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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor a dios y al prójimo.

   1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

   Meditación de DT. 6, 2-6.

   Estimados hermanos y amigos:

   ¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.

   Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).

   Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.

   ¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.

   Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.

   El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.

   Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.

   (DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.

   Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.

   (DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.

   No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.

   (DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.

   Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:

   "No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).

   Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.

   ¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?

   (MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.

   Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.

   (DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.

   Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es el Camino que nos conduce a Dios, la Verdad que nos hace libres, y la vida de gracia que experimentamos cuando nos disponemos a cumplir la voluntad divina. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo V de Cuaresma del Ciclo A.

    Domingo V de Cuaresma del Ciclo A.

   Jesús es el Camino que nos conduce a Dios, la Verdad que nos hace libres, y la vida de gracia que experimentamos cuando nos disponemos a cumplir la voluntad divina.

   Ejercicio de lectio divina de JN. 11, 1-45.

   Lectura introductoria: (1 COR. 15, 13-14).

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Durante los Domingos III, IV y V de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, a través del Evangelio de San Juan, descubrimos que Jesús representa para nosotros, la plenitud de la vida que deseamos alcanzar. San Juan nos presenta en su Evangelio al Dios hecho Hombre (JN. 1, 14), un Dios que se humanizó, hasta llegar a sufrir por quienes amó (JN. 11, 35), y experimentar en Sí mismo el padecimiento.

   Al compararnos con los diversos personajes que aparecen en el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, podemos descubrir nuestra manera de vivir la fe que profesamos, pues vivimos recorriendo un camino en el que, la visión negativa que tenemos muchas veces de las dificultades que caracterizan nuestra vida, hace que nuestra fe tenga altibajos, así pues, es frecuente que sintamos que nuestra fe se agrande cuando no tenemos dificultades, y que se debilite cuando vivimos episodios en los que experimentamos un dolor intenso. A modo de ejemplo, en el Evangelio que meditaremos en este trabajo, vemos que las hermanas de Lázaro avisaron a Jesús cuando el amigo del Señor se enfermó (JN. 11, 3), y que la fe de ambas sufrió un duro revés, cuando su hermano falleció, y Jesús no impidió tan trágico acontecimiento, teniendo el poder necesario para hacerlo (JN. 11, 21 y 32). Quizás nosotros tenemos fe en el Señor y lo servimos puntualmente en nuestros prójimos los hombres, pero hemos sentido el debilitamiento de nuestra fe después de conocer la enfermedad de uno de nuestros familiares, cuando hemos perdido el trabajo, o cuando se nos ha muerto un familiar o amigo querido.

   Los discípulos de Jesús seguían a su Maestro, pero su entrega al cumplimiento de la voluntad divina estaba limitada por el temor de que los judíos atentaran contra Jesús, e incluso tomaran represalias también contra ellos (JN. 11, 8). Quizás servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres desde hace muchos años, pero aún no hemos conseguido que ello se convierta en una de nuestras prioridades más importantes. Cuanta más importancia le demos al seguimiento de Jesús, seremos mejores discípulos del Mesías.

   A Santo Tomás Apóstol se le conoce porque no le fue fácil creer que Jesús resucitó de entre los muertos (JN. 20, 24-25), pero, en el Evangelio de hoy, se le ve queriendo morir con el Unigénito de Dios (JN. 11, 16). Tomás se entregó a la realización del proyecto de Jesús totalmente, pero perdió la fuerza cuando sospechó que el Mesías no podría escapar de sus enemigos, y fue tan intenso su dolor, que pensó que su vida no tenía sentido si la obra del Señor no se llevaba a cabo, y por eso, no sólo tomó la decisión de morir con Jesús, sino que fue tan grande su desánimo, que instó a sus compañeros a hacer lo mismo. Quizás nosotros también hemos emprendido un proyecto con muchas ganas, y nos ha invadido el pesimismo cuando las cosas no nos han salido como lo hubiéramos deseado. A lo largo de los años que llevo predicando en Internet, me he encontrado con bastantes predicadores que han trabajado en la viña del Señor durante muchos años sufriendo altibajos respecto de su fe. Empezaron a predicar el Evangelio con mucha ilusión, pero no contaban inicialmente con lo difícil que es predicar la Palabra de Dios en ciertas situaciones. Cuando tenemos dificultades, tenemos dos opciones, consistentes en que las resolvemos en cuanto nos sea posible, o nos negamos a ello, afrontando la frustración como podamos. Quizás nos hemos convertido al Cristianismo pensando en ser mejores personas, pero ello no nos será posible hasta que hayamos aceptado plenamente quiénes somos y qué somos. Cuando aceptamos nuestra realidad y dejamos de sufrir porque las cosas no son como queremos que sean, encontramos la manera de resolver nuestros problemas en la medida que nos sea posible, y de ser los hijos e hijas en quienes Dios está pensando desde la eternidad.

   Entre quienes les daban el pésame a las hermanas de Lázaro, había quienes compadecían a Jesús por causa de su llanto y su dolor (JN. 11, 33 y 35), y quienes pensaban que, si verdaderamente el Señor había sanado a un ciego (JN. 9, 1-41), también debía poder resucitar a un muerto (JN. 11, 36-37). ¿Tenemos la costumbre de juzgar sin conocer profundamente las razones que mueven a actuar de alguna manera a quienes enjuiciamos?

   Quizás no es esta la primera ocasión en la que hemos equiparado nuestra fe a la creencia en Jesús de los citados personajes que aparecen en el texto del cuarto Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, pero quizás sí es esta la primera ocasión en la que equiparamos nuestra fe al cadáver de Lázaro. Es necesario hacer este trabajo, porque puede sucedernos que no sintamos que somos felices, y que pensemos que estamos muertos a todo aquello que necesita cualquier persona para poder realizarse en esta vida, para lograr alcanzar la plenitud de la felicidad. ¿Cuáles son las muertes arraigadas en la visión catastrófica que tenemos respecto de nuestra fragilidad que nos hacen perder la ilusión que necesitamos para seguir superando obstáculos y alcanzando metas? Podemos vivir como muertos si perdemos la esperanza de crecer, cuando no controlamos el miedo que nos es necesario para protegernos y no arriesgarnos demasiado y paraliza nuestra capacidad de superarnos día a día, cuando dejamos de luchar por lo que deseamos porque la creencia de que somos inútiles es más estable que nuestro afán de superación, cuando la indiferencia nos induce a abandonar la realización de nuestros buenos propósitos, cuando no distinguimos la soledad que tan necesaria nos es para conocernos del aislamiento que nos impide tener relaciones de calidad y con calidez, cuando nos quejamos de lo mal que está el mundo y no efectuamos los cambios necesarios en nuestro interior para impulsar el cambio positivo del mundo desde nuestro interior, y cuando cargamos a los demás con nuestras propias responsabilidades.

   Para superar las muertes mencionadas, necesitamos aceptarlas, porque la aceptación, que no tiene nada que ver con la famosa resignación cristiana, nos hará renunciar a los lamentos estériles, y nos impulsará a buscar la manera de resucitar de tales muertes, de la misma manera que Lázaro salió de la tumba. Lázaro salió de su sepulcro envuelto en las vendas que fueron utilizadas para embalsamarlo antes de enterrarlo. Nosotros superaremos las muertes que nos caractericen, y, para lograr alcanzar tales propósitos, tendremos que quitarnos las vendas del miedo incontrolable, la falta de interés, la pereza y el hecho de dejar de creer que no somos personas válidas, a pesar de lo que no nos gusta de nosotros como las enfermedades que padecemos, con las que tendremos que aprender a vivir durante años, o quizás hasta el fin de nuestros días.

   La resurrección de las citadas muertes no se lleva a cabo generalmente en nosotros en un periodo de tiempo corto, por lo que es posible que en algunos casos tarde años en concluirse, pues ello depende de la fuerza de voluntad con que queremos superar los citados estados. A modo de ejemplo, en el caso del fallecimiento de un ser querido, podemos dar los siguientes pasos:

   1. Cuando fallece alguien a quien amamos mucho, podemos estar un tiempo pensando que queremos despertar de esa pesadilla. Cuando se pierde una cantidad de dinero respetable existe la posibilidad de que podamos volver a ganarla, o podemos aprender a vivir sin el mismo. Si perdemos un trabajo, podemos encontrar otro, o aprender a vivir con menos dinero. Si perdemos una relación de amistad, podemos relacionarnos con otra persona, o asumir la idea de que tenemos una relación menos. Cuando fallece alguien a quien amamos mucho, sentimos que nuestro corazón es sepultado, y que no podemos recuperarlo. Dado que la muerte es la pérdida más dolorosa que afrontamos durante los años que vivimos, es necesario dividir el proceso de duelo en varios pasos.

   2. Ya que nos es difícil aceptar la pérdida de nuestros seres queridos, es posible que sintamos rabia contra ellos porque nos dejaron solos, contra el personal sanitario que los atendió si murieron enfermos porque a nuestro juicio cometió una negligencia que les costó la vida, que nos enfademos con nosotros por no haberles dedicado el tiempo que merecían y cuando fallecieron nos percatamos de lo que significaban para nosotros, o que nos enfademos con Dios por habérnoslos arrebatado. ¿Nos está permitido enfadarnos con Dios? Yo jamás me enfadaría con Buda ni con Mahoma porque no soy budista ni musulmán, pero puedo sentirme decepcionado por Dios si he depositado mi confianza en Él, y siento que me ha traicionado. A este respecto, no veamos el enfado como pecado, y expresemos nuestras emociones en voz alta cuando estemos solos, o hagámoslo por escrito, y quememos el papel en el que las plasmemos después de escribirlas y de volverlas a leer pausadamente si somos cristianos, o hagámoslo trozos muy pequeños y arrojémoslo al aire, si nuestras creencias son orientales.

