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Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades.

   Meditación de 2 TES. 3, 7-12.

   Los tesalonicenses acogieron con alegría el mensaje que San Pablo les predicó, y fueron un gran ejemplo de fe, no sólo en su vida ordinaria, sino en medio de persecuciones. A pesar de ello, ora por la rápida marcha del Apóstol de Tesalónica, por causa de una emboscada que le tendieron los judíos enemigos del Cristianismo, ora por la creencia de éste referente a que el fin del mundo estaba a punto de acaecer de un momento a otro, y por causa de la primera Carta que San Pablo les escribió, haciendo referencia a su citada creencia, muchos creyentes se despreocuparon totalmente de sus actividades cotidianas, creyendo que el mundo estaba a punto de ver su fin, tal como hacen muchos sectarios actualmente.

   El texto de San Pablo que estamos meditando, no solamente nos enseña a no descuidar nuestras ocupaciones cotidianas, sino que también nos enseña a no convertirnos en parásitos ni en nuestros hogares, ni en el trabajo, ni en las comunidades cristianas físicas o virtuales de que formamos parte, esperando que otros hagan el trabajo que nos corresponde.

   Tengamos en cuenta que, la existencia de un sólo parásito en una comunidad, da lugar a muchos malentendidos, lo cual puede repercutir en contra de todos los creyentes de dicha comunidad. Yo mismo trabajé durante unos tres años en una pequeña iglesia abandonada como catequista, ayudante de catequistas, lector y animador de cantos. Nunca faltaron quienes intentaran desvalorar mi trabajo, sin tener en cuenta que les dedicaba a mis actividades parroquiales muchas horas a la semana. La situación de quienes querían impedir mi trabajo e incluso adaptar el mismo a sus gustos, dio lugar a que un sacerdote me dijera: "No te lo ordeno, sino que te sugiero que dejes de trabajar en esa Iglesia si quiera una buena temporada, para ver si, el no estar allí, tiene la consecuencia de que se te respete como mereces. Las personas tenemos el defecto de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos, así pues, valora mi consejo". El citado sacerdote vio mal que otros intentaran aprovecharse de mi trabajo y de mi deficiencia visual para quedar bien, como si los tales me hubieran enseñado a hacer mi trabajo bien hecho.

   ¿Trabajamos en nuestras comunidades físicas y/o virtuales, o somos meros espectadores/consumidores de los recursos y el trabajo del personal religioso y laico que trabaja en las mismas?

   En el caso de que trabajemos en nuestras comunidades, nos esforzamos para edificar las mismas, damos órdenes y no hacemos nada, o nos dedicamos a atentar contra la estima de quienes hacen todos los trabajos?

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.

   De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?

   Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.

   Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.

   Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.

   Meditación de LC. 5, 1-11.

   San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.

   Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.

   La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.

   Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.

   Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.

   Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.

   Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.

   Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.

   El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.

   Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.

   A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.

   ¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?

   San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.

   El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.

   Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.

   Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.

   El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.

   Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.

   Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".

   ¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?

   No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.

   De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.

   Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.

   Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.

joseportilloperez@gmail.com

¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama? (Meditación para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   1. ¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama?

   Cuando somos interrogados con respecto al amor que Nuestro Padre común nos ha manifestado a lo largo de los años que se prolonga nuestra vida, podemos pensar en muchas respuestas que pueden solventar esta cuestión, pues, las citadas respuestas, dependen de nuestra fe, de nuestro amor, y de nuestra carencia de fe, en Nuestro Santo Padre. Con demasiada frecuencia escucho a muchos ateos afirmar que tanto los cristianos como los adeptos a otras religiones creemos en Dios porque sufrimos mucho al pensar en el dolor que nos puede afectar en un determinado momento de nuestra vida o sentimos pánico cuando pensamos en la muerte, así pues, para ellos, con la idea de evitar el miedo que supuestamente nos produce pensar en el hecho de sucumbir eternamente bajo los efectos de la muerte, nos hemos puesto de acuerdo para aceptar a un Dios que todos concebimos según la fe que nos han inculcado los líderes espirituales de las diversas religiones que practicamos.

