Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.
Lectura introductoria: IS. 29, 13.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
(LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.
(LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.
¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.
Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.
(LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.
Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.
(LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.
(LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.
(LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.
(LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.
(LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.
(LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
(LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.
Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.
Oremos:
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.
2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 39-45.
3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).
Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.
¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.
Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).
Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.
Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.
Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.
Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.
3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).
¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.
Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.
3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).
Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.
Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.
¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
9. ¿Qué es un falso profeta?
10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?
3-2.
24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?
3-3.
29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
33. ¿Nos conocemos?
34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?
5. Lectura relacionada.
Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).
Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.
Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.
7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.
Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
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2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
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El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
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2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
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Jesús es el justo por antonomasia. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El camino de la cruz y de la gloria.
1. Jesús es el Justo por antonomasia.
Meditación de SB. 2, 12. 17-20.
Estimados hermanos y amigos:
En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que celebramos este Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B, vislumbramos la razón por la que grandes personajes del Judaísmo y el Cristianismo, incluyendo a Jesús, fueron perseguidos y asesinados, porque con su conducta denunciaban la manera de proceder de quienes se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. En el citado texto del libro de la Sabiduría, leemos: (SB. 2, 12).
Jesús les resultó incómodo a los saduceos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció cómo muchos de los tales procedían sin escrúpulos con tal de aumentar su poder, riqueza y prestigio, y también les resultó bastante molesto a los fariseos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció su afán de protagonismo, y la hipocresía con que aparentaban un nivel de santidad, que no deseaban alcanzar.
En nuestro tiempo hablamos mucho del respeto a las diferentes ideologías existentes, porque vivimos en un mundo en que debemos aprovechar la diversidad existente para unirnos, y no para vivir cada día más distanciados unos de otros, porque el Señor espera de sus fieles que evangelicemos a la humanidad. Nada nos impide hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vincularnos a quienes no profesan nuestra fe aprovechándonos de lo que nos une a los tales, pero es preciso que nos cuidemos de dejar de cumplir la voluntad de Dios. Somos defensores de la vida, y creemos que nuestra existencia está encaminada a que alcancemos los dones y virtudes que nos son necesarios para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, así pues, ello es lo que nos hace diferentes de quienes no aceptan al Dios Uno y Trino, y por ello no comprenden nuestra dedicación al estudio y a la oración, ni los esfuerzos que hacemos, para alabar a Dios, y alcanzar la perfección que anhelamos.
Los siguientes versículos de la primera lectura de hoy que vamos a recordar, nos traen a la memoria la Pasión y muerte de Jesús (SB. 2, 17-20).
A pesar de que por la fe que profesamos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, muchos de entre quienes lo vieron azotado y crucificado, debieron pensar: Si las palabras que pronunció Jesús en sus discursos son reales, ¿cómo permite Dios que este Profeta termine sus días siendo tratado como un hombre marginado socialmente?
Si Jesús es Hijo de Dios, ¿por qué no lo libró Yahveh de caer en manos de sus enemigos?
¿Por qué permitió Dios que Jesús fuera afrentado y sometido a una dura prueba por quienes intentaron hacer llegar al Mesías al límite de su resistencia?
¿Sería posible creer el primer Viernes Santo, ante Jesús maltratado y moribundo, que realmente Dios se apiadaría del Mesías?
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, y les restableció la fe a sus Apóstoles, los tales debieron recordar cómo fueron perseguidos y asesinados grandes personajes del Antiguo Testamento, por reflejar en su vida la actitud de Nuestro Salvador. Cuando comprendieron el significado de la cruz, los Apóstoles del Señor, no solo aceptaron el sacrificio de su Maestro, sino que se mostraron dispuestos a ser torturados hasta morir, si ello era necesario, con tal de contribuir a la realización del designio divino de salvar a la humanidad.
Los grandes ejemplos de fe viva no se extinguieron a partir del día en que fue escrita la última página del Apocalipsis, -el último libro de la Biblia-, pues, aunque los grandes ejemplos de heroísmo silencioso no destacan tanto como la tiranía de quienes carecen de escrúpulos, no podemos dejar de sorprendernos, quienes tenemos la oportunidad de conocer a quienes son capaces de transmitir fe, determinación para superar el dolor, optimismo y alegría, a pesar de los padecimientos a que sobreviven estoicamente.
Quienes amaban a Jesús y lo vieron morir en el Gólgota, debieron preguntarse muchas veces cómo fue posible que Dios viera fallecer a su Unigénito y no lo evitara, y nosotros, cuando pensamos en quienes están enfermos, carecen de dádivas espirituales y/o materiales, y viven desamparados, nos preguntamos cómo es posible que Dios permita que los tales vivan tan difíciles situaciones.