   3. Cuando dejamos de ver la muerte de quienes amamos como una pesadilla de la que queremos despertar y no podemos hacerlo, podemos empezar a buscar personas y causas tales como nuestro trabajo que nos ayuden a seguir viviendo, pero, como nuestros seres queridos han fallecido y no los tenemos con nosotros, el proceso de negociación se convierte en un gran fracaso.

   4. El fracaso mencionado en el paso anterior, da lugar a un episodio de tristeza profunda.

   5. Si la tristeza mencionada en el punto anterior se supera, se llega a la aceptación del fallecimiento de nuestros seres significativos. Esto no significa que nuestro dolor desaparecerá, sino que no viviremos permanentemente afectados por el sufrimiento de querer recuperar a quienes amamos, pues, aunque tenemos sus recuerdos, no podemos querer recuperar sus cuerpos en la actualidad, porque ello carece de sentido. Podemos recordar cómo los amábamos y correspondían nuestro afecto, pero no podemos desear abrazarlos. La espiritualidad desempeña un papel muy importante en el proceso de aceptación del fallecimiento de quienes amamos, y nos hace homenajear a quienes fallecieron intentando ser tan felices como ellos deseaban que lo llegáramos a ser. Ello puede suceder perfectamente si perdonamos a Dios y a todos aquellos con quienes nos hemos enfadado, y si también nos perdonamos por no haber estado a la altura de las circunstancias. Quizás en el pasado no veíamos ciertos sucesos que acontecieron como los vemos ahora, pero no olvidemos que, aunque nos equivocamos, actuamos lo mejor que pudimos, e hicimos lo que pensamos que teníamos que hacer.

   Podremos resucitar de muchas muertes si ponemos un gran empeño en ello y nos hacemos instruir por personas capacitadas en recorrer el camino que conduce de la oscuridad a la luz, pero no olvidemos que necesitamos dividir nuestra resurrección en pasos que hemos de dar en el tiempo que necesitemos, tal como hemos dividido el proceso de superación de la muerte de un ser significativo en cinco pasos.

   Oremos:

   ¿Cómo debemos predicar el Evangelio para que dicha labor sea fructífera? Desde que celebró el Concilio de Trento, la Iglesia Católica ha anunciado la Palabra de Dios partiendo de la grandeza del amor de la Divinidad que se interesa por la frágil humanidad, pero cada día estoy más convencido de que también es necesario predicar el Evangelio desde el hombre como buscador de respuestas que necesita para encontrar el sentido de su vida, el cuál es, desde el punto de vista de los cristianos, Nuestro Dios y Padre. Esto lo deduzco del hecho de que las hermanas de Lázaro partieron de la enfermedad del amigo del Señor para pedirle ayuda a Jesús (JN. 11, 3). También nosotros somos conscientes de que en nuestro ambiente hay enfermos físicos, psíquicos y espirituales que necesitan conocer al Señor, pero, ¿hacemos nuestro mejor esfuerzo para que ello sea posible?

   (JN. 11, 5). Jesús amaba a los tres hermanos de Betania, y también nos ama a nosotros. Jesús ama a aquellos que necesitan que les prediquemos su Palabra, y también nos ama a nosotros. Jesús nos ama a todos, independientemente de que seamos sus discípulos y de cuál sea nuestro estado. Sirvamos a Jesús en nuestros prójimos los hombres, sin olvidar que, a lo largo de nuestra vida, tenemos tiempo para trabajar como discípulos, para ser ayudados como carentes de dádivas espirituales y materiales, y para ser socorridos como enfermos. Hagamos por nuestros prójimos los hombres lo que quisiéramos que ellos hicieran por nosotros, si necesitáramos de su compasión y de su ayuda (MT. 7, 12).

   (JN. 11, 17). Cuando Jesús llegó a Betania, se encontró con que Lázaro llevaba cuatro días sepultado. Hace muchos años, me dijo un alcohólico: -No sé si debo rehabilitarme, porque me han dicho que ese proceso puede ser muy largo. Yo le dije: -Independientemente de lo largo que sea ese proceso, lo importante es que dejes de consumir alcohol. Oremos y esforcémonos para no perder la fe si Dios tarda en ayudarnos, porque algún día nos socorrerá, y nos percataremos de que no nos ha abandonado. Permanezcamos en estado de contemplación unos minutos, pensando en el hecho de que Dios no nos ha desamparado.

   2. Leemos atentamente JN. 11, 1-45, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de JN. 11, 1-45.

   3-1. Un enfermo llamado Lázaro (JN. 11, 1-2).

   El pueblo de Betania estaba aproximadamente a unos tres kilómetros al este de Jerusalén en el camino de Jericó. Betania estaba tan cerca de Jerusalén como para que Jesús y sus discípulos corrieran peligro, pero a suficiente distancia como para que no llamaran la atención de los enemigos del Mesías apenas entraran en el pueblo. Este hecho me recuerda que hemos de estudiar los pros y los contras de las decisiones que tomemos a lo largo de los años que vivamos.

   San Juan inicia el capítulo 11 de su Evangelio hablando de un enfermo llamado Lázaro. ¿Conocemos a los enfermos que viven en nuestro ambiente por sus nombres? ¿Nos relacionamos con ellos? ¿Podemos meditar la muerte y la resurrección de Lázaro sintiéndonos hermanos de los Lázaros que viven sin esperanza en los ambientes que frecuentamos?

   3-2. Señor, estos hermanos míos a los que amas, están enfermos y tienen carencias espirituales y materiales (JN. 11, 3).

   Tanto a nivel individual como a nivel comunitario, presentémosles al Señor en oración a los enfermos físicos, psíquicos y espirituales de los ambientes que frecuentamos. Averigüemos los nombres de quienes podamos, y oremos por ellos, así como Marta y María le hicieron llegar su inquietud a Jesús. Los que tienen enfermedades y carencias no son extraños para el Señor, pues son aquellos a quienes Jesús ama.

   Las hermanas de Lázaro creían que el Mesías podía impedir que Lázaro muriera porque lo habían visto hacer prodigios. Jesús no ha hecho ningún prodigio en nuestra presencia, pero podemos considerarnos dichosos si creemos en su poder y en su amor (JN. 20, 29), pues sabemos de sus obras por lo que se dice de las mismas en el Nuevo Testamento, por nuestra conversión al Evangelio, y por cómo hemos visto que algunos de nuestros hermanos en la fe han cambiado sus vidas, a pesar de que muchos de sus seres significativos perdieron la fe en que ello sucediera. No sólo leyendo vidas de Santos, sino que también conociendo la fe de muchos cristianos de a pie, podemos comprobar que, cuando los tales han necesitado ayudas extraordinarias, Dios los ha socorrido con recursos extraordinarios.

   3-3. Los padecimientos de la humanidad no son inútiles (JN. 11, 4).

   Cuando el Patriarca Jacob murió, once de sus hijos tuvieron miedo de que José tomara represalias contra ellos, porque en el pasado lo vendieron como si hubiera sido su esclavo (GN. 37, 28). Ellos sabían que José no se vengaría de sus hermanos mientras viviera su anciano padre con tal de no hacerlo sufrir, pero, ¿qué haría a partir del día del fallecimiento del último de los Patriarcas? Cuando José fue interrogado al respecto de ello por sus hermanos, les preguntó si él ocupaba el lugar de Dios, ya que no se consideraba juez de nadie, y, del hecho de haber sido esclavo, vio como positivo el hecho de haber salvado a su familia de la pobreza que asoló la tierra de Canaán (GN. 50, 19-20), cuando fue a pedir ayuda a Egipto, y se encontró con que él había alcanzado un gran poder.

   ¿Creemos junto a San Pablo que Dios interviene en todo aquello que nos sucede para beneficiarnos, a pesar de que no nos evita el sufrimiento? (ROM. 8, 28). Nuestro sufrimiento sirve para glorificar a Dios si le permitimos al Espíritu Santo que nos ilumine para que obtengamos enseñanzas de lo que erróneamente llamamos adversidad, si consideramos que, a pesar de que nos causa dolor, nos termina beneficiando.

   Nuestras dificultades ponen a prueba la fe que tenemos tanto en Dios, como en nosotros y en nuestros prójimos los hombres.

   Dado que no queremos creer que Dios es malo, y no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones inherentes al sufrimiento, cuando queremos buscar respuestas a las mismas, se nos dice que los caminos de Dios son misteriosos, y que no investiguemos más, porque Él nos ama, y responderá dichas preguntas cuando lo considere oportuno, y no lo hará cuando deseemos que ello suceda, porque sólo Nuestro Padre común sabrá cuál será el mejor momento para ello. Esta respuesta pretende no dejar a Dios como un asesino sin escrúpulos, cosa que no todos los que la consideran aceptan fácilmente. Es cierto que nuestros sufrimientos nos aportan enseñanzas, como también lo es que Dios no quiere para nada el sufrimiento ni nos lo envía, y que no es tan mal pedagogo para no tener otra manera de inculcarnos sus enseñanzas que no consista en castigarnos con una refinada maldad de la que supuestamente tenemos que creer que no es otra cosa que el gran amor que nos manifiesta. Si amamos a nuestros familiares y damos por sentado que el amor y la sabiduría de dios son superiores a nuestro amor y a nuestra sabiduría, ¿cómo podemos creer que Dios desea que quienes ama sufran? ¿Cómo es posible que tengamos formas de transmitir nuestros conocimientos sin agresividad, y que Dios no encuentre una manera de enseñarnos su Palabra sin herirnos física y/o psíquicamente?

   Nota: Para obtener más información sobre lo que pensaba Jesús sobre el sufrimiento, leed el apartado 3-2 del ejercicio de lectio divina del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.