   Merecen una atención especial quienes se cuestionan con respecto al amor que Dios siente por ellos. Quizás han perdido la fe en Nuestro Padre común, porque la acogieron abrigando esperanzas sin fundamento en sus corazones, o quizás, -¿por qué no aceptarlo¿-, porque nosotros no hemos sabido mantener en sus corazones viva la llama de la esperanza, han perdido su primer amor con respecto a Dios. Yo quisiera invitar a quienes se sienten desengañados por Dios a que vuelvan a recordar la felicidad que su fe les pudo proporcionar antes de que se sintieran frustrados en su intento de alcanzar la felicidad poniendo sus ojos en el cielo. Yo quisiera ayudar a quienes han perdido la fe a analizar las causas que les han conducido a perder totalmente la esperanza que ha de caracterizarnos a los cristianos, pues, cuando un cristiano deja de creer en Dios, puede sucederle que se encuentre perdido.

   Quienes tienen una fe débil, quizás creen en Dios cuando su salud es perfecta, cuando tienen trabajo, y son felices junto a sus familiares y amigos queridos, pero, cuando les llega el tiempo en que su creencia en Nuestro Padre común es puesta a prueba por las contradicciones que forman parte de nuestra existencia mortal, se sienten desamparados por Nuestro Criador.

   Es digna de alabanza la actitud de quienes, a pesar de lo mucho que han sufrido creen en nuestro Padre común, pues, para ellos, lo importante no es la cantidad de dolor que han tenido que soportar, sino el milagro que Dios ha hecho en ellos, haciéndoles fuertes, para que hayan podido soportar las circunstancias que erróneamente llamamos adversas que han formado parte de su vida, o que aún les siguen atormentando.

   Cuando yo era catequista de niños, me encontré con un adolescente que me decía muchas veces las siguientes palabras:

   "¿Cómo es posible que creas que Dios se nos revela? Yo he comulgado decenas de veces, así pues, llevo más de un año sin faltar a la celebración de la Eucaristía dominical, y no siento nada especial".

   Una de las veces que le escuché esas palabras a aquél joven incrédulo, le dije:

   "El cristianismo no es una sucesión de pensamientos que tenemos que albergar en nuestro corazón ni un montón de emociones que han de hacernos saltar de alegría constantemente, sino una vivencia cuya finalidad es hacernos felices, aunque tengamos que sufrir hasta que seamos tan perfectos como lo es Dios. Sois muchos los que queréis sobornar a Dios diciéndole que aceptáis el hecho de creer en Él si sois plenamente felices, pero, en esta vida, no existe la felicidad perfecta".

   Aquél joven no tardó en responderme:

   "Si es verdad lo que me dices, ¿cómo es posible que los místicos hayan experimentado la felicidad perfecta al ver a Dios¿".

   Yo le respondí:

   "Los mártires han muerto siendo conscientes de que su sufrimiento les ha ayudado a vivir junto a Dios, donde la felicidad es sumamente perfecta, pues, en el cielo, no existen el dolor ni el pecado".

   La fe de aquél joven se mantuvo viva durante varios años, pero, en el año 2003, supe que, al faltarle el apoyo de un sacerdote o de un catequista que le animara a progresar espiritualmente, dejó de asistir a las celebraciones de la Eucaristía, y comenzó a vivir nuevamente como un ateo, según lo había hecho durante los más tiernos años de su infancia.

   Quizás pensamos que cuando nos tomamos un café nos sentimos muy capacitados para emprender cualquier actividad, así pues, en cierta forma, el café alivia a los depresivos que piensan demasiado en sus preocupaciones, si, después de tomarlo, comienzan a realizar una actividad que dominen y les resulte agradable. Nuestra fe no es una sustancia excitante, pero, de alguna manera, nos hace experimentar la vivencia de la experiencia del Dios del amor, del Padre que, en la Persona de su Hijo amado, se nos entregó para que lo crucificáramos, para que aprendiéramos lo que significa amar desmedidamente, no con un amor ciego, sino con un amor capaz de sobrevivir a todo tipo de sufrimientos, si ello nos induce a vislumbrar la felicidad más allá del pecado, la enfermedad, la apatía, la angustia, el dolor en todas sus formas, y, la muerte.

2. ¿Por qué queremos amar a Dios?.

   El Evangelio de hoy es un compendio de los textos que hemos meditado los últimos días. Hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que debemos amar a Dios más que a nadie, tenemos que dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, ya que seremos como los ángeles del cielo.

   Nuestra fe se sostiene en la firme columna del Templo divino, esto es, la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. A pesar de que la Iglesia ha ido imponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y a pesar de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.

   ¿Por qué amamos a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.

   ¿Por qué amamos a nuestros prójimos? Reflejo de Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.

