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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Noviembre es el mes en que se funden dos años litúrgicos, acaba un periodo de formación y entramos en el tiempo de Adviento, un periodo que dura aproximadamente 4 semanas, y nos introduce en la celebración de la Navidad. La Liturgia del presente mes y parte del mensaje del Adviento, tienen como finalidad hacernos comprender que en cierta forma los cristianos no somos habitantes del mundo, pues somos hijos de un Dios cuyo Unigénito nos ha preparado una morada en su Reino. Cuando Jesús instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes, les dijo a sus discípulos: (JN. 14, 1-2).

   Jesús dice que en el cielo hay un lugar para todos sus discípulos.

   San Juan nos transmitió la oración sacerdotal de Jesús, un texto muy bello del que podemos extraer las siguientes palabras: (JN. 17, 20)

   Jesús oró por sus Apóstoles y, antes de entregarse a su Pasión y muerte, nuestro Hermano oró también apasionadamente por todos los que nos hemos convertido a Él después de conocer y aceptar la predicación de sus primeros seguidores, que ha llegado a nosotros durante el transcurso de los últimos 2000 años.

   ¿Qué pruebas necesitamos para creer que Jesús nos ama?

   ¿De quién podéis decir que os amó tanto que oró por vosotros muchos siglos antes de que fueseis concebidos?

   Los autores del Nuevo Testamento, predicaban el Reino de Dios, al mismo tiempo que preparaban a los primeros cristianos para dejarse asesinar cuando se desataban grandes persecuciones contra la Iglesia, pues deseaban que sus oyentes y lectores fueran lo suficientemente fuertes como para no renunciar a su fe. Los Mártires no son fanáticos, son hermanos nuestros que supieron dejarse sacrificar imitando a su Señor, en el momento en que no se podían demostrar las grandes convicciones cristianas sin que la resistencia humana y divina fuesen acrisoladas con el fuego del amor y las infernales llamas de la confusión que causa el desconocimiento de la Palabra de Dios. San Ignacio de Antioquía, un Obispo de quien muchos hermanos nuestros dicen que era un fanático, sólo fue un humilde siervo de Dios que quiso morir, pues sabía que ese hecho avivaría la fe de sus feligreses, los habitantes de Antioquía, quienes le vieron partir encadenado para ser devorado en el Coliseo romano con gran dolor e impotencia dibujados en su rostro.

   En términos generales, las personas nos caracterizamos porque a veces nos causa un gran miedo todo aquello que desconocemos. Esta es la causa por la cual a mucha gente le falta valor, ímpetu y coraje para entregarse al servicio de un Dios cuyo rostro sólo se dibuja en el alma de los más desfavorecidos de nuestro entorno social.

   Si queremos vivir eternamente junto a Dios, debemos servir a nuestro Padre celestial en nuestros hermanos los hombres. Esto queremos hacerlo para agradecerle a Dios el manantial de misericordia que ha derramado sobre nosotros. Si alguien nos pide un millón de dólares, obviamente le negamos esa cantidad de dinero en el caso de que la tengamos, exceptuando el caso de que la persona que nos ha formulado su petición sea muy querida por nosotros, pero, pese a nuestra conducta, nos hemos acostumbrado tanto a ser amados por Dios, que olvidamos el hecho por el cual deseamos agradecerle a Nuestro Padre su gran amor sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Vamos a abrir el Nuevo Testamento y a pedirle a San Pablo que nos diga cómo hemos de vivir los cristianos esperando que Jesús venga nuevamente a nuestro encuentro, si es que se puede decir que se separó de nosotros aquel que está en la Eucaristía, en los pobres y enfermos, en quienes lo aman, y en quienes lo buscan mirando en todos los sitios que se les ocurre, exceptuando su corazón. Yo os pido que no busquéis la recepción de los dones divinos en las Escrituras ni en el testimonio ejemplar de los Santos y de los cristianos que nos rodean, dado que esas dádivas divinas están en nuestro corazón, de hecho, Dios sólo espera que nos decidamos a producir frutos abundantes.

   San Juan nos transmitió estas palabras de Jesús: (Jn. 15, 16).

   (ROM. 7, 10). Todos recordamos los Mandamientos de la Ley de Dios, las diez reglas de oro que aprendimos antes de recibir a Jesús Sacramentado por primera vez, esas disposiciones divinas de las cuales San Pablo nos dice que son santas, justas y buenas. Nosotros reconocemos esta verdad que nos ha sido revelada mediante la Palabra de Dios.

   Sería realmente hermoso el hecho de que los jóvenes cristianos se dejaran guiar por el siguiente consejo que San Pablo le dio a su fiel amigo Timoteo: (1 TIM. 4, 12).

   San Pablo le pidió a su fiel amigo Timoteo que fuera un cristiano ejemplar a la hora de predicar la Palabra de Dios. Inmediatamente después de que Pablo le pidiera a Timoteo que fuese un predicador ejemplar, también le dijo que diese buen ejemplo con su conducta. Yo puedo pronunciarme con respecto a Nuestro Padre y Dios con palabras muy bellas, pero si mi conducta no fuera acorde con mi predicación, mis palabras no serían dignas de ser creídas por nadie.

   El amor, la fe, y el limpio proceder del que Pablo le habló a Timoteo, son aspectos fundamentales que han de caracterizarnos a todos los hijos de Dios. Que ningún cristiano se deje amedrentar por las dudas de muchos ateos, pues San Pablo nos dice con respecto de nuestra fe y a propósito de los citados temores: (2 COR. 4, 13).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

La grandeza y la humildad del Siervo de Yahveh. (Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.

   Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.

   Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.

   La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.

   A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.

   Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?

   -Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.

   ¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?

   Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.

   ¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   ¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.

   Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.

   (MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.

   Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.

   Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.

   Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.

   Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.

   (2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.

   ¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.

   ¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com