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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.

   Meditación de MAL. 3, 19-20A

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.

   Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).

   La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.

   ¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.

   Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.

   ¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.

   El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.

   En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).

   ¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).

   ¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).

   Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.

   Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.

   ¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?

   ¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?

   Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.

   No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.

   Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:

   ¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.

joseportilloperez@gmail.com

¿En qué consiste la humildad cristiana? (Meditación de la primera lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.

   1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?

   Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.

   Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.

   La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.

   Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.

   Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.

   En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.

   Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.

   Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.

   Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.

   Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.

   Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.

   Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.

   Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.

joseportilloperez@gmail.com

Hermanos cristianos: Cumplamos la misión que nos ha sido encomendada por Dios. (Meditación de la primera lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   1. Hermanos cristianos: Cumplamos la misión que nos ha sido encomendada por Dios.

   Meditación de JER. 1, 4-5. 17-19.

   Jeremías sirvió como profeta de Judá entre los años 627 y 586 antes de Cristo, durante los reinados de Josías, Joaquín y Sedecías. El ambiente en que Jeremías sirvió a Yahveh era muy conflictivo, pues estaba caracterizado por el abandono de la espiritualidad querida por Dios, y por el doble deterioro político y económico. Dado que Jeremías denunció el incumplimiento de la voluntad de Yahveh llevado a cabo por sus hermanos de raza, su mensaje no fue bien acogido, y se le maltrató psíquica y físicamente.

   El mensaje principal del libro de Jeremías es muy importante para nosotros, no solo porque se acerca el tiempo de Cuaresma el cual está caracterizado por la penitencia, sino porque, nuestra vida, debe ser una continua experiencia, de conversión a Nuestro Dios. Dicho mensaje es el arrepentimiento de los pecados. En el caso de los lectores inmediatos de nuestro Profeta, si los tales se hubieran arrepentido de sus pecados, no hubieran sufrido la deportación a Babilonia. En nuestro caso, si nos convirtiéramos plenamente a Nuestro Santo Padre, le ayudaríamos a convertir nuestra tierra marcada por la miseria, en un paraíso.

   No nos acerquemos a Dios como quienes lo tienen todo, sino como quienes se saben pobres, enfermos y desamparados, si no nos convertimos a Nuestro Padre celestial. Solo si actuamos humildemente en presencia de Dios, cumpliremos su voluntad, y sentiremos que somos sus hijos, pues, Isaías, nos instruye, en los siguientes términos: (IS. 1, 10-19).

   Isaías le predicó el mensaje contenido en el texto que estamos meditando a una sociedad que vivía atenta al cumplimiento de los ritos religiosos, cuyo comportamiento, difería en gran manera, de la conducta que Dios quería, que sus miembros observaran. Este fragmento del primer capítulo del libro de Isaías es muy importante para nosotros, porque puede sucedernos que, en lugar de cumplir las prescripciones litúrgicas y de hacer el bien en su justa medida, podemos situarnos en una de las dos opciones, convirtiéndola en extremista, para no atender a la otra. Las prácticas cultuales carecen de sentido si no nos impulsan a ser caritativos con quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, y, la solidaridad sin oración, nos muestra ante el mundo como buenas personas, pero no como cristianos capaces de testimoniar nuestra fe.

   Isaías no denunció el escrupuloso cumplimiento de los ritos religiosos por parte de aquellos a quienes les dirigió su mensaje, sino el amor propio con que organizaban sus ceremonias religiosas. A nosotros nos es lícito celebrar la Eucaristía con la triple intención de adorar a Dios, de crecer espiritualmente, y de servir a nuestros prójimos los hombres, no solo orando por ellos, sino beneficiándolos, en la medida que nos sea posible, pero no es correcto hacerlo, con el pensamiento de sobornar a Dios. Si celebro la Eucaristía para pedirle a Dios que me evite el paso por el infierno, no estoy adorando a Nuestro Santo Padre, pues persigo un fin egoísta. Es más correcto que celebre la Eucaristía pidiéndole a dios que me purifique y me santifique, pero que no haga de ello el motivo principal por el que asisto a la celebración, pues no he de anteponer mi interés personal, al hecho de adorar a Dios.

