de viaje durante unos días, y pocos son los predicadores que captan las necesidades de sus oyentes para intentar ayudarles a solventarlas.

   3. Una de las razones por las cuales el mensaje evangélico es ignorado consiste en que la Iglesia no permite que sus feligreses mantengan relaciones sexuales hasta que contraigan el Sacramento del Matrimonio, de igual forma que no permite que los católicos utilicen métodos anticonceptivos para prevenir situaciones trágicas. Mientras que la Iglesia nos insta a quienes estamos casados a recibir los hijos que Dios nos mande, cada día somos más los que consideramos que no queremos tener hijos que vivan circunstancias adversas. El único método anticonceptivo que se puede usar según la Iglesia es el método Villins, una forma que no es fiable de controlar el ciclo menstrual de las mujeres, que, por cierto, es muy variable. Con respecto al hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Matrimonio, pienso que el contacto físico aviva el amor de solteros y casados, y que el sexo sin amor no tiene sentido, aunque la Iglesia prohíbe estas relaciones antes de que los novios se casen, porque es muy grande el peligro que corren de vivir situaciones embarazosas e innecesarias.

   4. La Iglesia nos enseña que el Matrimonio es un contrato religioso-cívico mediante el cual un hombre y una mujer se comprometen entre sí para constituir una familia cristiana. Considerando esta definición del Sacramento, la Iglesia comprende que las relaciones homosexuales son pecaminosas por cuanto no tienden a la procreación, de igual forma que desea evitar estos contactos por si los homosexuales adoptan niños que puedan imitar la postura de sus padres adoptivos. Personalmente pienso que no todas las relaciones matrimoniales tienen como fin la paternidad, y que si Dios no ha erradicado la homosexualidad, es porque Él sabe lo que hace, y que para los niños que son muy pobres vale más tener dos padres o dos madres, que perecer ante la indiferencia de su entorno social. La Biblia también prohíbe las relaciones homosexuales, pero nuestro sentido común nos obliga a ver esas relaciones como actos normales que acaecen en nuestro entorno social.

   5. Siempre se nos ha dicho que el fin del Matrimonio es la paternidad y la convivencia en un entorno armónico. Creo que esta sociedad moderna en la que tanto hombres como mujeres trabajamos, nos obliga a modificar esta creencia, por cuanto todos no podemos tener hijos. Unos no podemos ser padres porque trabajamos mucho y no estamos posibilitados para reducir nuestras jornadas laborales, no precisamente por causa de nuestra ambición, y otros no desean tener hijos por no complicarse la vida, pero, en tales casos, démosle tiempo al tiempo, y Dios nos ayudará a ser más maduros y a elegir lo que más fructífero sea para nosotros.

   6. No podéis imaginaros la gran cantidad de cartas que recibo de personas que se hacen pasar por creyentes acérrimos para que les explique lo que deben hacer para conseguir la ruptura de su matrimonio a través de los tribunales eclesiásticos. El divorcio se ha puesto de moda, dado que más que atender a un capricho, la ruptura matrimonial es la consecuencia directa de rechazar la formación que la Iglesia pone a disposición de quienes desean constituirse en familias cristianas. Existen 28 razones por las cuales la Iglesia permite que los cónyuges se separen. Los interesados en acabar con sus relaciones conyugales deben dirigirse al tribunal eclesiástico de su Diócesis y cumplimentar un formulario sencillo en el cual han de explicar su noviazgo, la celebración del Sacramento del Matrimonio, y su experiencia matrimonial. De la respuesta a esas preguntas depende en parte la concesión de la ruptura del matrimonio por parte de la Iglesia.

   7. A modo anecdótico, vamos a concluir esta meditación recordando un pasaje del Evangelio de San Mateo. Todos sabéis que en los días de Jesús, los judíos consideraban que las mujeres sólo eran meros objetos personales que estaban a disposición de los hombres. Nos dice el Evangelista: (MT. 19, 3-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo... (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Reportaje.

   La doctrina matrimonial de la Iglesia. Castidad, homosexualidad, noviazgo...

   Meditación del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios.

   (1 COR. 7, 1). En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Éfeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven sin tener familias propias, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.

   (1 COR. 7, 2). A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.

   (1 COR. 7, 3). Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos temporalmente. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores: (1 COR. 7, 4).

   Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.

   ¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden? (1 COR. 7, 5-6).

   Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.

   Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.

   (1 COR. 7, 7-9). De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas (CIC. n. 2351-2356. 1 COR. 6, 15-20. DT. 22, 23-29. CIC. n. 2387-2391. 2358-2359. ROM. 1, 26-29. 1 COR. 6, 9-10. 1 TIM. 1, 8-11. CIC. n. 2357).

   (1 COR. 7, 10-17). Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos: (MT. 5, 28-32).

   (1 COR. 7, 18-24). San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos (CIC. n. 2337. TT. 2, 1-8. CIC. n. 2342-2344;  2350).

   En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.

   La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.

   San Pablo escribió respecto de los solteros y célibes: (1 COR. 7, 25-40).

   San Pablo escribió con respecto a las viudas: (1 TIM. 5, 3-16). Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar correctamente a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.

   Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.

   Obligaciones de los cónyuges.

   (CIC. n. 1644. 1 TIM. 2, 8-15). Tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral (1 PE. 3, 1-7. EF. 5, 21-33).

   Es conveniente que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación, que objetos de amor y respeto.

   Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.

   (EF. 6, 1-4. CIC. n. 2221-2231;2214-2220).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El matrimonio cristiano. (Meditación del Evangelio del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   3. El matrimonio cristiano.

   Meditación de MC. 10, 2-12.

   (MC. 10, 2). ¿Por qué le tendieron los fariseos una nueva trampa a Jesús, al inducir al Señor a que expusiera su opinión con respecto a la práctica del divorcio? Si Jesús respondía la pregunta que le fue planteada dándoles la razón a los fariseos, los mismos se negarían a creer en Él, porque, quienes les tienden trampas a sus enemigos, por mera precaución, no confían en los mismos, ni aunque les demuestren, miles de veces, que están a su favor.

   Si Jesús hablaba en contra del divorcio, la inmensa mayoría de sus oyentes no estarían de acuerdo con sus palabras, porque las mujeres no eran para los judíos nada más que algo superiores a los esclavos, si bien, en la práctica, tenían la misma dignidad de los tales. Jesús tendría muchos seguidores, pero, de entre ellos, pocos serían los que quisieran concederles a sus mujeres el privilegio de tomar decisiones concernientes a su vida y su matrimonio, porque les convenía que fueran sumisas como esclavas, tal como habían sido siempre.

   Por otra parte, si Jesús se manifestaba en contra del divorcio y del adulterio ante grandes multitudes, este hecho llegaría a ser conocido por Herodes, quien no podría menos que enfadarse terriblemente, hasta quizás llegar a atentar contra la vida del nuevo Profeta, tal como no tuvo reparo alguno en cortarle la cabeza a San Juan el Bautista, por haber denunciado, públicamente, la relación de adulterio que mantenía Herodes con la esposa de su hermano Filipo de Cesarea, con quien vivía ilegalmente, según las disposiciones de la Ley de Moisés, y de Israel.

   Los fariseos consideraban que el matrimonio era un asunto legal, pues a ellos les gustaba medir todos sus actos por medio del cumplimiento de normas, las cuales determinaban la dignidad que tenían, de ser considerados amigos de Dios.

   Según Jesús, los fines del matrimonio, no están relacionados con fines egoístas humanos. Si quienes estamos casados no amamos a nuestros cónyuges sinceramente, no nos servimos con amor, y nos negamos a criar a nuestros descendientes, por mucho que recemos el Rosario, e independientemente del número de genuflexiones que hagamos, no somos más, que meros hipócritas.

   Dado que los fariseos se casaban por conveniencia, les tenía sin cuidado, lo que Dios quería que fueran sus relaciones conyugales. Oremos para que ningún cristiano se case pensando en celebrar una bella ceremonia, en celebrar un banquete inolvidable, y en vivir una luna de miel maravillosa, para que, cuando se incorpore a sus actividades ordinarias, viva como un digno hijo de Dios, y no olvide llevar a cabo la vocación que recibió de Nuestro Padre común, la cual le instó a contraer matrimonio.

   Pocos meses después de que concluyeran los más de cuatro siglos que se prolongó la esclavitud de los hebreos en Egipto, los miembros del pueblo de Yahveh, no estaban en condiciones de concederles a las mujeres derechos idénticos a los que tenían los hombres. Dios nunca fue partidario del divorcio, ni lo será jamás, pero, en la ocasión que estamos considerando, Moisés lo permitió, para impedir injusticias muy graves, tales como maltrato de mujeres.

