Meditación.
1. ¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama?
Cuando somos interrogados con respecto al amor que Nuestro Padre común nos ha manifestado a lo largo de los años que se prolonga nuestra vida, podemos pensar en muchas respuestas que pueden solventar esta cuestión, pues, las citadas respuestas, dependen de nuestra fe, de nuestro amor, y de nuestra carencia de fe, en Nuestro Santo Padre. Con demasiada frecuencia escucho a muchos ateos afirmar que tanto los cristianos como los adeptos a otras religiones creemos en Dios porque sufrimos mucho al pensar en el dolor que nos puede afectar en un determinado momento de nuestra vida o sentimos pánico cuando pensamos en la muerte, así pues, para ellos, con la idea de evitar el miedo que supuestamente nos produce pensar en el hecho de sucumbir eternamente bajo los efectos de la muerte, nos hemos puesto de acuerdo para aceptar a un Dios que todos concebimos según la fe que nos han inculcado los líderes espirituales de las diversas religiones que practicamos.
Merecen una atención especial quienes se cuestionan con respecto al amor que Dios siente por ellos. Quizás han perdido la fe en Nuestro Padre común, porque la acogieron abrigando esperanzas sin fundamento en sus corazones, o quizás, -¿por qué no aceptarlo¿-, porque nosotros no hemos sabido mantener en sus corazones viva la llama de la esperanza, han perdido su primer amor con respecto a Dios. Yo quisiera invitar a quienes se sienten desengañados por Dios a que vuelvan a recordar la felicidad que su fe les pudo proporcionar antes de que se sintieran frustrados en su intento de alcanzar la felicidad poniendo sus ojos en el cielo. Yo quisiera ayudar a quienes han perdido la fe a analizar las causas que les han conducido a perder totalmente la esperanza que ha de caracterizarnos a los cristianos, pues, cuando un cristiano deja de creer en Dios, puede sucederle que se encuentre perdido.
Quienes tienen una fe débil, quizás creen en Dios cuando su salud es perfecta, cuando tienen trabajo, y son felices junto a sus familiares y amigos queridos, pero, cuando les llega el tiempo en que su creencia en Nuestro Padre común es puesta a prueba por las contradicciones que forman parte de nuestra existencia mortal, se sienten desamparados por Nuestro Criador.
Es digna de alabanza la actitud de quienes, a pesar de lo mucho que han sufrido creen en nuestro Padre común, pues, para ellos, lo importante no es la cantidad de dolor que han tenido que soportar, sino el milagro que Dios ha hecho en ellos, haciéndoles fuertes, para que hayan podido soportar las circunstancias que erróneamente llamamos adversas que han formado parte de su vida, o que aún les siguen atormentando.
Cuando yo era catequista de niños, me encontré con un adolescente que me decía muchas veces las siguientes palabras:
"¿Cómo es posible que creas que Dios se nos revela? Yo he comulgado decenas de veces, así pues, llevo más de un año sin faltar a la celebración de la Eucaristía dominical, y no siento nada especial".
Una de las veces que le escuché esas palabras a aquél joven incrédulo, le dije:
"El cristianismo no es una sucesión de pensamientos que tenemos que albergar en nuestro corazón ni un montón de emociones que han de hacernos saltar de alegría constantemente, sino una vivencia cuya finalidad es hacernos felices, aunque tengamos que sufrir hasta que seamos tan perfectos como lo es Dios. Sois muchos los que queréis sobornar a Dios diciéndole que aceptáis el hecho de creer en Él si sois plenamente felices, pero, en esta vida, no existe la felicidad perfecta".
Aquél joven no tardó en responderme:
"Si es verdad lo que me dices, ¿cómo es posible que los místicos hayan experimentado la felicidad perfecta al ver a Dios¿".
Yo le respondí:
"Los mártires han muerto siendo conscientes de que su sufrimiento les ha ayudado a vivir junto a Dios, donde la felicidad es sumamente perfecta, pues, en el cielo, no existen el dolor ni el pecado".
La fe de aquél joven se mantuvo viva durante varios años, pero, en el año 2003, supe que, al faltarle el apoyo de un sacerdote o de un catequista que le animara a progresar espiritualmente, dejó de asistir a las celebraciones de la Eucaristía, y comenzó a vivir nuevamente como un ateo, según lo había hecho durante los más tiernos años de su infancia.