Se nos ha dicho que el dolor tiene un importante sentido redentor, y, quienes lo hemos padecido, hemos constatado que, si aprendemos a convivir con él cuando no podemos evitarlo, nos ayuda a crecer a nivel espiritual. Se nos ha dicho que lo que no mata fortalece, y que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. No se trata de amar el dolor por sí mismo, sino de aprender a convivir con él cuando no tengamos más remedio que sobrellevarlo, evitando en cuanto nos sea posible pasar el tiempo quejándonos, para que así podamos aprovechar todos los bienes que Dios nos concede.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El camino de la cruz y de la gloria.
1. Jesús es el Justo por antonomasia.
Meditación de SB. 2, 12. 17-20.
Estimados hermanos y amigos:
En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que celebramos este Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B, vislumbramos la razón por la que grandes personajes del Judaísmo y el Cristianismo, incluyendo a Jesús, fueron perseguidos y asesinados, porque con su conducta denunciaban la manera de proceder de quienes se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. En el citado texto del libro de la Sabiduría, leemos: (SB. 2, 12).
Jesús les resultó incómodo a los saduceos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció cómo muchos de los tales procedían sin escrúpulos con tal de aumentar su poder, riqueza y prestigio, y también les resultó bastante molesto a los fariseos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció su afán de protagonismo, y la hipocresía con que aparentaban un nivel de santidad, que no deseaban alcanzar.
En nuestro tiempo hablamos mucho del respeto a las diferentes ideologías existentes, porque vivimos en un mundo en que debemos aprovechar la diversidad existente para unirnos, y no para vivir cada día más distanciados unos de otros, porque el Señor espera de sus fieles que evangelicemos a la humanidad. Nada nos impide hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vincularnos a quienes no profesan nuestra fe aprovechándonos de lo que nos une a los tales, pero es preciso que nos cuidemos de dejar de cumplir la voluntad de Dios. Somos defensores de la vida, y creemos que nuestra existencia está encaminada a que alcancemos los dones y virtudes que nos son necesarios para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, así pues, ello es lo que nos hace diferentes de quienes no aceptan al Dios Uno y Trino, y por ello no comprenden nuestra dedicación al estudio y a la oración, ni los esfuerzos que hacemos, para alabar a Dios, y alcanzar la perfección que anhelamos.
Los siguientes versículos de la primera lectura de hoy que vamos a recordar, nos traen a la memoria la Pasión y muerte de Jesús (SB. 2, 17-20).
A pesar de que por la fe que profesamos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, muchos de entre quienes lo vieron azotado y crucificado, debieron pensar: Si las palabras que pronunció Jesús en sus discursos son reales, ¿cómo permite Dios que este Profeta termine sus días siendo tratado como un hombre marginado socialmente?
Si Jesús es Hijo de Dios, ¿por qué no lo libró Yahveh de caer en manos de sus enemigos?
¿Por qué permitió Dios que Jesús fuera afrentado y sometido a una dura prueba por quienes intentaron hacer llegar al Mesías al límite de su resistencia?
¿Sería posible creer el primer Viernes Santo, ante Jesús maltratado y moribundo, que realmente Dios se apiadaría del Mesías?
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, y les restableció la fe a sus Apóstoles, los tales debieron recordar cómo fueron perseguidos y asesinados grandes personajes del Antiguo Testamento, por reflejar en su vida la actitud de Nuestro Salvador. Cuando comprendieron el significado de la cruz, los Apóstoles del Señor, no solo aceptaron el sacrificio de su Maestro, sino que se mostraron dispuestos a ser torturados hasta morir, si ello era necesario, con tal de contribuir a la realización del designio divino de salvar a la humanidad.
Los grandes ejemplos de fe viva no se extinguieron a partir del día en que fue escrita la última página del Apocalipsis, -el último libro de la Biblia-, pues, aunque los grandes ejemplos de heroísmo silencioso no destacan tanto como la tiranía de quienes carecen de escrúpulos, no podemos dejar de sorprendernos, quienes tenemos la oportunidad de conocer a quienes son capaces de transmitir fe, determinación para superar el dolor, optimismo y alegría, a pesar de los padecimientos a que sobreviven estoicamente.
Quienes amaban a Jesús y lo vieron morir en el Gólgota, debieron preguntarse muchas veces cómo fue posible que Dios viera fallecer a su Unigénito y no lo evitara, y nosotros, cuando pensamos en quienes están enfermos, carecen de dádivas espirituales y/o materiales, y viven desamparados, nos preguntamos cómo es posible que Dios permita que los tales vivan tan difíciles situaciones.
