Meditación.
2. Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre.
Meditación de 1 JN. 3, 1-3.
El mérito de los cristianos no radica en las horas que le dedicamos al estudio de la Palabra de Dios, a la práctica de la oración, ni al ejercicio de la caridad, sino en que somos hijos de Dios, porque no obtendremos la salvación que aguardamos por causa de nuestras cualidades humanas, pues lo haremos por causa de la profesión de nuestra fe. El estudio de la Palabra de Dios nos capacita a los cristianos para conocer a Nuestro Santo padre, la práctica de la oración nos vincula más a Nuestro Creador, y, el ejercicio de la caridad, nos hace imitadores de Yahveh, y fortalece las relaciones que mantenemos, con nuestros prójimos los hombres.
¿En qué influye en nuestra vida el hecho de saber que Dios es Nuestro Padre?
¿Sería diferente nuestra vida si no nos identificáramos como hijos de Dios?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, las siguientes palabras: (ROM. 8, 14-17). Quienes eran adoptados bajo el influjo de la cultura romana, perdían los derechos que les provenían de sus antiguas familias, y ganaban los derechos de sus nuevas familias, como si siempre hubieran formado parte de las mismas. San Pablo se sirvió de la citada realidad, para explicarles a los cristianos de Roma que, al haber sido hechos hijos de Dios, perdieron los derechos anticristianos característicos del mundo, y recibieron, gratuitamente, -y sin merecerlo-, el privilegio de ser hijos de Dios, las responsabilidades consecuentes del citado derecho, y, por consiguiente, la salvación de sus almas.
Uno de los dones que se nos conceden por ser hijos de Dios, es la guía del Espíritu Santo, que se hace presente en nuestra vida, a fin de ayudarnos, a alcanzar el estado de santidad.
(GÁL. 4, 4-7). Jesús nació y llevó a cabo la obra de nuestra redención en el tiempo apropiado, para que nadie fuese salvo por sucumbir a la esclavitud de las prescripciones religiosas simbolizadas por la Ley de moisés, pues Dios quiere salvarnos haciéndonos sentir que somos sus hijos, no sus esclavos, pues el cumplimiento obsesivo de los preceptos religiosos, coarta nuestra libertad, e impide que el Espíritu Santo se adapte a nuestras circunstancias, para llevar a cabo la obra de nuestra santificación.
Como nuestra salvación no depende de la puntualidad y exactitud con que cumplimos los preceptos religiosos, no sentimos que somos esclavos, sino hijos de Dios, de quien hemos recibido sus mayores riquezas, pues hemos sido redimidos por Jesucristo, -lo cual significa que somos receptores del perdón divino apenas lo pedimos-, y, hemos recibido el don de la vida eterna, aunque aún no ha concluido el tiempo de nuestra formación para poder vivirlo y valorarlo.
La vida de los cristianos tiene un nivel de dificultad que está relacionado con la medida con que nos disponemos a servir a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres. Cuanto más nos entregamos al servicio de Dios, nos sentimos más identificados con Él, pero, al mismo tiempo, podemos convertirnos en el objetivo de quienes rechazan nuestra fe, hasta despreciar a quienes no piensan como ellos.
Para poder sentirnos privilegiados por Dios, nos es conveniente tener una gran disposición a servir a los hombres.
Cuanto mayores sean las dificultades que tenemos que afrontar y confrontar por ser cristianos, más se nos fortalecerá la fe.
¿Son compatibles las riquezas que recibimos de Dios con nuestra capacidad de servir a los hombres y los sufrimientos que aguardan a muchos de nuestros hermanos en la fe? Si solo pensamos en sentirnos privilegiados por Dios, el amor que sentimos por Nuestro Santo Padre estará relacionado con el egoísmo humano, y estará lejos de equipararse a la misericordia divina.
Si nos sentimos privilegiados por Dios por tener la dicha de servirlo en nuestros prójimos los hombres que necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, no querremos a Nuestro Santo Padre pensando exclusivamente en ser favorecidos, pues nos esforzaremos en conseguir que toda la humanidad forme parte de una misma familia.
Si nos sentimos privilegiados por sufrir a causa de la profesión de nuestra fe cristiana, ello nos dispondrá a tener una gran fuerza espiritual, a valorar todo lo que Dios nos concede, y a comprender a quienes son marginados por cualquier causa.
¿En qué consisten las tribulaciones que sufren muchos cristianos a causa de la profesión de su fe? Ello depende de las circunstancias históricas en que viven los seguidores de Jesús, entre quienes existen historias de marginalidad familiar y social, privación de bienes temporales, persecuciones, encarcelamientos y muerte.
