Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Meditación del Evangelio del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
MC. 12, 28b-34.
No todos los legistas israelitas mantenían la misma opinión con respecto a la importancia relativa a los mandamientos legales. Unos escribas pensaban que todos los mandamientos eran iguales en importancia, y otros clasificaban las prescripciones legales concediéndoles un nivel de importancia, que estaba relacionado, con la dificultad que entrañaba, el cumplimiento de las mismas.
Los cristianos podemos tener el mismo problema que le es planteado a Jesús en el principio del Evangelio de hoy, pues, -a modo de ejemplo-, mientras que unos consideran que los mandamientos más trascendentales son los relativos al culto, otros consideran que el ejercicio de la caridad supera la importancia del cumplimiento de los preceptos litúrgicos, y ni unos ni otros se dan cuenta de que debemos amar a Dios por Sí mismo, y servirlo en las personas de nuestros prójimos, de tal manera que, nuestro culto no puede ser sincero si no somos caritativos, y nuestra caridad en vez de ser caridad cristiana es solidaridad mundana, si no le tributamos culto a Nuestro Santo Padre.
"Todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano.
Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos" (Conc. Vat. II. LG. 40).
Cuando estemos en una situación en que todas las opciones por las que optemos vulneren algún mandamiento divino (a modo de ejemplo, pensemos en el caso de un estudiante que quiere estudiar una carrera que no obedece a la voluntad de sus padres, que no desean que se relacione con gente socialmente marginada), optemos por aquella que nos impulse a amar y servir mejor a Dios, en sus hijos los hombres.
Jesús le dijo al escriba que lo interrogó que no estaba lejos del Reino de Dios. el citado escriba sabía de la importancia de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y toda la fuerza, pero, quizás para mantener su posición social, amaba a Dios intelectualmente, pero no actuaba según le dijo Jesús lo que era correcto que debía hacer, esto es, amar a Dios sobre todas las cosas, y a sus prójimos como a sí mismo.
¿Profesamos nuestra fe amando a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos los hombres como a nosotros mismos, o evitamos hacerlo, porque creemos que no se nos va a comprender en nuestro medio social?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Dios quiere lo mejor de sus hijos. (Meditación de la I lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial.
¿Hacemos mal al venerar a María Santísima y a los Santos mirando sus imágenes?
Muchos católicos tenéis la costumbre de tener en lugares en que la veis constantemente e incluso de llevar en la cartera una imagen de Nuestra Santa Madre. Yo, al carecer de visión, prefiero llevarla en el corazón, pues en mi interior puedo verla mejor que en las imágenes. Aunque el hecho de tener una imagen tanto de María, de Jesús o de cualquier Santo, es para nosotros una forma de demostrar que amamos a quienes representan dichas imágenes, muchos de nuestros hermanos en la fe no están realmente seguros de si nos está permitido tener imágenes, dado que, los predicadores de otras denominaciones cristianas, -los cuales tienen como meta principal destruir la Iglesia Católica-, les hacen creer que confundimos la veneración con la adoración, de manera que, si tenemos imágenes religiosas en casa debemos tirarlas inmediatamente, para que las mismas no sustituyan a Nuestro Padre común. Aunque muchos creyentes se niegan a tirar las imágenes dado que las mismas forman parte de sus vidas, algunos de ellos, aunque no se desprenden de las mismas porque las tales tienen un valor sentimental muy importante para ellos, se quedan con la duda de si hacen bien o mal con tener dichas imágenes en sus hogares. Aunque creo haber tratado este tema en escritos anteriores, y los religiosos y laicos conocedores de la Biblia lo conocéis perfectamente, permitidme tratarlo nuevamente, con el fin de que nuestros hermanos desconocedores, tanto de la Biblia como de la Iglesia, no piensen que hacen mal a la hora de venerar, tanto a María Santísima, como a los Santos, contemplando sus imágenes.
En la Biblia se distinguen los ídolos (cuya adoración nos está prohibida porque los tales sustituyen al mismo Dios) y los adornos religiosos, cuya posesión, -como veremos más adelante-, no nos está prohibida en absoluto, pues tienen la misión de ayudarnos a crecer espiritualmente, ya que, quienes podéis ver, cuanto más perfecto es vuestro sentido de la vista, tenéis la posibilidad de adquirir el conocimiento de Dios a través de la oración, que surge tanto de la inspiración del Espíritu Santo, de quien San Pablo escribió el texto de ROM. 8, 26, como de vuestros fervorosos corazones, mientras contempláis las imágenes que representan a quienes tanto amor les manifestáis en vuestras oraciones.
¿Por qué se nos prohíbe en la Biblia que adoremos a los dioses falsos? En el tiempo que Moisés caminó con los hebreos por el desierto para conducirlos a la Tierra prometida, los dioses de los pueblos extranjeros, tenían forma de toros, leones y otros animales. Como dichas imágenes eran consideradas como dioses por quienes creían en las mismas, los hebreos las llamaban ídolos o dioses falsos. Aunque los adeptos de las religiones que adoraban las citadas imágenes consideraban que las tales estaban dotadas de poderes mágicos, en realidad, sólo representaban los bajos instintos de los hombres. A modo de ejemplo, el becerro de oro que Aarón -el hermano de Moisés- hizo en el capítulo 32 del Éxodo, dado que Moisés no bajaba del Sinaí, y sus hermanos de raza le dieron por muerto, simbolizaba la fuerza bruta de la naturaleza, y el poder sexual más allá de los límites morales. El oro de dicho ídolo representaba la ambición desmedida y el poder explotador de la riqueza, lo cual ha logrado que los ricos y fuertes exploten a los pobres y débiles, lo que significa que, el hombre, por sí mismo, sin solidarizarse con sus prójimos, y desechando al mismo Dios, ha pretendido usurparle al Altísimo el puesto que le corresponde a Nuestro Padre común.
Nosotros, imitando a los hebreos que desobedecieron a Dios y se hicieron idólatras, también tenemos la opción de apartarnos de Nuestro Padre común, y de unirnos a dioses superfluos, tales como el dinero, la droga, el sexo sin amor, la dominación de nuestros prójimos, etcétera.
