Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.
Lectura introductoria: IS. 29, 13.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
(LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.
(LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.
¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.
Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.
(LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.
Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.
(LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.
(LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.
(LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.
(LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.
(LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.
(LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
(LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.
Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.
Oremos:
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.
2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 39-45.
3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).
Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.
¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.
Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).
Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.
Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.
Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.
Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.
3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).
¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.
Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.
3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).
Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.
Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.
¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
9. ¿Qué es un falso profeta?
10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?
3-2.
24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?
3-3.
29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
33. ¿Nos conocemos?
34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?
5. Lectura relacionada.
Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).
Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.
Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.
7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.
Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).
Meditación.
2. Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre.
Meditación de 1 JN. 3, 1-3.
El mérito de los cristianos no radica en las horas que le dedicamos al estudio de la Palabra de Dios, a la práctica de la oración, ni al ejercicio de la caridad, sino en que somos hijos de Dios, porque no obtendremos la salvación que aguardamos por causa de nuestras cualidades humanas, pues lo haremos por causa de la profesión de nuestra fe. El estudio de la Palabra de Dios nos capacita a los cristianos para conocer a Nuestro Santo padre, la práctica de la oración nos vincula más a Nuestro Creador, y, el ejercicio de la caridad, nos hace imitadores de Yahveh, y fortalece las relaciones que mantenemos, con nuestros prójimos los hombres.
¿En qué influye en nuestra vida el hecho de saber que Dios es Nuestro Padre?
¿Sería diferente nuestra vida si no nos identificáramos como hijos de Dios?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, las siguientes palabras: (ROM. 8, 14-17). Quienes eran adoptados bajo el influjo de la cultura romana, perdían los derechos que les provenían de sus antiguas familias, y ganaban los derechos de sus nuevas familias, como si siempre hubieran formado parte de las mismas. San Pablo se sirvió de la citada realidad, para explicarles a los cristianos de Roma que, al haber sido hechos hijos de Dios, perdieron los derechos anticristianos característicos del mundo, y recibieron, gratuitamente, -y sin merecerlo-, el privilegio de ser hijos de Dios, las responsabilidades consecuentes del citado derecho, y, por consiguiente, la salvación de sus almas.
Uno de los dones que se nos conceden por ser hijos de Dios, es la guía del Espíritu Santo, que se hace presente en nuestra vida, a fin de ayudarnos, a alcanzar el estado de santidad.
(GÁL. 4, 4-7). Jesús nació y llevó a cabo la obra de nuestra redención en el tiempo apropiado, para que nadie fuese salvo por sucumbir a la esclavitud de las prescripciones religiosas simbolizadas por la Ley de moisés, pues Dios quiere salvarnos haciéndonos sentir que somos sus hijos, no sus esclavos, pues el cumplimiento obsesivo de los preceptos religiosos, coarta nuestra libertad, e impide que el Espíritu Santo se adapte a nuestras circunstancias, para llevar a cabo la obra de nuestra santificación.
Como nuestra salvación no depende de la puntualidad y exactitud con que cumplimos los preceptos religiosos, no sentimos que somos esclavos, sino hijos de Dios, de quien hemos recibido sus mayores riquezas, pues hemos sido redimidos por Jesucristo, -lo cual significa que somos receptores del perdón divino apenas lo pedimos-, y, hemos recibido el don de la vida eterna, aunque aún no ha concluido el tiempo de nuestra formación para poder vivirlo y valorarlo.
La vida de los cristianos tiene un nivel de dificultad que está relacionado con la medida con que nos disponemos a servir a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres. Cuanto más nos entregamos al servicio de Dios, nos sentimos más identificados con Él, pero, al mismo tiempo, podemos convertirnos en el objetivo de quienes rechazan nuestra fe, hasta despreciar a quienes no piensan como ellos.
Para poder sentirnos privilegiados por Dios, nos es conveniente tener una gran disposición a servir a los hombres.
Cuanto mayores sean las dificultades que tenemos que afrontar y confrontar por ser cristianos, más se nos fortalecerá la fe.
¿Son compatibles las riquezas que recibimos de Dios con nuestra capacidad de servir a los hombres y los sufrimientos que aguardan a muchos de nuestros hermanos en la fe? Si solo pensamos en sentirnos privilegiados por Dios, el amor que sentimos por Nuestro Santo Padre estará relacionado con el egoísmo humano, y estará lejos de equipararse a la misericordia divina.