Dado que desgraciadamente la mayoría de la gente tiene la costumbre de rechazar lo que desconoce, y vivimos en una etapa histórica en que el Cristianismo no es valorado justamente, por causa de los pecados que muchos creyentes han cometido a lo largo de la historia, y cometen en la actualidad, si no estamos pagando algún precio referente a la incomprensión o la marginalidad social, ello significa que nuestra fe es un mero asentimiento mental a las verdades que decimos que creemos, pero no estamos imitando la conducta de Jesús, sino creyendo lo que nos interesa aceptar de nuestra religión, y evitando profesar nuestra fe públicamente, para no ser víctimas del rechazo social.
El mundo no conoce a Dios, y tampoco comprende plenamente, lo que significa seguir a Jesús, porque contempla más los pecados de los creyentes que las buenas obras llevadas a cabo por los mismos, y porque necesitamos testigos de la fe, que nos demuestren que es posible vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. El Cristianismo no es una ideología basada en la vivencia de privaciones materiales, sino una forma de vivir, consistente en utilizar los recursos existentes en el mundo, para eliminar las miserias -en cuanto sea posible en conformidad con los medios disponibles-, que impiden que toda la humanidad, alcance la plenitud de la felicidad.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
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¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos? (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos?
Estimados hermanos y amigos:
Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.
El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).
Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).
Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.
Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).
¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).
Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.
¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).
En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).
¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.
El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).
Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).
Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.
Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).
¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).
Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.
¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).
En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).
¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Examen de conciencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Examen de conciencia.
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Os propongo una serie de preguntas (muchas de ellas acompañadas de reflexiones bíblicas) que espero que os sirvan para hacer vuestro examen de conciencia particular.
Responded las preguntas antes de leer las citas bíblicas que las acompañan.
-¿Asistimos todos los Domingos y días de guardar a las celebraciones de la Eucaristía? (HEB. 10, 25).
-¿Participamos activamente en las celebraciones de la Eucaristía? (SAL. 27, 4).
-Procuramos que las celebraciones litúrgicas y las reuniones formativas nos sean provechosas espiritualmente y para aumentar el número de nuestros amigos, o nos distraemos y sólo asistimos a las mismas, no por amor a Dios y a sus hijos los hombres, sino por temor a no ser dignos de alcanzar la salvación? (2 TIM. 3, 16-17).
-¿Contribuimos con las obras que se llevan a cabo tanto en nuestras Diócesis como en nuestros templos? (2 TIM. 4, 2).
-¿Nos esforzamos para aumentar nuestro conocimiento de Dios y de la Iglesia, sabiendo que ello puede mejorar la calidad de nuestra vida cristiana? (1 COR. 4, 20).
-¿Nos guardamos la fe que profesamos para nosotros, o damos testimonio de nuestra esperanza en nuestro entorno social? (1 PE. 3, 15).
-¿Asistimos a catequesis o a otros encuentros formativos con el fin de aumentar el conocimiento que tenemos de Dios y de la Iglesia? (PR. 3, 11-15).
-A la hora de actuar en nuestro entorno social, ¿procuramos cumplir la voluntad de Dios, o procedemos como si no fuéramos cristianos? (EF. 5, 8-10).
-¿Qué significa para nosotros el Mandamiento de la Ley de Dios que nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, y hasta qué punto cumplimos el citado precepto? (EF. 5, 1).
-En el caso de hacerles promesas a Dios y a los Santos, ¿procuramos cumplirlas? (NM. 30, 3).
-¿Nos comprometemos a cumplir nuestras promesas con la intención de mejorar la calidad de nuestra vida cristiana y de hacer el bien, o prometemos cosas insignificantes sobornando a Dios y a sus Santos para que nos hagan grandes favores? (MT. 5, 36-37).
-Cuando vivimos bajo la incertidumbre, ¿nos refugiamos en la oración y en la lectura de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, o recurrimos al Tarot y a otras prácticas esotéricas? (1 TIM. 4, 13. EF. 6, 13-18).
-¿Amamos y respetamos a nuestros padres, aunque se dé el caso de que no mantengamos muy buenas relaciones con ellos? (EF. 6, 1. 4).
-En el caso de tener problemas que perjudiquen las relaciones que mantenemos con nuestros familiares, ¿nos impide nuestro amor propio excesivo hacer algo para acercarnos a quienes más amamos, con el fin de solventar las diferencias que nos separan de los mismos? (1 COR. 8, 2-3).
-¿Son la fidelidad y el respeto normas de la convivencia de nuestra vida matrimonial?
