Meditación.
Aceptemos al verdadero Mesías.
Meditación de MC. 8, 27-35.
1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.
Estimados hermanos y amigos.
(MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.
Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.
Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.
Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.
Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
(MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?
¿Fue Jesús un revolucionario?
¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?
¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?
No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.
3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?
(MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.
4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.
(DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.
5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.
(MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.
Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.
Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.
Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.
Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).
Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.
6. Llevemos nuestras cruces dignamente.
(MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.
Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.
(MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.
Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.
Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.
Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Aceptemos al verdadero Mesías. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
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Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Estimados hermanos y amigos:
Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)
A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.
2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.
En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.
La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).
Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?
Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.
3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).
El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.
Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.
Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).
Hermanos:
No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.
Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.
Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".
Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).
Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).
Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).
Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.
Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.
Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial. (Meditación para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial.
¿Hacemos mal al venerar a María Santísima y a los Santos mirando sus imágenes?
Muchos católicos tenéis la costumbre de tener en lugares en que la veis constantemente e incluso de llevar en la cartera una imagen de Nuestra Santa Madre. Yo, al carecer de visión, prefiero llevarla en el corazón, pues en mi interior puedo verla mejor que en las imágenes. Aunque el hecho de tener una imagen tanto de María, de Jesús o de cualquier Santo, es para nosotros una forma de demostrar que amamos a quienes representan dichas imágenes, muchos de nuestros hermanos en la fe no están realmente seguros de si nos está permitido tener imágenes, dado que, los predicadores de otras denominaciones cristianas, -los cuales tienen como meta principal destruir la Iglesia Católica-, les hacen creer que confundimos la veneración con la adoración, de manera que, si tenemos imágenes religiosas en casa debemos tirarlas inmediatamente, para que las mismas no sustituyan a Nuestro Padre común. Aunque muchos creyentes se niegan a tirar las imágenes dado que las mismas forman parte de sus vidas, algunos de ellos, aunque no se desprenden de las mismas porque las tales tienen un valor sentimental muy importante para ellos, se quedan con la duda de si hacen bien o mal con tener dichas imágenes en sus hogares. Aunque creo haber tratado este tema en escritos anteriores, y los religiosos y laicos conocedores de la Biblia lo conocéis perfectamente, permitidme tratarlo nuevamente, con el fin de que nuestros hermanos desconocedores, tanto de la Biblia como de la Iglesia, no piensen que hacen mal a la hora de venerar, tanto a María Santísima, como a los Santos, contemplando sus imágenes.
En la Biblia se distinguen los ídolos (cuya adoración nos está prohibida porque los tales sustituyen al mismo Dios) y los adornos religiosos, cuya posesión, -como veremos más adelante-, no nos está prohibida en absoluto, pues tienen la misión de ayudarnos a crecer espiritualmente, ya que, quienes podéis ver, cuanto más perfecto es vuestro sentido de la vista, tenéis la posibilidad de adquirir el conocimiento de Dios a través de la oración, que surge tanto de la inspiración del Espíritu Santo, de quien San Pablo escribió el texto de ROM. 8, 26, como de vuestros fervorosos corazones, mientras contempláis las imágenes que representan a quienes tanto amor les manifestáis en vuestras oraciones.
¿Por qué se nos prohíbe en la Biblia que adoremos a los dioses falsos? En el tiempo que Moisés caminó con los hebreos por el desierto para conducirlos a la Tierra prometida, los dioses de los pueblos extranjeros, tenían forma de toros, leones y otros animales. Como dichas imágenes eran consideradas como dioses por quienes creían en las mismas, los hebreos las llamaban ídolos o dioses falsos. Aunque los adeptos de las religiones que adoraban las citadas imágenes consideraban que las tales estaban dotadas de poderes mágicos, en realidad, sólo representaban los bajos instintos de los hombres. A modo de ejemplo, el becerro de oro que Aarón -el hermano de Moisés- hizo en el capítulo 32 del Éxodo, dado que Moisés no bajaba del Sinaí, y sus hermanos de raza le dieron por muerto, simbolizaba la fuerza bruta de la naturaleza, y el poder sexual más allá de los límites morales. El oro de dicho ídolo representaba la ambición desmedida y el poder explotador de la riqueza, lo cual ha logrado que los ricos y fuertes exploten a los pobres y débiles, lo que significa que, el hombre, por sí mismo, sin solidarizarse con sus prójimos, y desechando al mismo Dios, ha pretendido usurparle al Altísimo el puesto que le corresponde a Nuestro Padre común.