   Ante los fariseos que se jactaban de tener la posibilidad de divorciarse porque su Ley los autorizaba a ello, Jesús predicó la indisolubilidad matrimonial, porque, por muchos y grandes que sean los problemas que podemos tener quienes estamos casados, si hombres y mujeres nos disponemos a sanar odios y rencores, y nos proponemos salvar nuestras relaciones si vemos que se deterioran, o mejorar la calidad de las mismas si creemos que ello es posible, obtendremos resultados tan inesperados como increíblemente provechosos.

   Yo me casé hace nueve años y 4 meses, y no lo hice con la seguridad de que si mi relación no me salía bien podía divorciarme de mi mujer, sino con la seguridad de que ello no sucedería. Gracias al cursillo prematrimonial que hicimos, mediante el que terminamos dotados de armas psicológicas para evitar discusiones, y otros problemas existentes que, si no son eliminados a tiempo, actúan sobre nuestras relaciones matrimoniales, como la polilla sobre la madera, mi mujer y yo, seguimos viviendo una relación maravillosa. Muchos me dijeron que el cursillo prematrimonial es un pretexto absurdo para perder el tiempo cuando hay muchos preparativos que hacer para la boda, pero, hermanos y amigos, ¿Es más urgente la celebración material de un  enlace matrimonial, o el fortalecimiento espiritual, que capacita para resolver problemas, y no perder la fe ni el ánimo en los inevitables días de la adversidad?

   Dado que las mujeres carecían de valor personal, los enlaces matrimoniales y los divorcios, eran considerados como transacciones comerciales. Frente a tan ruin práctica, Jesús predicó sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que, los matrimonios que no pueden sostenerse, no terminen en divorcio. Pidámosle a Dios que surjan en la Iglesia consejeros matrimoniales religiosos y laicos sabios, que ayuden a salvar las relaciones de quienes creen que, lo mejor que pueden hacer, es distanciarse.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   2. Dios desea que quienes estamos casados vivamos armónicamente.

   Meditación de GN. 2, 18-24.

   Existen dos tipos de contradicciones en los textos bíblicos. Las primeras disparidades se justifican porque no afectan al campo dogmático-doctrinal, y porque los textos bíblicos están encaminados a enriquecernos en el citado campo, pues sus autores no les concedieron importancia a aspectos triviales, los cuales, en la actualidad, para mucha gente son más importantes, que la espiritualidad. Veamos un ejemplo de ello, entresacado de dos relatos diferentes de la Resurrección de Jesús: (MC. 16, 8. MT. 28, 8). ¿Cómo se explica la discrepancia que estamos considerando? Debemos tener en cuenta que los Evangelios, al mismo tiempo que son relatos de la vida, la obra, la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, también son narraciones de cómo las primeras comunidades cristianas vivían su fe en Nuestro Salvador. San Marcos escribió su Evangelio para cristianos de la segunda generación supervivientes de la persecución de Nerón, entre quienes había grandes ejemplos de fe, y gente decepcionada de un Salvador que parecía mostrarse indolente ante sus sufrimientos, que no estaba relacionada con la doctrina de la Resurrección de Nuestro Redentor, como podían estarlo los lectores de San Mateo, porque los tales eran judíos, conocían  el Antiguo Testamento, y, al hacerse cristianos, adoptaron la interpretación de los antiguos textos de los que se deduce que el Mesías debía morir y resucitar, aceptando la predicación de Jesús, sus Apóstoles y diáconos. De aquí se deduce el hecho de que según San Marcos las citadas mujeres no quisieran anunciarles a los discípulos del Señor que el Mesías había resucitado para que los tales no creyeran que habían perdido la cordura, y de que, según San Mateo, ellas no tuvieran inconveniente alguno en aceptar la Resurrección de Jesús, pues comprobaron, por sí mismas, que dichas profecías se habían cumplido, al recibir el anuncio de la Resurrección del Señor, y al poder ver al Mesías (MT. 28, 8-9).