Quizás pensamos que cuando nos tomamos un café nos sentimos muy capacitados para emprender cualquier actividad, así pues, en cierta forma, el café alivia a los depresivos que piensan demasiado en sus preocupaciones, si, después de tomarlo, comienzan a realizar una actividad que dominen y les resulte agradable. Nuestra fe no es una sustancia excitante, pero, de alguna manera, nos hace experimentar la vivencia de la experiencia del Dios del amor, del Padre que, en la Persona de su Hijo amado, se nos entregó para que lo crucificáramos, para que aprendiéramos lo que significa amar desmedidamente, no con un amor ciego, sino con un amor capaz de sobrevivir a todo tipo de sufrimientos, si ello nos induce a vislumbrar la felicidad más allá del pecado, la enfermedad, la apatía, la angustia, el dolor en todas sus formas, y, la muerte.
2. ¿Por qué queremos amar a Dios?.
El Evangelio de hoy es un compendio de los textos que hemos meditado los últimos días. Hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que debemos amar a Dios más que a nadie, tenemos que dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, ya que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se sostiene en la firme columna del Templo divino, esto es, la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. A pesar de que la Iglesia ha ido imponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y a pesar de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué amamos a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué amamos a nuestros prójimos? Reflejo de Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
Concluyamos esta reflexión del Evangelio diario orando para que Dios nos ayude a reconocer los frutos del amor y el Espíritu Santo en nosotros. (J. Portillo, 6/06/2002).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama? (Meditación para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
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Meditación para el Miércoles de Ceniza.
Meditación.
Imaginemos que Jesús ha concluido plenamente la instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros. Imaginemos que vivimos en un mundo en que nuestra mayor prioridad consiste en amar y ser amados, por lo que no se hace nada con doble intención.
Contemplemos el mundo sin sufrimientos que añoramos, cuyos habitantes nos serviremos, por el gozo de amar, y de ser amados.
Mientras Jesús concluye la instauración de su Reino entre nosotros, oremos sinceramente, para que dios haga aquello que nos es imposible, pero necesitamos que sea hecho, para que, tanto nosotros como toda la humanidad, seamos mejores.
Parece que no ha transcurrido el tiempo desde que el pasado año os envié mi primera meditación a la lista, así pues, ese texto también correspondía al Miércoles de Ceniza. En esta ocasión no pretendo hacer un análisis exhaustivo de mi trabajo en todos los sitios asociados de Trigo de Dios, así pues, sólo deseo deciros que el año junto a vosotros ha sido muy corto y agradable.
La primera lectura que meditamos en esta ocasión, hace referencia a la penitencia, a los golpes de pecho, al rezo a veces estéril de cientos de Rosarios continuados... Yo quiero sugeriros que la Cuaresma de este año sea distinta para nosotros. Hermanos: Conozco el caso de muchos enfermos que son despreciados por sus familiares, grandes hipócritas que reconocen ante la gente amar mucho a sus minusvalorizados.
No seamos hipócritas, y démosle a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. (MT. 22, 21).
Rasguemos esa tela gruesa y opaca que cubre la urna de nuestros defectos, pecados y resentimientos.
Hubo un tiempo en que el rey David se enamoró de Betsabé, la mujer de aquel Urías a quien el rey de Israel mandó asesinar para quitarle su cordera al pastor a quien Natán mencionó en su parábola en presencia del monarca. David, al percatarse de la atrocidad que llevó a cabo, compuso el Salmo 51. Estoy de acuerdo con que hemos de hacer penitencia para reconocer nuestros errores y los pecados que hemos cometido voluntaria y conscientemente si ello ha sucedido, pero personalmente prefiero ampararme en la Psicología moderna para corregir mis penas antes que pasar la vida llorando inútilmente esperando que se aparezca Dios y me solucione mis amarguras. A mí no me va a caer un rosco del cielo, Dios ha puesto a mi alcance medios para solventar mis deficiencias.
