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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de Nuestra Señora al cielo.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.

   Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).

   ¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.

   ¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.

   ¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?

   Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.

   Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.

   Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.

   ¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.

   Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).

   Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.

   Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.

   Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.

   Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.

   Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

   Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).

   ¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.

   Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.

   ¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.

   Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.

   Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.

   Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.

   Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

   Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?

   Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.

   ¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).

   Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.

   María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.

   Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).

   Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.

   El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).

   Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).

   Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.

   Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.

   Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:

   "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".

   En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.

   Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.

   De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.

   Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?

   Meditación de ROM. 8, 8-11.

   En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.

   Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.

   Meditación.

   1. Son varias las clasificaciones de determinadas lecturas que la Iglesia nos propone para que celebremos este Domingo II de Navidad, en que volvemos a recordar todas las enseñanzas que recibimos de la Palabra de Dios durante el Adviento, para que no olvidemos la importancia que tiene para nosotros el Nacimiento de Nuestro Hermano y Dios Jesús. Como aún tenemos muy reciente la citada enseñanza, deseo dirigir mi meditación a la próxima celebración de la Epifanía del Señor. Sabemos que esa celebración es la manifestación de Jesús a todas las naciones, así pues, mientras que muchos judíos se gozaban esperando el nacimiento de un Mesías nacionalista, Nuestro Señor quiso hacer que su estrella brillara en el cielo, de tal forma que los no judíos -o gentiles- se alegraron antes que los hermanos de raza de Jesús del Nacimiento del Enviado de Dios. Isaías, en la primera lectura, nos ha dicho que la gloria del Señor resplandecerá sobre nosotros, los que intentamos que el resplandor de la estrella divina, no se apague en nuestras vidas ni en el ambiente en que vivimos.

   2. Es muy significativo el relato que San Mateo nos propone en su Evangelio respecto de la celebración que tendrá lugar en todo el orbe cristiano el próximo martes día seis. Unos astrólogos orientales llegaron a Jerusalén siguiendo la estrella de la fe que los conducía ante la presencia de Aquel de quien Zaratustra decía que estaría posibilitado para encaminar a quienes siguieran su voz por el camino de la verdad y la justicia. De igual manera que nos debilitamos ante la pequeñez de nuestra fe y el aumento de las posibles dificultades que podemos tener, los magos orientales perdieron el rastro lumínico de la estrella que seguían, y, antes de volverse a sus países de origen desilusionados, decidieron poner la última carta que les quedaba sobre el tapete, y preguntarle a Herodes por el personaje que iban buscando.

   Los judíos estaban tan seguros de que el Mesías nacería en aquel siglo, que, durante las últimas décadas, surgieron en Palestina entre cuatro y seis docenas de falsos mesías, de quienes sabemos que muchos fueron asesinados para complacer a la mayor parte de los sanedritas y demás miembros de la alta esfera social judía. A pesar de esa evidencia, ni los escribas podían imaginarse que el Mesías podría haber nacido en Belén en cumplimiento de la predicción de Miqueas, de una forma tan humilde que ellos no se hubieran percatado de tan magno acontecimiento (MIQ. 5, 2). Este hecho se asemeja a aquellas ocasiones en las cuales les decimos a los niños pequeños que no cojan un cuchillo para no cortarse, y hacen lo contrario que les pedimos, así pues, Miqueas dijo que el Mesías nacería entre los más humildes habitantes de Israel, pero, quienes odiaban la pobreza, lo imaginaban sentado en un trono de gloria, concediéndoles todo tipo de regalos.

   Los judíos estaban alarmados porque el Nacimiento del Mesías podía significar una gran revolución, la eliminación del poder romano, o la esclavitud permanente bajo el poder de Tiberio César y sus sucesores. Herodes se alertó pensando que no podía permitir que nadie se sublevara contra su persona. Era tanta la ambición del Rey, que este asesinó a dos de sus mujeres y a varios de sus hijos, porque temía que estos se revelaran contra él. Durante los treinta y seis años que duró el reinado de aquel de quien dijo Tiberio que ante él era mejor ser su cerdo que ser su hijo, porque los judíos no comían carne de cerdo y el rey mandó matar a tres de sus descendientes, no hubo un sólo día en que aquel idumeo no ordenara derramar sangre inocente.