   ¿Cómo podemos pensar que los textos bíblicos que estamos considerando son útiles para el crecimiento de la fe que nos caracteriza, y que sus discrepancias no coartan la misma, haciéndonos verlos como incoherentes? Los mismos discípulos de Jesús que llegaron a ser sus Apóstoles, tuvieron dudas con respecto a la Resurrección del Señor. Si las citadas mujeres llegaron a dudar de tal hecho, también lo hacemos nosotros, cuando se nos debilita la fe. Dado que vinculando todos los relatos evangélicos de la Resurrección del Señor de los cuatro Evangelios (MT. 28. MC. 16. LC. 24. JN. caps. 20-21), averiguamos que muchos creyentes aceptaron la Resurrección del Señor, nos percatamos de que, ambas discrepancias, nos aportan enseñanzas útiles.

   Las segundas disparidades bíblicas afectan al campo dogmático-doctrinal, y, dado que la Biblia al contener la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma, -pues o se aclaran dichas discrepancias, o tenemos que llegar a la conclusión de que la Biblia no contiene la Palabra de Dios, sino la Palabra de los hombres, lo cual nos lleva a la conclusión de que, la fe que profesamos, es efímera-, se hace necesario aclarar dichas supuestas contradicciones.

   (GN. 1, 27; 5, 1-2). Según los citados textos, los hombres y las mujeres, tienen la misma dignidad ante Dios, lo cual nos da pistas para comprender la importancia del matrimonio. A la luz de dichos textos, cuando en la Biblia se nos habla de la creación del hombre, también entendemos que se nos habla de la creación de la mujer. La mujer fue creada a partir de una costilla del hombre, y es la madre de la vida, lo cual nos hace reflexionar sobre los roles que debemos asumir en nuestras relaciones matrimoniales quienes estamos casados. GN. 1, 27, GN. 5, 1-2, y GN. 2, 7, no pueden estar desconectados entre sí, para que la Biblia, al no ser objeto de una disparidad dogmático-doctrinal que no se puede aclarar, no deje de contener la Palabra de Dios.

   (GN. 2, 7). Según el Génesis, la mujer procede del hombre, y la humanidad procede de Eva, la primera mujer que fue creada por Dios. La sumisión no significa humillación, sino servicio. Quienes estamos casados tenemos que asumir nuestros roles, amándonos, respetándonos y sirviéndonos, con el fin de que nuestras relaciones no se extingan.

   La dependencia de la mujer del hombre y del hombre de la mujer, significa que Dios quiere que quienes estamos casados no pensemos en nosotros en singular, sino en plural, cuando ello sea factible. Hombres y mujeres hemos sido llamados a tener una misma forma de sentir y actuar, lo cual naturalmente no siempre es fácil de conseguir, pero no por ello dejaremos de intentarlo, si verdaderamente amamos a la persona que comparte su vida con nosotros. Si la mujer es parte del hombre, ello significa que el hombre también es parte de la mujer, y que las relaciones que mantenemos quienes estamos casados con nuestros cónyuges, deben estar basadas en el amor, y no en la explotación del más débil, por parte de quien tenga el carácter más fuerte.

   En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos con respecto a los fines del matrimonio:

   "Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.
    Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad" (CIC. n. 2363).

   El principal fin del matrimonio, -más allá del servicio recíproco de los cónyuges, y de la crianza y educación de los hijos-, es la realización de la vocación de servicio a Dios. Tal como los religiosos se consagran a Dios, quienes estamos casados podemos servir a nuestros cónyuges e hijos, como si de Dios se tratara.

   Si no consideramos las carencias de nuestros cónyuges e hijos como si fueran nuestras, ¿cómo podremos renunciar al egoísmo característico de muchos, para servirlos desinteresadamente?

   Veamos algunas características del matrimonio, que se deducen, a partir de los siguientes textos bíblicos.

   -Entreguémonos plenamente a nuestros cónyuges, pues ello beneficiará las relaciones que mantenemos con ellos (GN. 24, 58-60. FLP. 2, 1-5).

   -Enamoremos a quienes comparten su vida con nosotros, como si cada día fuera la primera ocasión en que nos declaramos el amor que sentimos. Que no se convierta en rutina vacía nuestra convivencia matrimonial, para que nunca muera el amor (CT. 4, 7-11).

   -Dios nos incita a ser fieles (MAL. 2, 15-16. PR. 5, 18-20).