(2 COR. 5, 20). Somos conscientes, queridos hermanos, de que algunos hemos recibido una instrucción muy negativa respecto de las verdades fundamentales de Nuestro Dios, de igual manera que también reconocemos que los conceptos referentes al pecado y a nuestra condenación han causado en muchos de nuestros hermanos el nacimiento de una gran aversión a la Iglesia Católica, y, por extensión, a Nuestro Padre y Dios. Nosotros qeremos corregir esas desviaciones que hacen sufrir a fieles y a retirados de la Iglesia, porque no tiene lógica alguna el absurdo hecho de que el Creador del amor nos condene, porque Él no tiene capacidad de ofenderse por nuestras rebeldías. No sólo hemos de conformarnos siendo en nuestra Iglesia los pocos que de ella formamos parte, dado que es necesario que atraigamos a Cristo a quienes se han alejado de Él simplemente porque son más fuertes que el miedo que otros les han inducido a tener ante la supuesta realidad del infierno, esa muletilla que muchos han usado, los unos por error, y los otros para someter a las masas a su voluntad, usando sutilmente la infusión del miedo.
(2 COR. 5, 21). Cristo Jesús, además de ser pecado que se perdona cuando proviene de los pecadores, se convirtió en cobardía en los cobardes, y en bondad en los Santos. Jesús, independientemente de nuestra justicia, -no olvidemos que aquí la única justicia es la de Dios-, murió para enseñarnos a afrontar la adversidad valientemente, sin temor alguno a las caras de quienes no comprenden nuestra forma de proceder y al mismo fracaso.
La Cuaresma es el día favorable de la gracia y la salvación (2 COR. 6, 2).
Hagamos el propósito de fortalecer los lazos que nos unen a Nuestro Padre celestial, nuestros prójimos los hombres y nosotros mismos.
La lectura del Evangelio que la Iglesia nos propone para esta ocasión, nos dispone a prepararnos para recibir la imposición de la ceniza. Nuestro sacerdote, al poner la cruz de ceniza sobre nuestra frente, nos dirá estas palabras evangélicas:
"Conviértete y cree en el Evangelio".
Pedidles a vuestros sacerdotes que utilicen esta fórmula incluida en los leccionarios litúrgicos para ser recitadas al principio del tiempo de Cuaresma, porque, vosotros y yo, en nuestra pequeñez, somos la más plena realización del todo que Nuestro Padre y Dios significa para nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Imaginemos que Jesús ha concluido plenamente la instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros. Imaginemos que vivimos en un mundo en que nuestra mayor prioridad consiste en amar y ser amados, por lo que no se hace nada con doble intención.
Contemplemos el mundo sin sufrimientos que añoramos, cuyos habitantes nos serviremos, por el gozo de amar, y de ser amados.
Mientras Jesús concluye la instauración de su Reino entre nosotros, oremos sinceramente, para que dios haga aquello que nos es imposible, pero necesitamos que sea hecho, para que, tanto nosotros como toda la humanidad, seamos mejores.
Parece que no ha transcurrido el tiempo desde que el pasado año os envié mi primera meditación a la lista, así pues, ese texto también correspondía al Miércoles de Ceniza. En esta ocasión no pretendo hacer un análisis exhaustivo de mi trabajo en todos los sitios asociados de Trigo de Dios, así pues, sólo deseo deciros que el año junto a vosotros ha sido muy corto y agradable.
La primera lectura que meditamos en esta ocasión, hace referencia a la penitencia, a los golpes de pecho, al rezo a veces estéril de cientos de Rosarios continuados... Yo quiero sugeriros que la Cuaresma de este año sea distinta para nosotros. Hermanos: Conozco el caso de muchos enfermos que son despreciados por sus familiares, grandes hipócritas que reconocen ante la gente amar mucho a sus minusvalorizados.
No seamos hipócritas, y démosle a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. (MT. 22, 21).
Rasguemos esa tela gruesa y opaca que cubre la urna de nuestros defectos, pecados y resentimientos.
Hubo un tiempo en que el rey David se enamoró de Betsabé, la mujer de aquel Urías a quien el rey de Israel mandó asesinar para quitarle su cordera al pastor a quien Natán mencionó en su parábola en presencia del monarca. David, al percatarse de la atrocidad que llevó a cabo, compuso el Salmo 51. Estoy de acuerdo con que hemos de hacer penitencia para reconocer nuestros errores y los pecados que hemos cometido voluntaria y conscientemente si ello ha sucedido, pero personalmente prefiero ampararme en la Psicología moderna para corregir mis penas antes que pasar la vida llorando inútilmente esperando que se aparezca Dios y me solucione mis amarguras. A mí no me va a caer un rosco del cielo, Dios ha puesto a mi alcance medios para solventar mis deficiencias.