   ¿Cómo contemplarían los astrólogos de Oriente aquella escena? Ellos habían viajado durante muchos días para encontrar confundida a la ciudad de la fe, al país de los Profetas de quienes sus antepasados aprendieron la Palabra de Dios, durante el tiempo que los judíos fueron deportados a Babilonia.

   ¿Cómo reaccionamos al confrontar los sucesos trágicos que se suceden en la sociedad y en nuestras vidas?

   ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra alegría y nuestro dolor?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Lo esencial del Cristianismo. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Lo esencial del Cristianismo.

   Ya que al aceptar la revelación de Dios a nosotros sus hijos, la Iglesia nos pide que les transmitamos a nuestros prójimos el gozo que significa el hecho de ser hijos de un mismo Padre celestial, permitidme que os proponga que hagamos un ejercicio entre nuestros familiares y/o amigos, el cual consiste en que les digamos a los mismos lo esencial del Cristianismo, con el fin de que los tales se conviertan a Nuestro Padre y Dios si lo estiman oportuno.

   ¿Qué es para nosotros lo esencial del Cristianismo?

   ¿Cómo podríamos sintetizar el contenido de nuestra fe para que quienes no creen en Dios sientan el deseo de leer los Evangelios y de asistir a las celebraciones eucarísticas?

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado por medio de su Hijo amado. Lo esencial del Cristianismo es que Dios se nos ha revelado de una forma sensible, según nos narra este hecho San Juan en su Evangelio (JN. 1, 14; HEB. 1, 1-2).

   Lo esencial del Cristianismo es que Dios, compadecido del hecho de que el mal en todas las formas que se manifiesta ha azotado a la humanidad desde que el hombre existe sobre la haz de la tierra, en la pequeñez de un Niño indefenso necesitado de los cuidados sin los que cualquier pequeñuelo moriría irremisiblemente, y por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Hijo, nos ha manifestado su omnipotencia y su amor, con el fin de hacernos vivir en su presencia, cuando aprendamos a ser tan bondadosos como lo es Él.

   Jesús y los ateos.

   Aunque actualmente podemos dedicarle mucho tiempo a la evangelización de nuestros oyentes en el supuesto caso de que encontremos a quienes estén dispuestos a conocer la fe que profesamos, en los primeros tiempos del Cristianismo, los minutos que los creyentes podían dedicarle a la evangelización de sus oyentes, eran decisivos para que los tales aceptaran -o rechazaran- nuestra fe. Hay que dar por supuesto que muchos de quienes decidían creer en Dios en esas charlas circunstanciales no tenían una fe completa y mucho menos el tiempo necesario para ser instruidos en el conocimiento del Señor y de su Iglesia, pero, a pesar de ello, entre aciertos y errores, los tales tenían que dejarse conducir por el Espíritu Santo, para que la tercera Persona de la Santísima Trinidad, atendiendo a la capacidad de ser perfeccionado de cada uno, los ayudara a abrazar sus nuevas creencias. Os digo esto porque muchos de nuestros hermanos consideran que el ciclo de evangelización de cada persona necesariamente tiene que pasar por un largo periodo catequético, pero, por razones que escapan a nuestra capacidad de retener a quienes nos escuchan predicar el Evangelio, -dado que somos sembradores de la Palabra de Dios, y no recolectores de los frutos que nuestra predicación produce en quienes nos escuchan-, tenemos que orar para que el Espíritu Santo complete nuestra tarea, la cuál fue comenzada por nosotros, bajo la inspiración del amor procedente del Padre y del Hijo.

   Supongamos el hipotético caso de que le predicamos el Evangelio a alguien que, aunque se compromete a leer los Evangelios, y cree en la Persona de Jesús, rechaza nuestra fe, pero vive los valores predicados por Nuestro Señor. Mi experiencia personal me ha hecho comprender que muchos ateos, aunque no creen que Jesús es Dios, ven en Nuestro Señor a un gran Hombre digno de imitar, por causa de sus valores, los cuales, al parecer que se van extinguiendo de nuestras sociedades actuales porque nos enfocamos en diferentes objetos, nos hacen constatar cómo mucha gente actúa irracionalmente. El hecho de no creer en Jesús como Dios, sino como Hombre digno de imitar, no significa una negación de Nuestro Señor, sino la adquisición del compromiso de comunicarles a los hombres la necesidad que tenemos de vivir inspirados en los valores de Nuestro Salvador.