   3-4. ¿Por qué no le evitó Jesús la muerte a Lázaro? (JN. 11, 5-7).

   Cuando Jesús supo que Lázaro estaba gravemente enfermo, estaba aproximadamente a medio día de distancia de Betania (JN. 10, 40). A pesar de ello, aunque el Señor amaba a los tres hermanos de Betania, permaneció dos días donde estaba, antes de buscar el cadáver para resucitarlo. ¿Por qué permitió Jesús que Lázaro muriera, si tenía el poder necesario para devolverle la plenitud de la salud a su amigo? Como todos sabemos, el cuarto Evangelio es un libro simbólico, por lo que no ha de ser interpretado literalmente.

   Nota: Leed el apartado 3-2 del ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Dado que Jesús resucitó al tercer día de su muerte, el Señor inició su viaje a Betania a partir del tercer día de la muerte de Lázaro, en el que los judíos creían que las almas de los difuntos dejaban de rondar los cadáveres, y resucitó a su amigo el cuarto día de su muerte, día en el que debía empezar a descomponerse el cuerpo del fallecido.

   Jesús resucitó a la hija de Jairo en la casa de su padre (LC. 8, 54-55), al hijo de la viuda de Naím a la entrada de la ciudad (LC. 7, 11-15), y a Lázaro en su mismo sepulcro (JN. 11, 43-44). Vemos cómo según avanzó el Ministerio público de Jesús el Señor resucitó muertos entre las casas de los tales y el sepulcro, cuyo acceso significaba la separación del mundo de los vivos del mundo de los muertos.

   ¿Por qué no nos evita el Señor el sufrimiento? Sabemos que nuestro sufrimiento nos aporta enseñanzas, pero no sabemos por qué Dios no nos lo evita apenas nos acontece. En el caso de Lázaro, el Señor no le evitó el sufrimiento y la muerte, porque la resurrección del citado amigo del Mesías era un símbolo de la Resurrección del Hijo de Dios y María, y por lo tanto simbolizaba también la vida eterna. Aunque Lázaro volvió a morir, Jesús le concedió un tiempo de vida que simbolizó la vida eterna que añoramos, en la que no existirá el sufrimiento.

   3-5. El miedo de los discípulos de Jesús (JN. 11, 8).

   Los discípulos de Jesús tenían miedo de que los enemigos del Mesías arrestaran al Señor y tomaran represalias contra ellos por ser sus seguidores. Dado que Jesús era Hombre, es muy probable que también le tuviera miedo a los castigos que pudieran infringirle las autoridades religioso-políticas e incluso a la muerte, pero, a pesar de ello, tenía que resucitar a Lázaro, y devolverles la alegría a las dos hermanas de su amigo.

   ¿Somos los discípulos de Jesús que Dios espera que lleguemos a ser, o nos lo impiden el miedo o el desinterés?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios una de nuestras prioridades, o se reduce nuestra profesión de fe a la vivencia de una serie de formalismos sociales?

   ¿Profesamos nuestra fe públicamente, o la guardamos celosamente?

   3-6. El día y la noche (JN. 11, 9-10).

   Andar durante el día, en el Evangelio que estamos considerando, significa cumplir la voluntad divina, y, andar de noche, significa vivir bajo la Ley del pecado. En el caso de que el Señor tuviera miedo de lo que pudieran hacer con Él sus enemigos, ello no le impedía cumplir con lo que consideraba su deber primordial. Ello nos llama la atención, porque quizás podemos caer en la tentación de ser poco productivos en nuestro trabajo si sospechamos que nos pueden despedir, o probablemente no hacemos algo que teníamos previsto para beneficiar a un familiar -o amigo- de quien no esperamos agradecimiento alguno por ello, pero Jesús sabía que vino al mundo para morir y resucitar, y por ello actuó pensando que la vida de Lázaro era superior a su vida terrenal. Jesús sabía que si se lo jugaba todo a la carta del Dios misericordioso, terminaría ganando el juego.

   3-7. El sueño de Lázaro (JN. 11, 11-13).

   En la biblia, el sueño es equiparado a la muerte. Cuando Jesús llegó a casa de Jairo y vio llorar a las mujeres que cobraban por ello, las instó a no llorar más, porque la hija del presidente de la Sinagoga estaba dormida (LC. 8, 52).

   Jesús les habló a sus discípulos de la muerte de Lázaro con tanta naturalidad, que creyeron que el hermano de Marta y María estaba dormido.

   3-8. ¿Hubiera evitado Jesús la muerte de Lázaro si hubiera estado en Betania cuando falleció su amigo? (JN. 11, 14-15).

   Es probable que Jesús hubiera evitado el sufrimiento y la muerte de su amigo si hubiera estado en Betania. Desde esta perspectiva, si los discípulos del Mesías hubieran estado en el pueblo de los amigos del Señor, no hubieran podido creer en el poder que el Redentor de la humanidad tiene para resucitar a los muertos, si no hubieran tenido la oportunidad de ver salir a Lázaro atado con vendas y con el rostro envuelto en un sudario de su propio sepulcro.

   3-9. La fe viva de Tomás (JN. 11, 16).

   Tomás es uno de los Apóstoles de Jesús menos valorado, porque dudó de la realidad de la Resurrección del Mesías (JN. 20, 24-25). Entre nosotros hay muchos que afirman que creen que Jesús ha resucitado, pero, de su manera de proceder, no se deduce que sean cristianos. La fe cristiana se ha convertido para bastantes creyentes en una sucesión de formalismos sociales que los hacen aparecer ante la sociedad como personas de bien, y en un refugio en el que se ocultan para evitar la resolución de sus problemas. No llamemos pecador a Tomás porque quiso asegurarse de que Jesús resucitó realmente de entre los muertos, y pensemos qué tipo de seguidores de Jesús somos. Mientras que se nos ha enseñado a muchos cristianos a considerar que nuestra fe sólo se reduce al plano mistérico, Jesús se alegró porque Tomás quiso comprender y comprobar sus creencias en cuanto le fuera posible. Además, en el Occidente marcado por los avances científicos, cada día tienen menos aceptación los misterios, y prima más la necesidad de explicarlo todo.

   Acercarse a Jerusalén era peligroso tanto para Jesús como para sus discípulos. Tomás y sus compañeros sabían que el hecho de ir a Betania los ponía a todos en peligro, y por ello intentaron hacer que el Señor desistiera de su pretensión (JN. 11, 8). Los discípulos no entendían por qué Jesús pretendía morir, pero le eran leales al Mesías.

   ¿Cuál es el precio que estamos pagando para poder ser seguidores de Jesús? El Cristianismo es un camino de felicidad y renuncias, y, si el seguimiento de Jesús no tiene ningún precio para nosotros, consideremos si realmente somos cristianos.

   Tomás, como mellizo (Dídimo) del Señor, no quiso morir por Jesús como Pedro (JN. 13, 37), sino morir con Jesús. El pesimismo de Tomás ha sido invertido por los cristianos que pensamos que morir con Jesús significa morir implicándonos en la causa del Mesías. Morir por Jesús es ver la profesión de fe como una acumulación de sacrificios, tal como lamentablemente se les ha enseñado a muchos seguidores del Hijo de Dios y María a lo largo de la Historia.

   3-10. El cuarto día a partir de la muerte de Lázaro (JN. 11, 17-19).

   Los judíos creían que las almas dejaban de merodear en torno de los difuntos al tercer día del fallecimiento de los mismos, y sabían que al cuarto día, en que Jesús resucitó a Lázaro, empezaban a descomponerse los cadáveres. Jesús resucitó a Lázaro en el citado día para disipar las dudas de fe de quienes no creían que procede de Dios, ni aceptaban su poder divino. Recordemos nuevamente que el Evangelio de San Juan es un libro simbólico, por lo que hemos de evitar interpretarlo literalmente.

       Dado que fueron muchos los judíos que consolaron a Marta y María por la muerte de su hermano, hemos de dar por cierto el hecho de que Lázaro y sus hermanas no rompieron sus relaciones con los saduceos ni con los fariseos tal como hicieron muchos creyentes en Jesús, ya que las autoridades religioso-políticas rechazaban a los seguidores del nuevo Mesías, hasta llegar a excomulgar a los tales de sus casas consagradas al culto (JN. 9, 22).

   3-11. Dos maneras diferentes de tener fe en Dios (JN. 11, 20).

   Marta salió al encuentro de Jesús, mientras que su hermana se quedó en su casa, atendiendo a quienes le daban el pésame. Atendiendo al texto de LC. 10, 38-42, recordamos cómo Marta debería haberse quedado atendiendo a la gente, y María debería haber sido la que tendría que haber ido al encuentro de Jesús, por haber permanecido escuchando las palabras divinas a los pies del Maestro. Contra todo pronóstico, Marta se sirvió de su fe intelectual para buscar al Señor, y la fe espiritual de María fue enterrada en la tumba de Lázaro. Mucho se nos habla a los católicos de la admiración que debemos sentir por los contemplativos, pero, en el Evangelio que estamos considerando, la fe de Marta la activa, fue superior a la fe de María la contemplativa.

   La fe de los activos no es superior a la fe de los contemplativos, pero el Señor desea que conozcamos su Palabra, que pongamos en práctica sus enseñanzas, y que oremos insistentemente al mismo tiempo. Estos son los tres pilares que evitarán que nuestra fe se debilite hasta extinguirse.

   3-12. el reproche a Jesús y la fe de Marta (JN. 11, 21-22).

   Marta sabía que Jesús amaba a su familia, y por eso se sintió decepcionada por el Señor, ya que el Mesías no evitó el padecimiento ni la muerte de su hermano. Tal decepción no logró que Marta se sintiera rechazada por Jesús, de quien pensó que, de haber llegado a Betania a tiempo, no hubiera permitido que sucediera lo que aconteció. Ella sabía que Jesús podría haber socorrido a su hermano y no lo hizo, pero, como no concebía la idea de que el Mesías rechazó a Lázaro, pensó que no lo ayudó, en atención a algún propósito divino, de cuya existencia ella no sabía absolutamente nada.