Si nos sentimos privilegiados por Dios por tener la dicha de servirlo en nuestros prójimos los hombres que necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, no querremos a Nuestro Santo Padre pensando exclusivamente en ser favorecidos, pues nos esforzaremos en conseguir que toda la humanidad forme parte de una misma familia.
Si nos sentimos privilegiados por sufrir a causa de la profesión de nuestra fe cristiana, ello nos dispondrá a tener una gran fuerza espiritual, a valorar todo lo que Dios nos concede, y a comprender a quienes son marginados por cualquier causa.
¿En qué consisten las tribulaciones que sufren muchos cristianos a causa de la profesión de su fe? Ello depende de las circunstancias históricas en que viven los seguidores de Jesús, entre quienes existen historias de marginalidad familiar y social, privación de bienes temporales, persecuciones, encarcelamientos y muerte.
Dado que desgraciadamente la mayoría de la gente tiene la costumbre de rechazar lo que desconoce, y vivimos en una etapa histórica en que el Cristianismo no es valorado justamente, por causa de los pecados que muchos creyentes han cometido a lo largo de la historia, y cometen en la actualidad, si no estamos pagando algún precio referente a la incomprensión o la marginalidad social, ello significa que nuestra fe es un mero asentimiento mental a las verdades que decimos que creemos, pero no estamos imitando la conducta de Jesús, sino creyendo lo que nos interesa aceptar de nuestra religión, y evitando profesar nuestra fe públicamente, para no ser víctimas del rechazo social.
El mundo no conoce a Dios, y tampoco comprende plenamente, lo que significa seguir a Jesús, porque contempla más los pecados de los creyentes que las buenas obras llevadas a cabo por los mismos, y porque necesitamos testigos de la fe, que nos demuestren que es posible vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. El Cristianismo no es una ideología basada en la vivencia de privaciones materiales, sino una forma de vivir, consistente en utilizar los recursos existentes en el mundo, para eliminar las miserias -en cuanto sea posible en conformidad con los medios disponibles-, que impiden que toda la humanidad, alcance la plenitud de la felicidad.
joseportilloperez@gmail.com
2. Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre.
Meditación de 1 JN. 3, 1-3.
El mérito de los cristianos no radica en las horas que le dedicamos al estudio de la Palabra de Dios, a la práctica de la oración, ni al ejercicio de la caridad, sino en que somos hijos de Dios, porque no obtendremos la salvación que aguardamos por causa de nuestras cualidades humanas, pues lo haremos por causa de la profesión de nuestra fe. El estudio de la Palabra de Dios nos capacita a los cristianos para conocer a Nuestro Santo padre, la práctica de la oración nos vincula más a Nuestro Creador, y, el ejercicio de la caridad, nos hace imitadores de Yahveh, y fortalece las relaciones que mantenemos, con nuestros prójimos los hombres.
¿En qué influye en nuestra vida el hecho de saber que Dios es Nuestro Padre?
¿Sería diferente nuestra vida si no nos identificáramos como hijos de Dios?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, las siguientes palabras: (ROM. 8, 14-17). Quienes eran adoptados bajo el influjo de la cultura romana, perdían los derechos que les provenían de sus antiguas familias, y ganaban los derechos de sus nuevas familias, como si siempre hubieran formado parte de las mismas. San Pablo se sirvió de la citada realidad, para explicarles a los cristianos de Roma que, al haber sido hechos hijos de Dios, perdieron los derechos anticristianos característicos del mundo, y recibieron, gratuitamente, -y sin merecerlo-, el privilegio de ser hijos de Dios, las responsabilidades consecuentes del citado derecho, y, por consiguiente, la salvación de sus almas.
Uno de los dones que se nos conceden por ser hijos de Dios, es la guía del Espíritu Santo, que se hace presente en nuestra vida, a fin de ayudarnos, a alcanzar el estado de santidad.
(GÁL. 4, 4-7). Jesús nació y llevó a cabo la obra de nuestra redención en el tiempo apropiado, para que nadie fuese salvo por sucumbir a la esclavitud de las prescripciones religiosas simbolizadas por la Ley de moisés, pues Dios quiere salvarnos haciéndonos sentir que somos sus hijos, no sus esclavos, pues el cumplimiento obsesivo de los preceptos religiosos, coarta nuestra libertad, e impide que el Espíritu Santo se adapte a nuestras circunstancias, para llevar a cabo la obra de nuestra santificación.