Nosotros, imitando a los hebreos que desobedecieron a Dios y se hicieron idólatras, también tenemos la opción de apartarnos de Nuestro Padre común, y de unirnos a dioses superfluos, tales como el dinero, la droga, el sexo sin amor, la dominación de nuestros prójimos, etcétera.
En este momento se me puede decir: "Todo esto de los ídolos está muy bien y parece tener sentido, pero, ¿cómo se puede interpretar el siguiente texto (DT. 5, 8-9)? Muchos protestantes nos atacan con el citado texto, diciéndonos que, la prueba de que adoramos las imágenes, consiste en que oramos postrados ante las mismas, lo cual sólo debe hacerse ante Dios. No niego el hecho de que, desgraciadamente, muchos católicos, -sobre todo hermanos nuestros que no saben leer ni escribir-, aman más las imágenes que al mismo Dios, dado que no tienen ninguna representación de Nuestro Padre celestial para orar ante la misma. Muchos de tales hermanos piensan que las imágenes son poseedoras de poderes mágicos, pero es preciso corregir a los tales, teniendo cuidado de tratarles con la mayor amabilidad posible, para no exterminar de sus corazones la fe que tienen. Al sacar los citados versículos y otros tantos textos bíblicos del contexto general de las Sagradas Escrituras, es fácil engañar a quienes no distinguen entre los falsos ídolos y los adornos religiosos, así pues, en el Éxodo, leemos que Dios le dijo a Moisés, las palabras que podemos leer en ÉX. 25, 17-20.
Si los dos querubines colocados en el lugar del perdón de la parte más importante del Tabernáculo (templo portátil) hubieran sido ídolos, ¿qué sentido hubiera tenido el hecho de que el mismo Dios hubiera dado la orden de construirlos?
¿Tiene sentido el hecho de que Dios hubiera permitido la instalación de dos dioses falsos en el lugar en que habría de manifestársele a su Profeta Moisés?
Veamos un texto que nos informa de que en el mismo Templo de Jerusalén había imágenes religiosas (SAL. 74, 4-6).
Vemos que el hecho de tener imágenes en casa no es malo en absoluto, pero, el desconocimiento de la Biblia en su conjunto sí que puede ser muy perjudicial para los católicos que no tienen una Biblia en casa en la que se relacionan unos textos con otros, y se dejan engañar por creyentes de otras denominaciones cristianas que, bien por su desconocimiento de la Palabra de Dios, o bien por su deseo de destruir la Iglesia Católica, pretenden hacerles perder la fe. Los catecúmenos deben cuidarse de no caer en la trampa de quienes les dicen: "Mirad en vuestras Biblias católicas textos como los que os enseñamos de las nuestras, y veréis que son idénticos a los que aparecen en nuestras Biblias, así pues, la Iglesia manipula la Palabra de Dios conscientemente en su beneficio y en perjuicio de sus creyentes", pues los tales no relacionan unos textos con otros, por lo cual, al no interpretar la Biblia en su conjunto, no diferencian la idolatría de la veneración, y, si tienen muy malas ideas, pueden decir que los citados querubines bíblicos eran imágenes religiosas, pero que, las imágenes nuestras, son ídolos que es necesario rechazar.
Cuando yo tenía once años, murió mi hermana Lucía, víctima de una parálisis cerebral y de otras enfermedades, con tan sólo siete años. Un día en que mi madre tenía una fotografía de Lucía en sus manos en un lugar público, una señora que no conocía todo lo que habíamos pasado en mi familia, le preguntó a mi madre: "¿Qué le pasa a esa niña que tiene la cabeza medio baja y esa cara de idiota?". La verdad es que, tanto a mi madre como a mí, nos sentó muy mal aquella pregunta. Os cuento esto para que pensemos que las imágenes religiosas son fotografías, no dioses falsos.
Por cierto, quienes tienen la costumbre de orar arrodillados ante las imágenes de los Santos, no adoran a quienes representan las imágenes -salvo excepciones muy difíciles de localizar-, pues les suplican a los mismos que intercedan ante la Santísima Trinidad por ellos.