(2 COR. 5, 20). Somos conscientes, queridos hermanos, de que algunos hemos recibido una instrucción muy negativa respecto de las verdades fundamentales de Nuestro Dios, de igual manera que también reconocemos que los conceptos referentes al pecado y a nuestra condenación han causado en muchos de nuestros hermanos el nacimiento de una gran aversión a la Iglesia Católica, y, por extensión, a Nuestro Padre y Dios. Nosotros qeremos corregir esas desviaciones que hacen sufrir a fieles y a retirados de la Iglesia, porque no tiene lógica alguna el absurdo hecho de que el Creador del amor nos condene, porque Él no tiene capacidad de ofenderse por nuestras rebeldías. No sólo hemos de conformarnos siendo en nuestra Iglesia los pocos que de ella formamos parte, dado que es necesario que atraigamos a Cristo a quienes se han alejado de Él simplemente porque son más fuertes que el miedo que otros les han inducido a tener ante la supuesta realidad del infierno, esa muletilla que muchos han usado, los unos por error, y los otros para someter a las masas a su voluntad, usando sutilmente la infusión del miedo.
(2 COR. 5, 21). Cristo Jesús, además de ser pecado que se perdona cuando proviene de los pecadores, se convirtió en cobardía en los cobardes, y en bondad en los Santos. Jesús, independientemente de nuestra justicia, -no olvidemos que aquí la única justicia es la de Dios-, murió para enseñarnos a afrontar la adversidad valientemente, sin temor alguno a las caras de quienes no comprenden nuestra forma de proceder y al mismo fracaso.
La Cuaresma es el día favorable de la gracia y la salvación (2 COR. 6, 2).
Hagamos el propósito de fortalecer los lazos que nos unen a Nuestro Padre celestial, nuestros prójimos los hombres y nosotros mismos.
La lectura del Evangelio que la Iglesia nos propone para esta ocasión, nos dispone a prepararnos para recibir la imposición de la ceniza. Nuestro sacerdote, al poner la cruz de ceniza sobre nuestra frente, nos dirá estas palabras evangélicas:
"Conviértete y cree en el Evangelio".
Pedidles a vuestros sacerdotes que utilicen esta fórmula incluida en los leccionarios litúrgicos para ser recitadas al principio del tiempo de Cuaresma, porque, vosotros y yo, en nuestra pequeñez, somos la más plena realización del todo que Nuestro Padre y Dios significa para nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Feliz año nuevo, Jesús. (Meditación oración para el Domingo II después de Navidad).
Meditación-oración.
Feliz año nuevo, Jesús.
Querido Jesús:
A pesar de que mi fe es tan débil que cuanto más cerca estás de mí más sólo me siento, hoy tengo una gran necesidad de sentarme frente al Sagrario para contemplarte y hablar contigo. Siento que mis sentimientos se confunden, pues, tengo tantas cosas que decirte, que no sé cómo empezar mi oración. Podría empezar mi plegaria agradeciéndote los muchos dones divinos y humanos que me has dado no sólo durante el último año de vida que me has concedido, sino durante toda mi existencia. Sé que todo lo que tengo y cuanto soy te lo debo a Ti, pero ese pensamiento no me permite henchir mi corazón de tu felicidad.
Cuando yo era niño, me enseñaron que mi valor fundamental personal, radicaría siempre en el poder y la riqueza que la vida me otorgara, pero, hoy, Jesús, al saber que me has iluminado y me has hecho comprender que esos dos aspectos fundamentales de la vida de los no creyentes son vanidades ante tu gloria, tengo la necesidad de saber que mi vida tiene un sentido nuevo, porque tengo la sensación de que me he afanado en vano.
Desde los años de mi niñez, siempre he deseado ser un hombre sapientísimo. Una vez más, para satisfacer mi deseo, permitiste que me viera envuelto en muchos problemas. Si yo no me hubiera dejado arrastrar por mi carencia de fe, hubiera podido vencer todos aquellos obstáculos, porque tu sabiduría se habría manifestado en mí. Pero yo, Jesús, una vez más, me limité a quejarme, y a decir que no escuchabas mis oraciones, de tal forma que aumentaba mis súplicas y tenía la sensación de que fingías que no me escuchabas, porque sólo existe un camino para lograr la santidad.