   Marta sabía que Nuestro Santo Padre no le negaría nada a Jesús, y por eso constataba el aumento de su dolor, al pensar que Jesús no fue a Betania a tiempo para evitar el padecimiento y la muerte de Lázaro.

   ¿Qué pensamos cuando sabemos que Dios puede evitarnos situaciones difíciles y no nos ayuda como queremos que lo haga?

   3-13. Tengamos fe en el Señor aquí y ahora (JN. 11, 23-24).

   Jesús le dijo a Marta que su hermano resucitaría aquel mismo día, pero ella entendió que el Señor actuaba como quienes le daban el pésame, consolándola haciéndola pensar en la resurrección general que acontecerá al final de los tiempos.

   ¿Creemos que el Señor nos auxilia en nuestro día a día, o pensamos que lo hará al final de los tiempos? Una mujer que tiene muchas deudas, me ha dicho: Yo sé que cuando me muera no me llevaré nada, y que la espiritualidad es más importante que los bienes materiales. Yo le he contestado: Mientras estemos en este mundo, los bienes materiales no perderán su importancia. Ella me ha dicho que tengo razón, pero, al decirme que la espiritualidad es más importante que los bienes materiales, creyó anticipar la respuesta que yo le daría a sus deudas, pues eso es lo que le dicen cristianos que tienen medios suficientes para prestarle parte de la ayuda que necesita, y se la niegan, y al mismo tiempo intentan consolarla, diciéndole que Dios es misericordioso. Desde luego, dichosos somos nosotros, porque Dios no carece de misericordia, como les sucede a muchos de quienes dicen que son sus hijos.

   3-14. Jesús es la resurrección (JN. 11, 25-26).

   Jesús es la resurrección que añoramos, una resurrección a una vida inmortal, en la que no existirá ningún tipo de sufrimiento. Quienes creemos en Jesús, aunque muramos antes de que acontezca la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, volveremos a vivir para no morir jamás. Quienes vivimos y creemos en Jesús, no perderemos la vida de la gracia divina. ¿Podemos creer esta realidad?

   3-15. La fe intelectual de Marta (JN. 11, 27).

   Para Marta, Jesús es el Enviado de Dios cuya venida al mundo fue esperada durante siglos por muchos hermanos de raza suyos, pero ello no le devolvía la vida a Lázaro. Quizás a nosotros nos sucede lo mismo que a Marta, en el sentido de que tenemos una fe intelectual y nos hemos aprendido muchos textos de nuestro Catecismo, pero ello no nos alivia el peso de las dificultades que nos caracterizan.

   3-16. El Maestro está ahí y te llama (JN. 11, 28-29).

   Marta no entendía que Jesús le decía que Lázaro resucitaría aquel mismo día, y sólo pensaba en lo referente a las afirmaciones de su fe de Catecismo respecto de la resurrección del fin del mundo. Fue por eso que recurrió a su hermana para pedirle ayuda, ya que ella pasó mucho tiempo sentada a los pies del Maestro escuchando sus palabras, y por ello quizás podría deducir por qué Jesús no evitó el padecimiento ni la muerte de Lázaro. Las amas de casa tienen una gran creatividad, y por ello tienen un gran discernimiento y una inmensa capacidad de ver lo que les sucede desde diversos puntos de vista, lo cual es mucho pedirles a quienes viven orando, y por ello se niegan a vivir como hijos de este mundo que el Señor nos pide que le ayudemos a salvar.

   Marta salió discretamente al encuentro del Señor para evitar que los judíos se confabularan para entregarlo a las autoridades (JN. 11, 20), pero María salió corriendo a buscar al Señor, sin pensar que la gente la seguiría, y el Hijo de Dios y María podría correr un grave peligro (JN. 11, 29). La fe espiritual de María murió con Lázaro, y ella sólo se preocupaba por reprocharle al Mesías el hecho de no haberle evitado su dolor (JN. 11, 32).

   3-17. el reproche de María a Jesús (JN. 11, 30-32).

   Dado que Jesús era un proscrito, evitó entrar en Betania, para no llamar la atención de los habitantes del pueblo. Ya que la gente que les daba el pésame a ambas hermanas vio que María se levantó y salió corriendo de la casa, la siguió pensando que iba al sepulcro de Lázaro, para llorar por la muerte de su hermano.

   No juzguemos a María cuya fe era espiritual por causa de la pérdida de la misma, pues, cuando le reprochó a Jesús el hecho de no haber socorrido a su hermano, sólo expresó sus sentimientos. Nuestras emociones son una energía muy poderosa que ha de fluir tanto en nuestro interior como fuera de nuestros cuerpos. Si no aprendemos a gestionar nuestras emociones y no las expresamos por temor a hacerle daño a alguien, quizás nos sucederá que experimentemos síntomas físicos tales como dolor de cabeza y de espalda.

   3-18. La conmoción de Jesús (JN. 11, 33).

   Jesús no interrumpe nuestros ciclos de enfermedad y de muerte, pero tiene una vida nueva para nosotros, que experimentamos según nos dejamos conducir por los impulsos del Espíritu Santo. A pesar de que tiene poder para socorrer a quienes padecen, Jesús reprimió el llanto ante quienes lloraban por la muerte de Lázaro, aunque no pudo reprimir la conmoción. El Señor experimentó nuestra debilidad y el dolor que nos caracterizan cuando fallecen quienes amamos.

   3-19. El sepulcro de Lázaro (JN. 11, 34).

   El sepulcro de Lázaro estaba excavado en la tierra, y se accedía al mismo a través de dos tramos de escalones, de los que al final del último tramo estaba el cadáver del hermano de Marta y María. Dado que el acceso al sepulcro simbolizaba el acceso al mundo de los muertos, el Mesías bajó el primer tramo de escaleras, situándose entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, para hacer que su amigo recuperara la vida.

   3-20. Las lágrimas de Jesús (JN. 11, 35).

   Jesús quiso reprimir el llanto, pero le fue imposible lograr su propósito. Él sabía que Lázaro iba a resucitar, pero el dolor y la incredulidad de los presentes terminaron conmoviéndolo.

   ¿Nos conmueve el dolor de quienes sufren hasta hacernos movilizarnos para ayudarlos en cuanto nos sea posible?

   3-21. ¿Qué pensaban los judíos de Jesús? (JN. 11, 36-37).

   Mientras que algunos acompañantes de Marta y María se compadecieron de Jesús, otros pensaban que, si realmente el Mesías había curado a un ciego (JN. 9, 1-41), también tendría que tener poder para resucitar a un muerto.

   Vivimos en un mundo en el que existen muchas opiniones respecto de Jesús. ¿Qué pensamos del Hijo de Dios y María?

   3-22. Marta seguía sin comprender que Lázaro iba a resucitar aquel día (JN. 11, 38-40).

   Dado que los cadáveres empezaban a descomponerse a partir del cuarto día en que eran sepultados, Marta comprendía que, si abrían el sepulcro de su hermano, el olor del cadáver se extendería fuera de la tumba.

   ¿Cuál sería nuestra reacción si Jesús se nos apareciera y nos dijera que hoy mismo extinguiría nuestros problemas?

   3-23. La oración de Jesús (JN. 11, 41-42).

   Jesús le agradeció a Nuestro Padre común el hecho de escucharlo siempre que oraba. ¿Creemos nosotros que Dios escucha nuestras oraciones? Esto puede ser muy difícil que suceda cuando no se nos concede lo que deseamos.

   Jesús sabía que Nuestro Padre celestial siempre lo escuchaba, pero oró para aumentar la fe de los testigos de la resurrección de Lázaro. Por ser Dios, Jesús tiene poder para hacer lo que desee, pero no tiene inconveniente alguno para reconocer que su poder es de su Abba (Papaíto).

   3-24. Jesús llamó a Lázaro para que saliera de la tumba (JN. 11, 43).

   Así como Jesús llamó a Lázaro para que resucitara de entre los muertos y abandonara su tumba, nos llama a nosotros para que vivamos cumpliendo la voluntad divina, y para que vivamos la vida que Él nos concede, porque somos hijos de Dios.

   3-25. La resurrección de Lázaro y la fe en Jesús de algunos judíos (JN. 11, 44-45).

   Dado que Lázaro fue embalsamado antes de ser sepultado, salió del sepulcro atado de pies y manos, y con el rostro envuelto en un sudario. Jesús pidió que su amigo fuera librado de aquellos símbolos del mundo de los muertos y de la fragilidad humana.

   Muchos testigos de la resurrección de Lázaro, lograron creer en Jesús. Es con esta fe con la que la Iglesia Católica nos pide que nos dispongamos a celebrar la Semana Santa y la Pascua de Resurrección, y es por eso que hoy no concluimos la meditación del capítulo 11 del cuarto Evangelio completo, donde se nos informa de que, por haber resucitado a Lázaro, el Mesías terminó su Ministerio como proscrito (JN. 11, 46-54).

   3-26. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-27. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN: 11, 1-45 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Dónde estaba situado el pueblo de Betania?

   ¿Por qué necesitamos valorar los pros y contras de las decisiones que tomamos a lo largo de los años que vivimos?

   ¿De quién nos habla San Juan al principio del capítulo 11 de su Evangelio?

   ¿Conocemos a los enfermos que viven en nuestros ambientes?

   ¿Nos relacionamos con ellos?

   ¿Podemos meditar la muerte y la resurrección de Lázaro sintiéndonos hermanos de los Lázaros que viven sin esperanza en los ambientes que frecuentamos?

   3-2.