   -El matrimonio debe basarse en el servicio, la ayuda y la confianza mutuas de los cónyuges, porque Dios desea que sea indisoluble (MT. 19, 6).

   -El matrimonio no debe basarse exclusivamente en la fuerza con que experimentamos sentimientos, sino en los principios sobre los que se fundamenta el amor de los cónyuges.

   -El matrimonio debe ser puro, estable, bueno y honorable, y debe aportarles amor, confianza, y seguridad a los cónyuges (HEB. 13, 4).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a quienes estamos casados a desarrollar la vocación que de Él hemos recibido, para que siempre haya constancia en el mundo, de que, el matrimonio cristiano, no es una utopía, sino una realidad que siempre que los cónyuges tengan fe en Dios y no dejen de amarse, podrá realizarse plenamente.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.

   Hermanos:

   ¿A qué Dios servimos?

   ¿Es nuestro dios el dinero?

   ¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?

   Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).

   2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.

   San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).

   El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.

   3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Meditación.

   San José de Nazaret.

   Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.

   (LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.

   (LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).

   Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.

   Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.

   José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.

   Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).

   Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.

   En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.

   (MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.

   José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!

   En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.

   A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.

   Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).

   -De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.

   -De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar,  matar y perderlo todo por todo.

   Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.

   -Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María (19 de marzo).

   El amor que San José sintió por María, su esposa, ha de ayudarnos a quienes estamos casados, a mantener nuestras relaciones.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Lectura introductoria: SAL. 89, 36-38.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Es una bendición para nosotros celebrar la solemnidad de San José en el tiempo de Cuaresma, pues, el padre adoptivo de Jesús, aparece ante nosotros, como un gran ejemplo de fidelidad a Dios, cuya conducta estamos llamados a imitar. Quizás nos sucede que la Cuaresma solo se reduce para nosotros a la práctica del ayuno, la abstinencia, algunos otros sacrificios, y, en algunos casos, a la vivencia de ciertas mortificaciones. El amor que San José les manifestó a Jesús y a Nuestra Santa Madre, nos recuerda cómo tenemos la posibilidad de aprovechar las enseñanzas que se desprenden de las lecturas bíblicas de las Misas del tiempo de Cuaresma, para que las apliquemos, a nuestra vida ordinaria.

   Nuestro Santo pudo sentirse engañado y traicionado por su prometida, cuando supo que, su futura esposa, estaba embarazada, y que, el Hijo de María, no era fruto del amor que ambos se profesaban. Si al finalizar de leer y rezar el presente trabajo, aprendemos a no actuar impulsados por el odio a aquellos de quienes creemos -o estamos seguros- de que nos han hecho daño, habremos dado un gran paso en el terreno de nuestra conversión.

   Cuando San José supo que María estaba embarazada, pudo denunciarla para que fuera lapidada, y, en lugar de rechazarla, la envió a casa de los padres de San Juan Bautista, con tal de romper con su prometida secretamente, para que no fuera asesinada. Antes de tener la certeza de que el fruto del vientre de María procedía de Dios, José actuó impulsado por su amor a María, negándose a denunciarla, para que no fuera asesinada. Oremos para que tal experiencia de San José nos sea útil, para que no marginemos a nadie, por no compartir nuestras creencias, ni por no pertenecer, a nuestro status social.

   San José es el Patrón de la Iglesia Católica, de la buena muerte, y de los seminaristas. Pidámosle a San José que interceda ante Nuestro Padre celestial, no solo por la Iglesia, sino por toda la humanidad.

   Oremos para que los padres cristianos vean en San José un modelo a seguir, y para que no tengan dificultades que les impidan criar y educar a sus hijos.

   Oremos:

   José tenía trabajo, y un gran deseo de formar una familia. Es por ello que decidió casarse con María.

   ¿Qué razones tenemos para sentirnos felices y esforzarnos para seguir progresando en el campo espiritual y al nivel material?

   La vida gira inesperadamente y necesitamos reaccionar adecuadamente a las circunstancias que nos ocurren. José se encontró con que su prometida estaba embarazada, y él estaba seguro de que, el Hijo de María, no era suyo.

   ¿Qué personas -o situaciones- atentan contra nuestra felicidad?

   Aunque muchos serían los que le aconsejaron a José que no se casara con su prometida, creyendo que María había cometido adulterio contra su futuro marido, José obvió el precepto legal según el cual hubiera podido denunciarla para que fuera lapidada (LV. 20, 10), y decidió seguirla amando. He aquí un caso de cómo el amor prima sobre la justicia.