En este momento se me puede decir: "Todo esto de los ídolos está muy bien y parece tener sentido, pero, ¿cómo se puede interpretar el siguiente texto (DT. 5, 8-9)? Muchos protestantes nos atacan con el citado texto, diciéndonos que, la prueba de que adoramos las imágenes, consiste en que oramos postrados ante las mismas, lo cual sólo debe hacerse ante Dios. No niego el hecho de que, desgraciadamente, muchos católicos, -sobre todo hermanos nuestros que no saben leer ni escribir-, aman más las imágenes que al mismo Dios, dado que no tienen ninguna representación de Nuestro Padre celestial para orar ante la misma. Muchos de tales hermanos piensan que las imágenes son poseedoras de poderes mágicos, pero es preciso corregir a los tales, teniendo cuidado de tratarles con la mayor amabilidad posible, para no exterminar de sus corazones la fe que tienen. Al sacar los citados versículos y otros tantos textos bíblicos del contexto general de las Sagradas Escrituras, es fácil engañar a quienes no distinguen entre los falsos ídolos y los adornos religiosos, así pues, en el Éxodo, leemos que Dios le dijo a Moisés, las palabras que podemos leer en ÉX. 25, 17-20.
Si los dos querubines colocados en el lugar del perdón de la parte más importante del Tabernáculo (templo portátil) hubieran sido ídolos, ¿qué sentido hubiera tenido el hecho de que el mismo Dios hubiera dado la orden de construirlos?
¿Tiene sentido el hecho de que Dios hubiera permitido la instalación de dos dioses falsos en el lugar en que habría de manifestársele a su Profeta Moisés?
Veamos un texto que nos informa de que en el mismo Templo de Jerusalén había imágenes religiosas (SAL. 74, 4-6).
Vemos que el hecho de tener imágenes en casa no es malo en absoluto, pero, el desconocimiento de la Biblia en su conjunto sí que puede ser muy perjudicial para los católicos que no tienen una Biblia en casa en la que se relacionan unos textos con otros, y se dejan engañar por creyentes de otras denominaciones cristianas que, bien por su desconocimiento de la Palabra de Dios, o bien por su deseo de destruir la Iglesia Católica, pretenden hacerles perder la fe. Los catecúmenos deben cuidarse de no caer en la trampa de quienes les dicen: "Mirad en vuestras Biblias católicas textos como los que os enseñamos de las nuestras, y veréis que son idénticos a los que aparecen en nuestras Biblias, así pues, la Iglesia manipula la Palabra de Dios conscientemente en su beneficio y en perjuicio de sus creyentes", pues los tales no relacionan unos textos con otros, por lo cual, al no interpretar la Biblia en su conjunto, no diferencian la idolatría de la veneración, y, si tienen muy malas ideas, pueden decir que los citados querubines bíblicos eran imágenes religiosas, pero que, las imágenes nuestras, son ídolos que es necesario rechazar.
Cuando yo tenía once años, murió mi hermana Lucía, víctima de una parálisis cerebral y de otras enfermedades, con tan sólo siete años. Un día en que mi madre tenía una fotografía de Lucía en sus manos en un lugar público, una señora que no conocía todo lo que habíamos pasado en mi familia, le preguntó a mi madre: "¿Qué le pasa a esa niña que tiene la cabeza medio baja y esa cara de idiota?". La verdad es que, tanto a mi madre como a mí, nos sentó muy mal aquella pregunta. Os cuento esto para que pensemos que las imágenes religiosas son fotografías, no dioses falsos.
Por cierto, quienes tienen la costumbre de orar arrodillados ante las imágenes de los Santos, no adoran a quienes representan las imágenes -salvo excepciones muy difíciles de localizar-, pues les suplican a los mismos que intercedan ante la Santísima Trinidad por ellos.
¿Queréis ver lo que sucede si interpretamos la Biblia fuera de su contexto general? Al final del SAL. 10, 4, se pone en boca de los carentes de devoción esta frase: "No hay Dios". Por supuesto que entendemos que llegar a esta conclusión es sacar el citado texto de su contexto, pero, muchos católicos, carentes, tanto de sagacidad, como de conocimientos bíblicos, caen en la trampa del protestantismo.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial.
¿Hacemos mal al venerar a María Santísima y a los Santos mirando sus imágenes?
Muchos católicos tenéis la costumbre de tener en lugares en que la veis constantemente e incluso de llevar en la cartera una imagen de Nuestra Santa Madre. Yo, al carecer de visión, prefiero llevarla en el corazón, pues en mi interior puedo verla mejor que en las imágenes. Aunque el hecho de tener una imagen tanto de María, de Jesús o de cualquier Santo, es para nosotros una forma de demostrar que amamos a quienes representan dichas imágenes, muchos de nuestros hermanos en la fe no están realmente seguros de si nos está permitido tener imágenes, dado que, los predicadores de otras denominaciones cristianas, -los cuales tienen como meta principal destruir la Iglesia Católica-, les hacen creer que confundimos la veneración con la adoración, de manera que, si tenemos imágenes religiosas en casa debemos tirarlas inmediatamente, para que las mismas no sustituyan a Nuestro Padre común. Aunque muchos creyentes se niegan a tirar las imágenes dado que las mismas forman parte de sus vidas, algunos de ellos, aunque no se desprenden de las mismas porque las tales tienen un valor sentimental muy importante para ellos, se quedan con la duda de si hacen bien o mal con tener dichas imágenes en sus hogares. Aunque creo haber tratado este tema en escritos anteriores, y los religiosos y laicos conocedores de la Biblia lo conocéis perfectamente, permitidme tratarlo nuevamente, con el fin de que nuestros hermanos desconocedores, tanto de la Biblia como de la Iglesia, no piensen que hacen mal a la hora de venerar, tanto a María Santísima, como a los Santos, contemplando sus imágenes.
En la Biblia se distinguen los ídolos (cuya adoración nos está prohibida porque los tales sustituyen al mismo Dios) y los adornos religiosos, cuya posesión, -como veremos más adelante-, no nos está prohibida en absoluto, pues tienen la misión de ayudarnos a crecer espiritualmente, ya que, quienes podéis ver, cuanto más perfecto es vuestro sentido de la vista, tenéis la posibilidad de adquirir el conocimiento de Dios a través de la oración, que surge tanto de la inspiración del Espíritu Santo, de quien San Pablo escribió el texto de ROM. 8, 26, como de vuestros fervorosos corazones, mientras contempláis las imágenes que representan a quienes tanto amor les manifestáis en vuestras oraciones.