Se nos ha dicho que el dolor tiene un importante sentido redentor, y, quienes lo hemos padecido, hemos constatado que, si aprendemos a convivir con él cuando no podemos evitarlo, nos ayuda a crecer a nivel espiritual. Se nos ha dicho que lo que no mata fortalece, y que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. No se trata de amar el dolor por sí mismo, sino de aprender a convivir con él cuando no tengamos más remedio que sobrellevarlo, evitando en cuanto nos sea posible pasar el tiempo quejándonos, para que así podamos aprovechar todos los bienes que Dios nos concede.
José Portillo Pérez
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La importancia de la fe. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
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La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros. (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
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bendigamos a Dios, Nuestro Padre celestial. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
3. Bendigamos a Dios, Nuestro Padre celestial.
Meditación de EF. 1, 3-6. 11-12.
(EF. 1, 3). ¿En qué sentido nos ha colmado Dios de dones espirituales? El Espíritu Santo nos concede sus dones según los vamos necesitando, cuando sabe que no nos vamos a oponer a ejercitarlos.
Dios nos concede sus dones espirituales -y los bienes materiales que nos da-, por medio de Jesucristo, porque Nuestro Señor vivió su Pasión, murió y resucitó, para perfeccionarnos, con tal que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
(EF. 1, 4). Antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -sin perjuicio de que prescindiéramos de su designio mediante el uso consciente de nuestra libertad de renegar de Él-, a que viviéramos en su presencia, no en nuestro estado actual de imperfección, sino en el estado glorioso, en que está Cristo Resucitado y glorificado.
Si nos abstenemos de pecar para vivir en la presencia de Dios, hacemos lo correcto, porque ello es lo que deseamos hacer, si queremos consagrarnos al Dios Uno y Trino, -es decir, si queremos entregarle nuestra vida, para amoldarnos al cumplimiento de su voluntad-.
(EF. 1, 4-5). Desde antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -no por nuestros méritos, sino porque es su voluntad amarnos incondicionalmente-, a ser sus hijos adoptivos, porque Jesús pagó en la cruz, el mal de que la humanidad ha sido causante, testigo y víctima al mismo tiempo.
Dios no nos ha destinado a vivir sufriendo eternamente, pues San Pablo nos dice que, junto a Cristo, -y por medio de Nuestro Salvador-, nos ha destinado, a vivir, felizmente, en su presencia.
(EF. 1, 6). Agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, con las palabras del Salmista, que leemos en SAL. 13, 4-6.
Pidámosle al Señor que atienda nuestras oraciones, para que la adversidad que vivimos, no nos haga perder la fe.
Que nunca les falte la luz a nuestros ojos, y que seamos capaces de interpretar todo lo que nos sucede, desde el punto de vista de la fe que profesamos.
Que el Señor nos libre de la muerte física, y de la muerte que supone la ignorancia de su conocimiento.
Que el Señor nos socorra, para fortalecer nuestra fe, eliminar a los adversarios que son nuestros problemas, y para que los no creyentes puedan abrazar la fe que profesamos, al ver cómo mejora nuestra calidad de vida.
Confiemos en la lealtad del Señor.
Regocijémonos, mientras esperamos que el Señor cumpla la promesa de conducirnos a su presencia, limpios de nuestros pecados, y libres de los problemas que nos afligen.
¡Alabemos al Señor por el bien que nos ha hecho, y no dejará jamás de hacernos!.
(EF. 1, 11). Los cristianos hemos sido destinados por Dios a ser coherederos de Cristo de la felicidad que Dios nos tiene reservada.
Dios no procede jamás sin pensar lo que ha de hacer, pues siempre actúa en conformidad con el plan que trazó desde la eternidad, para hacernos felices, viviendo en su presencia.
(EF. 1, 12). San Pablo hace referencia a sus hermanos de raza, de quienes espera que acepten a Nuestro Salvador, para que puedan vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
Nos es preciso meditar un versículo más del texto de San Pablo que estamos considerando, para recordar que no sólo los hebreos fueron destinados a vivir en la presencia de Dios, pues la esperanza de salvación, también es para los paganos, para toda la humanidad (EF. 1, 13). Por haber sido vinculados a Cristo espiritualmente, hemos sido marcados por el Espíritu Santo, para que, por la recepción de sus dones, y el ejercicio de los mismos, podamos alcanzar la salvación.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
3. Bendigamos a Dios, Nuestro Padre celestial.
Meditación de EF. 1, 3-6. 11-12.
