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La fortaleza de Jesús. (Meditación del Evangelio del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. La fortaleza de Jesús.

   Meditación de LC. 4, 21-30.

   "1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.

   2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".

   ¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?

   ¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?

   3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.

   Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.

   4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".

   ¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?

   La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.

   5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.

   6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.

   Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.

   7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?

   8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.

   ¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!

   ¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?

   Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
   "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).

   Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.

   ¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?

   Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).

joseportilloperez@gmail.com

Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La vida matrimonial.

   1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.

   Meditación de HB. 2, 9-11.

   Estimados hermanos y amigos.

   Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).

   Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.

   Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.

   Al  comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino  de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.

   -Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.

   -Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.

   Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.

   Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.

   ¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador  que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Los predilectos de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Los predilectos de Dios.

   Meditación de ST. 2, 1-5.

   Estimados hermanos y amigos:

   Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.

   Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.

   Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.

   No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.

   Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.

   Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.

   La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).

   Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.

   ¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.

   Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.

   La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.

   Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.

   Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.

   Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.

   (MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.

   Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.

   San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).

   San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).

   (LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.

   Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.

   Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.

   No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.

   (LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.

   Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.

   (JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.

   Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.

   Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación de MT. 5, 1-12A.

   Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.

   1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).

   2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).

   San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.

   Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).

   En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.

   Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).

   El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).

   3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).

   San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.

   San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).

   Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).

   No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.

   4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.

   5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).

   6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.

   7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.

   8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.

   9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.

   Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La humildad de San Juan Bautista, y el Bautismo de Jesús. (Meditación del Evangelio de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   5. La humildad de San Juan Bautista, y el Bautismo de Jesús.

   Meditación del Evangelio optativo de los Ciclos A y B, y del Evangelio del Ciclo C.

   Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.

   ¿Por qué llegaron a pensar muchos judíos que San Juan el Bautista era el Mesías -o Ungido- por Dios cuya venida esperaban fervientemente? Para responder esta pregunta, podemos recurrir a los primeros versículos del capítulo tres del tercer Evangelio, donde descubrimos que Dios no se les manifestó a las principales autoridades de Roma y Palestina, sino al hijo del sacerdote Zacarías, por causa de su humildad (LC. 3, 1-2).

   La misión del Bautista está profetizada en la Profecía de Isaías, y consiste en la preparación del camino del Mesías, disponiendo a los hombres a acoger su Palabra, y a recibir el Bautismo que los hacía hijos de Dios, por medio de la recepción de un bautismo, que los comprometía a renunciar al pecado, y a vivir adaptándose, al cumplimiento de la voluntad de Yahveh (LC. 3, 3-6).

   San Juan afirmaba que Dios premiaría a quienes se adaptaran al cumplimiento de sus deseos, y que condenaría a quienes le desobedecieran. Para el Bautista, no eran hijos de Abraham todos sus hermanos de raza, sino solo aquellos que cumplían la voluntad de Yahveh (LC. 3, 7-9).

   ¿Cómo podían los judíos cumplir la voluntad de Dios, expresada en la predicación del Bautista? San Lucas nos ofrece ejemplos de cómo el último de los Profetas instaba a sus oyentes a vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad divina. Quienes quisieran ser fieles miembros del pueblo de Yahveh, debían ser solidarios con los pobres, -a quienes debían darles la mitad de su dinero, pertenencias y alimentos-, debían evitar la comisión de fraudes, y, bajo ningún concepto, debían aprovecharse de los más débiles y marginados de la sociedad, para beneficiarse a costa de los tales (LC. 3, 10-14).

   Dado que los más marginados de Palestina encontraron consuelo en la predicación del Bautista, pensaron que el hijo de Isabel era el Mesías esperado. El Bautista, en lugar de aprovecharse de su popularidad para enriquecerse, no dudó en decir que no era el Mesías a quien sus oyentes aguardaban, dado que, mientras él solo los bautizaba con agua, debían esperar a quien estaba en medio de ellos aunque no lo conocían, porque tenía el poder de bautizarlos con Espíritu Santo y fuego, -es decir, podía revestirlos con el poder de Dios, y purificarlos plenamente de sus pecados-.

   Sería interesante pensar si nos parecemos a San Juan Bautista, en que, la fuerza de nuestra predicación, y el ejemplo de la vivencia de la profesión de nuestra fe, hace que, quienes nos conocen, deseen creer en Jesús, y seguirlo.