¿Por qué se nos prohíbe en la Biblia que adoremos a los dioses falsos? En el tiempo que Moisés caminó con los hebreos por el desierto para conducirlos a la Tierra prometida, los dioses de los pueblos extranjeros, tenían forma de toros, leones y otros animales. Como dichas imágenes eran consideradas como dioses por quienes creían en las mismas, los hebreos las llamaban ídolos o dioses falsos. Aunque los adeptos de las religiones que adoraban las citadas imágenes consideraban que las tales estaban dotadas de poderes mágicos, en realidad, sólo representaban los bajos instintos de los hombres. A modo de ejemplo, el becerro de oro que Aarón -el hermano de Moisés- hizo en el capítulo 32 del Éxodo, dado que Moisés no bajaba del Sinaí, y sus hermanos de raza le dieron por muerto, simbolizaba la fuerza bruta de la naturaleza, y el poder sexual más allá de los límites morales. El oro de dicho ídolo representaba la ambición desmedida y el poder explotador de la riqueza, lo cual ha logrado que los ricos y fuertes exploten a los pobres y débiles, lo que significa que, el hombre, por sí mismo, sin solidarizarse con sus prójimos, y desechando al mismo Dios, ha pretendido usurparle al Altísimo el puesto que le corresponde a Nuestro Padre común.
Nosotros, imitando a los hebreos que desobedecieron a Dios y se hicieron idólatras, también tenemos la opción de apartarnos de Nuestro Padre común, y de unirnos a dioses superfluos, tales como el dinero, la droga, el sexo sin amor, la dominación de nuestros prójimos, etcétera.
En este momento se me puede decir: "Todo esto de los ídolos está muy bien y parece tener sentido, pero, ¿cómo se puede interpretar el siguiente texto (DT. 5, 8-9)? Muchos protestantes nos atacan con el citado texto, diciéndonos que, la prueba de que adoramos las imágenes, consiste en que oramos postrados ante las mismas, lo cual sólo debe hacerse ante Dios. No niego el hecho de que, desgraciadamente, muchos católicos, -sobre todo hermanos nuestros que no saben leer ni escribir-, aman más las imágenes que al mismo Dios, dado que no tienen ninguna representación de Nuestro Padre celestial para orar ante la misma. Muchos de tales hermanos piensan que las imágenes son poseedoras de poderes mágicos, pero es preciso corregir a los tales, teniendo cuidado de tratarles con la mayor amabilidad posible, para no exterminar de sus corazones la fe que tienen. Al sacar los citados versículos y otros tantos textos bíblicos del contexto general de las Sagradas Escrituras, es fácil engañar a quienes no distinguen entre los falsos ídolos y los adornos religiosos, así pues, en el Éxodo, leemos que Dios le dijo a Moisés, las palabras que podemos leer en ÉX. 25, 17-20.
Si los dos querubines colocados en el lugar del perdón de la parte más importante del Tabernáculo (templo portátil) hubieran sido ídolos, ¿qué sentido hubiera tenido el hecho de que el mismo Dios hubiera dado la orden de construirlos?
¿Tiene sentido el hecho de que Dios hubiera permitido la instalación de dos dioses falsos en el lugar en que habría de manifestársele a su Profeta Moisés?
Veamos un texto que nos informa de que en el mismo Templo de Jerusalén había imágenes religiosas (SAL. 74, 4-6).
Vemos que el hecho de tener imágenes en casa no es malo en absoluto, pero, el desconocimiento de la Biblia en su conjunto sí que puede ser muy perjudicial para los católicos que no tienen una Biblia en casa en la que se relacionan unos textos con otros, y se dejan engañar por creyentes de otras denominaciones cristianas que, bien por su desconocimiento de la Palabra de Dios, o bien por su deseo de destruir la Iglesia Católica, pretenden hacerles perder la fe. Los catecúmenos deben cuidarse de no caer en la trampa de quienes les dicen: "Mirad en vuestras Biblias católicas textos como los que os enseñamos de las nuestras, y veréis que son idénticos a los que aparecen en nuestras Biblias, así pues, la Iglesia manipula la Palabra de Dios conscientemente en su beneficio y en perjuicio de sus creyentes", pues los tales no relacionan unos textos con otros, por lo cual, al no interpretar la Biblia en su conjunto, no diferencian la idolatría de la veneración, y, si tienen muy malas ideas, pueden decir que los citados querubines bíblicos eran imágenes religiosas, pero que, las imágenes nuestras, son ídolos que es necesario rechazar.
Cuando yo tenía once años, murió mi hermana Lucía, víctima de una parálisis cerebral y de otras enfermedades, con tan sólo siete años. Un día en que mi madre tenía una fotografía de Lucía en sus manos en un lugar público, una señora que no conocía todo lo que habíamos pasado en mi familia, le preguntó a mi madre: "¿Qué le pasa a esa niña que tiene la cabeza medio baja y esa cara de idiota?". La verdad es que, tanto a mi madre como a mí, nos sentó muy mal aquella pregunta. Os cuento esto para que pensemos que las imágenes religiosas son fotografías, no dioses falsos.
Por cierto, quienes tienen la costumbre de orar arrodillados ante las imágenes de los Santos, no adoran a quienes representan las imágenes -salvo excepciones muy difíciles de localizar-, pues les suplican a los mismos que intercedan ante la Santísima Trinidad por ellos.
¿Queréis ver lo que sucede si interpretamos la Biblia fuera de su contexto general? Al final del SAL. 10, 4, se pone en boca de los carentes de devoción esta frase: "No hay Dios". Por supuesto que entendemos que llegar a esta conclusión es sacar el citado texto de su contexto, pero, muchos católicos, carentes, tanto de sagacidad, como de conocimientos bíblicos, caen en la trampa del protestantismo.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico sobre el ayuno. (Miércoles de Ceniza).
Estudio bíblico sobre el ayuno.
Las prácticas cuaresmales.
Estimados hermanos y amigos:
Un año más nos vamos a disponer a preparar la celebración de la Semana Santa y la Pascua de Resurrección a través de las prácticas cuaresmales.
El ayuno de carne y de productos lácteos es un símbolo de la abstención de hacer el mal.
La oración es la consecuencia directa de creer en Dios, así pues, sólo si hablamos con Nuestro Padre común, y creemos que Él nos habla a través de la Biblia, las circunstancias relativas a nuestras vidas y sus predicadores, podemos entender que tenemos fe. Quienes dicen que tienen fe, pero no oran, no creen en Dios firmemente, así pues, aunque la fe de los que oramos no es completa porque ello nos lo impide nuestra humana imperfección, si nuestra creencia es tan débil que ni siquiera nos crea la necesidad de hablar con Nuestro Creador, ¿qué frutos podemos esperar de dicha fe?