Siempre he deseado alcanzar la prosperidad, y Tú, Jesús, para satisfacer mi deseo, me has dado cerebro y músculos para trabajar, pero yo, Hermano, en vez de fructificar los dones y virtudes que me has concedido a través del Espíritu Santo, sólo me limito a quejarme de mi trabajo, de mis compañeros, y de mis jefes, y, a pesar de que no me falta dinero para mantener mi posición social, me atrevo a quejarme porque quiero tener más dinero en el bolsillo. Jesús, dime que no soy pecador. Ayúdame a comprender que soy incapaz de reconocer que dar es tan importante como recibir lo que Tú y mis seres queridos me entreguéis con mucho amor.
Cuando tuve miedo y me sentí cobarde para superar dolores tan fuertes como la pérdida de algunos de mis seres queridos y las temporadas de inestabilidad económica, te pedí valor para no sentirme desgraciado, y Tú, Jesús, sólo por complacerme, aumentaste mis obstáculos para que tu fortaleza se manifestara en mí, y yo, Jesús, me limité a maldecir mi situación estresante y a decir que me habías abandonado, para no reconocer que me estaba amparando en mi debilidad.
En medio de mis dificultades te pedí que tanto Tú como mis seres queridos me manifestarais una gran dosis de amor, y Tú, para satisfacer mi deseo, me rodeaste de personas con dificultades a las que tenía que ayudar porque soy cristiano, pero yo, una vez más, me encerré en mi victimismo, pues creía que era el más desgraciado del mundo, el único que tenía derecho a que se me manifestara una gran dosis de lástima constantemente. Mis hijos necesitaban a su padre, mi mujer necesitaba que la animara para no desfallecer al realizar su frenética actividad laboral y doméstica, y el mundo estaba lleno de gente hambrienta de comida y sabiduría divina, pero yo, al intentar que mi falsa prepotencia acosara a mis seres amados para que estos me manifestaran su cariño constantemente, me asfixiaba y no dejaba que los míos vivieran en paz y armonía.
Cuando insistentemente te pedía favores, Tú, Jesús, sólo por complacerme, no cesabas de darme oportunidades de triunfar de mil maneras, a pesar de que yo siempre hacía fracasar todas tus ideas, porque quería que Tú y los miembros de mi familia trabajarais por mí, y atribuirme vuestros méritos, para considerarme importante al teneros sometidos al cumplimiento de mis caprichos.
Con el paso del tiempo, pude percatarme de que me concediste todo lo que te pedí, de una forma diferente respecto del modo en que quería que me resolvieras los problemas que he tenido, dificultades que muchas veces han sido causadas por mi ceguera. Cuando empecé a dejarme ayudar por Ti, Jesús, comprendí que la paz no consiste en gritar para que los niños no hablen y poder ver una película tranquilamente, sino en afrontar las situaciones difíciles con serenidad, sin olvidar la necesidad de la perseverancia para resolver situaciones difíciles. Después de haber considerado todo lo que te he dicho, me siento satisfecho al agradecerte el amor que derramas continuamente sobre mí, porque ahora sí puedo decir que me siento henchido de tu presencia, Jesús. Ahora sé que no necesito nada, porque Tú estás conmigo, y me siento apoyado y amado por los miembros de mi familia. Sé que mis seres queridos me aman y me apoyan, porque, gracias a Ti, Hermano Jesús, se sienten felices cuando están conmigo.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Feliz año nuevo, Jesús.
Querido Jesús:
A pesar de que mi fe es tan débil que cuanto más cerca estás de mí más sólo me siento, hoy tengo una gran necesidad de sentarme frente al Sagrario para contemplarte y hablar contigo. Siento que mis sentimientos se confunden, pues, tengo tantas cosas que decirte, que no sé cómo empezar mi oración. Podría empezar mi plegaria agradeciéndote los muchos dones divinos y humanos que me has dado no sólo durante el último año de vida que me has concedido, sino durante toda mi existencia. Sé que todo lo que tengo y cuanto soy te lo debo a Ti, pero ese pensamiento no me permite henchir mi corazón de tu felicidad.