   Imaginemos a Jesús en la cola de los pecadores que eran bautizados por San Juan, aguardando su turno de recibir el bautismo de dicho Profeta. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo mientras oraba, después de ser bautizado. De la misma manera que Nuestro Señor fue visitado por pastores muy pobres en el establo en que nació, no fue ungido entre los miembros de la realeza como muchos de sus hermanos de raza esperaban que sucediera, sino entre una multitud de pecadores, compuesta por pobres, enfermos, publicanos y soldados romanos, para quienes, la consecución de bienes materiales, no constituía la plena consecución de la felicidad.

   El cielo se abrió antes de que el Espíritu Santo descendiera sobre Jesús. Este hecho es muy significativo. Recordemos que, cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal, les fue impedido por Dios, el acceso al mismo (GN. 3, 22-24). Una de las razones por las que el Bautista fue considerado por muchos judíos como si hubiera sido el Mesías, se basó en la creencia de que el cielo llevaba más de cuatro siglos cerrado, pues ese era el tiempo que hacía, desde que no aparecía en Israel, ningún gran profeta, que hablara en nombre de Yahveh, y denunciara las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, en contra de los pobres de Yahveh.

   El hecho de que el cielo se abrió cuando Jesús estaba en oración, es digno de tener en cuenta, porque muchas veces, -cuando sufrimos-, queremos que el cielo se nos abra, para que Dios nos dé a conocer, las respuestas que anhelamos. De la misma manera que Jesús vivió durante treinta años como cualquiera de sus hermanos de raza antes de ser ungido como Mesías, antes de conocer el designio de Dios sobre la humanidad y nosotros, tenemos que estudiar su Palabra, poner en práctica cuanto aprendemos ejercitando la caridad, y orar mucho.

   El Espíritu Santo bajó sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, demostrándole al Mesías, que, Nuestro Santo Padre, estaba de acuerdo con el cumplimiento de la misión que le encomendó. Ojalá nosotros fuéramos fieles discípulos del Señor, y tuviéramos la sensación de que Dios se siente feliz al ver cómo hemos sido inmiscuidos en el cumplimiento de la misión de salvar a la humanidad.

   ¿Para qué sirve el Sacramento del Bautismo? (CIC. n. 1229). Meditemos brevemente sobre la importancia de los elementos citados en el CIC., a la luz de la Palabra de Dios contenida en la Biblia -o Sagrada Escritura-.

   El anuncio de la Palabra.

   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, el texto que leemos en ROM. 10, 13-15. Aunque según la fe que profesamos quienes no forman parte de la Iglesia Católica no tienen por qué estar privados del hecho de ser salvos, los católicos, al mantener la creencia de que el conocimiento de Dios es esencial para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, tenemos el deber de predicarles la Palabra de Dios a quienes quieran conocer a Nuestro Padre común, con el fin de que sea aumentado el número de hijos de la Iglesia, nuestros nuevos hermanos con quienes hemos de compartir las creencias que mantenemos firmemente, pues las tales son la mayor riqueza que tenemos.

   San Pablo nos ha hecho meditar sobre la siguiente pregunta: ¿Cómo va a proclamarse el Evangelio, si no existen los evangelizadores? Esta pregunta que puede parecernos triste al considerar que tal como está el mundo actualmente es muy difícil el hecho de que haya gente verdaderamente interesada en conocer la Palabra de Dios, debe ser respondida desde el interior de nuestros corazones, y, la respuesta a esta pregunta, podría actuar en nuestro interior como un rayo de luz en medio de la oscuridad de la noche. De la misma manera que quienes padecen depresión deben actuar para aliviar sus síntomas depresógenos en la medida que ello les sea posible en lugar de estar permanentemente pensando en sus problemas, nosotros, en lugar de decir que los religiosos son los únicos responsables de la predicación del Evangelio, y en vez de dejarles ese trabajo a otros cristianos, podríamos considerar la posibilidad de predicar el Evangelio, dado que seríamos los primeros beneficiados de ese trabajo, ya que tendríamos la obligación de conocer en profundidad la Palabra de Dios, ora para responder las preguntas de nuestros oyentes, ora para fortalecer nuestra fe, que no siempre está a la altura de la superación de las circunstancias que podemos vivir cuando menos las esperamos.