Por otra parte, aunque durante los próximos cuarenta días muchos de nuestros hermanos se mortificarán pretendiendo de esa forma corregir su humana imperfección, por el aumento de su fe, y su bienestar psíquico y físico, deberían buscar formas alternativas de corregir sus defectos en el caso de que ello les sea posible, pues el hecho de sufrir por sufrir nunca ha sido útil para nadie.
El ayuno.
"Llamamos "ayuno" a la abstinencia de alimentos y/o bebidas que es prolongado durante un espacio de tiempo mayor al habitual. Durante el transcurso de la Historia, las religiones que en mayor o menor medida han estado caracterizadas por la práctica del ayuno son: el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam, el Confucianismo, el Hinduismo, el Taoísmo y el Jainismo. Algunos budistas tibetanos también practican el ayuno, a pesar de que en dicha religión se modera el consumo de los alimentos, sin que los adeptos de la misma se vean obligados a ayunar por causa de ningún rito cultual. En un principio, el ayuno fue concebido como uno de los numerosos actos cultuales en que las actividades físicas se suspendían total o parcialmente, de forma que quienes lo practicaban, simbólicamente, meditaban sobre lo que llegarían a ser cuando murieran, o en lo que fueron antes de nacer. Esta práctica también estaba relacionada con los ritos de fertilidad que conformaban muchas ceremonias primitivas que se celebraban en los equinoccios de primavera y otoño y se prolongaron durante siglos. Muchos investigadores consideran que el consumo de pan ácimo que hacían los judíos durante sus ayunos pascuales y la conservación de la citada práctica por los cristianos en el tiempo preparatorio de la Pascua (la Cuaresma) como una imitación de las prácticas primitivas del citado sacrificio ritual y penitencial. El ayuno también se ha practicado a lo largo de la Historia con el fin de alejar las catástrofes o para pedirle a Dios que les conceda favores a sus penitentes, a los familiares o a los amigos queridos de los mismos, así pues, muchos cristianos ayunan con la finalidad de obtener de Nuestro Padre común el perdón de sus pecados.
Los judíos han guardado el ayuno añadiéndole al mismo un sentido purificador, desde que Moisés lo prescribió por inspiración divina, para que sus hermanos de fe lo practicaran en la celebración anual de Yom Kipur (Día de la Expiación). En dicha celebración, los judíos no podían consumir alimentos ni bebidas.
Actualmente, los musulmanes han de ayunar con sentido expiatorio durante el mes del Ramadán todos los días del mismo, hasta la puesta del sol.
Durante los dos primeros siglos de vida del Cristianismo, la Iglesia concibió el ayuno como acto de expiación y purificación, de forma que lo practicaban voluntariamente quienes querían recibir el Bautismo, la Eucaristía y las órdenes sagradas. Con el transcurso del tiempo, los citados ayunos fueron obligatorios para todos los creyentes, al mismo tiempo que aparecieron nuevas prácticas que les obligaban a abstenerse de ingerir alimentos y bebidas. Si hasta el siglo VI el ayuno cuaresmal se prolongaba durante las cuarenta horas originales (el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro), la citada práctica se prolongó durante la cuarentena que antecede a la Pascua, para que, a través del ejercicio de la penitencia, los creyentes desearan ardientemente ser purificados de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina. Durante la conmemoración de los cuarenta días que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, los cristianos sólo podían alimentarse una vez diariamente.
A pesar de que esta práctica ha estado muy arraigada en el Judaísmo y el Cristianismo, algunos autores bíblicos y cristianos no han dudado en afirmar que no convirtamos el ejercicio del ayuno en una formalidad vacía, ya que ello no nos impide el hecho de vivir al margen de la Ley de Dios.
Actualmente, la Iglesia Católica insta a sus fieles que tienen más de ventiún años y no son mayores de sesenta y uno a que ayunen selectivamente, de forma que no se abstengan totalmente de consumir alimentos y bebidas, exceptuando la hora que antecede a la Comunión. A pesar de la reducción del ejercicio de dicha práctica, la Iglesia les recomienda a los citados creyentes que ayunen el Miércoles de ceniza (el primer día de la Cuaresma) y el Viernes Santo (con el fin de conmemorar la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret, para que comprendan que el Hijo de María padeció a manos de sus persecutores y que murió por causa de la maldad de la humanidad, y para que deseen ser purificados de ese mal y de otros pecados que hayan cometido).
Es curioso comprobar que, a pesar del arraigo que el ayuno ha tenido en el Judaísmo y el Cristianismo, el Hijo del carpintero nazareno no estableció ningún ayuno para que lo practicaran sus Apóstoles ni sus discípulos. Jesús les dice a los amantes de las prácticas religiosas superficiales, las palabras que leemos en MC. 2, 19-20. Voy a contaros una anécdota simpática que ilustra perfectamente lo que pienso que Jesús quiso decirnos al comparar nuestra existencia con un banquete de bodas, en el que Nuestro Señor es el novio que sacia de alimentos a sus invitados, es decir, que colma todas sus aspiraciones. Durante muchos años he tenido un problema de exceso de peso, Así pues, cuando tenía 23 años (actualmente, en el año 2006, tengo 29), llegué a pesar 108 kilos. Como por causa del comienzo de mi actividad de vendedor del cupón de la ONCE, tenía que recorrer varios kilómetros a pie todos los días, y tenía que permanecer más de 17 horas de pie, no tardé mucho tiempo en empezar a trabajar para reducir mi peso excesivo. A pesar de que mi peso ha bajado 36 kilos, siempre que voy a mi pueblo, quienes pasaron hambre durante los años que se prolongó la Guerra Civil Española, me dicen que me alimente bien, por si me toca vivir un nuevo periodo de carestía.
Los psicoanalistas afirman que quienes sufren depresión necesitan sufrir constantemente, pero la Psicología moderna no comparte este principio, así pues, la mejor forma que tenemos de solucionar muchos de nuestros problemas (aquellos que nos causamos nosotros), consiste en enfrentarnos a ellos. No me opongo al hecho de que oremos para pedirle a Nuestro Padre común que nos ayude a vencer los obstáculos que impiden nuestra consecución de la felicidad, pero pienso que no tiene sentido el hecho de ayunar ni lacerarnos con tal de que Dios se apiade de nosotros y haga lo que no nos sentimos capaces de hacer, unas veces porque efectivamente ello escapa a nuestras posibilidades, y otras veces porque somos nihilistas, y nos es más fácil quejarnos para que Dios siga alimentando nuestra pereza, que esforzarnos para alcanzar nuestras metas.