Como nuestra salvación no depende de la puntualidad y exactitud con que cumplimos los preceptos religiosos, no sentimos que somos esclavos, sino hijos de Dios, de quien hemos recibido sus mayores riquezas, pues hemos sido redimidos por Jesucristo, -lo cual significa que somos receptores del perdón divino apenas lo pedimos-, y, hemos recibido el don de la vida eterna, aunque aún no ha concluido el tiempo de nuestra formación para poder vivirlo y valorarlo.
La vida de los cristianos tiene un nivel de dificultad que está relacionado con la medida con que nos disponemos a servir a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres. Cuanto más nos entregamos al servicio de Dios, nos sentimos más identificados con Él, pero, al mismo tiempo, podemos convertirnos en el objetivo de quienes rechazan nuestra fe, hasta despreciar a quienes no piensan como ellos.
Para poder sentirnos privilegiados por Dios, nos es conveniente tener una gran disposición a servir a los hombres.
Cuanto mayores sean las dificultades que tenemos que afrontar y confrontar por ser cristianos, más se nos fortalecerá la fe.
¿Son compatibles las riquezas que recibimos de Dios con nuestra capacidad de servir a los hombres y los sufrimientos que aguardan a muchos de nuestros hermanos en la fe? Si solo pensamos en sentirnos privilegiados por Dios, el amor que sentimos por Nuestro Santo Padre estará relacionado con el egoísmo humano, y estará lejos de equipararse a la misericordia divina.
Si nos sentimos privilegiados por Dios por tener la dicha de servirlo en nuestros prójimos los hombres que necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, no querremos a Nuestro Santo Padre pensando exclusivamente en ser favorecidos, pues nos esforzaremos en conseguir que toda la humanidad forme parte de una misma familia.
Si nos sentimos privilegiados por sufrir a causa de la profesión de nuestra fe cristiana, ello nos dispondrá a tener una gran fuerza espiritual, a valorar todo lo que Dios nos concede, y a comprender a quienes son marginados por cualquier causa.
¿En qué consisten las tribulaciones que sufren muchos cristianos a causa de la profesión de su fe? Ello depende de las circunstancias históricas en que viven los seguidores de Jesús, entre quienes existen historias de marginalidad familiar y social, privación de bienes temporales, persecuciones, encarcelamientos y muerte.
Dado que desgraciadamente la mayoría de la gente tiene la costumbre de rechazar lo que desconoce, y vivimos en una etapa histórica en que el Cristianismo no es valorado justamente, por causa de los pecados que muchos creyentes han cometido a lo largo de la historia, y cometen en la actualidad, si no estamos pagando algún precio referente a la incomprensión o la marginalidad social, ello significa que nuestra fe es un mero asentimiento mental a las verdades que decimos que creemos, pero no estamos imitando la conducta de Jesús, sino creyendo lo que nos interesa aceptar de nuestra religión, y evitando profesar nuestra fe públicamente, para no ser víctimas del rechazo social.
El mundo no conoce a Dios, y tampoco comprende plenamente, lo que significa seguir a Jesús, porque contempla más los pecados de los creyentes que las buenas obras llevadas a cabo por los mismos, y porque necesitamos testigos de la fe, que nos demuestren que es posible vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. El Cristianismo no es una ideología basada en la vivencia de privaciones materiales, sino una forma de vivir, consistente en utilizar los recursos existentes en el mundo, para eliminar las miserias -en cuanto sea posible en conformidad con los medios disponibles-, que impiden que toda la humanidad, alcance la plenitud de la felicidad.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Amemos a Dios y a nuestros prójimos los hombres. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Amemos a Dios y a nuestros prójimos los hombres.
Meditación de MC. 12, 38-44.
Durante el presente Año litúrgico, hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios Padre. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que podemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, dado que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se verifica con el cumplimiento de la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, por lo que, en consecuencia, todos tenemos un papel asignado, en la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. A pesar de que la Iglesia ha ido proponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejos del Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
El Evangelio de hoy nos enseña cual es el secreto mediante el cual podemos amar infinitamente a Dios y a nuestros seres queridos. El resentimiento y la pereza que nos instan a no servir a nuestros prójimos desaparecen cuando hacemos de Dios el objeto inmediato de nuestro amor.