   ¿Somos capaces de superar los rencores que pueden enturbiarnos la felicidad?

   Aunque Jesús no fue hijo natural de José, el Patrón de la Iglesia Universal, se convirtió en modelo de padre. José crió y educó a Jesús, e incluso se hizo emigrante, para proteger la vida, de Aquel a quien llegó a amar, como si hubiera sido, su propio descendiente. José sabía que, aquel que comparte su pan con un niño, lo cría, lo educa, y comparte sus juegos, puede tenerlo por hijo.

   2. Leemos atentamente MT. 1, 16. 18-21. 24, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 1, 16. 18-21. 24.

   3-1. Si San José no fue padre carnal de Jesús, ¿por qué se nos informa en la Biblia de que el Señor fue descendiente de dicho Santo? (MT. 1, 16).

   San Mateo, por medio de su genealogía de Jesús (MT. 1, 1-17), nos da a conocer, el linaje real y legal, de Jesús. Dicho linaje, va desde Abraham hasta José, para demostrar que, el Mesías, es ascendiente, de los Patriarcas de Israel. Dado que Jesús no es Hijo carnal de José, el primer Evangelista, nos dice que dicho Santo es esposo de María, pero no llega a afirmar, que es padre de Jesús, porque, Nuestro Salvador, es Hijo de Dios.

   En el tiempo que vivió Jesús, las mujeres no tenían la misma independencia que los hombres. Aunque José era descendiente del Rey David, si José no lo hubiera aceptado como Hijo carnal, el Señor hubiera carecido de linaje legalmente. Jesús es hijo de José a nivel legal.

   3-2. La grandeza del amor de San José (MT. 1, 18).

   Imaginemos que nos sentimos engañados y traicionados por quienes más amamos. ¿Cómo reaccionaríamos ante tales situaciones?

   San Mateo nos dice que José y María eran novios (estaban desposados), y que María se encontró encinta, por obra del Espíritu Santo.

   ¿Cómo podría José creer que su prometida no le había sido infiel, o que alguien la había forzado a mantener relaciones sexuales? José podría haber denunciado a su prometida para que hubiera sido apedreada por su supuesta infidelidad, pero prefirió enviarla a casa de los padres de San Juan Bautista, para terminar su relación con ella, y evitarle la muerte. Quizás todos conocemos casos de desconfianza y rencor en que quienes tienen tales sentimientos les hacen todo el daño que pueden imaginar a quienes les han hecho sufrir o piensan que les han herido, pero José no era así, y por ello se convirtió en un buen ejemplo para ser imitado por nosotros en el tiempo de Cuaresma, ya que, en las semanas previas a la Semana Santa, se nos insta a hacer un gran esfuerzo, para mejorar nuestra personalidad.

   3-3. ¿Cómo eran las bodas de los judíos?

   Los hombres que querían casarse en el tiempo de Jesús, debían dar los tres siguientes pasos:

   1. Después de encontrar a las mujeres con quienes se querían casar, debían propiciar un encuentro entre las dos familias, para que aceptaran las uniones. En tales encuentros, se fijaban las fechas de los anuncios públicos de los desposorios, conocidos actualmente, como noviazgos.

   2. Cuando se daban a conocer públicamente los desposorios, las parejas podían vivir juntas, e incluso mantener relaciones sexuales. Este dato dificulta la creencia en la virginidad de María, y da pie a que mucha gente crea, que Jesús fue hijo carnal de José. Los noviazgos solo podían ser disueltos por la muerte, el divorcio, o la fornicación por parte de las mujeres.

   3. Transcurrido un plazo de entre seis meses y un año a partir de los desposorios, cuando los hombres acondicionaban sus hogares, se celebraban los enlaces conyugales.

   3-4. ¿Por qué es importante el nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?

   En la biblia se nos enseña que somos descendientes de Adán. Como nuestro ancestro común cometió el llamado pecado de origen, tal gesto de desobediencia, también nos afecta a nosotros, por ser descendientes de un pecador. El Nacimiento virginal de Jesús es importante para los cristianos, porque, nadie ni nada que esté relacionado con el pecado, puede pertenecerle a Dios, así pues, si el Señor no hubiera estado caracterizado por la plenitud de la pureza, su sacrificio en la cruz, hubiera carecido de validez, ante Nuestro Padre común.