   Aunque estoy bautizado, no debo creer que puedo comprar mi salvación sobornando a dios haciendo el bien, porque a Dios le importa más la intención con que actúo que la eficacia de las obras que llevo a cabo, y porque mi salvación no proviene de la conducta que observo, pues es consecuente del amor con que soy amado por Nuestro Santo Padre celestial.

   Recuerdo que, hace varios años, me preguntaron unos amigos: ¿Para qué queremos hacer el esfuerzo de celebrar la Eucaristía, si eso no nos asegura la consecución de la salvación? Y, ¿para qué queremos hacer el bien, si eso no cuenta para que seamos salvos, porque lo que cuenta es que Dios nos ama?

   Nos hemos educado en entornos en que hemos aprendido a ser egoístas, porque hemos hecho el bien esperando ser recompensados, y no nos hemos acercado a Dios por amor a Él, sino cuando lo hemos necesitado. Tengo amigos japoneses que asisten a ritos religiosos en su país, y no lo hacen pensando en lo que les van a pedir a los dioses en que creen, sino en lo que les van a ofrecer. Pensemos si nuestros padres podrían creer que los amamos, si supieran que nos relacionamos con ellos esperando ser recompensados, y no por el gusto de sentirnos acompañados y queridos por ellos.

   Sigamos meditando la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística.

   Antes del siglo IV anterior al Nacimiento de Nuestro Señor, el cumplimiento de la voluntad de Dios, se asociaba con el hecho de alcanzar la plenitud de la felicidad en este mundo, pero, a partir del citado siglo, cuando surgió la creencia en la existencia de un mundo en que la humanidad no será víctima del sufrimiento, las promesas de Dios, empezaron a darles a los creyentes fuerza para vivir su día a día, porque esperaban que Dios se les manifestara de alguna manera, y se convirtieron en luz para el futuro, porque su cumplimiento se auguraba al final de los tiempos, cuando Dios exterminara, el sufrimiento de su pueblo.

   A pesar de que Jeremías predicó durante muchos años, no tuvo la dicha de constatar que sus oyentes aceptaban su mensaje, pues, los tales, no cambiaban su conducta pecadora. Quienes predicamos la Palabra de Dios en nuestro tiempo, tal como le sucedió a Jeremías en ciertas ocasiones, podemos sentirnos tentados a creer que nuestro trabajo en la viña del Señor es inútil, porque somos incapaces, de producir fruto. Ello es difícil que no nos suceda, no solo porque vivimos en un mundo que olvida nuestra fe cristiana, sino porque, en ciertas ocasiones, necesitamos no sentirnos incomprendidos, sino aceptos, pero este problema tiene que resolverse, porque tenemos el deber de sembrar la semilla de la Palabra de Dios en los corazones de nuestros prójimos los hombres, y no debemos recoger el fruto que producimos, porque ello es obra de Dios. Nuestra ocupación debe ser hacer el mejor esfuerzo para que Dios sea conocido, aceptado, respetado y amado, sin querer acceder al derecho de recoger el fruto de nuestra siembra, porque ello le compete a Dios.

   Al igual que le sucedió a Jeremías, Dios sabía que íbamos a existir antes de que nuestros padres nos concibieran, y concibió en su mente planes, para que nos dejáramos purificar y santificar, por el Espíritu Santo. Ello nos recuerda que somos muy importantes para Nuestro Santo Padre, y queremos tenerlo presente siempre, especialmente, cuando nuestras dificultades, nos debiliten la fe.

   Dios nos encomienda a todos una misión que sabe que podemos desempeñar. Hay quienes reciben misiones muy destacables, y hay quienes tienen que realizar misiones desconocidas por la humanidad, pero no por ello ha de pensarse que las tales carecen de importancia. Quienes deseen obtener información referente a este tema, pueden leer las meditaciones que he escrito del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios, que publiqué los Domingos II Y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jeremías fue forzado por Dios a aceptar su misión, pues no quería hacerlo, pero ello no sucedió porque quería vivir al margen de Yahveh, sino porque se sentía insignificante, y, humanamente hablando, tenía muchas posibilidades de fracasar, y muy pocas de triunfar. Nosotros también podemos dejarnos arrastrar por la sensación de que no somos capaces de realizarnos como cristianos ni como hijos de este mundo, porque todo nos sale mal. Cuanto más fracasemos, más debemos recordar que, de la misma manera que Dios no desamparó a Jeremías, Nuestro Santo Padre, tampoco nos abandonará a nosotros. No permitamos que nuestros sentimientos de insuficiencia nos impidan esforzarnos para alcanzar nuestras metas deseadas. Dios nunca nos va a encomendar ningún trabajo que no podamos llevar a cabo.