¿Por qué tenemos que amar a Dios más que a nadie y más que a nuestras pertenencias? Esta es la actitud de quienes son conscientes de que Dios los ama más que a todas sus criaturas. Si yo hubiera sido el único hombre que Dios creó, Jesús no hubiera dudado sobre la posibilidad de ser crucificado para enseñarme a vencer los obstáculos de mi vida.
¿Hasta qué punto somos capaces de amar a Dios?
¿Amamos al Señor en el constante servicio a nuestros prójimos los hombres?
¿Nos creemos superiores a los pobres?
¿Creemos que nuestra dignidad es superior a la de los encarcelados?
Todos tenemos igual dignidad, porque somos hijos de Dios.
El ejemplo de la pobre viuda que depositó unas monedas en el arca de las ofrendas, nos insta a ser humildes.
¿Creemos que hemos hecho cuanto podemos por dar a conocer a Jesús, porque hemos pronunciado un emotivo discurso?
¿Luchamos para dar a conocer a Nuestro Dios, o nos llenamos de falso orgullo porque nuestros conocidos nos han visto darles una pequeña limosna a los pobres?
¿Ayudamos a los pobres económicamente dándoles limosna, u otorgándoles lo que les pertenece por justicia?
¿Predicamos la Palabra de Dios para conseguir conversiones, o nos creemos sembradores, sin tener en cuenta, que Cristo es quien recogerá el fruto de nuestras obras y palabras, porque Él es el único Sembrador?
¿Nos llenamos de orgullo cuando los demás aplauden nuestra bondad, o nos limitamos a pensar: Señor, hemos ayudado un poco a tus hijos, pero queremos seguir haciéndolo más y mejor?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole al Señor, que nos transmita su amor misericordioso, para que llevemos a cabo sin protestar, el cumplimiento de sus divinos preceptos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 12, 38-44.
Durante el presente Año litúrgico, hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios Padre. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que podemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, dado que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se verifica con el cumplimiento de la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, por lo que, en consecuencia, todos tenemos un papel asignado, en la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. A pesar de que la Iglesia ha ido proponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejos del Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
El Evangelio de hoy nos enseña cual es el secreto mediante el cual podemos amar infinitamente a Dios y a nuestros seres queridos. El resentimiento y la pereza que nos instan a no servir a nuestros prójimos desaparecen cuando hacemos de Dios el objeto inmediato de nuestro amor.
¿Por qué tenemos que amar a Dios más que a nadie y más que a nuestras pertenencias? Esta es la actitud de quienes son conscientes de que Dios los ama más que a todas sus criaturas. Si yo hubiera sido el único hombre que Dios creó, Jesús no hubiera dudado sobre la posibilidad de ser crucificado para enseñarme a vencer los obstáculos de mi vida.
¿Hasta qué punto somos capaces de amar a Dios?
¿Amamos al Señor en el constante servicio a nuestros prójimos los hombres?
¿Nos creemos superiores a los pobres?
¿Creemos que nuestra dignidad es superior a la de los encarcelados?
Todos tenemos igual dignidad, porque somos hijos de Dios.
El ejemplo de la pobre viuda que depositó unas monedas en el arca de las ofrendas, nos insta a ser humildes.
¿Creemos que hemos hecho cuanto podemos por dar a conocer a Jesús, porque hemos pronunciado un emotivo discurso?
¿Luchamos para dar a conocer a Nuestro Dios, o nos llenamos de falso orgullo porque nuestros conocidos nos han visto darles una pequeña limosna a los pobres?
¿Ayudamos a los pobres económicamente dándoles limosna, u otorgándoles lo que les pertenece por justicia?
¿Predicamos la Palabra de Dios para conseguir conversiones, o nos creemos sembradores, sin tener en cuenta, que Cristo es quien recogerá el fruto de nuestras obras y palabras, porque Él es el único Sembrador?
¿Nos llenamos de orgullo cuando los demás aplauden nuestra bondad, o nos limitamos a pensar: Señor, hemos ayudado un poco a tus hijos, pero queremos seguir haciéndolo más y mejor?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole al Señor, que nos transmita su amor misericordioso, para que llevemos a cabo sin protestar, el cumplimiento de sus divinos preceptos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Una llamada muy especial. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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