   ¿Actuamos con respecto a los enfermos que viven en los ambientes que frecuentamos con la prontitud que Marta y María recurrieron a Jesús para que impidiera el sufrimiento y el fallecimiento de Lázaro? ¿Por qué?

   ¿Por qué no son extraños para el Señor los que tienen enfermedades y carencias?

   ¿Por qué creían Marta y María que Jesús tenía el poder necesario para evitar el sufrimiento y la muerte de Lázaro?

   ¿Por qué podemos sentirnos dichosos si creemos en el poder y el amor de Jesús?

   ¿Por qué tenemos conocimiento de los prodigios realizados por Jesús?

   ¿Hemos visto cambios tanto en nuestra vida como en la vida de nuestros prójimos impulsados por la profesión de la fe cristiana?

   ¿Conocemos testimonios de fe de gente que celebra el culto religioso con nosotros?

   3-3.

   ¿Por qué temieron los hijos de Jacob que su hermano José tomara represalias contra ellos cuando falleció el último de los Patriarcas de Israel?

   ¿Por qué les preguntó José a sus hermanos si pensaban que él ocupaba el lugar de Dios a la hora de juzgar el hecho de haberlo vendido como si hubiera sido su esclavo?

   ¿Qué consecuencia positiva vislumbró José del hecho de haber sido esclavo?

   ¿Hemos extraído enseñanzas de los episodios difíciles que hemos vivido, o pensamos que los mismos carecen de sentido?

   ¿Creemos junto a San Pablo que Dios interviene en todo aquello que nos sucede para beneficiarnos, a pesar de que no nos evita el sufrimiento?

   ¿Qué ha de suceder para que nuestro sufrimiento nos sirva para glorificar a Dios?

   ¿Cómo pone a prueba la visión que tenemos respecto de nuestras dificultades la fe que tenemos en Dios, en nosotros y en nuestros prójimos los hombres?

   ¿Debemos investigar lo que Dios piensa respecto de nuestras dificultades, o debemos resignarnos a que llegue el fin de los tiempos para ver si Nuestro Padre celestial nos resuelve las dudas que tenemos?

   ¿Si Dios no quiere nuestro sufrimiento ni nos lo envía, por qué se nos ha enseñado a muchos católicos a ser portadores de la cruz de Jesús socorriendo a quienes sufren por cualquier causa?

   ¿Nos mortificamos y hacemos sacrificios para ayudar a Jesús a cargar con su cruz camino del Calvario, o pensamos que ello consiste mejor en conocer la fe que profesamos, en beneficiar a quienes sufren y en orar?

   3-4.

   ¿Dónde estaba Jesús cuando supo que Lázaro estaba enfermo?

   ¿Por qué permitió Jesús que Lázaro muriera, si tenía el poder necesario para devolverle la plenitud de la salud a su amigo?

   ¿Por qué no debemos interpretar el cuarto Evangelio literalmente?

   ¿Por qué inició el Señor el viaje a Betania a partir del tercer día de la muerte de Lázaro?

   ¿Qué creían los judíos que sucedía con las almas de los difuntos a partir del tercer día de su fallecimiento?

   ¿Por qué resucitó Jesús a Lázaro cuatro días después de que aconteciera su muerte?

   ¿Qué significaba el acceso a los sepulcros de los difuntos para los judíos?

   ¿Por qué no nos evita el Señor el sufrimiento?

   ¿Cuál es el simbolismo de la resurrección de Lázaro?

   3-5.

   ¿Por qué tenían miedo los discípulos de Jesús cuando conocieron la decisión del Mesías de ir a Betania?

   ¿Por qué consideró Jesús que la vida de Lázaro y la felicidad de la familia de Betania era más importante que su vida?

   ¿Son más importantes para nosotros las prioridades de nuestros prójimos que las nuestras? ¿Por qué?

   ¿Debemos renunciar a la realización de nuestras aspiraciones para servir a nuestros prójimos?

   ¿Somos los discípulos de Jesús que Dios espera que lleguemos a ser, o nos lo impiden el miedo o el desinterés?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios una de nuestras prioridades, o se reduce nuestra profesión de fe a la vivencia de una serie de formalismos sociales?

   ¿Profesamos nuestra fe públicamente, o la guardamos celosamente? ¿Por qué?

   3-6.

   ¿Qué significa andar durante el día en el Evangelio que estamos considerando?

   ¿Qué significa andar durante la noche en el texto joánico que estamos reflexionando?

   ¿Por qué se lo jugó Jesús todo a la carta del Dios misericordioso?

   3-7.

   ¿Por qué se equipara en la Biblia el sueño a la muerte?

   3-8.

   ¿Qué les hubiera sucedido a los discípulos de Jesús si el Señor hubiera evitado la muerte de Lázaro?

   3-9.

   ¿Por qué es Tomás uno de los Apóstoles de Jesús menos valorado?

   ¿Cómo es posible que haya cristianos que a pesar de que dicen que creen que Jesús está vivo no actúan como seguidores del Señor Resucitado?

   ¿En qué se ha convertido la fe cristiana para muchos creyentes, y qué consecuencias tiene este hecho?

   ¿Cómo podemos convertir la religión en un refugio para evitar resolver nuestros problemas?

   ¿Cómo puede ser la religión la catapulta que nos impulse a alcanzar la plenitud de la felicidad?

   ¿Por qué no debemos considerar que Tomás pecó al querer comprobar la veracidad de la Resurrección de Jesús?

   ¿Qué tipo de seguidores de Jesús somos?

   ¿Por qué deseamos los occidentales cada día más desentrañar los misterios? ¿Es esto perjudicial para nuestra profesión de fe? ¿Por qué?

   ¿Por qué quisieron los discípulos de Jesús evitar que el Señor quisiera ir a Betania?

   Los discípulos no entendían por qué Jesús pretendía morir, pero le eran leales al Mesías. ¿Le somos leales al Dios Uno y Trino cuando no comprendemos su designio sobre nosotros? ¿Por qué?

   ¿Cuál es el precio que estamos pagando para poder ser seguidores de Jesús?

   ¿Cuál es la diferencia entre "morir por Jesús" y "morir con Jesús"?

   ¿En qué sentido vemos muchos cristianos el pesimismo de Tomás como una admirable adhesión a Jesús?

   3-10.

   ¿Por qué resucitó Jesús a Lázaro el cuarto día a partir de su fallecimiento?

   ¿Por qué sabemos que Lázaro, Marta y María no rompieron sus relaciones con los saduceos y los fariseos?

   ¿Por qué se distanciaban muchos seguidores de Jesús de los saduceos y de los fariseos?

   ¿Por qué viven muchos cristianos profesando su fe sin relacionarse con los líderes religiosos de las comunidades de las que supuestamente forman parte?

   3-11.

   ¿Por qué fue María la que salió al encuentro de Jesús, si la instrucción religiosa de su hermana era superior a la suya?

   ¿Por qué perdió María la fe en Jesús, si su formación espiritual era superior a la de su hermana?

   ¿Sucederá que la fe y la formación no tienen por qué estar relacionadas?

   ¿Cómo fue posible que la fe intelectual de Marta fuera más estable que la fe espiritual de María?

   ¿Cuáles son los tres pilares sostenedores de la fe cristiana?

   3-12.

   ¿Por qué se sintió Marta decepcionada por el Señor?

   ¿Por qué pensaba Marta que Jesús no socorrió a Lázaro?

   ¿Qué pensamos cuando sabemos que Dios puede evitarnos situaciones difíciles y no nos ayuda como queremos que lo haga?

   3-13.

   ¿Qué creyó Marta cuando Jesús le dijo que su hermano iba a resucitar?

   ¿Creemos que el Señor nos auxilia en nuestro día a día, o pensamos que lo hará al final de los tiempos?

   ¿Nos ayuda la religión a sobrevivir a los episodios adversos que vivimos, o la hemos convertido en una venda con que nos tapamos los ojos para no ver la realidad?

   3-14.

   ¿En qué sentido es Jesús la resurrección que añoramos?

   ¿Cómo podrán resucitar a la vida de la gracia quienes pierdan la vida actual?

   3-15.

   ¿Por qué la fe intelectual no nos es suficiente para aliviarnos el peso de las dificultades que nos caracterizan?

   3-16.

   ¿Por qué recurrió Marta a María?

   ¿Por qué los activos son más creativos que los inactivos?

   ¿Por qué unos cristianos optan por la contemplación y otros lo hacen por la acción, si los dos estados nos son necesarios para mantener nuestra fe en Dios?

   ¿Por qué buscó Marta discretamente al Señor?

   ¿Por qué corrió María a encontrarse con Jesús sin pensar en las consecuencias que ello podría haber tenido para su Maestro?

   3-17.

   ¿Por qué Jesús evitó entrar en Betania antes de que Marta se encontrara con Él?

   ¿Qué pensaron quienes le daban el pésame a María cuando la vieron salir corriendo de su casa?

   ¿Por qué no debemos juzgar a María por haber perdido la fe en Jesús?

   ¿Cuándo debemos expresar nuestros sentimientos?

   ¿De qué formas podemos expresar lo que sentimos cuando no es conveniente decírselo a nadie?

   ¿Qué puede sucedernos si nos bloqueamos emocionalmente para evitar sufrir?

   3-18.

   ¿Por qué no interrumpe Jesús nuestros ciclos de enfermedad y de muerte?

   ¿Por qué no nos hace alcanzar Jesús la perfección evitándonos el sufrimiento y la muerte?

   ¿Qué necesitamos hacer para experimentar la vida que Jesús quiere concedernos?

   ¿Por qué reprimió Jesús el llanto?

   ¿Por qué no pudo evitar Jesús la conmoción?

   ¿Por qué experimentó Jesús nuestra debilidad y el dolor que nos caracterizan cuando fallecen quienes amamos?