   Dios no le prometió a Jeremías que le iba a evitar los problemas a que tuvo que sobrevivir, ni le dijo a Jesús que le iba a evitar su Pasión y muerte, pero ambos se sintieron confortados, a pesar del odio que se les manifestó constantemente. Dios no nos ha prometido que vamos a tener una vida plenamente feliz sin dificultades en este tiempo, pero ha prometido utilizar nuestros sufrimientos para purificarnos y santificarnos. Muchas veces sufrimos pensando que Dios no nos libera de nuestros padecimientos actuales, olvidando que El no actúa como nos gustaría que lo haga, sino como sabe que nos va a ayudar a crecer espiritualmente. No olvidemos que, algún día, Dios nos dará a conocer las respuestas que ignoramos, y, gracias a ello, comprenderemos las razones por las que padecemos en este tiempo.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús es nuestro ejemplo a imitar. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.

   Meditación de IS. 52, 13-53, 12.

   Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.

   ¿Quién es el Siervo de Yahveh?

   ¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?

   ¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?

   ¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?

   Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.

   (IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.

   (IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.

   El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.

   ¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.

   La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.

   San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).

   Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.

   (IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?

   ¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?

   Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).

   Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.

   ¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?

   (IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.

   Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.

   (IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.

   Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.

   (IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.

   (IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.

   Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.

   Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.

   (IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.

   El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Cuál es nuestra mayor riqueza? (Meditación del Evangelio del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   3. ¿Cuál es nuestra mayor riqueza?

   Meditación de MC. 10, 17-30.

   1. El joven rico.

   (MC. 10, 17). San Marcos nos presenta en el Evangelio de hoy, a un joven que corrió a interrogar a Jesús, y se arrodilló delante de Nuestro Salvador, indicando que lo consideraba como un afamado intérprete de la Ley, o como un gran profeta.

   ¿Tenemos la costumbre de orar?

   ¿Le transmitimos a Dios cuando oramos el amor, la confianza y el respeto que nos inspira?

   El joven rico corrió a interrogar a Jesús, demostrando que tenía un gran interés en ser uno de los mejores seguidores del Señor, aunque, cuando se percató de que para Nuestro Redentor las riquezas espirituales son más trascendentales que las materiales, cambió radicalmente de opinión. Quizás nos sucede que, al terminar la Semana Santa, o al hacer unos ejercicios espirituales, sentimos un enorme deseo de ser cristianos practicantes, el cual, cuando volvemos a realizar nuestras actividades ordinarias, se debilita rápidamente, e incluso puede llegar a extinguirse. Dios nos ama, y, aunque este hecho puede llenarnos de alegría, no olvidemos que no es fácil para nosotros ser cristianos. Las dificultades que vivimos tienen la misión de proporcionarnos la oportunidad de que seamos seguidores de Jesús veraces, capacitados para asumir cada día un mayor compromiso de servicio a Dios en sus hijos, según se nos acrecienta la fe que tenemos.

   el joven le preguntó a Jesús: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". Si fuéramos nosotros quienes interrogáramos al Señor, le preguntaríamos por todos los aspectos relacionados con nuestra vida, y quizás también estaríamos interesados en la salvación de nuestra alma. El joven rico parecía estar interesado exclusivamente en la vida eterna, lo cual parecía dar a entender que tenía una fe ejemplar, pero, al seguir analizando el texto evangélico que estamos considerando, nos percataremos de que tal fe no poseía la plenitud que aparentemente se deduce de la misma, pues el joven era lo suficientemente rico como para tener cubiertas sus necesidades vitales, hasta el punto de llegar a considerar que solo tenía que preocuparse de su crecimiento espiritual, ya que, a nivel material, no le faltaba absolutamente nada.

   Quizás el joven rico cumplía la Ley, pero no lo hacía porque amaba a Dios, sino porque tenía la mentalidad de los fariseos, que no cumplían la Ley porque amaban a Yahveh, sino porque, según su forma de pensar, su amistad con el Altísimo, se medía en conformidad con la puntualidad con que cumplían los preceptos legales.

