Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.
Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.
En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.
En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.
En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.
En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.
No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.
Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.
El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.
Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.
El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.
Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.
Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.
Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.
Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.
Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.
No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.
El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.
El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.
Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.
2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 12-15.
3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).
Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.
Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.
3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).
San Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.
Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).
Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.
Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.
3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).
Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?
¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?
¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?
¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?
¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?
3-2.
¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?
¿Pecamos cuando somos tentados?
¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?
¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?
¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?
¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?
¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?
3-3.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?
¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?
¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?
¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.
Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.
8. Oración final.
Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.
La Alianza del arco iris.
En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.
La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.
El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.
(GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.
He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?
¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).
Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.
(GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.
Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.
(GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.
(GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.
Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:
1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.
2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.
El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.
Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.
Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).
(GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.
En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.
Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.
En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.
La Alianza del arco iris.
En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.
La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.
El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.
(GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.
He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?
¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).
Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.
(GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.
Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.
(GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.
(GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.
Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:
1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.
2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.
El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.
Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.
Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).
(GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.
En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.
Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.
En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Domingo II de Cuaresma del ciclo B.
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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