   Concluyamos esta reflexión del Evangelio diario orando para que Dios nos ayude a reconocer los frutos del amor y el Espíritu Santo en nosotros. (J. Portillo, 6/06/2002).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Jesús no rehuyó el dolor. (Meditación del Evangelio del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. Jesús no rehuyó el dolor.

   Meditación de MC. 9, 30-37.

   (MC. 9, 30-31). Si reflexionamos sobre la dedicación de Jesús a la Evangelización y a la realización de obras benéficas, no podemos dejar de sentir una gran admiración. Jesús adoctrinaba a las multitudes durante el día, instruía a sus discípulos cuando no enseñaba a las multitudes y durante las noches, y oraba cuando sus amigos dormían sintiendo tanto amor hacia Nuestro Santo Padre y sus hijos los hombres, que llegó a pasar muchas noches sin dormir para poder comunicarse con el Padre, sin que ningún asunto interrumpiera su conversación.

   El tiempo de orar era sagrado para Jesús. Dado que el Señor pensaba que la predicación del Evangelio y la realización de obras benéficas eran inaplazables, oró durante las noches, sacrificando horas de sueño, para deleitarse en la presencia de Nuestro Padre común.

   ¿Somos conscientes de que Dios escucha nuestras oraciones?

   ¿Oramos impulsados por el amor y la fe que sentimos con respecto a Dios y a sus Santos, o pronunciamos palabras mecánicamente, haciendo de la oración una pesada rutina?

   ¿Utilizamos oraciones conocidas para dirigirnos a Dios en nuestros ratos de contemplación, y le hablamos con nuestras propias palabras?

   Jesús se esforzaba en hacerse entender por sus oyentes cuando les predicaba el Evangelio, pues sabía que, cuanto menor es el conocimiento de Dios que tenemos, mayor es el riesgo que corremos de no creer en Él, pero Nuestro Salvador también era consciente de que tenía que ocuparse seriamente de la formación de sus discípulos, pues, cuando aconteciera su Ascensión al cielo, cuarenta días después de su Resurrección, ellos serían los continuadores de su obra evangelizadora y salvadora.

   Nos es imposible tener una gran fe apenas conocemos al Señor. Nuestra experiencia nos recuerda que no podemos alcanzar un notable crecimiento espiritual en poco tiempo. Pensemos que, si los discípulos que convivían con Jesús, le oían predicarles a las multitudes constantemente, y tenían su propio ciclo formativo, necesitaban dejar su actividad evangelizadora ocasionalmente, para retirarse del mundo, para que ninguna distracción les impidiera crecer espiritualmente, para posteriormente poder sentirse capacitados por el Espíritu Santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre celestial, ¿cuán grande será nuestra necesidad de alternar nuestras relaciones familiares, el tiempo que le dedicamos al trabajo, a nuestros amigos y a las actividades de ocio que desempeñamos, y el tiempo que necesitamos tener para crecer espiritualmente, si consideramos que no nos dedicamos a meditar la Palabra de Dios, con el deseo de ser mejores cristianos, el tiempo que necesitamos hacerlo?

   (MC. 9, 32). Los discípulos de Jesús no entendían la razón por la que el Maestro observaba una conducta suicida, pues ello no era realista desde su punto de vista humano, y carecía totalmente de lógica, si consideraban que, ya que el Señor estaba dotado con el poder de Dios, no tenía sentido, el hecho de que el Mesías se dejara asesinar.

   ¿Estaban incapacitados los discípulos de Jesús para comprender la conducta de Nuestro Maestro, o no les convenía comprender a Nuestro Salvador, porque tenían pretensiones muy diferentes a las de Jesús?

   ¿Radicaría la dificultad que los discípulos tenían para entender la manera de actuar de Jesús en que, en vez de tener el deseo de alcanzar la mayor glorificación por medio del mayor sufrimiento para sí mismos y sus seguidores, estaban obstinados en alcanzar poder, riquezas y prestigio, valiéndose de Nuestro Redentor y del Evangelio, como medios para ver realizados sus sueños?

   Muchas veces me sucede que, cuando algunos amigos me tienen confianza, me dicen quedamente que no debo dedicarme a la difusión de la Palabra de Dios tal como lo hago, porque nadie me agradece esta actividad que realizo, y porque ello no me reporta ninguna ganancia económica. En algunas ocasiones, quienes saben de las horas que invierto en estudiar y orar para escribir las meditaciones dominicales de Padre nuestro, me presionan para que no le dedique tanto tiempo a la Evangelización, diciéndome que, algún día, me arrepentiré de haber perdido tantas horas.