   Me gusta ver la vida como una competencia, en que tenemos que superar a un gran rival que nos pone muchos obstáculos en el camino, para que no podamos desarrollarnos. el citado adversario somos nosotros, cuando nos rendimos ante las dificultades que tenemos sin esforzarnos en superarlas. Todos tenemos dificultades que vencer a lo largo de los años que vivimos. Mientras que unos hemos tenido que esforzarnos en crecer a los niveles espiritual y material al mismo tiempo, otros, que no tienen carencias materiales, -e incluso les sobran el dinero y los bienes-, no han cultivado la espiritualidad, e incluso se sienten necesitados de afecto humano, porque se han preocupado tanto de conseguir riquezas materiales, que han pasado por alto la posibilidad de ganarse el amor de sus familiares, y carecen de amigos.

   (MC. 10, 18). Nadie es plenamente bueno en el sentido de que nuestro crecimiento no es pleno en la actualidad, sino Nuestro Dios Uno y Trino. Al llamar el joven rico a Jesús "Maestro bueno", le estaba llamando Dios. Aunque Jesús es Dios, sabiendo que su interlocutor lo consideraba un gran legista o profeta, le dijo que no lo llamara bueno, pues, como el joven no sabía que Jesús es Dios, el Señor quería ser visto por él como uno de sus creyentes, como un hombre necesitado de seguir creciendo espiritualmente, para animarlo con tal que fuera su seguidor, invitándolo a perfeccionar su conocimiento del Padre, conviviendo los dos juntos.

   En la Profecía de Isaías, leemos con respecto al Siervo de Yahveh: (IS. 50, 4-5). Jesús, -el Siervo de Yahveh-, predicó el Evangelio con lengua de discípulo, -es decir, Jesús predicó la Buena Noticia de nuestra salvación en términos comprensibles para sus oyentes y los creyentes de todos los tiempos-, para hacernos asequible la comprensión de los misterios divinos, y para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama inmensamente.

   Dado que los judíos acostumbraban rezar por la mañana, Jesús pasaba noches enteras en oración, y así amanecía dispuesto a seguir acatando el cumplimiento de la voluntad del Padre en su vida y en la humanidad.

   ¿Nos resistimos al Señor cuando quiere abrirnos el oído para penetrar nuestro corazón con su Palabra, que es la espada que llega a nuestro interior, para cortar el mal de raíz de nuestra vida, a fin de que todo lo bueno que nos caracteriza se multiplique? (HB. 4, 12).

   ¿Nos hacemos atrás cuando el Señor nos invita a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre? (LC. 9, 61-62).

   Dado que quienes aran la tierra tienen que estar pendientes de la profundidad con que hacen los surcos, no pueden mirar atrás. La excusa que el personaje de que nos habla San Luca en los versículos de su Evangelio que estamos considerando brevemente de despedirse de su familia antes de seguir a Jesús, representa las excusas que nosotros podemos tener, para no vivir como cristianos auténticos. Los estudios, las diversiones, el trabajo, el cuidado de los padres mayores, y otros asuntos, pueden impedirnos desarrollarnos como cristianos, si no queremos vivirlos haciéndolos dependientes de la fe que nos caracteriza, la cual, en vez de instarnos a olvidar los mismos como creen que sucede quienes nos consideran fanáticos religiosos, nos hace vivirlos plenamente, dando lo mejor que tenemos, en cada situación que vivimos.

   ¿Quienes tenemos conocimientos bíblicos, ¿somos capaces de exponerlos ante quienes no conocen la Palabra de Dios, de una forma clara para que los comprendan, y tomen la decisión de profesar la fe que nos caracteriza?

   (MC. 10, 19-20). El joven rico le dijo a Jesús que cumplió cabalmente los Mandamientos de la Ley, y que quería hacer algo que le ayudara más y mejor a crecer espiritualmente. Quizás a algunos de nosotros nos sucede lo mismo que al joven rico, pues estamos acostumbrados a observar ciertas prácticas religiosas desde que éramos niños, no hemos matado a nadie, no hemos robado, no les hemos sido infieles a nuestros cónyuges... Frecuentemente recibo cartas de hermanos que me piden que les recomiende libros de lectura religiosos, porque afirman que están cansados de leer los Evangelios, pues dicen que casi se los saben de memoria. Yo respondo esos correos preguntándoles a dichos hermanos si aplican el mensaje evangélico a su vida si es verdad que se lo saben, porque, el joven rico, alardeando de que para él el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley era cosa de niños, cuando estuvo ante la posibilidad de seguir a Jesús, cambiando la seguridad que le aportaban las riquezas materiales, por la seguridad que le aportaba la posibilidad de sentirse amado y consecuentemente protegido por Dios, se llevó una gran decepción, porque esperaba de Jesús que le ordenara rezar más de lo que lo hacía, que diera alguna limosna más de las que daba, y otras cosas que no supusieran recibir un golpe donde más le dolía.