(EF. 1, 3). ¿En qué sentido nos ha colmado Dios de dones espirituales? El Espíritu Santo nos concede sus dones según los vamos necesitando, cuando sabe que no nos vamos a oponer a ejercitarlos.
Dios nos concede sus dones espirituales -y los bienes materiales que nos da-, por medio de Jesucristo, porque Nuestro Señor vivió su Pasión, murió y resucitó, para perfeccionarnos, con tal que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
(EF. 1, 4). Antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -sin perjuicio de que prescindiéramos de su designio mediante el uso consciente de nuestra libertad de renegar de Él-, a que viviéramos en su presencia, no en nuestro estado actual de imperfección, sino en el estado glorioso, en que está Cristo Resucitado y glorificado.
Si nos abstenemos de pecar para vivir en la presencia de Dios, hacemos lo correcto, porque ello es lo que deseamos hacer, si queremos consagrarnos al Dios Uno y Trino, -es decir, si queremos entregarle nuestra vida, para amoldarnos al cumplimiento de su voluntad-.
(EF. 1, 4-5). Desde antes de crear el mundo, Dios nos destinó, -no por nuestros méritos, sino porque es su voluntad amarnos incondicionalmente-, a ser sus hijos adoptivos, porque Jesús pagó en la cruz, el mal de que la humanidad ha sido causante, testigo y víctima al mismo tiempo.
Dios no nos ha destinado a vivir sufriendo eternamente, pues San Pablo nos dice que, junto a Cristo, -y por medio de Nuestro Salvador-, nos ha destinado, a vivir, felizmente, en su presencia.
(EF. 1, 6). Agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, con las palabras del Salmista, que leemos en SAL. 13, 4-6.
Pidámosle al Señor que atienda nuestras oraciones, para que la adversidad que vivimos, no nos haga perder la fe.
Que nunca les falte la luz a nuestros ojos, y que seamos capaces de interpretar todo lo que nos sucede, desde el punto de vista de la fe que profesamos.
Que el Señor nos libre de la muerte física, y de la muerte que supone la ignorancia de su conocimiento.
Que el Señor nos socorra, para fortalecer nuestra fe, eliminar a los adversarios que son nuestros problemas, y para que los no creyentes puedan abrazar la fe que profesamos, al ver cómo mejora nuestra calidad de vida.
Confiemos en la lealtad del Señor.
Regocijémonos, mientras esperamos que el Señor cumpla la promesa de conducirnos a su presencia, limpios de nuestros pecados, y libres de los problemas que nos afligen.
¡Alabemos al Señor por el bien que nos ha hecho, y no dejará jamás de hacernos!.
(EF. 1, 11). Los cristianos hemos sido destinados por Dios a ser coherederos de Cristo de la felicidad que Dios nos tiene reservada.
Dios no procede jamás sin pensar lo que ha de hacer, pues siempre actúa en conformidad con el plan que trazó desde la eternidad, para hacernos felices, viviendo en su presencia.
(EF. 1, 12). San Pablo hace referencia a sus hermanos de raza, de quienes espera que acepten a Nuestro Salvador, para que puedan vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
Nos es preciso meditar un versículo más del texto de San Pablo que estamos considerando, para recordar que no sólo los hebreos fueron destinados a vivir en la presencia de Dios, pues la esperanza de salvación, también es para los paganos, para toda la humanidad (EF. 1, 13). Por haber sido vinculados a Cristo espiritualmente, hemos sido marcados por el Espíritu Santo, para que, por la recepción de sus dones, y el ejercicio de los mismos, podamos alcanzar la salvación.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico sobre la oración. (Miércoles de Ceniza).
Estudio bíblico sobre la oración.
Estimados hermanos y amigos:
Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.
¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.
Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).
A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.
(OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).
¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?
Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.
Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.
A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).
Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).
Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).
(2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).
En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).
Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.
No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).
No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.
¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).
Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).
¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).
Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).
(MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.
Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.
(MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).
¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).
Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.
¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?
1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).
2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).
3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir, hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).
4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.
¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.
Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).
A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.
(OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).
¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?
Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.
Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.
A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).
Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).
Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).
(2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).
En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).
Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.
No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).
No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.
¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).
Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).
¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).
Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).
(MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.
Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.
(MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).
¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).
Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.
¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?
1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).
2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).
3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir, hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).
4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La sabiduría. (Meditación de la primera lectura del Domingo II después de Navidad).
Meditación.
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
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