   Jesús no nos prometió a sus seguidores que nos iban a sobrar las riquezas, las comodidades y los placeres en este mundo, pero, en cambio, nos aseguró que nunca nos faltarían dificultades que superar. Vivimos en una sociedad utilitarista en que para mucha gente carece de sentido el hecho de esforzarnos para realizar actividades que no nos aportan beneficios materiales.

   ¿Por qué los discípulos no le preguntaban a Jesús sobre el significado de sus palabras? Los amigos de Jesús recordaban cómo Jesús reprendió a Pedro en la ocasión en que les anunció su Pasión, su muerte y su Resurrección por primera vez, y no querían ser reprendidos seriamente otra vez, porque el Señor parecía estar muy seguro de lo que quería hacer, por más que no contaba con la aprobación de sus amigos para realizar su propósito, porque todos lo amaban demasiado, como para resignarse a perderlo, ya que no podían imaginarse que iba a resucitar de entre los muertos.

   Los amigos de Jesús tenían miedo al pensar en lo que podría sucederles si el Señor moría. Esta es la razón por la que no comentaban sus profecías, porque, dado que no creían que el Maestro resucitaría de entre los muertos, no sabían qué sería de sus vidas, pues, en el mejor de los casos en que no fueran perseguidos, nunca podrían evitar la sensación de fracaso al volver a realizar sus actividades cotidianas, teniendo en cuenta que habían trabajado para lograr alcanzar un gran ideal, a pesar de que se obstinaban en reducir el mismo a la constitución de un Reino, en que ellos ocuparían cargos de máxima importancia, lo cual sería sumamente beneficioso para los citados seguidores de Jesús (MC. 9, 33-34).

   Jesús les recordó a sus amigos lo que le iba a suceder en Jerusalén, los dejó solos para que meditaran, y ellos discutieron entre sí, para ver quién tendría la suerte de asumir la responsabilidad de ser el nuevo líder de la comunidad que fue fundada por Jesús.

   ¿A quién le importaba la grandeza de hacer el bien, si la comparaba con el poder que podría obtener, si utilizara la Evangelización y la realización de obras benéficas, para conseguir poder, riquezas y prestigio? Jesús intentó que sus amigos le dijeran sobre qué habían discutido, pero ellos guardaron silencio, quizás porque no quisieron discutir con Él sobre las diferencias existentes entre sus puntos de vista, porque lo amaban, ya que lo veían fanatizado con la idea de suicidarse inútilmente al ponerse a disposición de sus enemigos, o quizás porque se sintieron avergonzados, porque, aunque Jesús quería morir contra toda lógica humana, mientras que pensaba en el ideal de hacer de la humanidad una familia, ellos actuaban como enemigos, pues aún no aprendieron a amarse y respetarse como hermanos, y estaban muy lejos de hacerlo.

   Si estimamos a Jesús, pero no nos decidimos a renunciar a nuestra condición egoísta, tenemos que constatar que, al comparar los motivos que impulsaron a Jesús a redimirnos con los ideales que caracterizan nuestra existencia, no podemos evitar sentir cierta sensación de tristeza. La evitación del pecado es semejante al tratamiento de una enfermedad. Tal como muchos enfermos tienen que soportar el dolor que les producen las inyecciones de morfina para sentir que se les reduce el dolor que sienten el cual es causado por sus enfermedades, la renuncia al pecado entraña muchas dificultades, pero nos aporta el beneficio de sentir que Dios nos purifica y santifica, y nos dispone a vivir en la presencia de Nuestro Padre común, según lo aceptamos, nos adaptamos al cumplimiento de su voluntad, y nos disponemos a amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a aquellos que nos han herido, a quienes, con el lento paso del tiempo, queremos aprender a no guardarles rencor.

   No hagamos distinción entre las aspiraciones de Cristo y las nuestras. Ello será posible para nosotros, si renunciamos a todo cuanto nos separa de Dios, y hacemos nuestras las pretensiones de Nuestro Salvador. San Pablo nos demuestra que es posible hacer lo que os indico en este párrafo, en los siguientes términos: (FLP. 3, 10-11).