   En los Hechos de los Apóstoles, leemos que Saulo de Tarso cayó en tierra cuando se le apareció Jesús cuando se dirigía a Damasco a encarcelar a los cristianos, lo cual indica que el Señor lo vació de sus convicciones, para adaptarlo al cumplimiento de la voluntad del Padre, y de la misión que le encomendó, de evangelizar a los paganos. En los Evangelios, en los relatos de las negaciones a Jesús de San Pedro, se nos da la clave para comprender la razón por la que dicho Apóstol del Señor tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sí mismo.

   ¿Quién puede abrazar plenamente la fe que profesamos, sin hacer una gran renuncia, que puede ser percibida como un enorme sacrificio? No creamos nunca que nuestra fe es completa, ni que el cumplimiento de alguna prescripción religiosa es muy fácil para nosotros, para evitar llevarnos una gran decepción, ya sea de Dios, o de nosotros mismos, como le sucedió al joven rico.

   (MC. 10, 21-22). Aunque Jesús sabía que el joven rico nunca llegaría a ser su seguidor, lo miró con amor sincero, indicándonos que hagamos lo propio, cuando estemos ante quienes no quieran aceptar nuestras creencias. Recuerdo una anécdota que me contó una señora hace bastantes años. Un día en que le estaba enseñando a su hija que no se debe mentir, sonó el teléfono de su casa. La niña descolgó el auricular del teléfono, y cuando le dijo a la madre que la llamada era para ella, le preguntó quién la llamaba. Cuando la pequeña le dijo el nombre de una de sus amigas con quien no quería hablar, le respondió rápidamente: Dile que no estoy.

   Si predicamos que debemos amar a toda la humanidad, y no soportamos a quienes contradicen nuestras ideas, ¿será creíble el mensaje que pretendemos difundir?

   el joven rico quiso saber lo que necesitaba conocer para alcanzar la perfección, y Jesús le dijo que debía renunciar a sus riquezas, y como la riqueza material afectaba su vida hasta el punto de entorpecer su crecimiento espiritual, se le hizo necesario vender sus bienes y darles el dinero obtenido a los pobres, con tal de mejorar su relación con Dios y, consiguientemente, con sus hermanos los hombres.

   ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro hombre viejo para llegar a unirnos a Dios hasta llegar a hablar de nosotros, porque no existe nadie ni nada que nos pueda separar de Él?

   Si Dios nos amara superficialmente, no nos pediría que nos perfeccionemos para ser dignos de vivir en su presencia. Los padres que aman a sus hijos superficialmente, no hacen hincapié en que estudien o encuentren la manera de buscar un trabajo que los haga autónomos y los disponga a superar cualquier dificultad que puedan tener. El amor profundo y sincero dice la verdad, pues, aunque la misma sea dolorosa, el hecho de conocerla, siempre nos aporta beneficios, aunque, antes de experimentar los mismos, tengamos que superar el dolor que nos servirá de pórtico para vivir la gloria de Dios.

   Jesús miró al joven rico -nos dice San Marcos en el Evangelio de hoy-, y le amó.

   ¿Nos sentimos amados por Dios en nuestras dificultades, o captamos la mirada de Nuestro Santo Padre como la de un espía que acecha nuestro defecto más insignificante para enviarnos al infierno?

   Jesús le dijo al joven rico: Una cosa te falta para ser perfecto.

   ¿Qué nos falta para alcanzar la perfección que Dios quiere para nosotros?

   Venzamos nuestros defectos, empezando por el más insignificante, y así iremos superándonos a nosotros mismos, a medida que gradualmente venzamos defectos más difíciles de superar.