El ayuno es una práctica judeocristiana utilizada para pedirle mercedes a Dios. Muchos cristianos creemos que esta práctica no tiene sentido porque Nuestro Padre celestial no necesita vernos sufrir para concedernos lo que le pedimos, pues Él sabe en qué momento debe otorgarnos los dones que necesitamos. Estoy cansado de ver a miles de penitentes que llevan a cabo actos carentes de toda lógica con el fin de convencer a Dios para que les conceda lo que quieren de Él, ya que todos los que tenemos conocimientos bíblicos sabemos perfectamente que nos es imposible sobornar a Nuestro Padre común, o llevarnos a Dios a nuestro terreno por las malas.
A Dios no le sirven nuestros ayunos, pero Jesús aprovecha la existencia de esa práctica para purificar nuestras intenciones, y para convencernos de que no seamos hipócritas, según vemos al reflexionar sobre el modo en que hemos de darles limosna a los carentes de dádivas materiales (MT. 6, 16-18)".
Dado que los cristianos católicos no nos ponemos de acuerdo con respecto a la cuestión del ayuno, veamos qué nos dice la Biblia al respecto de esta práctica.
Veamos dos fragmentos de la prescripción legal -y por tanto obligatoria- de lo que se cree que era el ayuno del día de la Expiación: (LV. 16, 29-31). En el capítulo 23 del Levítico, se dice con respecto al citado día de la Expiación: (LV. 23, 29-32). El ejercicio penitencial empezaba en la tarde del día nueve del mes séptimo, y terminaba en la tarde del día siguiente, ya que los judíos finalizaban el día a la puesta del sol, es decir, no consideraban que el día empezaba al amanecer, tal como nosotros lo hacemos actualmente. ¿Para qué les servía a los judíos el citado ayuno? Los hermanos de raza de Nuestro señor sentían dolor por sus pecados en el citado día, porque les era necesario reconocer el estado en que estaban sumidos por causa de los pecados que habían cometido, para de esa forma tener presente la necesidad que tenían de que se les redimiera o eximiera de sus culpas.
Dios no desea que vivamos encerrados en el dramático pensamiento de que somos pecadores irremisibles, dado que ello perjudicaría nuestra relación con Él y nos destruiría psicológicamente. A pesar de esta realidad, nos es necesario recordar en algunas ocasiones que hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Nuestro Padre común, con el fin de que valoremos todos los bienes que Nuestro Creador nos ha concedido.
Aunque el único ayuno obligatorio según la Ley de Israel era el de el día de la Expiación, los descendientes de Abraham ayunaban voluntariamente en otras ocasiones. Veamos algunos ejemplos:
Cuando Moisés subió al monte Sinaí para que Dios le entregara las dos tablas de la Ley, y el pueblo le esperaba junto a su hermano Aarón, sucedió lo expuesto en ÉX. 34, 28.
Cuando transcurrieron veinte años desde que los filisteos les devolvieron el Arca de la Alianza a los judíos, aconteció el siguiente suceso: (1 SAM. 7, 3 y 6)
El profeta Joel aclaró en su Profecía inspirada que quienes ayunen han de hacer penitencia sinceramente, y no han de actuar como hipócritas que quieren galantear por causa de su falsa fe (JL. 2, 12-13). El texto profético que estamos recordando nos hace pensar a muchos cristianos que el ayuno que Dios nos pide no consiste en la privación de alimentos, sino en la abstención de hacer el mal, según nos apoya la profecía de Isaías, un texto en el que se recogen las palabras de Dios a uno de sus Hagiógrafos (IS. 58, 1-10).
Desgraciadamente, entre los católicos, muchos tienen la costumbre de afligir su alma, pero no hacen penitencia indicando de esa forma que son conscientes de su estado de pecado y debilidad y de que se convierten a Dios para someterse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, pues únicamente se esfuerzan, como dice el texto de Isaías que acabamos de considerar, para conseguir que Dios actúe para darles gusto. Durante los días de Semana Santa, muchos de nuestros hermanos saldrán a las calles de los pueblos y ciudades en que viven vestidos de penitentes dándole a conocer a todo el mundo el impresionante esfuerzo que harán para cumplir promesas que les han hecho a las imágenes, no para alabar a Dios, sino para ver cumplidos sus deseos, así pues, si los Santos cumplen sus deseos, los considerarán dignos de su devoción, pero, si no ven que las cosas se hacen según su gusto, se preguntarán:
¿Por qué es Dios tan desconsiderado con nosotros?
Sé que muchos actúan de esa forma por ignorancia, pero otros lo hacen conscientemente, porque, a pesar de que conocen las Escrituras Sagradas, sólo se acogen a las cosas que les convienen.
Cuando los judíos regresaron a su país después de que concluyera el tiempo de su cautividad en Babilonia, el pueblo de Judá llegó a ayunar hasta cuatro veces al año, no para recordar que fue hecho cautivo en el pasado porque desobedeció a Dios, sino que Yahveh lo maltrató. ¿Podía Dios permitir esa situación? ¿Quiere Dios que pensemos en nuestros problemas y que paralicemos nuestras vidas pensando únicamente en el sufrimiento que nos caracteriza? Dios le inspiró a Zacarías las siguientes palabras: (ZAC. 8, 19).
Según los ejemplos bíblicos citados en esta meditación y otros existentes en el Antiguo Testamento, ¿debemos los cristianos practicar el ayuno? Jesús, sus Apóstoles y discípulos, practicaron el ayuno del día de la Expiación, porque eran judíos, y, como tales, estaban bajo la Ley de Moisés, y, aunque Nuestro Señor no instituyó ninguna nueva norma sobre el ayuno, ni dijo de dicha práctica que era obligatoria ni que tampoco era necesario llevarla a cabo, en la Biblia vemos que algunos de sus seguidores ayunaban voluntariamente, así pues, San Lucas nos cuenta en sus Hechos -o Actas- de los Apóstoles cómo San Pablo y sus compañeros ayunaban cuando el Espíritu Santo les pidió que apartaran a Saulo y a Bernabé, con el fin de que ambos iniciaran el primer viaje misional (HCH. 13, 1-3). También podemos ver cómo Pablo y otros creyentes ayunaron en la comunidad que dicho Santo fundó en Listra, en la cuál eligieron ancianos para que cuidaran la fe de quienes a ellos les fueron encomendados (HCH. 14, 23).