   (MC. 9, 35-37). Los niños, por causa de su indefensión, eran considerados por los judíos como poco superiores a los esclavos, e inferiores a las mujeres. Jesús abrazó a un niño para ejemplificarles a sus amigos la necesidad existente de que contemplaran la posibilidad de dedicarse a servir a los más humildes, pero ellos solo pudieron comprender y aceptar las palabras de Nuestro Señor plenamente, cuando el Mesías resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, y recibieron el Espíritu Santo.

   ¿Qué podremos ganar si servimos a aquellos que no cuentan para el mundo?

   ¿Nos bastará la satisfacción de hacer el bien para sentirnos compensados si decidimos cumplir la voluntad de Dios, o hemos tomado la resolución firme de no hacer nada por los que sufren, si no nos compensan con dinero debidamente por ello?

   Gracias a Dios, en nuestro tiempo, los niños tienen derechos reconocidos en muchos países. Nosotros, además de tratarlos como merecen, debemos poner la catequesis infantil y juvenil, a la altura que debe ser tenida la instrucción de los adultos. Todos tenemos derecho a conocer la Palabra de Dios. Los niños y los que sufren por cualquier causa, tienen derecho a sentirse amados, protegidos, y capacitados para superar grandes dificultades, sin sentirse desamparados.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que nos ayude a aceptarlo, con la misma sinceridad que los niños confían en sus padres, de quienes solo esperan amor, comprensión, y la educación que hará de ellos los hombres y mujeres del futuro, que, en el caso de ser cristianos, deberán estar preparados, para contribuir a hacer de nuestra tierra, el Reino de amor y paz, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes les pido que os colmen de bendiciones, y os concedan la plenitud de la felicidad. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio.

   Estimados hermanos, amigos y simpatizantes:

   Las lecturas que la Iglesia nos propone para que meditemos en este Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos sugieren la posibilidad de hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué significa para nosotros la conversión al Evangelio? El hecho de convertirnos al Evangelio, significa para nosotros un cambio radical de mentalidad, que, según lo llevamos a cabo, nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. A pesar de que la grandeza del amor del Dios Uno y Trino es ilimitada, sucede que para nosotros es difícil el hecho de vivir continuamente dispuestos a obedecer a Nuestro Creador.

   ¿Qué imagen de Dios tenemos? Mientras que muchos de nuestros hermanos ven en Dios a un Padre de quien se acuerdan cuando le necesitan y se olvidan de Él cuándo se sienten felices, otros ven en Dios a un Juez terrible e implacable, de quien piensan que sólo vive para castigar su imperfección. Es necesario que no nos rijamos por ninguno de los extremos citados, y que pensemos que, de la misma manera que no debemos abusar de la ilimitada bondad de nuestro Santo Padre, la justicia divina ha de llevarse a cabo, tanto para que el Dios Uno y Trino sea glorificado, como para que, quienes han sufrido y sufrirán persecuciones por causa de su fe, y todos los maltratados injustamente a lo largo de la historia de la humanidad, encuentren una respuesta satisfactoria, que les haga comprender, que sus sufrimientos no han sido inverosímiles.

   Si queremos evitar dejar a medias el proceso de nuestra conversión a Dios, debemos acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma.

   ¿Cuál es el momento de nuestra vida apropiado para que abracemos la fe que nos caracteriza? Dado que a lo largo de los años que vivimos, siempre tenemos cosas que hacer, este es el preciso momento en que hemos de acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma. Si en este instante en que leemos esta meditación no nos entregamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, porque nos dejamos llevar por nuestras circunstancias vitales, nos exponemos a perder la oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, porque, a nuestro juicio, siempre tendremos razones lo suficientemente equilibradas, como para evitar el hecho de entregarle nuestro corazón al Dios que tanto nos ama.

   Muchos de mis lectores me escriben diciéndome que no tienen tiempo para perfeccionar su conocimiento de Dios, porque tienen que dedicarle muchas horas a su trabajo. Sé que muchos pobres y discapacitados no tienen más remedio que emplear toda su fuerza física y mental para conservar su trabajo, pues, desgraciadamente, por su situación, si pierden el empleo, se exponen a la pobreza, pero a pesar de ello, quienes quieran conservar su fe, porque sientan que Dios forma parte de su existencia, ¿cómo no le dedicarán unos minutos al día tanto a la oración, como a la lectura pausada de la Biblia?