   Cuando hayamos superado nuestro defecto dominante, según nos dejemos purificar y santificar por Dios, estaremos dispuestos a recibir el tesoro que nos ah sido reservado en el cielo, en conformidad con la disposición con que llevemos con dignidad la cruz que nos sirve de medio para superarnos a nosotros mismos, pues somos nuestros mayores rivales.

   Jesús le pidió al joven rico que vendiera sus posesiones, porque las mismas obstaculizaban su crecimiento espiritual. No debemos entender bajo ninguna circunstancia que Jesús nos exige que vendamos nuestras posesiones, pues, lo que nos pide, es que las administremos de manera que no tengamos carencias, y tampoco dejemos sin atender a quienes necesitan de nuestros bienes, para no vivir bajo el umbral de la pobreza.

   Pensemos si el dinero es nuestro servidor, o si es nuestro amo.

   ¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar?

   2. La fe, la riqueza y el egoísmo.

(MC. 10, 23). Hay ricos que tienen plenamente cubiertas sus necesidades, y también tienen garantizado el cumplimiento de todos sus deseos relacionados con la consecución de bienes terrenos. Tales ricos no pueden crecer espiritualmente con ninguna facilidad, porque confían más en sus posesiones que en Dios. Esta misma situación también la viven quienes, aunque no son ricos, consagran su vida a la consecución de bienes materiales, aunque ello sea muy difícil para los tales.

   Cuando muchos que tienen dinero pierden algún bien que es muy importante para ellos, o se sienten vacíos interiormente por causa de la muerte de un familiar u otra situación dolorosa, intentan deshacerse de su tristeza, por medio de la adquisición de más bienes de los que tienen. No necesitamos ser ricos para huir de nuestros problemas alcoholizándonos, viendo TV., o comprando cosas que nos gusten o, aunque carezcan de importancia para nosotros, nos eviten pensar en los problemas que no queremos -o no podemos- resolver.

   La abundancia de bienes, el disfrute excesivo de los placeres mundanos, y la invención de una realidad superflua que enmascara una situación dolorosa ante los demás, son medios que agravan los problemas que tenemos y retrasan la solución de los mismos, creándonos dificultades, tanto a corto como a medio y largo plazo.

   ¿De qué nos sirve la ambición excesiva de alcanzar riquezas, si carecemos de afecto humano, y estamos expuestos a sufrir las consecuencias de vivir aislados, a no ser que estemos preparados para que ello no nos aporte grandes dosis de sufrimiento? (MT. 16, 24-26).

   (MC. 10, 24-26). Los judíos creían que las riquezas y la buena salud eran bendiciones de Dios merecidas por quienes cumplían puntualmente su Ley, y que, la pobreza y las enfermedades, caracterizaban a quienes merecían ser castigados, por incumplir los preceptos divinos. Esta es la razón por la que los discípulos de Jesús, pensaron, cuando escucharon las citadas palabras de Nuestro Maestro y Señor: Si para los ricos prácticamente es imposible salvarse, ¿qué esperanza tenemos los pobres de vivir en la presencia de Dios aunque sea en la actualidad, si no terminamos de pagar nuestras culpas?

   Aunque en nuestro tiempo hay denominaciones cristianas que siguen defendiendo la citada creencia de los judíos de que las riquezas simbolizan la religiosidad de quienes las poseen, lo cierto es que hay creyentes muy ricos, y creyentes extremadamente pobres. Las riquezas que podamos tener, no significan que tenemos fe en Dios, ni que nos es indiferente su existencia.

   3. ¿Qué recompensa merecemos quienes intentamos vivir como cristianos practicantes por nuestra predicación y las buenas obras que realizamos?

   (MC. 10, 27-30). Jesús les dijo a sus discípulos que, quienes inviertan algo de valor en su causa, serán recompensados cien veces más en este mundo, aunque no necesariamente recibiendo lo mismo que den. A modo de ejemplo, quienes se han separado de sus familiares porque los mismos no les permitían ser cristianos, han recibido muchos más hermanos y madres que a los que renunciaron, aunque los mismos no son carnales, sino, espirituales.

   Aunque Dios recompensa a sus creyentes por servirle en sus hijos los hombres, no debemos olvidar que podemos ser víctimas de persecuciones. En el caso de que ello nos suceda, oremos para que nunca se deba a nuestra conducta inadecuada, sino al rechazo que muchos sienten con respecto a Dios.