   Los no creyentes, al leer la Biblia, pueden encontrar un reflejo de sus vidas, y una síntesis de la Historia de la humanidad, la cuál, en algunas ocasiones, ha estado marcada por la vivencia de valores humanos positivos, y, en otras ocasiones, ha registrado episodios de tiranía que únicamente han servido para cometer injusticias y hacerles sufrir a los débiles.

   A veces, los éxitos que alcanzamos provocan estados de crisis, cuando comprobamos que los mismos nos aportan nuevas exigencias, así pues, aunque a partir de la Revolución Industrial se cambiaron muchas estructuras sociales, la Historia es testigo de que el citado cambio político-económico social no le aportó al hombre del siglo XIX ni del XX -ni nos aportará a quienes vivimos en este siglo- la felicidad completa, pues los valores espirituales no dependen ni de la riqueza ni de la pobreza que caractericen nuestras vidas.

   A pesar de que los ateos rechazan todos los conocimientos que no les son aportados por la ciencia, muchos millones de ellos tienen que aceptar el hecho de que la ciencia nos aporta muchas enseñanzas, pero no nos hace conscientes del deber que debemos realizar en nuestras vidas, dado que, quienes se han sacrificado por alguna causa a lo largo de la Historia, no lo han hecho por amor a la ciencia, sino teniendo presentes sus valores espirituales y morales, los cuales no han tenido por qué ser adquiridos profesando ningún credo.

   Si muchos cristianos podemos asimilar nuestra religión como una forma de vida, y aquellos de nuestros hermanos que temen por la salvación de sus almas asimilan la misma como una exigencia ineludible, los no creyentes ven en la Biblia la máxima expresión de los sentimientos del hombre, la necesidad que este tiene de encontrar el sentido de su vida, y la comprensión de que los avances que nuestras sociedades modernas experimentan carecen de sentido, si no están inspirados en un maduro crecimiento psicológico, espiritual y moral de toda la humanidad.

   Las palabras del Señor expuestas en MC. 1, 15, pueden significar para quienes no son creyentes: El tiempo se ha cumplido y es posible la existencia de un mundo perfecto, es decir, lo que en el principio de la existencia del Socialismo parecía una utopía, es totalmente posible. Fortaleceos moralmente y luchad denodadamente para que lo más pronto posible vivamos esa realidad.

   Jesús nos pide a los creyentes que vivamos plenamente entregados a nuestros compromisos cristianos, y, si somos honrados en la vivencia de los mismos, toda la humanidad, -creyentes y no creyentes-, nos daremos cuenta de que no tiene sentido el hecho de exigirnos a nosotros más -ni menos- de lo que les exigimos a los demás, dado que la sociedad perfecta llamada Reino de Dios será resultante de la dedicación personal -y comunitaria- a hacer el bien, y no de la explotación de los débiles.

   Es necesario que los cristianos nos comprometamos con la evangelización, pero, si no conseguimos convertir a algunos de nuestros oyentes al Evangelio, deberemos evitar el hecho de juzgarlos, porque, quienes mucho se exigen a sí mismos, al comprender lo difícil que es el hecho de crecer a cualquier nivel en la vida, evitarán el hecho de juzgar temerariamente a los demás.

   Quienes no creen en Dios, pero creen que el hombre puede crear un mundo perfecto, al comprender que el bien se consigue por el camino de la entrega personal, no ven en la muerte de Jesús un fracaso a pesar de que no son cristianos y por consiguiente no creen en la resurrección de los muertos, sino la máxima expresión de lo que deberíamos estar dispuestos a hacer, cada cuál, desde nuestro estado actual, con el fin de alcanzar la vivencia en el mundo carente de miserias añorado por los comunistas y los socialistas.

   Finalizo esta meditación diciéndoos que depende en gran parte de nosotros los cristianos el hecho de que todos -creyentes y no creyentes-  nos esforcemos para lograr la rápida instauración del Reino de Dios en el mundo, para lo cuál, nos es preciso respetar a quienes no comparten nuestras creencias, ora porque no son católicos, ora porque no creen en Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com