   En el libro del Eclesiastés, leemos (Eclesiastés, 5, 11-14). Si nuestra conversión al Evangelio es completa, le permitimos a Dios que llegue a ser el centro de nuestra vida, pues, Jesús, -Nuestro Hermano y Señor-, nos dice (MT. 10, 34-39).

   ¿Cómo es posible que Dios nos exija que le amemos más que a nuestros familiares? Dado que Nuestro Padre común es la personificación de la plenitud del amor, solo si le dejamos que llegue a ser el centro de nuestra vida, podremos aspirar a ser sus imitadores, para que se cumplan en nosotros, las siguientes Palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   La necesidad de convertirnos a Dios, puede ser comprendida, y vista con gran urgencia, si consideramos que, el Reino de Dios, en vez de ser la utopía en que piensan quienes se sienten fracasados, es una realidad que Nuestro Santo Padre extiende por el mundo, de la misma manera que, una semilla muy pequeña, como el grano de mostaza, llega a florecer, y a crecer considerablemente, sin que apenas reparemos en ello.

   (LC. 17, 20-21). ¿Qué pruebas tenemos de que el Reino de Dios está entre nosotros, y de que somos miembros del mismo? La historia de la Iglesia, marcada por la práctica del bien, el efecto del pecado, y las huellas de las persecuciones que ha sufrido la institución de Jesucristo, es una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros, así pues, si queremos sentirnos integrados en el Reinado de Dios, debemos experimentar la plenitud de la salvación, al mismo tiempo que debemos esforzarnos para que nuestros prójimos también experimenten la glorificación divina.

   Es verdad que la plenitud de la dicha solo será alcanzada por nosotros cuando Dios extermine las miserias que actualmente azotan a la humanidad, pero, a pesar de ello, en los minutos que leemos esta meditación, podemos sentir la salvación divina, una dádiva que experimentamos por la fe que nos caracteriza, una realidad de carácter sobrenatural, que, para que podamos sentir verdaderamente que la experimentamos, requiere que tengamos la luz y los medios necesarios para solventar nuestras dificultades actuales.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos conceda medios y sabiduría para que, el exterminio del hambre en el mundo, sea un símbolo de la abundancia característica de su Reino.

   Pidámosle a nuestro Padre común que nos dé sabiduría y medios para trabajar por la extensión de su Palabra y la culturización de los más indefensos de este mundo.

   Pidámosle a Dios que nos haga caritativos y así podamos evitar el aislamiento de quienes viven en la más profunda soledad.

   Pidámosle a Dios que no permita que nos dejemos arrastrar por el concepto erróneo que nos induce a valorarnos por las posesiones que tenemos, y no por quienes somos.

   Pidámosle a Dios que nos conceda la sencillez de los niños y la sabiduría de los adultos en la fe, para que así podamos integrarnos en su Reino de amor, paz y justicia.

   La conversión al Señor, nos exige que pongamos todos nuestros bienes materiales y espirituales al servicio de la realización de la obra de Dios. Cuanto mayor sea nuestra entrega al cumplimiento de la voluntad del Creador del universo, mayor será la satisfacción que tendremos de haber hecho el bien.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión (MT. 5, 1-12), está caracterizado por la esperanza que deben tener los pobres y débiles en que Nuestro Padre común concluya el cumplimiento de sus promesas. A quienes apenas tienen lo estrictamente necesario para vivir, y a quienes carecen de fuerzas para mantenerse vivos, Jesús, en el Evangelio de hoy, les dice que su permanencia en el Reino de Dios es un regalo divino, pero, al mismo tiempo, también es la tarea de construir una sociedad justa, en la que todos ellos, en conformidad con su realización personal, constaten el continuo crecimiento de su fe. Recordemos, -estimados hermanos, amigos y simpatizantes-, los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 12; 1 COR. 1, 25-31).

   Los pobres deben evitar el hecho de dejarse arrastrar por la ambición desmedida que puede hacerles desear tener la oportunidad de aplastar a quienes pueden estar empobreciéndoles, y desear hacer todo lo que esté a su alcance, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, una sociedad en la que no existirán clases marginales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El origen del mal según la Biblia. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. El origen del mal según la biblia.

   Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.

   Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.

   Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.

   Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.

   Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.

   ¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.

   Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.

   El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.

   ¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?

   1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.

   2. Oremos para superar tentaciones.

   3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.

   4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.

   La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.

   Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.

   Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.

   El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.

   Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).

   Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.

   Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com