¿Queréis ver lo que sucede si interpretamos la Biblia fuera de su contexto general? Al final del SAL. 10, 4, se pone en boca de los carentes de devoción esta frase: "No hay Dios". Por supuesto que entendemos que llegar a esta conclusión es sacar el citado texto de su contexto, pero, muchos católicos, carentes, tanto de sagacidad, como de conocimientos bíblicos, caen en la trampa del protestantismo.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha bendecido a Nuestra Madre celestial.
¿Hacemos mal al venerar a María Santísima y a los Santos mirando sus imágenes?
Muchos católicos tenéis la costumbre de tener en lugares en que la veis constantemente e incluso de llevar en la cartera una imagen de Nuestra Santa Madre. Yo, al carecer de visión, prefiero llevarla en el corazón, pues en mi interior puedo verla mejor que en las imágenes. Aunque el hecho de tener una imagen tanto de María, de Jesús o de cualquier Santo, es para nosotros una forma de demostrar que amamos a quienes representan dichas imágenes, muchos de nuestros hermanos en la fe no están realmente seguros de si nos está permitido tener imágenes, dado que, los predicadores de otras denominaciones cristianas, -los cuales tienen como meta principal destruir la Iglesia Católica-, les hacen creer que confundimos la veneración con la adoración, de manera que, si tenemos imágenes religiosas en casa debemos tirarlas inmediatamente, para que las mismas no sustituyan a Nuestro Padre común. Aunque muchos creyentes se niegan a tirar las imágenes dado que las mismas forman parte de sus vidas, algunos de ellos, aunque no se desprenden de las mismas porque las tales tienen un valor sentimental muy importante para ellos, se quedan con la duda de si hacen bien o mal con tener dichas imágenes en sus hogares. Aunque creo haber tratado este tema en escritos anteriores, y los religiosos y laicos conocedores de la Biblia lo conocéis perfectamente, permitidme tratarlo nuevamente, con el fin de que nuestros hermanos desconocedores, tanto de la Biblia como de la Iglesia, no piensen que hacen mal a la hora de venerar, tanto a María Santísima, como a los Santos, contemplando sus imágenes.
En la Biblia se distinguen los ídolos (cuya adoración nos está prohibida porque los tales sustituyen al mismo Dios) y los adornos religiosos, cuya posesión, -como veremos más adelante-, no nos está prohibida en absoluto, pues tienen la misión de ayudarnos a crecer espiritualmente, ya que, quienes podéis ver, cuanto más perfecto es vuestro sentido de la vista, tenéis la posibilidad de adquirir el conocimiento de Dios a través de la oración, que surge tanto de la inspiración del Espíritu Santo, de quien San Pablo escribió el texto de ROM. 8, 26, como de vuestros fervorosos corazones, mientras contempláis las imágenes que representan a quienes tanto amor les manifestáis en vuestras oraciones.
¿Por qué se nos prohíbe en la Biblia que adoremos a los dioses falsos? En el tiempo que Moisés caminó con los hebreos por el desierto para conducirlos a la Tierra prometida, los dioses de los pueblos extranjeros, tenían forma de toros, leones y otros animales. Como dichas imágenes eran consideradas como dioses por quienes creían en las mismas, los hebreos las llamaban ídolos o dioses falsos. Aunque los adeptos de las religiones que adoraban las citadas imágenes consideraban que las tales estaban dotadas de poderes mágicos, en realidad, sólo representaban los bajos instintos de los hombres. A modo de ejemplo, el becerro de oro que Aarón -el hermano de Moisés- hizo en el capítulo 32 del Éxodo, dado que Moisés no bajaba del Sinaí, y sus hermanos de raza le dieron por muerto, simbolizaba la fuerza bruta de la naturaleza, y el poder sexual más allá de los límites morales. El oro de dicho ídolo representaba la ambición desmedida y el poder explotador de la riqueza, lo cual ha logrado que los ricos y fuertes exploten a los pobres y débiles, lo que significa que, el hombre, por sí mismo, sin solidarizarse con sus prójimos, y desechando al mismo Dios, ha pretendido usurparle al Altísimo el puesto que le corresponde a Nuestro Padre común.
Nosotros, imitando a los hebreos que desobedecieron a Dios y se hicieron idólatras, también tenemos la opción de apartarnos de Nuestro Padre común, y de unirnos a dioses superfluos, tales como el dinero, la droga, el sexo sin amor, la dominación de nuestros prójimos, etcétera.