Cuando yo era niño, me enseñaron que mi valor fundamental personal, radicaría siempre en el poder y la riqueza que la vida me otorgara, pero, hoy, Jesús, al saber que me has iluminado y me has hecho comprender que esos dos aspectos fundamentales de la vida de los no creyentes son vanidades ante tu gloria, tengo la necesidad de saber que mi vida tiene un sentido nuevo, porque tengo la sensación de que me he afanado en vano.
Desde los años de mi niñez, siempre he deseado ser un hombre sapientísimo. Una vez más, para satisfacer mi deseo, permitiste que me viera envuelto en muchos problemas. Si yo no me hubiera dejado arrastrar por mi carencia de fe, hubiera podido vencer todos aquellos obstáculos, porque tu sabiduría se habría manifestado en mí. Pero yo, Jesús, una vez más, me limité a quejarme, y a decir que no escuchabas mis oraciones, de tal forma que aumentaba mis súplicas y tenía la sensación de que fingías que no me escuchabas, porque sólo existe un camino para lograr la santidad.
Siempre he deseado alcanzar la prosperidad, y Tú, Jesús, para satisfacer mi deseo, me has dado cerebro y músculos para trabajar, pero yo, Hermano, en vez de fructificar los dones y virtudes que me has concedido a través del Espíritu Santo, sólo me limito a quejarme de mi trabajo, de mis compañeros, y de mis jefes, y, a pesar de que no me falta dinero para mantener mi posición social, me atrevo a quejarme porque quiero tener más dinero en el bolsillo. Jesús, dime que no soy pecador. Ayúdame a comprender que soy incapaz de reconocer que dar es tan importante como recibir lo que Tú y mis seres queridos me entreguéis con mucho amor.
Cuando tuve miedo y me sentí cobarde para superar dolores tan fuertes como la pérdida de algunos de mis seres queridos y las temporadas de inestabilidad económica, te pedí valor para no sentirme desgraciado, y Tú, Jesús, sólo por complacerme, aumentaste mis obstáculos para que tu fortaleza se manifestara en mí, y yo, Jesús, me limité a maldecir mi situación estresante y a decir que me habías abandonado, para no reconocer que me estaba amparando en mi debilidad.
En medio de mis dificultades te pedí que tanto Tú como mis seres queridos me manifestarais una gran dosis de amor, y Tú, para satisfacer mi deseo, me rodeaste de personas con dificultades a las que tenía que ayudar porque soy cristiano, pero yo, una vez más, me encerré en mi victimismo, pues creía que era el más desgraciado del mundo, el único que tenía derecho a que se me manifestara una gran dosis de lástima constantemente. Mis hijos necesitaban a su padre, mi mujer necesitaba que la animara para no desfallecer al realizar su frenética actividad laboral y doméstica, y el mundo estaba lleno de gente hambrienta de comida y sabiduría divina, pero yo, al intentar que mi falsa prepotencia acosara a mis seres amados para que estos me manifestaran su cariño constantemente, me asfixiaba y no dejaba que los míos vivieran en paz y armonía.
Cuando insistentemente te pedía favores, Tú, Jesús, sólo por complacerme, no cesabas de darme oportunidades de triunfar de mil maneras, a pesar de que yo siempre hacía fracasar todas tus ideas, porque quería que Tú y los miembros de mi familia trabajarais por mí, y atribuirme vuestros méritos, para considerarme importante al teneros sometidos al cumplimiento de mis caprichos.
Con el paso del tiempo, pude percatarme de que me concediste todo lo que te pedí, de una forma diferente respecto del modo en que quería que me resolvieras los problemas que he tenido, dificultades que muchas veces han sido causadas por mi ceguera. Cuando empecé a dejarme ayudar por Ti, Jesús, comprendí que la paz no consiste en gritar para que los niños no hablen y poder ver una película tranquilamente, sino en afrontar las situaciones difíciles con serenidad, sin olvidar la necesidad de la perseverancia para resolver situaciones difíciles. Después de haber considerado todo lo que te he dicho, me siento satisfecho al agradecerte el amor que derramas continuamente sobre mí, porque ahora sí puedo decir que me siento henchido de tu presencia, Jesús. Ahora sé que no necesito nada, porque Tú estás conmigo, y me siento apoyado y amado por los miembros de mi familia. Sé que mis seres queridos me aman y me apoyan, porque, gracias a Ti, Hermano Jesús, se sienten felices cuando están conmigo.
José Portillo Pérez.
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