San Pablo les escribió a las mujeres de Éfeso un consejo que también debemos aplicarnos los hombres (EF. 5, 22).
-¿Somos excesivamente exigentes con nuestros hijos?
-¿Somos justos y equitativos en nuestras relaciones con nuestros hijos, padres, cónyuges, hermanos, otros familiares y amigos? (1 TIM. 5, 1-2).
-¿Somos víctimas del odio o de los celos?
-¿Somos víctimas de la envidia? (GÁL. 5, 19-21).
-¿Nos ciega el deseo de mantener relaciones sexuales con personas con las que no nos hemos unido por el Sacramento del Matrimonio? (EF. 5, 1-5).
-¿Nos hemos valido de la mentira con tal de dañar la imagen que alguna persona tiene ante la sociedad?
-¿Realizamos adecuadamente nuestro trabajo?
-En el caso de tener subordinados en el trabajo, ¿cómo los tratamos?
-En el caso de tener problemas con nuestros subordinados, ¿somos los causantes de esas dificultades?
-¿Presionamos a nuestros trabajadores excesivamente? (EF. 6, 9).
-En el caso de no tener subordinados, ¿somos honrados a la hora de realizar nuestro trabajo, y tenemos buenas relaciones con nuestros superiores y compañeros? (EF. 6, 5-8. 1 TIM. 6, 1).
-¿Hemos deseado en alguna ocasión algún bien de alguna persona hasta el punto de llegar a robar el mismo? (FLP. 3, 8).
-En el caso de ser pobres, y a pesar de que tengamos necesidad de bienes de los que difícilmente podamos prescindir, ¿sabemos actuar como verdaderos hijos de Dios que creen que el tiempo de su prueba ha de pasar, o permitimos que la visión que tenemos de nuestra miseria atente contra la fe que profesamos? (1 TIM. 6, 8-10).
-En el caso de tener dinero y bienes materiales, ¿nos solidarizamos con los pobres, o sólo pensamos en aumentar nuestras riquezas? (2 COR. 8, 12-15).
-¿Utilizamos Internet con el fin de crecer personalmente y de hallar lo que necesitamos, o lo hacemos con tal de buscar aquello que puede afectar negativamente nuestra personalidad y nuestra convivencia familiar? (1 COR. 5, 11).
-¿Abusamos del tabaco, el alcohol o de algún tipo de droga? (EF. 5, 17-20).
-En el caso de depender de los efectos de algún medicamento antidepresivo que nos revitalice psicológicamente, ¿nos esforzamos para permanecer activos en cuanto nos sea posible y mejorar al no mortificarnos con nuestros pensamientos no realistas, o, dejando de confiar tanto en Dios como en nosotros (quien no confía en sí mismo desconfía de Dios), permanecemos inactivos, como si los fármacos nos curaran mágicamente? (PR. 14, 13. 24, 10).
-En el caso de padecer depresión, ¿tenemos tendencia a aislarnos, o luchamos para encontrar a familiares, amigos e incluso especialistas que nos comprendan? (PR. 12, 25. 17, 17. 27, 5-6).
-¿Cómo actúan los jóvenes, tanto en la Iglesia, en su domicilio, en su entorno educativo, entre sus amigos, y en sus lugares de ocio?
San Pablo escribió un consejo muy digno de ser aprovechado por los jóvenes (1 TIM. 4, 12).
Después de haber considerado las preguntas expuestas, hagamos la lista de nuestros pecados y deficiencias, la cuál no es semejante a la lista que utilizamos para hacer nuestras compras en un supermercado, así pues, más que hacer un listado exacto de todas las acusaciones que tenemos en contra nuestra, os propongo que hagamos algo individualmente o acompañados de alguien en quien confiemos, lo cuál consiste en hacer la lista de pecados y defectos que acostumbramos a hacer todos los años, la cuál constará de dos columnas:
1. En la columna de la izquierda escribiremos nuestros pecados y defectos.
2. En la columna de la derecha escribiremos lo que vamos a hacer, -aparte de cumplir la penitencia que se nos imponga-, para no volver a cometer los mismos pecados, y para intentar, -en conformidad con las posibilidades que tengamos en cada momento de nuestras vidas-, superar las deficiencias que nos caracterizan.
Si pensáis que la Confesión como Sacramento no es una pantomima, ¡atreveos a llevar a cabo este ejercicio!, pero, si lo hacéis acompañados, no discutáis con quienes os hablen de defectos que tenéis que no queréis reconocer u os cuesta un gran esfuerzo hacerlo.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
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