   Jesús nació de una mujer, pero fue liberado del efecto del pecado humano. Dado que no es posible que Jesús al ser Dios tenga vinculación alguna con el pecado, la Iglesia Católica enseña que, María, por medio de una gracia especialísima de Dios, fue librada de nuestra condición pecadora, para que pudiera dar a luz a Nuestro Redentor.

   En la biblia leemos, con respecto a Jesús, el texto de HEB. 4, 15.

   Jesús murió para librarnos de nuestra condición pecadora. Vivamos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino, y evitemos pecar, para empezar a sentir, que somos salvos (COL. 2, 13-14).

   Hablémosle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades, porque Él ha vivido circunstancias análogas a las nuestras y aún más dolorosas que las que muchos estamos pasando, y tiene la capacidad necesaria, para aprovechar las mismas, para purificarnos, y santificarnos.

   3-5. San José tomó la mejor decisión (MT. 1, 19).

   Dado que José se encontró con que María estaba embarazada, y él no era el padre de su Hijo, pensó en separarse de ella secretamente, con tal de no denunciarla, para que fuera asesinada, públicamente. José era reacio a casarse con María cuando supo del estado de gestación de su prometida. Existen casos en que sentimos que Dios nos impulsa a recorrer caminos que no queremos transitar, de los cuales, con el paso del tiempo, descubrimos que son las mejores sendas, que pudimos recorrer, para llegar a alcanzar, la felicidad que añorábamos. Recordemos que, cuando nuestras decisiones afecten a otros, podemos apelar a la sabiduría de dios, con tal de no llevar a cabo actos, de los que, algún día, quizás nos podamos arrepentir.

   3-6. La voz del ángel (MT. 1, 20).

   ¿Vio José en sus sueños un ángel que le dijo la verdad de lo que sucedió con María, o se produjo en su mente una visión causada por su deseo de estar junto a la mujer que amaba? La fe en el ángel de su visión, impulsó a José a casarse con María, y, el amor que sentía por su prometida, le ayudó a creer, en la voz del ángel, que le dijo, que aceptara en su casa, a la mujer que amaba.

   3-7. Jesús es dios y Hombre verdadero.

   el ángel del Señor le dijo a José que el Hijo de María fue concebido por obra del Espíritu Santo. Jesús es Dios y Hombre verdadero. Jesús se hizo Hombre, y se sometió a nuestras limitaciones, con tal de poder morir y resucitar, y obtenernos la salvación.

   3-8. ¿Por qué vino Jesús al mundo? (MT. 1, 21).

   Aunque cuando conocemos a dios somos libres para elegir si queremos ser salvos, no podemos salvarnos por nuestros medios humanos. Jesús vino al mundo para salvarnos, porque ello es imposible para nosotros. No podemos exterminar nuestra condición pecadora. Aunque seamos muy buenos, no podemos salvarnos, porque Dios ha dispuesto que solo se nos conceda la salvación, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, con tal de demostrarnos que nos ama infinitamente. Démosle gracias a Jesús porque murió para salvarnos, y permitámosle que tome el control de nuestra vida, así pues, imitemos su conducta.

   3-9. No nos dejemos influenciar por el qué dirán cuando tengamos que cumplir la voluntad de Dios (MT. 1, 24).

   Si José se hubiera separado de su prometida secretamente, o si la hubiera denunciado para que la lapidaran por haber cometido adulterio contra su persona, se hubiera sentido muy avergonzado, pero, al casarse con ella, como si Jesús hubiera sido su Hijo, debió pasarlo mucho peor, al tener que hacer frente, a las burlas de familiares y vecinos. José actuó contra la voluntad de quienes no estaban de acuerdo con la decisión que tomó, porque sabía que Dios lo impulsaba a hacer lo que era correcto a sus ojos.

   Oremos para no dejar de hacer lo que es correcto con tal de evitar cuchicheos y burlas de quienes no comparten nuestra decisión de cumplir la voluntad de Nuestro Padre celestial. Apliquémonos el siguiente versículo de los Hechos de los Apóstoles: HCH. 5, 29.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué se nos dice en la biblia que Jesús es descendiente de San José?
   2. ¿Por qué demostró San Mateo en su Evangelio que Jesús es descendiente de Abraham?
   3. ¿Por qué no escribió San Mateo en su obra que San José es padre de Jesús?
   4. ¿Por qué necesitó Jesús de un padre terrenal?