   3-19.

   ¿Cómo era el sepulcro de Lázaro?

   ¿Dónde estaba el cadáver de Lázaro?

   ¿Por qué llamó Jesús a su amigo desde el final del primer tramo de escalones que accedía al sepulcro?

   3-20.

   ¿Por qué lloró Jesús?

   ¿Nos conmueve el dolor de quienes sufren hasta hacernos movilizarnos para ayudarlos en cuanto nos sea posible?

   3-21.

   ¿Qué pensaban respecto de Jesús quienes les daban el pésame a las hermanas de Lázaro?

   ¿Qué pensamos del Hijo de Dios y María?

   3-22.

   ¿Por qué sabía Marta que si abrían el sepulcro de Lázaro el olor del cadáver se extendería fuera de la tumba?

   ¿Cuál sería nuestra reacción si Jesús se nos apareciera y nos dijera que hoy mismo extinguiría nuestros problemas?

   3-23.

   ¿Qué le agradeció Jesús a Nuestro Santo Padre cuando oró?

   ¿Creemos nosotros que Dios escucha nuestras oraciones?

   ¿Se debilita la fe en que Dios escucha nuestras oraciones cuando no nos concede lo que le pedimos?

   ¿Para qué oró Jesús?

   ¿Por qué no es el poder de Jesús un estimulante para que el Señor quiera desvincularse de Nuestro Padre celestial?

   3-24.

   ¿Para qué nos llama Jesús?

   ¿Creemos que la vocación que hemos recibido del cielo contribuye a la realización del propósito que Dios tiene para nosotros?

   3-25.

   ¿Por qué abandonó Lázaro su sepulcro atado de pies y manos, y con un sudario que le cubría el rostro?

   ¿Por qué quiso Jesús que Lázaro fuera librado de aquellos símbolos del mundo de los muertos y de la fragilidad humana?

   ¿Con qué fe nos insta la Iglesia Católica a celebrar la Semana Santa y la Pascua de resurrección?

   ¿Por qué no meditamos en esta ocasión el capítulo 11 del cuarto Evangelio completo?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos el capítulo 15 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios, un texto en el que se nos responden cuestiones acerca de la Resurrección de Jesús y de la resurrección que acontecerá al final de los tiempos.

   6. Contemplación.

   Había un enfermo en Betania (JN. 11, 1). Jesús sabe dónde están quienes sufren por cualquier causa, y quiere enviarnos a asistirlos según las posibilidades que tengamos en cada momento para hacer que ello sea posible. Si hemos sido llamados a experimentar un inmenso gozo en la presencia del Señor, también se nos concede el privilegio de participar en su obra evangelizadora.

   (JN. 11, 3). Marta y María le enviaron a decir a Jesús que Lázaro estaba enfermo y podía morir de un momento a otro. El Señor nos pide que ayudemos a nuestros prójimos en cuanto ello nos sea posible, y que seamos humildes para dejar que otros presten servicios que no podamos prestar porque no estamos capacitados para ello, o porque tenemos que atender otras responsabilidades. Quienes están enfermos o sufren por otras circunstancias, son aquellos a quienes Jesús quiere, así pues, no nos privemos de ayudarles, ni de solicitar otras ayudas que puedan recibir, siempre que los tales las acepten.

   (JN. 11, 4). Los sucesos adversos que vivimos no son desgracias sin sentido, pues, si los aceptamos, nos servirán para crecer como personas, y para glorificar al Dios Uno y Trino.

   Agradezcámosle al Señor el hecho de permitirnos ser sus colaboradores.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 11, 1-45.

   Llevemos a cabo a lo largo de la próxima semana una obra indicativa de que creemos en Jesús.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Inspírame el deseo de que me fortalezcas la fe, para que pueda dejarme llevar por el Espíritu Santo, a los lugares en que mejor pueda servirte, y donde mejor pueda predicar el Evangelio de salvación, con palabras y hechos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el texto de SAL. 9, 10-15, meditando sobre la misericordia de Dios, que ha sido derramada sobre nosotros.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de la Inmaculada Conncepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima (8 de diciembre).

   Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria.

   Ejercicio de Lectio Divina de LC. 1, 26-38.

   Nota: Encontraréis más información referente al Evangelio que consideramos en esta ocasión, en la meditación 3. del apartado 6. del ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo A.

   Lectura introductoria: GN. 3, 15.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación esforzándonos para que nuestras ocupaciones y preocupaciones no nos impidan gozar de nuestro encuentro con el Señor, pues Él se hace presente en nuestras vidas, para iluminarnos con su Palabra.

   Orar es elevar nuestra voz al cielo, teniendo la certeza de que Dios escucha nuestras peticiones y acciones de gracias.

   Orar es hacer el bien, con la certeza de que nuestras manos son las manos con que Nuestro Santo Padre cuenta, para beneficiar a sus hijos los hombres.

   Orar es alegrarnos de tener el privilegio de haber sido congregados por Nuestro Padre común, ora en los templos en que se haga este ejercicio de Lectio Divina en grupos de oración, ora en los hogares en que leamos y oremos este trabajo, con nuestros familiares o individualmente.

   Orar es pedirle a Dios la sencillez con que Nuestra Santa Madre acogió a Jesús como Madre, después de disponerse a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre celestial.

   Orar es saber que nuestra vida cristiana no debe sucumbir ante las contrariedades que la caracterizan, cuando se nos juzga por el mal que no hemos hecho, y cuando no se comprende la fe que profesamos.

   Orar es abrirnos a la novedad del Dios que quiere hacer de la humanidad una familia que vive amándose y sirviéndose constantemente.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, luz que iluminas nuestro entendimiento, y sabiduría que anhelamos para no perder la fe que nos caracteriza:

   Ayúdanos a interpretar el texto bíblico que vamos a considerar, haznos dóciles como lo fue María Santísima para acoger el mensaje que le transmitió San Gabriel, y haznos también mensajeros para el mundo, como lo fue San Gabriel para Nuestra Santa Madre, para que el Evangelio siga siendo predicado, hasta que nuestra tierra sea el Reino del Dios Uno y Trino. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 1, 26-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 1, 26-38.

   3-1. El Arcángel San Gabriel fue enviado a Nazaret (LC. 1, 26).

   Nazaret estaba en la ruta de Palestina más concurrida por soldados romanos y mercaderes paganos. Cuando Jesús vivió en Palestina, los judíos despreciaban a los extranjeros, -los consideraban como perros-, porque sus antepasados habían sido dominados en el pasado por diferentes civilizaciones, y ellos estaban subyugados por los romanos. Debido a la citada discriminación que caracterizaba a los hermanos de raza de Jesús con respecto a los paganos porque se jactaban de que Dios solo los consideraba a ellos como su propiedad personal y despreciaba a los gentiles, los habitantes de Nazaret eran mal vistos por los habitantes de Jerusalén, -la capital del país, el centro de la adoración a Yahveh-, porque entre ellos había gente con muy buena posición social, que tenía el dinero necesario para cumplir escrupulosamente sus 613 prescripciones legales, las cuales les exigían distanciarse de los gentiles -o paganos-, por considerarlos pecadores irremisibles.

   Jesús nació en Belén, pero se instaló en Nazaret durante los años de su tierna infancia, y creció allí, hasta hacerse Hombre. Jesús partió de Nazaret a encontrarse con San Juan Bautista en el río Jordán, para ser bautizado por el Profeta, e iniciar su Ministerio público. A pesar de que Nuestro Señor vivió muchos años en Nazaret, pasó inadvertidamente entre sus parientes y vecinos, de tal manera, que ninguno de los tales tuvo la menor sospecha, de que convivía con el Mesías, y, cuando Jesús se les reveló como enviado de Dios en su Sinagoga, no solo lo rechazaron, sino que intentaron despeñarlo por un barranco (LC. 4, 12-30), porque ellos anhelaban un mesías guerrero que expulsara a los romanos de su tierra, y Nuestro Señor se les presentó como un Mesías sufriente, que vino al mundo para demostrarnos que Dios nos ama, no promoviendo la violencia, sino extinguiendo las miserias humanas, entre las que destaca la falta de amor de unos hombres para con otros, pues la misma es la causante de muchas enfermedades y situaciones de pobreza, y hace que muchos mueran, víctimas del odio y el sin sentido.

   3-2. San Gabriel se le manifestó a Nuestra Señora (LC. 1, 27-28).

   Los judíos creían que la juventud era signo de inexperiencia vital, y por tanto del desconocimiento de Dios. Ellos también creían que la pobreza era un castigo que Dios les infringía a los pecadores, y que las mujeres eran inferiores a los hombres, y por ello las tales tenían que obedecer a sus padres si eran solteras, o a sus maridos si estaban casadas, y tenían que rehusar a tomar decisiones importantes concernientes a sus vidas, hasta el punto de que sus padres y maridos podían romper las promesas que las tales les hacían a Dios según su Ley religiosa, si no estaban de acuerdo con las mismas (NÚM. 30, 4-16).

   ¿Por qué quiso Dios nacer de una joven y pobre mujer? Los católicos que tenemos algún conocimiento de nuestras creencias, podemos responder esta pregunta satisfactoriamente. Nuestra Santa Madre nació con el privilegio de no estar marcada por la mácula original con que todos nacemos. Fue por ello que Dios la eligió para que fuera Madre del Salvador de la humanidad, a pesar de que, por ser joven, pobre y mujer, ello no era acorde con las creencias de los hermanos de raza de Nuestra Santa Madre.

   Según los judíos, por ser joven, pobre y mujer, María no podría haber sido utilizada por Dios para llevar a cabo ninguna misión importante, pero, a pesar de ello, Nuestro Santo Padre depositó su confianza en Ella, -porque sabía que no lo iba a decepcionar-, para que llevara a cabo uno de los actos de obediencia más grandes de todos los tiempos.