Jesús dijo con respecto al ayuno, las palabras que leemos en LC. 5, 34-35. Dado que tanto los discípulos de los fariseos como los de San Juan el Bautista ayunaban voluntariamente para hacer penitencia, los enemigos de Jesús querían saber por qué el Mesías no instaba a sus seguidores a que hicieran lo mismo. Jesús les respondió que sus seguidores no tendrían que afligirse mientras estuvieran con Él, dado que sufrirían mucho cuando Nuestro Señor muriera, se lamentarían mientras no recibieran el Espíritu Santo, y sufrirían mucho aquellos que estuvieran destinados a tener una fe lo suficientemente grande como para resistir el martirio. Nosotros, al igual que los creyentes de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, cuando somos atribulados por causa de enfermedades y otros problemas, afligimos nuestra alma con ayunos si creemos que esta práctica es útil, y oramos, con el fin de que nuestra fe se fortalezca, para que podamos resistir las pruebas a las que tenemos que sobrevivir.
¿Por qué los cristianos no celebramos el día de la Expiación? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Carta a los hebreos, en un fragmento de la misma que nos hace deducir que el sacrificio de Jesús es el pacto (el Nuevo Testamento) que anuló los sacrificios de la antigua Ley de Israel (HEB. 9, 27-28).
Aunque Jesús no dijo nunca que sus seguidores hemos de ayunar, hemos de tener presente el siguiente fragmento evangélico, que aconteció cuando el Mesías fue bautizado: (MT. 4, 1-2).
¿Por qué ayunó Jesús? De la misma manera que cuando estamos preocupados, nos encontramos enfermos o necesitamos perder mucho peso en poco tiempo ayunamos, Jesús ayunó para comunicarse con Dios, pues tenía que prepararse a iniciar su difícil Ministerio público, para desmentir a quienes no creen en la fuerza del amor divino y humano, según el siguiente texto: (JOB. 2, 4), para santificar el nombre del Dios de quien la serpiente le dijo a Eva que era un mentiroso, al desmentir las palabras de Dios expuestas en GN. 2, 17, según los siguientes versículos del Génesis, que contienen unas palabras que el demonio le dijo a Eva (GN. 3, 4-5), y para salvar a la humanidad de los efectos del pecado: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (ROM. 6, 23).
Conclusión.
Dios no nos obliga a que ayunemos ni nos impide que lo hagamos, así pues, el hecho de que ayunemos depende de si nuestra conciencia nos obliga a ello, o de si utilizamos dicha práctica para mortificarnos creyendo que ello es provechoso, o para perder unos kilos cuando se acerca el verano, y llevar a cabo un acto teatral durante la Semana Santa, fingiendo que lloramos por unos pecados de cuyo alcance no somos -o no queremos ser- plenamente conscientes, si es que los hemos cometido.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Las prácticas cuaresmales.
Estimados hermanos y amigos:
Un año más nos vamos a disponer a preparar la celebración de la Semana Santa y la Pascua de Resurrección a través de las prácticas cuaresmales.
El ayuno de carne y de productos lácteos es un símbolo de la abstención de hacer el mal.
La oración es la consecuencia directa de creer en Dios, así pues, sólo si hablamos con Nuestro Padre común, y creemos que Él nos habla a través de la Biblia, las circunstancias relativas a nuestras vidas y sus predicadores, podemos entender que tenemos fe. Quienes dicen que tienen fe, pero no oran, no creen en Dios firmemente, así pues, aunque la fe de los que oramos no es completa porque ello nos lo impide nuestra humana imperfección, si nuestra creencia es tan débil que ni siquiera nos crea la necesidad de hablar con Nuestro Creador, ¿qué frutos podemos esperar de dicha fe?
Por otra parte, aunque durante los próximos cuarenta días muchos de nuestros hermanos se mortificarán pretendiendo de esa forma corregir su humana imperfección, por el aumento de su fe, y su bienestar psíquico y físico, deberían buscar formas alternativas de corregir sus defectos en el caso de que ello les sea posible, pues el hecho de sufrir por sufrir nunca ha sido útil para nadie.
El ayuno.
"Llamamos "ayuno" a la abstinencia de alimentos y/o bebidas que es prolongado durante un espacio de tiempo mayor al habitual. Durante el transcurso de la Historia, las religiones que en mayor o menor medida han estado caracterizadas por la práctica del ayuno son: el Cristianismo, el Judaísmo, el Islam, el Confucianismo, el Hinduismo, el Taoísmo y el Jainismo. Algunos budistas tibetanos también practican el ayuno, a pesar de que en dicha religión se modera el consumo de los alimentos, sin que los adeptos de la misma se vean obligados a ayunar por causa de ningún rito cultual. En un principio, el ayuno fue concebido como uno de los numerosos actos cultuales en que las actividades físicas se suspendían total o parcialmente, de forma que quienes lo practicaban, simbólicamente, meditaban sobre lo que llegarían a ser cuando murieran, o en lo que fueron antes de nacer. Esta práctica también estaba relacionada con los ritos de fertilidad que conformaban muchas ceremonias primitivas que se celebraban en los equinoccios de primavera y otoño y se prolongaron durante siglos. Muchos investigadores consideran que el consumo de pan ácimo que hacían los judíos durante sus ayunos pascuales y la conservación de la citada práctica por los cristianos en el tiempo preparatorio de la Pascua (la Cuaresma) como una imitación de las prácticas primitivas del citado sacrificio ritual y penitencial. El ayuno también se ha practicado a lo largo de la Historia con el fin de alejar las catástrofes o para pedirle a Dios que les conceda favores a sus penitentes, a los familiares o a los amigos queridos de los mismos, así pues, muchos cristianos ayunan con la finalidad de obtener de Nuestro Padre común el perdón de sus pecados.
Los judíos han guardado el ayuno añadiéndole al mismo un sentido purificador, desde que Moisés lo prescribió por inspiración divina, para que sus hermanos de fe lo practicaran en la celebración anual de Yom Kipur (Día de la Expiación). En dicha celebración, los judíos no podían consumir alimentos ni bebidas.
Actualmente, los musulmanes han de ayunar con sentido expiatorio durante el mes del Ramadán todos los días del mismo, hasta la puesta del sol.