   3-2.

   5. ¿Cómo reaccionaríamos si nos sintiéramos engañados y/o traicionados?
   6. ¿Cómo nos convendría reaccionar ante tales situaciones?
   7. ¿Por qué no denunció José a María para que hubiera sido apedreada por haberle sido infiel?
   8. ¿Por qué se nos insta a imitar la conducta de José durante todos los años que vivimos, y, especialmente, en el tiempo de cuaresma?

   3-3.

   9. ¿Cómo se organizaban las bodas en el tiempo que vivió Jesús en Israel?
   10. ¿Qué eran los desposorios?
   11. ¿Qué condiciones debían darse para que pudieran disolverse los desposorios?

   3-4.

   12. ¿Por qué es importante el Nacimiento virginal de Jesús para los cristianos?
   13. ¿Por qué enseña la Iglesia Católica inspirándose en la doctrina de San Pablo que hemos heredado el pecado de nuestros primeros padres?
   14. ¿Por qué no hubiera podido ser aceptado el sacrificio de Jesús en la cruz por Nuestro Santo Padre, si el Mesías hubiera sido pecador?
   15. ¿Por qué celebramos los católicos la Inmaculada Concepción de María el ocho de diciembre?
   16. ¿Por qué podemos hablarle a Jesús de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades?

   3-5.

   17. ¿Por qué pensó José en separarse de María cuando supo que su prometida estaba embarazada?
   18. ¿Por qué deseamos recorrer los caminos por los que sentimos que el Señor nos lleva aunque en un principio ello nos resulte desagradable?
   19. ¿Qué haremos cuando nuestras decisiones afecten a otros? ¿Por qué?

   3-6.

   20. ¿Por qué creyó José el anuncio que le hizo el ángel que vio en sueños?

   3-7.

   21. ¿Por qué es Jesús Dios y Hombre verdadero?
   22. ¿Por qué se hizo Jesús Hombre, y asumió nuestras limitaciones?

   3-8.

   23. ¿Por qué vino Jesús al mundo?
   24. ¿Por qué no podemos salvarnos por nuestros medios, si tenemos libertad para elegir si deseamos ser salvos?
   25. ¿Por qué solo se nos concede la salvación por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús?

   3-9.

   26. ¿Por qué se nos insta en la Biblia a obedecer a Dios antes que a los hombres?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos LC. 1, 26-38.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a San José con el corazón henchido de ilusión, pensando en casarse con la mujer que amaba. Pensemos en los novios que hacen muchos preparativos para celebrar sus enlaces conyugales, para que nos sea posible, hacer este ejercicio, de contemplación.

   Visualicemos a José, pensando si su prometida le había sido infiel, o si había sido violada. Esta imagen puede enseñarnos que Dios se aprovecha de nuestras situaciones dolorosas, para purificarnos, y santificarnos.

   Contemplemos a José feliz, porque tomó la decisión correcta, tanto porque ello le fue indicado por el ángel de su sueño, como porque ello era lo que deseaba.

   Contemplémonos con nuestras dudas de fe, porque nos negamos a ser instruidos en el conocimiento de la biblia y de la doctrina de la Iglesia, y, cuando se nos interroga sobre nuestras creencias, no sabemos qué responder, y probablemente resultamos ser muy susceptibles, a las críticas de quienes no comparten, nuestro modo de pensar.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 1, 16. 18-21. 24.

   Comprometámonos a esforzarnos en eliminar los sentimientos de rencor y desconfianza que atentan contra nuestra felicidad.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre y Dios mío:

   Hazme coherente con la fe que profeso, y hazme valiente para vivir inspirado en la misma, tal como lo hizo San José, cuando aceptó la paternidad de Jesús, a pesar de las humillaciones que, probablemente, ello le supuso. Que así sea.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 128.

   Nota: Dado que LC. 2, 41A-51A es otro Evangelio que se puede utilizar en esta solemnidad, remito a mis lectores a leer el ejercicio de lectio divina de LC. 2, 41-52, correspondiente a la fiesta de la Sagrada Familia del Ciclo C.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com