   A Dios, más que la riqueza económica de sus siervos, le interesa el amor que le manifiestan, y la disposición con que lo sirven desinteresadamente, en sus hijos los hombres.

   A Dios no le sirve de nada el hecho de que adquiramos grandes conocimientos teológicos, si nos guardamos los mismos en nuestro interior, y no los predicamos para que otros los conozcan, ni los utilizamos para hacer el bien.

   3-3. María recibió un anuncio tan maravilloso como sorprendente (LC. 1, 29-31).

   Recuerdo el caso de una señora que cometió el error de concederle a su hija de doce años el capricho de dejar de estudiar, para que pudiera sentirse libre de cargas según ella, para poder dedicarse a su novio. Aquella niña no tardó en irse de la casa de sus padres con un novio que, cuando les presentó a la niña a sus padres, lo obligaron a dejarla, sin ni siquiera darle el dinero que necesitaba para volver a casa de sus padres, que la esperaban a unos 700KM de distancia. Cuando la niña se vio sola, empezó a prostituirse con el pensamiento de reunir el dinero que necesitaba para volver a su tierra, pero se encontró con gente que conocía por haberla visto en su pueblo que se compadeció de ella, y la ayudó a volver con sus padres, sin cobrarle nada por los días que la hospedó y alimentó, ni por el billete de autobús que le compró, para que pudiera volver a estar con su familia.

   La niña llegó al pueblo contando aventuras que para ella habían sido divertidísimas, dando la impresión de que se sentía como una heroína. Cuando comprendió que no podía seguir siendo un juguete para los hombres, se enfrentó a su madre, y la culpó por haberle permitido dejar sus estudios siendo tan joven. La madre me buscó llorando para que la consolara, y yo, que soy muy sincero, y me gusta hablar claramente, le dije que a los hijos no solo se les ama dándoles besos y comprándoles regalos, pues también se les ama corrigiéndoles, cuando se sabe que van a cometer errores. A los hijos hay que corregirlos en muchos aspectos antes de que alcancen la mayoría de edad, para que, cuando sean adultos, sean personas de provecho. A los hijos hay que corregirlos con dulzura, y con firmeza.

   ¿Por qué os he contado esta historia? Conozco predicadores desconocedores de las dificultades que puede atraernos la predicación de la Palabra de Dios, que esperan trabajar exitosamente haciéndose famosos por ello, y, consecuentemente, esperan ser bendecidos por Dios automáticamente, por desarrollar la actividad religiosa en que se desenvuelven. Dios no deja sin recompensa a nadie que le sirva, a no ser que se dé el caso de que le sirvamos interesadamente, y nos deje sin premiar, hasta que imitemos su conducta de dar, sin esperar nada a cambio, por los servicios que le prestamos, en sus hijos los hombres.

   Para María era un honor ser la Madre del Mesías. No olvidemos que en aquel tiempo había una comunidad religiosa cuyos integrantes vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, y que, según una antigua tradición, Nuestra Santa Madre hizo un voto de virginidad perpetua, para contribuir a acelerar el día en que habría de nacer Nuestro Salvador.

   Por aceptar ser la Madre de Dios, María se expuso a que muchos de sus familiares y amigos la despreciaran y se burlaran de ella, y a que José la denunciara, para que fuera asesinada, por haber cometido adulterio, contra él. Aunque María no le pidió ninguna señal a San Gabriel que le demostrara la veracidad del mensaje que le transmitió, apenas supo que Elisabeth estaba embarazada, fue a verla y servirla, y dado que Elisabeth sabía que María estaba embarazada, ello fue la señal que le sirvió a Nuestra Santa Madre, para terminar de depositar su plena confianza en Dios.

   Jesús vino al mundo, y José lo aceptó como hijo adoptivo, concediéndole, ante la Ley, todos los derechos que hubiera tenido, un hijo que hubiera sido engendrado por el Patrón de la Iglesia Universal, y Nuestra Santa Madre. Sin embargo, los sufrimientos no terminaron cuando José aceptó la paternidad del Mesías, pues Nuestro Señor fue rechazado por su pueblo, y murió crucificado, sin ser merecedor de tal castigo.

   Ya que en Jesús está depositada la esperanza de sus creyentes de alcanzar la salvación, porque sabemos que resucitó como triunfador sobre el pecado, el sufrimiento y la muerte, llamamos a María Bienaventurada, porque halló gracia en la presencia de Dios, y, según la fe católica, permanece en el cielo junto a su Hijo, después de haber vivido como ejemplar creyente.

   Si la bendición que constituyen nuestros diversos sufrimientos nos entristece, pensemos en las vivencias de Nuestra Santa Madre, y esperemos pacientemente que Dios acabe de hacer el trabajo de redimirnos, sirviéndose de nuestras circunstancias dolorosas.

   3-4. Serás la Madre del Rey de Israel (LC. 1, 31-33).

   Tal como Moisés condujo a los hebreos por el desierto después de liberarlos de la esclavitud de Egipto en el Nombre poderoso de Yahveh, y Josué los introdujo en la tierra prometida, si meditamos la Palabra de Jesús, y la aplicamos a nuestras vidas, descubrimos en el Señor a un nuevo Moisés que nos adoctrina para que seamos fieles hijos de Dios, y a un nuevo Josué, que nos tiene abiertas las puertas del cielo, por medio de la recepción de los Sacramentos, el estudio de la Biblia, la práctica incesante de la oración, y el ejercicio de la caridad cristiana, en favor de quienes más necesitan, nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   En el poderoso Nombre de Jesús, enfermos fueron curados, se llevaron a cabo exorcismos, y se perdonaron pecados.

   ¿Qué podríamos hacer nosotros en este preciso instante, si el Nombre de Jesús fuera pronunciado sobre nosotros después de que un ministro del Señor nos impusiera las manos, para que trabajáramos en la viña del Señor?

   Dios le prometió al Rey David que su reinado se prolongaría por siempre (2 SAM. 7, 12-15). Dado que David y sus descendientes murieron, -incluso el Reino de Israel se dividió en dos reinos en tiempos del nieto de David-, está claro que David no es el Rey eterno que ha de cumplir la promesa de redimir a la humanidad, pues ello solo le pudo corresponder a Jesús, quien, se diferenció de David, en que jamás cometió ningún pecado.

   3-5. María interrogó a San Gabriel (LC. 1, 34).

   3-5-1. La Virginidad de María.

   Los cristianos estamos divididos a la hora de interpretar el versículo bíblico que estamos considerando. Quienes piensan que los sobrinos de María y José de quienes se habla en la Biblia son hijos de los tales, -y por tanto hermanos carnales de Jesús-, interpretan LC. 1, 34, de la siguiente manera: ¿Cómo es posible que me suceda esto, si no me he relacionado aún con ningún hombre?

   Quienes creemos que los citados personajes son primos de Jesús, interpretamos LC, 1, 34, de la siguiente manera, en atención a la tradición en la que creemos: ¿Cómo es posible que yo quede embarazada, si nunca me relacioné con ningún hombre, y he hecho un voto de virginidad perpetua?

   La polémica que mantenemos los cristianos referente a este tema es muy grande, porque, aunque en el tiempo de Jesús los esenios vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, para muchos creyentes y no creyentes, el hecho de privarse de mantener relaciones sexuales, carece totalmente de sentido.

   3-5-2. ¿Cómo pudo María Santísima concebir un Hijo siendo Virgen?

   Es muy difícil creer que Jesús nació de una mujer virgen. San Lucas, -el autor del texto que estamos meditando-, era médico, y conocía perfectamente cómo se forman los niños. Para un médico como San Lucas debió ser muy difícil creer en el Nacimiento virginal de Jesús, pero, a pesar de ello, lo aceptó, lo predicó de viva voz, y lo escribió como un hecho crucial, que, si es aceptado por nosotros, engrandece la fe que nos caracteriza, por la dificultad que entraña el hecho de creerlo.

   San Lucas basó sus dos libros en los informes que obtuvo de diversas fuentes, entre las que destacan los testimonios de fe de muchos testigos presenciales de los hechos que narra. Dicho Evangelista, -según una antigua tradición-, obtuvo el relato de los dos primeros capítulos de su Evangelio, de labios de María Santísima. San Lucas creyó ciegamente que Jesús nació de las purísimas entrañas de Nuestra Santa Madre, así pues, esta es la causa por la que hizo expresarse en su primera obra a San Gabriel en el pasaje de la Anunciación, y a Nuestra Santa Madre en el pasaje de la Visitación, en términos poéticos.

   3-6. El Espíritu Santo iluminó a María Santísima (LC. 1, 35).

   ¿Cómo pudo una hija de Adán llegar a ser la Madre de Dios? Ya que no estuvo marcada por el efecto del pecado original, Nuestra Santa Madre recibió el Espíritu Santo, y el poder de Dios la cubrió con su sombra, convirtiéndola en Templo viviente de la Divinidad, en que Jesús, -la Palabra de Dios-, se hizo Hombre (JN. 1, 14).

   Si María Santísima llegó a ser templo viviente de Dios, el Niño que nació de Ella, fue llamado Santo, pues Jesús tampoco estuvo afectado por el pecado original de nuestros ancestros, pues sus Padres, -Dios y María-, son plenamente puros y Santos.

   El primer Adán desobedeció a Dios, e hizo que toda la humanidad padeciera el efecto de su desobediencia (ROM. 5, 12). Jesús, -el segundo Adán-, al estar libre de la citada mácula, fue nuestro sustituto en la cruz para librarnos de las consecuencias del pecado original, y de nuestras transgresiones personales, en el cumplimiento de los Mandamientos divinos.