Durante los dos primeros siglos de vida del Cristianismo, la Iglesia concibió el ayuno como acto de expiación y purificación, de forma que lo practicaban voluntariamente quienes querían recibir el Bautismo, la Eucaristía y las órdenes sagradas. Con el transcurso del tiempo, los citados ayunos fueron obligatorios para todos los creyentes, al mismo tiempo que aparecieron nuevas prácticas que les obligaban a abstenerse de ingerir alimentos y bebidas. Si hasta el siglo VI el ayuno cuaresmal se prolongaba durante las cuarenta horas originales (el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro), la citada práctica se prolongó durante la cuarentena que antecede a la Pascua, para que, a través del ejercicio de la penitencia, los creyentes desearan ardientemente ser purificados de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina. Durante la conmemoración de los cuarenta días que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, los cristianos sólo podían alimentarse una vez diariamente.
A pesar de que esta práctica ha estado muy arraigada en el Judaísmo y el Cristianismo, algunos autores bíblicos y cristianos no han dudado en afirmar que no convirtamos el ejercicio del ayuno en una formalidad vacía, ya que ello no nos impide el hecho de vivir al margen de la Ley de Dios.
Actualmente, la Iglesia Católica insta a sus fieles que tienen más de ventiún años y no son mayores de sesenta y uno a que ayunen selectivamente, de forma que no se abstengan totalmente de consumir alimentos y bebidas, exceptuando la hora que antecede a la Comunión. A pesar de la reducción del ejercicio de dicha práctica, la Iglesia les recomienda a los citados creyentes que ayunen el Miércoles de ceniza (el primer día de la Cuaresma) y el Viernes Santo (con el fin de conmemorar la Pasión y muerte de Jesús de Nazaret, para que comprendan que el Hijo de María padeció a manos de sus persecutores y que murió por causa de la maldad de la humanidad, y para que deseen ser purificados de ese mal y de otros pecados que hayan cometido).
Es curioso comprobar que, a pesar del arraigo que el ayuno ha tenido en el Judaísmo y el Cristianismo, el Hijo del carpintero nazareno no estableció ningún ayuno para que lo practicaran sus Apóstoles ni sus discípulos. Jesús les dice a los amantes de las prácticas religiosas superficiales, las palabras que leemos en MC. 2, 19-20. Voy a contaros una anécdota simpática que ilustra perfectamente lo que pienso que Jesús quiso decirnos al comparar nuestra existencia con un banquete de bodas, en el que Nuestro Señor es el novio que sacia de alimentos a sus invitados, es decir, que colma todas sus aspiraciones. Durante muchos años he tenido un problema de exceso de peso, Así pues, cuando tenía 23 años (actualmente, en el año 2006, tengo 29), llegué a pesar 108 kilos. Como por causa del comienzo de mi actividad de vendedor del cupón de la ONCE, tenía que recorrer varios kilómetros a pie todos los días, y tenía que permanecer más de 17 horas de pie, no tardé mucho tiempo en empezar a trabajar para reducir mi peso excesivo. A pesar de que mi peso ha bajado 36 kilos, siempre que voy a mi pueblo, quienes pasaron hambre durante los años que se prolongó la Guerra Civil Española, me dicen que me alimente bien, por si me toca vivir un nuevo periodo de carestía.
Los psicoanalistas afirman que quienes sufren depresión necesitan sufrir constantemente, pero la Psicología moderna no comparte este principio, así pues, la mejor forma que tenemos de solucionar muchos de nuestros problemas (aquellos que nos causamos nosotros), consiste en enfrentarnos a ellos. No me opongo al hecho de que oremos para pedirle a Nuestro Padre común que nos ayude a vencer los obstáculos que impiden nuestra consecución de la felicidad, pero pienso que no tiene sentido el hecho de ayunar ni lacerarnos con tal de que Dios se apiade de nosotros y haga lo que no nos sentimos capaces de hacer, unas veces porque efectivamente ello escapa a nuestras posibilidades, y otras veces porque somos nihilistas, y nos es más fácil quejarnos para que Dios siga alimentando nuestra pereza, que esforzarnos para alcanzar nuestras metas.
El ayuno es una práctica judeocristiana utilizada para pedirle mercedes a Dios. Muchos cristianos creemos que esta práctica no tiene sentido porque Nuestro Padre celestial no necesita vernos sufrir para concedernos lo que le pedimos, pues Él sabe en qué momento debe otorgarnos los dones que necesitamos. Estoy cansado de ver a miles de penitentes que llevan a cabo actos carentes de toda lógica con el fin de convencer a Dios para que les conceda lo que quieren de Él, ya que todos los que tenemos conocimientos bíblicos sabemos perfectamente que nos es imposible sobornar a Nuestro Padre común, o llevarnos a Dios a nuestro terreno por las malas.
A Dios no le sirven nuestros ayunos, pero Jesús aprovecha la existencia de esa práctica para purificar nuestras intenciones, y para convencernos de que no seamos hipócritas, según vemos al reflexionar sobre el modo en que hemos de darles limosna a los carentes de dádivas materiales (MT. 6, 16-18)".
Dado que los cristianos católicos no nos ponemos de acuerdo con respecto a la cuestión del ayuno, veamos qué nos dice la Biblia al respecto de esta práctica.
Veamos dos fragmentos de la prescripción legal -y por tanto obligatoria- de lo que se cree que era el ayuno del día de la Expiación: (LV. 16, 29-31). En el capítulo 23 del Levítico, se dice con respecto al citado día de la Expiación: (LV. 23, 29-32). El ejercicio penitencial empezaba en la tarde del día nueve del mes séptimo, y terminaba en la tarde del día siguiente, ya que los judíos finalizaban el día a la puesta del sol, es decir, no consideraban que el día empezaba al amanecer, tal como nosotros lo hacemos actualmente. ¿Para qué les servía a los judíos el citado ayuno? Los hermanos de raza de Nuestro señor sentían dolor por sus pecados en el citado día, porque les era necesario reconocer el estado en que estaban sumidos por causa de los pecados que habían cometido, para de esa forma tener presente la necesidad que tenían de que se les redimiera o eximiera de sus culpas.
Dios no desea que vivamos encerrados en el dramático pensamiento de que somos pecadores irremisibles, dado que ello perjudicaría nuestra relación con Él y nos destruiría psicológicamente. A pesar de esta realidad, nos es necesario recordar en algunas ocasiones que hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Nuestro Padre común, con el fin de que valoremos todos los bienes que Nuestro Creador nos ha concedido.
Aunque el único ayuno obligatorio según la Ley de Israel era el de el día de la Expiación, los descendientes de Abraham ayunaban voluntariamente en otras ocasiones. Veamos algunos ejemplos:
Cuando Moisés subió al monte Sinaí para que Dios le entregara las dos tablas de la Ley, y el pueblo le esperaba junto a su hermano Aarón, sucedió lo expuesto en ÉX. 34, 28.