   Jesús se valió de la realidad de la persecución, para que nadie lo siga teniendo en mente la consecución de recompensas materiales. No todos los cristianos tenemos que vivir persecuciones a muerte necesariamente.

   Concluyamos esta serie de tres estudios bíblicos, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a entender que, el Dios Uno y Trino, es nuestra mayor riqueza.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Mi Dios, mi fe, mi vida. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Mi Dios, mi fe, mi vida.

   Los cristianos practicantes hemos optado en nuestra vida por seguir a Cristo. Al hablar de cristianos practicantes, no pretendo mencionar a quienes creen que cumplen con Dios sólo porque asisten a la Eucaristía dominical y después de salir del Templo no se toman la molestia de llevarles el Verbo de Dios a sus prójimos, pues me refiero a quienes vivimos para alabar a Dios, según decimos al celebrar la Liturgia de la Eucaristía, "por Cristo, con Él y en Él". Esta opción de vida que nos ha inspirado el Espíritu Santo hace que quienes no comprenden la forma según la cual nos entregamos a servir a Nuestro Padre y Dios se hagan muchas preguntas. Uno de esos interrogantes que inquieta a los no creyentes es el siguiente: Ya que la Iglesia no permite que los feligreses de la misma se expresen libremente con respecto a la contradicción de sus dogmas, ¿debemos considerar que Dios utiliza la fe para coartar nuestra libertad? Nuestro seguimiento con respecto a Jesucristo se fundamenta en que uno de nuestros principales objetivos consiste en convertirnos a través de la acción del Espíritu Santo en predicadores de la Palabra de Dios, así pues, con respecto a las creencias anticristianas, nos aplicamos las siguientes palabras que Dios le dirigió al predicador Jeremías en un momento en que el Profeta sufrió una gran crisis de fe: (JER. 15, 19). A pesar del significado literal de las palabras proféticas que hemos extraído de la Sagrada Biblia, cada día somos más los cristianos que optamos por respetar la libertad de quienes rechazan nuestras creencias, exceptuando las prácticas injustas que se llevan a cabo diariamente en nuestra sociedad.

   Deseamos ser transmisores de la Palabra de Dios porque queremos ser imitadores de Jesús de Nazaret, el enviado de Dios de quien San Juan escribió: (JN. 1, 1-2).

   Con respecto a la pregunta que estamos meditando, Dios nos propone que nos convirtamos a Él, pero no nos obliga a creer en su Palabra. Cuando Nuestro Padre celestial creó el Universo, creó al hombre libre, así pues, si Adán y Eva hubiesen estado sometidos a Nuestro Creador, hubieran carecido de libertad para alimentar la soberbia que les convirtió en los primeros que contradijeron al Todopoderoso, según palabras de Isaías: (IS. 55, 8).

   Si nos basamos en la creencia de que Dios no manipula la libertad que Él mismo nos concedió al crear el género humano, podemos comprender, en cierta forma, parte del significado teológico que le atribuimos a la adversidad que atañe a nuestra vida. Algunas cosas nos suceden para que aprendamos a ser fuertes, son sucesos que no podemos evitar, pero ¿pensamos que debemos reconocernos culpables de los sentimientos que nos causan hechos como las opiniones de nuestros familiares, amigos y jefes con respecto a nuestra forma de actuar?

    Es curioso constatar cómo teniendo un gran deseo de alcanzar la plenitud de la felicidad, muchos de nosotros corremos el riesgo de acabar consiguiendo justamente lo que más se contrapone a nuestras aspiraciones. Cuando el Profeta Jeremías era oprimido por sus enemigos, se dirigía a Dios en estos términos: (JER. 15, 15-16).

   Jeremías también exclamó en cierta ocasión: (JER. 20, 7. 9).

    A veces creo que Dios debe reírse mucho cuando queremos que manipule nuestra mala salud, que nos busque un buen trabajo y que de paso nos ponga algo de amor en nuestro camino, y no queremos serle dóciles ejercitando los dones y virtudes que Nuestro Padre nos ha concedido actuando consecuentemente para mejorar nuestra salud, alcanzarnos el éxito profesional y para que podamos aprender que la clave del amor radica en que es tan importante dar como recibir.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com