   Tanto Adán como Jesús fueron humanizados por Dios, quien los hizo hombres puros. Ambos tomaron la decisión que consideraron más oportuna. Adán quiso perfeccionarse al margen de Dios, fracasó rotundamente, y nos perjudicó a todos, porque logró que apareciera el mal en el mundo. Por su parte, Jesús, a pesar de que es el Dios perfecto, quiso perfeccionarse como Hombre, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Optamos por ser imitadores de Adán, o de Jesús?

   3-7. El embarazo de Elisabeth fortaleció la fe de María, quien se dispuso a servir a su pariente (LC. 1, 36-38).

   María recibió la noticia de su Maternidad divina, cuando su pariente Elisabeth llevaba seis meses en estado de gestación. Dios nos llama a servirle en medio de los acontecimientos de la Historia de la salvación. No somos los personajes más relevantes de dicha Historia, pero se nos ha concedido la dicha de ser actores de la misma. ¿Empujaremos los acontecimientos que vivimos de manera que contribuyan a la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros?

   Elisabeth concibió un hijo en su vejez, cuando probablemente se había resignado pensando que jamás podría ser madre, y sabía que la gente siempre la despreciaría, considerándola maldita de Dios. No dejemos nunca de soñar. Dios cumplirá la doble promesa de hacernos felices si sabemos aceptar nuestras circunstancias vitales, y de concedernos la vida eterna, más allá de nuestros posibles sufrimientos actuales.

   Para Dios nada hay imposible, pero, cuando nuestra fe flaquea, y desconfiamos tanto de nosotros, como de los hombres y de Dios, la realización de nuestros sueños, es totalmente imposible.

   Aunque los traductores de la Biblia de Jerusalén ponen en boca de María la expresión "he aquí la esclava del Señor", para hacernos comprensible la lectura del texto que estamos meditando, Nuestra Santa Madre no dijo de Sí que era la esclava del Señor, sino la sierva, la que lo sirve voluntariamente. Por eso San Gabriel volvió al cielo, para decirle a Nuestro Santo Padre, que había concluido la misión que le había encomendado, y que, Nuestra Santa Madre, se sentía feliz, porque se convirtió en el Templo vivo de Dios.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 26-38 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. San Gabriel fue enviado a Nazaret cuando se cumplió el sexto mes de gestación de la madre de San Juan el Bautista. ¿Qué significa en nuestras vidas el citado sexto mes?
   2. ¿Está relacionado el significado del sexto mes con el hecho de que Dios nos llama a servirlo en nuestros prójimos los hombres en el momento idóneo para ello?
   3. ¿Por qué eligió Dios un pequeño pueblo para que su Hijo naciera, y no permitió que Nuestro Redentor naciera en la capital de Israel, en la que estaba el Templo, que era el centro de adoración nacional?
   4. ¿Por qué el Dios Todopoderoso no desea que sus hijos marginemos a nadie por ninguna circunstancia?
   5. Muchos judíos se jactaban de que Dios actuaba como ellos, pues creían que Yahveh despreciaba a los gentiles. ¿Nos hemos creado un dios a nuestra imagen y semejanza, a quien hemos dotado con nuestras virtudes y defectos, o nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios predicado por Jesús?
   6. Jesús pasó muchos años en Nazaret viviendo como cualquiera de sus vecinos pobres. Aunque Jesús es el Enviado de Dios al mundo, Nuestro Señor vivió humildemente. En lo que respecta a nosotros, ¿servimos a Dios humildemente, o lo hacemos para aparentar la devoción y la bondad que deberían caracterizarnos?

   3-2.

   7. San Gabriel le dijo a María que se alegrara, porque el Señor estaba con ella. ¿Creemos que el Señor se manifiesta en nuestras vidas?
   8. ¿Recordamos alguna ocasión en que sentimos de una manera especial la presencia de Dios en alguna circunstancia que vivimos?
   9. ¿Por qué Jesús nació de una mujer joven y pobre?
   10. ¿Creemos que hombres y mujeres tenemos la misma dignidad? ¿Por qué?
   11. ¿Pensamos que las mujeres son marginadas en las denominaciones religiosas cristianas y en nuestras sociedades? ¿Por qué?
   12. ¿Podríamos hacer algo para que dejen de darse situaciones de marginalidad que afecten a las mujeres y a otros colectivos?
   13. ¿Por qué le confía Dios misiones importantes a gente de la que desconfía parte de la sociedad en la que vive?
   14. ¿Cuáles son las cualidades que más valora Dios en sus siervos? ¿Por qué?
   15. ¿De qué nos aprovecha tener muchos conocimientos teológicos, si no los predicamos, ni los utilizamos para hacer el bien?

   3-3.

   16. María se atemorizó cuando San Gabriel la saludó, porque se consideraba pequeña para recibir un trato especial. ¿Destacamos en el medio en que vivimos porque somos humildes, o preferimos ser prepotentes?
   17. San Gabriel le dijo a Nuestra Santa Madre que no temiera, porque halló gracia delante del Señor. ¿Creemos que el Señor ilumina nuestras vidas con los dones del Espíritu Santo y su Palabra cuando sufrimos, o nos sentimos desamparados por Dios en esos momentos?
   18. ¿Cómo explicamos el hecho de que Dios no les impida sufrir a sus siervos?
   19. ¿Podemos pedirle a Dios que nos demuestre que existe por medio de la realización de prodigios? ¿Por qué?

   3-4.

   20. ¿Acogemos las enseñanzas de Jesús?
   21. ¿Cómo podemos demostrar que somos seguidores de Jesús?
   22. ¿Qué hicieron Moisés y Josué para que hayan sido comparados con Nuestro Señor en el apartado 3-4 de este ejercicio de Lectio Divina?
   23. ¿Por qué podemos estudiar la Biblia, poner en práctica todo lo que aprendemos de la misma, y orar?
   24. ¿Qué nos sucedería si dejáramos de estudiar la Biblia, si evitáramos poner en práctica lo aprendido en nuestras horas de formación, o si nos negáramos a orar?

   3-5.

   3-5-1.

   25. ¿Es cierto que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   26. ¿Sabríamos responder la pregunta anterior aportando razones para defender lo que creemos por si alguien contradice la fe católica ante nosotros?
   27. ¿Por qué creemos los católicos que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   28. Si María siempre fue Virgen, ¿por qué se habla en la Biblia de los hermanos de Jesús?
   29. ¿Por qué creemos los católicos que María hizo un voto de Virginidad perpetua, que José respetó fielmente?

   3-5-2.

   30. ¿Qué sentido tenía el celibato en el tiempo en que vivió Jesús?
   31. ¿Qué sentido tiene el celibato en nuestro tiempo?
   32. ¿Es posible creer plenamente que Jesús nació de una mujer Virgen?
   33. ¿Son compatibles la fe y la ciencia, si tenemos en cuenta que, aunque la primera nos informa de las realidades intangibles, y la segunda de las realidades tangibles, ambas tienen el fin de averiguar la verdad?
   34. ¿Por qué un médico como San Lucas creyó y predicó el Nacimiento virginal de Jesús?
   35. ¿Por qué decimos que San Lucas es el Evangelista de la misericordia, y el pintor de María?

   3-6.

   36. Aunque carezcamos de la pureza de Nuestra Santa Madre, ¿creemos que somos templos vivos de Dios? ¿Por qué?
   37. ¿Qué nos falta hacer para que nuestras almas sean dignas moradas del Dios Uno y Trino?
   38. ¿Por qué María y Jesús no padecieron los efectos del pecado original, según la fe cristiano-católica?
   39. ¿Qué diferencia hay entre la conducta del primer Adán y la conducta de Jesús, el segundo Adán?
   40. ¿Qué diferencia hay entre la conducta de Eva y la conducta de María, la segunda Eva?
   41. ¿Qué consiguió Adán al querer perfeccionarse al margen de Dios?
   42. ¿Qué logró Jesús al redimirnos cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre?

   3-7.

   43. ¿Creemos que para Dios no hay nada imposible?
   44. ¿Servimos a Dios como siervos, o como esclavos?
   45. ¿Podemos hacer algo para apresurar la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
   46. ¿Puede hacernos felices Dios en este mundo, o la promesa de hacernos dichosos solo se refiere a nuestra futura vivencia en el cielo?

   5. Lecturas relacionadas.

   Leamos en nuestras Biblias I SAM. 1 y JC. 13, considerando los hechos milagrosos, característicos de los citados textos.

   6. Contemplación.

   Contemplemos al Dios que nos llama para hacer cosas grandes en nuestras vidas, mientras lo conocemos por medio del estudio de la Biblia y los documentos de la Iglesia, practicamos lo que aprendemos viviendo piadosamente y haciendo el bien, y nos familiarizamos con Él, por medio de la oración.

   Contemplemos a Nuestro Salvador, que se hizo débil para hacernos fuertes.

   Contemplemos a Jesús, quien se hizo pequeño para hacernos grandes, y murió y resucitó, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama.

   Contemplemos a Nuestra Santa Madre, y hagamos de Ella nuestro ejemplo de fe a imitar.

   Contemplémonos posponiendo el cumplimiento de la voluntad de Dios, unas veces por pereza, y otras por falta de fe.

   Contemplémonos cuando nos conformamos prestándole a Dios un pequeño servicio, y no nos esforzamos en servirlo más y mejor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 26-38.

   Adoptemos el compromiso de hacer de Jesús y María nuestros ejemplos de fe a imitar, especialmente cuando tengamos que servir a Dios en nuestros prójimos los hombres, y cuando suframos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal.

   Padre bueno:

   Tú que elegiste a una joven y pobre mujer para que fuera la Madre de Jesús, ayúdame a no ser soberbio, y a vivir cumpliendo tu voluntad constantemente.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 69, en actitud de oración.

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