Cuando transcurrieron veinte años desde que los filisteos les devolvieron el Arca de la Alianza a los judíos, aconteció el siguiente suceso: (1 SAM. 7, 3 y 6)
El profeta Joel aclaró en su Profecía inspirada que quienes ayunen han de hacer penitencia sinceramente, y no han de actuar como hipócritas que quieren galantear por causa de su falsa fe (JL. 2, 12-13). El texto profético que estamos recordando nos hace pensar a muchos cristianos que el ayuno que Dios nos pide no consiste en la privación de alimentos, sino en la abstención de hacer el mal, según nos apoya la profecía de Isaías, un texto en el que se recogen las palabras de Dios a uno de sus Hagiógrafos (IS. 58, 1-10).
Desgraciadamente, entre los católicos, muchos tienen la costumbre de afligir su alma, pero no hacen penitencia indicando de esa forma que son conscientes de su estado de pecado y debilidad y de que se convierten a Dios para someterse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, pues únicamente se esfuerzan, como dice el texto de Isaías que acabamos de considerar, para conseguir que Dios actúe para darles gusto. Durante los días de Semana Santa, muchos de nuestros hermanos saldrán a las calles de los pueblos y ciudades en que viven vestidos de penitentes dándole a conocer a todo el mundo el impresionante esfuerzo que harán para cumplir promesas que les han hecho a las imágenes, no para alabar a Dios, sino para ver cumplidos sus deseos, así pues, si los Santos cumplen sus deseos, los considerarán dignos de su devoción, pero, si no ven que las cosas se hacen según su gusto, se preguntarán:
¿Por qué es Dios tan desconsiderado con nosotros?
Sé que muchos actúan de esa forma por ignorancia, pero otros lo hacen conscientemente, porque, a pesar de que conocen las Escrituras Sagradas, sólo se acogen a las cosas que les convienen.
Cuando los judíos regresaron a su país después de que concluyera el tiempo de su cautividad en Babilonia, el pueblo de Judá llegó a ayunar hasta cuatro veces al año, no para recordar que fue hecho cautivo en el pasado porque desobedeció a Dios, sino que Yahveh lo maltrató. ¿Podía Dios permitir esa situación? ¿Quiere Dios que pensemos en nuestros problemas y que paralicemos nuestras vidas pensando únicamente en el sufrimiento que nos caracteriza? Dios le inspiró a Zacarías las siguientes palabras: (ZAC. 8, 19).
Según los ejemplos bíblicos citados en esta meditación y otros existentes en el Antiguo Testamento, ¿debemos los cristianos practicar el ayuno? Jesús, sus Apóstoles y discípulos, practicaron el ayuno del día de la Expiación, porque eran judíos, y, como tales, estaban bajo la Ley de Moisés, y, aunque Nuestro Señor no instituyó ninguna nueva norma sobre el ayuno, ni dijo de dicha práctica que era obligatoria ni que tampoco era necesario llevarla a cabo, en la Biblia vemos que algunos de sus seguidores ayunaban voluntariamente, así pues, San Lucas nos cuenta en sus Hechos -o Actas- de los Apóstoles cómo San Pablo y sus compañeros ayunaban cuando el Espíritu Santo les pidió que apartaran a Saulo y a Bernabé, con el fin de que ambos iniciaran el primer viaje misional (HCH. 13, 1-3). También podemos ver cómo Pablo y otros creyentes ayunaron en la comunidad que dicho Santo fundó en Listra, en la cuál eligieron ancianos para que cuidaran la fe de quienes a ellos les fueron encomendados (HCH. 14, 23).
Jesús dijo con respecto al ayuno, las palabras que leemos en LC. 5, 34-35. Dado que tanto los discípulos de los fariseos como los de San Juan el Bautista ayunaban voluntariamente para hacer penitencia, los enemigos de Jesús querían saber por qué el Mesías no instaba a sus seguidores a que hicieran lo mismo. Jesús les respondió que sus seguidores no tendrían que afligirse mientras estuvieran con Él, dado que sufrirían mucho cuando Nuestro Señor muriera, se lamentarían mientras no recibieran el Espíritu Santo, y sufrirían mucho aquellos que estuvieran destinados a tener una fe lo suficientemente grande como para resistir el martirio. Nosotros, al igual que los creyentes de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, cuando somos atribulados por causa de enfermedades y otros problemas, afligimos nuestra alma con ayunos si creemos que esta práctica es útil, y oramos, con el fin de que nuestra fe se fortalezca, para que podamos resistir las pruebas a las que tenemos que sobrevivir.
¿Por qué los cristianos no celebramos el día de la Expiación? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Carta a los hebreos, en un fragmento de la misma que nos hace deducir que el sacrificio de Jesús es el pacto (el Nuevo Testamento) que anuló los sacrificios de la antigua Ley de Israel (HEB. 9, 27-28).
Aunque Jesús no dijo nunca que sus seguidores hemos de ayunar, hemos de tener presente el siguiente fragmento evangélico, que aconteció cuando el Mesías fue bautizado: (MT. 4, 1-2).
¿Por qué ayunó Jesús? De la misma manera que cuando estamos preocupados, nos encontramos enfermos o necesitamos perder mucho peso en poco tiempo ayunamos, Jesús ayunó para comunicarse con Dios, pues tenía que prepararse a iniciar su difícil Ministerio público, para desmentir a quienes no creen en la fuerza del amor divino y humano, según el siguiente texto: (JOB. 2, 4), para santificar el nombre del Dios de quien la serpiente le dijo a Eva que era un mentiroso, al desmentir las palabras de Dios expuestas en GN. 2, 17, según los siguientes versículos del Génesis, que contienen unas palabras que el demonio le dijo a Eva (GN. 3, 4-5), y para salvar a la humanidad de los efectos del pecado: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte (ROM. 6, 23).
Conclusión.
Dios no nos obliga a que ayunemos ni nos impide que lo hagamos, así pues, el hecho de que ayunemos depende de si nuestra conciencia nos obliga a ello, o de si utilizamos dicha práctica para mortificarnos creyendo que ello es provechoso, o para perder unos kilos cuando se acerca el verano, y llevar a cabo un acto teatral durante la Semana Santa, fingiendo que lloramos por unos pecados de cuyo alcance no somos -o no queremos ser- plenamente conscientes, si es que los hemos cometido.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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