   Recordemos cómo San Pablo exhortó al joven Obispo Timoteo para que predicara la Palabra de Dios, aun cuando la misma no fuera acogida debidamente entre sus oyentes (2 TIM. 4, 2).

   San Pablo nos pregunta: ¿Cómo va a creer el mundo en Dios, si no ha oído el mensaje de salvación? Si la gente que os rodea no cree en Dios, ¿cómo va a ser invocado Nuestro Padre común? Es necesario que aprendamos a invocar a Dios, con el fin de que comprobemos cómo se cumple en nosotros el siguiente extracto de los Salmos, expuesto en el SAL. 4, 4.

     La acogida del Evangelio que lleva a la conversión.

    Si quienes hemos sido bautizados tenemos el deber de predicar el Evangelio, quienes desean recibir el citado Sacramento, tienen el deber de acoger la Palabra de Dios, en cuya existencia no sólo han de creer de palabra, pues han de aceptar la Buena Nueva de nuestra salvación, hasta tener el deseo de adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas. El Catolicismo se diferencia de otras denominaciones cristianas en que no les exige a quienes desean bautizarse un gran conocimiento de la Palabra de Dios, pues entiende que, conforme meditamos las Sagradas Escrituras diariamente, el Espíritu Santo se encarga de acrecentarnos la necesidad de conocer más y mejor a la Santísima Trinidad (PR. 2, 1-9).

   La profesión de fe.

   Si quienes desean bautizarse aceptan el Evangelio hasta llegar a desear acatar el cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas, los tales tienen que profesar su fe, no sólo recitando el Credo en las celebraciones eucarísticas, sino viviendo como verdaderos hijos de Dios en un mundo marcado por la carencia de fe en Nuestro Padre común. Es necesario que ningún catecúmeno tenga mucha prisa para ser bautizado, pues es importante que nuestros futuros hermanos conozcan la fe que profesamos suficientemente como para no renegar de la misma una vez que concluya su periodo formativo actual.

   La preparación del Bautismo no debe consistir únicamente en la asistencia a una serie de charlas monótonas, sino en la puesta a prueba del conocimiento, los dones y virtudes de los catecúmenos, con el fin de que los mismos se bauticen teniendo bastante conocimiento de lo que es la vida cristiana, pues demasiados supuestos seguidores de Jesús hay en el mundo que adaptan la fe a sus intereses, no aman a sus prójimos los hombres, y sólo se acuerdan de Dios cuando les interesa ver milagros.

   El Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, y el acceso a la comunión eucarística.

   Una vez que los catecúmenos comprenden lo que comporta el hecho de abrazar nuestra fe universal, y aceptan el hecho de cumplir la voluntad de Dios en sus vidas, ya están dispuestos a ser bautizados, no sabiendo que han de olvidarse de Dios el día siguiente a la recepción de este Sacramento de iniciación cristiana, sino que el mismo es su acceso a la Iglesia, de la cual han de recibir toda la formación que necesiten para vivir como cristianos religiosos o laicos, pues todos los hijos de Dios tenemos una vocación relacionada con la salvación del mundo.

   ¿Para qué sirve el Bautismo?

   -El Bautismo significa que nos hemos formado convenientemente para ser hijos de Dios y miembros activos de la Iglesia.

   -El Bautismo significa que es posible creer en Dios a pesar de que el mundo está marcado por la desconfianza tanto en Dios como en los hombres.

   -El Bautismo significa que existe la posibilidad de aplicar nuestros conocimientos recibidos de Dios y obtenidos por los científicos para solventar nuestras dificultades.

   -El Bautismo significa que, independientemente del odio que pueda caracterizar determinados ambientes, es posible el hecho de que los hombres nos amemos, más allá de las diferencias que nos separan.

   -El Bautismo significa que, en este mundo en que muchos no nos conocemos, tenemos la posibilidad de vivir como hermanos.

   -El Bautismo significa que, en este día en que acabamos la Navidad y comenzamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, no vamos a olvidar los sentimientos que hemos experimentado ni todo lo bueno que hemos recordado y aprendido, y que vamos a intentar vivir inspirados por ese conocimiento de Dios y sus hijos los hombres, con el fin de crear una sociedad mundial más justa y equitativa. Amén.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com