En este momento se me puede decir: "Todo esto de los ídolos está muy bien y parece tener sentido, pero, ¿cómo se puede interpretar el siguiente texto (DT. 5, 8-9)? Muchos protestantes nos atacan con el citado texto, diciéndonos que, la prueba de que adoramos las imágenes, consiste en que oramos postrados ante las mismas, lo cual sólo debe hacerse ante Dios. No niego el hecho de que, desgraciadamente, muchos católicos, -sobre todo hermanos nuestros que no saben leer ni escribir-, aman más las imágenes que al mismo Dios, dado que no tienen ninguna representación de Nuestro Padre celestial para orar ante la misma. Muchos de tales hermanos piensan que las imágenes son poseedoras de poderes mágicos, pero es preciso corregir a los tales, teniendo cuidado de tratarles con la mayor amabilidad posible, para no exterminar de sus corazones la fe que tienen. Al sacar los citados versículos y otros tantos textos bíblicos del contexto general de las Sagradas Escrituras, es fácil engañar a quienes no distinguen entre los falsos ídolos y los adornos religiosos, así pues, en el Éxodo, leemos que Dios le dijo a Moisés, las palabras que podemos leer en ÉX. 25, 17-20.
Si los dos querubines colocados en el lugar del perdón de la parte más importante del Tabernáculo (templo portátil) hubieran sido ídolos, ¿qué sentido hubiera tenido el hecho de que el mismo Dios hubiera dado la orden de construirlos?
¿Tiene sentido el hecho de que Dios hubiera permitido la instalación de dos dioses falsos en el lugar en que habría de manifestársele a su Profeta Moisés?
Veamos un texto que nos informa de que en el mismo Templo de Jerusalén había imágenes religiosas (SAL. 74, 4-6).
Vemos que el hecho de tener imágenes en casa no es malo en absoluto, pero, el desconocimiento de la Biblia en su conjunto sí que puede ser muy perjudicial para los católicos que no tienen una Biblia en casa en la que se relacionan unos textos con otros, y se dejan engañar por creyentes de otras denominaciones cristianas que, bien por su desconocimiento de la Palabra de Dios, o bien por su deseo de destruir la Iglesia Católica, pretenden hacerles perder la fe. Los catecúmenos deben cuidarse de no caer en la trampa de quienes les dicen: "Mirad en vuestras Biblias católicas textos como los que os enseñamos de las nuestras, y veréis que son idénticos a los que aparecen en nuestras Biblias, así pues, la Iglesia manipula la Palabra de Dios conscientemente en su beneficio y en perjuicio de sus creyentes", pues los tales no relacionan unos textos con otros, por lo cual, al no interpretar la Biblia en su conjunto, no diferencian la idolatría de la veneración, y, si tienen muy malas ideas, pueden decir que los citados querubines bíblicos eran imágenes religiosas, pero que, las imágenes nuestras, son ídolos que es necesario rechazar.
Cuando yo tenía once años, murió mi hermana Lucía, víctima de una parálisis cerebral y de otras enfermedades, con tan sólo siete años. Un día en que mi madre tenía una fotografía de Lucía en sus manos en un lugar público, una señora que no conocía todo lo que habíamos pasado en mi familia, le preguntó a mi madre: "¿Qué le pasa a esa niña que tiene la cabeza medio baja y esa cara de idiota?". La verdad es que, tanto a mi madre como a mí, nos sentó muy mal aquella pregunta. Os cuento esto para que pensemos que las imágenes religiosas son fotografías, no dioses falsos.
Por cierto, quienes tienen la costumbre de orar arrodillados ante las imágenes de los Santos, no adoran a quienes representan las imágenes -salvo excepciones muy difíciles de localizar-, pues les suplican a los mismos que intercedan ante la Santísima Trinidad por ellos.
¿Queréis ver lo que sucede si interpretamos la Biblia fuera de su contexto general? Al final del SAL. 10, 4, se pone en boca de los carentes de devoción esta frase: "No hay Dios". Por supuesto que entendemos que llegar a esta conclusión es sacar el citado texto de su contexto, pero, muchos católicos, carentes, tanto de sagacidad, como de conocimientos bíblicos, caen en la trampa del protestantismo.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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